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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1878 Necesidad y conveniencia de estudiar la historia patria. José María Vigil.

9 de Junio de 1878

JOSÉ MARÍA VIGIL (1829-1909)
Nació en Guadalajara, Jalisco. Estudió Latinidad y Filosofía en el Seminario, y Derecho en la Universidad; pero no terminó la carrera, atraído por la literatura y el periodismo. A la caída de Santa Anna apoyó en la prensa a la causa liberal. Fue profesor de latín y filosofía en el Liceo de Jalisco y oficial mayor de la Secretaría del Congreso en 1861, recibió el encargo de formar la Biblioteca Pública con los libros requisados de los conventos suprimidos. Sirvió durante cinco legislaturas más y fue profesor de la Escuela Nacional Preparatoria. El año de 1880 fue designado director de la Biblioteca Nacional. Fue el cuarto director de la Academia Mexicana Correspondiente de la Española. Murió en la ciudad de México. Dejó una obra abundante, de la que destacan: la Reforma, la Intervención y el Imperio, en 1889; la Reseña histórica de la literatura mexicana, 1894 y Las antologías de las poetisas mexicanas. Editó la Historia de las Indias del padre Las Casas, la Crónica mexicana de Tezozómoc y las Memorias para la historia del México independiente, por José Ma. Bocanegra. Participó también brillantemente en el equipo que redactó el México a través de los siglos, ya él se debe justamente el tomo y referente a la Reforma.
NECESIDAD Y CONVENIENCIA DE ESTUDIAR LA HISTORIA PATRIA
Este corto, pero interesante estudio (5 artículos), se publicó en partes a partir del 9 de junio de 1878 hasta el 6 de julio del mismo año, en el periódico El Sistema Postal, que se editaba en la ciudad de México. Pese a lo difundido y bien conocida que es la obra de don José María Vigil, sus meditaciones sobre el conocimiento histórico y su estudio no recibieron gran divulgación. De acuerdo con las noticias que hemos logrado recabar, este estudio fue publicado una sola y única vez; una razón más que principal para reeditarlo de nuevo y rescatarlo así del limbo periodístico en donde se hallaba obscuramente inmerso y perdido por consiguiente. (Agradecemos desde aquí a la Dra. Clementina Díaz de Ovando su bondad por habernos proporcionado una copia de los 5 artículos, encontrados por ella en el mencionado diario.)

1. TRASFONDO HISTÓRICO

Las elecciones del 26 de septiembre de 1872 dieron el triunfo, por mayoría aplastante, a don Sebastián Lerdo de Tejada; el candidato derrotado era un general laureado de 42 años, Porfirio Díaz, que por segunda vez había luchado infructuosamente por alcanzar la presidencia de la República. Lerdo, hacia fines de 1875, intentó reelegirse; pero antes de que tuvieran lugar las elecciones estalló la revuelta porfirista, proclamada en el Plan de Tuxtepec (10-II-1876), modificada en Palo Blanco (21-III) por el propio Díaz, que dio al traste con las aspiraciones exclusivistas de Lerdo en materia política. El principio revolucionario de la "no reelección" presidencial fue enarbolado y mediante una reforma a la Constitución (Decreto del 5-V-1878) sería sancionado el principio prohibitivo; se suprimía el Senado y se desconocía la autoridad del presidente, declarándose como únicas leyes las de Reforma y por suprema la Constitución. A pesar de la derrota de Díaz en Icamole, la revolución siguió su curso. Don José María Iglesias, ministro de la Corte Suprema, desconoció la reelección de Lerdo por considerar que las elecciones habían sido amañadas; asumió el cargo de presidente de la República y fijó su residencia en el Estado de Guanajuato. El general Díaz obtiene la victoria en Tecoac (16-XI-76) gracias al auxilio oportuno de su amigo el general González, y a Lerdo no le queda otra opción sino emprender el camino del destierro, ocupando Díaz acto seguido la presidencia (23-XI). El nuevo presidente intentó avenirse con Iglesias; pero tras la "entrevista de la Capilla", en Querétaro (21-XII), en donde no se llegó a ningún acuerdo, el pundonoroso defensor de la constitucionalidad fue derrotado y hubo de refugiarse, como Lerdo, en los Estados Unidos. Salió de la capital mexicana en enero de 1877 y no regresó a ella sino diez meses después, en octubre. Hasta el año de 1891 en que murió se mantuvo al margen de la política, sordo a los halagos y desdeñoso de los favores provenientes... de arriba; y, por lo mismo, admirado por los menos e ironizado por los más; para Díaz siempre fue un mudo y digno testigo de incomodidad.
Bajo la firme mano de Díaz comenzó México a marchar por el camino del progreso y del orden. Los restos que aún quedaban de la vieja estructura colonial iban desapareciendo inexorablemente ante las arremetidas económicas, sociales y políticas de los nuevos tiempos. La capital había por fin quedado enlazada con el puerto de Veracruz mediante la línea férrea inaugurada en 1872; la típica fisonomía rural del país comenzaba muy lentamente a cambiar por medio de una débil e incipiente industrialización, apoyada en capitales extranjeros. Como consecuencia de este proceso, bien pronto se dejó sentir la fuerza de la masa obrera proletaria; el día uno de noviembre de 1876 se celebró el Primer Congreso Obrero del Círculo de Artesanos, que afiliado a la Primera Internacional inicia los primeros movimientos huelguísticos en el país.
Tras las elecciones de mayo de 1877 es electo presidente de la República el general Díaz, cuyo gobierno logra el reconocimiento del de los Estados Unidos; evita la guerra entre México e Inglaterra, por la cuestión de Belice; inicia el acercamiento con los demás países iberoamericanos y restablece las relaciones diplomáticas con Francia. Prosiguiendo la política ferroviaria iniciada por Lerdo, mas siguiendo ahora un eje económico-geográfico distinto, otorga Díaz generosas concesiones a las compañías del Central y Nacional Mexicanos. De 1880 a 1884, el compadre de Díaz, general Manuel González, ocupa la presidencia: era la segunda vez que en la historia política del México independiente se hacía la transmisión de poderes en forma pacífica.

2. RESCATE DEL PASADO Y PROYECCIÓN DEL MISMO

El ensayo de José María Vigil se publica en 1878 en un periódico de título y contenido significativamente progresista: El Sistema Postal, Vigil comienza deplorando el abandono en que se hallan los estudios históricos “en nuestra educación científica y literaria” y aboga por una dedicación intensiva hacia ellos como el medio más adecuado para profundizar sobre la realidad mexicana; es decir, se plantea el estudio de la historia nacional como instancia de salvación de lo esencial y propio. Vigil fue uno de los primeros y de los pocos mexicanos de aquel entonces, que a su formación humanística clásica sumaba unos fundamentos filosóficos y unos conocimientos lingüísticos modernos (alemán, inglés, francés e italiano) de primer orden, excepcionales. Es por ello que en pleno periodo reformista y post-reformista —tan ajeno y tan negativo frente a la tradición y los valores indígenas— considera, por ejemplo, que el náhuatl debe tener para los alumnos mexicanos el mismo valor y rango formativos que el griego y el latín. Pero a diferencia de algunos semicultos extraviados de hoy día, Vigil considera que en cada Estado de la Federación se debería estudiar la lengua indígena aún existente en cada uno de ellos. Quería, insistamos en esto, que en los estudios medios y superiores se divulgasen las civilizaciones prehispánicas (su historia, su literatura, sus artes) como medio de autoconocimiento y enriquecimiento espirituales; demandaba también, como más tarde lo exigiría Alfonso Reyes con innegable genialidad y gracejo, el latín y el griego, y, algo más, el náhuatl o el maya, si no exclusivamente para las izquierdas, cuando menos sí para todos los estudiantes mexicanos ya liberales o conservadores, o bien moderados.
Aspira Vigil a una educación a la par universalista y mexicanista, integradora de lo nacional, que nos equilibre y nos mantenga en nuestra fisonomía espiritual propia, en nuestra característica personalidad, en nuestra balanceada idiosincrasia nacional; es decir, en nuestro auténtico modo de ser que nos distingue, en tanto que mexicanos, de los demás pueblos y naciones. Vigil tenía fe en el proceso educativo a causa de las fuerzas regeneradoras que desencadenaba el mismo. De acuerdo con su programa, el patriotismo sería renovado y fortalecido al fincar sus raíces en lo entrañable y peculiar. No se trata de perseguir y entronizar un ideal educativo abstracto y ajeno, sino de tener en cuenta lo auténtico y propio, único modo de evitar el peor de todos nuestros vicios: el autodesprecio, que es el primer paso, según Vigil, en el camino del envilecimiento y de la nulidad. Hay que advertir que estas ideas no tienen nada de gratuitas ni de ociosas, puesto que el autor está dirigiendo sus críticas contra el sistema educativo preparatoriano (aunque él pertenecía al cuerpo docente de la escuela) legalizado en 1867 por don Benito Juárez y puesto en marcha por el filósofo positivista don Gabino Barreda el 1° de febrero de 1868. Frente a la sólida formación científica y universalista del sistema educativo barrediano, opone Vigil una contextura humanista y mexicanista como primer problema nacional que resolver; frente a un mecanismo positivo y progresista, una actitud filosófica auténtica; a saber, no escéptica. La aventura idealista que como programa ofrecía Vigil no pudo encontrar eco en medio de una generación entusiasmada con el positivismo comtiano y spenceriano como medio de lograr rápidamente el tan suspirado progreso; sin embargo, serían las generaciones posteriores las que, desengañadas con el modelo progresista propuesto, aspirarían a la salvación de lo propio por el camino de la metafísica, tal como lo quisieron Caso y los ateneístas, y tal y como el propio don Justo Sierra lo propugnó al inaugurar la Universidad en 1910 y al cultivar la Historia patria siguiendo la inspiración humanista y mexicana (mestiza) de su antecesor y también contemporáneo don José María Vigil.
El escritor e historiador jalisciense, aunque criollo, es el primer mexicano que percibe los valores de la conciencia mestiza y los entiende y cultiva como programa nacional para un futuro de superación. Él nos advierte y pone en guardia contra el odio irracional que provocaba la etapa histórica de la colonia; porque el estudio de ese pasado lo considera indispensable para poder comprender bien el presente. El pasado no es, pues, para Vigil un peso muerto que podemos negar y del que podemos fácilmente desprendernos; sino que es algo que gravita sobre nosotros y que por lo mismo nos forma y conforma: intentar rechazarlo es imposible y  absurdo; asumirlo es lo más adecuado y correcto. El hecho mismo de que para salir de ese sistema colonial hubiera tenido el par que pagar muy cara la empresa, derrochando rango y riquezas en un holocausto sin paralelo, es para Vigil la prueba de la operatividad de ese pasado. En el sistema colonial halla él los gérmenes de nuestras costumbres y hábitos; de aquí la necesidad de estudiarlo para comprender los problemas presentes. Otro tanto ocurre en los rezagos prehispánicos, si bien son para él de signo contrario; por consiguiente debemos estudiar asimismo esa barbarie, puesto que vive y persiste aún entre nosotros y de su conocimiento depende de que ella, en cuanto deformidad residual, deje de amenazamos y nos posibilite así la ansiada paz y progreso. Probablemente al lector le parecerá que es incongruente el que Vigil afirme y niegue al mismo tiempo el pasado prehispánico; pero de hecho no hay tal incongruencia, porque una cosa es para él —como la fue igualmente para Sigüenza y Góngora— el pasado cultural prehispánico, valioso desde cualquier punto de vista, y otra esos residuos de la tradición o cargas emocionales perturbadoras y pues, según su criterio, negativas. Por supuesto hoy no lo entendemos así; pero no podemos exigirle a Vigil una comprensión antropológica que no estaba al alcance de su tiempo.
Los pueblos, nos dice Vigil, y está en lo cierto, no pueden prescindir de su pasado, puesto que éste es la única base segura para conocer el presente y preparar el porvenir. Esta reacción del historiador frente a la tesis histórica jacobina, que rechazaba por igual los valores hispánicos y los indígenas, es comprensible puesto que él piensa que sólo la asunción de la instancia cultural hispanoindígena permitiría que de ser México un país de anomalías se convirtiese en un país normal, es decir, que asumiese conscientemente su personalidad mestiza en cuanto único camino de salvación. Para alcanzar la meta propuesta se necesita una instrucción histórica para todos; de esta suerte el hombre mexicano podrá transformarse en ciudadano mexicano: la categoría natural en calidad social. En lugar del camino enajenante emprendido por el positivismo barrediano, él propone el único que hará posible salvar el desnivel cultural que separa a México de los Estados Unidos y de la Europa avanzada; la instrucción útil en general y en particular la instrucción histórica inutópica.
El siguiente paso del crítico es un somero examen de los compendios históricos existentes por entonces, a los que considera farragosos, narrativos, descarnados y carentes de ideas generales; lo que da por resultado el hastío y la repulsión de los educandos que tienen que estudiarlos. Las biografías disponibles carecían de lo más importante; verbigracia del trazo de la personalidad moral del personaje descrito, de la valoración de su obra, de la influencia ejercida en el país. Es decir, las encuentra desprovistas de un fondo ético y axiofilosófico; de espaldas a la tradición ilustrada y aun romántica.
Observa además las dos tendencias o escuelas históricas, de carácter destructivo, que se combaten en México infructuosamente y con resultados negativos: la española (negadora del pasado indígena) y la mexicana (condenadora del pasado español). Con esta adjetivación caracteriza Vigil la oposición histórica existente entre la escuela conservadora o tradicional y la liberal o progresista. Vigil actúa dentro de la corriente liberal moderada, evolucionista, y por lo tanto posee una comprensión de la Historia que es ajena, si no es que adversa, a la concepción liberal pura, antitradicional. Lo que el sereno crítico ve de ineficaz en la oposición, es que el carácter contradictorio de las dos direcciones no proporciona al ciudadano mexicano una seguridad en sí mismo. Esta inseguridad emocional producida por la típica contradicción escolástica, origina un sentimiento depresivo que nos hace (Vigil pluraliza) sentimos inseguros y juzgarnos incapaces para todo lo grande y extraordinario. Nos abruma, por lo mismo, un funesto sentimiento de inferioridad que se acusa mayormente en la raza indígena; pero que no deja tampoco de manifestarse en la raza criolla dominadora, que se muestra así carente de energía creadora y de fe en sí misma. La catarsis espiritual que propone Vigil para sublimar el complejo que aqueja a indios y criollos, mas que casi no actúa, curiosamente, en los mestizos, ya lo conocemos: consiste en la ya indicada revaloración de la Historia mexicana; es decir, en una purificación o nuevo acrisolamiento que permitirá refundirnos y desprendernos de la amargante y decepcionante triste herencia intelectual de la generación de independencia.
La esterilidad intelectual mexicana de su tiempo no la atribuye Vigil a la naturaleza física del país ni a la físicomoral del hombre; la nula aportación de México a la grandeza del siglo XIX  en curso se debe a causas que se hallan más al alcance de nuestro poder y voluntad. El país se encuentra en este momento, discurre Vigil, en el límite de una crisis peligrosa. México sólo tiene esta alternativa: ineludible grandeza o aniquilamiento. La sociedad mexicana, cada vez más ilustrada, tiene que resolver a su favor la dramática disyuntiva. "En el conocimiento de sus propios elementos —concluye Vigil— reposa el secreto de su grandeza."
La contribución de Vigil al México a través de los siglos (tomo v), así como sus prólogos y otros trabajos históricos nos indican que él, consecuente con su programa, asentaba sobre sólidas bases históricas el desarrollo de la nación. El tiempo ha venido a dar la razón a Vigil, una vez que el forzoso y necesario despertar revolucionario nos ha permitido una interpretación dialéctica de nuestra Historia, en donde las dos posibilidades irreductibles y polarizantes son subsumidas. Lo que nos admira más en Vigil es la actualidad de su pensamiento crítico. Su dramático llamado a la creación original, propia, mexicana, intelectualmente desalcabalada, posee una vigencia tal que parece cúspide de las circunstancias y necesidades de nuestro tiempo. Todavía no se ha alcanzado la grandeza presumida por Vigil; mas en la búsqueda de ella nos hallamos todos, afanosos y comprometidos, y especialmente los cultivadores de la Historia, puesto que, de acuerdo con el crítico, la comprensión de ella es la única garantía que tenemos para reconocernos a nosotros mismos; por consiguiente para poder progresar. Porque en definitiva, si es que entendemos bien el mensaje de Vigil, el famoso complejo de inferioridad que traba y frena al mexicano, no deja de ser a fin de cuentas sino una viciada e incorrecta digestión de su historia.

3. TEXTO

 

NECESIDAD Y CONVENIENCIA DE ESTUDIAR LA HISTORIA PATRIA

 

I

Es un hecho deplorable pero verdadero que el estudio de la historia patria ha ocupado, generalmente hablando, un lugar secundario en nuestra educación científica y literaria. Muy común es encontrar personas profundamente versadas en historias y literaturas extranjeras, que conocen a la perfección las antigüedades griegas y romanas, y que han hecho estudios extensos sobre los escritores clásicos, y que se encuentran al corriente del movimiento social y político de los pueblos europeos, las cuales, sin embargo, al tratarse de las cosas de México, manifiestan una ignorancia suma, porque no han tenido ni tiempo ni oportunidad para echar una mirada indagadora sobre lo que más debía interesarnos, porque nos toca más de cerca.

No pretendamos formular un cargo por este hecho, que consignamos simplemente calificándolo de deplorable: su explicación se encuentra en el error fundamental que se ha trasmitido hasta nuestros días, y que comienza a removerse felizmente según el cual la instrucción literaria y profesional tenía un carácter rigurosamente clásico, considerando indigno de ocupar la atención del estudiante, todo aquello que no llevara el sello venerable de la erudición antigua, y que por ese mero hecho era relegado al desprecio y al olvido.

Un pensador del siglo XVI, Pedro Simón de Abril, hacía notar a Felipe II las reformas que debían introducirse en la enseñanza y apuntando para ello los errores de que ésta adolecía, afirmaba al hablar de la gramática: “El primer error en el enseñar la gramática, es no enseñar primero a los niños la gramática de su propia lengua en las escuelas donde les enseñan a leer y escribir en ella, como se sabe que lo hacían los latinos y griegos en las suyas. Porque si esto se hiciere tendrían luz de bien leer y bien escribir su lengua propia, cosa que hoy está sin entenderse; y a proporción de la gramática de su lengua, entenderían los niños fácilmente la de las extrañas, como se ve fácilmente en los que, sabida la gramática latina, se ponen a estudiar la griega”. Esto que con tanta razón decía el autor citado acerca de la lengua vulgar, puede aplicarse punto por punto al estudio de la historia patria, pues así como es un contrasentido descuidar la lengua propia para dar toda preferencia a los idiomas extranjeros, así también es un error gravísimo concentrar toda la atención en la historia y literatura de países extraños, viendo con punible desdén lo que más nos interesa.

Lejos estamos de condenar la instrucción clásica, que algunos, llevados por un espíritu exagerado de innovación, quisieran proscribir por completo de nuestra enseñanza. Razones poderosísimas, que no es del caso aducir en este momento, se pueden presentar para que aquellos estudios se mantengan en el lugar de honor que han alcanzado y conservan todavía en las naciones más cultas de Europa. Lo que pretendemos es que al lado de aquellos conocimientos se coloquen los que se refieren a nuestro propio país, dándoles cuanto ensanche sea necesario; que se saquen del oscuro santuario de la condición especial, cuestiones y materias que deben ser del dominio de todos, porque su vulgarización a todos importa, ofreciendo a la inteligencia de las nuevas generaciones, no únicamente ideas o personificaciones abstractas que sólo sirven para su ejercicio, sino objetos fecundos de aplicación directa, cuya utilidad recogerá desde luego la sociedad en general.

Debemos advertir que lo que aquí indicamos ha sido ya planteado con muy buen éxito en algunos países de Europa; y a este propósito esperamos que se nos dispense una pequeña digresión. En un excelente trabajo sobre la instrucción pública en Suecia, publicado por M. G. Cogordan en la Revista de Ambos Mundos, de 15 de mayo de 1875, encontramos algunas noticias curiosas que extractamos a continuación por venir en apoyo de nuestras ideas: “Entre las lenguas antiguas, dice, cuyo estudio es llevado muy lejos en el Norte, se debe contar el norrés, viejo idioma de los Eddos y de los Sagas, que se habla todavía hoy en Islandia. Dirígense por patriotismo los esfuerzos de los sabios hacia las investigaciones históricas y prehistóricas propias para ilustrar los orígenes de su país. Para muchos escandinavos, en Dinamarca y en Noruega, más todavía en Suecia, el amor de las antigüedades nacionales ha venido a ser una nueva religión. Difícilmente podemos concebir con qué cuidado y ardor se reúnen los restos a menudo informes del pasado, instrumentos de sílice, armas enmohecidas, alhajas, fíbulas, groseros utensilios domésticos; todos los objetos que tienen un interés arqueológico cualquiera, deben ser vendidos al Estado por el que los ha descubierto, prohibiendo leyes severas que los conserven o los vendan a particulares; en seguida son clasificados en las colecciones públicas, algunas de las cuales se han convertido en magníficos museos. Comparando estos restos más o menos mutilados con las noticias que ofrece la antigua literatura islandesa, es como han llegado los sabios escandinavos, con ayuda de la imaginación, a reconstituir la civilización de sus primeros antepasados.
Los estudios de arqueología prehistórica en ninguna parte han sido llevados tan lejos, prestando servicios no sólo a la historia local sino a la ciencia general. La lengua norresa, instrumento de primera necesidad para esta especie de trabajos, es enseñada hoy en las escuelas secundarias, y hace parte de los, conocimientos que se exigen para ser admitido en la universidad de Cristianía, y es probable que muy pronto sucederá lo mismo en Suecia. Se estudiará el viejo escandinavo como lengua clásica al lado del griego y del latín; y aun se ha encontrado en Dinamarca un hombre de alta inteligencia, Grundtoign, a la vez historiador, teólogo y poeta, especie de reformador religioso, cuyas doctrinas han sido adoptadas por una fracción importante de la población danesa, que ha sostenido con elocuencia la causa del norrés contra el latín y el griego, proponiendo sustituir a Homero y a Virgilio, como modelos que deben ofrecerse a la juventud, los Sagas y los Eddos. Para Grundtoign y sus partidarios, importa ante todo dar una instrucción y una educación nacionales y puramente escandinavas.” El autor censura con justicia las tendencias exclusivistas de estos ardientes patriotas, y agrega: “Como quiera que sea, la antigua lengua escandinava goza de gran favor en Upsala, y un ordenamiento real de 16 de abril de 1870, que introduce algunas modificaciones a los exámenes de la facultad de filosofía, la ha inscrito en el programa de examen de candidato.”

Después de esto, sólo añadiremos por ahora, que a ejemplo de lo que pasa en la península escandinava, desearíamos ardientemente que nuestra educación literaria y científica formara un carácter acendrado y profundo de mexicanismo; que nuestras antigüedades fuesen objeto de la más exquisita solicitud por parte de los gobiernos; que no se perdonara medio en su conservación y estudio; que el idioma nahoa figurase al lado de las lenguas sabias, a reserva de que cada uno de los Estados consagrase una atención especial a sus monumentos y lenguas particulares; y en una palabra, que la civilización de nuestros antepasados, más variada, más rica y más grandiosa bajo todos aspectos que la sangrienta barbarie de las antiguas tribus del norte, fuese el fundamento de nuestros estudios históricos y literarios. Próximamente expondremos las consecuencias prácticas y trascendentales que traería consigo la adopción de este pensamiento.

 

II

Sin pretender nosotros negar el carácter cosmopolita de la civilización moderna, hija legítima de las ideas cristianas, que vinieron a establecer entre los pueblos lazos comunes de origen y destinos; sin negar que ese carácter es uno de los pasos más avanzados del progreso humano, que derribando las barreras que separaban a los pueblos, quitó la parte odiosa que acompañaba a las denominaciones de extranjeros y de bárbaros; sin negar todo eso, decimos, sostendremos como una conveniencia y una necesidad para los pueblos, el que mantengan aquellos rasgos que constituyen su fisonomía propia, su personalidad en medio del concurso de las naciones.
Sucede en este punto lo mismo que con los individuos respecto a las sociedades de que forman parte. Nadie se atrevería hoy a sostener la superioridad del Estado antiguo, aquella especie de panteísmo político, en que los ciudadanos eran absorbidos por el todo social, divinidad implacable y descorazonada en cuyas aras se sacrificaban todos los sentimientos, todas las garantías y libertades, que son sin duda alguna el florón más precioso de las conquistas modernas. Hoy se comprende con sobrada razón, que para que sea una verdad la libertad del conjunto, tiene que ser el resultado de las libertades individuales; de tal suerte, que hoy, cambiando de punto de partida, las constituciones políticas establecen su base en esos derechos que los antiguos desconocieron por completo.

Pues bien, otro tanto tiene que suceder en las nacionalidades con relación a la humanidad en general. De aquí procede ese sentimiento legítimo de patriotismo; esa proclamación de derechos inviolables como el de no-intervención; esos respetos mutuos elevados a la categoría de prescripciones obligatorias por la ley internacional; de aquí proceden también esos esfuerzos de las naciones más civilizadas, como las del norte de Europa, según hemos visto en nuestro artículo anterior, para consagrar una atención especial a sus cosas propias, buscando en ellas la fuente de inspiraciones inagotables, que enaltecen el sentimiento de su estimación individual, haciéndolas crecer en su propio concepto. Por el contrario, los pueblos que enamorados de un ideal abstracto, se olvidan de sí mismos para correr tras una perfección quimérica, pronto caen en el peor de los vicios, el desprecio propio, primer paso en el camino del envilecimiento y de la nulidad.

Esto es precisamente lo que ha pasado entre nosotros, y ya estamos palpando las deplorables consecuencias. Un sentimiento de odio al sistema colonial nos hizo envolver en un común anatema todo lo que procedía de aquella época, sin reflexionar que sean cuales fueren las ideas que sobre ello se tengan, allí están los gérmenes de nuestras costumbres y de nuestros hábitos, y que su estudio, en consecuencia, es indispensable para el que quiere comprender los problemas de actualidad. Un sentimiento de otra naturaleza, un sentimiento de desprecio legado por los conquistadores hacia las razas vencidas nos ha hecho ver con supremo desdén todo lo relativo a las civilizaciones preexistentes en el Nuevo Mundo a la llegada de los castellanos, sin tener en cuenta que para explicar la condición de esas razas, para penetrar en su carácter y resolver su porvenir, es preciso ir más allá del periodo colonial, estudiar esa barbarie, que por más que se afecte despreciar, vive y persiste entre nosotros constituyendo el obstáculo más formidable para el establecimiento de la paz y del desarrollo de los elementos benéficos.

Dejemos a un lado las consecuencias, deducidas necesariamente de tales premisas, porque ellas están bien al alcance de todo el mundo, y fijémonos solamente en esta simple consideración: los pueblos no se constituyen a priori; los pueblos no pueden prescindir de su pasado, única base segura para conocer el presente y preparar el porvenir; de donde se sigue, naturalmente, que ninguna ignorancia puede ser más funesta para una nación que la que recae sobre los asuntos que le conciernen; porque todo se convertirá para ella en misterios indescifrables; porque no sabrá apreciar en su justa medida lo bueno ni lo malo que tiene, quedando sujeta a impresiones pasajeras, que le inspirarán unas veces la loca confianza del que se imagina poderlo todo, y otras, el profundo desaliento que trae consigo la pérdida de las más lisonjeras esperanzas.

Frecuentemente se oye decir que éste es el país de las anomalías, que aquí sucede lo contrario de lo que debe ser, que aquí es imposible prever porque la lógica más sutil es impotente; pero esta desesperante paradoja sólo significa la ignorancia en que vivimos respecto de la sociedad que nos rodea, y que incapaces de apreciar sus elementos y necesidades, carecemos de datos seguros para establecer un punto de partida fijo y determinado. Si supiésemos con toda certeza los antecedentes históricos de las razas que pueblan nuestro territorio; las encontradas corrientes de ideas que sobre ella han influido; sus relaciones con el suelo que ocupan; las condiciones físicas y climáticas de éste; si supiésemos discernir con la precisión científica, que sólo puede ser el fruto de largos estudios, los elementos de bien y mal que se nos ofrecen en confusa mezcla, para distinguir hasta dónde llegan las necesidades legítimas y dónde comienzan las aspiraciones absurdas, estamos persuadidos de que cesaría por encanto ese misterio que hoy nos abruma, y que haciendo lugar a esperanzas bien fundadas, podría emprenderse la obra fructuosa de nuestra regeneración, con la confianza del que sabe el fin a que se dirige.

Recordamos que hace algunos años, en 1872, estando todavía frescos los desastres que la Francia había sufrido en su guerra con la Prusia, apareció una obra de M. Guizot intitulada: La Historia de Francia contada a mis nietos, y que al hablar de ella M. Vitet entraba en estas consideraciones perfectamente aplicables a nuestro caso: “Se pide hoy la enseñanza para todos, y se la pide con buen derecho, cada uno a su modo, siendo la Iglesia la primera; ella quiere también que este beneficio sea universal; lo desea con tan buena voluntad y tan sinceramente como el libre pensamiento. Pero no es ésta la cuestión; semejante causa está ganada; lo que se necesitaría ahora sería que nuestros hijos, cuando todos sepan leer, puedan aprender por medio de la lectura a hacerse hombres y ciudadanos; que junto al pequeño libro que también y en tan pocas palabras les enseña sus deberes en esta vida y su destino en la otra, se pusiese también en sus manos algún otro librito que con brevedad, claridad y sencillez, les dijese lo que es este rincón del globo, esta tierra que habitan; por qué pruebas, por qué transformaciones ha venido a ser la Francia; qué torrentes de sangre la han regado; por qué y con qué título debemos amarla y servirla; cómo nuestros padres, de siglo en siglo, por rudos senderos y no sin dar a menudo más de un paso atrás, pero encaminándose siempre hacia el derecho y hacia la libertad, hacia la emancipación de las condiciones y de las personas, han constituido al fin esta gran familia y fundado este vasto hogar, donde todos podemos sentarnos con un derecho igual, un interés común, y un mismo porvenir como un mismo pasado.”

Lo mismo enteramente puede decirse respecto de México: nosotros también pedimos no sólo la instrucción para todos, sino que esa instrucción sea el instrumento que convierta a todos los habitantes de este país en hombres y ciudadanos; que esa instrucción haga conocer a los hijos de México lo que significa en el mundo el pedazo de tierra que ocupan; porque sólo así podrán amarlo, explotarlo e interesarse en su conservación; que sepan el camino que han recorrido nuestros padres para llegar a conquistar la autonomía y las libertades que hoy disfrutamos, pues tal conocimiento no sólo nos hará apreciar los bienes inestimables que poseemos, sino que robustecerá la fe para marchar hacia el porvenir, fortificándonos con el ejemplo de los que nos han precedido y que tuvieron que vencer obstáculos más poderosos que los que hoy se nos presentan. Creemos que estas sencillas consideraciones bastarán para llamar la atención de las personas pensadoras hacia un punto cuya importancia y conveniencia no dejaremos de encarecer.

 

III

Nadie desconoce en la época actual la necesidad de difundir la enseñanza en todas las esferas sociales, considerando con justa razón que éste es el único medio de realizar los grandes progresos que acabarán por transformar a nuestro pueblo. Nada podríamos decir nuevo sobre esta materia, dilucidada bajo todos sus aspectos por nuestros publicistas, pudiendo asegurar sin temor de engañarnos, que no hay un solo periódico en la República, sea cual fuere su color político, ni un solo escritor, que no hayan tocado alguna vez este importante asunto, como la base fundamental de nuestra regeneración. Podemos agregar todavía algo más, y es que en el orden de los hechos se ha trabajado con noble empeño en la propaganda de la instrucción, tanto por los diversos gobiernos generales y locales que se han sucedido en el país, como por algunas asociaciones particulares, y por individuos que consagrarán su vida a la filantrópica tarea de derramar la luz de la enseñanza en un pueblo digno por mil títulos de un elevado destino.

Si comparamos, pues, los resultados obtenidos, con el pasado no muy remoto, encontraremos sin duda alguna motivos suficientes para congratulamos; porque a pesar de los obstáculos de todo género que se han atravesado en nuestra marcha política, no hemos permanecido como obreros ociosos en la grande obra del progreso universal; pero si echamos una ojeada a lo que debe ser; si nos ponemos en paralelo con las naciones más civilizadas de Europa y América, preciso es confesar que no podemos darnos por satisfechos, pues nos queda un inmenso campo que recorrer para llegar siquiera al nivel de esas naciones, que por su parte están muy lejos todavía de haber tocado el último grado de perfección en esta materia. Este doble sentimiento debe ser un aguijón poderoso para no descansar en el trabajo emprendido, procurando por el contrario, no omitir esfuerzo de ninguna clase a fin de que los resultados correspondan a las grandes y legítimas esperanzas que en él se fundan.

En efecto, no basta simplemente la instrucción, es decir, no basta que la inteligencia se provea de conocimientos más o menos extensos, sino que es menester que esa instrucción sea proporcionada a las necesidades que se trata de remediar. Preciso es distinguir entre la curiosidad y la utilidad, dando resueltamente la preferencia a la última, y a este fin tienden todas las mejoras que diariamente se introducen en los métodos pedagógicos, buscando la economía del tiempo y las ventajas que proceden de una instrucción debidamente organizada. Así es que para estimar en su valor intrínseco los adelantos que la enseñanza ha alcanzado entre nosotros, conviene fijarse no sólo en su extensión, sino en lo que ella significa, esto es, en las materias que abarca, en el enlace que se les da y en los sistemas que se emplean.

Pues bien, si detenemos nuestras miradas en este punto, el entusiasmo que sintiéramos al principio, sufrirá un considerable descenso, pues no sólo hallaremos que los asuntos que más de cerca nos atañen ocupan en la instrucción un lugar bien insignificante, sino que los métodos adoptados para inculcar esos conocimientos están muy lejos de llenar su objeto. Concretándonos a la historia de nuestro país, fácil es ver que entre los diversos compendios escritos sobre ella, los autores se han fijado de preferencia en la narración de los hechos, relacionándolos con la exactitud de lugar y tiempo, y procurando aglomerar la mayor suma de acontecimientos, consignados con el laconismo propio de una obra de cortas dimensiones. Esto da por resultado que la historia llega a tomar cierto carácter de crónica fría y descarnada en que abundan poco las ideas generales, y en que la inteligencia se fatiga con un cúmulo de fechas y nombres propios que inspiran repulsión en vez de crear ese atractivo, ese interés, que son los que hacen verdaderamente fructuosos los trabajos intelectuales, y esto, no vacilamos en afirmarlo, es alejarse por completo del fin que deben tener estudios de esta naturaleza porque no basta saber que ha existido tal o cual personaje que ha desempeñado un papel importante en la historia, narrando los principales acontecimientos de su vida pública y privada, sino que es preciso trazar la fisonomía moral de este personaje, y valorar sus obras y su influencia, que es en lo que consiste la filosofía y la moralidad de la historia.

Aquí se presenta una cuestión que tocaremos sólo de paso, dejando para más tarde el tratarla con algún detenimiento; nos referimos a las condiciones de imparcialidad que deberían tener las obras históricas consagradas a los estudios preparatorios. Existen en nuestro país dos corrientes de ideas radicalmente opuestas, que tienden a presentar bajo aspectos diferentes todo el cuadro de nuestra historia. La escuela que podríamos llamar española, admiradora entusiasta de la nación que conquistó y dominó en nuestro país, está dispuesta a no escatimar sus elogios a los grandes capitanes que sobre las ruinas de las naciones indígenas echaron las bases del gobierno colonial, mientras que en frente de ésta se alza otra escuela, a la que daremos el nombre de mexicana, que examina los hechos bajo una luz muy distinta, haciendo recaer la condenación y el anatema sobre los hombres que por medio del hierro y el fuego obligaron al Nuevo Mundo a entrar en el regazo de la civilización cristiana.

Sucede en este caso lo que siempre tiene lugar en situaciones semejantes; la exageración, la pasión por la causa que se defiende, traspasa los límites de lo justo; porque ya no se procura encontrar la verdad sin una intención preconcebida, sino que se busca y escudriñan los hechos para fundar en ellos las pruebas de teorías ya formadas de antemano, imprimiendo de esta manera a la historia un carácter doctrinario, que conduce inevitablemente a errores trascendentales, favorables si se quiere a determinado sistema, pero muy peligrosos para quien da a la historia la importancia práctica que debe tener en la enseñanza y conducta moral de un pueblo.

Porque es preciso no echar en olvido la alta significación que estudios de esta clase tienen para una sociedad como la nuestra. El ilustre escritor M. Paul Janet, examinando las reformas que trató de introducir en la enseñanza el gobierno francés, el año 7º, se expresaba en estos términos: “La historia es hoy un estudio de absoluta necesidad; no solamente porque el espíritu histórico es uno de los rasgos característicos de nuestro siglo, sino también, y sobre todo, porque un país político no puede ignorar la historia. Bajo el régimen del poder absoluto, la historia es inútil y peligrosa; se notará que en el siglo XVII, nada es más raro que hallar en nuestros escritores clásicos una alusión a los acontecimientos y a los hombres de la historia nacional; pero luego que existen instituciones, que los súbditos se han convertido en ciudadanos, la historia del país y la de sus vecinos es una parte indispensable del patriotismo. ¿Cómo comprender alguna cosa de la política de su tiempo, sin conocer los acontecimientos que han precedido y traído los tiempos en que estamos?

Inútil es añadir que las palabras del filósofo francés son aplicables punto por punto a nuestra situación, estableciendo sobre ellas la conveniencia y necesidad de dar a los estudios de nuestra historia nacional, el lugar que merecen y que hasta ahora no han llegado a ocupar como era debido.

 

IV

La comparación que a menudo se forma entre los pueblos y los individuos, se funda en analogías positivas, que llegan a adquirir el carácter de verdaderas semejanzas; no es de extrañar por lo mismo que apelemos a símiles de esta naturaleza al tratar de materias como la que forma el objeto de los presentes artículos. Uno de los resortes más poderosos en la vida del hombre, es la fe en su propia energía, la seguridad de estar llamado a altos destinos, la noble ambición de salir del nivel vulgar en que se agita y hunde la gran masa del género humano. Por el contrario, ningún sentimiento puede ser más depresivo que el de juzgarse a sí mismo incapaz de todo lo grande y extraordinario, no siendo una exageración el asentar que el que se cree impotente para llevarse por sus solas fuerzas, jamás saldrá de la condición mediana e insignificante en que él mismo se ha circunscrito.

Esto es exactamente lo que ha pasado y pasa respecto de las naciones. Si la antigua Roma llegó a ser la señora del universo, sometiendo a sus dominios a todos los pueblos, entonces conocidos, y ejerciendo todavía hoy el influjo de su lengua, de su jurisprudencia y de sus instituciones, fue debido en gran parte a la creencia arraigada que desde temprano abrigó aquel pueblo extraordinario, de estar llamado a empuñar el cetro del mundo, sujetando a sus enemigos y haciéndolos servir al desarrollo de su alta misión histórica. Si penetramos en la vida moral de la República de Washington, hallaremos que el secreto de esa portentosa prosperidad, de esa grandeza sin ejemplo, reposa principalmente en lo que ella misma ha llamado “su destino manifiesto”, es decir, en el sentimiento de su propia pujanza, que arrolla y domina todos los obstáculos y ha hecho borrar de su diccionario la palabra imposible. Por el contrario, si vemos que la antigua monarquía azteca y las demás naciones que poblaban este continente, fueron con tanta facilidad subyugadas por un puñado de audaces aventureros, hay que buscar la explicación de ese fenómeno, extraño a primera vista, no tanto en la superioridad de elementos de que disponía la raza conquistadora y en los demás medios de que se valía para explotar sus celos y discordias, cuanto en la funesta preocupación que ofuscó a aquellos pueblos, de creerse fatalmente destinados al yugo extranjero, condenados por un decreto incontrastable de los dioses a ceder el campo y sucumbir sin remedio ante los que llamaron los hijos del sol.

Ese sentimiento funesto de inferioridad, parece haber perpetuado en la raza indígena al través de la dominación colonial y de la consumación de la independencia, manteniéndola en ese estado de miseria física y de abatimiento moral, con que hace a veces desesperar de su porvenir, y temer complicaciones futuras que pueden orillar a la patria a catástrofes irreparables. Porque en efecto, ¿qué vale proclamar los grandes principios de la democracia moderna, la igualdad política, los derechos imprescriptibles, las garantías inviolables que forman el credo de la escuela liberal, ante masas sordas a todas esas bellas palabras, insensibles a esas magníficas teorías, porque nacen y viven imbuidas en la deplorable preocupación de que siempre han de permanecer en una situación de inferioridad, de dependencia, que apaga en su seno el germen de todas las nobles aspiraciones en que se cifra el poder y grandeza de los pueblos?

Y no es éste el solo mal, sino que parece que la misma raza descendiente de la conquistadora no se ha preservado del contagio, sintiéndose también como destituida de todo porvenir, y limitando sus aspiraciones a vivir con el día presente, cual si abrigara la triste convicción de que no es ella la que imperará definitivamente en el suelo que ocupa, porque carece de fe en su propia energía y de esperanza para alzarse al nivel de las grandes potencias de la tierra.

Muy lejos nos llevarían estas consideraciones, pero no queriendo traspasar los límites que nos hemos impuesto en los presentes artículos, tenemos que volver a nuestro tema, buscando las causas del desconsolador fenómeno que dejamos señalado, e indicando al mismo tiempo el medio de cambiar en un sentido favorable las condiciones de las generaciones que nos sucedan.

El espectáculo grandioso de la civilización moderna, que se ofreció repentinamente a las miradas de la nación mexicana al realizar su independencia, produjo, como era natural, el deslumbramiento que experimenta quien habiendo permanecido largo tiempo en las tinieblas, contempla de improviso la luz del sol en la plenitud del día. Esta evolución de las ideas tuvo necesariamente un doble efecto, el deseo irreflexivo de ponerse de un salto a la altura de los pueblos que admiraba, y el odio y el desprecio a su manera de ser, en la cual no creyó encontrar nada más que motivos de aversión profunda. El resultado práctico de esta situación fue que la nación mexicana se forjara un ideal social y político al que tendió con todas sus fuerzas, mientras que no pudiendo destruir su pasado, se vengó de él condenándolo a un desdeñoso olvido.

Nada hay en todo esto que no se explique de una manera satisfactoria, dándonos al mismo tiempo la clave de nuestra historia moderna y del estado que guardan los espíritus en la sociedad actual. Las ilusiones de la juventud por bellas, por respetables que sean, no dejan por eso de ser esencialmente inconsistentes y fugaces, legando al desaparecer un vacío que se mide por sus primitivos encantos; reacción de duda, de escepticismo y de frialdad, que va más allá de la realidad de las cosas mismas. Cuando las sociedades se sienten decepcionadas en sus más halagüeñas esperanzas, porque ven que la lógica inexorable de los hechos viene a destruir los castillos aéreos que hubiera creado su entusiasmo, se verifica en ellas una de esas crisis que comprometen hasta cierto punto su existencia, pues no es posible que ningún ser humano, individual o colectivo, pueda vivir largo tiempo de puras negaciones.

Esta es precisamente la situación que guarda nuestro país en la actualidad. Por fortuna esos periodos peligrosos no pueden prolongarse largo tiempo: la enérgica vitalidad que mantiene y desarrolla los organismos, se hace sentir bien pronto, tomando por instrumento no va la sensibilidad dulcemente excitada o dolorosamente herida, sino la razón tranquila, que si no tiene el arrebato de la primera, posee en cambio el privilegio de producir obras más duraderas, como que se fundan en la verdad laboriosamente descubierta y establecida. Los pueblos, en efecto, experimentan entonces la necesidad de estudiarse a sí mismos, de examinar sus antecedentes, de formar el balance de sus aspiraciones para saber hasta qué punto se han extraviado y lo que tienen que hacer a fin de ponerse en el camino recto; en otros términos, estudiar seriamente su historia y todas las ciencias que con ella se relacionan, para establecer con sinceridad las bases de su desarrollo natural, dando de mano igualmente a la exageración de la utopía y a las desoladoras influencias de una filosofía escéptica.

En tales casos los gobiernos, sobre todo en países como el nuestro, están en la obligación de secundar eficazmente las aspiraciones generales. México ha marchado rápidamente en cierto sentido; pero esa misma rapidez ha hecho que sienta de una manera prematura los vacíos que deja todo desarrollo que no se efectúa armónicamente, y que disgustado de simples palabras busque algo más sólido sobre qué ejercer su actividad hoy enervada. En nuestro concepto, el medio seguro de colmar esos vacíos es dirigir la atención al estudio de nuestro país; porque la historia, como lo han dicho varios filósofos, es la gran maestra de los pueblos, y sólo ella puede darnos la preparación del porvenir. Si la lúgubre tradición de Quetzalcóatl parece que se cierne todavía sobre nuestro horizonte, pidamos resueltamente a la historia la fórmula para conjurar el siniestro fantasma, y estemos persuadidos que el resultado no se hará aguardar, haciendo renacer la fe en nuestros propios destinos, savia vivificadora sin la cual se paralizan y sucumben los pueblos mejor constituidos.

 

V

Aunque en los presentes artículos nos hemos fijado de preferencia en la historia de nuestro país, y de los demás estudios que con ella se relacionan, fácil es comprender que nuestras observaciones son igualmente aplicables a todas las ciencias, aun en aquellas que menos susceptibles parecen a primera vista de esa dirección especial. Si el genio mexicano, por causas que no son del caso referir, se ha limitado hasta ahora a reproducir e imitar, con muy raras excepciones, lo que se sabe y enseña en los pueblos más adelantados, tiempo es ya de buscar nuevas vías a su actividad, con lo cual a la vez que hará sentir saludables resultados en nuestra vida social, elevará en la consideración del mundo el nombre de la patria, oscurecido hoy y befado en el gran consejo de las naciones.

Porque es menester no echar en olvido el siglo en que vivimos; es menester conservar muy profundamente grabada la idea de lo que significa la civilización actual, el papel que en ella representan los diversos pueblos, y las obligaciones que les impone, so pena de quedar excluidos de ese majestuoso panteón levantado por el genio moderno. En efecto, hemos consignado en uno de nuestros anteriores artículos, la idea bien sabida de que la civilización de nuestro siglo es esencialmente cosmopolita, es decir, que no priva de sus beneficios a ningún pueblo ni a ninguna raza, pues a todos los llama para hacerlos partícipes de las grandes y gloriosas conquistas que ha realizado la humanidad. Hoy han desaparecido aquellas barreras odiosas que mantenían como enemigas a las diversas nacionalidades: nadie hace misterio de los procedimientos que emplea en el desarrollo de su industria, ni se vale de las materias que inspira una política mezquina para mantener monopolios imposibles, y contar la ruina ajena como un elemento indispensable de labrar el propio bienestar.

La publicidad prodigiosa que hoy tiene todas las ideas, arrollaría con fuerza irresistible ese cúmulo de raquíticas trabas que se arrojaban antiguamente al pomposo título de ciencia política; pero aun cuando eso no fuera, las sabias lecciones de una larga experiencia han venido a demostrar a los pueblos que el mundo es muy amplio para que se pueda mover libremente cada uno sin necesidad de estorbarse; que la competencia de ciencia y trabajo que entre ellos se ha establecido favorece su mutuo progreso; que el aumento de la riqueza común es beneficioso para todos, consistiendo éste en la mejor explotación de los elementos que encierra nuestro planeta, elementos bastantes para satisfacer todas las ambiciones, para cubrir todas las exigencias y para emancipar más cada día el género humano de infinidad de males, que antes parecían inherentes a su naturaleza.

De aquí ha provenido esa especie de grandiosa ambición que agita a los pueblos modernos, para llevar su contingente a la obra gigantesca del progreso universal; de aquí ha provenido ese orgullo de no quererse quedar atrás ninguno en la marcha triunfal de nuestro siglo; de aquí ha provenido, en fin; ese espíritu nivelador y justo, que sólo rinde culto al mérito positivo, y que castiga con desdeñoso sarcasmo a la nulidad infatuada por el éxito pasajero de una fortuna que todavía ejerce su imperio en las saciedades semibárbaras. Claro es que en esta situación, los pueblos que aspiran a subir y figurar en ese magnífico escenario que se llama el siglo XIX, no se contentan con permanecer estancados en una medianía filosófica, sino que se esfuerzan por elevarse a la altura de los más avanzados, no limitándose a la repetición monótona de lo que los otros dicen o inventan, sino inventando por su parte o perfeccionando lo que los demás han descubierto en la vasta oficina de la moderna civilización.

Ahora bien, ¿qué es lo que hemos hecho nosotros en medio de ese certamen titánico de pueblos y de continentes? ¿Cuáles son los títulos que podemos presentar para ocupar un lugar digno en el congreso de las naciones civilizadas? ¿Qué verdad trascendental ha brotado de algún cerebro mexicano, que inspire en los demás pueblos el respeto al nombre de la patria? Fuerza es decirlo; la respuesta tiene que ser negativa por más que sufra nuestro amor propio. Pero, ¿es que la naturaleza se ha manifestado avara de sus dotes con los dueños de suelo tan privilegiado? ¿Es que la inteligencia humana ha recorrido toda la esfera de su poder, no quedándole ya más que volver sobre sus pasos, agotada irremediablemente su proverbial actividad? Guardémonos de calumniar a la madre común, que harto pródiga se ha manifestado con las razas que concurren a formar la sociedad mexicana, cuya esterilidad para el verdadero progreso debe buscarse en causas menos elevadas y más al alcance de nuestro poder y voluntad.

En cuanto a la impotencia del espíritu humano para marchar más allá del nec plus ultra que marca un desaliento impío, basta observar el estupendo vuelo que han desplegado las ciencias, las artes y la industria, para convencerse que cada nuevo paso engrandece el campo de la observación, presentándose siempre horizontes indefinidos a la mirada investigadora del hombre pensador. Jamás se había sentido con tal fuerza la verdad de la promesa evangélica, buscad y encontraréis, como en este siglo indagador y audaz, del que puede decirse sin exageración que cada uno de sus días va marcado con un nombre glorioso, con una conquista inmortal, con un avance atrevido en el templo misterioso de la naturaleza. Y cuando se reflexiona en los secretos no explorados de la inmensa región que habitamos; cuando se fija la atención en esos tesoros que permanecen sustraídos a la ciencia, y que pueden sin duda aumentar en proporción incalculable la suma de goces y de bienestar de la humanidad, entonces queda uno convencido de que el genio mexicano no tiene más que hacer un esfuerzo para desplegar las alas, sacudir las ligas de la rutina, adquirir un poco de confianza en sí mismo para lanzarse osado en ese palenque donde hay coronas para todas las sienes que palpitan con la acción enérgica del pensamiento.

Llegados a este punto podemos establecer como un hecho que nuestra sociedad, surcada en todas direcciones por el rayo de la revolución, desquiciada, anarquizada si se quiere, toca los límites de una crisis a que la ha orillado una larga y trabajosa preparación, sintiéndose impelida casi a pesar suyo por el soplo irresistible del siglo, por el círculo de luz que nos rodea, y al que se habitúan poco a poco los ojos deslumbrados en el primer momento. El oscurantismo, el retroceso, la preocupación rancia y envidiosa no pueden ya vivir impunemente en medio del movimiento universal que todo lo avasalla, y esto en particular cuando se trata de un país cuya posición excepcional es una alternativa ineludible de grandeza o aniquilamiento. Pero, ¿en dónde se encontrará el punto de apoyo para dar ese primer empuje? ¿Quién pronunciará esa voz que ligue y conduzca todas las aspiraciones que hoy divagan y se agotan abandonadas a sus solas fuerzas? La respuesta se halla en la conciencia de la sociedad misma, que ilustrada cada día más por el soberbio espectáculo del mundo que la rodea, comprende mejor que en el análisis de sus propias fuerzas, en el conocimiento de sus propios elementos reposa el secreto de su grandeza, la curación radical de los males que la aquejan y la conquista del puesto que le corresponde en el templo majestuoso de la civilización.

 

Tomado de: Ortega y Medina Juan A. Polémicas y Ensayos Mexicanos en Torno a la Historia. México, UNAM [IIH, Serie Documental 8] 1992. 479 págs. pp. 257-278