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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1879 Manifiesto a la Nación, del general Miguel Negrete

1 de Junio de 1879

Señores redactores de El Monitor Republicano.

Muy señores míos:

Adjunto verán ustedes el manifiesto que hoy dirijo a la nación y que lo hago igualmente a la mayor parte de los periódicos de esa capital.

Nada tengo que agregar ni que quitar a lo que dejo expuesto en ese documento. No es culpa mía si después de tantas revueltas a mano armada la nación se ha visto una vez más burlada en sus esperanzas por la criminal conducta de gobierno que ha faltado a todos los compromisos contraídos en los planes de "Tuxtepec y Palo Blanco".

Si las revoluciones de los pueblos no son más que la esperanza de sus necesidades legítimas no satisfechas, la revolución de México no llegará a su fin mientras no se dé un gobierno que conozca esas necesidades y sea capaz de satisfacerlas.

Continuaré en el desempeño de la misión que desde un principio me he fijado y en la que no descansaré hasta no ver a mi patria libre y feliz por la unión, por la paz, por el orden, la seguridad y las garantías de que disfrutan las naciones cultas.

Sírvanse ustedes señores redactores, dar cabida en las columnas de su apreciable periódico al documento que adjunto, cuyo favor les agradecerá mucho su afectísimo servidor.

Monte Alto, Estado de México, 1o. de junio de 1879,

Miguel Negrete.

EL GENERAL DE DIVISIÓN MIGUEL NEGRETE, A LA NACIÓN

Compatriotas:

Último soldado del ejército, he concurrido a los combates cuando me ha llamado el deber y la honra de la República. Incansable en las luchas por la libertad del pueblo, he arrostrado los peligros más inminentes, con la seguridad de una conciencia tranquila y la fe ciega en el porvenir.

Combatí la administración del señor Juárez a pesar del gran respeto a ese alto personaje, cuyo renombre ha sido consagrado por la historia, cuando su prolongación en el gobierno había roto el apoyo de la opinión y el cimiento de la voluntad nacional. El pueblo me arrebató entonces de las gradas del cadalso: a él debo la vida y a él sólo consagro mi existencia.

A la muerte del presidente Juárez, la ley puso en manos de Lerdo la primera magistratura de la República: renacieron las esperanzas, la revolución entregó sus banderas y la nación toda se puso en expectativa, creyendo que la hora de bienestar había llegado para la patria.

Intereses mezquinos vinieron a sobreponerse, ambiciones políticas, errores sin nombre y una tiranía absurda, como la lógica de una situación sostenida bajo la apariencia de un principio legal, pero imposible en la opinión de la República.

Volví al campo de la revolución, cuando vi que el país entero se había abstenido de concurrir a los comicios presidenciales, y que por medio de una elección oficial se le imponía a la República, un hombre y una situación por otros cuatro años y contra su voluntad.

El pueblo odiaba la reelección y la rechazaban todos los hombres patriotas y de buena fe; sostenerlo por medio de las armas era imposible, porque el mismo ejército no tenía fe en esa causa, como lo demostraron los sucesos ya recogidos por la historia contemporánea.

Yo tomé parte en los acontecimientos, viendo disiparse con el humo de los cañones de Tecoac el gobierno de Lerdo; testimonio elocuente de lo que vale la voluntad de un pueblo cuando el derecho se sustituye por la fuerza de las bayonetas.

La República que ha caminado siempre de ilusión en ilusión, vio en el general Porfirio Díaz una nueva esperanza: sus antecedentes le daban un brillo deslumbrador y las voces que, al palparse sus multiplicados errores de gobernante, procuraban despertar a la nación de su sueño, se tenían como el uso de una oposición insensata.

Desde el primer momento del triunfo, una camarilla corrupta se apoderó de la situación, remedo de aquellas tiranías antiguas, origen de las desgracias de la República.

El jefe del Ejecutivo ya no tuvo amigos, sino cómplices de sus errores y de sus atentados: sus verdaderos amigos y partidarios se alejaron víctimas de la ingratitud y del desprecio, a lamentar en el silencio el haber contribuido a un nuevo desengaño para la República.

Los mejores y más leales servidores de la nación han sido olvidados; los compromisos hechos en los días más aciagos de la revolución se han roto o desconocido. Todas las promesas están burladas; se ha arrastrado por el lodo la dignidad del soldado y del caballero.

Nadie se ha acercado a la estancia presidencial sin ser engañado o traicionado por el hombre que ayer, con las lágrimas en los ojos y con la mano en el corazón, juraba lealtad a sus amigos y honra para la patria.

Esta conducta podía denunciar al hombre de Tuxtepec como tránsfuga de su partido en los momentos del éxito y nada más, no pudiendo ocasionar un trastorno en el seno de la nación; pero él y sus consejeros a quienes ya el país señala como los responsables de las crisis que atravesamos, han suplantado las instituciones, traicionado la Constitución, hecho jirones el pacto fundamental, y lo que es más, comprometido la honra de la República en nuestras relaciones exteriores, que México ha conservado siempre a la altura de su dignidad como corresponde a un pueblo civilizado.

La nación presencia la escandalosa bancarrota que tiene hundido al gobierno en la miseria. Ve con enojo el abatimiento del pueblo, el desorden administrativo, las quiebras de los empleados públicos, los negocios fraudulentos del ministro de Hacienda, los pagos indebidos, el despilfarro y los robos de las arcas nacionales verificados en el mismo Palacio Nacional.

Los cómplices del gobierno, al romper antiguas ligas, y a su frente el señor Benítez, el mismo hombre que ha dirigido esta tenebrosa política, han levantado el velo, mostrando la situación actual con todos sus negros colores.

El país tiene el desprestigio en el extranjero y el próximo amago de un conflicto nacional con el exterior. En el interior, un pueblo hambriento, agitándose en las ciudades y en los campos, azotados por la miseria. El ejército desunido, la sociedad entera sin rumbo, la República en ruinas.

Mis adversarios arrojarán sobre mí la censura de revolucionario; no la temo. Por el contrario, confieso que siempre que he visto en peligro las libertades públicas, me he lanzado sin temor a los campos de batalla, y seguiré siendo revolucionario mientras la República no descanse sobre las bases imperecederas del derecho y de la libertad.

En estos mismos momentos se conspira contra las garantías públicas, disponiendo una farsa electoral para la próxima presidencia, en que el pueblo aparezca como rey de burlas, en la cobarde suplantación del sufragio constitucional.

Creo, en mi patriotismo, hacerme intérprete de la voluntad de la nación, que rechaza indignada la farsa oprobiosa de ver muertas bajo la forma de una institución conquistada a fuerza de sacrificios y de sangre, las garantías de los ciudadanos y hollados los principios de libertad y de progreso.

No dejaré enmohecer mi espada ya en los últimos días de mi existencia, ante un pueblo que pide el concurso de sus buenos hijos; ante un pueblo que demanda el plan de trabajo delante de ese banquete de despilfarro en que desaparecen los caudales públicos, culpando al ejército, a quien se tiene en prisión y en la miseria, cuando jamás han sido pingües las rentas de la República.

Todo ha caído bajo la pesada mano de esta administración desmoralizadora: los hombres patriotas y distinguidos por sus servicios al país están alejados del poder, mientras que los altos puestos de la República los ocupan la ignorancia, la bajeza y la traición. Es necesario vindicar a este pueblo noble y generoso, víctima de una tiranía sin nombre.

El país, en presencia del despilfarro y bajo el peso de las contribuciones, clamó por la reducción del presupuesto y se le ha contestado con la duplicación de la ley del timbre y un fuerte gravamen a las fábricas, que de subsistir, puede causar la ruina de la industria nacional y el empobrecimiento y la miseria de las clases obreras.

Ante esta situación desesperada para la nación, es necesario cumplir con los deberes que nos impone la patria. En nombre de ella me lanzo a la arena revolucionaria, levantando la sagrada bandera de las libertades públicas.

Yo convoco a todos los mexicanos. Todos sin distinción están en el deber de salvar a la patria; a ellos apelo en la lucha que voy a emprender contra la usurpación y la tiranía.

Si muero en la demanda, la historia recogerá mi nombre como el de un buen ciudadano; si triunfo, habré satisfecho mis aspiraciones, porque veré el establecimiento de un gobierno patriótico que, naciendo del pueblo, a él consagre sus desvelos y sacrificios; y que teniendo delante los severos ejemplos de nuestra historia en que las tiranías se derrumban por su propio peso, cumpla con los altos deberes que le imponga la voluntad nacional y sea ésta la última de las revoluciones.

Monte Alto, Estado de México, 1 de junio de 1879.

Miguel Negrete.



Fuente:

De la crisis del modelo borbónico al establecimiento de la República Federal. Gloria Villegas Moreno y Miguel Angel Porrúa Venero (Coordinadores) Margarita Moreno Bonett. Enciclopedia Parlamentaria de México, del Instituto de Investigaciones Legislativas de la Cámara de Diputados, LVI Legislatura. México. Primera edición, 1997. Serie III. Documentos. Volumen I. Leyes y documentos constitutivos de la Nación mexicana. Tomo III. p. 58.