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1905 Reforma Monetaria

José Yves Limantour

La íntima conexión que existe entre las variaciones del valor del metal blanco y las oscilaciones del tipo de los cambios exteriores, en los cuales se hace más visible el poder de adquisición del peso mexicano, es el nudo del problema; porque rota como está, acaso para siempre, la relación fija que durante siglos se había conservado entre el valor de los dos metales preciosos, no debemos esperar que vuelva por sí sola nuestra moneda a recobrar en los mercados internacionales su antiguo precio, ni cualquier otro que sea estable. ¿Podrá alcanzarse por medios que dependan de la acción del Gobierno esa estabilidad del tipo de los cambios exteriores, cualesquiera que fueren las variaciones del precio del metal? Pregunta es ésta que se contestará más adelante.

El desarrollo de las industrias de exportación y de todas las que se han aprovechado de la protección natural dimanada del aumento del valor de los artículos extranjeros, el auge extraordinario a que han llegado la propiedad rústica y la urbana en la mayor parte de la República y, en general, el rápido acrecentamiento de la riqueza del país, son los fundamentos que aducen aquellos que abogan por la subsistencia de la legislación monetaria vigente. Se alega, sobre todo, como decisiva para oponerse a cualquiera reforma, la consideración de que jamás ha estado el país tan prospero y tan rico como desde que ha sufrido más demérito que nunca el metal blanco. Esta observación, apoyada en hechos que demuestran evidentemente un estado muy bonancible en coda la República durante la última década, es la que ha contribuido a que haya prevalecido en México, hasta tiempos muy recientes la creencia de que los altos tipos de cambio son beneficiosos para el país. "Aunque parezca paradójico (dicen todavía algunos de los partidarios del Statu quo), el hecho es que la época de mayor prosperidad ha sido precisamente aquella en que ha estado más bajo el precio de la plata".

La coincidencia de esta prosperidad con las vicisitudes que ha sufrido el valor del peso mexicano, no prueba, en manera alguna, que exista relación exclusiva y determinante de causa a efecto, pues, sin negar que alguna haya mediado entre ambos fenómenos, también han intervenido otros factores de importancia, unos meramente causales y otros provocados por la acción del Gobierno.

La parte que corresponde a los primeros, se debe no sólo a la elevación de los cambios y de los precios, sino a las condiciones climatológicas que han permitido levantar regulares cosechas durante muchos años seguidos, a partir de 1895. En cuanto al segundo grupo de factores, está en la conciencia de todos los que han profundizado el estudio de nuestra situación económica, que al bienestar nacional han contribuido, de manera preponderante, la completa garantía de que disfrutan a la sombra de la paz, las personas y los intereses materiales, la creación de numerosas vías rápidas, cómodas y baratas y, por último, la supresión absoluta de trabas fiscales para la circulación de mercancías en el interior de la República.

Salta a la vista, desde luego, el carácter temporal del estímulo que recibe la producción indígena. En efecto, la elevación de los precios de los artículos extranjeros no sólo favorece la producción de los similares nacionales, sino también la de los que pueden llamarse sucedáneos, y se extiende poco a poco a todos los demás artículos que al parecer nada tienen de común con los primeros. Se explica este fenómeno porque, siendo todos los productores nacionales a la vez consumidores, es natural que por el encarecimiento de algunos efectos de general consumo, se eleve sucesivamente el costo de producción de los demás, como por una especie de contagio. El movimiento de alza que comienza por los objetos que dependen directamente de la elevación de los cambios, se propaga insensiblemente a todos los ramos de producción nacional, hasta que los precios de las cosas y de los servicios se nivelan de nuevo a un tipo más alto, en proporción con el demérito de la moneda.

Así ha pasado en México desde que subió bruscamente el cambio exterior; y en la elevación que desde entonces comenzaron a tener los precios de las cosas y de los servicios personales, sólo se han observado excepciones allí donde predominan influencias muy especiales, como en los casos de activa competencia interior, y en aquellos en que por la aplicación de maquinaria o por las nuevas facilidades de comunicación se han abaratado los productos; y, tratándose de salarios, en las regiones del país donde son abundantes los brazos, pues entonces la ley de la oferta y de la demanda ejerce, como en todas las transacciones, una influencia que frecuentemente supera a la que obra en sentido contrario por la depreciación de la moneda.

Los resultados bonancibles de la elevación de los cambios, son, pues, meramente transitorios, y proceden de la desigualdad de condiciones en que bruscamente coloca la depreciación de la moneda a los productos nacionales respecto de los de procedencia extranjera y sus similares. Natural es, por lo mismo, que cuando los precios de costo hayan subido hasta una altura igual a la barrera levantada por el alza de los cambios, se pierda la protección que proporcionaba aquella barrera, y con ellas las principales ventajas adquiridas.

El argumento más serio contra los altos cambios es el del perjuicio directo, y por mucho tiempo irremediable, que la elevación de precios causa a una parte considerable de la población. Así lo atestiguan millares de habitantes que no han encontrado en el alza de los precios de los efectos que venden, o de los servicios que prestan, la correspondiente compensación de lo que tienen que pagar demás por los artículos que consumen.

Las clases pobres en las regiones del país donde no hay gran demanda de trabajo, los dependientes y empleados a sueldo fijo y que no sobresalen por sus aptitudes, los productos de efectos abundantes, los que están imposibilitados para trabajar, y, en general, los que viven de una renta determinada, están en ese caso, y todos ellos constituyen, ciertamente, clases sociales numerosas y muy dignas de simpatía. No hay que olvidarse de ellas al oír el concierto de alabanzas que todavía dedican a los cambios altos algunos extremistas.

La situación delicada, la que encierra más dificultades y peligros no es, seguramente, la que se origina del hecho en sí mismo de la depreciación de la moneda, sino la que crean las constantes fluctuaciones del precio del metal blanco, y que se reflejan en el tipo de los cambios.

La inseguridad de los cálculos a nadie puede convenir. Con ella desaparece la base de todo comercio y de toda industria, y los negocios quedan convertidos en especulaciones azarosas. En las oscilaciones de los cambios, todos están de acuerdo en ver perjuicios y peligros; los que simpatizan con la depreciación de la moneda, temen que el valor de la plata vuelva a subir a los tiempos de antaño, y los que deploran el demérito del metal blanco, no pueden estar conformes con mejorías que seguramente serán de corta duración.

El único camino que puede seguirse para obtener la fijeza del cambio exterior, es el que indican los comisionados oficiales que han estudiado la materia y numerosos publicistas, a saber: el establecimiento del patrón de oro con circulación de monedas de plata, a reserva de usar también, más tarde, monedas de metal amarillo. Por este medio se conservarán en circulación varios millones de kilogramos de plata que llevan el cuño mexicano, se consumirán después en nuevas acuñaciones mayores cantidades de ese metal, y se evitarán las decepciones, las resistencias y los conflictos a que daría lugar un cambio completo de monedas.