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1870 Carta de Juárez sobre la guerrilla publicada en LE RAPPEL

18 de Diciembre de 1870

Querido Joaquín:

Su silencio sobre mi carta fechada en México el 8 de diciembre, me hace temer que no la haya recibido, a pesar de que le fue enviada por conducto diplomático.

Además, probablemente no ha recibido usted el Mensaje del Comité Republicano de los Dos Mundos, que don Antonio Ortiz y Carvajal le envió por el mismo correo, con la petición de darle la mayor publicidad posible.

Pero el Faro de Loire, y, después de él, otros periódicos de provincia importantes, deben haberlo publicado, sin duda.

El mensaje, dictado por la más cordial simpatía, y que tuve el honor de ser uno de los primeros en firmar, está destinado por sus autores no sólo a transmitir al infortunado pueblo francés la expresión de nuestra admiración y buenos deseos, sino también, y sobre todo, a eliminar de su mente cualquier duda acerca de los sentimientos fraternales que animan a todos los verdaderos mexicanos hacia la noble N ación a la que tanto debe la sagrada causa de la libertad, y a la que nunca hemos confundido con el infame gobierno de Bonaparte.

Es por eso, si es verdad -como estamos convencidos de que lo es aquí como en 'Washington-, que existe un tratado secreto entre Bismarck y Napoleón encaminado a la restauración del Imperio; es por eso (por lo) que el Mensaje en cuestión no habrá encontrado seguramente el favor de la policía postal alemana.

Sin embargo, querido amigo, para revelarle sólo mis sentimientos personales, que, lo sé, son compartidos por nuestro mundo político, así como la derrota del tunante que durante cinco años sembró la muerte y el pillaje a través de nuestro hermoso país, me ha inspirado una alegría indescriptible; así como su caída, que fue digna de su elevación a la vez trágica y grotesca, me ha llenado de gozo como republicano y como mexicano; así también, en la misma medida, me ha entristecido profundamente la continuación de la guerra por el rey prusiano y los horrores que de ello resultan.

No obstante, si aparta uno la vista de las escenas de matanza y devastación, si logra uno alejar las angustias del presente para mirar y contemplar el futuro infinito, dirá que el espantoso cataclismo que amenaza hundir a Francia es, por el contrario, la señal de su ascenso. Pues está volviendo a su gran vida política, sin la cual una Nación, por mucho que valga en la literatura, la ciencia y el arte, es sólo un rebaño humano encerrado en el cuartel o en la sacristía, las dos guaridas seculares del despotismo que mis amigos y yo hemos estado tratando de destruir en México.

Pero ¿quién podría dudar del triunfo final de Francia, si quiere o, más bien dicho, si sabe como querer el triunfo?

Digo si sabe cómo querer; pues, aunque las noticias de las provincias no invadidas revelan una energía y un patriotismo admirables, a la altura de las circunstancias, no puedo dejar de sentir una seria preocupación cuando reflexiono en las cualidades y los defectos esenciales del soldado francés, enamorado del choque en orden de batalla, donde su fiero valor pueda ser fácilmente desplegado ante testigos, pero poco preparado para la lucha guerrillera, que es la única guerra de defensa real, la única efectiva contra un invasor victorioso.

Ciertamente, gracias a la maravillosa actividad de ese pueblo y a su espíritu marcial, sobreexcitado por la vergüenza de la ocupación extranjera, los grandes ejércitos de 150000 a 200 000 hombres organizados de prisa por el ilustre ciudadano Gambetta, pueden, si se les dirige con habilidad, desbaratar la invasión alemana en dos o tres batallas.

Pero ésa es sólo una posibilidad; está lejos de ser: una certidumbre. Ahora, en la actual situación, extremadamente crítica, de Francia, la salud pública exige desechar todos los métodos que pueden conducir. a la derrota; porque las consecuencias de ésta, serán incalculables.

Si yo tuviera ahora el honor de dirigir los destinos de Francia, no haría nada diferente de lo que hice en nuestro amado país de 1862 a 1867, a fin de triunfar sobre el enemigo.

No grandes cuerpos de tropas que se mueven con lentitud, que es difícil alimentar en un país devastado y que se desmoralizan fácilmente después de un descalabro; sino cuerpos de 15, 20 o 30 mil hombres a lo más, ligados por columnas volantes a fin de que puedan prestarse ayuda con rapidez, si fuere necesario; hostigando al enemigo de día y de noche, exterminando a sus hombres, aislando y destruyendo sus convoyes, no dándole ni reposo, ni sueño, ni provisiones, ni municiones; desgastándolo poco a poco en todo el país ocupado; y, finalmente obligándolo a capitular, prisionero de sus conquistas, o a salvar los destrozados restos de sus fuerzas mediante una retirada rápida.

Esa es, como, sabe usted, toda la historia de la liberación de México. Y si el despreciable Bazaine, digno sirviente de un despreciable emperador quiere emplear el ocio que su odiosa traición le ha procurado, él es el más indicado para ilustrar a sus compatriotas sobre la invencibilidad de las guerrillas que luchan por la independencia de un país.

Pero surge otra cuestión que para un país centralizado como Francia parece terrible: ¿Puede sostenerse París hasta que un ejército de socorro levante el bloqueo? ¿Y qué sucederá si París cae por hambre o es tomado por la fuerza?

Los periódicos y la correspondencia política insisten sin cesar sobre este punto, que parece ser el nudo gordiano de la cuestión franco-alemana: "¿Se sostendrá París?”.

¡Muy bien! Admitamos por un momento que París sufre la suerte de Sedán y Metz. ¿Qué vendrá después? ¿Acaso París es Francia? Políticamente, sí, durante los últimos ochenta años. Pero hoy, cuando las consideraciones militares deben tener preferencia sobre las demás, ¿por qué la caída de París ha de llevar consigo necesariamente la caída de Francia? E inclusive si el rey de Prusia instala su corte en el Palacio dé Tullerías, que está saturado aún de la infecciosa enfermedad del bonapartismo, ¿por qué ha de desmoralizar esta fantasmagoría a dos o tres millones de ciudadanos armados para la defensa de su suelo, de un extremo a otro del país?

Maximiliano estuvo en el trono de México durante cuatro años; pero esto no lo salvó de purgar su crimen en el Campo de Marte de Querétaro, en tanto que la soberanía nacional regresaba triunfante a la ciudad de Moctezuma.

Durante esos cuatro años, cuando el único poder legítimo andaba errante como fugitivo del Río Grande al Sacramento, muchos patriotas probados, muchos que se habían templado en la lucha contra la adversidad, empezaron a abrigar dudas sobre la eficacia de nuestros esfuerzos y a negar nuestra futura liberación.

En cuanto a mí -y éste es mi único mérito-, ayudado por algunos patriotas indomables como Porfirio Díaz, Escobedo, Álvarez, (González) Ortega, mi fe no vaciló nunca.

A veces, cuando me rodeaba la defección como resultado de aplastantes reveses, mi espíritu se sentía profundamente deprimido. Pero inmediatamente reaccionaba. Recordando aquel verso inmortal del más grande de los poetas: "ninguno ha caído, si uno solo permanece en pie", entonces más que nunca me resolvía yo a llevar hasta el fin la lucha despiadada, inmisericorde para la expulsión del intruso.

Dios ha coronado mis esfuerzos y los de tantos valientes, muchos de los cuales ¡ay!, han pagado con su vida nuestra fe común en nuestro país y en la República.

Tengo la esperanza de que lo mismo pasará con Francia. Su causa, desde la caída de Bonaparte, ha sido la de todos los pueblos libres. Esta verdad ha sido tan bien entendida por los demócratas mexicanos que seiscientos veteranos de la lucha por la independencia, los mismos que durante cinco años sostuvieron la guerra justa contra las tropas de Bazaine y Dupin, consideran su deber embarcarse en Veracruz para Nueva York.

Armados y equipados a su propia costa, intentan partir de allá para incorporarse a las fuerzas del glorioso Garibaldi. Y estoy orgulloso de proclamado: la Legión Mexicana es digna de combatir al lado del ejército francés regenerado, por la sagrada causa de la república universal.

Con todo mi corazón

BENITO JUÁREZ

Cuernavaca, diciembre 18 de 1870.