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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1862 El Odio de la Francia contra Juárez

Francisco Zarco, 25 de Diciembre de 1862

Hasta ahora los que han seguido con mayor atención y cuidado las distintas fases de la cuestión extranjera, desde que el gobierno constitucional fue reconocido por todo el cuerpo diplomático, monsieur de Saligny inclusive, hasta el momento presente, no pueden decir cuál es la verdadera causa de la guerra entre México y Francia y este misterio no lo aclaran ni la Convención de Londres, ni las notas de los comisarios franceses al violar los preliminares de la Soledad; ni los discursos de Billault, ni los órganos de la política imperial, ni las proclamas de Forey. En todos estos documentos se observan grandes contradicciones, pues mientras en unos se dice que la Francia viene a infligirnos un duro castigo y a hacernos pagar el ruinoso contrato del suizo Jecker, en otros se sostiene que viene a regenerarnos, a hacernos felices y a dotarnos de gobierno e instituciones. Se han invocado como causas de la contienda, desde las más sencillas reclamaciones diplomáticas de facilísimo arreglo, hasta la pretensión de una verdadera conquista, y como la guerra se ha emprendido sin previa declaración, sin pasar antes un ultimátum que contuviera todas las exigencias de Napoleón, y sin siquiera hacer al mundo una exposición de los motivos del rompimiento, no hay quien pueda descifrar el enigma de los designios imperiales.

México sólo sabe que sufre una invasión vandálica, que en su territorio los franceses han violado el derecho de gentes, y las más simples convenciones militares; que se han aliado con la hez de la reacción, fraternizando con el asesino Márquez y con el bandido Gálvez; que se le ofrece una insultante intervención, y por último que tiene que rechazar la fuerza con la fuerza, y sin arredrarse ha aceptado esta situación, haciendo ver al mundo que no son invencibles los vencedores de las tribus de África y de los soldados de Austria.

Las inconsecuencias de la política napoleónica, que casi cada mes ha cambiado de faz, son tan monstruosas que aumentan la oscuridad para descubrir en último resultado cuál es la causa de la guerra. Más de una vez hemos pasado en revista todas las cuestiones pendientes entre los dos países, aun aquellas que no ofrecen el menor motivo de queja, y ni en la disputa sobre si las hermanas de la caridad tienen inmunidades diplomáticas y son una especie de embajada francesa, ni en el adeudo insignificante de la convención, ni en las riñas personales de monsieur de Saligny, ni en la transitoria suspensión de pagos decretada el 17 de julio y revocada después, hemos podido encontrar un cauus belli, uno de esos tremendos conflictos en que la dignidad nacional no puede aceptar más solución que la de las armas. La misma incertidumbre sobre las causas de la guerra existía al abrirse las conferencias de la Soledad y, sin embargo, el gobierno de México, protestó que estaba dispuesto a arreglar pacíficamente todos los puntos de disputa, y llegó a fijarse el día en que se abrieran negociaciones diplomáticas para atender atoda demanda fundada en justicia. Sin el menor pretexto, los comisarios franceses faltan a lo pactado, apellidan minoría opresiva al gobierno con que habían tratado, cantan la elegía de don Manuel Robles, hacen causa común con Almonte, impulsan el movimiento de los soldados del emperador sobre Puebla, para verlos rechazados el 5 de mayo.

Bastaba este desastre para persuadirlos de que los habían engañado los aventureros que les pintaron como cosa fácil y deseada por el país la intervención.

Sin examinar el origen de la cuestión, y huyendo el cuerpo a los argumentos cíe Jules Fabre, el gobierno imperial no dio más explicaciones para continuar la guerra, que el honor de la Francia estaba comprometido, y que era preciso vengar el negocio de Puebla. Un pirata se comparó a los conquistadores en presencia del hijo de Filipo de Macedonia; pero no dijo que los salteadores de camino, creyesen que tenían que vengarse de los transeúntes que no se dejan desvalijar.

Después del 5 de mayo no se despejó la incógnita, y la expedición de México siguió siendo el tema obligado de disonantes variaciones de los periódicos ministeriales sobre justas reparaciones, venganzas de graves ultrajes, empresas de colonización, codicia de nuestras minas, candidaturas monárquicas, elecciones dirigidas por las bayonetas francesas, protectorado de la raza latina, resurrección de la política de Luis XIV, sin que faltaran protestas de respeto a la independencia cíe México, y a la libérrima voluntad del pueblo mexicano para darles el gobierno y las instituciones que mejor le parecieran. Tan discordes tonadillas comenzaron por entonces a tener el ritornelo del odio al presidente Juárez, declarando incompatible con la dignidad de la Francia tratar con este funcionario, a quien se pintaba con los caracteres de Nerón y de Calígula.

Mientras IIyppolite Castille declaraba en el "Esprit Public", que era cosa resuelta convertir a México en Nueva Argelia, para que tuviera dónde desarrollarse la actividad del soldado y del cultivador francés, y para dar un golpe a las razas anglosajonas y grecoeslavas, Forey llegaba a nuestras playas y lanzaba su primera proclama, que según nos ha dicho después, contiene bellezas dictadas por el mismo Napoleón, y declaraba que trae la guerra al gobierno y no al pueblo mexicano, al que convocará a libres elecciones. El odio a Juárez aparece desde entonces como monomanía de la Francia y como objeto y motivo de la guerra.

El efecto de estas estudiadas declaraciones ha sido nulo en todo el país, que se ha esforzado más y más en identificar su causa con la de su gobierno.

¿Qué nos importa, en efecto, que la persona del presidente de la República, elegido por el voto libre de sus conciudadanos, sea más o menos antipática al emperador de los franceses? ¿De cuando acá esta antipatía pueril, irracional e infundada, ha sido justa causa de guerra? Juárez ante el mundo no es más que el representante legítimo de la nación mexicana; y si es regla universal de derecho de gentes reconocer a todo gobierno de facto con tal que sea siquiera consentido o tolerado por el pueblo que administra, esta regla es mucho más aplicable a un gobierno de jure y de facto, emanado del sufragio popular, creado conforme a regulares instituciones políticas, y sostenido y defendido por la nación, empeñada en conservar el orden legal, y en poner dique a las revueltas intestinas.

La pretensión de la Francia de separar la causa del gobierno de la del pueblo mexicano, sobre serinfundada y peregrina, es por lo demás pérfida e insidiosa, y su torpe tendencia se dirige a suscitar la guerra civil que nos destroce, para debilitarnos y dividirnos, y hacer más fácil la conquista o la intervención, o lo que se pueda, para dar salida al embrollo en que ha metido a su país el espíritu aventurero de Napoleón III.

Pero, ¿ puede alegarse que Juárez inquieta la paz del mundo? ¿ Puede invocarse el espacioso pretexto de que el pueblo, por él oprimido, implora auxilios extraños, como lo hicieron los griegos en 1821 para verse libres del yugo otomano? Los hechos están demostrando todo lo contrario.

Juárez rige los destinos de la República conforme a la Constitución, por cuya defensa sostuvo el país una lucha de tres años, y como resultado de libérrimas elecciones que la Francia aparenta respetar en todas partes. El jurisconsulto Juárez, y no el general Juárez, como lo llaman en París, ha sido elevado a la primera magistratura de su país, por el libre voto de sus conciudadanos, sin recurrir a perfidias, ni a prejuicios, ni a violencias, ni a golpes de Estado, ni a abusos de la fuerza, origen de la legitimidad de otros gobiernos, que, sin embargo, son reconocidos por las otras naciones que compadecen, pero no emprenden redimir a los pueblos oprimidos.

Juárez fue elevado a la presidencia, porque el pueblo tuvo confianza en sus antecedentes, porque lo vio intransigible, constante, sin más línea de conducta que el estricto cumplimiento de su deber, porque lo vio incontrastable en medio de la adversidad, asido al principio legal, y a las instituciones que supo restaurar. El pueblo fio en su aptitud, en su probidad y en su patriotismo. El pueblo lo eligió, el pueblo lo sostiene, y el pueblo mexicano en la elección de sus gobernantes, no está al veto de ninguna potencia extranjera, porque el pueblo mexicano, por su propio esfuerzo, supo hacerse soberano e independiente.

¿En qué se funda el odio de la Francia al presidente Juárez? En nada absolutamente. El gobierno que sin escrúpulos y sin pudor ampara al traidor Almonte, fraterniza con Gálvez y hasta con Márquez, el asesino de extranjeros indefensos, cree contrario a su dignidad tratar con el presidente legítimo de la República, con el ciudadano honrado y virtuoso, elevado a ese puesto por el voto público. Difícil es comprender lo que el gobierno francés entiende por dignidad.

Después del miserable ensayo de convertir en gobierno a Almonte y a unos cuantos de sus miserables secuaces, el gobierno francés debía abrir los ojos ante la evidencia, y comprender que las instituciones y el gobierno de México están apoyados por el voto público e identificados con la independencia nacional.

Pero lejos cíe eso, se persevera en la idea de suscitar aquí la guerra, de dividir para reinar, y por eso se hace alarde del odio a Juárez, con el objeto de estimular bastardas ambiciones, o de hacer creer al pueblo que la subsistencia del presidente legítimo ha de prolongar las calamidades de la guerra. ¡ Insensato proyecto!

Tan insegura, tan efímera como la existencia de Almonte, tiene que ser todo poder que nazca a las armas del invasor, bien se derive cíe actas con firmas suplantadas, o de elecciones dirigidas por las indicaciones de Forey.

Francisco Zarco.

El Siglo Diez y Nueve.