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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1911 Partido Popular Evolucionista. Programa y Bases de Organización. Jorge Vera Estañol

Junio 5 de 1911

 

México, 5 de junio de 1911.

Señor Don _____________________
Presente.

 

Muy Sr. mío:
Adjunto se servirá usted encontraran programa á cuyo tenor parece conveniente convocar una Convención Nacional, á fin de orientar la opinión pública y de asegurar por medio de ésta, que el país no vuelva á verse sacudido por convulsiones tan tremendas y tan peligrosas como las que caracterizan la crisis que aún está atravesando.

La idea de esta Convención y de su programa, es el resultado de conversaciones habidas con hombres patriotas y serenos, preocupados con el desarrollo de los últimos acontecimientos políticos y con el porvenir de nuestra patria.

A este respecto, me parece oportuno hacer cierta relación retrospectiva, que puede explicar la situación actual.

 

“La Sucesión Presidencial  en 1910”
Propaganda de libro

Hace más de dos años, cuando él Sr. don Francisco I.  Madero escribió su conocida obra «Sucesión Presidencial en 1910», todos los hombres independientes consideramos que la circulación de ese libro era benéfica para el país, como una preparación política, pues la exposición que contenía de hechos y de opiniones relacionados con el Gobierno del señor General don Porfirio Díaz, era, en términos generales, verdadera, valiente y desinteresada.

Esto no quiere decir que no tuviera varios errores de hecho é inexactitudes de apreciación.

El libro, precisamente porque muchas de sus páginas decían lo que estaba en el pensamiento de la mayoría de los hombres que se preocupaban por la cosa pública, circuló profusamente y fue acogido con entusiasta simpatía.

Llenas están las páginas de ese libro de expresiones sensatas que directa ó indirectamente condenaban la lucha armada.

He aquí algunas de ellas:

« ………….después de las grandes guerras, siempre les queda á los países victoriosos la pesada carga de sus salvadores, que muy caro se hacen pagar sus servicios. Además, la situación que se crea con esos desórdenes, es hábilmente explotada por los intrigantes y los ambiciosos.» [Segunda edición, página 39].

«Comonfort había sido el principal motor de la revolución contra la dictadura; á él debía la patria su libertad, y tenía que pagarle caramente sus servicios. Un año de Dictadura que había ejercido legalmente, lo había encariñado con el poder; ya no podía tolerar congresos que estuvieran sobre él. Quien habla libertado a la patria de las garras de la Dictadura y que en cien combates había derrotado á los enemigos del orden, tenía más derecho a gobernar, que esa Asamblea de demagogos que nada habían hecho, sino apresurarse a disfrutar de las victorias obtenidas con su espada

«Comonfort, al dar su golpe de Estado, «cambió sus títulos legales por los de un miserable revolucionario,» según sus palabras textuales. La razón en que se apoyaba, fue que no podía gobernar con la Constitución».

«Este elemento militar (el que se formó después de la guerra de intervención) inesperadamente se encontró en la calle sin recursos para su subsistencia y acostumbrado como estaba á la vida del campamento, fue una amenaza constante para la tranquilidad pública  y estuvo siempre listo para secundar cualquier asonada, cualquier levantamiento que le proporcionara los medios de subsistencia acostumbrada y le permitiera atacar al Gobierno de Juárez de quien estaban profundamente resentidos gran parte de sus miembros, porque pretendían haber sido víctimas de una injusticia, puesto que por premio de sus servicios a la patria, los había dado de baja

«De todos modos, esa arbitrariedad (la de Lerdo falseando las elecciones presidenciales) no era motivo para ensangrentar el país con otra revolución, ni lo era el pretender la reforma de la Constitución en el sentido de no reelección; ni tampoco el deseo de abolir el impuesto del timbre.»

«Como hemos dicho- al referimos á la revolución de la Noria, acaudillada por el mismo General Díaz, la Constitución tiene previsto el caso en que se quiera reformarla, é indica los tramites.»

« Una campaña vigorosa y honrada en la prensa y en los clubs hubiera logrado esa reforma sin efusión de sangre»

«La Nación no tenía aún bastante experiencia (el autor se refiere á la revolución de Tuxtepec) para saber cuan poca confianza deben inspirarle los ofrecimientos que le hacen sus hijos cuando tienen las armas en la mano, pues desde que esto hacen, desconocen sus más sagrados intereses, hollando los grandes principios de fraternidad y de justicia, ensangrentando sus campos, destruyendo sus ciudades y por todos partes sembrando llanto, luto y desolación.»

El autor, como resultado de sus meditaciones, llegó á las conclusiones siguientes:

«1ª Nuestra guerra de independencia y la que sostuvimos con Napoleón III, nos legaron la plaga del militarismo.

«2ª  Al militarismo debemos la Dictadura del General Díaz que ha durado por más de treinta años.

«3ª Esta Dictadura restableció el orden y cimentó la paz, lo cual ha permitido que llegue libremente á nuestro país la gran oleada de progreso material que invade al mundo civilizado desde á mediados del siglo último.

«4ª En cambio, este régimen de gobierno ha modificada profundamente el carácter del pueblo mexicano, pues ocupado únicamente en su progreso material, olvida sus grandes deberes para con la Patria.

«5ª Si en rigor puede admitirse que la Dictadura del General Díaz ha sido benéfica, indudablemente sería funesto para el país que el actual régimen de gobierno se prolongara con su inmediato sucesor, porque nos acarrearía la anarquía ó la decadencia, y ambas pondrían en peligro nuestra vida como nación independiente.

«6ª Todo hace creer que, si las cosas siguen en tal estado, el General Díaz, ya sea por convicción ó por condescender con sus amigos, nombrará como sucesor á alguno de éstas, el que mejor pueda seguir su misma política, con Id cual quedará establecido de un modo definitivo el régimen de poder absoluto.

«7ª  Buscar un cambio por medio de las armas, seria agravar nuestra situación interior, prolongar la era del militarismo y atraernos graves complicaciones internacionales.

«8ª El único medio de evitar que la República vaya á ese abismo, es hacer un esfuerzo entre todos los buenos mexicanos para organizamos en partidos políticos, á fin de que la voluntad nacional esté debidamente representada y pueda hacerse respetar en la próxima contienda electoral.

«9ª El que mejor interpreta las tendencias actuales de la Nación es el que proponemos: «El Partido Antirreeleccionista» con sus dos principios fundamentales:

 

Libertad de sufragio. No Reelección

«10ª Si el General Díaz no pone obstáculos ni permite que los pongan los miembros de su Gobierno, para la libre manifestación de la voluntad nacional, y se constituye en el severo guardián de la ley, se habrá asegurado la transformación de México, sin bruscas sacudidas; el porvenir de la República estará asegurado, y el General Díaz reelecto libremente ó retirado á la vida privada, será uno de nuestros más grandes hombres.

«11ª Cuando el Partido Antirreeleccionista esté vigorosamente organizado, será muy conveniente que procure una transacción con el General Díaz para fusionar las candidaturas, de modo que el General Díaz siguiera de Presidente, pero el Vicepresidente y parte de las Cámaras y de los Gobernadores de los Estados, serian del Partido Antirreeleccionista. Sobre todo, se estipularía que en lo sucesivo hubiera Libertad de Sufragio y, si posible fuera, desde luego se convendría en reformar la Constitución en el sentido de no reelección.

«12ª En caso de que el General Díaz se obstinara en no hacer ninguna transación con la voluntad nacional, sería preciso resolverse á luchar abiertamente en contra de las candidaturas oficiales.

«13ª Esta lucha despertará al pueblo, y sus esfuerzos asegurarán en un futuro no lejano, la reivindicación de sus derechos.

«14ª El Partido Antireeleccionista, tiene grandes probabilidades de triunfar desde luego, pues nadie sabe de lo que es capaz un pueblo cuando lucha por su libertad, sino cuando con sorpresa se ve el resultado.

«15ª Aun en el caso de una derrota, como el Partido Antireeleccionista estará constituido por el elemento independiente seleccionado, y habrá ganado prestigio por haber tenido el valor de luchar contra la Dictadura, llegará a ejercer una influencia dominante en nuestro país, por lo menos al desaparecer el General Díaz.

«16ª Por último, la Patria está en peligro y para salvarla es necesario el esfuerzo de todos los buenos mexicanos.»

El terreno quedó así preparado; el surco abierto en el alma mexicana penetró profundamente y comenzó á pensarse, como hasta entonces no se había hecho, en que era necesario entrar á la lucha electoral, para instituir un gobierno que no fuera el gobierno personal del señor General Díaz.

Pero, como se ha visto, el señor Madero no recomendaba que el nuevo régimen de política nacional, en lugar del de política personal, debiera implantarse desde luego.

Juzgó, por el contrarío, que las condiciones del país, los intereses existentes y las circunstancias personales de la edad del General Díaz, justificaban una época de transición realizada por esta fórmula: permanencia del General Díaz en la presidencia; designación por el sufragio nacional de un Vicepresidente.

La insignia de sufragio efectivo y de no reelección, que ostentaba entonces el señor Madero, era sólo un emblema convencional, pues que se proclamaba el sufragio efectivo y la no reelección únicamente para la Vicepresidencia de la República, pero sin hacerlos aplicables á la Presidencia.

Nos enteramos entonces de la entrevista que el señor Madero celebró con el señor General Díaz, á fin de concertar con él esta política y de buscar de común acuerdo un candidato para la Vicepresidencia, que no fuera el señor don Ramón Corral.

Hasta este momento, todos los hombres de orden y de bien, que no estábamos empadronados en ningún partido político; todos los que no teníamos compromisos de este género; todos los que intencionalmente nos habíamos abstenido de contraerlos, para estar en libertad de afiliarnos á su tiempo en una agrupación política, liberal y progresista, observamos con asentimiento la actitud del señor Madero y la calificamos de posible, aunque no probable salvadora para el país.

Ella conservaba el Gobierno existen con sus leyes, con su organización, con su orden, al amparo de los cuales había crecido la Nación, había creado sus industrias y su comercio, había consolidado su crédito y había sentado su personalidad internacional; ella á la vez preparaba la transformación de este gobierno, de estas leyes y de esta organización en un nuevo gobierno que no sería ya personal, en unas nuevas leyes que darían participación á todos los ciudadanos en la cosa pública y en una nueva administración, que sería depurada y moralizada hasta en sus últimos rodajes; ella, en esta forma, aseguraba el futuro del país, salvándolo de los peligros y de los escándalos de nuevas revoluciones.

Desgraciadamente, esta política no pudo realizarse, debido á las influencias que entonces puso en juego cierto grupo, el llamado «Científico,» para sostener la candidatura del señor Corral, candidatura sólo aceptada en los círculos oficiales y claramente rechazada por el país.

 

La campaña electoral. — Propaganda en acción.

Ante esta situación extrema, el señor Madero tenía una alternativa: ó lanzarse á una campaña electoral absolutamente opuesta al Gobierno y en antagonismo con sus candidatos, ó esperar que el mismo Gobierno y su régimen desaparecieran naturalmente, por la muerte del caudillo que los había creado.

Encabezar un partido completamente opuesto al gobierno del General Díaz era una empresa sin duda ardua, atrevida y llena de contingencias: se necesitaba de un hombre de grandes energías y de indomable valor cívico para iniciarla.

Pero, ¿tal empresa era salvadora de la patria?

¿No serían más grandes, más trascendentales los perjuicios que resentiría el país con esta política?

Esperar la desaparición del gobierno personal del señor General Díaz por la muerte de éste y del régimen creado por él, era obra de la paciencia, de la calma, de la serenidad: el que así resolviera el problema no tendría la aureola de un iluminado ó de un mártir; pero sería quizás el que viera mejor los intereses sagrados de la Nación.

La alternativa debe haberse presentado al señor Madero en forma terrible, como se nos presentó á todos los que estábamos contemplando la efervescencia que comenzaba á difundirse por la República; la alternativa debe haber perseguido al señor Madero día y noche, como una obsesión, y al fin el autor de «La Sucesión Presidencial en 1 910» se decidió por el primer extremo.

Los clubs radicalmente antireeleccionistas aparecieron entonces.

Recuerdo que uno de los fundadores del primer Club Antireeleccionista fue el señor Lic. D. Aquiles Elorduy, colaborador como auxiliar en mi despacho de abogado. Hablando con él de ese club, le manifesté mis simpatías vehementes por los dos principios: el de no reelección y el de sufragio efectivo, que constituían su lema, y pronuncié estas ó parecidas palabras: si el movimiento político antireeleccionista en los momentos actuales fuera salvador y rio simplemente perturbador, me afiliaría á ese partido, porque con él están mis ideales políticos.

Pero era indudable, como pudo confirmarse después, que el movimiento antireeleccionista iba á despertar gérmenes dormidos de insurrección y de desorden en las clases populares; que no estaría acompañado de un régimen de orden y de subordinación, que solamente puede conseguirse por la organización bien preparada y acabada de los partidos políticos, pues no podía menos que entreverse, á través del nacimiento de los clubs antireeleccionistas, un conflicto entre ellos y el Gobierno, que debía asumir las formas y los procedimientos de una lucha sangrienta.

Alistarse en las filas del Gobierno, equivalía á admitir que el régimen personal del señor General Díaz debiera perpetuarse después de su muerte, por medio del llamado testamento político en favor del señor don Ramón Corral; afiliarse en los Clubs Antireeleccionistas, parecía antipatriótico, porque era provocar una convulsión y seguramente un conflicto armado, cuando la edad del señor Presidente de la República era la prenda más segura de que su régimen personal debía desaparecer pronto.

 

La Revolución armada y la opinión pública

 

Al declarar la Cámara de Diputados, erigida en Colegio Electoral, el resultado de las elecciones para Presidente y Vicepresidente de la República en favor de los señores General Díaz y Corral, respectivamente, el señor Madero abandonó las ideas que él mismo se había encargado de difundir y comenzó á conspirar, á fin de hacer estallar una revolución contra el gobierno existente.

No es mi ánimo justificar la declaración de la Cámara de Diputados, que ha sido ya juzgada adversamente, y con razón, por todo el país; pero á pesar de reprobar esa declaración, recordando las críticas del propio señor Madero respecto á la revolución de Tuxtepec, no puedo menos de decir imparcial mente que el Plan de San Luis Potosí fue un acto de impaciencia del Partido independiente, cuyas consecuencias aún no estamos en condiciones de apreciar y de estimar, porque su balance sólo puede hacerse cuando las pasiones se hayan calmado y cuando los resultados sean conocidos.

Baste decir que censuraron y condenaron el movimiento muchos de los afiliados al Partido Antireeleccionista, entre ellos algún escritor que á última hora y ya seguro de la impunidad azuzaba al señor Madero para ser intransigente en las primeras conferencias de paz, celebradas en Ciudad Juárez. 

Cuando estalló la revoluciónala opinión pública esperó y comenzó á pedir que el señor Corral renunciara la Vicepresidencia para que la paz quedara restablecida; respecto al General Díaz nadie pensaba en su renuncia.

La opinión no encontró eco, por desgracia: la revolución continuó; seguía sirviendo de insignia para ella el sufragio efectivo y la no-reelección, y al frente aparecían, como sus sostenedores, el señor Madero, que de escritor se había convertido en el postulado antireeleccionista para la Presidencia de la República y el señor Doctor don Francisco Vázquez Gómez, que había surgido como candidato de ese mismo partido á la Vicepresidencia.

 A mediados del mes de marzo de este año, el país estaba en la realidad sacudido por dos revoluciones: la revolución armada, cuya más conspicua representación se desarrollaba en Chihuahua, y la revolución de las ideas, que parecía haberse infiltrado definitivamente en todas las almas mexicanas, que se preocupaban por el porvenir de la Nación.

La revolución armada tenía por objeto llevar adelante el Plan de San Luis Potosí, proclamado el 5 de octubre de 1910.

Este Plan estaba compuesto substancialmente de dos partes:

Primera. Un programa eminentemente personalista, que consistía en la demolición, por la fuerza de las armas, del Gobierno constituido, comprendiendo en él todos los poderes dimanados de elección popular, así federales como locales. Consiguiente á esta demolición venía la erección de un gobierno provisional, encabezado por el señor Madero como Presidente, y el señor Vázquez Gómez, como Vicepresidente, á fin de convocar al país á nuevas elecciones.

Y un programa de reconstitución política» basado sobre los principios de sufragio efectivo y de no-reelección.

El objeto que perseguía esta revolución era que el pueblo mexicano participara en lo sucesivo del gobierno de su país, que hasta entonces se había considerado como el patrimonio de un grupo de hombres, y á la vez, libertar á ese mismo pueblo de la tiranía de los caciques, que especialmente tenía hondas raíces en los Estados.

El Plan de San Luis Potosí no contenía ningún programa político definido, una vez que se lograra la consagración de los principios de sufragio efectivo y de no-reelección; menos contenía dicho Plan programa alguno de Gobierno.

El Partido revolucionario se proponía derrocar; no había pensado en levantar.

Su único objeto era destruir el gobierno personal del señor General Díaz.

¿Cómo construir otro gobierno?

No lo dijo.

La revolución armada no había podido ser reprimida hasta el mes de marzo; por el contrario, se extendía ya á los Estados de Sonora y de Durango y comenzaba á iniciarse en los de Guerrero y Puebla; pero tampoco había obtenido triunfo significativo militar: hasta entonces su fuerza había consistido en su movilidad, en su innegable facultad de escapar á la persecución de las columnas federales.

En cuanto á la revolución de las ideas, la revolución que iba apoderándose del pensamiento nacional, coincidía substancialmente en los principios y en los fines con los de la revolución armada; pero se separaba del plan de San Luis Potosí en que no proclamaba la demolición del gobierno  constituida ni la substitución de él por un gobierno provisional revolucionario.

Reconocía que era necesario substituir los Gobernadores de varios Estados por hombres nuevos que modificaran pacifica, ordenada y sistemáticamente, dentro de las formas constitucionales, la política y la administración de esas entidades; admitía que era también necesario separar de la posibilidad de llegar á la primera magistratura al señor don Ramón Corral, declarado Vicepresidente; pero no pensaba por un solo momento en substituir la persona del señor General Díaz, como Presidente de la República, por ninguna otra, menos aún por la de don Francisco L Madero.

Por una parte, la presencia del señor General Díaz al frente del gobierno era una garantía de orden, porque separado el grupo «Científico,» al que se acusaba como causante de la inquietud pública, se pensaba que la honorabilidad personal del Jefe del Estado era la mayor seguridad de la conservación y del desarrollo de los intereses nacionales; por otra parte, el señor Madero no era considerado por los espíritus serios como un estadista capaz de tomar las riendas del Estado; se dudaba de sus dotes de político y de administrador; mejor dicho, se le negaban absolutamente esas dotes.

Bajo estas circunstancias fue cuando el Gobierno constituido anunció, por medio del señor Limantour, que estaba resuelto á implantar reformas radicales en su política y en su administración.

Me consta que esa resolución era sincera, pues personalmente se me informó en la penúltima semana del mes de marzo, que el señor General Díaz aceptaba los siguientes principios para su nuevo régimen de gobierno: no reelección, sufragio efectivo, reorganización de la administración de justicia sobre la base de su independencia y de la responsabilidad efectiva de los funcionarios judiciales, impulso al fraccionamiento de la propiedad agrícola y renovación gradual del personal político de los Estados para extirpar el cacicazgo y los abusos consiguientes.

Este programa, que coincidía substancialmente con los más levantados ideales de todo buen mexicano; que satisfacía en gran medida mis aspiraciones patrióticas, confieso que me cautivó.

Atractiva hasta el punto de ser irresistible, se ofrecía la oportunidad de realizar la evolución política mexicana ordenadamente, por los poderes constituidos, dentro de las formas constitucionales, pues aseguraba el triunfo de la revolución de las ideas, mediante la adopción de éstas por el mismo gobierno: era en la historia mexicana un ejemplo sin igual de alteza de miras en los gobernantes.

Evitaba todos los peligros de una revolución: el peligro de provocar conflictos internacionales, por razón de las personas é intereses extranjeros existentes en el país, y especialmente por el lugar en que con más energía se desarrollaba la campaña; el peligro interior de suscitar odios y rencillas dentro de la familia mexicana, dividiéndola profundamente en lugar de favorecer su armónica cooperación para el bienestar nacional; el peligro, más grande todavía, en caso de triunfar la revolución, de ser el vencedor, con la aureola que circunda á los caudillos, una influencia preponderante por tiempo indefinido en la política del país y volver á sentar de esta manera el régimen personalista, el mismo contra el cual se había levantado la revolución armada.

Y no eran menos los perjuicios reales que desde luego causaba la revolución, substrayendo brazos, capitales y tierras á la agricultura y á la industria, difundiendo la inseguridad en las personas y en las propiedades de la gente pacífica, desarrollando el espíritu de aventura, el de destrucción y el de bandidaje, que regularmente acompaña á estos sacudimientos.

Así, pues, ante la posibilidad de realizar una obra liberal y progresista para el país, sin todos estos peligros y estos males efectivos, no vacilé, y, yo que jamás me había mezclado en política, yo que aun había sido visto con desconfianza por el grupo dominante, acepté entrar al Gabinete del Sr. General Díaz, cuando su gobierno claudicaba; no me llevó á dar esta aceptación mi interés personal que sufría extraordinariamente, como está en la conciencia de todos los que conocen mi situación profesional; ni los compromisos políticos personales, puesto que no tenía yo ningunos; ni la ambición, que jamás ha corroído ó agitado mi conciencia; ni el amor propio por el alto honor que se me confería, pues si siempre he despreciado al adulador, más lástima aún me ha causado el que se deja conmover por la lisonja.

Lo que me atraía era el bien de mi patria, tal como entonces lo entendí, tal como creí que podría realizarse precisamente para hacer salir al país de un régimen personal y hacerlo entrar á un gobierno propiamente nacional, que de una vez para siempre asegurara la persistencia de la República.

Toda mi labor en el Gobierno fue encaminada a este fin: detener, si era posible, la revolución armada, para evitar sus males; dar curso a la revolución de las ideas liberales y progresistas dentro del régimen constituido.

Por esa razón recomendé siempre las medidas enérgicas contra los revolucionarios en el campo, á la vez que abogué como algunos otros de mis colegas, por la libertad de los reos políticos sobre los que sólo pesará la acusación de ser antireeleccionistas, pues para mí no era este un delito.

 

El Triunfo de la Revolución Armada.

Las Condiciones de Paz.

Los acontecimientos se sucedieron, sin embargo, con una rapidez vertiginosa, tan vertiginosa que ni el gobierno, ni los revolucionarios, ni la Nación, la habían previsto.

La opinión pública no se conformaba ya con que se adoptaran por el gobierno los principios políticos que había proclamado la revolución; cada día se difundía más la idea de que era preciso que el General Díaz se separara del Poder.

Las masas populares apartaban de su antiguo caudillo toda la admiración, todo el respeto, y, hay que decirlo también, todo el temor que antes les inspirara, para volver sus ojos al nuevo caudillo, al señor Francisco I. Madero, que día por día iba apareciendo más grande y más sugestivo ante la exaltada imaginación popular. En cuanto á las clases ilustradas, á los hombres de negocios, á los industriales, y á los capitalistas en general, temían más, á medida, que avanzaba la revolución, que ésta lo arrasara todo y el pánico les hacía pensar que el único remedio era la desaparición del General Díaz, como Presidente de la República.

Los revolucionarios no estaban todos conformes en cuanto á este punto: unos, los más exaltados, creían que era necesaria la renuncia inmediata del General Díaz; otros, juzgaban bastante que anunciara su deseo de separarse del poder en un plazo más ó menos cercano; otros, por último, pensaban que mediante ciertas garantías, bien podía dejarse al Presidente en su puesto, mientras se reorganizaba  el país; pero todos, absolutamente todos los jefes revolucionarios, deseaban tener una injerencia inmediata en el gobierno del país, reclamaban para sí ó para los suyos, varios puestos en el Gabinete del General Díaz y el Gobierno de la mayoría de los Estados de la República, especialmente de los muy populosos y extensos.

Si la revolución hubiera estado simplemente apoyada por las armas, el Gobierno habría tenido la más estricta obligación de aniquilar el movimiento, también por medio de las armas, y habría sido reprochable que emprendiera negociaciones con los rebeldes; pero como se ha dicho, tras el movimiento armado estaba toda la conciencia nacional apoyándolo: esta es la razón por la cual el Gobierno, preocupado con el bien público, creyó necesario entrar en negociaciones con los insurrectos, á fin de dar al conflicto satisfacción pacifica dentro del terreno de la legalidad, por más que juzgó que en el concepto público esta actitud sería interpretada como un síntoma de la mayor debilidad.

La solución no habría sido difícil, si no hubieran existido intereses y ambiciones personales entre los jefes de la revolución, que á toda costa querían para sí los puestos más importantes del Gobierno.

La solución más sencilla habría consistido en que los señores General Díaz y Corral, renunciaran respectivamente á la Presidencia y á la Vicepresidencia de la República, el señor de la Barra, como Secretario de Relaciones, asumiera la Presidencia provisional, nombrando libremente su Gabinete, y, en estas condiciones, se convocara á elecciones extraordinarias para Presidente y Vicepresidente.

Así se pensó hacerlo en un momento dado, pero se abandonó esta idea, porque no dejaba satisfecho al personal de los jefes revolucionarios, quienes al último acabaron por conformarse con tener en el Gabinete dos ó tres Ministros y en los Estados cuatro Gobernadores de su confianza.

En vista de que esta era la dificultad para la solución y de que un Gabinete mixto habría podido no marchar armoniosamente en puntos trascendentales de la política de transición, se resolvió al fin entregar toda la situación á los jefes revolucionarios, reservando solamente la Secretaría de Relaciones para no trastornar la situación diplomática del país en el extranjero, y la Secretaría de Guerra, á fin de poder apoyar el nuevo régimen en el leal y denodado ejército que había combatido por el Gobierno, en lugar de poner en pugna á dicho ejército con los elementos revolucionarios.

La razón fundamental por la cual el gobierno había venido perdiendo terreno en la opinión pública, era que tardíamente tomaba las medidas necesarias para satisfacer esa opinión: la adopción del programa progresista, la crisis ministerial ó cambio de Gabinete, el manifiesto presidencial; cualquiera de estas medidas con tres ó cuatro meses de anticipación habrían salvado al país de la revolución: más tarde fueron impotentes.

La primera vez que el gobierno se adelantó á los acontecimientos, ofreciendo la inmediata renuncia del Presidente, en los momentos en que la revolución no la exigía, y la renuncia de seis de los Ministros, en los instantes en que la revolución sólo pedía dos, fue cuando se hizo posible el convenio de paz.

En la forma que el gobierno propuso para dar solución á la guerra civil, se realizaban dos ventajas decisivas: la revolución conservaba, con su triunfo, el prestigio sobre las masas populares, las mismas que activamente la habían sostenido y le habían dado la victoria moral; la revolución adquiría además el prestigio de la legalidad, el cual le permitía contar en lo sucesivo con las clases cultas y los industriales, comerciantes y capitalistas, apegados al régimen del orden; la revolución aprovechaba en esta forma, no sólo el contingente importantísimo del ejército, sino también los elementos de crédito del país; la revolución podía seguir utilizando toda la máquina administrativa que se le entregaba, en lugar de tener que engranar una nueva; se evitaban los inconvenientes de la situación interior y los de la internacional que provoca un régimen revolucionario de facto, entre tanto no se convierte en un régimen de ley.

Hay quien ha dicho que el vencedor tuvo el mérito de haber aceptado la legalidad que se le ofrecía» en lugar de entrar á sangre y fuego en toda la República: esta frase ha podido arrancar aplausos, porque es una alabanza para el vencedor.

Pero aunque nadie lo ha dicho, porque exponer cuanto no es en abono del vencedor exige ahora gran dosis de valor civil, el verdadero mérito ha radicado en el hombre de Estado, que en lugar de sostenerse con los elementos militares que contaba, prolongando la lucha sangrienta, prefirió entregar esos elementos á los revolucionarios, y en lugar de obligar á éstos á llegar al poder asaltando los muros del Palacio, les abrió la puerta de la legalidad, para que pudieran ostentar ante la Nación y ante la Historia este timbre, único que la revolución no podía adquirir, á pesar de toda su potencia, precisamente porque era revolución, precisamente porque era un acto fuera de la ley.

Así fue como se hizo la paz, bajo la esperanza de asegurar el régimen de orden, de justicia y de libertad, los tres más grandes ideales á cuya realización puede aspirar el hombre.

Por último, desde el momento en que la revolución se hacía cargo de la situación, contraía la responsabilidad íntegra de ella y se le ponía en condiciones de demostrar si era tan apta y tan fuerte para construir como hábil y potente había sido para destruir.

 

La revolución dentro del gobierno provisional.

El Gobierno provisional no tiene ni ha tenido otro objeto que el de garantizar la imparcialidad de las próximas elecciones presidenciales y vicepresidenciales, pacificando entre tanto el país y atendiendo á la administración pública, así federal como local de los Estados.

¿Está realizando estos propósitos el Gobierno provisional, hoy á cargo de los elementos revolucionarios?

Veamos lo que ha hecho.

I. — Nepotismo y favoritismo.

Las proposiciones que se hicieron al señor Madero para organizar el Gabinete, expresaban que dicho señor propondría los nombres de doce personas para que de entre ellas se eligieran seis Ministros, exclusive los de Guerra y Relaciones, como se ha dicho.

El señor Madero eludió siempre este procedimiento, procurando llegar á un acuerdo concreto sobre las personas.

Fácil era adivinar la razón, y la experiencia posterior lo comprobó: el señor Madero propuso dos parientes suyos, uno para el Ministerio de Hacienda y otro para el de Justicia; el mismo señor propuso como Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes al futuro candidato á la Vicepresidencia y para la cartera de Gobernación al hermano del mismo candidato.

Se sabe que el actual Secretario de Justicia, por lo demás amigo mío y hombre estimable, se considera á sí mismo fuera de lugar en aquel Ministerio, porque no conoce ni el personal de la administración de justicia, ni las necesidades legislativas de esa administración.

Respecto al Ministro de Gobernación ningún espíritu sereno, por superficial que sea, podría asegurar que hubiera imparcialidad, por lo que á él toca, en las próximas elecciones, siendo su hermano candidato para la Vicepresidencia.

Para los puestos secundarios, se han buscado, en lo general, no hombres útiles, sino partidarios, aunque carezcan de experiencia, de inteligencia y de ilustración.

Se sabe perfectamente que esto es debido á que los hombres útiles del Partido Antireeleccionista, que han sido solicitados para ocupar los puestos, han rehusado aceptarlos por ser secundarios, y porque, según la frase de uno de ellos, el mismo que escribió al señor Madero cuando se trató de las primeras negociaciones de paz, ahora es el momento en que pueden hacer negocios y dinero.

 

II. — Militarismo é ilegalidad.

A pesar de que el Gobierno quiso prestigiar con el timbre de legalidad á la revolución, parece que ésta encuentra ese camino sumamente largo, y en sus prisas é impaciencias por llegar al fin no ha reparado en los medios: Sonora, Sinaloa, Coahuila, Colima, Morelos, Guerrero y otros Estados son una prueba de ello.

Los golpes de Estado se suceden á cada paso; la fuerza armada entra á las capitales, y, ejerciendo coacción sobre las Legislaturas, incitada por las palabras de su Jefe el señor Madero, obtiene la designación de Gobernadores provisionales de su Partido.

¿Es éste un ejemplo de democracia?

¿Es esto respetar la voluntad nacional?

¿Puede creerse que serán imparciales las próximas elecciones, cuando la revolución sólo busca apoderarse por cualquier título del gobierno provisional, que va á presidir esas elecciones?

 

III. — Indiferencia por la suerte de la Nación.

Desde el 20 de mayo, el Gobierno del General Díaz, á instancias mías, acordó concentrar en la Baja California todas ó la mayor parte de las fuerzas federales que habían estado operando en el Estado de Sonora: el objeto de esta concentración fue emprender una campaña vigorosa contra los socialistas que en aquel territorio han pretendido fundar una república independiente, ó crear un Estado libre bajo un protectorado, mutilando así la República Mexicana.

Este acuerdo fue tomado no obstante el debilitamiento del Gobierno enfrente de la revolución, pues que la integridad nacional era superior á todas las razones de Estado para aconsejar aquel movimiento de armas.

Los revolucionarios, después del día 25 de mayo se han estado ocupando en hacer entradas triunfales á las diversas capitales de los Estados, en tomar ciudades por asalto, en ocupar poblaciones indefensas y en hacer paradas militares aparatosas. Este es todavía el momento en que esos revolucionarios, á pesar de su gran movilidad, no han hecho ningún avance serio y eficaz hacia la Baja California, para evitar el desmembramiento del territorio nacional.

 

IV. — Insubordinación y anarquía.

No quiero mencionar el incidente escandaloso que á raíz de la toma de Ciudad Juárez surgió entre el señor Madero y el señor Pascual Orozco, amenazando éste matar á aquél.

Después de convenida la paz, la revolución ha continuado en armas en machos puntos de la República: cuando la Secretaría de Gobernación, que estaba á mi cargo, á raíz del convenio de paz, dio al señor Madero la fórmula legal bajo la cual los cuerpos revolucionarios podían seguir subsistiendo como mantenedores del orden y de la seguridad en todo el país, con sujeción á las autoridades constituidas, el señor Madero reconoció que la fórmula era lógica; pero declaró que no podía realizarla.

Hay que suponer que las ambiciones personales fueron el obstáculo infranqueable para los buenos propósitos del Jefe de la Revolución: esas ambiciones personales son, pues, un peligro real de anarquía y de indisciplina para lo futuro.

En dondequiera se oye hablar de asaltos, de interrupción de tráfico, de robos y de asesinatos.

¡Qué más! En la Ciudad de México, el domingo cuatro del corriente mes, una manifestación maderista degeneró en escándalo y hubo necesidad de sofocarla á balazos.

El deseo de hacer paradas vistosas y apuestas casi pueriles, como la de uno de los jefes surianos, de entrar con cinco mil hombres en la Capital, han ocupado á uno de los agentes del señor Madero en la Ciudad de México, en hacer esfuerzos constantemente desde hace más de diez días, para que se permita la entrada de esos hombres.

 

V. Saña y persecución.

Cuando el señor General Díaz había ya renunciado á la Presidencia, cuando se había convertido en un simple ciudadano, cuando en esta calidad viajaba con rumbo a Veracruz, para salir definitivamente % del territorio nacional, una partida de insurrectos asaltó el tren en que viajaba el Sr, General Díaz y toda su familia.

El hecho es cruel y bárbaro y no requiere mayores comentarios»

Pero la saña parece más palpitante, cuando se relata que al volver el tren con la guardia que lo custodió, fue objeto de un nuevo asalto.

Alguien ha asegurado que se ignoraba quién iba en el tren.

Pero, entonces ¿por qué no se ha abierto una averiguación ya que no tiene disculpa en plena paz, hacer descargas de fusil sobre trenes de pasajeros?

Un último ejemplo: la noticia dada por los periódicos de que la Ciudad Porfirio Díaz ha perdido este nombre y en su lugar vuelve á llamarse Piedras Negras.

Vituperable ha sido siempre para mí levantar monumentos al Jefe de un Estado mientras esté ejerciendo el poder; pero más vituperable es derrumbarlos cuando él ha caído.

 

 

VI. Cesarismo y arbitrariedad.

El señor Madero, al reconocer el Gobierno constituido, perdió el carácter de Presidente provisional que le atribuyó el plan revolucionario de San Luis Potosí y la calidad de Jefe de la Revolución, puesto que desaparecían ésta y el plan que le diera nacimiento. Quedaba reducido, como él mismo declaró, á la calidad de un simple ciudadano.

El 25 de mayo próximo pasado pone un telegrama á su agente en México para que «ordene al pueblo» que asuma cierta actitud.

En 26 de mayo lanza un Manifiesto al país, en que se abroga el derecho de permitir que las Cámaras Federales y las Legislaturas de los Estados continúen funcionando, siempre que acepten el nuevo régimen.

Poco después declara, en una entrevista, que sólo permitiría el regreso del señor General Reyes á territorio mexicano bajo la condición de aceptar el nuevo régimen.

¿Quiere decir que, en nombre de la libertad, nadie puede pensar en política, sino como el señor Madero?

Por último, los nombramientos de altos funcionarios y de empleados de la nueva administración, son directamente comunicados desde Ciudad Juárez, como emanación de la voluntad del señor Madero, y no como actos del Presidente Interino de la República reconocido por el mismo Madero.

El famoso monarca francés pudo decir «El Estado soy yo.»

El señor Madero ha podido decir «El Estado y el Pueblo soy yo,» puesto que se abroga las facultades constitucionales del Gobierno constituido y se considera como el único representante, como el único portavoz del pueblo mexicano.

 

VII. Inefectividad del sufragio libre.

El señor Madero, y en general, leí partido revolucionario habían calificado la ley electoral vigente, como un instrumento fácil de ser manejado por el Gobierno para falsear la voluntad popular en los comicios. Por esa razón, habían ofrecido modificar esa ley.

Pero en los momentos en que los revolucionarios llegan al poder; en los momentos en que más necesaria es la reforma de la ley electoral vigente para las elecciones extraordinarias de Presidente y Vicepresidente, el señor Madero descuida su solemne ofrecimiento; no le importa ya que se mantenga la ley vigente. ¿Será que en el fondo lo prefiere, porque es un instrumento fácil de ser usado por el Gobierno?

Existía en las Cámaras, ya presentado y estudiado, un proyecto de ley electoral, elaborado cuidadosamente, para asegurar la publicidad, la sinceridad y la efectividad del voto; el señor Madero no se acuerda ya de ese proyecto; al señor Madero lo que le importa es que las elecciones tengan lugar lo más pronto posible.

Todos sabemos por qué.

Y cuando el Congreso Federal se preparaba á lanzar la  convocatoria para las elecciones extraordinarias, á fin de que éstas tuvieran lugar en el mes de noviembre, el señor Madero anuncia su voluntad, ahora omnipotente, de que se acorte el plazo, y su voluntad es sumisamente obedecida.

El país es privado del plazo de un mes para pensar bien sobre sus futuros candidatos y para prepararse mejor, á fin de luchar en los comicios.

 

 

 

El Gobierno definitivo y las próximas elecciones.

 

No se me oculta que la imparcialidad recomienda juzgar con cierta lenidad y benevolencia, todos" estos hechos de la revolución, ya vestida con el manto del Gobierno provisional; pero por una parte, hay varios de esos hechos que, aun juzgados así, parecen como un peligro inminente para el verdadero y efectivo ejercicio de la democracia en el país, y por otra parte, ellos comprueban que no se equivocaba el autor de «La Sucesión presidencial en 1910,» cuando en términos tan enérgicos condenaba todo movimiento armado y toda revolución violenta contra el Gobierno constituido.

Las consideraciones anteriores, que han venido preocupando mi espíritu, ajeno á todo interés y á toda ambición personal y libre de pasiones políticas, me han conducido á las siguientes conclusiones:

Es sumamente eventual que los candidatos que obtengan el triunfo en las próximas elecciones de Presidente y Vicepresidente, sean hombres de Gobierno, conocedores de las necesidades sociales, económicas y materiales de la Nación, familiarizados con los hombres, con sus vicios, con sus virtudes, con sus intereses y con sus pasiones y experimentados en los métodos más convenientes para dirigir á esos hombres y para encauzar su actividad en la forma más armónica y más benéfica para la patria.

Pero cualesquiera que sean nuestros próximos Presidente y Vicepresidente, si de verdad un nuevo régimen ha nacido para la República Mexicana y tal régimen ha de ser el de gobierno nacional y no el de gobierno personal del Jefe del Poder Ejecutivo, es necesario asegurarla viabilidad de ese régimen y su persistencia futura, es necesario que una organización política, más firme, más permanente y más congruente que la revolución, se encargue de dar esa seguridad.

¡La impersonalización del Gobierno! He aquí el objetivo fundamental del nuevo movimiento democrático mexicano.

Esa impersonalización sólo puede realizarse bajo tres condiciones fundamentales:

I. Que los Estados readquieran y mantengan su autonomía política y administrativa.

II. Que el Poder Legislativo y el Poder Judicial de la Federación sean realmente independientes del Jefe del Poder Ejecutivo.

III. Que el Pueblo Mexicano adquiera la conciencia plena de sus derechos y de sus deberes políticos, cívicos y sociales, y cada uno de sus miembros se considere como una individualidad consciente.

En efecto, mientras los Estados sean de hecho una dependencia política y administrativa de la Federación, mientras sólo de nombre conserven su soberanía, mientras la elección de su personal político, Legislaturas y Gobernadores, no sea un acto de la voluntad de los individuos de cada Estado, ese personal político se considerará ligado, no con el pueblo para cuyo gobierno se instituye, sino con los poderes centrales: la política del Presidente de la República será incondicionalmente apoyada, como hasta aquí  ha sido, por las autoridades de los Estados, y esta centralización del poder favorecerá el gobierno fuertemente personal, personalísimo, tanto como hasta hoy ha podido favorecerlo y sostenerlo.

Respétese la soberanía de los Estados, déjeseles designar sus funcionarios políticos, Legislaturas y Poder Ejecutivo especialmente, y esas entidades serán un contrapeso al poder del Centro y por lo mismo al Presidente de la República, que es como el símbolo, que es la representación, que es la personificación visible del gobierno nacional.

Lo mismo puede y debe decirse de los individuos del personal del Poder Legislativo y del Poder Judicial de la Federación.

Una Cámara de Diputados, una Cámara de Senadores que deriven su autoridad de la voluntad nacional, del sufragio popular, no estarán ligados al Presidente de la República por compromisos personales; tendrán las ligas que deriven de la identidad de su programa de política y de su programa de gobierno. Por tanto, las medidas que el Poder Ejecutivo dicte dentro de ese programa, establecido y sostenido por la mayoría en las Cámaras, serán las únicas que encuentren el apoyo de éstas; las demás, serán rechazadas.

El gobierno personal no podrá ya entronizarse; será el gobierno nacional, encarnado en el Poder Legislativo, bajo la forma congresional, ya que no bajo la forma parlamentaria, que no está sancionada por nuestra Constitución.

En cuanto al Poder Judicial de la Federación, su independencia radicará precisamente en que no derive de la elección popular, para que no sea un poder político dominado por las pasiones y movido por las necesidades y por las exigencias de cada momento, y se apoyará en la inamovilidad, como la única forma que sirva de estímulo á la probidad y á la rectitud; más aún, á la entereza inquebrantable de carácter, que debe ser la médula de la Magistratura.

Las leyes serán simples libros escritos, miserables palabras huecas, si el pueblo no es verdaderamente consciente de su significación política y social.

Tal es la razón por la que es absolutamente necesario instruir al pueblo, abarcando ante todo el mayor número de las unidades que lo componen, orientarlo racional y honestamente en sus conceptos político y social, mejorarlo y levantarlo en sus condiciones económicas y acostumbrarlo prácticamente á sentir la igualdad y á ejercer la libertad.

Para todos estos fines, el país debe organizarse en un Partido político que encauce fuerte y directamente la opinión, á fin de que se lleve á cabo el siguiente programa:

1º Las elecciones locales de los Estados, con total independencia de las insinuaciones ó de la voluntad del Presidente de la República y de cualquiera agrupación que directa ó indirectamente se haya puesto á su servicio incondicional. Constituidos así los Estados, levantarán y mantendrán sus milicias locales ó guardias nacionales para impedir toda violencia del Centro. Si las elecciones locales se verificaran combinadamente, por grupos, cada año, para hacer imposible la coacción del Centro, se realizaría prácticamente el objeto apetecido.

2º Las elecciones de las Cámaras Federales legislativas también con total independencia de la voluntad ó de las insinuaciones del Jefe del Poder Ejecutivo, formando así un Partido fuerte dentro de esas Cámaras, que señale la política del país al Presidente de la República, en lugar de seguir el derrotero que éste pretenda señalarle.

3º La iniciación de las reformas que sean necesarias para que el Poder Judicial no sea de elección, y, por tanto, para que carezca de carácter político. Asimismo, la iniciación dé las reformas que hagan inamovibles á los funcionarios judiciales y á la vez prácticas las responsabilidades oficiales en que incurran.

4º La supresión de todo impuesto personal, cualquiera que sea su nombre y la apariencia que se le dé, á fin de emancipar de la servidumbre del cacicazgo á todas las clases pobres y desvalidas y especialmente á los individuos de la raza indígena.

5º La difusión en toda la República de la instrucción rudimentaria y muy especialmente entre la raza indígena, enseñándole el habla castellana, la lectura y la escritura y las primeras operaciones aritméticas. Asimismo la orientación práctica de sus actividades industriales, agrícolas y comerciales, y su educación cívica también en un sentido eminentemente práctico.

6º La reforma de las leyes sobre la propiedad rural, incluyendo los derechos al uso de las aguas, basada más que sobre la perfección técnica de la titulación, sobre la eficacia práctica y jurídica de la posesión inmemorial, para sancionar ante todo la propiedad de los indígenas, cuyo desconocimiento ha dado lugar á tantas perturbaciones sociales.

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Según se servirá usted ver, en este proyecto, cuyos antecedentes he procurado explicar, se acepta, naturalmente, la situación actual, como la única legal, como la única que puede servir de puente á una situación definitiva, constitucional, liberal, progresista y emanada de la voluntad nacional; no se persiguen fines personales, puesto que no se busca hacer triunfar la candidatura de determinadas personas para Presidente y Vicepresidente de la República; sino simplemente preparar para las próximas elecciones la formación de un Congreso Federal y de Poderes Locales independientes, que sostengan el nuevo régimen sobre bases sólidas y extrañas á la voluntad del Jefe del Estado, Si las ideas emitidas merecieren, en general, la aprobación de usted, he de agradecerle se sirva decírmelo, en respuesta, á fin de que á la mayor brevedad posible citemos á una reunión en que libre y ampliamente se discutan las bases del programa adjunto y cualesquiera otras análogas para lanzarlas al público.

De usted afmo. y atto. S, S.

Jorge Vera Estañol.

 

 

P. D. Acabando de escribir esta carta, me llegó como un rumor la especie de que en ciertos círculos revolucionarios de la capital se me imputaba el estar dirigiendo un movimiento ó complot para contrarrestar la revolución con la fuerza.

Ciertamente me causó hilaridad el rumor, y sólo hago referencia á él por dos razones: la primera, porque aunque parezca increíble, la especie había sido acogida por una de las personas prominentes de la revolución, cuyo nombre daría á conocer si fuera necesario, y la segunda, para demostrar cuan fácilmente, como bien lo anunciaba El Heraldo Mexicano, en una de sus últimas ediciones, los hombres de un partido triunfante, que han demostrado tanto valor y tanta serenidad en los campos de batalla, pueden, al llegar á los escaños del Gobierno, convertirse en pusilánimes hasta el punto de dar oídos á tan descabellados rumores.

En todo caso, el hecho confírmala conveniencia de que haya yo escrito la carta anterior, y me da la oportunidad de hacer una declaración: no soy revolucionario; menos aún soy contrarrevolucionario; he sido, soy y me, prometo ser un hombre de orden y de espíritu patriótico, y cuando he aceptado por mi plena voluntad la substitución del antiguo régimen por el nuevo y he contribuido directamente á la forma en que esa substitución se operó, como Ministro del Gabinete anterior, lo fue con amplitud de miras, por verdadero patriotismo, y sería ilógico y sería absurdo, que pretendiera atacar en la esencia misma de sus principios un régimen que solamente impugno por sus métodos y por algunos de sus hombres. En cuanto al señor Madero, para aplaudirlo ó para censurarlo como estadista, las pruebas y elementos de convicción que hasta ahora ha suministrado son muy deficientes; todo juicio favorable ó adverso es aventurado.

 

 

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PARTIDO POPULAR EVOLUCIONISTA

CONVOCATORIA

 

Tan pronto como una verdad nueva aparece en el mundo, se hace oposición el más largo tiempo posible y se le resiste aún cuando se esté casi convencido de ella. Entretanto, esta verdad trabaja en el silencio y se esparce como un ácido hasta que todo ha sido corroído; entonces se oyen aquí y allá los crujidos, el antiguo error se desploma y repentinamente aparece, como un monumento que se descubre el edificio de una idea nueva, universalmente aprobada y admirada.

Schopenhauer.

 

El Gobierno del señor General Díaz ha desaparecido definitivamente de la historia de México; ahora funciona un Gobierno provisional de transición, para ceder d puesto dentro de pocos meses, á un. Gobierno definitivo que el país quiere que sea nacional; esto es, que emane real y efectivamente de la voluntad del pueblo.

Todos los ciudadanos de la República van á ser llamados pronto á los comidos, á ejercer el más sagrada de los derechos políticos, á votar por sus dos más altos mandatarios: el Presidente y el Vicepresidente de la República.

La revolución nos ha prometido el ejercicio efectivo del sufragio, y gracias á esa promesa, recogida también por el Gobierno, el pueblo tiene la esperanza de participar por la primera vez, por medio del nombramiento de su Primer Magistrado, en el manejo de los destinos de la Nación.

Es difícil prever si será acertada la elección, hecha en condiciones anormales, á raíz de un movimiento revolucionario que ha sacudido á toda la Nación desde un extremo á otro de su territorio y desde las capas sociales más bajas hasta las clases más elevadas de la sociedad; es difícil presagiar si en esta elección, el entusiasmo nacional por los candidatos revolucionarios no hará confundir tristemente al hombre enérgico y valiente que derrumba todo un régimen, con el estadista sereno y de amplio mirar, capaz de edificar un nuevo régimen.

Pero sea cual fuere el resultado de las próximas elecciones presidenciales, sea quien fuere el hombre en el que la Nación confíe, por medio del sufragio, sus destinos, hay una verdad indudable en todo esto: es que el nuevo jefe del Ejecutivo no podrá instituir, no podrá crear, no podrá desarrollar un Gobierno personal, sino que el suyo será forzosamente un Gobierno nacional.

Esta idea, que tanta resistencia encontró en su principio, que tanta oposición hubo de vencer, se ha esparcido como un ácido sobre la antigua máquina gubernamental, la ha corroído en todos sus rodajes y la ha hecho desplomarse, apareciendo monumental y magestuosa la Nación, como la única soberana, como la única que puede regir por medio de las fórmulas constitucionales sus propios destinos.

Quiere decir que el Presidente de la República Mexicana no imprimirá sobre el país una norma de política, definida por su propia voluntad, determinada por su arbitrio  personal; quiere decir que el Presidente de la República será en lo sucesivo el reflejo de la voluntad nacional y tendrá qué seguir la política que esta voluntad le señale.

Proclamar, como hasta ahora lo ha hecho la revolución, los principios de no-reelección y de sufragio efectivo, no es por sí solo bastante para realizar esta omnipotencia futura de la voluntad nacional, porque efectuada una elección, la Nación tiene que carecer durante todo el período presidencial, de un dominio, de un control directo sobre la política del Jefe del Estado.

Para realizar, pues, el Gobierno de la Nación por la Nación, el Gobierno nacional propiamente dicho, es necesario que el pueblo, después de haber electo á su primer Magistrado, pueda demarcarle continuamente los derroteros y la orientación de su política; es necesario que constitucionalmente y dentro de las formas legales, pueda ejercer una coacción legítima para satisfacer las exigencias de la- voluntad nacional.

En una palabra, el Gobierno nacional, prácticamente hablando, no se concibe por la simple consagración de los principios de sufragio efectivo y no reelección; exige la adopción de otros principios directa ó indirectamente encaminados á ese fin.

Lo que ha hecho fuerte en nuestro país el Gobierno personal, ha sido la centralización en el Jefe del Poder Ejecutivo, de toda la fuerza armada, que ha privado de su soberanía política y administrativa á los Estados de la República, y la influencia incontrastable también del Jefe del Poder Ejecutivo sobre los Poderes Legislativo y Judicial de la Federación.

Lo que ha mantenido la centralización del Gobierno ha sido la depresión mental, social y económica de las grandes masas populares y de la raza indígena.

j Por tanto, la única forma de impedir en lo sucesivo el Gobierno personal, y, por lo mismo, de crear y sostener el régimen de Gobierno nacional, es adoptando el siguiente

 

 

PROGRAMA

Primera. — El respeto á la soberanía política y administrativa de los Estados, mediante la elección libre de sus poderes y la reorganización de las milicias locales ó guardias nacionales.

Segunda. — La constitución de un Poder Legislativo Federal, real y completamente independiente del Poder Ejecutivo, también por medio de la elección libre de sus Cámaras.

Tercera.— La independencia real y efectiva del Poder Judicial, la cual sólo puede obtenerse, suprimiendo su origen electivo y mediante la inamovilidad de los magistrados y de los jueces, acompañada de una ley efectiva de responsabilidades.

Cuarta. — La difusión en todas las clases, especialmente en la raza indígena, de la instrucción rudimentaria, consistente en la enseñanza del habla castellana, de la lectura y escritura y de las primeras operaciones aritméticas. Asimismo la orientación de su actividad industrial, agrícola y comercial en un sentido práctico.

Quinta. — El desarrollo de los sentimientos y de las nociones de civismo, en forma que asegure la cooperación social, en lugar de fomentar el desarrollo de gérmenes de disolución y de anarquía en el país. La adopción real y efectiva, aunque gradual del servicio militar obligatorio, será una de las formas más características de propaganda de estos sentimientos y nociones de civismo.

Sexta. — La supresión absoluta de todo impuesto personal, cualquiera que sea el nombre y la apariencia que se le dé, por ser completamente inicuo en su base y cruel en su procedimiento coactivo.

Séptima. — La reforma de las leyes de la propiedad territorial, incluyendo el derecho al uso de las aguas, á efecto de exigir más que la perfección técnica de la titulación, la eficacia práctica y jurídica de la posesión inmemorial, con lo cual se sancionará la propiedad indígena, cuyo desconocimiento ha dado lugar á tantos trastornos públicos.

Para llevar á cabo este doble programa político y social, no es bastante que él sea adoptado ó acogido por la persona que asuma la Presidencia de la República: esto sería hacer depender su éxito de una personalidad.

Es necesario que el mismo programa sea adoptado por la Nación ó por un grupo considerable de ciudadanos amantes del país y que este grupo se organice en un partico político, que opere sistemáticamente bajo su propia disciplina.

Lo que proponemos es, pues, hacer propaganda de las bases políticas y sociales antes mencionadas, reclutar adeptos á esas bases, organizados en Partido y trabajar en las próximas elecciones para que los Poderes locales de los Estados y el Congreso Federal queden integrados por hombres pertenecientes al Partido, que asuman el compromiso de apoyar su plataforma, hasta hacerla triunfar.

El Partido que se pretende constituir no tiene por objeto, consiguientemente, postular á persona determinada como Presidente ó Vicepresidente de la República; no lleva por fin oponerse á la postulación de tal ó cual candidato; no se inspira en propósitos interesados, ni ambiciones personales.

En sus clubs pueden afiliarse todos los ciudadanos que acepten la plataforma, con tal que sean honorables.

El Partido sólo trabajará, por ahora, en la elección de Diputados y Senadores, y en las de Gobernadores y Legislaturas de los Estados, y tendrá por objeto ejercer su política, una política eminentemente nacional, por medio de los Poderes así constituidos.

En una palabra, será la realización de este ideal: el Gobierno de la Nación por la Nación, encamado no sólo en el Presidente de la República, sino en el Cuerpo Legislativo y en los Poderes Legislativo y Ejecutivo de los Estados.

México, junio 5 de 1911.

Jorge Vera Estañol

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vera Estañol Jorge Partido Popular Evolucionista. Programa y Bases de Organización. México. 1911. 40 págs.