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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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El verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención francesa (1904)

Francisco Bulnes

EL VERDADERO JUÁREZ

La Intervención formó parte de la rebelión del Sur; fue la rebelión de Napoleón III contra la doctrina Monroe. Para que Napoleón se hubiera rebelado era indispensable que la guerra civil en los Estados Unidos indicase el triunfo cierto del Sur. La Intervención fue el anuncio de un hecho muy favorable a México, la guerra civil en el gran país vecino, que terminó con la destrucción de un partido preponderante que había encontrado como único medio de sostener su edificio social político, la absorción gradual de México. Debido a las necesidades de un partido organizado para la ejecución de un gran crimen social como la esclavitud, México perdió en los primeros cuarenta años de su existencia independiente más de la mitad de su territorio y los cuarenta y tres años siguientes no ha perdido ni un centímetro cuadrado.

La situación de México anterior a la Intervención era intolerable. La anarquía clavada en la cúspide de la barbarie aparecía como un gran deber. Sin rentas públicas no puede haber gobierno y sin gobierno no puede haber sociedad. La diplomacia protegiendo a los agiotistas voraces, a los caballeros de industria más impuros, a los corruptores más cínicos, a los defraudadores del erario más implacables, se había constituido en instrumento de iniquidad para despojar a México de todas sus rentas públicas por medio de las llamadas convenciones diplomáticas.

La Europa era injusta, había afirmado con la fuerza el inicuo principio de que México debía pagar los agravios hechos a europeos por particulares pacíficos o rebeldes: el gobierno mexicano era responsable de todos los robos, de todos los asesinatos, de todas las violaciones, de todas las estafas, de todos los malos negocios que perjudicaban a los extranjeros. Ser extranjero llegó a significar ser un amo natural de los mexicanos. Bastaba, como lo llegaron a declarar excepcionales diplomáticos honrados, que un extranjero consiguiera por una falta de policía o por una intriga, entrar tres días a la cárcel, para que figurara con cincuenta o cien mil pesos como acreedor del erario mexicano en una convención diplomática. Bastaba que un agiotista extranjero, comprara al tres por ciento algunos millones de pesos de deuda interior, para que se declarasen esos millones deuda extranjera preferente, pagadera a la par, con réditos atrasados y corrientes, con daños y perjuicios, con comisiones y compensaciones, o en caso contrario, aparecían en Veracruz poderosas escuadras ofreciendo el aniquilamiento de la nación mexicana.

Bajo ese pie de humillación, de despojo, de esclavitud, de miseria, de obligación de despedazarse entre sí los mexicanos, como fieras hambrientas por falta de gobierno y por destrucción sistemática de todo elememo de riqueza, ya no era posible vivir. Aquel estado era peor que la servidumbre colonial, peor que el de las tribus libres de África; peor que el que podía resultar de las más funesta guerra extranjera constantemente sostenida. La guerra con Europa era necesaria; la salvación del régimen siniestro diplomático o la muerte, o la conquista, o algo que no fuera estar sujeta la nación a un sistema de robo de agiotistas, se imponía a los mexicanos. Era preciso liquidar con sangre, con sufrimientos, con cólera espantosas, con energías de bestias acosadas y con rasgos levantados de héroes, los numerosos millones de pesos, que no hacían más que crecer, multiplicarse, inflarse y desplomarse sobre nuestra existencia, como la tapa colosal de oro de una horrible cripta.

La guerra de Independencia nos libró del sistema colonial, la Reforma de la dominación del clero, la de hltervención del yugo fenicio diplomático.

La Intervención sirvió para curar a los conservadores de la enfermedad mental de los gobiernos fuertes constituidos por monarquías de origen europeo. Un gobierno no es fuerte por su forma. Los de Felipe II y Carlos II en España, tenían la misma forma y muy distinta fuerza. Ungobierno es fuerte cuando es la expresión de la fuerza de su medio social, y si este medio no tiene fuerza, entonces no puede haber más que anarquía y el necesario gobierno fuerte es imposible.

La Intervención causó disgusto a los conservadores y ya no volverán a colocar sus esperanzas en que sus principios triunfen por medio de las armas extranjeras. El clero se convenció también de que en los tiempos modernos ya no hay cruzadas, ni monarcas católicos que hagan conquistas por la fe, empuñando el estandarte de Constantino, Carlomagno y Hernán Cortes. La Intervención causó la nacionalización del clero y de sus numerosos partidarios.

La Intervención no se llevó capitales, dejo en México más de cincuenta millones de pesos, procedentes de los gastos hechos por el ejército francés; los empréstitos que hizo Maximiliano en Europa fueron ruinosos para el pueblo francés. El dinero invertido en México por el ejército francés hizo que al entrar Juárez en 1867, las rentas federales, produjeran diez y seis millones, en vez de nueve, como en 1861.

Parte del clero y de sus ovejas creían de buena fe según los escritos, sermones, y discursos de la época, que la libertad de cultos era la ruina inevitable y rápida de la religión católica. Se creía seriamente que los mexicanos eran católicos porque el gobierno les negaba el derecho de ser budistas, musulmanes o luteranos. La iglesia se estremecía de espanto al considerar las conquistas devoradas del error evaporando los jugos religiosos de las almas y dejando una escoria atea en la conciencia de cada individuo. Siete años continuos de libertad de cultos, de 1861 a 1867, probaron al clero y a los fieles que la alarma había sido pueril y los grandes males amenazantes, la pesadilla de sólo una noche. La Intervención, impidiendo la rebelión del partido clerical, entretenido con la gragea de la comisión mandada a Roma por el Archiduque Maximiliano, dio tiempo a que los írritos se calmasen, a que los afligidos se consolaran y a que los desolados se repusieran. Después de la Intervención, las Leyes de Reforma tuvieron enemigos apáticos en vías de conversión.

Actualmente no hay periódico clerical que combata la libertad de cultos y los esfuerzos del clero tienden a un concordato liberal aunque imposible por haber pasado ya en el mundo la moda de que las naciones contraten sus leyes patrias con personajes extranjeros. Todos los pueblos civilizados reconocen los grandes principios fundamentales de la soberanía individual y del Estado. El gobierno no tiene derecho para hacer tratos con las conciencias de sus gobernados, absolutamente soberanos en las regiones de su inteligencia. El poder espiritual lo posee todo el que piensa y es soberano espiritual todo aquel que le impone al mundo una verdad o le destruye un pernicioso error.

Llevamos treinta y siete años de sostener una injusticia para satisfacer las necesidades filosóficas y ruines de nuestro espíritu latino, afligido por una decrepitud sin dignidad. Se nos ha repetido sin cesar: Juárez por su constancia personifica nuestra guerra contra la Intervención y el Imperio. ¿Acaso no fueron igualmente constantes los grandes caudillos de esa lucha, como los Generales Zaragoza, Arteaga, Salazar, Díaz, Escobedo, Corona, Régules y otros menos notables que, seguidos por jefes y oficiales verdaderamente inmaculados, jamás reconocieron al Imperio y constantemente lo combatieron sin más esperanza personal que la muerte en el combate, en la montaña como las bestias o la ejecución por la corte marcial? ¿No fueron también constantes los caciques de Chihuahua, de Sonora, de Sinaloa, de Guerrero y de Tamaulipas?

Juárez, permaneciendo en su puesto, desplegó constancia y gran falta de habilidad, y por ella la resistencia estuvo a punto de terminar, si a tiempo la actitud de los Estados Unidos no hubiera hecho cesar en gran parte la persecución activa contra los últimos restos de los republicanos acosados por el ejercito francés. La peregrinación de Juárez de México a San Luis fue una fiesta admirablemente descrita por Don José María Iglesias. La permanencia de Juárez en San Luis, Saltillo, Monterrey, Paso del Norte y sobre todo Chihuahua, fue agradable, confortable, saludable e higiénica; todavía más, bajo el punto de vista material fue envidiable. Juárez tiene el primer lugar en la resistencia puramente decorativa, puesto que tenía el primer lugar oficial: pero la historia no se somete a jerarquías oficiales, ni de salón, ni administrativas.

Juárez siempre durmió en buena cama, disfrutó de buena mesa, se tonificó con delicados vinos, conversó con excelentes amigos, tuvo al alcance de sus enfermedades notables médicos y recomendables medicinas; tuvo siempre pueblos a quienes imponer contribuciones pesadas que las pagaron, con gusto o renegando por las exacciones; tuvo empleados que lo obedecieran y lo adularan; sociedades que lo divirtieran, lo elogiaran, lo granjeasen y lo regalasen; en su peregrinación no tuvo más que molestias y entre ellas se puede contar el contratiempo de Monterrey. Todas las comodidades de la vida civilizada, con todos los atractivos que puede presentar a los hombres más refinados. Juárez fue un delicado tourista que pasó menos trabajos que el Barón de Humboldt en sus exploraciones menos peligrosas y más agradables. Es una ingratitud contra los chihuahuenses que después que se esmeraron con su dinero, su afabilidad, su respeto, sus bailes, sus banquetes, sus contribuciones, su sangre, su aliento patriótico y con toda clase de sacrificios en sostener a Juárez con esquisito cariño y probada abundancia de goces intelectuales y materiales, se les arrojen cínicamente a la cara losterribles sufrimientos que pasó Juárez en Chihuahua, comparando su estancia en esa ciudad con el peor de los círculos del infierno del Dante.

El puesto de Juárez no era peligroso, como lo probó su inviolabilidad en Paso del Norte; no era agotante; no era mortal por las enfermedades del clima; no era desesperante por su miseria y desolación, y la mejor prueba es que se lo disputaban con encarnizamiento González Ortega y Don Manuel Ruiz y que de los nueve millones de habitantes mexicanos, con excepción de media docena, todos lo hubieran aceptado con júbilo. Esto no quiere decir que Juárez fuera incapaz de hacer grandes sacrificios, de exponer su vida y perderla, de errar de montaña en montaña, de disputar su presa a las fieras de los bosques, de dormir al aire libre en el lecho de crespones del paludismo, de morir envenenado por un pantano y colgado de los pies por un guerrillero; pero las circunstancias no lo pusieron en condiciones de hacer esos prodigios de abnegación material. La gratitud pública debe recaer sobre lo que hicieron los ciudadanos, no sobre lo que se supone que fueron capaces de hacer.

En ningún país se ha dado el caso de que en épocas de lucha armada grandiosa y tenaz, resuelta a fuerza de sangre y de privaciones, el primer papel pertenezca a un no combatiente, que ni ha dirigido a los combatientes, ni los ha auxiliado, ni les ha servido más que para hacerles, por disposiciones sin inteligencia, la lucha más amarga, más peligrosa y más destructora. Cuando se trata de guerras el primer lugar corresponde siempre a los que pelean y las dirigen.

El puesto de nuestros caudillos guerreros era de peligro inminente, de sacrificio tenaz, desesperado, inmensurable; de insomnio obligatorio, de angustia infinita, de indigencia de pordioseros, de tormentos inauditos, de terrores especiales; de pánicos tremendos, de desalientos abrumadores, de espectáculos siniestros, de derrumbe incesante que enterraba todo bajo su polvo de descomposición y de muerte. El puesto de Juárez no fue el de esos héroes desgreñados, de camisa sucia, sin equipajes, sin alimentos sanos y seguros, sin colchones donde reposar, sin garantías para su sueño, sin alivio para su fatiga, sin auxilio para sus enfermedades; acosados por las fiebres malignas, por la escasez de municiones, de pan, de vestuario, de armas; mandando a hombres con aspecto de salvajes, descarnados, desmoralizados, asustadizos, próximos a huir o a enloquecerse, decididos a arrojarse sobre la tierra y a pedir a sus jefes que los maten porque sus almas de bronce las han fundido al fin la miseria, el terror y la muerte de las esperanzas.

Juárez no supo lo que era la vida errante, sin carruajes, sin comodidades, sin derechos, sin autoridad: perseguido día y noche por un enemigo feroz que no daba cuartel al prisionero, ni honra al patriota, ni compasión a la bestia humana destinada al holocausto de la corte marcial o a la caza interminable por haber levantado su corazón hasta luchar contra lo que se le hacía sentir como imposible, la salvación de la República. Por último, el invasor nunca señaló a Juárez como malhechor, que era el título con que se llevaba el patíbulo a los verdaderos héroes.

Dígase lo que se quiera y oféndase quien se ofenda, el primer puesto en esa resistencia, donde un grupo de mexicanos se levantó desde el desprecio universal con que los veía la Europa hasta la altura colosal que tienen derecho a ocupar en la historia, pertenece a los combatientes. El segundo puesto le corresponde a la Legación de Washington, que trabajó activa y gloriosamente contra las intrigas de la diplomacia francesa en Washington, para que el Imperio fuera reconocido; que trabajó contra las intrigas de González Ortega que llegó a impresionar con su legalidad y la usurpación de Juárez a personas muy valiosas de los Estados Unidos. Esa misma Legación combatió desesperadamente las intrigas de SantaAnna, quien llegó a infundir vivo interés por su causa a Mr. Seward; esa Legación trabajó contra los malos mexicanos que, abusando de las debilidades de Juárez para darles peligrosas autorizaciones con el objeto de obtener dinero y levantar hombres, causaron grandes males a su país y sin la habilidad, energía y patriotismo de la Legación, se los hubieran causado irreparables. En suma, toda la grande obra diplomática en los Estados Unidos que tanto sirvió al partido liberal y que se armonizaba y completaba con la heroica resistencia, se debe a los trabajos de la memorable Legación. Cuando nuestra historia sea bien conocida, bien meditada y depurada de asquerosos politiqueos, los mexicanos comprenderán que Don Matías Romero, durante el periodo de la Intervención y el Imperio, prestó a su patria en el orden civil servicios muy superiores a los decorativos que prestó Juárez.

Los servicios intelectuales de Juárez, como gobierno, fueron nulos durante la Intervención, porque no gobernaba. Era un signo de gobierno; un concentrador débil de atención, para evitar la anarquía, que no se produjo debido al patriotismo de los grandes caudillos combatientes. Yo soy el primero que ha probado que no existió la usurpación de Juárez de 1865, contra el General González Ortega; pero el partido liberal no lo creía así; en su conciencia hubo golpe de Estado y lo soportó, no por abyección sino por exceso de patriotismo. Juárez cometió errores gravísimos con la mejor intención, que le corrigieron hábilmente los caudillos, los Estados Unidos o lo que se llama la casualidad.

La concesión del primer puesto a Juárez en el triunfo de la República sobre el Imperio, se explica aunque no se justifique, ni sea posible justificarla. La causa de esa elevación de Juárez en las espumas persistentes del sentimiento nacional, tiene la siguiente explicación.

El Imperio era imposible como lo he probado, antes de realizarse fue destruido en Miramar por Maximiliano y sus partidarios, representa el extraño suicidio de un feto. A México llegó el Imperio en carro fúnebre y con destino a la inhumación dentro de los destrozos de nuestra vieja anarquía. Los pueblos poco ilustrados aceptan como prueba lógica de que un hombre haya salvado a su patria de una calamidad, el que ésta no se haya realizado. Un bacilo puede decir para ser creído: "He salvado al planeta terrestre de mil choques cometarios por medio de mi fuerza y astucia, prueba, el globo terrestre subsiste a pesar de los cometas en vertiginosa carrera."

Lo mismo se dice y se prueba respecto del Imperio; aún no se habían embarcado los franceses en Veracruz cuando Miramón y el clero aparecieron con la decisión de estrangularlo. Si en Querétaro hubiera triunfado el ejército imperialista y si se hubiera conseguido fusilar a Juárez y a todos los liberales, no por eso habría vivido el Imperio: de sus laureles habría brotado la dictadura militar pretoriana y estricta de Miramón, de Márquez, de López, de cualquiera, de un sargento envuelto con la casulla de un clérigo.

Nadie nos ha salvado del Imperio, del mismo modo que nadie ha salvado a la nación mexicana de que la conquistara Epaminondas o Carlo Magno. Semejante gloria aplicada a Juárez aparece como una de esas chácharas de plata o cobre en los retablos de los santos católicos para probar sus milagros. Los salvadores de las calamidades imposibles son ridículos en la fábula e inaceptables en la historia.

Si los Estados Unidos no hubiesen existido o que la guerra civil los hubiera hecho desaparecer sin dejar un vencedor, Napoleón III, sin vacilar hubiera emprendido la conquista de México y la habría logrado á gran costo, pues todos los mexicanos unidos para defender la independencia, no habríamos resistido al empuje de doscientos mil soldados franceses o al de todos los que fueran necesarios. Francia en 1866 contaba con todos los elementos indispensables para conquistar a México, cualquier que hubiera sido nuestra resistencia. La presencia de los Estados Unidos, reconstituidos en inmensa potencia militar, hizo imposible que Napoleón III, pensara en conquistarnos. La conquista de México por Francia hubiera podido también tener lugar si los Estados Unidos hubieran otorgado a Napoleón III su consentimiento. Nuestro Ministro de Relaciones dijo una gran verdad en su brindis, que fue ru

damente censurado. Sin los Estados Unidos la resistencia de los republicanos habría terminado, si no ante treinta mil franceses, sí ante sesenta, cien o trescientos mil. La vanidad de nuestros militares y la nacional no puede sostener con éxito que una nación de quinto orden como México en 1867, y sin orden respecto a recursos financieros, hubiese podido resistir á la primera potencia militar y financiera del mundo. La historia tiene que aceptar el brindis del Señor Mariscal, si no como una pieza acabada o comenzada diplomática, sí como una verdad de salud, de hombre honrado y sobre todo de exSecretario de la Legación de México en Washington, cuyo puesto se prestaba a la estimación correcta del problema mexicano durante la intervención.

Los Estados Unidos estaban obligados por su historia, por sus intereses, por su presente, por su porvenir, por su orgullo, por sus intereses materiales y políticos, por sus instituciones, por sus resentimientos, por todos lo que tienen de hombres, de ciudadanos, de ambiciosos, de arrogantes, de sensatos y de justos para su propia causa, de exigir a Napoleón la desocupación de México. Napoleón había ocupado a México con el objeto real, evidente de hostilizar a los Estados Unidos, hasta conseguir su completa ruina; era pues necesario al decoro y pacificación completa y definitiva de los Estados Unidos, la salida de México del ejército francés. Aun cuando Juárez hubiera reconocido al Imperio y hubiera pedido a Maximiliano ir a Washington como Ministro para suplicar a Mr. Seward que permitiera la permanencia de las tropas francesas en México, nada habría conseguido. La presión irresistible e insolente de Mr. Seward para hacer salir a los franceses de México no fue un servicio a lo mexicanos, sino un acto urgente fisiológico del pueblo americano que completaba la reconstitución de su poder, de su prestigio, de su dignidad.

Conocida la fisiología del pueblo norteamericano, conocido como absolutamente necesario el acto vital reconstituyente de exigir la salida de los franceses de México o la lucha, conocido que esto debía acontecer desde el momento en que los rebeldes sudistas hubieran sido vencidos y conocido por último que lo estaban ya desde que el General Sherman ocupó a Atlanta el 2 de Septiembre de 1864, para colocarse con su admirable ejército a espaldas del General Lee y aplastarlo contra el ejército del Potomac mandado por el general Grant; ya no era posible temer por la independencia de México y por consiguiente era inútil defender lo que no podía pensar ya Napoleón III en destruir. El programa del gobierno francés tuvo que cambiar radicalmente con el triunfo del Norte en los Estados Unidos, el programa mexicano de defensa debió también cambiar radicalmente. Como lo he dicho, apruebo que los estadistas y caudillos mexicanos de 1864, dijesen al vulgo que la independencia de la Patria estaba gravemente comprometida, pero no apruebo que se procediera políticamente bajo la dirección de una patraña.

Desde Septiembre de 1864, tres cosas había escandalosamente imposibles; el establecimiento definitivo del Imperio, la conquista de México por Francia y el desmembramiento del territorio, aunque se intentase éste en la cantidad de un milímetro cuadrado. Gastar sangre y sufrimientos para impedir lo imposible era una falta capital, si no un crimen en el Gobierno de Juárez. Los peligros horribles e inminentes para la República eran otros.

El más grave de todos ellos era la invasión a México por un ejército oficial o filibustero, o voluntario norteamericano, para proteger a los mexicanos contra los franceses. De este peligro que estuvo a punto de realizarse no nos salvó Juárez; por el contrario, hizo todo lo posible porque tuviera lugar y si no lo consiguió después de haber sido firmado en su nombre el contrato con el General Schofield, fue por la resuelta oposición de Mr. Seward. En 1865, la única amenaza seria contra la independencia de México surgía del aturdimiento infantil de Juárez, no obstante su impasibilidad basáltica. Mr. Seward dominó como un gigante a los estadistas republicanos de 1865, cuando dijo a Don Matías Romero: "Un ejército francés tiene que salir de México, Uds. con constancia y valor podrían obligarlo a salir en más o menos tiempo, pero el día que un ejército americano de cualquiera clase y con cualquier motivo pise el territorio mexicano, jamás lo evacuará". No cabe duda que Juárez tenía empeño en defender la independencia nacional contra la agresión francesa, pero hizo todo lo que era de rigor para que la perdiésemos con los Estados Unidos. Yo no veo gigantesco a Juárez en este asunto, el coloso lo apercibo en Mr. Seward, y el día que el pueblo mexicano se ilustre, concederá, si no un altar, por lo menos un salmo al leal y honrado estadista norteamericano que supo reprimir los bien intencionados esfuerzos de Juárez para perder a su patria.

Conjurado el gran peligro exterior por Mr. Seward, el único verdadero para México, era que a la retirada de los franceses tuviese segunda representación el horrible drama anárquico que caracterizó la guerra de Reforma. Si el Imperio era imposible, lo mismo sucedía con la República conservadora o liberal. Nuestra historia había probado que todo gobierno mexicano tenía que emanar de la revolución o de la casualidad de una vicepresidencia; el voto público no había ofrecido un solo caso de ser el generador del gobierno. La dictadura conservadora había fracasado en 1858; el porvenir para la República era la anarquía habitual, degradada, desesperante o una dictadura liberal, potente hasta destruir el caciquismo, el pretorianismo y el jacobinismo, las tres grandes fuerzas disolventes de todos los programas patrióticos de orden, leyes y gobierno.

Un dictador no se obtiene por nombramiento, como un archivero o desinfectador del Consejo de Salubridad, el Dictador se forma a sí mismo y casi siempre comienza bajo la forma de héroe supremo en pavorosa guerra. Lo conveniente era pues, favorecer la formación de ese héroe supremo que mantuviese la paz necesaria a los incapacitados para gobernarse a sí mismos.

No pretendo que Juárez poseyera la cultura alcanzada por los mexicanos hasta 1904, ni que hubiera sometido su conducta a inspiraciones de otros tiempos futuros de aspecto ignorado para su época. En 1865, el partido conservador creía y en consecuencia luchaba por una república conservadora, religiosa, expresión formidable de la voluntad piadosa de un pueblo selecto impregnado de necesidades espirituales y de anhelos divinos. Entre los liberales nadie dudaba de que la democracia era tan natural, tan adecuada, tan indispensable al pueblo mexicano, que bastaba para él ajusticiar a algunos traidores, para deslumbrar al mundo con su libertad, poderío y opulencia. Juárez, como lo probó con su Convocatoria, estaba convencido de que la Constitución era un desatino, mas su fe en la democracia era la misma que en 1852 en Oaxaca. El peligro ante el criterio de los liberales de la época debió ser el aniquilamiento de la democracia por los dictadores militares, estrechos, fanáticos, hebreos, inexorables y trazados por Macabeos o Josués como Miramón.

Una democracia en guerra se defiende con soldados; la guerra engendra la heroicidad y el héroe supremo vencedor fascina aun a los pueblos verdaderamente aptos para la democracia a que entreguen sus libertades como homenaje de gratitud a sus libertadores. Pero en cambio la guerra no puede hacerse con éxito ante un enemigo capaz, sin mando inteligente. La unidad de mando es fundamental en la ciencia de la guerra, pero ella da lugar a la formación del héroe que intentará establecer y continuar en la sociedad la unidad de mando, la centralización de todas las fuerzas públicas y privadas en su persona.

Aun cuando Juárez hubiera visto con recelo y horror la formación de un héroe supremo en la guerra, como funesto para la democracia en que él creía, no tenía derecho para impedir la formación de ese héroe, aun cuando la democracia mexicana se pusiera en peligro. Valía más sacrificar la democracia e ir a la dictadura liberal, antes que dar grandes probabilidades de triunfo al partido clerical para que estableciese la dictadura hebrea. Valía más marchar hacia delante amarrado que volveral pasado sombrío y miserable, aplastados por todo el tradicionalismo secular.

Pero Juárez probó que su repugnancia a que el ejército liberal tuviese un jefe único para la dirección de la guerra, como lo prescribe con absolutismo la ciencia militar, no era por interés de la democracia, sino por vivo e indomable interés personal. Si Juárez se hubiera interesado realmente por la salud de la democracia, en que con tanta fe creía, no hubiera aceptado su candidatura para Presidente en 1867.

El principio fundamental de la democracia, es la renovación periódica a corto plazo del personal del poder Ejecutivo, con objeto de evitar la generación del gobierno personal, incompatible y por consiguiente destructor de la democracia. En 1867, Juárez cumplía ocho años en el poder, alcanzaba el limite experimental e infranqueable fijado por el pueblo norteamericano para no inmolar sus instituciones. Al pasar Juárez sobre este límite, pregonaba su desinterés completo por la existencia de la democracia que tanto alardeaba defender. La reelección presidencial, puede ser útil, indispensable, gloriosa, salvadora; puede serlo todo, pero nunca será democrática. Juárez aceptando su candidatura en 1867, probó que su horror, su esmero y su inquebrantable firmeza para exponer la campaña a una derrota, antes que dar lugar a la formación de un héroe supremo en las páginas de la gloria militar, reconocía por causa el temor de que ante el prestigio de ese héroe, el suyo se opacara y le fuera imposible continuar en el alto cargo de Presidente. Juárez por defensa de posición había cooperado a la destrucción del ejército de Puebla en 1863; había determinado la degradación de la defensa militar en la campaña del interior y dio lugar en 1867 a Miramón y a Márquez, a que hiciesen pedazos a los ejércitos del Centro, Norte y Occidente. Y si esto no sucedió, fue porque frente a la ambición de Juárez se halló la de Miramón. Ninguno de los dos ejércitos tuvo verdadero jefe. La casualidad más que el General Escobedo, fue el vencedor de Querétaro. Lo que hizo Miramón el 27 de Abril de 1867 con dos mil quinientos hombres, que fue derrotar con una violencia de catástrofe a los ejércitos liberales del Centro y Occidente en la línea de Cimatario; pudo hacerlo más fácilmente el 1 ° de Marzo en Celaya al frente de nueve mil hombres contra Corona, y una vez reforzado con la mayor parte del personal del ejército vencido, Escobedo no hubiera podido resistir. En esa operación contra toda estrategia, que dio lugar a la feliz casualidad de que se reunieran los Generales Corona y Escobedo sin novedad al frente de Querétaro, se siente la falta de la unidad de mando anterior a la reunión de ambos generales. Juárez puso en peligro a los ejércitos del Norte, Centro y Occidente, con tal de no exponer su presidencia. La casualidad fue galante, correspondió a la confianza de Juárez, lo sirvió como a su soberano y dejó complacido al partido liberal. La casualidad merece también su Centenario.

La personificación de toda gran lucha en la humanidad, corresponde en primer lugar a los caudillos de ideas y a falta de éstos a los caudillos de espada. Lutero y Calvino no mandaron ejércitos, ni lucharon como soldados en el gran número de guerra sangrientas a que dio lugar la revolución religiosa del siglo XVI y sin embargo personificaron la lucha, al grado de haber dado su nombre a la victoria, denominada triunfo del luteranismo y del calvinismo. A Juan Jacobo Rousseau se le reconoce como el caudillo del jacobinismo aunque la secta no lleva su nombre. Mahoma fue un caudillo de ideas y de espada, pero Jesucristo sólo fue de ideas. San Pablo fue otro gran caudillo de ideas y distinguidos críticos reclaman para el cristianismo el nombre de paulismo.

Para ser caudillo de ideas es indispensable que éstas sean propias del caudillo o ser el primero que las sostenga en su país, en el terreno del debate y de la ejecución pacífica o revolucionaria. A nadie se le ha ocurrido llamar a Comonfort el caudillo de ideas de la democracia por haber enarbolado esa bandera, y sí se le reconoce como el caudillo de espada de la democracia porque militarmente fue el jefe vencedor de Santa Anna. El caudillo de la idea de la independencia fue el ilustre cura Don José María Morelos; el caudillo de ideas y espada de la república federal fue el General Santa Anna; el caudillo de ideas de la Reforma, aparece desde 1833, con Don Valentín Gómez Parías y el caudillo de espada de esa misma Reforma lo fue don Santos Degollado. Juárez no fue un caudillo de ideas, porque en 1863, no eran nuevas para los mexicanos las ideas de independencia, de federación, de libertad, de Reforma, y bien sabido es que nunca tomó una espada, ni asistió como Jefe de Estado a una batalla. Si Juárez no fue caudillo de ideas ni de espada no puede corresponderle la personificación de la lucha contra la intervención y el Imperio, que sólo puede tener caudillo de espada, por ser imposible que lo tuviese de ideas.

La política tenaz, firme, resuelta, descarada de Juárez para impedir que se formase un héroe supremo en 1867, es decir, para que la guerra contra la intervención y el Imperio no tuviese un caudillo único de espada que hiciera imposible por el ejercicio de la fascinación heroica en la nación, la presidencia de Juárez después del completo triunfo; tuvo un éxito completo, aunque bien triste, bien mezquino, bien calamitoso para el país; éxito lacerante para los humanitarios ideales del partido liberal; éxito de pompa fúnebre para la paz y el progreso mexicano; pues Juárez ya había acreditado su completa incapacidad dictatorial ysu primera cualidad en la paz y en la guerra; en la felicidad y en el infortunio: fue ¡la inacción! Ante el Imperio había sido un gran obstáculo, no el del hombre que obra como el rayo, como la luz, como la peste o como la muerte; sino como el hombre que estorba; Juárez había sostenido la bandera de la República más bien como edificio ambulante que como luchador audaz, destructor y eminentemente peligroso. La inacción en el peligro o en la ebullición de una tormenta cálida es sin duda una forma de heroísmo; la inacción en el gobierno, es el cadaverismo del Estado engendrando la putrefacción social. La fórmula gubernamental de Juárez como Poder Ejecutivo había sido, soportarle todo a una Cámara insoportable por su violento jacobinismo, excepto la deposición de la Presidencia.

No obstante el triunfo de la política juarista para hacer imposible la formación de un héroe supremo en la guerra; la opinión y el ejército distinguieron marcadamente al Jefe del ejército de Oriente, prestigiado por su campaña violenta, precisa, atrevida, inflexiblemente ofensiva, sólida en su concepción e irresistible en su desenvolvimiento. El célebre asalto de la plaza de Puebla, la mejor operación militar de nuestra historia y que merecía un gran homenaje del gobierno republicano como representante de la causa liberal, recibió de Juárez silencio, desdén, resentimiento. Era una obligación del Jefe de la República felicitar a los que habían decidido su triunfo, a los que habían hecho imposible que el ejército imperialista de Querétaro recibiera auxilios poderosos; a los que habían eliminado a la casualidad de la dirección militar de la campaña; a los que daban el golpe sin revancha al ejército imperialista, sin haber recibido de él una sola derrota, un descalabro, sin haber interrumpido sus victorias. Pero Juárez no fue impasible para disimular los estremecimientos febricitantes de su ambición y negó al ejército hasta la cortesía que se concede a un jefe de patrulla cuando impone el orden en una taberna en desorden. La historia de México no conoce la disposición de Juárez decretando honor, recompensas, consideraciones al ejército de Oriente y a su brillante jefe.

El señor Licenciado Justo Sierra, señala bien la actitud impolítica del gobierno de Juárez respecto del ejército de Oriente, en la siguiente forma: "El jefe más conspicuo del ejército, el que gozaba lo mismo entre las legiones del Norte, que del Occidente o del Centro de gran simpatía e incontestable ascendiente en el antiguo ejército de Oriente, que se mantenía a sus órdenes personalmente adicto, y huraño casi hostil al Gobierno, que desconocía sus méritos y despreciaba sus servicios, hemos nombrado al General Porfirio Díaz era el peligro, la preocupación y el obstáculo.

Don Ignacio Manuel Altamirano, escribiendo, no en momentos de lucha, sino en 1885, trece años después de la muerte de Juárez, dice: "En cambio (Juárez) más implacable en sus rencores personales que en sus odios políticos, desplegó una hostilidad manifiesta contra los liberales que habían apoyado la candidatura del General Díaz o se habían presentado como oposicionistas a su administración. En suma a los pocos días de haber entrado a funcionar como Presidente ya había producido numerosos descontentos en el seno mismo del partido republicano y aun entre los pocos patriotas que habían sido fieles a la causa de la independencia. La prensa ministerial deprimió constantemente a estos proscritos de la gracia presidencial, empeñándose en atribuir toda la gloria de la defensa republicana al Presidente, con mengua de los méritos de los demás."

Juárez, hábilmente aconsejado por los hombres eminentes que componían su gabinete, consiguió destruir toda personificación militar, única que podía ser legítima en una lucha que no pudo tener más que caudillo de espada. Juárez y su partido, consistente casi todo en la burocracia, intentó más, y fue absorber en su persona, la personificación que debió tener la lucha. Este fraude a la justicia y a la historia era fácil en un país latino donde reposaba perezoso e indigente un pueblo con muy poca cultura.

Juárez es ciertamente un ídolo de la veneración liberal, pero ídolo subjetivo, formado pieza por pieza con subterfugios políticos y material legendario extraído de los volcanes de nuestras ilusiones siempre encendidas, nunca para iluminarnos sino siempre para calcinar nuestro espíritu. El molde en que hemos fundido la figura de Juárez es el inmenso vacío de nuestras ignorancias y en consecuencia la escultura ha resultado colosal. Juárez está en camino de ser un Boudha zapoteca y laico, imponente y maravilloso, emanado del caos intelectual, siempre tenebroso por la ausencia de criterio en nuestras clases ilustradas, por la exuberancia de vanidad de nuestras masas, por la necesidad de catolicismo residual, que busca siempre una imagen, un culto, una piedad para la emoción social desprendida del sentimiento religioso, como la última nube que lanza un mar de ideales que se petrifica rápidamente en el escepticismo idiota, como toda incredulidad exenta de filosofía.

Otra causa que explica la celebridad de Juárez, es su papel en el desenlace solemnemente helénico de la aventura intervencionista e imperial. No había más que un modo de probar que la Nación estaba resuelta a ser independiente; ejecutar a Maximiliano, como contestación a la petición impertinente de los Estados Unidos, formulada por Mr. Seward como una orden en sumo grado imperativa. Indultar a Maximiliano, equivalía en el terreno político a volver a reconocer el cetro de la diplomacia europea, el cadalso de las "Campanas" debía probar la emancipación efectiva de los viejos yugos que nos humillaban. En si misma la ejecución del Archiduque, era un acto de gran justicia, pesaban sobre él responsabilidades demasiado sangrientas veladas por la hipocresía. Las cortes marciales francesas habían sido para Maximiliano el medio más adecuado para afirmar su trono. Juárez y sus Ministros fueron irreprochables en su actitud inflexible para negarse a toda clemencia.

Ante la observación de la intelectualidad extranjera, lo que sobresale y domina completamente en nuestra guerra de intervención, es el cadalso de Maximiliano; por consiguiente la figura de Juárez, su principal autor, personifica en el exterior la venganza republicana para unos, la justicia para otros, la necesidad para muchos. En la ejecución de Maximiliano hay la satisfacción a un acto de patriotismo, castigar a un príncipe extranjero que decae en el filibusterismo; hay un acto de justicia severo; castigar al fundador de cien cortes marciales horriblemente activas en su obra de sangre; hay un acto político; acabar con el partido conservador en la forma ruda y siniestra que el viejo conservador Lares había expresado en su carta dirigida a Maximiliano el 9 de Febrero de 1867. "La situación no tiene mas remedio que el exterminio de un partido por el otro". En el último acto de la tragedia del Imperio, Juárez es verdaderamente grande, en su actitud de magistrado inexorable lo ha contemplado la humanidad culta; las escenas anteriores se olvidaban o se borraban por el estremecimiento de la sorpresa que sobrecogió a Europa al saber la ejecución del Archiduque.

Hay que elogiar la inquebrantable firmeza de Juárez porque no se dejó intimidar, ni corromper, ni desalentar; con lo cual probó gran superioridad moral y ser digno del puesto que ocupaba; mas en cuanto a admirar la inquebrantable firmeza de Juárez por sus sacrificios durante la pretendida célebre peregrinación, es casi como si se admira la inquebrantable firmeza de la reina Victoria de Inglaterra por haber permanecido en el trono más de sesenta años. La inquebrantable firmeza en el deber cuando es intensamente amargo, abrumador, mortal, debe admirarse, como ya lo he dicho, sólo en los combatientes, que no dejaron un solo día de presentar sus pechos a las balas del combate o de las cortes marciales. Ratifico; no creo que el papel de Juárez durante la Intervención fue inútil o pequeño, pero niego que le corresponda el primer lugar y censuro que en él se le coloque, en detrimento de los verdaderos héroes que murieron peleando, o que llegaron a vencer por sus inauditos esfuerzos de energía, valor y sacrificios. Juárez empuñaba con dignidad la bandera nacional en una oficina; pero estaba mejor empuñada por los que la sostenían en los campos de batalla y en los campamentos donde todo era miserable, excepto la gran alma de los indomables guerreros.

El mejor retrato de Juárez debido a la pluma de uno de sus ministros y de sus más leales amigos, está desfigurado por una grave incorrección. En efecto, el Licenciado Don José María Iglesias hace la siguiente pintura de Juárez: "Aunque Don Benito Juárez tenía notoria capacidad y no carecía de instrucción, ni su erudición, ni su inteligencia eran de primer orden. Su gran mérito, mérito verdaderamente excepcional, estribaba en las excelsas prendas de su carácter. La firmeza de sus principios era inquebrantable, por sostenerlos estaba siempre dispuesto a todo linaje de esfuerzos y sacrificios. La adversidad era impotente para dominarle, la próspera fortuna no le hacía nunca olvidar sus propósitos. Tan extraordinario era su valor pasivo que para los observadores superficiales se confundía con la impasibilidad. Honrado a carta cabal, despreció cuantas ocasiones se le presentaron de enriquecerse en su larga dominación. Si mostró demasiado apego a su permanencia en el poder, obró constantemente a impulso de motivos patrióticos."

La gran incorrección de ese retrato se encuentra en las dos ultimas líneas, porque eran Juárez o sus partidarios personalistas los que calificaban los motivos patrióticos para perpetuarse en el poder.

En 1867, Juárez expidió su notable Convocatoria para introducir radicales reformas en la Constitución, que eliminando de ella al jacobinismo, la convirtiesen en pieza legislativa de gobierno. Las reformas eran incompletas, pero eran trascendentes y enseñaban que Juárez, Lerdo e Iglesias tenían la convicción de Don Ignacio Comonfort, Gutiérrez Zamora, Juan José Baz, don Santos Degollado y León Guzmán, convicción que manifestó Zarco cuando de diputado pasó a ministro; y era que con la Constitución de 57 todo gobierno era imposible. No hay obra más perfecta para plantear la anarquía legal que nuestra Constitución de 57. Condenada la convocatoria de Juárez por una estridente e insoportable vociferación jacobina, y condenadas también las reformas que proponía cuando fueron presentadas a la tramitación constitucional, no quedaba a Juárez más que tres caminos que seguir: retirarse a la vida privada; intentar la dictadura o repetir el ridículo papel que le impuso el jacobinismo desde Mayo de 1861 hasta Mayo de 1863.

Juárez no servía para la dictadura, porque era el modelo correcto de la inacción. Sus mejores amigos como Don Manuel Ruiz, en 1861 reconocían que Juárez carecía de iniciativa; que era más bien un obelisco que un gobernante; Juárez es el foco de las grandes cualidades pasivas y la nulidad irrevocable de las cualidades activas. La probidad, la constancia en la impasibilidad, y el valor pasivo de que nos habla Iglesias, cualidades tan justamente notables en Juárez, son todas ellas cualidades perfectamente pasivas y un dictador no puede existir sin cualidades eminentemente activas. La dictadura es incompatible con la falta de iniciativa, porque no es más que una iniciativa exagerada, absorbente, intransigente, ilimitada, absoluta.

Juárez fue dictador después del triunfo de la Reforma, desde Enero hasta Mayo de 1861. Y en ese periodo demostró, como lo prueba la prensa libre y sensata de la época, su radical incompetencia para un papel que sólo se puede llenar bien con gran carácter, con gran inteligencia y con gran actividad. La victoria del partido liberal en 1860, obtenida como solución costosa de una guerra de tres años, estuvo a punto de convertirse en derrota, debido a la rara incapacidad del gabinete Zarco, que probaba la incapacidad dictatorial del Presidente Juárez.

Juárez no podía ser dictador; tampoco podía ser presidente parlamentario, porque estos seres son desconocidos en los gobiernos estables; tampoco podía ser ya lo que había sido en 1861, el juguete del jacobinismo.

"Dos escritores contribuyeron a formar el espíritu de Juárez: Benjamín Constant y S. C. Roscio. "

Roscio fue un venezolano discípulo de Constant, identificado con las convicciones políticas del gran publicista liberal francés y original en su obra en lo tocante a la cuestión religiosa en sus relaciones con la democracia. Una vez conocido que Juárez se educó como liberal en la escuela brillante de Benjamín Constant, hay que resolver inmediatamente. ¿Fue Benjamín Constant jacobino?

E. Laboulaye en su Introducción a la Politique Constitutionnelle de Benjamín Constant, edición de 1872, dice: "Constant vivió durante la Revolución, no amaba ni a la Convención ni al Directorio y le causaban horror los jacobinos."

Nadie ha combatido la omnipotencia de las asambleas legislativas, ideal de los jacobinos y causa de sus fracasos, con más fuerza y lucidez que Benjamín Constant. Las páginas relativas son notables por las novedades que enseñan y sobre todo por el admirable estilo que contribuye a hacerlas memorables.

Juárez debe haberse impresionado para toda su vida con lo siguiente:

Benjamín Constant escribía el año de 1815:

El veto es un buen medio directo de reprimir la actividad indiscreta de las asambleas representativas, pero empleado a menudo las irrita sin desarmarlas; su disolución es el único remedio cuya eficacia es segura.

Cuando no se pone límites a la autoridad representativa, los representantes del pueblo no son los defensores de la libertad, sino los candidatos de la tiranía, y cuando la tiranía parlamentaria se constituye, es más espantosa mientras los tiranos son más numerosos. Bajo una constitución que contiene una representación nacional, la nación no es libre, mientras sus diputados no tengan un freno.

Una asamblea que no puede ser reprimida ni contenida es, de todos los poderes, el más ciego en sus movimientos, el más incalculable en sus resultados, aun para los mismos que la componen. Una asamblea sin freno se precipita en excesos que a primera vista parecen excluirse. Una actividad indiscreta en todas las cuestiones. Una multiplicidad de leyes sin límite, el deseo de agradar a la fracción apasionada del pueblo, abandonándose a su impulso y aun sobrepasándolo; el despecho que inspira la resistencia que encuentra o la censura que sospecha; la oposición contra la aspiración nacional y la obstinación en el error; el espíritu de partido que no permite elegir más que entre los extremos; el espíritu del cuerpo que no da fuerzas más que para usurpar; alternativamente la tenacidad y la indecisión, la violencia o la fatiga; la complacencia por alguno o la desconfianza contra todos; la fascinación por sensaciones puramente físicas, como el entusiasmo o el terror; la ausencia de toda responsabilidad moral; la certidumbre de escapar por el número a la vergüenza de la cobardía, o al peligro de la audacia; tales son los vicios de las asambleas cuando ellas no están dentro de límites que les sea imposible franquear.

La Asamblea Constituyente estaba compuesta de los hombres más estimados, de los más ilustrados de Francia, y no obstante, cuántas veces decretó leyes que su propia razón reprobaba. En la Asamblea Legislativa no había cien hombres que quisiesen echar abajo el trono. En toda su carrera, fue, sin embargo, constantemente arrastrada en dirección contraria a sus deseos. Los tres cuartos de los miembros de la Convención tenían pesar por los crímenes que habían manchado los primeros días de la República y los autores de estos crímenes aunque en pequeño número, no tardaron en subyugarla...

Es pues necesario que las asambleas representativas existan libres, impotentes, animadas; pero es necesario también que sus abusos puedan ser reprimidos. La fuerza represiva debe ser exterior. Las reglas que una asamblea se impone a sí misma para reprimirse son ilusorias e impotentes... La misma mayoría que consiente a encadenarse por la forma, la despedazada a su antojo y recupera el poder que había abdicado. Estas ideas son las expuestas en la Convocatoria de Juárez de 1867.

Evidentemente que Juárez no pudo ser jacobino, debiendo sus ideas liberales a un enemigo del jacobinismo, partidario acérrimo del parlamentarismo británico, que hace funcionar al liberalismo en Inglaterra como en ninguna parte, con excepción de Suiza. Juárez indudablemente tiene el mérito de ser el primer liberal en el poder que ha tratado de purgar a la Constitución de 1857 de los vicios que la hacen impracticable, no solamente para el pueblo mexicano sino para cualquier pueblo del mundo.

Juárez enemigo del jacobinismo cometió el error de creer posible el parlamentarismo en una República, siendo así que tal sistema de gobierno no es más que una transacción entre la monarquía absoluta y el sistema moderno representativo popular.

No teniendo Juárez elementos nacionales ni personales para realizar una dictadura y creyendo que con la Constitución era imposible gobernar, como ampliamente lo prueba su Convocatoria; no siendo posible tampoco el parlamentarismo en una República y mucho menos en una nación sin pueblo político como México; no reconociendo ya Juárez al pueblo mexicano aptitudes democráticas, como lo prueban las observaciones que hizo al proyecto de ley electoral de 1871; no le quedaba más que un recurso para mantener su prestigio y su popularidad: retirarse a la vida privada en 1867 y dedicarse a ejercer su profesión. Desgraciadamente Juárez, calcinado por ardiente ambición personal, quiso ir a la dictadura imposible, descarnada, lúgubre, famélica. La Federación quedó dividida en Estados amigos, donde florecía el régimen de gobierno africano o demagógico, y en Estados enemigos que debían soportar el peso de los privilegios concedidos a los Estados amigos. Se exoneraba de todas sus obligaciones constitucionales, sociales y humanitarias a los Estados reeleccionistas; se conspiraba con elementos federales contra los Estados antirreeleccionistas. Los movimientos revolucionarios en todo el país tenían que corresponder a una marcha de gobierno revolucionario.

Juárez debía, pues, haberse retirado a la vida privada. Su nombre era ya histórico por su notable comportamiento como Gobernador de Oaxaca; por su liberalismo frente al moderantismo de los revolucionarios de Ayutla; por su puesto prominente en la guerra de Reforma, inferior sin duda al de Don Santos Degollado, pero siempre de primer orden. Pero no es cierto lo que nos dice Don José María Iglesias, que Juárez fue inquebrantable en sus principios. Si era demócrata, no debió nunca hacer elecciones oficiales para reemplazar la voluntad de un pueblo que lo rechazaba o que le era indiferente. El verdadero inquebrantable en materia de principios fue Ocampo, muerto con la túnica blanca del apóstol, sin la más ligera mancha que empañara su pureza.

El temperamento de Juárez fue el propio del indio, caracterizado por su calma de obelisco, por esa reserva que la esclavitud fomenta hasta el estado comatoso en las razas fríamente resignadas, por ese silencio secular del vencido que sabe que toda palabra que no sea el miasma de una bajeza se castiga, por esa indiferencia aparente que no seduce, sino que desespera. Ocampo tenía más inteligencia, mas ilustración que Juárez y sobre todo, lo que lo eleva a la altura de un astro, es su decisión para probar siempre que lo último que había para él en el mundo era su persona. Su inmensa popularidad no entraba en su ambición. Pero Juárez tenía sobre Ocampo la suprema cualidad de los ambiciosos, saber esperar; la impaciencia le era desconocida; le faltaban nervios, como a las piedras, y sin embargo, le sobraba voluntad, como a las tempestades. El interior de Juárez no se puede contemplar como el de Ocampo, abierto al público, a todas las generaciones, a la historia, siempre iluminado por imágenes incandescentes e ideas brillantes. Juárez no hacía discursos, ni libros, ni ocupaba la prensa, ni escribía epístolas, ni conversaba en la intimidad, ni tenia esprit, lo que hace al pensamiento penetrante como un perfume, ni era insinuante, ni expresivo por sus gesto, por su movimiento, por sus miradas; su único lenguaje era el oficial, severo, sobrio, irreprochable, fastidioso, inaguantable; su única actitud la del magistrado escuchando un alegato; su única expresión la ausencia de todas. El aspecto físico y moral de Juárez no era el de apóstol, ni el de mártir, ni el de hombre de estado, sino el de una divinidad de teocali, impasible sobre la húmeda y rojiza piedra de los sacrificios.

En el Ministerio del Presidente de la República Don Juan Álvarez, Juárez y Ocampo tuvieron la representación del porvenir, expresaban la fórmula revolucionaria, sombría, pero necesaria y salvadora. Ambos aspiraban a la Reforma por medios enérgicos, contundentes, categóricos, y sin embargo eran dos hombres muy diferentes, teniendo de común un carácter firme, como una ley matemática, una precisión de ideas constitutiva de un programa rígido, un patriotismo limpio, una fe dogmática. Ocampo, discípulo de Quinet, tenía su temperamento: impaciencias de huracán, cóleras de Océano, imágenes de tumulto, ideas atrevidas e incendiarias, frases de apóstol, esperanzas de conspirador. Como Quinet, vibra de indignación al ver a las masas indiferentes bajo el aplastamiento de los despotismos, y como Quinet, casi llora al experimentar el suplicio de "demostrarles la evidencia por la centésima vez".

Como Quinet, Ocampo no comprende que existan hombres que sonrían en la esclavitud; "tanta ignominia le sobrepasa". Tiene impregnada el alma con la centelleante frase de su maestro: `Dios habla a los pueblos por la boca de las revoluciones"

Desconfía a veces de su fuerza, de su aliento, de la potencia de su espíritu, de la infalibilidad del progreso y le dan ganas de arrojar el fardo de su misión y decir a sus compatriotas: "Nada valemos; salvaos sin nosotros; pero salvaos pronto y a todo trance". Sólo dura quince días de ministro al triunfar la revolución de Ayutla y pone su renuncia sin cortesía, brutal como un choque, disgustado como un soñador, diciendo: "He sabido entre otras cosas que la presente revolución sigue el camino de las transacciones."

Ocampo es más político que Juárez, no es un político de facción ni de camarilla, sino un político de la humanidad; conoce que cada reforma contra el clero y el ejército tiene que ocasionar una revolución, y su programa es ir de una vez a un gran incendio.

En el gobierno de Oaxaca, Juárez fue un patriarca inimitable, un verdadero pastor apostólico de ovejas amadas y tiernas. En el Ministerio de Don Juan Alvarez, Juárez fue un liberal firme, valiente, reformista, casi audaz si hubiera tenido nervios. En Veracruz durante la guerra de Reforma, Juárez fue un revolucionario imponente por su impasibilidad, por su resolución, por lo gigantesco de las leyes que amparaba con su fe, con su autoridad, con su honradez, con sus principios entonces inquebrantables. Durante la guerra de Intervención, Juárez fue una figura sostenida por el heroísmo de los combatientes; siempre sereno, augusto como la virtud, intransigente como la verdad, inmutable como candidato a mártir. Después de 1867 hasta su muerte, Juárez se precipitó con una violencia salvaje en el plano inclinado de una triste decadencia. Juárez no supo llegar a la muerte como había sabido llegar a la vejez, sin miedo, sin reproche y sin mancha, como el Bayardo americano de las revoluciones sociales. No pretendo llevar la voz de la historia; pero ésta tiene que ser muy severa para el período gubernamental de Juárez de 1867. Al llegar a ese período histórico, las figuras de Ocampo y de Juárez se separan para siempre. El primero ha ido al martirio, el segundo va a la tiranía; el primero se hunde en el caos de la revolución como un sol en un horizonte de tormenta, el segundo recoge del féretro de Maximiliano la ley de 3 de Octubre de 1865, y dice: ¡ésta será mi arma contra los enemigos de mi ambición personal!

Un pueblo incapacitado para la democracia no puede tener más que amos expresados por déspotas, anarquías u oligarquías. En México no había materia prima para la oligarquía en 1867; el destino nacional era la oscilación entre la anarquía y el despotismo. El origen del gobierno no podía ser más que el cuartel, podrido por la fermentación de las ambiciones, la revolución, representante más o menos viciosa de intereses sociales, o el saltimbanquismo electoral ejecutado por el poder o la demagogia.

Es una necesidad para el poder forjar la voluntad popular cuando la ley la exige como origen de gobierno y los hechos la niegan rotundamente. La sociedad se congratula de que el gobierno le evite una guerra civil o el saqueo de todo por la crápula demagógica. Juárez tenía, pues, el derecho de funcionar como pitonisa del pueblo para absorber los vapores de su voluntad y formular los deseos del sufragio universal. Pero este derecho en el sentido moral e histórico existe mientras tiene por saludable efecto, evitar el desbordamiento de la rapiña e iniquidad de la demagogia hambrienta, injuriosa, insaciable, ciega, demente, sin límite en su desorden, sin miedo en su tiranía, sin frescura en parte alguna de sus pasiones. Se puede admitir el fraude electoral cuando la nación lo acepta con indiferencia, con escepticismo, con resignación o con entusiasmo.

Mas éste no era el caso de Juárez; cada una de sus reelecciones costaba al país una guerra civil, un sacudimiento doloroso, un huracán lúgubre que levantaba la costra de todas las úlceras y rasgaba todas las cicatrices. Cada reelección de Juárez era para su patria una tragedia, entre soldados, mendigos, patriotas sinceros y ambiciosos sanos o fétidos. Cada reelección significaba el espectáculo de hecatombes terribles, la revelación salvaje de los más soeces furores de la tiranía el trote bestial de iniquidades enormes, sobre las esperanzas del pueblo, sobre los fragmentos de sus ilusiones, sobre las dificultades agotantes de su existencia. Juárez era valiente e implacable para luchar, no comprendía la transacción, no buscaba soluciones pacificas, no admitía concesiones que disminuyesen siquiera un latido de la revolución o que ahorrasen una estrofa a la plegaria indefinida del abatimiento público; luchaba sin tregua, sin calor, sin piedad, sin temores, sin justicia, sin emoción, sin saber que se puede retroceder, transigir, conciliar, pedir o aceptar armisticios. Una vez que la revolución lanzaba el reto a Juárez, este ponía su cabeza en el centro de su carta favorita, la legalidad, contra la vida de todos sus enemigos y ¡Guay de los vencidos! La victoria tenía horror al perdón; la clemencia se consideraba como una trácala indigna del siniestro juego de pura sangre humana; la conciliación pesaba como apostasía sobre el dogma de la legalidad. Vencer sin vengarse no era triunfar, no le bastaba a Juárez obtener los laureles de vencedor; sentía la necesidad de castigar; no comprendía al héroe que acaricia con el perdón a sus vencidos; su ira sorda y volcánica le producía la ambición de ser el juez siempre inexorable que no tenía más que una pena en su código contra los que violaban el tabernáculo de su legalidad.

Los juaristas han defendido a Juárez diciendo que fue un excelente gobernante, a quien no dejaron gobernar los revolucionarios de oficio, y que, por consiguiente, su administración sólo presenta esterilidad. A esto debe contestarse: todo hombre libre tiene que ser un revolucionario de oficio, siempre que el oficio del gobierno sea violar la voluntad de los hombres libres o demócratas. ¿Violaba Juárez las leyes para reelegirse? ¿Apelaba a medio ilícitos? ¿Se valía de procedimientos de violencia? Sí, indudablemente. De ahí entonces la existencia de los revolucionarios de oficio.

Hay que entenderlo bien, la ley positiva no puede reconocer el derecho de insurrección; esto sería antisocial y más que eso absurdo; por consiguiente, el gobernante no tiene el deber de someterse al juicio, fallo y procedimientos del insurrecto. El derecho del gobernante es castigar, suprimir, aniquilar al insurrecto. Por otra parte, el derecho de insurrección lo reconocen la moral, la justicia, la civilización y la historia, no solamente en la sociedad sino en un simple individuo. Entre el conflicto de la autoridad y el rebelde ajustándose ambos a su derecho, sólo las armas pueden decidir. Cuando un pueblo no apela a la insurrección y sin embargo se le ha privado de autoridad, es porque considera un beneficio para él la usurpación de su voluntad, o porque está colocado en la impotencia para insurreccionarse. En el primer caso, la sanción extralegal de la usurpación, causa cierta clase de legitimidad; en el segundo, la impotencia para insurreccionarse significa una sociedad en periodo orgánico de abyección, temporal o irremediable; pero en tiempo de Juárez, el solo hecho de la guerra civil como consecuencia de violaciones de Juárez a la ley, prueba que alguien o muchos ejercían el derecho incuestionable de insurrección y Juárez debió haber considerado que su falsa legalidad era motivo suficiente para justificar una revolución, si el país o la clase que podía sacudirlo no consentía el legitimar los atentados de Juárez para conservar indefinidamente el poder.

Corno gran patriota, Juárez tiene aún una grave responsabilidad. Lo primero que hizo al entrar a la capital fue hacerse pagar íntegros sus alcances por sueldos y las leguas que había caminado cómodamente en carruaje; el mismo privilegio obtuvieron sus ministros y uno que otro favorito. A los combatientes que habían hecho la campaña con abnegación de mártires y firmeza de héroes, desde el primer día de la invasión hasta el día del triunfo, a las familias de los muertos en campaña y fusilados por las cortes marciales, se les hizo sentir la pobreza del erario. Los primeros obtuvieron desde media paga hasta dos pagas de sus sueldos mensuales, según el grado de favor que gozaban; los segundos en materia de alcances nada obtuvieron en su mayoría y por excepción recibieron algunas limosnas. Solo la liquidación de Juárez, que le fue pagada en efectivo, importó una fortuna.

Los combatientes más heroicos que no quedaron en el ejército, fueron despedidos del presupuesto para que luchasen con la miseria, a reserva de fusilarlos sin piedad, cuando el hambre exigente los lanzaba a la revolución. Evidentemente que Juárez no podía pagar los alcances de los grandes y ameritadísimos servidores del República, pero si no había dinero para todos los que merecían y necesitaban que sus créditos fueran pagados, Juárez no debió privilegiarse en ningún caso haciéndose paga íntegros sus créditos y mucho menos si atendía a que los que debían ser tratados con preferencia eran los combatientes, condenados a perecer de miseria o en los patíbulos levantados por el inmortal peregrino que cobrara a su patria cada uno de sus pasos verificados sin sufrimiento, y sin heroicidad, huyendo del enemigo; cuando no se pagaban los pasos de aquellos que habían marchado de frente hacia la muerte buscando al enemigo extranjero. Juárez debió sujetarse a la miseria del erario, siquiera por haber escapado a las miserias de la guerra, y por hallarse en situación de esperar, desde el momento en que su posición, en vez de escasez lo llenaba de comodidades.