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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1862 Rompimiento de la Convención de Londres y de los Preliminares de la Soledad. Guerra con Francia

Francisco Zarco, 12 de Abril de 1862

Dentro de ocho días estaremos en guerra abierta con la Francia, o más bien con unos cuantos millares de franceses dirigidos por el traidor don Juan Nepomuceno Almonte.

Los plenipotenciarios del emperador han roto la convención de Londres, ultrajando a la Gran Bretaña y a la España. Han roto los preliminares de la Soledad, faltando a la fe pública de las convenciones internacionales, deshaciendo su propia obra y ultrajando no sólo a la Gran Bretaña, a la España y a México, sino a todo el mundo civilizado, sentando un precedente que si llega a verse triunfante, será una amenaza a la independencia de todas las naciones.

La Inglaterra y la España no siguen a la Francia en esta inaudita violación al derecho de gentes y de la palabra una vez empeñada. Quedan separadas de la alianza, y obrarán separadamente en sus cuestiones con México, pero sin pretender intervenir en nuestros negocios interiores.

México injuriado, escarnecido, ante esta violación inaudita, ante la pretensión de traer a las conferencias un reo prófugo, amenazado con un juicio conforme a las leyes por haber faltado a sus deberes, no tiene más arbitrio que aceptar la guerra, que perecer si es necesario, antes que consentir en el ludibrio de su independencia.

Los plenipotenciarios de las potencias aliadas anuncian a nuestro gobierno que no se han podido poner de acuerdo en la interpretación que darse debe a la convención de Londres, y que, por consiguiente, obrará cada potencia separada e independientemente. Es la primera vez, en los anales de la diplomacia, que una dificultad de interpretación, se alegue como razón bastante para romper un pacto internacional, y declararlo nulo y de ningún valor. El medio es sencillo para minar en su base la confianza de las naciones, y para burlarse de todo género de compromisos. Lo natural en esta dificultad, parece que debería ser consultar con sus respectivos gobiernos, para que ellos acordaran la resolución justa y conveniente. Pero se prefiere un paso grave y desusado y esto sólo puede explicarse por las exageradas pretensiones de los plenipotenciarios franceses, que no habrán querido adoptar los ingleses y españoles, que deben haber visto en tales pretensiones, el colmo de la perfidia y de la mala fe.

En virtud de la convención de Londres, llega a nuestras costas la expedición combinada. La Europa creía encontrar al país sin gobierno, sin instituciones, presa de la más espantosa anarquía, y sin medios de consolidar el principio de autoridad. Los gobiernos mal informados, y dando oído a los embustes de mezquinos y bastardos intereses, creían venir a ejercer un acto de civilización y humanidad, interviniendo a un pueblo infortunado, dándole medios de darse un gobierno, y creían necesaria la acción de sus armas para salvar en México las propiedades y las vidas de los extranjeros, asesinados en la mitad del día en las ciudades más populosas.

Engañados así los gabinetes europeos, nos envían ejércitos y escuadras. Y sólo alucinados por un funesto error, pudieron proceder así, pues con ninguno de ellos tiene México ninguna de esas cuestiones de honor y de dignidad, que sólo se deciden por la fuerza de las armas. Cuestiones pecuniarias son todas las pendientes, atrasos en el pago de la deuda originados por una larga guerra civil, fomentada por la diplomacia europea que reconoció a la facción tacubayista, apoderada de la capital y detestada y combatida por todo el país; reclamaciones de un orden común en todas partes, y cuyo monto puede fijarse por medio de un concienzudo examen; tales son los puntos de controversia entre México y las naciones europeas. De éstas, la Francia es la que tiene menos que reclamar, menos motivo de queja. Mientras la España puede reclamar los millones de su deuda, y la Inglaterra los millones de la convención y de los tenedores de bonos, y el robo de los caudales hecho en su Legación por los cabecillas reaccionarios, la Francia no tiene más deuda contra nosotros que unos 160 000 pesos de la última convención, que estarían ya casi pagados, si no fuera por la ocupación de Veracruz.

Los plenipotenciarios ven por sus propios ojos la situación de la República, pueden recibir todo género de informes, oír la voz de sus agentes consulares y de sus nacionales todos, y cediendo a la evidencia de los hechos reconocen que venían engañados, y en los preliminares de la Soledad, deciden no intrincadas cuestiones de derecho, sino simples cuestiones de hecho, reconocen la legitimidad y la fuerza del gobierno constitucional de la República, prescinden de toda idea de intervención, juzgándola innecesaria e inconveniente, declaran que entran en el terreno de los tratados, y señalan día para abrir las negociaciones en que deben arreglarse las reclamaciones, tratando, como era natural, con el gobierno que acaban de reconocer. En estos preliminares, el gobierno mexicano no omitió consideraciones a los aliados; les permitió extender sus líneas, tomar cuarteles en puntos sanos para evitar los estragos del clima mortífero de nuestras costas; tomó bajo su amparo los hospitales de los invasores, y si han sobrevenido algunas dificultades como la entrega de la aduana de Veracruz y el restablecimiento del servicio postal, estas dificultades no han sido promovidas por nuestro gobierno, que por el contrario, ha dado pruebas de excesiva prudencia, esperando que se cumpliera la solemne promesa de volver al terreno de los tratados.

Por parte de México se han cumplido escrupulosa y estrictamente las estipulaciones de la Soledad, y la menor infracción si la hubiera habido, habría sido reclamada enérgicamente por los aliados.

Llega a nuestras playas don Juan Nepomuceno Almonte acompañado de otros saltimbanquis políticos, filiados en el partido retrógrado, después de haber pertenecido a todas las comuniones políticas. Poco antes había llegado el corifeo de la facción don Miguel Miramón, y los aliados lo hicieron reembarcar, considerándolo como un elemento de desorden y de agitación. Fiado en este precedente el gobierno de México, protesta contra la presencia de Almonte en el país, y anuncia que se cree con derecho de someterlo a la acción de los tribunales.

Entonces se descubre el misterio. Almonte viene autorizado e invitado por el emperador que creía rotas las hostilidades, a traernos palabras de conciliación y a explicarnos el objeto de la intervención, y viene protegido por la Francia, porque debe ser oído en razón de sus honrosos antecedentes, de su extremada moderación y de la estimación de que ha gozado en México y en las cortes extranjeras donde ha representado a su país.

Extraña misión conferida a un traidor por el emperador de los franceses, y todavía más extraña la aplicación que dan sus plenipotenciarios a resoluciones tomadas por el gobierno francés, partiendo de un supuesto enteramente falso. El emperador creía rotas las hostilidades entre México y los aliados, creía necesaria la intervención, y por tanto autorizaba e invitaba a don Juan Nepomuceno Almonte a venir a pronunciar palabras conciliadoras y a explicar a la República los benévolos propósitos de la intervención europea. Pero el emperador no podía dar estos pasos por sí solo; estaba obligado por su palabra personal, por su dignidad de soberano y por la honra y el decoro de su país, a obrar de acuerdo con la Inglaterra y con la España, según el texto de la convención de Londres. Pero el emperador procedía de un error: creía rotas las hostilidades y se había firmado un armisticio; creía necesaria la intervención, y sus plenipotenciarios unidos a los de las otras altas partes contratantes habían reconocido la legitimidad y la solidez del gobierno constitucional de la República; creía necesaria la voz conciliadora y explicativa de Almonte, y sus plenipotenciarios lo mismo que los de España e Inglaterra, habían declarado que se trataba en el terreno de los tratados y se habían obligado a negociar con el gobierno, y sólo con el gobierno constitucional que acababan de reconocer como la expresión del voto libre de los mexicanos.

Salta a los ojos que los plenipotenciarios franceses podían muy bien, sin faltar a su deber, y comprendiendo todo el respeto que la Francia debe como cualquier otro país del mundo a las convenciones internacionales, podían muy bien manifestar a su gobierno la verdad de los hechos, hacerle ver que no existía el caso previsto por el emperador, y cumplir los compromisos que en su nombre han contraído no sólo con México, Inglaterra y España, sino ante todo el mundo civilizado.

Los plenipotenciarios franceses, en su nota del día 9, no han ni siquiera inventado el más fútil pretexto para paliar la flagrante violación en que incurren del derecho de gentes y de la fe de las naciones. Hablan de vejaciones cometidas contra sus nacionales, y en vez de enumerar una sola que habría sido reclamada por ellos mismos y por el ministro de Prusia, encargado de la protección de los franceses, aluden a las medidas de rigor adoptadas por el gobierno de México para mantener el orden público y restablecer la seguridad amenazada precisamente por las gavillas de incendiarios y asesinos, de que es representante político don Juan Nepomuceno Almonte, y cuya presencia ha venido a envalentonarlas en su obra de depredación y de vandalismo.

Si aluden los plenipotenciarios al fusilamiento de don Manuel Robles Pezuela, este acto ha sido enteramente justo y conforme a nuestras leyes, y nada tienen que decir porque la justicia condene al conspirador y al hombre que, una vez acogido a la clemencia del gobierno, correspondía a su generosidad faltando a su palabra de honor.

Si aluden a la incesante persecución que las tropas del gobierno hacen a las gavillas reaccionarias, se colocan del lado de una facción, y se convierten en cómplices de todas las iniquidades y de todos los crímenes de que esa facción hace víctima al pueblo mexicano.

No hay una sola medida del gobierno, que tienda a sofocar la expresión de los votos del país, y de la verdadera opinión pública. Las instituciones de 1857 han sido restauradas por el voto y por el esfuerzo del país, venciendo a los usurpadores del poder, que contaban con el torpe apoyo de la diplomacia europea; el presidente fue elegido por el libre y espontáneo voto de los pueblos, compitiendo su nombre en las urnas con el de otros esclarecidos ciudadanos; la autoridad de su gobierno ha sido consolidada por la opinión pública, que la ha hecho triunfar sobre apasionadas oposiciones, que no son nuevas ni extrañas bajo el régimen representativo.

Si el emperador se equivocaba al suponer rotas las hostilidades y necesaria la intervención, fue todavía más grave su error al creer que Almonte había de ser escuchado por sus conciudadanos. Sus honrosos antecedentes consisten en haberse jactado de ser hijo espúreo y sacrílego, y en haber sido después tránsfuga de todos los partidos; su extremada moderación ha sido la del ambicioso, sediento del poder que jamás ha podido obtener ni por las elecciones ni por las asonadas, a pesar de haber sido pretendiente perpetuo a la presidencia; la estimación de que goza en México, es la que merecen los tránsfugas y los traidores, y la que disfruta en las cortes extranjeras, ha de ser el profundo desprecio que inspiran los poco hombres bastante perversos y bastante desnaturalizados para vender la independencia de su patria. En la elección de Almonte ha tenido el emperador el mismo tino que el que tendría en enviar a Turín al ex rey de Nápoles, para consolidar la obra de la unidad italiana y hacer cesar la guerra civil en la península.

Almonte ha correspondido ya, a su manera, a la confianza del emperador. Refugiado bajo un pabellón extranjero, ha enviado emisarios al centro del país, para minar la disciplina y moralidad del ejército, ha circulado planes revolucionarios y ha pretendido ser proclamado presidente de la República, no por el voto de sus conciudadanos, sino por la insubordinación de las bayonetas.

No comprendemos, ni habrá en el mundo quien comprenda, cómo pretenden los plenipotenciarios franceses que sea oída la voz de este conspirador de baja ralea, ni siquiera que el gobierno, por ellos reconocido, lo llame a sus consejos o le dé asiento como mediador en las conferencias que debían abrirse en Orizaba.

El pabellón francés, así lo dicen los plenipotenciarios, protege a Almonte, y esa protección no cesará. Lo sentimos, no por México, sino por la Francia y por el mundo civilizado. El pabellón francés que ha sido la bandera de la libertad y de la civilización en el mundo entero, viene a caer en México en el fango de nuestras disensiones civiles, en el lodo de un partido que reniega de la libertad y de la civilización, y que no tiene más medios ni más aspiraciones, que el retroceso y el fanatismo, el robo y el asesinato.

La España y la Inglaterra no han seguido a la Francia en esta funesta vía. La conducta del general Prim y de los plenipotenciarios británicos, hace creer que ellos consideran válidos los preliminares de la Soledad, y ni se apartan de la senda de las negociaciones, ni pretenden atacar la independencia de la República. En estos graves momentos, se hace oír la voz autorizada del primer magistrado de la nación, y estamos seguros de que el país aprobará y secundará su política, que consiste en prestarse a arreglos satisfactorios y honrosos de las dificultades pendientes, a rechazar la fuerza con la fuerza, y a perecer antes que consentir en la pérdida de la independencia.

Digna ha sido la respuesta del ministro cíe relaciones, y aunque fiábamos en la fe de los tratados, México estaba preparado a rechazar la agresión con que se le amenaza.

En estos momentos supremos, México no debe contar el número, ni medir la fuerza de sus enemigos. En la lucha a que se le provoca, no debe tampoco preocuparse del resultado; debe sólo prepararse a derramar hasta la última gota de su sangre, como ha dicho el señor Doblado.

Entretanto, el gobierno puede, en nuestro concepto, seguir las negociaciones con la Inglaterra y con la España, ilustrar a los gobiernos europeos sobre la verdad de los hechos y buscar apoyo en otras partes, pues en la contienda no sólo se trata de México, se trata de la seguridad y de la independencia del continente americano, y de la libertad de todos los pueblos de la tierra.