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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1913 Carta de Emiliano Zapata a Pascual Orozco.

Campamento en Morelos, abril 7 de 1913.

 

Sr. general don Pascual Orozco, Jr.
México, D. F.

Señor de mi respeto y estimación:

He tenido el honor de leer la carta de usted fechada el 18 de marzo último, la cual me fue entregada por su estimable padre el 29 del mes antes citado, y refiriéndome a los conceptos en ella emitidos, con la franqueza y sinceridad que caracterizan todos mis actos, me veo en la imperiosa necesidad de manifestarle: que ha causado decepción en los círculos revolucionarios de más significación en el país la extraña actitud de usted al colocar en manos de nuestros enemigos la obra revolucionaria que se le confirió.

Yo siempre admiré en usted al obrero de nuestras libertades, al redentor de los pueblos de Chihuahua y de la región fronteriza y cuando lo he visto tornarse en centurión del poder de pretorio de Huerta, marchitando sus lauros conquistados a la sombra de nuestros pendones libertarios, no he podido menos que sorprenderme delante de la revolución caída de sus manos, como César al golpe del puñal de Bruto.

Quizás usted, cansado de una lucha sin tregua y de un esfuerzo constante y viril en pro de nuestra redención política y social, abdicó de un credo que el orbe revolucionario de toda la República recibió, en medio de nubes, relámpagos y truenos de glorias y libertades; pero usted en vez de laborar por la paz ha laborado por la guerra, provocando el suicidio de la revolución, en sus hombres y en sus principios.

No debía usted haber desesperado ni desfallecido, pues hay que tener presente que mientras Cartago ofrecía en sus luchas púnicas una cruz al héroe vencido, Anáhuac, como Roma, nunca han brindado un suplicio al que se sacrifica por ella sino por el contrario, ofrece una oblación nutrida en el alma de sus afectos, para los que no desmayan en defensa de la patria.

¡Convénzase usted de la triste significación que contiene la entrega de la bandera que juró en medio de la hosanna de los libres; ¡cuántas víctimas cayeron bajo la sombra de esa bandera, cuántos raudales de sangre les sirvió de toldo y de mortaja, ahí frente a frente de las tumbas cubiertas de violetas y de lágrimas; delante del blanqueo de las osamentas de nuestros hermanos sacrificados, en presencia de los ayes de los moribundos arrojando borbotones de sangre por sus heridas, y frente a la tumba abierta y fría de los muertos en los campos de batalla; contemple que ha violado los principios que son el credo de una colectividad y que su responsabilidad es inmensa ante la historia, la revolución y el pueblo engañado!

Yo pertenezco, señor, a una raza tradicional que jamás ha degenerado ni ha podido traicionar las convicciones de una colectividad, y las de su propia conciencia; prefiero la muerte de Espartaco acribillado a heridas en medio de la libertad, antes que la vida de Pausanias encerrado vivo en una tumba por su madre en representación de la patria.

Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres.

Me dice usted que el gobierno de Huerta ha sido emanado de la revolución, como si la defección o deslealtad del ejército que originó ese poder, mereciera ese nombre que usted inmerecidamente le aplica.

Al ver la actitud de usted y de otros iconoclastas de nuestros ideales, nos preguntamos: ¿ha triunfado la revolución, o los enemigos de ella? Y nuestra contestación es obvia: la revolución no ha triunfado; usted la ha conducido. a la catástrofe más espantosa.

En sus manos está todavía el querer y el poder salvarla; pero si desgraciadamente no fuese así, la sombra de Cuauhtémoc, Hidalgo y Juárez y el heroísmo de todos los siglos, se removerán en sus tumbas para preguntar ¿qué ha hecho de la sangre de sus hermanos?

Si el pacto Madero-Díaz en Ciudad Juárez fue vergonzoso y nos trajo una derrota de sangre y desventuras, el convenio Orozco-Huerta que se me ha propuesto, nos precipitaría a un suicidio nacional.

Si Madero traicionó a la revolución, usted y los que se han sometido al cuartelazo acaban de hacer lo mismo.

Si la República y Madero fueron al asesinato vil por haberse entregado a los enemigos de la revolución, la revolución entregada por usted a los mismos enemigos, seguirá por segunda vez ese camino si no tuviéramos suficientes energías para seguir enarbolando el estandarte de sus salvadores principios.

El convenio Orozco-Huerta podrá ser gloriosísimo y tiene buena oportunidad para realizarlo, siempre que haga triunfar los principios donde radica la reforma y la evolución política que proclamamos.

Cuando llegaron noticias a este campamento, relativas a que usted había entrado en ajustes de paz con el gobierno del general Huerta, me llamó la atención que no consultó usted, para realizar este acto trascendental, a los núcleos revolucionarios de todo el país, como jefe supremo de la evolución.

Ahora se dirige usted a esos elementos, cuando la revolución por parte de usted todo lo ha perdido, hasta el honor.

Al pueblo ya no le ofrece usted libertades sino cadenas.

Desde luego que dio usted el paso a que me refiero, pude deducir que con toda ligereza se había desligado del pacto juramentado por usted el seis de marzo de mil novecientos doce; que procuraba trabajar por una paz particular, ficticia, fuera de los principios que con tanto ahínco y abnegación han defendido con sus vidas y su sangre nuestros compañeros, en vez de laborar por la paz nacional, que sólo puede consolidarse dentro de las promesas que han servido de bandera a los que con nosotros han ido al sacrificio.

No pretendo encasillarme en la barrera infranqueable de un plan político, pero cuando los representantes, como usted, de una colectividad revolucionaria o de cualquier otra clase, se salen de los límites de la ley que les da poder y fuerza sin la sanción de las unidades principales de aquella colectividad, claro es que provocan el desconcierto por una y otra parte, pierden su valor y suscitan la ruptura de los compromisos contraídos.

Usted ha tratado la paz con el gobierno de Huerta de una manera aislada y sin programa, como si se tratase de una transacción mercantil particular y de una forma de tal significación, como si hubiese encabezado un movimiento revolucionario local.

Perdone usted que le hable sin embozos, sin ambages políticos a que no estoy acostumbrado, porque mi norma es la franqueza y la lealtad del hombre nacido en las montañas, no del prócer nacido en los palacios, y mi alma, movida por la honda sensación que me ha causado el observar que deserta de nuestras filas para ponerse bajo la férula de la restauración del porfirismo, no puede contenerse; tenga en cuenta que usted y yo tenemos que comparecer ante el tribunal inflexible de la historia, para obtener su fallo inapelable.

Sin embargo, si como me dice su estimable padre, no ha firmado ningún arreglo, si usted vuelve sobre sus pasos y se inspira en el bien de la patria después de una profunda meditación en las desgracias que acarreará al pueblo mexicano el haber conferido usted el depósito de los intereses de la revolución a los que han sido sus más jurados enemigos, y hace un impulso para hacer triunfar los principios que hemos defendido, entonces el nombre y la gloria de usted será inmortal y la redención del pueblo será un hecho.

Pero si en vez de ponerse al lado de los principios, se pone al lado de los hombres, mareado por el incensario de la tiranía, entonces haga de cuenta que ha empuñado la vara de Moisés, no para desecar las aguas del Mar Rojo de la revolución, sino para agitarlas y engendrar la tempestad que debe ahogamos en un mar de sangre y de ignominia.

Usted, como Josué, quiso parar el sol de la revolución a la mitad de su carrera, no para darnos la tierra prometida, sino para que nos despedacemos los unos a los otros; ha laborado con Madero, por el exterminio revolucionario.

Por último, si Huerta, que representa la defección del ejército, y usted que representa la defección de la revolución, procuran hacer la paz nacional, les propongo lo siguiente: Que se establezca el gobierno provisional por medio de una convención formada por delegados del elemento revolucionario de cada Estado, y la revolución así representada, discutirá lo mejor que convenga a sus principios e intereses que han proclamado; este procedimiento es el culto al respeto del derecho ajeno, es decir: el respeto al derecho de todos.

En la carta que contesto me habla de comisionados que le han hecho manifestaciones a nombre mío y de mi hermano Eufemio, y desde luego le participo que a nadie hemos autorizado sobre este respecto; los que tal cosa le han dicho tomando mi nombre, son verdaderos intrigantes.

Agradezco los conceptos con que me favorece y reiterándole más protestas de estimación y respeto, me repito una vez más su Atto. S.S. y amigo.

Emiliano Zapata

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente:
Magaña Gildardo. Emiliano Zapata y el agrarismo en México. México, INEHRM [Revolución. Obras Fundamentales], 1937. 5 tomos.