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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1911 Los magonistas en Baja California. José C. Valadés.

Mayo 11 de 1911.

No siempre lo que se llama historia, es historia, puesto que esta exige no solamente la explicación racional de los hechos, el examen juicioso de los pensamientos, la averiguación precisa de los antecedentes, la compulsa de la sustancia de los hombres y del medio y el propósito interno de los móviles. La historia, pues para ser historia, requiere dos autoridades: Una científica, otra moral. Ésta es determinada por las características del escrito; aquella por la presentación de los elementos utilizados para escribirla.

Valga decir, que si el autor es singularizado como miembro de una secta, grupo o partido, todas sus referencias serán en relación a ese partido, grupo o secta; y por lo mismo no hará historia y sí alegato de grupo, secta o partido.

Tal es el caso incontrovertible de don Rómulo Velasco Ceballos, cuando se refirió a la expedición de Baja California en 1911.

EI señor Velasco Ceballos no conocía, al escribir la narración a la cual dio cuerpo de libro, el trato de la historia. Conocía, eso sí es verdad, la laboriosidad; y creyó que ésta bastaba para juzgar a los hombres. Ignoro por lo tanto que también era necesario poseer cabeza, porque el juicio no es el agrupamiento de papeles. EI juicio consiste en saber distinguir el mal, del bien, el error, del acierto, lo impetuoso, de lo racional, el valor, del miedo. Sin juicio no es posible hacer historia, aunque sí es posible escribir historia. Un demente o un idiota pueden tener aptitudes para apilar tierra; pero nunca podrá resolver que hacer con la tierra amontonada.

Con esto no quiero decir que el señor Velasco Ceballos era idiota o demente. Deseo indicar solamente, que el señor Velasco Ceballos, llevado por su extrema laboriosidad, en tren de narrador puso una cosa sobre la otra sin orden ni juicio, al tratar sobre la expedición revolucionaria a Baja California. Y no es todo, sino que en el apilamiento que hizo, únicamente presentó lo de una parte; y, ya por negligencia sin nombre, ya por presunción vana, ya por ignorancia supina, ya por maldad inigualable, no tomó en cuenta lo de la otra parte, y por lo mismo no hizo historia; ni juicio histórico, ni autoridad histórica.

Esto no obstante, sí formó grupo, partido o secta. Tal vez era lo que deseaba. Y, pudo desearlo, porque no era historiador; tampoco hombre de pensamiento. Había sido en cambio, enemigo de la Revolución y seguiría siendo enemigo de la Revolución. Propendería así juzgar y ver siempre las cosas por el lado más desfavorable. Y, ¿quién, perteneciendo a este orden, es decir, al que solo ve y juzga las cosas por el lado más desfavorable, puede ser el testimonio de la razón, de la verdad y de la realidad?

Y si se duda de mis palabras, tomad el libro de don Rómulo Velasco Ceballos. Abridlo en cualquiera de sus páginas. Leed los dos primeros, los dos centrales o los dos últimos apartes. En cada uno de éstos, en todos, al fin encontrareis únicamente las expresiones que el autor creyó útiles para llevar a la hoguera al hombre que más amó a México: a Ricardo Flores Magón.

Acogió el señor Velasco Ceballos las burlas infamantes, las calumnias desoladoras, los epítetos soeces, las lubricidades indignas y las insólitas necedades, dichas a veces por los rufianes ejecutoriados, con tal de servirse de todo ese material para denigrar a Flores Magón.

Un solo mérito no halló el señor Velasco Ceballos en Flores Magón. Ni una sola virtud, ni la de ser mexicanos, concedió a los miembros de la expedición. Ni un solo acto, ya no de heroísmo, sino de arrojo, reconoció a los patriotas que iban a extirpar del suelo bajacaliforniano a los enemigos de las libertades de México. Es que, se repite: el señor Velasco Ceballos no hacía historia; y como la historia es el monumento excepcional que defiende a las patrias, el señor Velasco Ceballos por no hacer historia, hizo antipatria.

Y sería esto suficiente para doblar la hoja y escribir el nombre del señor Ceballos como el de un hombre execrable. Pero no lo haremos así. A quien posee la cualidad de ser laborioso, démosle otra oportunidad para abrir su libro. Y aquí le tenemos a la vista. Nuevamente llevad la mirada a cada una de sus líneas y por las de todas sus páginas. Ahora, decidme si es o no cierto que la fuente informativa principal del señor Velasco Ceballos, fue la prensa periódica de Estados Unidos; de California en particular.

Pues bien; ¿podría la prensa periódica de California en aquellos días servir a la causa de la Revolución Mexicana? ¿Podría la prensa periódica de California en aquellos días ayudar a restar vigor y resistencia al sistema político de México que había otorgado concesiones a los intereses californianos?

Si racionalmente no es posible admitir lo dicho, la lógica ha de establecer que la prensa periódica de California buscó la manera de diluir lo que podía ser amenazante para los propietarios de los intereses extranjeros radicados en México, en Baja California, para ser más exactos. Y, ¿cuál sería la manera de combatir con proyecciones destructivas, a los revolucionarios?
 
¿Acaso utilizando las armas? Fue otra, ciertamente, la táctica. Ésta consistió en la burla, la amenaza y la difamación a través de las columnas de las publicaciones periódicas.

Pero no solamente la enemistad de los intereses foráneos establecidos en Baja California ganaron los liberales revolucionarios de 1911. Recordemos necesariamente, que el mundo, durante la época que remiramos, vivía una era de paz. La idea de las guerras, ya civiles, ya extranjeras, parecía perdida para los hombres y las naciones. Estadistas y pensadores creían que los progresos de las armas de acero eran suficientes para sembrar el temor dentro de los corazones humanos y que con esto los pueblos eran exentos de acudir a la fuerza de la pólvora.

Así, a los primeros albores de la Revolución Mexicana, el mundo quedó estupefacto. Aquel movimiento de fusiles e ideas, se asemejó, en el concepto de los pacifistas, a una gran hoguera en la cual los salvajes, y sólo los salvajes, arrojaban las grandezas y dichas de la civilización. Y si es verdad que en Estados Unidos, al igual que en Europa, hubo ciudadanos que endulzaron con sus elogios los días más dramáticos de la guerra civil mexicana, también es cierto que muchos eran quienes, desde el extranjero, al tiempo de preparar los instrumentos agresivos de sus poderes, concitaban al odio y al exterminio de los revolucionarios mexicanos.

A ese corro, concentrado infortunadamente en las publicaciones periódicas, correspondió, con creces, el señor Velasco Ceballos.

Pero vayamos al año de 1911.

La junta del Partido Liberal Mexicano, presidida por Ricardo Flores Magón, ha resuelto organizar y armar a los liberales dispuestos a combatir al régimen porfirista y a establecer los principios políticos y sociales proclamados por la misma junta.

Ésta tiene su asiento en Los Ángeles; y aunque sus caudillos ignoran el arte militar, la razón les indica por varias consideraciones, que el lugar de México más conveniente para dirigir las operaciones de guerra debe ser el suelo de Baja California.

El gobierno de Estados Unidos, porque así se lo ha pedido el gobierno porfirista al través de los canales diplomáticos, ha declarado su neutralidad en los negocios militares y políticos de México. La neutralidad tiene dos efectos. Uno, el de convertir en delito castigado por las leyes norteamericanas, la organización de grupos subversivos o expedicionarios mexicanos dentro del territorio de Estados Unidos. Otro, el de cerrar la frontera al tráfico de armas, por lo cual se mandan penas a quienes, burlando los principios de la neutralidad, vendan pertrechos de guerra a los revolucionarios de México.

No ignora el gobierno de Estados Unidos, que la junta del Partido Liberal Mexicano conspira para derrocar al régimen porfirista y que, por lo mismo, dicha junta, está cometiendo en potencia un acto delictivo. Pero como no posee pruebas suficientes para enjuiciar a Flores Magón, ordena la vigilancia de los pasos de Éste y de sus compañeros.

Así y todo, la junta confirma sus decisiones. Los liberales deben marchar sobre Baja California. La junta debe establecerse en territorio nacional.

En estos días hay dos partidos mexicanos unidos en una idea principal: la idea de la gran revolución; pero desemejantes por lo que hace a los sistemas accesorios para dirigir y consolidar la gran revolución. El primero de tales partidos está representado por Francisco I. Madero. El segundo, por Ricardo Flores Magón. Aquel, con el signo del patriarca excepcional, cree en la democracia política. Éste, con la cabeza ilustre de benefactor humano, proyecta la democracia social.

Madero se lanza a la guerra. Es el presidente electo, burlado y la masa popular se considera en el deber de apoyarlo. Los liberales reanudan su esfuerzo heroico; ejemplo, la batalla de Janos, en la que sucumbe, ya ganada por los liberales, el esclarecido Práxedis G. Guerrero. En tanto que Ricardo se debate en la impotencia, sin recursos pecuniarios, sin libertad de acción, circuido por la policía de los Estados Unidos. Allí, frente a su casa, a la casa a donde también están los miembros de la junta, paseando de un lado a otro, en incesante guardia, se hallan los policías de la justicia federal, de la justicia del condado, de la justicia de la ciudad de Los Ángeles, auxiliados par agentes del gobierno mexicano. Parece como si la justicia fuese la manifestación precisa de la fuerza y no de la racionabilidad.
 
Flores Magón ha sido casi atado. La pobreza, la altísima pobreza de los hombres altísimos, ha casi también inmovilizado sus proyectos. Hierve ciertamente, su maravillosa cabeza. Sin embargo, nunca la más preciada cabeza fue suficiente para transformar al mundo, si no ha a pareado a ella, la acción práctica.

Flores Magón ante todos estos obstáculos para actuar, resuelve desinteresada y convencidamente, de que los revolucionarios, ya en el terreno de las operaciones deben nombrar a sus capitanes de acuerdo con las normas democráticas establecidas por el partido liberal. Pero para llevar adelante los planes subversivos, los liberales se dirigirán hacia la frontera uno a uno y en secreto, para reunirse en determinado lugar e iniciar el ataque a las fuerzas federales que acaudilla el coronel Celso Vega.

Los revolucionarios viajan clandestinamente. Clandestinamente también llevan una pistola o un fusil. Todos van iluminados por la esperanza. ¿Quién de ellos, no obstante que entre los alistados por la voluntad unitaria que construida por las ideas políticas y sociales afines hay varios extranjeros; quién de ellos, se pregunta, ha pensado por un segundo, por un sólo segundo, segregar a Baja California de la patria amada? Leed, leed de la primera a la última línea el manifiesto de los liberales anunciando su marcha. Enteraos, para ejemplo de nosotros y de nuestros hijos, cuánto querían la libertad y la reforma de México. Conoced, conoced el sacrificio de tales hombres y sentiremos vergüenza y horror de que todavía a nuestros días haya quien dude de sus propósitos dignos de grandes varones. Expurgad todos y cada uno de los pensamientos y de los hechos de esos soldados del progreso y bienestar humanos, y hallareis cuán ajenos a la calumnia vivieron al exponer sus vidas. Abrid y estudiad una a una las fojas del proceso que se siguió a Flores Magón acusado de violar las leyes de neutralidad. ¿Quién, después de servirse de esos documentos testimoniales podrá atreverse a poner en duda los principios, la dignidad y el amor a la integridad de México que había en Flores Magón?

De aquella conspiración de la junta; de aquellos movimientos e ideales de los conspiradores, estaba informado el coronel Celso Vega, comandante de las fuerzas porfiristas, quien supuso, y con razón, que de no acudir a una red artificiosa, estaría perdido. Los fusiles de sus soldados serían vencidos por el poder popular de los revolucionarios, como estaba a la vista en otros lugares de la república.

Aparte de sus soldados, de su táctica militar, de sus abastecimientos de boca y pólvora y de su valor personal, el coronel Vega contaba con la vigilancia de la frontera hecha por el gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, advirtiendo la debilidad de su situación y temeroso de la actitud de los bajacalifornianos, resolvió enviscar a estos contra los liberales.

¿Qué podría mover el ánimo de la población civil de Baja California contra los revolucionarios?

Celso Vega, militar sin escrúpulos, procedió a capitalizar el nombre y el amor a la patria. Repitámoslo; porque la verdad requiere las repeticiones honradas: Celso Vega capitalizó el nombre y el amor a la patria.

Pocas veces, porque sabe que la posteridad puede hacer execrable su apellido, un individuo osa exponer el nombre y titulo de su patria en propósitos personales. Celso Vega, tuvo tal audacia, gracias a la cual movió al engaño a muy nobles, valientes y patriotas mexicanos residentes en Baja California, quienes no podían dudar que un jefe militar que casi siempre representa el pundonor y la gallardía, dijese lo que no era verdad.

Así, capitalizando lo que solamente debe ser objeto de la veneración de los ciudadanos, el coronel Vega acusó a los liberales de filibusterismo y de proyectar la segregación de Baja California. La junta del Partido Liberal Mexicano, que una y mil pruebas había dado de su dignidad, firmeza y altivez, fue culpado por Vega de pretender vender el territorio de Baja California a Estados Unidos, mientras el gobierno de Estados Unidos imputaba a la junta la conspiración contra las leyes norteamericanas.

Hubo, ciertamente, un acontecimiento del cual se sirvió Celso Vega para envolver su difamación en los pliegues de un suceso que parecía verdadero.

La junta del partido liberal no poseía, como queda dicho, fortuna para la compra de armas y pertrechos destinados a la revolución. ¿Qué hacer cuando no era posible ir a pelear contra el ejército federal a puñetazos? Flores Magón quien no tenía más caudal que su clarísimo talento, ofrendó éste a la causa liberal de su patria, y habló al mundo; llamó al mundo. Habla y llama al mundo como hombre desasosegado por el infortunio que sufre su país.

Y las palabras de Flores Magón, angustiosas a la vez de verdaderas, llegaron a todos los continentes. Estos, ora por gemir bajo las dictaduras, ora por estar demasiado entregados a los placeres de la paz, parecían haber empobrecido las voces de la libertad y olvidado los deberes de la confraternidad universal cuando Flores Magón les dirigió la palabra. Y tal palabra fue tan elocuente y justa, que levantó los espíritus y conmovió a los pueblos. No siempre México ha tenido un hombre tan excepcional como aquel que para libertar a su pueblo mueve los ánimos del mundo.

De todas partes, no para construir una república filibustero o magonista, sino para hacer de México un ejemplo de veneradas libertades, llegaron contribuciones económicas; y como no era aquella la hora para conocer y esplender los excepcionales propósitos de Flores Magón, el coronel Celso Vega, primero; el señor Rómulo Velasco Ceballos, después, aprovecharon las circunstancias para levantar la tea de la desconfianza patriótica, azuzando a los mexicanos de Baja California contra quienes acudían generosa y desinteresadamente a servir al pueblo de México.

Loemos, pues, no solamente a los insignes soldados de la libertad que marcharon contra los vestigios del régimen porfirista en Baja California, sino también a los anónimos contribuyentes al bien de nuestras libertades.

Mas volvamos a la contabilidad de la expedición revolucionaria de 1911.

Ésta, como queda dicho, en unos produjo temor; a otros, perplejidad.

Eran esos días que examinamos, los frondosos del periodismo llamado amarillista o sensacionalista que, con sus sistemas de alarma intangible y afirmaciones ímprobas, si no ganaba crédito, si lectores.

Venida la revolución mexicana durante esa época de las publicaciones periódicas, consideremos cuán provechosas para los fines del amarillismo o sensacionalismo, fueron los actos todos de la tragedia de México. Así, ¡qué de abultados atropellamientos a la verdad no aparecían diariamente en los periódicos del mundo! El nuevo público traído por el régimen de la novelería periodística, cada veinticuatro horas exigía más; y los diarios le daban más. No importaba que con esto se ultrajara la verdad. La prosperidad de las noticias de las guerras y de las revoluciones empiezan en el campo experimental de México.

Leamos, ya no las pequeñas publicaciones periódicas de California, sino las mayúsculas de Nueva York, Londres y Paris correspondientes a los meses de noviembre de 1910 a agosto de 1911. ¡Qué de historias fabulosas! ¡Qué de falsedades difamatorias! Pocas veces un país se vería atormentado por tantos dislates como ocurrió a México durante esa temporada.

Pues bien; el señor Rómulo Velasco Ceballos, tuvo la maldad paciente de recortar y traducir todas las noticias provenientes de aquellas publicaciones periódicas, y sin discernirlas, puesto que no buscaba la verdad, sino estaba empeñado en el ejercicio de las calumnias, las reunió en un volumen que luego dio a luz con las características de una historia.

Todo cuanto podía servir para mancillar la honra personal y la dignidad patriótica, fue juntado y publicado por Velasco Ceballos; y lo que no tuvo el valor de decir de frente, lo dejó expresar por medio de sutilezas; y como con tal trabajo no buscaba una finalidad patriótica, sino que obraba en función de venganza e impotencia, no se detuvo para aprovechar las más groseras calumnias y los mas ridículos cuentos.

Consideramos a aquellos valientes revolucionarios de 1911, limpios de alma y de cuerpo, entrando en tratos con un tahúr profesional y dipsómano cumplido como Mr. Dick Ferris, para traspasarle los derechos sobre Baja California. ¡Oh, no! México no es pueblo que pueda dar esa clase de rufianes.

El propio Dick Ferris, de quien escuché confesiones definitivas que hice públicas en La Opinión, me decía preguntándome: "¿Y como es posible que en México se hubiera creído mi participación en la revolución de Baja California, cuando el mundo sabía y sabe que solo soy un líder de aventuras de amor y de juego?"

Sin embargo, ya habéis visto como el señor Velasco Ceballos en sus afanes de calumniador no solamente aseveró la existencia de un trato para nombrar a Ferris "presidente de la Baja California", sino que impelido por los vientos del embuste y de la difamación hizo a Ferris "representante" de quienes negociaban con Flores Magón "la entrega de Baja California para agregarla más tarde a la Unión Americana".

Si el más pequeño aliento de antipatriotismo hubiese existido en Flores Magón, las autoridades norteamericanas no lo vigilan, ni lo encarcelan, ni lo enjuician, como lo hicieron constantemente. Mas no hablemos de memoria: allí, en la corte del condado de Los Ángeles, se hallan los interrogatorios y los resultados de las investigaciones policíacas sobre la expedición a Baja California. Allí esta toda la inquisición de los hechos. La verdad no ha sido oculta. Las averiguaciones norteamericanas hechas para castigar a Flores Magón por violaciones a la neutralidad, realzan, como jamás, la figura de Flores Magón y de los liberales; y enseñan hasta la evidencia con cuánta y cristalina pureza los mexicanos hicieron la revolución.

Cerremos, pues, este capítulo de la historia revolucionaria de México. Cerrémoslo, porque la vergüenza corroerá nuestro espíritu si no marcamos el alto a los calumniadores de la idea y entereza mexicanas. Cerrémoslo: otros capítulos más trascendentes y no los que ponen en duda la honra y el patriotismo de los hombres de la revolución, son los que debemos traer al debate público; y esto, no por vivir en la ignorancia de los grandes acontecimientos, sino para no dejar marchitar los principios que mecieron nuestras cunas y que han servido para dar la grandeza a México.