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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1911 Informe del presidente de los Estados Unidos William H. Taft. (Fragmento).

Diciembre 6 de 1911

 

De vez en cuando se recibieron comunicaciones del embajador Wilson, quien había regresado a México, en las cuales confirmaba la opinión de que la concentración de soldados estadounidenses en las cercanías causaba buenos efectos. En un despacho, fechado el 3 de abril de 1911 el embajador señaló:

La gravedad de la situación que continua aquí y el caos que se produciría si las autoridades constitucionales fueran derrocadas finalmente, los cual aumentaría en gran medida el peligro que ya corren las vidas y las propiedades estadounidenses, confirman la cordura del presidente al haber tomado esas precauciones militares que, teniendo en cuenta la dignidad y la soberanía de un Estado amigo, merecen nuestros ciudadanos en el extranjero. Teniendo, como tengo, la responsabilidad de salvaguardar esas vidas y esas propiedades, debo decir a nuestro Departamento que nuestros dispositivos militares en la frontera han producido una impresión efectiva en la mentalidad mexicana y pueden ser, en cualquier momento, las únicas garantías para la seguridad de nuestros nacionales y de sus bienes. Si sucediera que las condiciones aquí requiriesen medidas más enérgicas del presidente y del Congreso, es posible que las vidas y las propiedades de nuestros nacionales fueran objeto de ataques esporádicos, pero el resultado final seria el orden y una protección adecuada.

La insurrección continuó y ha tenido como consecuencia enfrentamientos entre las tropas mexicanas y los insurgentes a lo largo de la frontera, de suerte que, en algunas ocasiones, las balas de las fuerzas contendientes hirieron a ciudadanos estadounidenses dedicados a sus ocupaciones licitas en territorio de los Estados Unidos. Se protestó debidamente ante las autoridades mexicanas por estas violaciones de los derechos de los estadounidenses. El 17 de abril de 1911 recibí el siguiente telegrama del gobernador de Arizona:

A consecuencia de los combates que ahora se libran en la frontera internacional, pero a tiro de fusil del centro de Douglas, cinco estadounidenses fueron heridos en este lado de la frontera. Todo indica que las victimas se repetirán en el futuro y si bien los federales parecen estar dispuestos a mantener su acuerdo de no disparar hacia Douglas, la posición de los insurrectos es diferente y la vida de los habitantes de Douglas se halla en peligro. A mi juicio, se necesitan medidas radicales para proteger a nuestra gente inocente, y si es posible hacer algo para detener la lucha en Agua Prieta, la situación exige que se haga. Es imposible salvaguardar a la población de Douglas, a menos que la ciudad sea evacuada. ¿Es posible hacer algo para aliviar una situación que ahora es crítica?

Después de una conferencia con el secretario de Estado, el 18 de abril de 1911 se envió al gobernador Sloan el siguiente telegrama, que se hizo del conocimiento público:

Recibido su despacho. Instado urgentemente gobierno mexicano gire instrucciones impedir tropas federales mexicanas disparen sobre frontera. Espero respuesta. Mientras he enviado advertencia directa a fuerzas mexicanas e insurgentes cercanas a Douglas. Deduzco de su despacho, ambas partes intentan atender esta advertencia pero en la tensión y urgencia de la lucha, balas perdidas aun llegan a Douglas. La situación podría justificar que yo ordenara a nuestras tropas cruzar la frontera e intentar detener la lucha, o disparar contra ambos contendientes desde lado estadounidense. Pero si doy ese paso debo considerar posibilidad de resistencia y mayor derramamiento de sangre, y también peligro de que nuestros motivos se malinterpreten y tergiversen, lo cual encendería indignación popular mexicana contra muchos miles de estadounidenses que ahora viven en México, y pondría en peligro sus vidas y bienes. En esas condiciones es posible no se pudiera resistir la presión para intervención general. No se puede prever o imaginar consecuencias de tal medida y debemos usar extrema moderación para evitarla. Por consiguiente, en espera de respuesta a mi protesta urgente al gobierno mexicano, no puedo ordenar a tropas cercanas a Douglas cruzar la frontera, pero debo pedir a usted y a autoridades locales que, en caso de que el mismo peligro se presente, instruyan a habitantes de Douglas para que se coloquen donde balas no puedan alcanzarlos y de este modo se eviten víctimas. No estoy dispuesto a poner en peligro a estadounidenses que radican en México, donde están forzosamente expuestos, tomando una medida radical para impedir daños a estadounidenses que radican en nuestro lado de la frontera, quienes pueden evitarlos mediante molestias temporales. Me satisface decir que no han ocurrido más violaciones considerables a derechos de ciudadanos estadounidenses.

La presencia cerca de la frontera mexicana de una gran fuerza militar y naval dispuesta a entrar en acción con rapidez ha demostrado ser muy conveniente en las condiciones un tanto difíciles que ha suscitado esta violación a los derechos estadounidenses. Por otra parte, la presencia de las tropas, antes y cuando ocurrieron las infortunadas muertes y heridas de ciudadanos estadounidenses en Douglas, puso de manifiesto que la moderación de nuestro gobierno en relación con estos hechos no se debía a falta de poderío para responder a ellos con rapidez y energía, sino a un deseo real de usar todos los medios posibles para evitar una intervención directa en los asuntos de nuestro vecino, cuya amistad teníamos en alta estima y deseábamos vehementemente conservar. La política y las medidas adoptadas por este gobierno se basaron en una real amistad con el pueblo mexicano en conjunto, y es satisfactorio observar que esta actitud de estricta imparcialidad hacia todas las facciones en México y de sincera amistad por la nación vecina, sin tomar en consideración lealtades de partido, ha sido reconocida en general y ha redundado en un entendimiento aun más estrecho y más simpatizante entre las dos repúblicas y en un mutuo respeto más cordial entre ellas. Las medidas para suprimir la violencia y restablecer la tranquilidad en toda la República mexicana fueron de particular interés para este gobierno, en los que respecta a la salvaguarda de vidas y bienes estadounidenses en ese país. El gobierno de los Estados Unidos tuvo ocasión de autorizar el paso de un contingente rural mexicano a través de Douglas, Arizona, hasta Tijuana, México, con el fin de suprimir el desorden general que desde hacía algún tiempo había reinado en la región norte de Baja California. El 25 de mayo de 1911 el presidente Díaz renunció; el señor De la Barra fue elegido presidente provisional.

Después se celebraron elecciones para los cargos de presidente y vicepresidente en toda la república y, el 15 de octubre, el señor Francisco I. Madero fue declarado formalmente electo a la primera magistratura. El 6 de noviembre el presidente Madero inició su mandato. Después de que tomó posesión de su cargo, se descubrió un complot contra el gobierno actual, mediante el cual se iniciaría una insurrección. Se ordenó una investigación de la presunta conspiración, la cual ha dado como resultado la acusación del general Bernardo Reyes y otras personas, y la detención de algunos oficiales y hombres, así como la incautación de caballos y pertrechos reunidos en suelo tejano con el fin de invadir a México. El mismo procedimiento se siguió durante la insurrección contra el gobierno del presidente Díaz, resultando en la acusación y el enjuiciamiento de personas que violaban las leyes de neutralidad de los Estados Unidos para ayudar a ese levantamiento.

Por tanto, los antecedentes de este gobierno en lo que respecta al reconocimiento de la autoridad constituida en México son claros.