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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1911 Los indios se han rebelado. Discurso contra Zapata en la Cámara de Diputados. José María Lozano.

Octubre 25 de 1911

 

Señores Diputados:

La proposición que acaba de recibir lectura no necesita para su éxito de ningún cimiento dialéctico, ni de sutiles disquisiciones de Derecho Constitucional, ni siquiera de llamamientos ardorosos a inmanentes principios de justicia; es algo más humano. Esta proposición no es sino el grito fisiológico del instinto de conservación social e individual (aplausos), es la conjuración sacrosanta de todos los elementos contra la amenaza inminente para propiedades incendiadas, para vidas destruidas, para honras marchitas; es el llamamiento al espíritu del bien para que combata contra el espíritu del mal: os convocamos, señores, a la eterna tragedia de Ormuz contra Arimán.

La ciudad de México corre riesgo próximo e inmediato de ser el escenario lúgubre del festín más horrendo y macabro que haya presenciado nuestra historia; no es Catilina el que está a las puertas de Roma, es algo más sombrío y siniestro; es la reaparición atávica de Manuel Lozada "El Tigre de Alica" en Emiliano Zapata, el bandolero de la Villa de Ayala.

¡Quiera el cielo, en tan solemnes y preciosos momentos, depararnos la resurrección de la figura bendita de Ramón Corona!

Permitidme que haga historia breve, aunque triste y negra. Hace poco más de dos meses, ante quejas insistentes y angustiosas de todos los habitantes del Estado de Morelos, el Gobierno Federal decidió exterminar a Emiliano Zapata.

Un hombre de hierro, de aquellos a quienes amó Federico Nietzsche y a quien toda la República respeta en el momento actual, don Alberto García Granados (aplausos), asumió antela historia y ante la política contemporánea la responsabilidad de abrir aquella campaña de la civilización contra la barbarie.

Don Francisco I. Madero creyó que en el fondo de aquella expedición se agitaba un complot reyista, y fue, con grave peligro de su vida, a cumplir en Cuautla un doble deber; deber de patriota, deber humanitario, a ver si lograba por la persuasión calmar a Zapata y evitar así a la República un derramamiento de sangre humana, y deber de caudillo, deber de candidato, a salvar a un correligionario del peligro.

El señor Madero no puede ser censurado, ni desde las altas cumbres de la moral eterna ni desde las llanuras de la moral política.

Los partidos políticos no se integran únicamente con arcángeles; necesitan también de demonios. El Partido Liberal no venció únicamente con la sabiduría de Ocampo y con la abnegación de Santos Degollado; necesitó también el empuje vandálico del cruel e inhumano bandido que se llamó Antonio Rojas, por eso el señor Madero cumplió en aquella ocasión con un alto deber de moral política, y yo en aquellos días, como ahora, fui la nota discordante en medio de la sinfonía de denuestos que rodeaba la figura del leader. Más si la tarea fue noble, también fue infructuosa; tras la aparente calma de Emiliano Zapata, el Atila se sublevó; de nada sirvió el prestigio y la elocuencia del señor Madero.

La leyenda mística no registra sino un solo milagro de haber domesticado fieras: San Francisco de Asís, el serafín de la Umbría, que logró domesticar a un lobo; el señor Madero no realizó el sortilegio del santo y fracasó en su empresa de Cuautla, pero en el asunto, si el señor Madero cumplía con un deber, sus partidarios en la ciudad se apartaban de todo respeto de toda moralidad y en procesiones tumultuarias se dirigieron al Ministro de Gobernación y al Alcázar de Chapultepec, a pedir con gritos estridentes y abandonando el laurel de Atenea y con la cabellera de rayos de la demagogia, a pedir, ¿qué? la santificación de Emiliano Zapata. Aquello fue indigno, aquello es un oprobio, una mancha y ojalá y la gangrena se hubiese detenido ahí; pero lejos de eso, ha crecido y amenaza enfermar todo el organismo nacional. El señor Subsecretario de Guerra —preconizado Ministro del futuro Gabinete— dijo la semana pasada que el zapatismo sería aniquilado "tres días después de que se inaugurara el nuevo régimen". El señor general González Salas no es un ignorante ni un baladrón; lejos de eso, es un hombre serio y perito en la ciencia militar; así pues, sus palabras no pueden interpretarse como el hipo de un fanfarrón, sino como el indicio seguro de que posee el supremo exorcismo para aniquilar a Emiliano Zapata, y la República entera se pregunta: ¿Cómo si tenéis la divina palabra para aniquilar al bandidaje, cómo, si tenéis el poder para extinguir esa enfermedad, no la pronunciáis? ¿Sacerdote de qué culto sois? ¿A qué Huitzilopochtli horrendo oficiáis que no está contento con tantas vidas segadas, con tantas propiedades destruidas, con tantas honras marchitas para siempre?

Esto lo dice el alma nacional y algo más, endereza una requisitoria formidable y eterna contra la conducta del Secretario de Guerra.

Han sido destacados 3 000 hombres en contra de las huestes de Zapata, hace ya más de dos meses: ¡Y QUIÉN LO CREYERA! estas huestes poseen el anillo de Giges: siempre han sido invisibles para las fuerzas federales: se les trae de un lado para otro y se les lleva de un pueblo al de más adelante: se les entrega a fatigas horrendas e imponderables y nuestro bravo, nuestro heroico Ejército Federal, sigile padeciendo inhumana-mente. ¿Qué es eso? Qué, ¿ignoran los que tal política aconsejan que la paciencia tiene un límite y que el heroísmo reconoce términos infranqueables? Qué, ¿desconocen la historia de Cuauhtémoc, entregando, a pesar de tanto heroísmo, su espada a Cortés? Qué, ¿olvidan el episodio dantesco en que Hugolino, acosado por el hambre, acaba por morder el cráneo de su hijo?

No, no es posible exigir ya más del Ejército Federal. ¿Qué, pues, es lo que se procura con todo esto? ¡Ah! qué triste es decirlo; pero a ello conducen todos los acontecimientos. Tal parece que se está procurando el fermento anárquico, para después, sobre las ruinas humeantes de la desolación, volver otra vez a construir la columna de la dictadura sempiterna (aplausos) y yo, que no soy revolucionario, que cada día "enquista" más mi admiración hacia Porfirio Díaz (aplausos, vivas, grande ovación) yo resulto más demócrata que los "soi dissant" que aconsejen esa política disolvente (aplausos).

Un breve episodio os voy a narrar. Ha dicho la condesa de Pardo Bazán, en frases que pronto alcanzarían la vulgaridad de un proloquio: "Que la historia cansada de crear se repite" y es verdad. Pronto hará un siglo, en el Sur de nuestra República también, en el Estado de Guerrero, combatía por la independencia nacional, un hombre ante cuya evocación es preciso siempre destocarse: José María Morelos y Pavón (aplausos). Aquel héroe, a quien nadie ha superado en temperatura moral tenía a sus órdenes dos aventureros: uno norteamericano, Davis, y un cuarterón o mulato, Tabares; eran de Morelos algo enteramente análogo ¡qué digo! idénticos a lo que fuera al señor Madero, Emiliano Zapata; pues bien, Davis y Tabares concibieron como don Emiliano, un plan de comunismo agrario, matar a toda la población blanca y repartirse por igual todos los terrenos. José María Morelos podía haberse aprovechado de los servicios de aquellos hombres, que eran demoledores del régimen virreinal; pero patriota por encima de todo, vio con lucidez, con diafanidad, el peligro y abandonando a las huestes realistas, desentendiéndose de la campaña insurreccional, marchó contra aquellos aventureros, los prendió y fusiló. Y yo, hago este supremo llamamiento al señor Madero.

Le reconozco grandes virtudes, más aún, le concedo la suprema genealogía moral, le hago descendiente del eterno, del ilustre michoacano don José María Morelos y Pavón; pero que imite a su ancestro, que extirpe a Emiliano Zapata.

Emiliano Zapata no es un bandido ante la gleba irredenta que alza sus manos en señal de liberación, Zapata asume las proporciones de un Espartaco; es el reivindicador, es el libertador del esclavo, es el prometedor de riquezas para todos; ya no está aislado, ha hecho escuela, tiene innumerables prosélitos; en el Estado de Jalisco, pronto (desventurado Estado, mi Estado Natal) un candidato, un "Lisandro" abominable, comprando votos con el señuelo de promesas anárquicas, ha ofrecido reparto de tierras y la prédica ya empieza a dar sus frutos; los indios se han rebelado; Zapata está a las puertas de la ciudad de México; próximamente Banderas en Sinaloa, destruirá (sic). Es todo un peligro social, señores diputados, es sencillamente la aparición del subsuelo que quiere borrar todas las "luces de la 'superficie".

¿Es posible que este aborto haya sido deliberadamente madurado? ¿Es posible que con estímulos nauseabundos hayan alentado a Emiliano Zapata, creyendo que se le extinguirá el día que se quiera? Mentira, ya Emiliano Zapata no es un hombre, es un símbolo; podrá él entregarse mañana al poder que venga, venir con él su Estado Mayor; pero las turbas que ya gustaron del placer del botín, que ya llevan en el paladar la sensación suprema de todos los placeres desbordantes de las bestias en pleno desenfreno, éstos no se rendirán, éstos constituyen un peligro serio de conflagración y hay que tener en cuenta, y hay que recordar a los que tales cosas han hecho, esto es la suprema lección de la historia: Robespierre, en el auge supremo de su poder, mandaba diariamente decapitar a ciudadanos y a aristócratas y alguien, viendo su popularidad, pero también el inminente peligro que corría, se acercó y le dijo: "Robespierre, acuérdate de que Dantón fue popular." Con esta imprecación terminaré, señores: acordémonos todos los odiados o los queridos, los exaltados o los oprimidos, de que para todos existe el tajo de la guillotina, y que, de la luz de Mirabeau, se va rápidamente a la densa sombra de Billaud Barenns. Acordémonos siempre de que también Dantón fue popular.