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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1863 Parte oficial de Forey sobre la ocupación de Puebla.

Puebla, mayo 20 de 1863.

 

(Señor ministro de la Guerra)

(París)

Señor mariscal:

Tengo la honra de dar cuenta a V. E. de las operaciones del cuerpo expedicionario, desde el 3 de este mes.

El ejército de Comonfort se nos acercó.

Las señales que cambiaba con Puebla, los partes de nuestros reconocimientos, no dejaban duda de que el enemigo intentaba introducir a la plaza un convoy de víveres.

Vigilé cuidadosamente los movimientos de nuestros contrarios, aguardando una ocasión favorable para batir y dispersar su ejército auxiliar.

El 4 de mayo se señaló por la llegada de Juárez al campo de Comonfort.

El general Douay, previendo un recio ataque a sus tropas, dejó la penitenciaría y vino a tomar el mando directo de su división.

Después del medio día, el general Márquez practicó un reconocimiento sobre San Lorenzo, donde halló al enemigo y lo batió en un pequeño combate.

El 5, las tropas enemigas se presentaron en los muchos puntos de la línea de circunvalación al norte de Puebla y a la vez que la plaza emprendía una salida por el punto de San José, la cual fue vigorosamente impedida por el general Douay.

El 6 por la mañana el ejército de Comonfort, con fuerza de ocho a nueve mil hombres, bajó de las alturas de San Lorenzo e hizo replegar las avanzadas del general Márquez.

Éste volvió a tomar la ofensiva.

El enemigo, viendo llegar al general Douay con estos refuerzos, se retiró y la cosa no pasó de un fuego recio de cañón.

A las cuatro y media de la tarde el ejército auxiliar había desaparecido tras las alturas de San Lorenzo.

La plaza, por su parte, había intentado una salida por Santa María y el general L’Heriller la frustró decididamente.

El día 7 acabó el enemigo de concentrarse en las alturas de San Lorenzo y comenzó a fortificarse fuertemente allí.

El momento me pareció favorable para atacarle; encomendé tal operación al general Bazaine, poniendo a sus órdenes cuatro batallones, cuatro escuadrones y ocho piezas.

Hizo una marcha de noche y, al amanecer del día 8, batió y derrotó completamente las tropas enemigas.

El 9, para aprovechar la victoria de la víspera, envié una parte de las tropas al mando del general Neigre y acompañadas del intendente militar M. Wolf, a situarse en Santo Domingo, para recoger provisiones en aquella riquísima comarca.

Este punto ha quedado ocupado hasta el 14; numerosos convoyes nos han venido de allí diariamente con grandes cantidades de víveres.

Debí reunir las tropas encargadas de esta operación administrativa, porque los trabajos un poco aflojados, volvían a tener mucha actividad y reclamaban la presencia de todas nuestras fuerzas.

Después del asalto infructuoso de Santa Inés, el 25 de abril, debía investigar cuidadosamente las causas de no tener resultado nuestras operaciones y los medios de remediarlo.

La mayoría fue de parecer que prescindiéramos de insistir en atacar a viva fuerza los islotes, en cuyas operaciones frecuentemente chocábamos con obstáculos enteramente imprevistos y que nos causaban graves pérdidas sin resultado provechoso.

Se pensó en una operación contra San Agustín en términos de penetrar rápidamente hasta el reducto de la plaza.

La idea de operar por mina se presentaba naturalmente; pero en las operaciones practicadas se halló la roca a 50 centímetros bajo del suelo.

Era necesario, pues, buscar otra combinación.

Después de la toma de la penitenciaría, yo quería atacar el fuerte del Carmen, de modo que se pudiese marchar sobre el reducto de la ciudad por dos direcciones, dividiendo así la atención y fuerzas del enemigo.

Nuestras provisiones se habían aumentado y la operación me parecía practicable.

Se objetó que antes debía ser atacado el fuerte de Totimehuacán, que domina y flanquea al Carmen; que no pedía mucho esfuerzo ese fuerte sin reducto y que, en fin, posesionados de él, se hallaría el Carmen rodeado por nuestras baterías y consiguientemente en una situación muy difícil.

El 10 y el 11 fueron dedicados a los preparativos necesarios.

El 12, al declinar el día, estaba zanjada la primera paralela.

Las baterías de la izquierda hicieron un fuego fuerte para llamar la atención del enemigo.

El 13, a las siete de la mañana, el enemigo hizo una salida del fuerte de Totimehuacán, cargando muy vigorosamente sobre nuestra paralela; recibido por un fuego de los más nutridos, debió volver en desorden a la obra, dejando en el terreno gran número de muertos.

Se completó la paralela, así como las comunicaciones que la unían al molino de Guadalupe y a la garita de San Baltasar.

La artillería comenzó sus baterías.

El 14, se concedió un armisticio al enemigo para que levantase sus muertos frente a Totimehuacán.

Se continuaron los trabajos de aproximación y de baterías.

El 15 a media noche se quitó el rancho de la Magdalena.

El enemigo hizo en vano una salida para recobrarlo.

Han continuado las comunicaciones.

La artillería terminó y armó las baterías 13, 14, 15, 16, 17, 18 y 19 de la serie de la derecha.

El 16 a las seis de la mañana todas estas baterías rompieron el fuego por el frente de ataque de Totimehuacán.

Las baterías auxiliares de la derecha echaron sus proyectiles sobre el Carmen.

Al mismo tiempo las baterías de los ataques de la izquierda 12, 15, 16, 21, 22 y 23 así como los cañones y morteros mexicanos que cayeron en nuestro poder batieron la ciudad.

El enemigo contestó con mucha energía; pero, abrumado por un fuego convergente y bien dirigido, acabó por responder muy débilmente a las ocho de la mañana.

Desde el 14 se me había iniciado confidencialmente una capitulación por un ayudante de campo del general (González) Ortega.

Yo había pedido proposiciones categóricas escritas.

El 16, después del medio día, vino de parlamentario el general (González) Mendoza.

Era portador de los poderes necesarios para tratar de un armisticio y poner verbalmente las bases de una capitulación.

Yo rehusé absolutamente suspender las operaciones y declaré que si aquélla tenía lugar, sería estando combatiendo.

Entrando en explicación sobre la capitulación que pedía el general (González) Mendoza, me propuso que dejase salir la guarnición de la plaza con armas y bagajes, una parte de su artillería de campaña, los honores de la guerra y permiso de retirarse a México.

Yo rehusé tales pretensiones y respondí que las únicas condiciones admisibles serían, que la guarnición saliese con los honores de la guerra, desfilar ante el ejército francés, deponer sus armas y darse por prisioneros de guerra.

Después de una larga conversación sobre la situación de México, despedí al parlamentario, encargándole dijese al general (González) Ortega me remitiese proposiciones escritas.

Durante la noche, quebró el enemigo sus armas, desmuñonó sus cañones, destruyó una parte de sus municiones, licenció sus soldados y, al rayar el día, el general (González) Ortega me escribió que la plaza estaba a mi disposición.

El 17 por la mañana envié al coronel Máneque, segundo jefe de Estado Mayor General, con el 1° (primer) batallón de cazadores de a pie, para tomar las primeras medidas conducentes a la ocupación de la ciudad.

Durante el día fueron ocupados por nuestras tropas los fuertes de Totimehuacán, Santa Anita, Loreto y Guadalupe.

Se comenzaron a destruir las trincheras en términos de facilitar el paso de la plaza de la garita de México a la de Amozoc.

Los médicos fueron a examinar los establecimientos bajo el punto de vista de la salubridad.

Los cuerpos de artillería e ingenieros y la intendencia procedieron a inventariar el material y provisiones dejadas por el enemigo.

Durante el día 18 continuaron los trabajos y recuentos comenzados la víspera.

Se concluyeron las providencias más urgentes de ocupación y policía.

El 19 hice mi entrada solemne a Puebla, acompañado de los generales, de los Estados Mayores, de los jefes de servicio y de una columna compuesta de fracciones de diversas armas.

Desmonté ante la puerta de la Catedral, fui recibido por el cabildo metropolitano y conducido al coro, donde se cantaron el Te-Deum y el Domine salvum.

Después de la ceremonia, desfilaron las tropas delante de mí en la plaza, a los gritos de ¡Viva el emperador!

El enemigo ha dicho, para explicar la rendición de la ciudad, que no tenía ya ni víveres ni municiones.

Esto no es exacto.

La ciudad ofrece todavía recursos importantes y una gran cantidad de municiones.

No son éstos, pues, los verdaderos motivos que han hecho cesar la resistencia.

Es menester buscarlos en otra parte.

La derrota y dispersión del ejército de Comonfort el 8 de mayo, quitando a la guarnición toda esperanza de ser socorrida y abastecida de nuevo, la había completamente desmoralizado.

El ataque de Totimehuacán no le intimidó menos.

Nuestros adversarios habían tomado la primera paralela por una simple cortadura de cerco y la salida del 13 tenía por objeto cerciorarse de si las salidas están completamente obstruidas en aquella parte.

A pesar del mal resultado de esta tentativa, parece que los generales mexicanos habían conservado ilusiones en cuanto a la posibilidad de escaparse por aquel lado y no habían sospechado la importancia de los trabajos que habíamos ejecutado allí.

El fuego terrible de nuestras baterías en la mañana del 16, derribando todo el frente de Totimehuacán les sacó de su error y les hizo entrever el lado débil de la defensa.

Viéndonos atacar por el oeste, habían acumulado allá todos sus medios de resistencia y descuidado la parte oriental.

Cuando nuestros esfuerzos se dirigieron hacia ese lado no disimularon ellos que el asalto de Totimehuacán sería prontamente seguido de la toma de la ciudad.

Mas yo no había dejado ignorar al parlamentario que si la guarnición esperaba el asalto general según las leyes de la guerra, ella sería pasada a cuchillo.

Tales son las verdaderas razones que han determinado la rendición de Puebla.

Los mexicanos han cesado en la resistencia, no porque carecieran de víveres o municiones, sino porque el tomar a viva fuerza la ciudad era inminente y ellos reconocieron que estaban impotentes para impedirlo.

Son considerables los resultados de la toma de Puebla.

Han caído en nuestro poder 26 generales, 225 oficiales superiores, 800 oficiales subalternos, 11,000 prisioneros, 150 cañones en buen estado, armas y municiones en mucho número.

Las banderas fueron sin duda destruidas o escondidas; se ha encontrado ya la del batallón de Zacatecas.

Los prisioneros han sido desde luego un embarazo muy considerable por cuanto a su alimentación.

Dos o tres mil han sido incorporados ya al ejército aliado.

Los oficiales eran aún más molestos.

He dispuesto que sean remitidos a Francia e inmediatamente los he mandado conducir hacia Veracruz.

El general Márquez ha marchado rumbo a San Martín por el camino de México, donde forma nuestra vanguardia.

Ha dejado aquí uno de sus generales que incorpore todavía cierto número de prisioneros a medida que se les puede armar.

Dejo en Puebla 3,000 hombres para destruir las barricadas y trincheras.

Voy a enviar otros a nuestros puntos de retaguardia y otra parte, si es posible, será conducida a los trabajos del camino de hierro.

Éste se prosigue con actividad.

El 30 de abril se transportaron a la Purga los campos de trabajadores.

Los trenes llegarán hasta este punto al fin de mes.

El puente de la Soledad se acabará probablemente para el mismo tiempo.

Los terraplenes entre la Purga y la Soledad avanzan rápidamente, porque ya no se presentan dificultades serias.

El estado sanitario de las tropas se conserva en buen estado.

El de Veracruz era también muy satisfactorio hasta el 30 de abril.

Soy con respeto, etc.

El general comandante en jefe

(Ellie Frédéric) Forey

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente:
Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.