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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1912 Manifiesto al pueblo de Veracruz

Felix Diaz, 16 de Octubre de 1912

En las proclamas generales que oportunamente circularán aquí, como están ya circulando en toda la República, detallo ampliamente los fines que persigo al pretender el derrocamiento del actual régimen de gobierno que lleve a la patria, a pasos agigantados, a la completa ruina y absoluto desprestigio.

Bástame por ahora deciros que persigo dos fines principales: primero, establecer la paz, la paz de que tan ansiosos estamos todos, por estar convencidos de que es y debe ser la suprema aspiración nacional; que cese ya ese horrible derramamiento de sangre de la lucha de hermanos contra hermanos, a que excita por sus incalificables abusos el régimen actual; segundo, poner a la noble Armada y al glorioso Ejército Nacional en el lugar de prestigio y decoro que para ellos ambicionamos los que tenemos la honra de pertenecer a esos cuerpos, que no vuelva a verse la indeleble mancha de verse luciendo las más altas insignias jerárquicas a bandidos arrancados del cadalso.

Paz a la Nación, honor al Ejército y Armada, por esos ideales lucharé con las armas en la mano y con la justicia como norma. No vengo a destruir, vengo sólo a reparar tantos y tantos daños como han ocasionado y siguen causando a la República los hombres que, con el engaño de promesas utópicas han burlado cruelmente al pueblo que cegado los siguió en la revolución de 1910.

Veracruzanos:

En esta hermosa tierra, cuna de las Leyes de Reforma, tres veces heroica ciudad, donde vio la luz primera la compañera de mi vida, he querido iniciar el movimiento, sabiendo que al amparo de los pechos, todos lealtad y valor que os enaltece, llegaré al fin que todos anhelamos.

En las pocas horas transcurridas, hemos podido quedar nuevamente satisfechos, pues si de vosotros he estado y sigo recibiendo muestras de adhesión y de cariño, por mi parte tengo la satisfacción de que no he atropellado ningún derecho, he respetado y haré que se respeten todas las disposiciones legales que norman la vida social y, sobre todo, tengo el inmenso orgullo de poder decir que no ha costado una sola gota de sangre la ocupación del primer puerto de la República.

Prestadme ayuda, apelo a la buena voluntad de todos los verdaderos patriotas, y, así unidos, procuraremos con nuestra conducta hacer ver a propios y extraños, que nuestras aspiraciones son justas y que los medios serán, hasta el último extremo, la persuación y la justicia: logrado el triunfo, será un timbre más de gloria para esta ciudad el que en ella se haya iniciado el movimiento.

Recibid con mi agradecimiento la más alta muestra de cariño de mi corazón.