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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1906 El progreso material. Ricardo Flores Magón.

El Colmillo Público, núm. 127, 11 de febrero de 1906, pp. 79-80

 

 

Nuestra labor de verdad es implacable; implacable porque no se detiene pasmada ante el oropel de nuestro falso progreso, sino que rasga velos, destruye barnices, penetra, ahonda y exhibe la fofa estructura de lo que constituye nuestro adelanto.

Muchos mexicanos están orgullosos de que en la República haya fábricas y de que la actividad industrial adquiera mayor impulso cada día. Tenemos fábricas, dicen muy satisfechos esos compatriotas, como si realmente las fábricas fueran de propiedad común. Tenemos riquísimas minas de oro y de plata, dicen también esas buenas personas. ¿Y nuestros ferrocarriles y teléfonos?, preguntan cuando se les dice que estamos muy atrasados, muy pobres y en plena tiranía.

En efecto; hay fábricas, hay minas riquísimas, hay ferrocarriles y telégrafos. Hay hasta suntuosos palacios... ¿pero todo eso es nuestro progreso? No hay dificultad para admitir que todo eso existe, y además, hay tierras inmensas capaces de producir alimentos en abundancia para todos los mexicanos y para muchos millones más de habitantes.

Pero si hay todo eso, ¿por qué somos tan pobres? Hay fábricas de hilados y tejidos en número suficiente para surtir de ropa a todos los mexicanos; tanto pueden producir esas fábricas, que hace pocos años enviaron comisionados a Centroamérica y Sudamérica, para buscar mercados a sus producciones; pero entonces ¿por qué muchos millones de compatriotas andan casi desnudos? ¿Qué contestarán a esto los que tan orgullosos se muestran de que haya fábricas en la República? ¿Consiste el progreso en que haya fábricas de tejidos en medio de hombres vestidos a medias?

Hay minas, muchas minas, pero ¿quién tiene dinero en la bolsa? ¿Dónde está el oro que se extrae todos los días del seno de la tierra? ¿Adónde va a parar ese río de metales preciosos que vemos correr sin lograr que se queden en el pueblo?

Y los productos de la tierra ¿a quién enriquecen?

En los países donde hay libertad, rinde utilidades generales todo eso de que tanto se envanecen muchos mexicanos; mas en nuestro infortunado país sucede todo lo contrario. Las riquezas se muestran a la vista del pueblo que sufre el suplicio de Tántalo.

Con todo lo que existe en nuestra patria seríamos inmensamente felices los mexicanos, si no hubiera tiranía. Por un lado la autocracia empobrece al pueblo cobrando impuestos enormes, y por el otro, los ricos pagan salarios tan miserables, que los trabajadores no tienen ni qué comer. Y esa situación es agravada por el fraile y por el agiotista, vampiros insaciables que acaban por arrebatar al pueblo todo lo que no ha perdido entre cuestores y adinerados. Mientras más grande es la miseria, más poderoso es el agio que vive del hambre y del dolor humanos.

En nuestro medio de injusticia y de opresión vemos que todo lo que debería hacer el progreso, causa atraso, miseria, probando elocuentemente que para que la patria llegue a ser grande es necesario que haya justicia y que haya libertad.

Siempre que, como ahora, el pueblo flagelado esté privado de toda clase de derechos y no tenga otra libertad que la de morirse de hambre, las fábricas, los ferrocarriles, todo lo que debería constituir el progreso de la nación, no serán más que instrumentos de explotación en los que deja el trabajador su fuerza y su porvenir para amasar la insolentada fortuna de unos cuantos enriquecidos.

Se necesitan fábricas, se necesitan minas, se necesitan ferrocarriles y talleres, pero, sobre todo, se necesita libertad generadora de alegría y de bienestar. Sin libertad, continuará siendo el pueblo el doliente hambriento que no puede reclamar el alza de los salarios sin ser amenazado con el cuartel o con la cárcel.

De seguir las cosas como hasta aquí, veremos poblado de fábricas el territorio nacional; veremos horadar las montañas para construir túneles y volverse cada vez más compacta la red telegráfica; las minas darán millones de toneladas de mineral cada año, etcétera; pero el pueblo continuará teniendo hambre en medio de tanta riqueza y la nación continuará siendo infortunada a pesar de todo.

Es que el progreso de los pueblos no se mide por el número de fábricas, sino por el número de seres dichosos y libres. Una distribución más justa de los productos, es lo que hace la prosperidad de las naciones. El enriquecimiento de unos cuantos no es la riqueza de la nación, porque no aprovecha más que a un cortísimo número de privilegiados.

Los Estados Unidos son grandes, porque todo hombre que trabaja cuenta con un regular jornal, y si todavía allí no está satisfecho el proletariado, y lucha y se declara en huelga y pone en conflicto al capital para que dé al trabajo lo que le corresponde, ¿cómo puede estar satisfecho el proletariado mexicano que es vilmente explotado?

El trabajador mexicano trabaja mucho y gana poco; por eso la miseria y la ignorancia se han apoderado del pueblo y a ellas se debe que seamos esclavos y que la patria no sea grande a pesar de los ferrocarriles, de las fábricas, de los grandes talleres y las negociaciones mineras millonarias. Se dice que hay mucho dinero extranjero en México. Solamente de capital americano hay, según rezan las estadísticas, más de setecientos millones de pesos. Y esa cifra enorme seduce a los cándidos que consideran hecha la prosperidad nacional con ese motivo, sin fijarse en que esos capitales no entran en circulación, aparte de que muchos de ellos solamente existen en la imaginación de los que llegan a explotar el país.

Llegan a nuestro país grandes compañías que dicen representar millones de capital, pero la única utilidad que dejan son los misérrimos jornales que pagan a los obreros, a quienes explotan a su sabor, vejándolos y humillándolos a cada paso. Las ganancias no se quedan en México: van acumulándose en los bancos extranjeros. Y esas ganancias son adquiridas en nuestra misma patria, vendiéndonos demasiado caros productos por los que han dado a los trabajadores sueldos irrisorios.

Por todo lo expuesto, debemos convenir en que no progresamos. Progresan unos cuantos que nos explotan y que toman para sí la parte del león, después de declarar enfáticamente que nos favorecen tendiendo líneas de fierro, construyendo fábricas, explotando minas, campos, etcétera. Progresaremos cuando el trabajo sea mejor retribuido y las horas de trabajo se reduzcan razonablemente.

La dictadura cifra todo su orgullo en el desarrollo industrial del país; pero los hombres que piensan, que analizan las cuestiones y están dotados de espíritu crítico, comprenden que somos víctimas de un embrutecimiento cuando los defensores de la tiranía hablan del progreso material de la República.

Allí están las multitudes mal alimentadas y mal vestidas que desmienten con la elocuencia de su miseria el alarde que se hace de nuestra falsa prosperidad.

Muchos idiotas disculpan a la dictadura asegurando que si se nos han arrebatado nuestras libertades, hemos salido, en cambio, beneficiados materialmente.

Los únicos que se han beneficiado son los opresores, los embaucadores del pueblo. Pero no hay que desesperar, pronto, tal vez, veremos perecer la hidra que nos despedaza y nos befa.

 

Anakreón (Ricardo Flores Magón).

 

Nota Bene: Véase la nota del editor de las Obras Completas de Ricardo Flores Magón aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente:
Obras Completas de Ricardo Flores Magón. Artículos políticos seudónimos. Volumen V. Artículos escritos por Ricardo Flores Magón bajo seudónimos. Jacinto Barrera Bassols Introducción, compilación y notas. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. México, 2005. pp. 231-234.