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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1867 Informe del Alto Mando Imperialista a Maximiliano.

Querétaro, Mayo 14 de 1867 (un día antes de la caída de la plaza en manos republicanas)

 

Señor:

Los generales que suscriben, cumpliendo con la suprema resolución de V. M. Relativa a que informen a V. M. sobre el estado actual de la defensa de esta plaza, así como acerca del partido que deberá tomarse con presencia de la situación que guarda el ejército imperial, después de haber estudiado concienzudamente las graves cuestiones indicadas, tienen la honra de manifestar a V. M. lo siguiente:

Para formar un juicio exacto del estado en que nos encontramos hoy y resolver con cordura lo que conviene hacer, necesario es dirigir una ojeada retrospectiva a los hechos que precedieron el plan de operaciones que se trazó al ejército para afrontar la situación político-militar de fines de febrero y principios de marzo últimos.

Habiendo sido muy malos los consejos del E. M. G. cuando vuestra majestad llegó a Querétaro y cuando el enemigo se decidió a tomar la iniciativa sobre nuestras tropas, los juaristas efectuaron sin dificultad una concentración de sus tropas, que habríamos debido evitar a todo trance, batiéndolos en detalle en los momentos de su aproximación a Querétaro.

Pasada la oportunidad que presentó la impericia del enemigo, para destruirlos en dos batallas de éxito seguro para las armas imperiales, batallas que debieron librarse con las dos grandes fracciones de la fuerza armada de los juaristas y habiendo sido tenaz la oposición del general Márquez para atacar al enemigo, con lo cual nos habríamos salvado, se creó inmediatamente la difícil y peligrosa situación actual, reducido a defenderse el ejército imperial en esta plaza.

Una vez que de hecho se abrazó el partido de permanecer a la defensiva, lo cual debía traer por consecuencia un sitio de la plaza, el primer estado mayor de los dos que ha tenido vuestra majestad no se ocupó de ninguno de los preparativos que indican las reglas del arte para casos semejantes.

No se almacenaron víveres y forrajes ni se levantó una fortificación como exigía la defensa. A mayor abundamiento, las ricas haciendas de las cercanías de Querétaro, algunas de las cuales no distan ni 500 metros de la ciudad, quedaron llenas de grano de todo género, facilitando así la cómoda subsistencia del ejército sitiador, al mismo tiempo que la plaza se privaba del principal elemento de una larga defensa que son los víveres y el forraje.

Después de haber procedido así el E. M. G. de que venimos hablando y a las ocho días de estar a nuestra vista el ejército juarista, atacó éste la plaza el 4 de marzo con más de 20 mil hombres, pero fue rechazado por los ocho mil de las tres armas que componían entonces nuestras tropas.

Las faltas del E. M. G. hicieron que el 20 de marzo se considerara por algunos como insostenible por más tiempo la situación en que nos encontrábamos y caracteres débiles o asustadizos se aventuraron a proponer a vuestra majestad una retirada, si necesario era, clavando la artillería y abandonando todos los trenes: las indicaciones en este sentido se avanzaron hasta pretender que vuestra majestad celebrara una capitulación con el enemigo.

La energía y dignidad de vuestra majestad, su heroica resolución de combatir a favor de la salvación nacional y su fe en el triunfo de una causa que es la del orden social y de la independencia de México, le aconsejaron someter el negocio a la resolución de una junta de guerra celebrada el mismo día 20 de marzo, con absoluta libertad y sin que vuestra majestad estuviera presente mientras duró la deliberación.

La junta resolvió que se continuara la defensa en Querétaro con más vigor que hasta entonces; que se fortificara convenientemente la plaza y se plantearan los establecimientos de construcción del material de guerra que ofreció improvisar, como lo hizo, a fin de que el ejército contara con el parque necesario para largo tiempo. También opinó la Junta de Guerra porque se hicieran frecuentes salidas sobre el enemigo y muy particularmente porque viniera de México un ejército auxiliar abandonando, si era preciso, la capital.

Vuestra majestad tuvo a bien aprobar la opinión de la referida Junta de Guerra y se dignó nombrar al señor general D. Leonardo Márquez, jefe de E. M. entonces, lugarteniente del imperio, con plenos poderes para obrar en México, a donde se dirigió saliendo de esta plaza en unión del señor general Vidaurri, nombrado ministro de Hacienda y presidente del Gabinete, el 22 del mismo marzo, escoltado por 1 300 caballos y llevando la misión principal de venir a auxiliar a Querétaro con el mayor número de tropas que fuera posible.

El general en jefe del cuerpo de ejército de infantería abajo firmante comenzó, previa la autorización de vuestra majestad, a hostilizar al enemigo, haciendo frecuentes salidas sobre el ejército sitiador, que han tenido otros tantos triunfos de las armas imperiales.

Las excursiones por los caminos de San Juanico y de Celaya, verificadas los días 22 y 23 de marzo, proporcionaron al ejército víveres y forrajes para algún tiempo; la sorpresa del 19 de abril, dada a una parte de las tropas que cubrían la línea del Cerro de San Gregorio, valió gran número de prisioneros y dos abuses de montaña quitados al enemigo; la salida del 25 de abril sobre la trinchera O. E. de la plaza, costó al sitiador una gran parte del batallón de supremos poderes, que fue hecha prisionera; el ataque del 27 de abril sobre la brillante posición del Cimatario, constituyó una victoria completa, en la que tres mil hombres del ejército imperial derrotaron a 17 batallones juaristas, cuya fuerza total se elevaba a diez mil hombres, tomándoles en este glorioso hecho de armas 21 piezas de artillería, 600 prisioneros, víveres, forrajes, equipajes, etcétera; la salida del 1 de mayo sobre la Hacienda de Calleja y garita de México, efectuada después de haber batido en brecha la primera el general Ramírez Arellano, dio por resultado desalojar al enemigo de dicha hacienda, causándole importantes pérdidas en la garita de México; y, por último, el ataque del 3 de mayo sobre el Cerro de San Gregario, que fue preciso suspender después de haber desalojado al enemigo de sus primeras posiciones a causa de las favorables noticias que se tuvieron por medio de los prisioneros juaristas, noticia que presentaron como segura la llegada del general Márquez en auxilio de esta plaza, todo esto, señor ha puesto a raya los ímpetus del sitiador, reduciéndolo a una posición crítica en la que todo ha debido esperado del tiempo y nada de la potencia de sus tropas.

El ejército juarista, por su parte, después de rechazado el 14 de marzo, permaneció en sus posiciones asediando a Querétaro pero, reforzado por diez mil hombres más, la atacó de nuevo el 24 del mismo marzo, poniendo en acción sobre nuestra línea del sur unos 16 mil hombres.

Vuestra majestad vio el valor y el entusiasmo con que nuestras tropas volvieron a rechazar este formidable empuje del sitiador, que al fin se persuadió que era impotente para tomar por asalto la plaza de Querétaro. A partir del 24 de marzo, el enemigo se concretó como antes de esa fecha y después del 14 a sostener un sitio riguroso, hostilizando constantemente nuestra línea con sus fuegos de artillería y de infantería.

Tal regla de conducta no fue modificada sino la noche del 5 de mayo, en que los sitiadores, al impulso de la embriaguez, atacaron el punto principal de nuestra línea del norte donde, como siempre, se les rechazó enérgicamente.

Cuando el general Márquez salió de esta plaza con dirección a México, para venir a auxiliada lo más pronto posible, es decir el 22 de marzo, la situación se consideraba perdida por muchos, entre otros por aquel mismo general.

De entonces acá la firmeza y heroico valor de vuestra majestad, los trabajos del jefe de E. M. G. sobre la organización de las tropas, sobre su pago y manutención; los ataques del general en jefe del cuerpo del ejército de infantería al enemigo, que destruyéndole parcialmente y arrebatándoles sus víveres y forrajes, conservaban la moral, la disciplina y el entusiasmo del soldado y los trabajos del director de artillería que han bastado para tener durante el sitio la pólvora, los proyectiles, las municiones y las cápsulas que ha necesitado nuestro ejército, todos estos esfuerzos reunidos han sostenido la situación y neutralizado los fatales resultados que debió traer la imprevisión del primer jefe de E. M. que estuvo aliado de vuestra majestad.

Al decidir la Junta de Guerra del 20 de marzo que continuara la defensa de Querétaro y al confiar vuestra majestad al general Márquez la importante y gloriosa misión de venir a auxiliar al ejército imperial, vuestra majestad y la citada junta creyeron, con justicia, que bastarían 15 o 20 días para llegar al desenlace de la gran cuestión que estamos decidiendo.

Parecía que el destino reservaba al general Márquez la grata satisfacción de poner un término favorable al difícil estado de cosas que él había creado. Más, por una fatalidad altamente deplorable, esto no ha sucedido así.

El ejército imperial, a cuya cabeza se encuentra el más noble de los soberanos, lleva ya 70 días de sitio y 54 de estar esperando el auxilio del general Márquez. Y esto es una plaza abierta, que no fue fortificada ni abastecida oportunamente; que, además, está dominada en la mayor parte de sus puntos por alturas de primer orden, que ocupa el enemigo, cuyas fuerzas se elevan a 30 mil hombres, mientras que nuestras disminuidas fuerzas, primero por los 1300 caballos que fueron a escoltar al general Márquez y después por el tifo y por el fuego del sitiador, se han reducido de ocho mil hombres a cinco mil, número despreciable con el que sostenemos una línea de ocho kilómetros que, según las reglas del arte, exige para su defensa un ejército de 35 mil hombres.

Atacando audazmente al enemigo, trabajando sin cesar en la nutrición y pago de las tropas, extrayendo el salitre y carbonizando las maderas para elaborar la pólvora, fundiendo las campanas para tener proyectiles de artillería, arrancando al teatro su techumbre para fabricar balas de fusil, construyendo cápsulas de papel, engranando las piezas sin máquina, etcétera, manteniendo al ejército y al pueblo, primero con nuestra caballada y después con la mulada de los trenes, careciendo el soldado en mucho tiempo de pan, de maíz, de trigo, de café, de aguardiente y hasta de leña; he aquí cómo se ha prolongado la defensa de Querétaro más allá del término marcado por las circunstancias; pero esta heroica defensa, la primera por su naturaleza de cuantas se han hecho en nuestro país, tenía un objeto exclusivo que no ha sido alcanzado: el auxilio del general Márquez, en cuyas manos quedó abandonada la suerte de vuestra majestad, del país y del ejército, desde el momento en que recibió plenos poderes de vuestra majestad para salvar la situación que él mismo había creado.

Los generales que suscriben no abordarán hoy el terreno de los justos cargos que creen poder formular contra el antiguo jefe de E. M. de vuestra majestad. La historia se encargará de esta ingrata tarea; pero importa al heroísmo de vuestra majestad y del ejército que se ha sacrificado estérilmente en Querétaro, hacer constar a la faz del mundo, que sin elementos de ninguna especie, cuando ya no hay azufre para elaborar la pólvora y después de haber muerto en los combates los mejores generales del ejército, cinco mil soldados sostienen hoy esta plaza después de un sitio de 70 días, establecido por 30 mil hombres que cuentan con los recursos de todo el país, que de este largo período de tiempo, 54 días se ha aguardado inútilmente el auxilio del general Márquez, que debió volver de México en 20 y por último, que durante la defensa de Querétaro, el enemigo ha sido atacado con frecuencia por nuestras tropas, batido en sus mismas posiciones, privado de más de la mitad de su artillería y rechazado de nuestra extensa línea de fortificación, que no ha podido forzar jamás, ni siquiera ocupar en alguno de sus puntos.

La absoluta carencia de noticias del general Márquez, que no ha dirigido a vuestra majestad ni una sola comunicación en 54 días, mientras que sí se han se han recibido algunas del ministro de Gobernación Iribarren, ha tenido a vuestra Majestad y al ejército en una duda horrible, desde el mismo día en que aquel salió de la plaza de Querétaro. Ante el hecho de que ese general no haya auxiliado a Querétaro después de 54 días y en presencia de las declaraciones de los prisioneros del enemigo, que hacen al general Márquez todavía en la capital del imperio, lo cual es ya indubitable, ha llegado el momento de poner término a una defensa que es ya materialmente imposible, toda vez que el ejército y el pueblo son presas de la plaga del hambre, que dentro de breves días se hará sentir con todos sus horrores, matando de un solo golpe el sufrimiento de la población y la moral del soldado, rebajada por la miseria, por la desnudez, por los rigores de la estación de las aguas que se han anticipado extraordinariamente y por las penalidades de todo género en que ha vivido desde el 6 de marzo último.

Vuestra majestad y el ejército entero tienen derecho a la orgullosa satisfacción de haber puesto muy alto el honor de las armas nacionales, dando ejemplo de un heroísmo poco común, que es capaz de las más atrevidas empresa cuando le dirige una voluntad enérgica y un sentimiento de verdadero patriotismo. La inmensa responsabilidad de las funestas consecuencias que van a precipitarse sobre México es enteramente extra a vuestra majestad y a su valiente y sufrido ejército.

A la altura en que se encuentra la cuestión militar que debatimos, los que suscriben propondrían a vuestra majestad desenlazarla pactando una capitulación con el sitiador, término legal y honroso para casos semejantes, establecido por la humanidad y sancionado por el derecho de gentes en todos los pueblos civilizados. Mas esto no es posible cuando se lucha con un enemigo salvaje, sin honor, que tiene por principio violar las capitulaciones que celebra, como lo hizo en Puebla, Guadalajara y Colima; que asesina en las tinieblas de la noche a sus prisioneros, sin respetar sus heridas, y que levanta sangrientas hecatombes con los vencidos, como la de Tepetates.

En tan dura extremidad, los que suscriben creen cumplir con un deber de conciencia y de soldados, diciendo a vuestra majestad que su alto carácter de soberano, así como nuestra cualidad de generales, nos impone un último deber, que será también un costoso y heroico sacrificio: atacar desde luego al enemigo hasta derrotarlo completamente, venciéndolo en todos los puntos de su línea; si las tropas imperiales fueran rechazadas en este ataque, evacuar inmediatamente la plaza inutilizando primero la artillería y todos los trenes, rompiendo después el sitio a todo trance, único medio de salvar a la barbarie del enemigo al mayor número de soldados del ejército imperial.

Tal es, señor, la concienzuda opinión de los generales que suscriben y la cual someten a la soberana resolución de vuestra majestad, protestándole que, en todo caso, están dispuestos a sacrificarse a la cabeza de las tropas para cumplir las órdenes de vuestra majestad.

El general de división en jefe del cuerpo de ejército de infantería, Miguel Miramón. El general de división en jefe de la caballería, Tomás Mejía. El general en jefe del E. M. G., Severo del Castillo. El general director de artillería, Manuel Ramírez de Arellano.