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1904 Explotadores políticos de México. Bulnes y el Partido Científico ante el derecho ajeno. Juan  Pedro Didapp.

1904

 

INTRODUCCIÓN.

I

Agonizaba el primer cuarto del siglo XIX, cuando, semejante a la de Galileo, en vista del cataclismo que agitaba al planeta terrestre a la muerte del Gran Justo, se dejaba oír en Europa esta grandilo-cuente expresión: "La majestad real no reconoce jueces en la tierra. Sin embargo, ya que los mismos soberanos, despojándola de su atributo más sagrado, la han sometido a su tribunal, comparezco ante ÉL CON UNA REVERENTE CONFIANZA Y EN FAVOR de un monarca, durante mucho tiempo reconocido por ellos, en el día abatido por los mismos, cautivo en su nombre, y que en este momento da un ejemplo al universo de la más grande y más terrible vicisitud que presenta la historia de los siglos; y, ¿quién pudiera llamarse al abrigo, si se viola la inviolabilidad?

"Fiel a su dignidad, superior al infortunio, sólo aguarda la muerte para dar fin a sus tormentos; pero yo, arrebatado inopinadamente del fatal peñasco, en donde le tributaba mi obsequioso rendimiento, quiero todavía consagrarle, a lo lejos, los restos de una vida desfallecida, y buscar los medios de dulcificar los males que yo no pude sobrellevar."

Este clamor era del distinguido conde de Las Cases, y resonaba en los oídos de las testas coronadas en el congreso de los soberanos aliados de Aquisgrán, pidiendo justicia para aquel coloso hercúleo del entendimiento humano, aquella palanca arquimídea que, por breves años, llegó a sostener todo el peso del viejo mundo, repartiendo, a voluntad, tronos, cetros y coronas, y que, a la sazón, rugía encadenado, como el Prometeo de la fábula, en las rocas de Santa Elena. El noble desterrado, a la vez que impulsado por la veneración a la persona del más grande hombre que han visto nacer los siglos, lo animaba el espíritu de justicia, creyendo que esta púdica virgen aun tenía asiento en corazones carcomidos y degenerados: elevaba su voz en patrocinio de una causa santa, porque pedía la libertad de quien supo, en el apogeo de su grandeza, otorgar libertades y conceder perdones aun a los mismos criminales. Pedía para quien supo dar, porque fué a pedir protección y halló presidio, impetró asilo de hospitalidad y encontró cadenas, buscó albergue en una nación que se apellida civilizada y se le dio cautiverio, reduciéndosele a vivir lejos de la patria, de la familia y del hogar. ¡Valiente anomalía de la especie humana! No pudo la vieja Albión tomar venganza del formidable coloso, del mismo genio de la guerra, a  quien Marte había ceñido inmarcesible corona por sus hazañas inauditas; porque, inepta en el campo de las armas, incapaz de vencer al que había nacido con los caracteres del dios director de las naciones, descendió al lodazal más inmundo y tomó por prisionero de guerra al que se entregó voluntariamente en su poder, a fin de vivir tranquilo a la sombra de sus dizque benéficas leyes. ¡Ironía del destino! Faltos de palabra, al romper los compromisos de Amiens; débiles para cortarle el vuelo al vencedor de Wagram, Tilsit; infelices ante la majestuosa figura del héroe de Italia, Dresda, Austerlitz, Marengo y Iena; impotentes para medir sus armas con el guerrero de Egipto y San Juan de Acre; caricaturas miserables a la vista de ese rey de reyes y monarca domador de vetustos tronos europeos, a la cobardía añadieron la traición más deleznable que señala la historia. No pudiendo reducirlo por la fuerza ni la superioridad de medios bélicos, cometieron la bajeza de encarcelar al que pedía hospitalidad en sus dominios. De seguro que los intrigantes ingleses no han debido conocer jamás a lo que obligaban las leyes de la hospitalidad ni tampoco definir el verdadero sentido y la significación de la caridad cristiana, impuesta por el deber y la conciencia.

A la inaudita vejación cometida por Inglaterra agregan otras miles los soberanos de Europa; se olvidaron entonces los vínculos de familia y amistad. Los mismos monarcas que, de rodillas, impetraban la ayuda del genio del siglo y que le ofrecían hasta sus propias hijas en matrimonio, toman actitud hostil: Austria, Prusia y Rusia, deudoras de grandes beneficios prodigados por Napoleón, contribuyen a reforzar los tormentos que, contra toda ley divina y humana, le inflingía la nación sicaria y ruin, inquisidora de reyes y emperadores. Los que antes temblando ofrecían homenajes, ahora se tornan en valientes ante el grandioso cautivo, solazándose en atormentarlo en su prisión.

Por esto mismo, el venerable Las Cases ocurre a todas partes, demandando justicia en favor del genio oprimido, aunque sea a pesar de su propia tranquilidad personal. Desafía las iras de los monarcas aliados y se multiplica procurando el alivio de la ilustre víctima. En lo particular se dirigió a todos los soberanos reinantes, exhibiendo la injusticia del procedimiento inglés, que hace prisionero de guerra al que se entrega voluntariamente, así como cuando se reunieron en Aquisgrán y Laybach. Pero lo que durante el gobierno del gran Napoleón era todo admiración y homenajes hasta la bajeza, llegó después a ser odio personal, no porque la grandeza del hombre lo haya inspirado, sino que el medio se apoderó de tal manera de las coronadas testas, que hasta la sombra del héroe de mil batallas los hacía temblar de cobardía.

La víctima, no obstante los esfuerzos inauditos de Las Cases, al cabo de seis años, perece al peso del clima mortífero, sufriendo entonces una conmoción todo el mundo político.

II

Desde aquella época la historia ha podido levantar una estatua a la memoria del autor del Memorial de Santa Elena, y su recuerdo tiene que vivir en todos los corazones afectos a los principios del derecho de gentes. En cambio, la pérfida Inglaterra y sus aliados, todos ellos verdugos a falta de méritos para ser héroes, sobrenadan en un pestilente lago de cobardía y traición. El genio oprimido y su defensor perseguido pasan a las generaciones futuras como estrellas de primera magnitud; entretanto los que se arrastraron a sus pies estando en las cumbres del poder y que después lo traicionaron y desconocieron, van exhibiéndose ante las generaciones que pasan como monstruos, para quienes es poca la horca y honroso el cadalso. Y, si es cierto que existe la justicia humana, ella tiene que castigar los crímenes de las naciones, y poner severos ejemplos para escarmentar a los que, condenando como ley la arbitrariedad y el abuso, están propensos al delito. Aun en el día la Inglaterra, presente la falta de fuerza física de sus vecinos, esgrimido el argumento del descaro y la ley canina del despojo, primero los Estuardo, Napoleón después, y los boeros más tarde, han sido los mártires de esa nación infractiva de las leyes divinas y humanas.

La historia, según creo, jamás podrá maldecir lo bastante a los que impunemente todo lo atropellan. Pero a fin de que se conozcan los héroes de la humanidad, es indispensable que existan los verdugos. Si Napoleón fué grande dominando a toda Europa, como trofeo de las victorias obtenidas por su poder guerrero y sus empujes de ser extraordinario, tiene que aparecer como sublime ante la humanidad, sufriendo los rigores de abominable proscripción; porque no fué vencido en ningún combate para resignarse con la suerte del cautivo. El fué—al subir a cubierta del Bellephoron, buque que debía servirle de perdición,—voluntariamente a llamar a las puertas de los hipócritas ingleses, quienes, remedando a Boabdil cabe los muros de Granada, sólo conocen las artimañas de las hembras, para asesinar al que antes mimaban entre sus impúdicos brazos. Por lo mismo, fiado en la nobleza a hidalguía de un verdadero enemigo, exclama aquel héroe: "Vengo, como Temístocles, a sentarme en el hogar del pueblo británico; póngome bajo la protección de sus leyes, que yo reclamo como del más poderoso, constante y generoso de mis enemigos." ¿Quién había de creer que, después de una confesión tan llena de nobleza, se le tendiese un lazo tan infame, propio de los miserables y bajos? Tenían que ser los ingleses lo que son, turba de ambiciosos y faltos de todo sentimiento de generosidad, para sacrificar al que jamás pudieron vencer en la guerra; porque ni sus reyes entonces ni sus ministros eran capaces de descalzar al que en su ser llevaba encerrados todos los conocimientos humanos de poder y grandeza. Genio de águila caudal, Napoleón no tuvo precedente en la historia, ni habrá quien le suceda, porque seres de esa talla son meteoros de brevísima duración. Pero, si es cierto que su paso es rápido, sus nombres perduran a través de los tiempos y las edades, porque los héroes viven en su recuerdo, desafiando todas las vicisitudes a inclemencias.

III

No pretendo, porque no me atrevo, hacer mías las célebres expresiones de Las Cases y Napoleón; pero debo tenerlas presentes, ya que sólo han cambiado las épocas y nunca las circunstancias de los hombres. Como entonces, también hoy existen los trangresores del derecho, para quienes el sagrado santuario del deber cumplido son letra muerta y salmos sin ningún compás ni armonía. Por lo tanto, al igual que aquel heroico y abnegado descendiente del defensor de la desgraciada estirpe de Moctezuma y Cuauthémoc, levanto mi voz en pro de la democracia hecha girones, a pesar de las iras de toda clase de verdugos.

Yo sé perfectamente que no ha habido ni habrá en el mundo causa ni principio sin mártires que los apoyen ni héroes que por sus sostenimientos no se sacrifiquen; porque ambos elementos han sido los medios decisivos en las grandes contiendas de las libertades públicas y del salvamento seguro de los destinos de los pueblos. ¿Cuál es el papel que a mí me corresponde en esta batalla que en México se libra? ¿Qué denominación merece mi aptitud en estos momentos de transición, en que hasta el ave que se balancea en la verde enramada del bosque tiembla de pavor y no se atreve a lanzar sus arpegios al viento? ¿Cómo me contemplarán los ciudadanos por cuyas venas aun circulan algunas gotas de libertad? Podré causar asombro a las generaciones presentes, pero estoy cierto de que las futuras, al mismo tiempo de condenar a los sacrificadores del excelso corso, émulo de los dioses más valientes y más guerreros, sabrán inscribir mi nombre en el lugar que merece. Y si es así, ¡qué importan los gestos de tantos rostros tiranos y serviles, propensos al vasallaje y a la humillación!... Llevo entendido que las maldiciones que surgen de los labios del malvado, son bendiciones del cielo para honrar a los que saben, oprimiendo con sus plantas la perfidia, alzarse majestuosos para defender la justicia. Nacer, crecer y desarrollarse entre blancas nubes y no mancharse, no me parece un mérito digno de encomio; pero surgir de una sociedad de cieno, atravesar por el lodo y enorgullecerse de pureza, hé ahí la palma más gloriosa del triunfo, el lauro más preciado de la victoria.

Ignoro lo que yo mismo seré en esta contienda; mas lo único que me regocija y llena de júbilo es ser apóstol de la democracia, el sacerdote del pueblo que, sediento de libertad, la impetra en nombre de una ley tres veces santa; la pide en nombre de un derecho más fuerte que la voluntad de los que esgrimen las fuerzas populares; la exige en nombre de un principio escrito en todos los códigos divinos y humanos; la reclama, porque la ley fundamental de la república la prescribe en caracteres de fuego. Y, defendiendo la soberanía de ese pueblo agobiado y que se asfixia en un medio corrompido, al grado de no poder respirar, ¿cuál es el nombre que merezco? Es cierto, aunque yo esté dispuesto al sacrificio personal, carente de la fuerza bruta que aplasta y es indispensable como argumento de poder, la voluntad mía tendrá que naufragar en medio de la furiosa tempestad agitada por el viento: es fácil que zozobre la débil barca que ve desafiar el amenazante empuje del Océano, pero, en su tenaz lucha por ponerse a flote, deja trazada nívea estela, señal segura y cierta de la audaz tentativa. Y yo, muerto ó vivo, vencedor ó vencido, le daré material a la historia, para que vindique mi nombre. Como tampoco produjeron resultado los esfuerzos de Las Cases en pro del eximio Napoleón I, héroe de todos los siglos, podrán no producir resultado alguno favorable mis gestiones en favor de los derechos del pueblo: pero, tanto entonces como ahora, los testigos imperecederos sabrán apreciar el mérito del que lucha: injusta la humanidad, la historia sabe dar a cada quien lo que le pertenece.

IV

Quiero ofrecerme como la víctima voluntaria en aras de la república; los que de mi actitud se mofen, habránse mofado de sus propias acciones e inscribirán sus nombres en el lugar que por derecho les corresponde. Si algún tirano se atreve a la violación de las leyes, su nombre pasará a hacerle compañía histórica a la caduca y vetusta Inglaterra. Yo no quiero convencer en fuerza de la elocuencia; la razón será el poderoso argumento que esgrima en el terreno de los hechos. Pueden muy bien los que se ufanan de arbitrarios y opresores ejercer el poder que quieran, a fin de impedir la sincera exposición de los asesinatos cometidos en la sombra y a nombre del pueblo y para el pueblo; mas lleven entendido que, si para los brazos hay ligas y cuerdas, para el pensamiento, libre como el Dios que lo infundió, no hay Longwoods posibles, ni bandidos como Hudson Lowe quejo coarten, aunque tengan las entrañas de criminales empedernidos y la constitución de los feroces carceleros ingleses.  Precédase al libre ejercicio del abuso, acallando las voces de los débiles, que temen el hacha homicida y tiemblan al fragor de las balas; denles pábulo a la intriga y la traición; acéptense los homenajes obligados de los que no sienten: sed autómatas, yendo al impulso que os den el señorío feudal y las "mafias" de los criminales: dejad, después de todo, que el historiador cumpla con su deber, haciendo crónica completa de actos que debe recoger la historia y consignar en sus páginas. No le amenacéis, porque la amenaza, cuando no cumple con su objeto es contraproducente y produce el mismo efecto que el alcohol empleado para extinguir los incendios.

Tal soy. Tengo un juez inexorable que me pone á cubierto de las asechanzas de mis enemigos: este juez es la historia. No uso escuadras poderosas para atacar y defenderme, porque no necesito de armas tan mezquinas para la defensa; ella está constituida por una conciencia que no remuerde, un corazón que no vacila y un pecho que jamás ha temblado de miedo. Persigo un ideal, y, para lograrlo, ¿no podré sacrificar algo de mi parte? No teniendo más que la vida, pueden los guillotineros del siglo XX atentar contra ella, teniendo siempre presente que tras del mártir hallarán al héroe, dispuesto a todos los contratiempos sociales y políticos. Lo que pretendo es rasgar caretas, labrando tal vez mi propio sepulcro; no me es dable aceptar a tanto falsario y mentido apóstol, hechos señores a la sombra del pueblo, sin darle nada al que los ha enriquecido hasta con usura.

Personajes de corazón roído y perverso conozco, que después de chupar la sangre de sus víctimas, aun pretenden apellidarse honrados Pues bien, ya que se le exige tanto al ciudadano, ¿no tendrá derecho éste de interrogar a sus explotadores por el uso que hacen de sus confianzas? El que da, puede exigir; porque la dádiva posee la prerrogativa de preguntar por el empleo que se le da. Ahora que, dados el medio fatal y el momento tenebroso, la interpelación se tome por ofensa, débese esta anomalía a que la república, a fuerza de golpes, ha aprendido tan sólo a callar y sufrir, sin que tenga el derecho de la reclamación. De aquí, precisamente, proviene la valentía de los zánganos del poder, pretendiendo devorar al que ose levantar el grito para protestar.

No digo yo que he nacido (lo que sería discutible) para enderezar entuertos, defender viudas y vengar agravios; lo que sí afirmo, es que tengo el valor civil necesario para desafiar las iras de los sicarios del poder y brotar a la defensa del pueblo, pidiendo la inmunidad de la democracia, base de nuestras instituciones civiles y políticas. Para llegar al objeto propuesto, no he querido manifestar temor ni cobardía; con el corazón a flor de pecho, jamás me escondo para decir las verdades a despecho de los que roban y quieren ser intangibles, cuando sólo la virtud da la intangibilidad. Con una mano he atacado al político, pero la otra está dispuesta a estrechar la del amigo ó el caballero, que yo no confundo las personalidades del individuo, aunque mis adversarios, ciegos de ira, manejen hasta las armas indignas para herirme. ¿Qué conseguirán con una táctica que no honra? Los medios que no enaltecen, deprimen, y entonces el triunfo será mío en todo terreno.

Hay notable diferencia entre el que lanza guante blanco de lucha y el hipócrita que tira a mansalva: el primero hace suyos los principios de guerra establecidos, en tanto que el segundo echa mano de las armas del asesino: al uno lo apellida la historia valiente, mientras que al otro no se le podrá dar otro calificativo que el de traidor.

V

¿Será un delito tener una alma noble, incapaz de impostura? ¿Es un crimen desempeñar el papel de defensor de un pueblo que nunca se da cuenta de lo que le pasa? En ninguna parte del mundo civilizado es un atropello a las libertades públicas hacer uso de las leyes para atacar los abusos de sus infractores.

Yo he empuñado la pluma a guisa de espada cortante y poderosa, para matar y no herir, porque yo no sé combatir a medias: tiro de frente, y tengo el derecho de exigir iguales medios de combate. Pero los adversarios del día no son gladiadores: no luchan, intrigan y traicionan.

Deseoso de una democracia efectiva y de una lealtad completa en el orden público, me he lanzado a una desigual pelea para conseguirle al pueblo lo que el pueblo no tiene. Mas mis enemigos, todos ellos cobardes, han empleado sombrías maniobras para atacarme. Faltos de méritos propios y sin recursos de mejores pruebas, han acudido a la baja acusación personal, como si yo estuviese en estado de tutelaje. Y llegaron momentos de negarme hasta la paternidad de lo que tanto trabajo me costó escribir y publicar.

Por supuesto, esto prueba que yo he dicho la verdad; he desenmascarado a los verdaderos enemigos de la república, y, no teniendo argumentos de refutación, acuden a los chismes de cocina y a las calumnias infames que acostumbran todos los miserables, tanto políticos como sociales. Ellos traman en la sombra y el misterio, yo hablo en público y a la luz del día; ellos tienen por testigos a unos cuantos degenerados, yo estoy apoyado por la conciencia nacional: ellos sólo podrán mostrarse recíprocamente como jueces, yo no tengo empacho en exhibir al testigo poderoso de los siglos: la historia.

¿Qué puede temer el que defiende no sus intereses, sino los de la república? Mis adversarios son personalistas, trabajan para medrar á la sombra de los imbéciles que aun les pueden creer; en una palabra: son explotadores políticos. Mientras que yo los autorizo para que me hagan inventario; porque mis más ideales son hijos de un cerebro apoyado en un corazón leal, sincero y generoso.

¿Producirán el fruto que deseo mis obras? Ellas están hechas para los ciudadanos amantes de la libertad, hijos del siglo y de la democracia: si lo presente no sabe apreciar todo el valor de mis afanes, lo porvenir está llamado a hacerme la justicia que mis adversarios me niegan.

Intransigente ante el derecho, inexorable ante la ley, quiero presentar a las generaciones venideras a esa turba que explota impunemente a las multitudes, pisoteando los principios de la justicia, sin que me importen los enojos ni las iras de estos esclavistas modernos; porque yo tengo corazón de acero y pecho de bronce, inaccesibles al cuchillo de asesino y a las balas de los traidores.

He aquí la razón de esta obra. Yo también comparezco, como el ilustre de Las Cases, ante el tribunal de los pueblos libres, con una confianza plena de obtener favorable fallo; porque las nociones democráticas no se parecen, en sus decisiones, al congreso de Aquisgrán y Laybach: es más sublime la sentencia de todo un pueblo, que no se podrá apartar de la verdadera justicia, que la mezquina resolución de una asamblea de testas coronadas.

Defensor resuelto de la democracia, las multitudes que ella preside serán las que, con la mano en el corazón, fallen en mi causa; yo de pie, espero la sentencia, porque soy el panegirista de la soberanía nacional.

Hoy se tiene placer en injuriar a lo más sagrado para el pueblo: a sus héroes; porque se quiere hacer escuela con el escándalo y obtener lauros á costa de las grandezas patrias. Nuevo pueblo hebreo se pretende formar, para llevarlo a rendir homenajes de adoración ante el becerro de oro. Tal es el objeto de los traidores en política, que son historiadores de la calumnia, defensores de la perversidad y apóstoles de la explotación pecuniaria.