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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1864 Carta de Manuel Doblado en la que pide a Juárez su renuncia y respuesta correspondiente.

Zacatecas, enero 3 de 1864.

 

DOBLADO LE PIDE RENUNCIAR A JUÁREZ

Zacatecas, enero 3 de 1864.

Sr. presidente don Benito Juárez. Saltillo.

Muy apreciable amigo:

A mi llegada a esta ciudad he conferenciado detenidamente con el señor diputado don Manuel Cabezut sobre varios negocios de interés general. Por dicho señor he sabido que usted había manifestado, antes de su salida de San Luis, que estaba dispuesto a renunciar la presidencia si esto contribuía a poner término a la situación desastrosa que guarda la República.

En esta inteligencia y de acuerdo con el señor general González Ortega, con quien después he tratado del mismo asunto, he determinado poner a usted ésta para que sepa que apruebo aquel pensamiento como el más glorioso para usted por la sublime abnegación que supone y como el único que podrá salvar al país de la inminente ruina que le amenaza.

El invasor repite que con usted no tratará jamás; pero que respetará la independencia e incolumidad de la República. Un pretexto es éste; pero un pretexto que no puede ponerse de manifiesto, sino con la renuncia de usted. Preste usted, pues, un servicio eminente sacrificando su persona para desenmascarar al extranjero y poner en evidencia su mala fe ante el mundo entero.

Si los franceses cumplen su palabra, usted ha salvado a la nación y será más grande habiéndole conservado su independencia con la renuncia del puesto que si la hubiera reconquistado a fuerza de batallas. En este dilema siempre es usted el redentor de México, que le sacrifica su posición social para guardarle su autonomía.

En otras circunstancias me habría abstenido de manifestar a usted mi sentir en punto tan delicado; pero son tan graves y tan trascendentales las consecuencias que van a venir, si continuamos en el statu quo presente, que juzgo obligación sagrada la exposición franca de mi modo de pensar, cualquiera que sea la resolución que usted adopte. Más tarde usted calificará el desinterés de este paso y la exactitud de mi previsión; mi carácter de gobernador de Guanajuato me impone el deber de hablar a usted la verdad como el representante de aquel estado, por ser el solo conducto que queda en pie en la borrasca que atravesamos para que usted conozca el sentir de aquella parte de la República. Bastará esta aclaración para que usted no crea que es una oficiosidad inoportuna lo que sólo es efecto de la inmensa gravedad de la situación y de la no menos grave responsabilidad de los que tenemos la obligación indeclinable de hacer cuanto podamos para salvarla.

Medite usted bien el asunto de ésta porque es una cuestión de vida o muerte para el país y cuide usted al resolverse de no hacerse ilusiones sobre el verdadero estado de la República, porque un poco más tarde ya no podrá usted hacer nada en favor de aquélla.

Oficialmente doy a usted cuenta de mi expedición y de la situación que guarda el enemigo y como sobre esto hablará a usted también el señor general González Ortega, omito repetirle las propias especies, concluyendo con asegurarle que soy siempre su afectísimo amigo q. b. s. m. [...]

 

Fuente: Villegas Revueltas Silvestre. Antología de textos. La Reforma y el Segundo Imperio. 1853-1867. UNAM. 2008. 424 pp.

 

 

 

JUÁREZ RESPONDE A LA PETICIÓN DE DOBLADO.

 

Saltillo, enero 20 de 1864.

Sr. general don Manuel Doblado.

Mi estimado amigo:

El Sr. don Juan Ortiz Careaga me entregó la grata de usted de 3 del corriente y ha desempeñado, al mismo tiempo, con el señor general don Nicolás Medina la comisión que usted les dio pidiéndome que renuncie la presidencia de la República. Me dice usted en su citada carta y me lo han repetido los señores sus comisionados, que se determinó usted a dar este paso, en la inteligencia de que yo había manifestado, antes de mi salida de San Luis Potosí, mi resolución de abandonar el puesto, según se lo dijo a usted el Sr. don Manuel Cabezut y que, además, cree usted que esta determinación allanaría las dificultades que pone el enemigo para entrar en arreglos que pongan término a la presente guerra. Ya dije a usted en mi carta del día 10 y he repetido a los Sres. Ortiz Careaga y Medina, en presencia del Sr. Cabezut, que jamás he dicho palabra alguna a este señor relativa a mi punto, como usted se sirve recomendarme y por más que he apurado mi pobre entendimiento no alcanzo una razón bastante poderosa que me convenza de la conveniencia de la medida que se desea. Por el contrario, la veo como un ensayo peligrosísimo que nos pondría en ridículo, que nos traería el desconcierto y la anarquía y que a mí me cubriría de ignominia porque traicionaba a mi honor y a mi deber, abandonando voluntariamente y en los días más aciagos para la patria el poder que la nación me ha encomendado. Temo con tanta más razón estos resultados, cuanto que no hay seguridad de que el enemigo trate con el Sr. [González] Ortega, a quien considera como desertor que ha faltado a su palabra, ni con ningún otro mexicano que no acepte la intervención. Además, los hechos están demostrando que el enemigo no busca la destrucción de las personas sino del gobierno que por sí se ha dado la nación. Por eso ha establecido ya la monarquía con un príncipe extranjero y por eso Napoleón, en su último discurso de apertura del cuerpo legislativo, ha dicho que en la expedición a México, no ha tenido un plan preconcebido; que quería el triunfo de sus armas, lo que está ya conseguido y ahora quiere el triunfo de los intereses de la Francia, poniendo los destinos de México en manos de un príncipe digno por sus luces y cualidades.

Ya ve usted que no se trata de la persona que ejerza el gobierno nacional, sino de un gobierno que reciba su ser de la voluntad de Napoleón y que nazca de la intervención, para que obre por los intereses de la Francia. Por esto creo que mi separación no sólo sería un paso inútil y ridículo a los ojos del enemigo, sino peligroso por el desconcierto y la anarquía que de ello pudiera resultar porque tampoco hay la seguridad de que la nación apruebe mi resolución de separarme y una vez que hubiera algún estado que desconociera la legalidad del mando del Sr. [González] Ortega, entre otras razones por haber escogido éste de dos destinos de elección popular, el gobierno de Zacatecas, el mismo Sr. [González] Ortega se vería en la necesidad de reducir a los disidentes por medio de la fuerza o de perder el prestigio moral que da el unánime reconocimiento en favor de un poder legítimamente establecido y, de cualquiera manera, nosotros mismos habríamos dado un triunfo al enemigo que alegaría nuestro desconcierto como un argumento poderoso en apoyo de su intervención.

Estas consideraciones y otras que no es dable concretar en los límites de una carta, avivan más y más en mí el sentimiento de patriotismo, de honor y del deber para continuar en este puesto hasta que el voto nacional, expresado por su autoridad legítima, me retire su confianza librándome de la obligación que hoy pesa sobre mí o hasta que la fuerza de la intervención o de los traidores, sus aliados, me lance de él.

Entretanto yo seguiré poniendo todos los esfuerzos que estén en mi posibilidad para ayudar a mi patria en la defensa de su independencia, de sus instituciones y de su dignidad. La verdad es que la situación nos es desfavorable por ahora y no me hago la ilusión de creer que estamos en tiempos bonancibles; pero yo sé que nuestro deber es luchar en defensa de la patria y entre la defensa de una madre y la traición no encuentro medio alguno honroso. Será esto un error mío pero un error laudable que yo acaricio con gusto y que merece indulgencia.

Yo suplico a usted que no reciba mal mi resolución a la insinuación que se sirve usted hacerme para que renuncie, sino que la considere como hija de la más sana intención. También suplico a usted siga prestándome su cooperación con la misma constancia y abnegación que hasta aquí, haciendo la guerra de cuantas maneras sea posible al enemigo, en el concepto de que ella es nuestro único medio de salvación. De otra manera, el enemigo no tratará con nosotros sino bajo condiciones deshonrosas que no debemos admitir o trataría con el gobierno que ha establecido, pero ése no es el gobierno de la nación.

Soy de usted, amigo afectísimo q. b. s. m.

Benito Juárez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Villegas Revueltas Silvestre. Antología de textos. La Reforma y el Segundo Imperio. 1853-1867. UNAM. 2008. 424 pp.