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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1911 Carta de Madero a Federico González Garza.

Tehuacán, Puebla, Julio 30 de 1911.

 

Sr. Lic. don Federico González Garza, México.

Muy estimado amigo:

Recibí su larga carta, que principió el 18 y terminó el 28 y posteriormente la que me escribió con fecha 26.

Como quería contestarlas extensamente, quise reservarme hasta disponer de suficiente tiempo para hacerlo con la debida calma.

Se muestra usted alarmado, en sumo grado, por la situación porque atraviesa el país, y me repite usted lo que otros me han dicho: que si mi optimismo y mi fe fueron los que aseguraron el triunfo de la revolución, son ahora una amenaza porque me impiden ver los inminentes peligros porque atravesamos.

Es curioso que todos ustedes, mis amigos, que me rodearon en la lucha pasada, que siempre demostraron tanto valor, tanta abnegación y tanta serenidad frente al enemigo, vivan presa de un terror pánico, ahora que hemos obtenido el triunfo más hermoso y que no tenemos ningún enemigo al frente.

Como yo no veo fundados esos temores, permítame usted que siga con lo que ustedes llaman optimismo, y que no es sino una absoluta serenidad de espíritu, para apreciar debidamente los acontecimientos, serenidad que en los momentos de prueba fue una brújula segura, y que no lo dude usted, seguirá dirigiendo todos mis actos.

Quizás no hayan ustedes meditado cuán peligroso sería que un gobernante fuese impresionable y se dejara guiar por impresiones de momento y por temores infundados. Para que se convenza usted y mis demás amigos, a quienes quiero les haga usted conocer la presente, de que tengo razón, voy a hacer un análisis fiel de la actual situación política porque atraviesa la República:

Desde luego le demostraré que no tenemos ningún enemigo al frente que temer. Y efectivamente, el Partido Científico, que se pretende ver como una amenaza de la revolución triunfante y como poseído de una actividad y una astucia diabólica, no existe. Los miembros más prominentes, más activos y que forman las personalidades políticas más salientes de aquel partido, han huido al extranjero, y se han quedado únicamente los que nunca tomaron una parte muy activa en la pasada administración, y, por consiguiente comprenden no deben temer nada.

Sus miembros dispersos, se contentan únicamente con conservar los puestos públicos que ocupaban, para lo cual intrigan por su propia cuenta, sin que los guíe ningún espíritu de solidaridad con los demás, ni liga alguna con un partido político.

Otros, pretenden ver un peligro en el General Reyes.

Desde el momento que el General Reyes, al llegar a territorio nacional se dirigió al señor De la Barra y a mí, diciéndonos que él no quería lanzar su candidatura, porque según él una campaña política en los actuales momentos podría causar algunas perturbaciones en el país, y ofreció sus servicios de un modo franco y sincero al nuevo gobierno, hubiese sido tener miras muy mezquinas y obrar con muy poco tacto y patriotismo haber rechazado su ofrecimiento, porque entonces sí, aunque el General Reyes hubiera permanecido tranquilo en su casa, el hecho de que lo fuesen a ver numerosos amigos suyos, era suficiente para que la intranquilidad y la zozobra existiesen en el ánimo de los timoratos, que quieren ver en él un eterno conspirador contra el actual orden de cosas.

En cuanto al camino del cuartelazo, lo creo sumamente difícil, porque ¿con qué pretexto Invitaría el General Reyes a los jefes militares para que lo secundaran en un cuartelazo? ¿Qué podría decirles después del manifiesto que ha publicado en que se adhiere al nuevo orden de cosas? Sería preciso que el General Reyes, así como los jefes militares a quienes se invitara, estuviesen desprovistos de toda idea de dignidad personal y de patriotismo para lanzarse a una empresa tan injustificada, y de un modo tan felón.

En resumen, tengo la convicción de que el General Reyes no intentará, ni remotamente piensa, en ser desleal al nuevo régimen de cosas. Pero ya he demostrado, para los timoratos, que aún en el caso de que no fuese así, tampoco podrá hacer nada porque no puede.

Por último, se muestra usted alarmado porque considera que ha disminuido mi prestigio, sin comprender que esa pérdida de prestigio es sólo aparente y muy relativa, y, sobre todo, muy explicable.

Cuando llegué a la capital de la República, rodeado por la aureola de la victoria, recién obtenida, el entusiasmo de todo el pueblo era Indescriptible y los pocos que estaban descontentos con el triunfo de la revolución, no se atrevían a expresar su opinión, porque ignoraban cómo serian tratados por el nuevo gobierno. Ahora que han visto que se les deja en absoluta libertad para expresar sus opiniones y que por este hecho no deben temer nada del gobierno, han vuelto a atacarnos como lo han hecho siempre, y por tal motivo, los ataques del Imparcial y El Diario, no deben extrañarnos. Por el contrario, hubiese sido sospechoso que se hubiesen pasado con armas y papeles a nuestro lado.

En los Estados, donde se han palpado los beneficios de la revolución, la prensa en general es más favorable y únicamente están contra nosotros los órganos de los partidos políticos vencidos, integrados generalmente por elementos de la pasada administración y que en su despecho de ver frustradas sus esperanzas, atacan al nuevo orden de cosas.

Advierta cómo también entre nuestros adversarios actuales, entre los que han dejado de ser partidarios del actual régimen de cosas, hay numerosos decepcionados, que se imaginaban que el triunfo de la revolución significaba para ellos Secretarías, Subsecretarías, gobiernos de los Estados y puestos públicos de importancia, y que una vez viendo frustradas sus esperanzas y que no hay ningún peligro de criticar los actos del actual gobierno, hacen lo posible por desprestigiar a la revolución triunfante. Y para contrarrestar todo esto nos hace falta prensa completamente nuestra, porque durante la lucha contra la dictadura, ésta acabó con casi todos nuestros elementos periodísticos y únicamente lograron sobrevivir los periódicos que en alguna forma transigieron con el gobierno pasado y no demostraban francamente sus simpatías hacia la revolución.

También se alega como causa de mi desprestigio mi debilidad.

Es curioso que se me juzgue débil para gobernar, ahora que no estoy gobernando nada, pues el Presidente es el señor De la Barra y aunque yo tenga alguna influencia con él, eso no quiere decir que yo sea el que gobierne. Que se me juzgue a mí por mis actos hasta el día que renuncie a la presidencia en Ciudad Juárez. De entonces acá, el señor De la Barra es quien gobierna al país y él no rehúye las responsabilidades, así como también todos estamos conformes en que a él corresponde el mérito de haber gobernado en esta época difícil  al país con tanto acierto y patriotismo.

En resumen, cuando llegué a México era el ídolo indiscutible de un pueblo ebrio de entusiasmo, y ahora soy el candidato a la presidencia de la República de un pueblo democrático, que conoce sus derechos, y que, consciente de las responsabilidades que le incumben al ejercerlos, examina serenamente los méritos de su probable futuro gobernante.

No se alarme usted, pues, de mi prestigio, puesto que en fin de cuentas, lo que resulta es que, debido a la libertad de que disfruta actualmente la Nación y haciendo uso de ella, están volviendo a sus puestos los eternos enemigos del pueblo, que antes militaban al servicio del gobierno del General Díaz y ahora están en contra del gobierno del señor De la Barra.

La única modificación que voy a introducir en mis proyectos, es que antes de ir a Campeche, daré una vuelta a Quintana Roo. Esto lo juzgo indispensable, y de ninguna manera más útil para la Nación, puedo utilizar esas vacaciones que quiero darme, pues me daré exacta cuenta de la situación en que se encuentra aquel apartado rincón de la República, que tantos sacrificios ha costado hasta ahora a la Nación, sin darle fruto alguno. Me propongo hacer una rápida gira por aquella región; pero para que mi estancia allá sea fructuosa, ya desde ahora me he dirigido a algunos de los Ministerios, pidiendo todos los datos que tengan respecto a aquella región, para estudiarla concienzudamente y cuando llegue al terreno de los hechos poderme formar un criterio más exacto.

Ya ve usted cómo yo sigo imperturbable por el camino que me he trazado y seguiré siempre sirviendo a mi patria en cualquier puesto en que me encuentre, sin que me preocupen los ataques injustificados de mis adversarios, ni me inquieten las altas o bajas del termómetro que marca mi prestigio. Tengo fe en el pueblo mexicano, en su patriotismo, en su cultura, en su recto criterio, y lo repito, una vez por todas, una vez conquistada la soberanía del pueblo mexicano, tengo fe absoluta en que él sabrá gobernarse con acierto. Yo me limitaré, como parte integrante del mismo pueblo, a servir siempre sus intereses, en cualquier forma que sea.

Francisco I. Madero