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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1911 Bernardo Reyes acepta su postulación como candidato para la presidencia de la República.

México, agosto 4 de 1911

En el Manifiesto que di el 12 de Junio último, expuse a mis conciudadanos civiles y militares que habiéndoseme tratado de presentar la candidatura mía para la Presidencia de la República, creía que en aquellos momentos en que apenas acababan las agitaciones de la lucha sostenida en el país, en lugar de aceptarla con peligro de provocar alguna conmoción en semejantes delicadas circunstancias, habría de expresar, como exprese categóricamente, que debía hacerse abstracción de ella, y que lo patriótico para encaminarnos al más pronto restablecimiento de la paz y el orden, era adunar todos los elementos en favor de la causa revolucionaria, optando por la postulación presidencial del C. Francisco I. Madero, que rodeado por la aureola del triunfo, al que lo condujo la opinión nacional con sus manifestaciones irresistibles, lo señalaba con ademán vigoroso, para ocupar la Primera Magistratura de a República; consideraciones por las cuales, yo aceptaba dicha postulación, y pedía a mis simpatizadores que imitaran mi ejemplo, con la convicción de mi parte, de que uniendo al Jefe de la Revolución todos los elementos congruentes, se le daría el poder que necesitara para encauzar las energías del país, dominando cuanto no pudiera caber dentro del orden y la ley, para que al fin tras de la lucha armada y las desgracias de la República, resplandeciera en toda su majestad la Justicia; la Justicia (decía en mi citado manifiesto), para todos los vejados, la Justicia para honrar la fidelidad y el heroísmo del Ejército, la Justicia para premiar a los hombres que han aceptado y consumado sacrificios por el triunfo de la democracia, la Justicia y la garantía, en fin, para todos los intereses sociales hondamente lastimados y recelosos. Y bien, aun no hace dos meses que expedí ese manifiesto, y en ese breve periodo de tiempo he visto que mis anhelos de unirme y llevar mis contingentes al Jefe de la Revolución, han sido vanos; parte de sus ardientes prosélitos, nos rechazan a mí y a los míos, lanzándome por la prensa toda clase de denuestos; y a esas ofensivas manifestaciones de los intransigentes que noble y enérgicamente el señor Madero impugnó, siguieron ya otras más serias, por proceder de autoridades impuestas por la Revolución, y así se ha visto mi persona vigilada por la policía y por tropas maderistas, como si yo, hombre de honor siempre bien probado, soldado de limpios antecedentes, fuera capaz de alguna acción indigna o en cualquier forma contraria a la línea de conducta que me señalara ante mis conciudadanos y mis compañeros de armas. Así, visto que resultaba contraproducente mi propósito de llevar contingentes al jefe de la Revolución, y que Éstos se rechazaban, y que al intentar unirlos con los suyos, era su contacto ocasionado a desconfianzas y a fricciones que pudieran producir conflictos, y desde luego provocaban divisiones entre los mismos partidarios de aquel noble campeón, decidí, con explicaciones de mi parte hacia él, que se ha mostrado siempre caballeroso, apartarme en política de su lado, en la forma leal que a mi decoro corresponde, y una sincera carta suya, que con motivo tal me dirigió desde el 10 del mes anterior, y que hasta hace tres días se dio a luz, me desliga de los compromisos contraídos. En ella, no sólo trató el señor Madero de lo referente a mi apartamento, sino que, inspirado en el amplio ideal de la verdadera democracia, me expuso que no consideraría hostil, de mi parte, el que yo permitiera se me postulase para la presidencia de la República, teniendo, como tiene, la seguridad de que la campaña habría de hacerse dentro de la ley, y teniendo en cuenta los vínculos amistosos que nos ligan. Por otra parte, los acontecimientos que desgraciadamente han tenido lugar en los dos últimos meses, en diversos lugares del país, han conmovido profundamente el espíritu público. Las realidades hirientes y tras ellas las amenazas demagógicas, han hecho que se levanten votos fervientes por el restablecimiento de la paz y por el aseguramiento de las garantías individuales, y de todas partes recibo indicaciones, tan precisas como enérgicas, para prestar mi nombre y elementos a fin de conseguir, por medio de los comicios, un cambio favorable a la situación venidera. De tiempo atrás, y de nuevo, se me requiere para que acepte mi postulación a la Presidencia de la República; y desligado de compromisos, por las razones que he expuesto, y considerando las nuevas circunstancias del país, estoy convencido que no debo vacilar en atender aquellos requerimientos, cuando se trata de poner mi persona al servicio de la Patria; en tal concepto, expreso enfáticamente que acepto la candidatura que se amerita, y decidido, si el voto público me eleva a la Primera Magistratura a satisfacer las legitimas aspiraciones nacionales de paz, libertad y justicia. La bien inspirada carta del señor Madero, a que he hecho mérito, la había mantenido en reserva, así como retardé la presente manifestación, pues antes de proceder en el caso, como hoy lo hago, quise tener, como he tenido, amplias explicaciones con el citado ilustre ciudadano, con el fin de procurar que en la lucha electoral que venga, siempre mantengamos el alto propósito de que, vencido un candidato, acepte la obligación de servir por sí y con sus elementos, en la forma que lo demande el bien de la Nación, al candidato triunfante, y así felizmente ha quedado determinado, según la conferencia efectuada en San Lorenzo (Tehuacán, Estado de Puebla). Estos arreglos dejarán ver el elevado espíritu patriótico de esa lucha electoral que está por emprenderse, y cuando así se obra, es por demás recomendar a mis adictos, que en lucha semejante, se haga abstención de ofensas a los contrarios. Se busca el bien nacional, se anhela que el voto público decida a qué manos se encomienda la ardua tarea de procurarlo: se conviene con anticipación que vencidos y vencedores en los comicios, se presten tras la lucha a bien servir a su país bajo la dirección del que resulte elegido por el pueblo para regir sus destinos, y se recomienda por mí, a mis simpatizadores, que la democrática lucha no se encone. En los tiempos que corren en nuestro país, no es por cierto de desearse, y menos en las difíciles circunstancias mías, bien conocidas, una candidatura presidencial, si no es por el honor que ella significa, por la distinción altísima, discernida por una parte del pueblo al postulado, y yo, correspondiendo a las exhortaciones respectivas, acepto, cual digno, esa candidatura, con el propósito de que si llega el caso de triunfar, cumplir las altas obligaciones que impone el solemne mandato de una Nación, grande, heroica, dolorosamente lastimada y digna de un porvenir que la magnifique ante el mundo y en la eternidad de la historia; y cumplir, entregándome por entero, con el ardiente afán, de mis probados patrióticos anhelos, a la inmensa nobilísima tarea; aceptando en ella la ayuda de todos los antiguos o nuevos partidos, sin más excepción que la de las personalidades estigmatizadas y con la consideración debida a los que al país han bien y lealmente servido, en los últimos acontecimientos que acaban de conmoverlo, ya defendiendo, como lo exigía el honor militar al gobierno derrocado, ya contribuyendo con las armas en la mano al triunfo de una revolución cuyos principios he aceptado. Y que todo sea por la Patria y para la Patria.

México, agosto 4 de 1911.

B. Reyes.

 

Fuente: Fuentes para la Historia de la Revolución Mexicana. IV Manifiestos Políticos. México. Fondo de Cultura Económica. 1974. 685 pp.