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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1869 Las Elecciones. El Resultado

Francisco Zarco, 3 de Agosto de 1869

Lo venimos diciendo desde que se inició la lucha electoral, y lo repetirnos hoy: el resultado de las elecciones debe aceptarse y reconocerse como expresión genuina de la voluntad de la mayoría de la nación, única fuente de legitimidad en la República. No tenernos motivos para cambiar de opinión: la renovación del poder legislativo va a hacerse dentro del orden legal; el quinto congreso de la Unión será un poder legítimo, derivado del pueblo, y así seguirá sin trastornos ni dificultades el régimen pacífico de las instituciones.

Hemos tratado con sinceridad y buena fe varias de las cuestiones que se han suscitado con motivo de las elecciones, absteniéndonos sólo de hacer descender las polémicas a ruines personalidades. Perseveramos en creer que es imperfecto nuestro actual sistema eleccionario y en aspirar a una reforma radical que consista en establecer la elección directa y en quitar toda traba a la libertad del sufragio, hasta que sea una verdad práctica que todo ciudadano es elector y elegible. Creemos que esta reforma en la ley ha de operar un cambio saludable en nuestras costumbres políticas, llamando a mayor número de ciudadanos a la vida pública, haciendo raros los casos de abusos y alejando de las urnas toda influencia oficial. Pero entre tanto puede llegarse a la reforma que anhelamos, debemos aceptar el sistema actual,una vez que es el único medio de renovar los poderes públicos y de conservar las instituciones, que sólo a fuerza de ser practicadas pueden consolidarse y perfeccionarse.

Aun cuando se nos apellide doctrinarios y partidarios de la teoría del país legal, no hemos de omitir esfuerzo por el mantenimiento de la paz, que es la primera necesidad y la más apremiante aspiración de la República. No sostenemos que todo está bien, no creemos atravesar la mejor de las situaciones posibles, ni nos engolfamos en un solado optimismo; pero sí abrigamos la convicción de que la más espantosa de las calamidades que desatarse pudiera sobre México, sería la renovación de la guerra civil, mientras que a la sombra bienhechora y vivificante de la paz, pueden gradualmente remediarse los males públicos, extirparse los abusos, introducirse las reformas útiles, y aun realizarse la unión de todos los buenos mexicanos en torno del estandarte de la independencia. Queremos, pues, la conservación del orden legal, y rechazamos y abominamos cuanto conduzca a la guerra civil. No por esto prescindimos de nuestra aspiración constante al progreso y a la reforma; pero deseamos verla realizada por medios pacíficos y legales.

Esto explica nuestro empeño en que se observen las buenas prácticas parlamentarias, en que las luchas de los partidos tengan lugar en la prensa y en la tribuna, en que por todos sea respetada la decisión de la mayoría, en que las cuestiones políticas sean resueltas por el pueblo en las urnas electorales, y en que el resultado de las elecciones sea reconocido como fuente única de legitimidad. Anhelamos que todos comprendan que las elecciones son el medio seguro de introducir grandes cambios, de realizar importantes innovaciones, y de conquistar saludables reformas. Anhelamos también que todos reprueben y condenen los medios violentos, los trastornos y las perturbaciones, para que no ciemos al mundo el escándalo de renovar la era de Ios pronunciamientos y de las asonadas militares.

Bajo este aspecto hemos considerado las elecciones de 1869, sin ocultársenos ni los defectos de la ley electoral vigente, ni los abusos que a su sombra pueden cometrse. Pero a pesar de estos defectos y de estos abusos, el mantenimiento del orden legal y la renovación de la legislatura por los medios que él establece, son sin duda preferibles a la anarquía o a la dictadura, y téngase en cuenta que dictadura tiene que ser fatalmente todo poder que no se derive de la Constitución.

Las elecciones han sido más animadas, más agitadas que de costumbre, y esta novedad. es plausible, porque demuestra que la cosa pública es vista ya con más interés por mayor número de ciudadanos. Ojalá y andando el tiempo no haya quien se abstenga de tomar parte en las elecciones! Así el pueblo será el guardián de sus libertades, y serán imposibles todo abuso y toda violencia.

Como lo habíamos previsto desde las luchas de la prensa y cae la tribuna, que preludiaron la campaña electoral, en ella no ha habido cuestiones de principios políticos, ni verdadero antagonismo de ideas. No se han puesto frente a frente liberales y conservadores, no han luchado republicanos y monarquistas, ni han combatido patriotas contra traidores. Y sin embargo, ha habido verdadera lucha; pero ésta ha sitio entre fracciones del partido liberal, entre círculos políticos que no son cada uno de por sí verdaderos partidos. Y es preciso reconocerlo y hacerlo notar a los más apasionados: estas discordias, estas luchas, estas contiendas, apenas han conmovido al país, y nilos rencores ni los resentimientos, ni los aplausos, ni las alabanzas han encontrado eco en la mayoría del país, que ha visto con indiferencia y con hastío la división de ministeriales y oposicionistas.

Difícil como es todavía conocer lo que será el futuro congreso, el resultado general de las elecciones parece ser una lección de buen sentido, dada por el país a sus hombres públicos, y al mismo tiempo un llamamiento a la unión y a la reconciliación de los buenos liberales.

No seremos eco de apasionadas quejas ni de exageradas recriminaciones que parten de los vencidos en uno y otro lado; pero sí haremos notar que en muchos distritos han fracasado las candidaturas ministeriales lo mismo que las oposicionistas, y los electores, dando pruebas de completa independencia, se han fijado en hombres nuevos, enteramente extraños a las luchas que en el último bienio han dividido al partido liberal.

En otros distritos la elección ha recaído en ciudadanos que figuran hace tiempo en la escena política; pero que en esta última época no se han apasionado y se han conducido con imparcialidad, con independencia y con desinterés.

En varios Estados ha habido reelecciones de diputados ministeriales; pero en algunos ha sido completo el triunfo de la oposición.

La variedad misma de estos resultados prueba que son exagerados y acaso falsos muchos de los clamores que se han levantado por los vencidos, contra la presión oficial, contra la corrupción, contra manejos ilícitos y reprobados.

Parece que en el próximo congreso estarán representados todos los matices del partido republicano, y esto indica que ha habido libertad electoral.

No es nuestro ánimo defender la legalidad de todas las elecciones. Puede haber habido graves abusos, puede haber sido falseada la opinión pública; pero estos abusos todavía pueden tener remedio si se hacen valer oportunamente al revisarse las credenciales. Este acto será de grande importancia, y en él es preciso que no haya más norte ni más guía, que la observancia de la ley. Así el Congreso ganará muchísimo en prestigo y en respetabilidad.

A pesar de las muchas reelecciones que ha habido, el futuro congreso va a tener una fisonomía muy distinta de la de su antecesor. Los hombres nuevos que han merecido la confianza de los electores, son extraños a las luchas de la última legislatura, y no se han de prestar a venir a prolongarlas ni a suscitar cuestiones sobre las que es tiempo ya de echar el velo del olvido. Esos ciudadanos traerán acaso nuevas ideas y aspiraciones; y así, en el futuro congreso habrá, como siempre, un partido de oposición; pero no será el mismo del congreso anterior.

Las cuestiones políticas pendientes, sólo pueden tener solución cuando esté constituida la nueva asamblea. ¡Ojalá y ella comprenda que el país anhela la paz, el orden, la libertad y la prosperidad material, y que está cansado de luchas estériles y de fatales discordias!

Es un síntoma de estabilidad de las instituciones, que los poderes públicos se renueven por medio del sufragio del pueblo, es señal de vitalidad que sea agitada la lucha electoral; y el resultado general de las elecciones de 1869 está demostrando que el país desea mantener y preservar las instituciones, y anhela que cese todo género de discordias, y que los poderes públicos se afanen por conseguir el afianzamiento del orden y de la libertad.

Este resultado debe ser aceptado y reconocido por el país entero, y admitido como la continuación del régimen legal, sea cual fuere el partido que tenga mayoría en el quinto congreso constitucional.