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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1910 Informe del presidente de los Estados Unidos William H. Taft. (Fragmento).

Diciembre 6 de 1910

Durante el año pasado, algunas de nuestras hermanas republicas sureñas celebraron el centenario de sus respectivas independencias. En honor de estos acontecimientos se enviaron embajadas especiales de los Estados Unidos a la Argentina, Chile y México, en donde la gentil acogida y la esplendida hospitalidad que se les brindó pusieron de manifiesto las relaciones cordiales y la amistad que hay entre esos países y el nuestro; relaciones que, creo con satisfacción, nunca antes alcanzaron un plano tan elevado y una base tan firme como en la actualidad.

La Comisión del Congreso, designada para asistir a los festejos del Centenario de la Independencia de México, junto con un enviado especial, fue recibida con los más grandes honores y la mayor cordialidad; y a su regreso informaron de la generosa hospitalidad y de la cálida recepción que les brindaron tanto el presidente Díaz. como el pueblo mexicano, las cuales no dejaron la menor duda del deseo de esta república vecina de continuar las relaciones estrechas y mutuamente favorables que, con toda seguridad, ambos gobiernos apreciarán siempre.

Representantes de los Estados Unidos y de México han firmado un protocolo sometido a la Comisión Fronteriza Estados Unidos-México (cuya membresía para este caso se incrementaría con un ciudadano del Canadá), sobre el conflicto relativo al Chamizal, que se ubica en la frontera con la ciudad de El Paso, Texas.

Nuestro arbitraje con México en la cuestión fronteriza del Chamizal desafortunadamente fue infructuoso, pero mediante grandes esfuerzos por parte de ambos gobiernos, debido a la importancia de esta cuestión, creemos que pronto será posible llegar a un arreglo práctico.

Los recientes acontecimientos políticos en México fueron objeto de la atención de este gobierno, debido a la situación, en extremo delicada y difícil, creada a los largo de nuestra frontera meridional y a la necesidad de tomar medidas apropiadas para salvaguardar los intereses estadounidenses. El gobierno de los Estados Unidos, en su deseo de asegurar la debida observancia y cumplimiento de los llamados estatutos de neutralidad del gobierno federal, dio instrucciones a los funcionarios apropiados para que ejercieran una atención diligente y vigilante a los requerimientos de las mismas. Aunque había un estado de conflicto armado real, no había un reconocimiento oficial de beligerancia que implicara las obligaciones de neutralidad técnica que dispone el derecho internacional.

El 6 de marzo del año en curso, al estar ausente el secretario de Estado, tuve una entrevista personal con el señor Wilson, embajador de los Estados Unidos en México, en la cual me informó que las condiciones en ese país eran mucho más criticas de los que los comunicados de prensa revelaban; que el presidente Díaz se encontraba sobre un volcán de levantamiento popular; que los pequeños estallidos que habían ocurrido eran solamente sintomáticos del estado general; que un porcentaje muy alto de la gente simpatizaba con la insurrección; que un estallido general era probable en cualquier momento, en cuyo caso temía que los 40000 o más residentes estadounidenses en México pudieran ser atacados, y que las inversiones norteamericanas, muy cuantiosas, fueran dañadas o destruidas. Después de haber conferenciado con el secretario de Guerra y el secretario de Marina, creí oportuno reunir una división del ejército de fuerza completa en San Antonio, Texas; una brigada de tres regimientos en Galveston; una brigada de infantería en el distrito de Los Ángeles, en el sur de California, junto con una escuadra de acorazados, cruceros y buques de transporte de tropas en Galveston, y una pequeña escuadra de buques en San Diego. AI mismo tiempo, a través de nuestro representante en la ciudad de México, expresé al presidente Díaz la esperanza de que no hubiera recelos como resultado de conjeturas infundadas en relación con estos movimientos militares, y le aseguré que no tenían ningún significado que pudiera causar preocupación a su gobierno.

La movilización se realizó con gran presteza; y el 15 de marzo, en una carta que dirigí al jefe del Estado Mayor, por mediación del secretario de Guerra y el secretario de Marina, giré las siguientes instrucciones:

Considero que es mi deber, como comandante en jefe, apostar tropas en número suficiente donde, si el Congreso ordenara que entraran en México para salvar vidas y bienes de ciudadanos estadounidenses, pudieran movilizarse con rapidez. Mientras tanto, el movimiento de tropas en Texas y en otras partes cerca de la frontera, acompañado con las seguridades sinceras de la mayor buena voluntad hacia el actual gobierno mexicano y con patrullas más grandes y más frecuentes a lo largo de la frontera para impedir expediciones insurgentes desde los Estados Unidos, ayudarán al gobierno actual y tendrán un efecto moral saludable para impedir ataques a ciudadanos estadounidenses o a sus propiedades en cualquier contienda general mortífera ulterior. Una vez mas, la súbita movilización de una división de soldados ha sido una gran prueba para nuestro ejército y ha brindado enseñanzas útiles mientras que las maniobras que son posibles así pueden ocupar de manera muy provechosa a los soldados y a sus oficiales. La suposición expresada por la prensa de que yo contemplo una intervención en territorio mexicano para proteger vidas o propiedades estadounidenses es, por supuesto, gratuita, porque yo abrigo grandes dudas sobre si tengo tal autoridad en cualquier circunstancia y, si la tuviese, no la ejercería sin la aprobación expresa del Congreso. En realidad, como ustedes saben, ya me he negado a enviar, sin el consentimiento mexicano, soldados de caballería para proteger el malecón que estamos construyendo a través de la frontera, en México, en la desembocadura del Río Colorado, para resguardar el Valle Imperial, aunque los insurrectos habían dispersado a las tropas mexicanas y se estaban apoderando de nuestros caballos y bastimentos, atemorizando a nuestros trabajadores, que huían de allí. Sin embargo, tengo el decidido propósito de estar en una posición tal que cuando las vidas y propiedades estadounidenses en México corran peligro y la insurrección haya dejado impotente al gobierno actual, pueda ejecutar con presteza y eficacia las órdenes del Congreso para protegerlas. Mientras tanto le envío esta carta, por medio del secretario, para llamar su atención sobre algunas cosas relacionadas con la presencia de la división en el suroeste que, sin duda, usted ya ha considerado, pero que deseo recalcar. En primer lugar, deseo que la movilización sea un entrenamiento de primer orden para el ejército, y quisiera que usted dedicara su tiempo, y el tiempo del War College, a asesorar y realizar maniobras de carácter útil, y que se planee seguir haciendo esto durante los tres próximos meses.

Transcurrido ese tiempo, cabe esperar que o bien los temores del embajador Wilson se habrían cumplido y reinara el caos con sus consecuencias, o bien el gobierno actual de México habrá reajustado las cosas de tal manera que la tranquilidad esté asegurada; resultado que esperamos sea el deseado y entonces las tropas retomen a sus puestos. Entiendo que en Washington el general Aleshire dijo que probablemente usted podría sufragar todos los gastos adicionales de este movimiento, con las asignaciones actuales, si las tropas continúan en Texas durante tres meses. Sinceramente, espero que así sea. He leído en los periódicos que usted cuenta con cartuchos sin balas. pero supongo que esto sea un error o que será fácil obtener los que vayan a usar tan pronto como comiencen las maniobras.

En segundo lugar, Texas es un estado habitualmente pacifico, pero no es posible llevar 20 000 soldados allí sin correr cierto peligro de enfrentamiento con la gente de ese estado, y especialmente con los mexicanos que viven allí, cerca de la frontera, y que simpatizan con los insurrectos y los soldados federales. Por esa razón, le ruego ser los más cuidadoso posible para evitar fricciones de cualquier clase. En Cuba pudimos mantener durante un año, sin ningún problema, un ejército de pacificación de algo más de 5000 soldados, y espero que usted podrá hacer lo mismo en Texas.

Le ruego encarecidamente que atienda esto y que advierta a todos los oficiales al mando de la necesidad de una gran circunspección a este respecto. En tercer lugar, uno de los grandes problemas de la concentración de soldados es el peligro de enfermedades, y yo supongo que usted ha empleado los métodos más modernos para prevenir y, en caso necesario, erradicar las epidemias. Esto es parte tan integral de la vida militar que no es realmente necesario que yo llame la atención al respecto.

Por Ultimo, le ruego que examine la cuestión de la patrulla de la frontera y dedique a esa labor tantos soldados como sea posible y más de los que hay ahora, con el fin de impedir que nuestra zona fronteriza sea usada para la insurrección. He dado seguridades al embajador de México sobre este punto. Espero, sinceramente, que tanto el ejército como la marina recordarán siempre esta experiencia como un medio de enseñanza útil, y me sentiría muy decepcionado si redundara por cualquier causa en un daño o un desastre para nuestras fuerzas. He asumido una gran medida de responsabilidad al ordenar esta movilización, pero estoy dispuesto a responder por ella si usted puede hacer que aquellos que están bajo su mando tengan el mayor cuidado en evitar los problemas que he señalado.

Usted puede sacar copia de esta carta para el general Carter y para aquellos otros generales que considere conveniente y necesario a fin de guiarlos en su proceder, pero deberá ser considerada como confidencial. Estoy más que satisfecho de dejar constancia aquí de que todos los recelos concernientes al efecto de la presencia de una fuerza militar tan grande en Texas hayan resultado infundados; no ocurrieron disturbios; el comportamiento de los soldados fue ejemplar y la acogida y el trato que recibieron por el público fueron tan buenos como podía desearse, y ello a pesar de la presencia de gran número de refugiados mexicanos en el territorio fronterizo.