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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1867 Salutación de los obreros republicanos franceses al presidente Benito Juárez.

Aprox. 1867

 

¡La justicia se ha cumplido! ¡Gloria a ti!

¡La más elevada, la más distinguida, la más lenta de las justicias; la más atrevida, la más peligrosa y la más difícil, porque es la más justa, es la que tarda siglos para hacerse, la que quiere revoluciones para consumarse, la que necesita esfuerzos sobrehumanos; el genio de Cromwell y la conciencia de Robespierre: la justicia de un pueblo sobre un rey! ¡Tú la has hecho!

¡Una por siglo en tres centurias! ¡No es mucho! ¡No es bastante! ¡Porque no falta el tirano! ¡Falta el vengador! ¡La naturaleza tarda más en formar el hombre que la bestia; el remedio que el mal! ¡Robespierre y Cromwell, he aquí dos! ¡Tú eres el tercero!

El 19 de junio de 1867 ha vuelto a ver el rayo secular del 21 de enero de 1793 y del 30 de enero de 1649. ¡Como si se necesitasen cien años de lágrimas y de sangre vertidas por el pueblo para formar la nube y producir el relámpago que hiera a un rey. El siglo XIX, aun cuando ya hubiere finalizado, no tiene qué envidiar a los otros dos; la América no tiene qué envidiar a la Europa.

La historia tiene para siempre tres fechas y tres nombres, iguales en justicia y en gloria; tres fechas: 1649, 1793 y 1867! ¡Tres nombres: Cromwell, Robespierre, Juárez!

¡En el mundo moderno, tú eres uno de los tres grandes vengadores del género humano! Y aunque eres el último que ha aparecido, no eres el menor entre ellos!

La Europa cuenta dos hombres; ¡tú los igualas! La América dos: ¡tú los sobrepujas! Bolívar no tenía en su contra más que a España; Washington sólo a la Inglaterra: pero tenía consigo a la Francia.

Tú tenías al mundo en contra tuya, a todo el antiguo mundo de América y de Europa, porque también hay algo viejo en el nuevo mundo; tenías en tu contra a todos los reyes y a sus lacayos, y hasta los buenos republicanos que participaban del duelo de los reyes.

Pero tenías contigo la fe y la fuerza del derecho, y has sido más grande aún que Lincoln el mártir; porque si es hermoso morir por los esclavos, es más hermoso matar a los tiranos.

Los tiranos están aterrorizados. Las víctimas respiran. ¡Tú has puesto de duelo a los reyes y has regocijado a todos los pueblos! Los reyes son solidarios, nosotros también. Ellos tenían al polaco, nosotros tenemos al austriaco: ¡hombre por hombre!

Estaban en un festín como azotes de la humanidad, ebrios de sangre humana como las pestes, bebiendo a salud de vampiros los vinos de Candía, de Hungría, el vino viejo de diciembre, el viejo y el nuevo de Irlanda, de Alemania, de Polonia; repentinamente en este festín de Baltasar, tú vaciaste un trono y todos los otros temblaron.

Heriste una de las cabezas de la hidra y las otras vacilaron. El monstruo rugió de furia y de dolor. La bala republicana ha roto por fin el encanto, ha destruido el prestigio y ha aniquilado la superstición monárquica.

¡Tú has interrumpido la prescripción del derecho! ¡Tú lo has sacado de la duda y del olvido: tú has recordado que la muerte no es privilegio del rey, sino que también es el derecho del pueblo!

¡Ah! creían que la revolución estaba enmohecida, y que el regicidio estaba relegado al olvido. ¡Tú lo has refrescado, has limpiado el arma del gran parlamento y de la gran convención; la has vuelto a tomar con una mano y un corazón antiguos; corazón y mano de un gentleman, más aún, de un héroe.

Sobre la poesía y sobre la aristocracia, has tenido el valor, el valor de la conciencia, y has hecho justicia a Maximiliano, así como a ti mismo. Al firmar su sentencia has firmado la tuya: para él la muerte ¡para ti la inmortalidad!

¿Pero qué pueden significar después de tales actos, palabras de alabanza o censura? Por esto, no tan sólo para honrarte sino para honrarse a sí misma, la Francia republicana te dirige su enhorabuena, se asocia a tu obra y se hace solidaria hasta donde puede de tu firmeza contra los tiranos.

Así como te predijo la victoria, te agradece la justicia. Aunque nuestro destierro voluntario no sirviese en esta protesta más que para asegurarte que a pesar de los gritos horribles de los unos y del silencio de los otros, ¡tú habías cumplido con tu deber, que vengaste el derecho, el derecho principal de legítima defensa, el derecho natural de rechazar la fuerza con la fuerza, el derecho sagrado del patriota contra el enemigo, del ciudadano contra el tirano; no sería sin embargo pagar demasiado caro el honor de decirte libremente y en alta voz: ¡eres el justiciero de tu siglo! ¡Gloria a ti!

En estos tiempos de abortos y marasmo, de impotencia e indiferencia hacia todo, menos al egoísmo; en esta edad de vejez, de decadencia de toda fuerza y de toda vida, en la que a la cobardía se le llama dulzura, y perfección a la podredumbre, tu valor varonil ha sorprendido a todo el mundo, ha dejado estupefactos a unos; pero ha electrizado a otros. El humilde, el pobre, el incapaz Juárez, se ha vuelto el terrible, el bárbaro, el salvaje Juárez.

Sí se ha necesitado un salvaje. Se ha necesitado la energía americana, el indio allá, como el obrero aquí, para volver a tomar el puñal y el aliento de los Brutos, para renovar el derecho, para restaurar el mes de junio que tiene dos días faustos.

¡Las castas, las razas viejas pueden acabar! ¡Paso a las nuevas! ¡La humanidad tiene sus renuevos y el mundo sus heroísmos! ¡Paso al obrero Berezowski; paso al indio Juárez! ¡Gloria al que intentó, así como al que tuvo buen éxito!

¡Mexicanos, polacos, romanos, irlandeses y franceses: ¿qué oprimido puede desesperar hoy de la justicia, por tardía que sea? ¡Por despacio que marche, llega y paga todo, tarde o temprano! ¿Quién puede dudar cuando el hijo del azteca tiene razón sobre el hijo de Carlos V? ¿Cuándo la opresión de tres siglos se castiga en un día?

Cuando Juárez ejecuta a Maximiliano, cuando la República Mexicana comienza la venganza de otras dos repúblicas, la de Roma y la de Francia; cuando el cómplice ha muerto, y aplaza, y asigna el mismo suplicio al autor del crimen; al gran aventurero que no ha acabado de subir el último escalón. ¡Tú pusiste la escala: gloria a ti!

¡Mengua a aquellos que te condenan, realistas francos o falsos demócratas, incapaces de tener un sentimiento generoso o Heno de vigor, que no pueden comprender ni perdonar tu noble valor, que lo denigran y lo calumnian!

Los cobardes dicen que tu valor proviene del miedo y que tu cabeza respondía de la del tirano. Los egoístas dicen: Juárez hizo con Maximiliano lo que Maximiliano hubiera hecho con él; no dicen lo que había hecho con México. Todos buscan de esta manera el interés y la salvación particulares, el secreto de tu fuerza, la causa de un acto producido por el amor del derecho y la salvación pública.

No viendo en su innoble miopismo que tu salvación era la de 93, la de la patria en peligro; que tu miedo era el de Dantón, es decir, la audacia; que aquella cabeza de emperador era la vindicta del pasado, la garantía del presente y un desafío para el porvenir.

Pero los que gritan más son aquellos que deben más a la pena de muerte, los que usan de ella más en contra de los otros.

Sólo los republicanos podían censurarte; los de 48, que abolieron locamente la pena de muerte en política; ¡pronto han reconocido su error!

Pero los reyes y las reinas de todos los tiempos y de todas las clases, que sabiamente la han sostenido o la han restablecido ¿qué podrán decir?

Sienta bien a la reina de España llorar a un emperador, y fusilar en el mismo día a tres oficiales.

Sienta bien a un sultán llorar a un emperador, ejecutando una provincia; al Zar ejecutando un pueblo; al rey de Prusia casi ejecutando al rey de Hannover.

Sienta a la reina de Inglaterra llorar a Maximiliano, ametrallando y poniendo en la boca del cañón a los insurgentes de la India y llevando la horca al lado de la bandera.

Sienta bien, en fin, al emperador de los franceses, llorar a su maniquí, después de volver a levantar la guillotina para los insurrectos de junio.

¿No es ésta la eterna parábola de la paja y la viga? Dos pesas y dos derechos.

He aquí por ejemplo, a un patriota de Polonia, que piensa que una República polaca valdría más para un país, que un Zar ruso. Se arma para esto, se le coge, se le juzga y se le condena.

¡Y los reyes se alegran! Ahora, he aquí un príncipe de Austria, poco mexicano, nada patriota, que piensa que un emperador alemán valdría más para México que un presidente mexicano.

Se arma para esto, se le coge, se le juzga y se le condena, ¡los reyes se ponen de duelo!

Los más negros, notémoslo bien, son los más rojos en el fondo; es decir, los que han heredado y aprovechado más el regicidio, de la revolución. Tan ingratos como inconsecuentes.

En efecto, monarquistas y austriacos de cualquier tierra y todo linaje, legítimo o bastardo, forman una santa cruzada de injuria contra el republicano, el antropófago, el salvaje (sigue la serie de improperios en aje y en ida), el parricida, el regicida, el caníbal y el caribe, el tigre y la hiena, de sangre mexicana, ¡que ha matado a un prisionero! ¡y qué prisionero! ¡un rey!

¡Como si uno solo de sus mantos de rey estuviese puro de sangre real! Pero Carlos I, rey de derecho y de hecho, era prisionero de roll y Cromwell no era mexicano.

Luis XVI, rey de hecho y de derecho, era prisionero, y Robespierre no era mexicano.

Maximiliano I, no era rey de hecho ni de derecho, sino rey de aventura y de aventureros; rey de emigrados y de extranjeros impuestos por el enemigo, y Juárez tenía dos razones por una de ser puritano o jacobino, dos razones capitales, patria y libertad.

Bien, presidente Juárez: ellos hacen su oficio de rey; tú has cumplido tu deber de magistrado.

¡El perdón habría sido un crimen, la piedad, suicidio! el absuelto habría atribuido a su derecho y lo habría vuelto en contra la ley; la impunidad habría dado aliento a la altanería.

¡Perdonar al lobo era condenar al cordero: salvar al tirano era perder al pueblo!, era, por lo menos, desarmar a México al frente de su enemigo armado. Era complicidad; era traicionar los deberes supremos, ¡la salvación del país y la República!

¡Mira lo que han producido las medidas tibias, los semigrandes hombres de nuestra raza latina, de Francia, de España y de Italia, los Espartero, los Lafayette y también, ¡ay! los ¡Garibaldi! Cuidémonos de ser inhumanos a fuerza de humanidad.

¡Ah! si nosotros los civilizados, los humanos, los perfectos de 48, en lugar de derribar el cadalzo delante de un pretendiente, hubiésemos tenido una poca de tu barbarie, no habrías tenido que ejecutar a un emperador, ¡y nosotros no tendríamos que ejecutar otro!

¡Cuánto torrente de sangre habría borrado una sola gota! ¡Sangre de Francia, de Roma y de México, sin contar la que tiene que correr, sin contar el honor y la salvación de la Francia odiada de los pueblos, y tal vez mañana invadida por los reyes, por la tercera y última vez! ¡He aquí el hermoso resultado de nuestra humanidad! La Europa sobre las armas, la Francia deshonrada y Rohuer condecorado.

El oro, la sangre, las lágrimas, el derecho de los pueblos, la razón de una emperatriz, la vida de un emperador; ¡todo esto enriquecido de diamantes en un mismo cintajo! ¡qué lástima haber preparado estos deslumbramientos, haber conservado al autor de estas maravillas, el destructor de Repúblicas y fundador de imperios, a este ladrón de millares!

La vida del hombre es sagrada, pero después de todo, ¿son hombres los reyes? no, según su propia definición. Son bestias de garra o presa. Los absolutos llaman a los constituyentes cochinos de engorda. Los constitucionales llaman a los absolutos, ogros de Córcega, y todos pretenden ser divinos.

Que vayan, pues, a ver a Dios, vencidos o triunfantes de la humanidad. Salvarlos, compadecerlos siquiera, es tener amor de sobra, es como dice San Francisco: Lobo, sé mi hermano; guadaña, sé mi hermana.

La licantropía es una caridad a la Don Quijote: es la lógica de poeta que salva en verso y mata en prosa; es merecer la despedida de la República y del buen sentido con una corona de flores sobre un birrete de loco; ¡a Dios gracias! tu inflexible equidad no ha cedido a las lisonjas de la reina Clemencia.

Tu fuerte razón, sorda a los generosos absurdos, ha comprendido la manera de defenderse de los pretendientes. Tu altivo valor nos ha marcado el verdadero camino, a nosotros sobre todo, que tenemos tres dinastías. En este bosque sólo falta el leñador.

Se necesita el hierro y el fuego: el remedio heroico de un mal que tiene las raíces del pasado, las preocupaciones del presente, las ambiciones del porvenir, toda la infame coalición de cobardes pesadumbres y viles deseos, el apoyo de todo aquello que vive sobre los hombros del pueblo, frailes, jueces, judíos, soldados, policías y verdugos; que tienen de su parte a toda la fuerza social organizada, concentrada, y que se sirven de ella para matar, no a un hombre, sino a un pueblo; para robar no un bolsillo, sino todos los bolsillos; para matar en masa y robar en grande; para matar y robar insensatamente el derecho, el pensamiento, la palabra, la conciencia y la voluntad pública; no solamente la de hoy, sino también la de mañana; todo sin más obstáculo que un juramento sin riesgo ni peligro, sin más alternativa que el castillo de las Tullerías o el de Arenemberg, el Trono de Francia o un destierro en opulencia, reinar o conspirar!!!

¿Y, no habría una tercera oportunidad capaz de cambiar estos hermosos planos? Sí, la que tú nos has restituido, la oportunidad de esta pena de muerte, cuya eficacia creen solamente los que la emplean; que forma su aplomo y su seguridad en el crimen; cuyo monopolio tienen por la gracia de Dios, y cuyo derecho has vuelto a tomar para la salvación de los pueblos. El mundo es implacable con el que mata por un pedazo de pan.

Sin embargo, si hay algún caso en el que la pena de muerte sea aplicable, ciertamente no es éste. Si hay algún caso en que sea preciso conservarla, es en materia política; cuando se cometiera un atentado contra la soberanía popular, si no existiese la pena de muerte, sería preciso inventarla.

En fin, la autoridad del derecho es tan benéfica como el derecho mismo. Nada más a propósito que la audacia para aconsejar a los reyes; el primer movimiento según el precepto del amigo Talleyrand.

Vino entonces el segundo, orden a la escuadra para . . . izar los pabellones del duelo, y en fin, el tercero, el último, el más humilde y el más seguro.

Homero es todavía más sabio que Talleyrand. Se está en ello, la escuadra pasará por París para ir a México, es decir, que el almirante Tegethoff irá con una carta americana, a pedir como Príamo, los restos de Héctor. La monarquía de rodillas delante de la República.

¡Cómo se han ablandado. Cómo han descendido de la amenaza al ruego! Está bien. Si no les entregas en cambio el cuerpo de uno de los que él ha matado, traerán a su hermoso príncipe muy diferente de lo que lo enviaron.

¡Quantum mutatus! Así vendrán todos los que vuelvan; pero está tranquilo; la obra ha tenido buen éxito. México se ha salvado; su suelo es demasiado ardiente para los emperadores.

No volverán más. En el terreno del derecho como del hecho has tenido razón: puedes medir tus servicios sirviéndote de tu desesperación y de nuestro reconocimiento, digan lo que gusten los hijos de los regicidas de 93; la necesidad del regicidio se hacía sentir en 1867; la ejecución era necesaria.

El culpable no merecía ni perdón ni piedad. No era uno de esos desgraciados a quienes es preciso compadecer siempre, juguetes de la suerte, como esos obreros de Sheffield que se matan los unos a los otros en provecho de sus amos.

Era un miserable de otra especie, a quien no disculpa ni el hambre ni la sed, a quien no excusa la misma miseria, a quien no justifica ignorancia alguna, que llegó allí por orgullo o más bien por vanidad, puesto que todo estaba hecho, que se quedó por ambición, movido solamente por el egoísmo, y lo peor de todo, no por el egoísmo constitucional que se robustece en el apoyo de los demás, sino por el ogro que devora a los débiles.

No estaba obligado a ir, tampoco estaba obligado a quedarse. El honor, alegan, ¡honor y emperador, qué contraste! Si el honor lo hubiese guiado, si el emperador hubiese pensado en los otros más que en él, cuando los franceses se retiraron, debía de haberte dicho: "Tengo aún un trozo de ejército, de pueblo y de imperio". "Puedo continuar la lucha con peligro de todo, de los vuestros y de los míos; pero prefiero retirarme a sostener una guerra inútil".

Este era el honor, el interés, la salvación de los otros y la suya: el deber aconsejaba esto; pero su derecho no quería; y más loco que su mujer, se hizo ofrecer de nuevo por quince notables, la corona, la guerra y la muerte.

Lo quiso con una premeditación y una perseverancia diabólicas.

Advertido por el ejemplo de Iturbide, no podía esperar algo mejor el tirano extranjero que el indígena: habiendo dado él mismo el ejemplo de una guerra a muerte, violado el derecho de gentes y todas las leyes de la humanidad, deshonrado el patriotismo, asimilado a los defensores del país con los bandidos, fusilando en 24 horas a sus prisioneros de cualquier grado, de cualquier jerarquía y de cualquier sexo; generales y soldados, militares y paisanos, hombres y mujeres, habiendo un gran decreto de exterminio ejecutado el derecho de gracia y matado el perdón.

Tú lo has castigado con su propia ley y le has dado más de 24 horas. Es más de lo que debías.

¡Es la única injusticia que has hecho! Mexicano, tú has libertado a México; republicano, tú has libertado la República; salvaje, has dado una lección de justicia a los civilizados; americano, has dado un ejemplo de valor a los europeos.

Tu trueno de los andes ha impreso un sacudimiento al globo, un movimiento saludable que se hará sentir por doquiera. Tigre o león, has rehabilitado al hombre y a la providencia.

Mientras que ejecutabas a este tirano, permitías que otros se salvaran. Es cierto; pero no se puede hacer todo a la vez, y si no era el más culpable, lo era bastante.

Va uno a cuenta. Paciencia, tu lección será comprendida, se seguirá tu ejemplo y la cuenta quedará saldada. En la Francia, regenerada por México, también se hará justicia.

¡Gloria a ti!

Por los obreros franceses republicanos.

Félix Pyat

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente:
Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.