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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1911 La revolución es la revolución. Luís Cabrera.

Junio 19 de 1911

LA PROPAGANDA DEMOCRÁTICA

En mi concepto no hay nada de vituperable en la incongruencia que existe entre las ideas de libro de don Francisco I. Madero La sucesión presidencial y su conducta como revolucionario. Como escritor político, don Francisco I. Madero hablaba de una evolución democrática, en el supuesto de que esta fuese posible y de que debiera efectuarse por los medios pacíficos y constitucionales que nuestras leyes ponían al alcance de los ciudadanos. El error del señor Madero consistió, cuando escribió su libro, en creer que el gobierno del general Díaz era un gobierno del siglo XX, que respetaría cuando menos las más rudimentarias formas constitucionales y consentiría en la organización y funcionamiento de un partido y en la participación pacifica de los ciudadanos en el gobierno por medio del voto, para transformar el régimen personalista en un régimen democrático. Pero una vez convencido de ese error, la conducta del señor Madero no es ilógica. Las ideas de su libro seguirán siendo ciertas como verdades teóricas aplicables a una evolución democrática, y sus ideas revolucionarias seguirán también siendo lógicas frente a un régimen dictatorial decidido a no evolucionar.

En estas condiciones nada de extraño tiene que en 1910 se hubieran tachado de revolucionarias las propagandas electorales que precedieron a las elecciones federales. La verdad es que una vez que el gobierno dictatorial del general Díaz estaba decidido a no evolucionar, y resuelto a no dejar libre curso a la actividad electoral, cualquiera propaganda que se hubiera emprendido, por pacifica que fuese, tenia que aparecer como revolucionaria a los ojos del régimen dictatorial contra el cual fuera encaminada.

LA REVOLUCION Y LA OPINIÓN PÚBLICA

A nadie debe sorprender que la opinión pública del país cambiara durante los seis meses que transcurrieron de noviembre de 1910 a mayo de 1911, y que las ideas revolucionarias que al principio no habían tenido acogida ni en los más radicales antirreeleccionistas, fueran ganando terreno poco a poco hasta el grado de convertir en revolucionaria la opinión pública de todo el país, formando así una atmósfera enteramente irrespirable para la dictadura del general Díaz.

EL Licenciado Vera Estañol en su folleto, al referirse a este fenómeno, hace una pequeña alusión a mi persona, atribuyéndome haber condenado el movimiento revolucionario en un principio y haberme afiliado a las ideas revolucionarias solamente cuando ya estaba yo seguro de la impunidad. Cualquiera otro se empeñaría en comprobar la antigüedad de sus ideas revolucionarias. Yo no.

Lo cierto es que yo como otras personas, como la generalidad de la opinión pública sensata del país, condené el movimiento revolucionario en sus comienzos, porque creía erróneamente que dados los poderosísimos elementos con que el gobierno federal decía a cada paso que contaba, la Revolución llevaba trazas, o de ser un sacrificio lastimosamente estéril, o de convertirse en una guerra sangrienta y dilatada.

Madero, sin embargo, vía más claro, y tuvo la fe que nosotros no teníamos.

Las verdaderas causas de que la opinión pública, que al principio era pacifista, haya evolucionado hasta convertirse en universalmente revolucionaria, son muy fáciles de explicarse.

La Revolución se creyó en un principio una verdadera obra de romanos, sumamente difícil, y que exigía muchos elementos, muchos esfuerzos, muchos sacrificios y mucho tiempo. Pero cuando se vio que el antiguo régimen casi se desmoronaba por sí solo, la opinión pública, no por volubilidad sino por instinto de conservación, por la lógica natural de los acontecimientos, comenzó a ver en la Revolución un centro de cohesión y un poder más fuerte que el del antiguo régimen. Nada de raro tenia entonces que la opinión pública se pusiera del lado de la Revolución y la apoyara como el medio más expedito y más idóneo de restablecer la paz y garantizar los intereses.

La caída del general Díaz fue efecto de su debilidad. La desintegración del antiguo régimen estaba tan avanzada que las simples alarmas infundadas de aparición de grupos revolucionarios en algunos lugares, fueron suficientes para proceder al abandono inmediato de los puestos públicos por las autoridades políticas. En estas condiciones la Revolución tenía que triunfar sin necesidad de balas y con sólo la fuerza de la opinión pública, y el miedo o el remordimiento de las autoridades dictatoriales.

A la caída del general Díaz contribuyeron, además, como en otra ocasión he dicho, los procedimientos empleados por aquel para sofocar la Revolución, procedimientos que no fueron más que síntomas de debilidad.

Las presuntuosas declaraciones de Limantour, la organización precipitada del Gabinete de los cincuenta y ocho días, las promesas de enmienda, las ofertas de reformas, los intentos vacilantes de transacción, el cambio de bandera política, en fin, todos los esfuerzos hechos para detener los avances de la Revolución, fueron verdaderamente ridículos frente a la incontrastable fuerza de la opinión pública.

Hasta las medidas militares, persecutorias y diplomáticas habrían sido ridículas, si no hubieran sido infamemente crueles y estúpidamente peligrosas para la patria. Pero precisamente el carácter de desesperación que tenían esas medidas, fue la causa más inmediata del incremento de la Revolución.

Qué parte haya tenido el licenciado Vera Estañol en la responsabilidad por el fracaso de los últimos actos del gobierno del general Díaz, no lo sabemos. Dice él que su labor se encaminó a detener la Revolución armada y a dar curso a la revolución de las ideas, recomendando las medidas enérgicas contra los revolucionarios y abogando por la libertad de los reos políticos.

Por cuanto a las medidas enérgicas contra los revolucionarios, debe decirse que el tipo de ella fue la ley de suspensión de garantías, que en mi concepto constituyó el disparate más grande de los que pudo haber hecho el gobierno del general Díaz, supuesto que, como medida sangrienta y de terror, por sí sola bastó para aumentar el efectivo de las fuerzas revolucionarias en una proporción que nunca habría alcanzado sin esa ley.

Respecto de la intervención del licenciado Vera Estañol en favor de los reos políticos, era desconocida, y no podía sospecharse, supuesto que durante el gobierno de los cincuenta y ocho días, y precisamente siendo Vera Estañol ministro de Gobernación, fue cuando más atestadas de presos políticos se hallaron las cárceles de la República, y cuando se llegó hasta la crueldad de prohibir las visitas de sus familias a los reos políticos en la Penitenciaria de México. Los únicos actos que he conocido como debidos a la intervención del licenciado Vera Estañol, en favor de los presos políticos, fueron ciertas excarcelaciones que tenían por objeto único utilizar a los excarcelados en trabajos de transacción con los revolucionarios.

Parece ser que el objeto principal del licenciado Vera Estañol, más que la convocatoria para la organización de un partido político, fue formular ciertas críticas contra los actos de la Revolución y de sus jefes.

Dichas  críticas pueden resumirse como sigue:

l. La Revolución no dio programa de reconstrucción.

2. La Revolución adolece de los mismos vicios dictatoriales que tuvo el gobierno del general Díaz, y

3. La Revolución no ha podido reconstruir lo destruido.

LA REVOLUCIÓN SIN PROGRAMA DE RECONSTRUCCIÓN

Ni la Revolución inglesa, ni la Revolución francesa, ni nuestra Revolución de independencia, ni la Revolución de Ayutla, previeron la forma de reconstrucción de los antiguos regímenes.

La Revolución de San Luís tampoco podía dar bases para la reconstrucción.

La verdad es que no hay revolución en el mundo que se haya emprendido previendo de antemano los medios de reconstrucción del orden social o de sustitución del régimen que se pretende hacer desaparecer. Las revoluciones son casi siempre inconscientes; esbozan, si acaso, sus tendencias indicando sus propósitos destructivos; pero, o no ofrecen base para la reconstrucción, o las que ofrecen resultan enteramente inadecuadas a las necesidades posteriores.

Las revoluciones se componen de dos etapas perfectamente definidas: la primera, que constituye la faz meramente destructiva, y que puede llamarse la revolución propiamente dicha, y la segunda, que constituye la faz reconstructiva, y que en muchos casos está enteramente fuera del periodo revolucionario.
Ahora bien, la tarea de reconstrucción escapa a toda previsión y varía al infinito en cuanto a su naturaleza y a su duración, según la marcha de la revolución en su etapa destructiva.

Una tendría que haber sido la tarea y la forma de reconstrucción, en el caso de que el general Díaz se hubiera rendido desde el principio y otra muy distinta en el caso de que la Revolución se hubiera visto obligada a arrebatar plaza por plaza, de manos del Gobierno, por la fuerza de las armas.

LOS VICIOS DE LA REVOLUCIÓN

EI objeto principal del folleto a que vengo aludiendo, ha sido formular una crítica de los actos del gobierno provisional, o como yo lo llamaría, del gobierno revolucionario. Se acusa al gobierno revolucionario de nepotismo, de favoritismo, de militarismo, de indiferencia por la suerte de la nación, de insubordinación, de anarquía, de crueldad, de saña, de cesarismo, de arbitrariedad y de otros vicios más que se supone no debían existir en el gobierno provisional.

EI impulso más ingenuo de los simpatizadores de la Revolución y aun de su jefe mismo, ha sido negar los caracteres que se atribuyen al gobierno provisional. Pero si se considera con detenimiento la cuestión, se comprende que la verdadera defensa del gobierno revolucionario no consiste en negar esos cargos, ni en pretender poner de acuerdo la conducta de la revolución con su situación teórica, sino en ver si esa conducta ha respondido a las necesidades de la situación actual.

Mas útil sería tal vez la tarea de comparar los actos del gobierno "revolucionario" con los actos del gobierno "constitucional" del general Díaz, pues, por esa comparación, se vería que la Revolución, aun en pleno periodo destructivo, ha sido más justa, más democrática, más constitucional y más humana que el gobierno del general Díaz en pleno periodo constitucional.

I. Nepotismo y favoritismo. No me toca justificar los nombramientos de los señores Madero, Hernández y Vázquez Gómez, para ministros; pero precisamente la presencia de personas de la más absoluta confianza de los jefes de la Revolución en el gobierno provisionario, era la única garantía que podía tenerse de que este gobierno obedeciera las tendencias revolucionarias, supuesto que la labor posterior de la Revolución iba a depender exclusivamente de la posibilidad de ejercer un absoluto controlamiento sobre el gobierno provisional. Cualesquiera otro sistema que no hubiera sido el de designaciones concretas de los nuevos ministros, habría sido un error de la Revolución.
 
Por lo demás, el nepotismo y el favoritismo del gobierno revolucionario, son nada en comparación del nepotismo y favoritismo del gobierno "constitucional" del general Díaz.

Durante el gobierno del general Díaz, en efecto, hemos visto a su hijo como empresario de grandes obras públicas costeadas por el Estado, como jefe de su Estado Mayor y como su secretario particular; a su sobrino, con grados militares obtenidos al vapor, lo hemos visto como Inspector General de Policía de toda la República, como diputado y como gobernador del estado de Oaxaca; y para no extendernos demasiado, baste decir que en todos los Congresos de la Unión hemos visto a todos los parientes del general Díaz y a todos los parientes de todas las personalidades políticas de segundo orden; su yerno, sus concuños, sus sobrinos, sus médicos, su dentista, sus bufones, sus panegiristas y en general todos sus amigos personales, han vivido perpetuamente en el Congreso, por qué en el gobierno "constitucional" del general Díaz se creía necesario que todos los puestos públicos estuvieran desempeñados por personas de la más absoluta confianza.

Cuando se habla de la presencia de dos hermanos, uno en la Secretaría de Instrucción y otro en la Secretaría de Gobernación, se olvida que esas mismas dos carteras estuvieron, una en la mano derecha y otra en la mano izquierda del mismo autor de la critica contra los hermanos Vázquez Gómez.
 
Y cuando se ataca al gobierno revolucionario por tener en la Secretaría de Gobernación al hermano del candidato a la vicepresidencia ahora que el problema vicepresidencial ha quedado reducido a un problema de segundo orden, se olvida que cuando ese mismo problema de la vicepresidencia era el más trascendental de los problemas políticos de México, la Secretaría de Gobernación estuvo precisamente en manos del candidato a la vicepresidencia, no sólo durante la preparación de las elecciones, sino durante las elecciones mismas.

II. Militarismo e ilegalidad. Después de la rendición del Gobierno Federal, algunas autoridades científicas, Avelino Espinosa en Sonora, Jesús del Valle en Coahuila y algunos otros locos o tontos, quisieron oponer resistencia a la Revolución, y ésta tuvo necesidad de emplear la fuerza para hacerse obedecer. Esto se califica de golpe de Estado. Debían calificarse así también todos los actos de la Revolución y principalmente la renuncia del general Díaz, y deberían seguirse llamando del mismo modo todos los demás actos de presión que se están ejecutando y los que será necesario que la Revolución siga ejecutando para hacerse obedecer.

No hay que perder de vista que la Revolución no puede ni debe limitarse a los medios exclusivamente constitucionales para cumplir con sus fines, sino que como Revolución que es, tiene que seguir apelando a la fuerza de las armas en todos aquellos casos en que alguna autoridad quiera resistirle para sostener las formas del antiguo régimen.

La Revolución triunfante pudo cambiar, de golpe y por un solo acto revolucionario, todas las autoridades políticas de toda la República, sin que se le imputara la ejecución de un golpe de Estado. Si no lo hizo fue porque pudo encontrar otros procedimientos más prudentes para llevar a cabo esos cambios que era necesario efectuar; pero la forma de remover autoridades por medio de renuncias presentadas al nuevo Gobierno y de designaciones francas o sugeridas, no cambia el carácter del acto en sí que es esencialmente revolucionario. Y si para efectuar el resto de la renovación se encontraran resistencias, aunque sean de apariencia constitucional, la Revolución no podría cruzarse de brazos y declararse impotente, sino que procedería a emplear la fuerza, pues si las formas debieran detener a la Revolución, resultaría que el triunfo de ésta, es decir, su ingreso al gobierno, equivaldría a haberla dejado maniatada e impotente, o lo que es lo mismo, el vencedor habría sido el antiguo régimen, y la formación del gobierno revolucionario habría sido una simple chicana política para dominar a la Revolución.

Mi opinión franca es que la Revolución tiene expedita su acción para emplear la fuerza cuando encuentre resistencias provenientes de elementos del antiguo régimen que se escudan tras de las formas constitucionales para impedir la consumación de la tarea renovadora de la Revolución.

Otra cosa es cuando se juzga al gobierno del general Díaz en pleno funcionamiento constitucional, pues nadie olvida que el general Díaz, tan celoso de las apariencias constitucionales, no tuvo empacho en autorizar descarados y frecuentes golpes de estado, como los de Coahuila y Nuevo León en 1909, que se apresuraban a justificar y a calificar de actos de suma habilidad política, los mismos que ahora quisieran ver maniatada a la Revolución por las formas legales.

III. Indiferencia por la suerte de la nación. EI licenciado Vera Estañol culpa al gobierno revolucionario de indiferencia por la suerte de la nación, acusándolo de haber abandonado la Baja California. La contestación a este cargo la darán los hechos. Después de varios meses de inacción o impotencia del general Díaz, el primer acto del gobierno revolucionario fue enviar a Viljoen a combatir a los socialistas, los cuales comenzaron a capitular.

IV. Insubordinación y anarquía. El señor Vera Estañol culpa a la Revolución de insubordinación, recordando el incidente de desavenencia entre Orozco y Madero.

Olvida cuidadosamente Vera Estañol que los autores intelectuales de ese incidente fueron los elementos enviados por el gobierno del general Díaz para sembrar la cizaña en el campo revolucionario, de los cuales el principal era un extranjero que casi podríamos asegurar fue invitado a la aventura pacificadora por el mismo Vera Estañol, supuesto que es su amigo intimo, su compadre y su cliente; nos referimos a Oscar Braniff.

Por lo que se refiere a la insubordinación, si se compara la Revolución en esta materia con el gobierno del general Díaz en sus últimos tiempos, se ve que mientras aquella presentaba notables ejemplos de disciplina como el de Figueroa en Guerrero, resistiendo a las insidiosas invitaciones del general Díaz para desconocer a Madero, el ejercito del dictador en cambio presentaba los más desastrosos síntomas de disgregación, cuando la mayor parte de la oficialidad nueva se alistaba en las filas insurgentes.

Tratándose de la anarquía, sería tonto querer rechazar el cargo hecho a las masas revolucionarias. No hay masa en ninguna parte del mundo, que no presente los mismos caracteres que presentaran las de la ciudad de México, las de Torreón o las de Pachuca; y puede afirmarse, sin temor de equivocación, que los desórdenes y las manifestaciones anárquicas que se han presentado hasta ahora, son verdaderamente insignificantes, comparadas con la conducta de otras masas de pueblo en Europa y Estados Unidos, no digamos ya en pleno periodo revolucionario y cuando el jefe del Estado abandona despavorido su puesto, sino solamente en el curso de una huelga o de cualquiera manifestación de protesta.

V. Saña y persecución. Se tacha a la Revolución de cruel en sus persecuciones, recordando con grandes aspavientos el incidente de la detención del tren en que viajaba el general Díaz, incidente que no debería ni mencionarse por ser tan bochornosamente ridículo para el presidente caído.

Los casos que se dieron de detención de trenes fueron todos verdaderamente sorprendentes por la forma prudente en que se efectuaba el registro de pasajeros, pues con muy contadas excepciones, los revolucionarios se limitaban a registrar el convoy para cerciorarse de que no conducían tropas o pertrechos y a recabar de los pasajeros la entrega de sus armas personales.

Los dos únicos casos que conozco en que se haya disparado sobre los trenes detenidos, son el de Cuernavaca en que se trataba de un tren que imprudentemente conducía un carro con tropa agregado al tren de pasajeros, y el del tren de pasajeros en que viajaba el general Díaz.

Este último caso se explica lógicamente supuesto que el tren conducía tropas, pero a mayor abundamiento la detención no fue intencional respecto del ex presidente. En efecto, habiendo renunciado el general Díaz el 25 de mayo al atardecer, y no teniendo motivo fundado para huir clandestinamente, como no fuera el de su amor propio lastimado, era absolutamente imposible que los revolucionarios que detuvieron el tren pudieran sospechar que en ese convoy, custodiado por escolta oficial, a todo vapor huía agazapado y quejumbroso el héroe de cien batallas y el hombre que había sido arbitro de los destinos del país durante treinta y cinco años.

En punto a la crueldad, el gobierno del general Díaz no resiste la comparación con la Revolución ni aun en sus épocas más benignas.

Las persecuciones, prisiones y aun ejecuciones hechas por la Revolución fueron en muy corto número. Los actos de crueldad injusta son muy contados y no aparecieron sino después de las primeras aplicaciones de la ley de suspensión de garantías; las prisiones fueron de muy pequeña duración y los reos juzgados siempre con rapidez y con un amplio espíritu de equidad. En cambio, en pleno periodo constitucional del general Díaz, tuvieron lugar un gran número de actos de crueldad innecesaria, que es inútil referir por el momento. Concretándose a los últimos tiempos precisamente en el periodo de lucha entre la dictadura y la revolución, es sin duda el gobierno del general Díaz el que ofrece las mayores muestras de crueldad, tanto por la aplicación de la pena de muerte a los reos políticos por medio de procesos militares, y por los asesinatos ejecutados en rebeldes con motivo de la suspensión de garantías, como principalmente por el gran numero de prisiones innecesarias y dilatadas, hechas con tal injusticia, que resultaban victimas de ellas personas que según las palabras del mismo señor Vera Estañol, no tenían otra culpa que su condición de antirreeleccionistas, que para él no es delito.

En lo referente a la crueldad, hay que decir nada más que durante la permanencia de Vera Estañol en la Secretaría de Gobernación tuvieron lugar los infames asesinatos efectuados por Blanquet y Popoca en Matamoros Izúcar y por el coronel Cauz en Chignahuapan, asesinatos que no se explican ni siquiera por el ardor de la lucha o por la ebriedad del triunfo, sino que fueron verdaderas hecatombes o degüellos cometidos enteramente en frío, sobre mujeres y niños indefensos, y los de Chignahuapan especialmente preparados por medio de falsas promesas de amnistía hechas por el general Díaz.

Debía mostrarse más prudencia en no hacer este cargo a la Revolución, pues no solamente el gobierno del general Díaz resulta mal parado, sino que en opinión de propios y extraños la reciente revolución ha tenido caracteres tales de benignidad y ha sido tan parca en crueldad y tan humana en los medios de represión, que se considera latinoamericana, y puede tomarse como ejemplo de lo que se ha adelantado en el siglo xx en el sentido de humanizar las guerras intestinas, que hasta ahora han sido siempre las más crueles y las más sanguinarias de todas las guerras.

VI. Cesarismo y arbitrariedad. Supone el licenciado Vera Estañol que las órdenes de un caudillo revolucionario deberían expedirse por bandos promulgados dentro de las formas constitucionales o cuando menos sujetos a algún reglamento previamente establecido para la Revolución, puesto que critica al caudillo revolucionario diciendo que el señor Madero ha podido llegar a decir "el Estado y el pueblo soy yo" por la gran cantidad de facultades constitucionales que se arrogaba.

Si un presidente de la República en tiempo de paz dijera, como pudo decir el general Díaz, "el Estado y el pueblo soy yo", la crítica seria irrefutable; pero en tiempo de guerra, la concentración de funciones, la abrogación de facultades extraordinarias, la creación de un dictador o de un imperator es algo no sólo explicable, sino ineludible y que los gobiernos han acostumbrado hace muchos siglos.

Con mayor razón todavía un caudillo de una revolución, durante el periodo plenamente revolucionario, está obligado a ser la única autoridad, y forzosamente debe poder decir en cualquier momento "la revolución soy yo", es decir, que él es el jefe, el director, el controlador, el árbitro único de la situación revolucionaria.

La frase aquella de ordene al pueblo, que tanta alharaca ha provocado por considerarse antidemocrática, no merece la atención de la gente seria, Madero pudo haber dicho: "exija usted", "obligue usted" o "reprima usted" al pueblo, y lo único criticable en su telegrama era su desconocimiento de la imposibilidad en que se hallaba Robles Domínguez de hacerse oír, y menos de impedir las manifestaciones tumultuosas de la plebe de México, a la cual nadie hubiera podido sofrenar, si el general Díaz no hubiera renunciado la tarde del 25 de mayo.

VII. Efectividad del sufragio. El pasado gobierno habría deseado que la pasada Revolución hubiera aceptado su proyecto de ley electoral para la convocación de las próximas elecciones, es decir: que la Revolución se hubiera sometido a las formas que el general Díaz quisiera imponer para desarrollar más tarde el programa de reconstrucción del gobierno.

La sabiduría, la eficacia y la idoneidad del proyecto de ley electoral, son cosas de las cuales estamos todavía por convencernos. La antigua ley electoral constituya un procedimiento malo y defectuoso, es cierto, pero ya conocido en la practica, mientras que el ensayo de la nueva ley electoral, por primera vez y en momentos de agitación política, habría constituido la caída más torpe, más imprudente y más ingenuamente tonta de la Revolución, en la ratonera puesta por el gobierno del general Díaz.

LAS REVOLUCIONES SON REVOLUCIONES

Al concluir estos capítulos de sus imputaciones al gobierno revolucionario, el licenciado Vera Estañol confiesa que la imparcialidad recomienda juzgar "con cierta lenidad y benevolencia" los hechos de la Revolución.

Aquí si tiene razón el escritor; pero no es la imparcialidad la que pide que se use cierta lenidad y benevolencia al juzgar los hechos de la Revolución, sino que son la lógica y el sentido común los que aconsejan no juzgar un estado revolucionario conforme a los principios con que se juzga un régimen constituido.

Esto es en realidad el verdadero punto de vista desde donde deben mirarse los actos del gobierno revolucionario.

Las revoluciones son revoluciones, es decir, estados patológicos y críticos de las sociedades y constituyen situaciones anormales. Las revoluciones implican necesariamente el desconocimiento general y absoluto de todas las autoridades, de todos los principios de autoridad y de todas las leyes políticas de un país; son la negación de las formas constitucionales y no están sujetas a más reglas que las que impone la necesidad militar o el plan revolucionario. Por tanto, tienen forzosamente que adolecer, deben adolecer, de todos aquellos "vicios", digo mal, deben tener todas aquellas "condiciones" que se critican a la Revolución de San Luís.

Las revoluciones necesitan el nepotismo, que es casi el único medio de asegurar el principio de autoridad del jefe revolucionario; exigen el militarismo para tener fuerza; requieren una gran dosis de arbitrariedad para hacer posible el dominio de los jefes de la Revolución sobre elementos desencadenados; implican la irregularidad en sus procedimientos supuesto que proclaman nada menos que el desconocimiento de la ley; presumen la crueldad en los medios de obrar, supuesto que tienen como instrumento la guerra; deben desconocer todo principio de autoridad cuando se trata de la autoridad que dimana del poder que se combate; arrastran consigo grandes peligros de insubordinación, y la anarquía puede ser uno de sus resultados inevitables puesto que es la que les ha dado el nombre de "revoluciones".

Las revoluciones son en suma estados anormales de la vida de los pueblos; por consiguiente, el disparate más grande que puede hacerse es juzgarlas con el criterio o medirlas con la medida con que se juzgaría un gobierno constituido. Si alguien juzgara un estado de sitio, un interregno de ley marcial, o de periodo de suspensión de garantías tachándolo de inconstitucional, se pondría simplemente en ridículo; pero el que juzga un régimen típicamente revolucionario con el criterio con que se juzga un gobierno en pleno funcionamiento democrático, o está loco, o es uno de los elementos corrompidos a los cuales ha barrido la Revolución, que clama despechado.

LA REVOLUCIÓN COMO RECONSTRUCTORA

EI general Díaz renunció el 25 de mayo; el señor De la Barra tomó posesión del Gobierno el día 26; el licenciado Vera Estañol se puso a escribir su folleto el día 27 y acabó de formular sus criticas el 5 de junio, o sea dos días antes de la llegada del Jefe de la Revolución a la capital de la República. Es decir, que se quiere que en diez días el gobierno revolucionario tome todos los caracteres de un gobierno constituido.

La verdad es que el gobierno provisional no es un gobierno constitucional, sino que es la Revolución misma adueñada del poder y en pleno periodo destructivo. Es un gobierno enteramente sui generis.

Sobre este punto es necesario precisar las ideas.

Las revoluciones tienen, como antes he dicho, dos funciones y dos etapas perfectamente definidas. La etapa destructiva o propiamente revolucionaria, y la etapa reconstructiva.

Los espíritus superficiales podrían creer que la etapa destructiva concluye cuando concluyen teóricamente las hostilidades; pero una consideración más sesuda hace comprender que son cosas totalmente distintas el final teórico de las hostilidades de la guerra y el final del periodo destructivo de una revolución.

Cuando el gobierno del general Díaz dio la machincuepa política el día l2 de abril, creyó ingenuamente que con cambiar de bandera había concluido con la Revolución, y se equivocó. Los que crean ahora que con haberse puesto el poder en manos de la Revolución ésta ha concluido y debe detenerse en su labor de renovación, se equivocan por segunda vez.

La Revolución de San Luís comenzó su obra de destrucción por la fuerza de las armas; pero antes de concluir su tarea, el gobierno del general Díaz se rindió.

¿Quiere decir que la obra destructiva de la Revolución había concluido o debía pararse donde estaba el 25 de mayo? De ningún modo.

La rendición del general Díaz no significó que la tarea de demolición hubiera concluido, sino que fue un arreglo para que lo que hasta ese momento se había venido haciendo por la fuerza de las armas, pudiera continuarse por medio del poder que el general Díaz abandonaba en manos de la Revolución.

La guerra ha concluido en teoría, y se procura que concluya de hecho; pero la Revolución se encuentra en pleno periodo de demolición, y todavía le falta mucho que barrer antes de comenzar a reconstruir. ¡Qué más quisieran los científicos y partidarios del antiguo régimen, sino que la Revolución dejara las cosas como están y suspendiera su obra a medio hacer!

La Revolución propiamente dicha, es decir, el periodo destructivo, aun no ha concluido, y mal puede pedírsele que comience a reconstruir. El licenciado don Emilio Vázquez Gómez ha visto muy clara la situación y ha entendido bien su papel de agente revolucionario, encargado de dar satisfacción a las aspiraciones revolucionarias por medios administrativos, cuando se propone continuar la obra de renovación comenzada, y aconseja la remoción general de autoridades políticas.

No es lógico exigir a la Revolución que antes de un mes de triunfar acabe de demoler y comience a reconstruir. No es lógico ni siquiera pedir que ya comience desde luego la reconstrucción, porque ninguna revolución en el mundo ha comenzado a ser gobierno regular al día siguiente de derrocar al régimen caduco.

Después de la tarea de demolición desgraciadamente nos falta pasar todavía por un doloroso periodo de anarquía más o menos franca, que sociológicamente es inevitable.

Después podrá emprenderse la reconstrucción.

La guerra separatista en los Estados Unidos duró cuatro años, y la reconstrucción norteamericana que es indudablemente un ejemplo de convalecencia política más rápida de que se tiene noticia en toda la historia de las revoluciones, duró once años.

Suponiendo que la Revolución de San Luís tarde todavía en concluir su tarea destructiva de aquí a noviembre, habrá empleado en ella un año entero. Bien podemos darnos por satisfechos con que en otros tres años se efectúe la reconstrucción.

QUIEN DEBE HACER LA RECONSTRUCCIÓN

La labor demoledora de las revoluciones es siempre la parte más fácil de la tarea, sobre todo cuando van contra un régimen tan profundamente desintegrado como el del gobierno del general Díaz. Así se explica que el derrocamiento de la dictadura tuxtepecana haya podido hacerse con una facilidad que espantó a los mismos revolucionarios; sin elementos casi, a poco costo, con poca sangre, con pocos hombres y sin gran esfuerzo intelectual.

La caída del general Díaz fue más bien obra del estado social que de la fuerza armada. Esto explica hasta cierto punto la benignidad de la Revolución, pero a la vez da idea de la gran dificultad de la tarea reconstructiva, teniendo en cuenta la falta de elementos sanos de que pueda echarse mano.

La Revolución pudo hacerse por un puñado de hombres, con relativa facilidad en cuanto a su aspecto demolitivo; pero en cuanto a la reconstrucción, sería injusto y egoísta querer que la hagan esos mismos hombres solos. Esa labor tiene que efectuarse por el concurso de todos los elementos sanos, enérgicos y honrados que ofrezca la Revolución, obrando de acuerdo con los elementos sanos, enérgicos y sobre todo honrados, que puedan quedar del antiguo régimen agrupados todos alrededor de un hombre.

Ahora bien, lógicamente y por la naturaleza misma de las cosas, ese hombre no puede ser otro que el mismo que encabezó la tarea destructiva, porque políticamente no puede ser otro, ni debe ser otro.

Por tanto, todos los elementos de algún valer en el país, y aun cuando no hayan estado de acuerdo en los procedimientos revolucionarios, están obligados por patriotismo, por deber y hasta por conveniencia a agruparse alrededor del Jefe de la Revolución para emprender la reconstrucción del nuevo régimen. No porque se suponga que ese jefe sea el más apto para gobernar, sino precisamente porque es de presumirse que un mismo hombre no puede reunir a la vez condiciones necesarias para ser un ferviente revolucionario y un gran estadista.

Yo por mí sé decir que no seré quien comience el coro de adulaciones al señor Madero, suponiéndole cualidades extraordinarias como gobernante, pero tampoco escatimaré mi insignificante cooperación y la daré con toda buena voluntad y con toda buena fe.

Como revolucionario el señor Madero ha tenido éxito; ahora estará obligado a ensayar como gobernante. Podrá hacerlo mal, pero lo único que podemos exigirle es lealtad y honradez, bastando por lo demás que deje libre el campo a la actividad administrativa de los partidos políticos que son los obligados a reconstruir lo destruido.

Para eso es absolutamente indispensable que todos los hombres de algún valer abandonen su actitud de abstención egoísta y se pongan decididamente, como lo ha hecho aun el mismo general Reyes, al lado del Jefe de la Revolución, contribuyendo a crearle su prestigio de gobernante y ayudando cada cual en la tarea que le corresponde, siquiera sea para no verlo echarse en brazos de los elementos viciados del antiguo régimen.

Y esa obligación de agruparse alrededor del caudillo crece de punto cuanto mayores sean las probabilidades de su ineptitud como gobernante, pues si el señor Madero resulta no ser un genio en la ciencia del gobierno, tanto mejor: deberemos felicitarnos de esa decepción, por qué querrá decir que ha concluido la desgraciada época de los gobiernos milagrosamente geniales, de los gobernantes insustituibles y de !as dictaduras, para dar paso a la era de los gobernantes honrados y de simple sentido común, a la era de los gobiernos verdaderamente republicanos en que es el pueblo el que gobierna alrededor del Jefe del Estado.