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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1866 Jesús González Ortega trata de ganar adeptos en Estados Unidos para reclamar el cargo de presidente de México.

Nueva Orleáns, octubre 29 de 1866

GONZÁLEZ ORTEGA SE CONSIDERA PRESIDENTE DE MÉXICO

Nueva Orleáns, octubre 29 de 1866.

Sr. Gral. (Philip) Sheridan. General:

A mi llegada a esta ciudad leí en los periódicos una comunicación oficial firmada por usted y dirigida al Comandante del subdistrito del Río Grande, Brownsville, Texas.

Dicha comunicación toca y decide, de una manera militar, cuestiones internacionales de grave importancia concernientes a las leyes de neutralidad, las cuales están violadas desde el momento en que promete usted su más eficaz apoyo a los adictos al Sr. Juárez y da el nombre de facción a los que sostienen el Gobierno legítimo de México.

Aunque indirectamente, señor, es un atentado el imponer a aquella Nación un Gobierno contra su voluntad y contra sus leyes constitucionales. Es también un atentado el intervenir en las cuestiones interiores de la República de México, que sólo ella tiene el derecho de decidir.

El Gobierno de los Estados Unidos no ha tomado parte en ellas hasta ahora. Al principio no podía entender la comunicación de usted, pero maduras reflexiones me convencieron al fin de que no se refería a mí.

Tal era mi impresión, que antes de ayer me dirigí a la residencia de usted para tener el honor de presentarle mis respetos, en testimonio de las buenas relaciones que existen entre los Estados Unidos y la República Mexicana, que deseo de todo corazón que se conserven. No obstante, ayer, dos oficiales del Estado Mayor de usted, entregaron una copia del documento arriba mencionado, sin antecomunicación y sólo con mi nombre escrito en la cubierta, como señal de que me estaba dirigida; leí otra vez su contenido y no me pudo persuadir absolutamente de que me concerniera ni de lo que no quería expresar al trasmitírmela de tal modo, por razones a que no es preciso referirse ahora, pero que son bien conocidas de su Gobierno y de una gran parte de los habitantes de los Estados Unidos.

He estado residiendo en Nueva York y salí de esa ciudad el 25 del corriente, con dirección a mi país natal, atravesando el territorio de esta ilustre Nación, bajo la salvaguardia y protección de sus leyes. No se ignora en los Estados Unidos que soy Presidente Constitucional de la República Mexicana; que tal posición reclama de mí el cumplimiento de grandes y penosos deberes, de los cuales nadie sin violar las leyes puede desviarme, a no ser la suprema voluntad nacional que me concedió sus votos; que no sólo es el Gobierno de facto de Juárez el amigo de los Estados Unidos, sino también lo es el gran partido liberal de mi país y Juárez cesó de representarlo desde el día en que violó la Constitución de la República:

Por las anteriores razones niego haber creado ni ser el representante de una facción. Soy el verdadero y único representante de la Ley Constitucional de México, a cuya Nación, repito, pertenece el derecho de decidir sus cuestiones interiores. Por la misma razón de ser el representante de los principios constitucionales de México he obrado, durante mi residencia en los Estados Unidos, con la propiedad y discreción que mi misión demanda. Las autoridades superiores de los Estados Unidos tienen más de una prueba de la verdad de este aserto. Estoy determinado a obrar siempre con la misma propiedad y discreción, pudiendo usted estar seguro de que no violaré la neutralidad de que habla en su comunicación. Los que apoyan mis derechos no han tomado aún parte en las conspiraciones que se formado en el Río Grande para derrocar el presente estado de cosas del lado mexicano.

Finalmente, debo hacer constar que la razón porque Juárez ha sido considerado hasta aquí como jefe del Gobierno liberal de México; es debida al hecho de mi ausencia necesaria de ese país, cuya evidencia puede establecerse por documentos oficiales que he publicado ya. No admito que su comunicación se refiera a mí. Razones de política, que no deseo mencionar y que fácilmente se comprenderán, me afirman en esta creencia; de otro modo seria más explícito y protestaría contra dicha comunicación en nombre de la República Mecana y del derecho internacional, apelando, si fuera necesario, que se me hiciese justicia, a las leyes sabias y liberales de los Estados Unidos.

Tengo el honor de ser su humilde servidor.
Jesús González Ortega