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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1869 Relaciones Diplomáticas entre México y las Naciones Europeas

Francisco Zarco, 4 de Agosto de 1869

Al derrumbarse el efímero trono del archiduque Maximiliano, de hecho quedaron interrumpidas las relaciones entre el gobierno legítimo de México y los gobiernos de las potencias europeas que reconocieron al imperio. Para esta interrupción no hubo ningún género de declaraciones de la República ni de aquellos gobiernos; las Legaciones europeas se retiraron antes o después de la tragedia de Querétaro, sin tratar para nada con el gobierno republicano, y por nuestra parte no hubo necesidad de dictar ninguna medida respecto de agentes que por sí mismos reconocieron que había terminado la misión diplomática de que estaban investidos.

Hoy se alega por todas las cancillerías para disimular el error en que incurrieron, que se vieron en la imprescindible necesidad de reconocer un gobierno de facto, pero que no por eso pretendieron mezclarse en los negocios internos de México. Los gobiernos de Europa, sin excepción de los de Inglaterra y España, cedieron entonces, no a esta necesidad, sino a la influencia omnipotente de Napoleón III, y cedieron también a la tentación de fundar una monarquía en América y de atajar el progreso del coloso de la Unión americana. La Inglaterra y la España, signatarias cíe la convención tripartita cíe Londres, engañarlas, befadas, y escarnecidas por el César francés desde que en las conferencias de Orizaba se violaron los preliminares de la Soledad, eran las potencias que por propio decoro debían haberse negado a reconocer al llamado imperio mexicano, puesto que sabían cómo se había constituido y que su erección no era más que un acto de usurpación y de inaudita violencia. Pero cedieron a las exigencias de las Tullerías, y devorando sus propios agravios, vinieron a prestar su apoyo moral al archiduque austríaco.

La diplomacia europea ha hecho fiasco en los negocios de México, y ha visto frustrada la esperanza de que la caída del imperio fuera el principio de una interminable anarquía, y ni siquiera han tenido el gusto de que los demagogos mexicanos se ensañaran contra los europeos.

Por parte de México la experiencia ha venido a enseñar que la legitimidad de los gobiernos consiste en la voluntad de los pueblos que los eligen o los sostienen, y no en el reconocimiento de las potencias extranjeras, tan empeñosamente procurado por las naciones americanas al conquistar su independencia. Los hechos también han venido a demostrar que no son indispensables las relaciones diplomáticas de gobierno a gobierno, para que reine la fraternidad de pueblo a pueblo, ni para que se desarrollen las relaciones comerciales con recíproca utilidad y conveniencia. Los hechos, por último, han demostrado que sin tratados, sin fórmulas diplomáticas los extranjeros en México, en sus personas y en sus intereses, gozan de las más amplias garantías bajo la égida de nuestras leyes y bajo el amparo de nuestras autoridades.

El gobierno de México, que tuvo enregía y decoro suficientes para desechar las gestiones de las potencias europeas y de los Estados Unidos en favor de Maximiliano, se trazó una política extranjera que mereció la aprobación de la República, porque consistía en hacer efectiva la independencia de México, y no consentir ninguna extraña influencia en nuestros negocios interiores.

Las declaraciones de considerar rotos los antiguos tratados, pero estar dispuestos a renovarlos bajo bases de equidad y de justicia, siempre que a ello fuere invitada la República, estas declaraciones, decimos, merecieron la más completa aprobación del país, a ellas se asoció la representación nacional, y no han causado extrañeza en las Cortes europeas, donde parece conocerse mejor que aquí cuán grave fue el error de haber reconocido al llamado imperio.

El gobierno de México no podía, no debía, sin faltar al decoro de la República y sin hacer estériles todos sus sacrificios, salir de una política cíe mera expectativa. Esta política, en nuestro concepto, plenamente aprobada por el país, ha dado buenos resultados y no ha producido la menor complicación ni la más ligera dificultad.

A esta política, prudente y decorosa, se ha unido el hecho innegable de la seguridad y de las garantías de que disfrutan los extranjeros en México, hecho que ha desvanecido el efecto de las calumnias y de las injurias que contra nosotros se preparan en Europa.

Como resultado de la política del gobierno pueden enumerarse la venida a la República de un agente de la confederación de la Alemania del Norte, que según parece ha firmado ya un tratado de comercio; la resolución de Italia de estrechar sus relaciones con México; las repetidas declaraciones del gobierno de España, de su deseo de cultivar relaciones con la República, declaraciones que han sido acompañadas de la circunstancia, nueva hasta ahora, de que el jefe de un gabinete europeo haya hecho en pleno parlamento la defensa de nuestro país y de nuestro gobierno; las manifestaciones de la Inglaterra de que está dispuesta a reanudar sus relaciones diplomáticas, aunque no cree que conviene a su dignidad tomar la iniciativa en el asunto; y por último, la actitud de la misma Francia, que acaso busca medio de volver a tratar con México, anhelando que sobre el pasado caiga el denso velo del olvido.

El estado de la cuestión de México en Europa se halla extensamente descrito en la carta de París que publicamos el 30 de julio anterior...

En ella se encuentra la declaración de míster Otway en el parlamento inglés, la de míster Delbrook en el parlamento alemán, la noble defensa de México, hecha en las cortes españolas por el general Prim; y por último el brillante artículo de Luis Blanc en apoyo de la política de abstención observada por nuestro gobierno.

De estos documentos, que no pueden ser de carácter más significativo, se desprende el hecho notorio de que la política seguida por el gobierno de México, ha sido digna y acertada, y de que no ha suscitado a la República peligros ni conflictos exteriores, sino que por el contrario, la ha librado de complicaciones y ha mantenido muy alta la dignidad nacional. Estos mismos documentos son la mejor defensa del gobierno contra los ataques violentos y apasionados que el espíritu de partido le ha lanzado,porque no se apresura a solicitar, a implorar humildemente que se renueven los tratados y se restablezcan las relaciones diplomáticas entre México y las potencias europeas.