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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1862 El gobierno de Almonte

Francisco Zarco, 13 de Junio de 1862

Pasa los límites de lo ridículo la erección del simulacro de gobierno establecido en Orizaba bajo el amparo de los invasores franceses. El que traía palabras de reconciliación a los mexicanos, y venía recomendado por el emperador, no ha encontrado cosa mejor que hacer que proclamarse presidente de la República, realizando así el ensueño de toda su vida. Las tropas francesas que venían a respetar y favorecer la libre voluntad del pueblo mexicano, pretenden imponerle como gobierno una gavilla de aventureros y de caballeros de industria, sin decir una palabra de la cuestión de instituciones, que a los invasores y a Almonte debe parecer de un orden muy secundario.

Triste afán de convertir en jefe del país al traidor aborrecido y detestado por el pueblo, que del modo más explícito ha protestado contra sus infames manejos, en documentos solemnes. como han sido las manifestaciones de las legislaturas de los estados, de los ayuntamientos, de los clubes, de las reuniones populares, del ejército, de la guardia nacional, de las corporaciones científicas y literarias y hasta de parte del mismo clero.

La formación del gabinete de Almonte, viene a probar su completa impopularidad, el aislamiento en que se encuentra, su falta de apoyo en todos los partidos, pues aun el conservador teme unírsele, y así ha tenido que hacer ministro de Relaciones a un cubano en bancarrota.

La diplomacia francesa sostuvo durante cuatro arios, y sostiene todavía en algunas de sus reclamaciones, que la legitimidad de los gobiernos consistía en residir en la capital. No alega otro motivo para haber reconocido a Zuloaga y a Miramón, para haber tratado con ellos, y para reclamar el cumplimiento cíe las obligaciones que esos cabecillas contrajeron con ciertos agiotistas. Hoy la Francia crea, reconoce, sirve con sus armas aun gobierno en Orizaba, que no es obedecido en ninguna otra parte, y así incurre en una nueva inconsecuencia, en una grosera contradicción, que no sorprende a los que han estudiado todas las que ha cometido en la cuestión mexicana, faltando a la palabra empeñada, al derecho de gentes, a los pactos internacionales y a las convenciones de guerra que más respetan los países civilizados.

Almonte que hace amos aceptaba programas liberales, y que es ahora el precursor del archiduque Maximiliano, ya no se titula ciudadano, no se apea el don, ni siquiera se llama presidente, sino jefe supremo de la nación y no de la República Mexicana, para mostrar en todo su aversión al sistema democrático. Esto trae a la memoria el gobierno de Paredes, que creyó hacer una gran cosa cuando de su diario oficial borró la palabra República. A aquel gobierno perteneció Almonte como ministro cíe la guerra, y no esperó soltar la cartera para conspirar contra él.

El nuevo gobierno envía circulares a los gobernadores de los departamentos, y bien puede esperar hasta el día del juicio final los acuses de recibo de sus súbditos, pues no hay un solo Estado en que no esté reconocido y obedecido el gobierno constitucional.

La invención del papel moneda, cuya admisión es obligatoria en toda la República, es una locura que prueba qué poco ha aprovechado Almonte con sus viajes a Europa. Poco crédito tiene un gobierno cuya vida comienza con actos de esta naturaleza, aunque esté refugiado entre zuavos y cazadores franceses, a quienes ya han visto la espalda los soldados mexicanos.

El otro decreto que amenaza con la pena de destierro a los individuos que no acepten los cargos públicos que les confiera el traidor que se dice jefe supremo, es una verdadera confesión de su aislamiento y de que lo rechaza la opinión pública. Todo gobierno que cuenta con un partido, o siquiera con una facción, encuentra hombres que lo secunden para servir a sus convicciones, y se ve rodeado de aspirantes más o menos dignos, dispuestos a aceptar todo género de empleos.

A Almonte estaba reservado tener que recurrir a la leva y a la pena de destierro para reclutar ministros, gobernadores, magistrados, generales, diplomáticos, etcétera.

Si el gobierno constitucional no es más que una minoría opresiva ¿en qué consiste que la mayoría oprimida no vuelve a tender los brazos a su redentor y a ofrecerle sus servicios? Expliquen este fenómeno los comisarios franceses, que tan ligeros fueron para juzgar a un país que no conocían.

Los plenipotenciarios franceses habían manchado ya la honra de su patria rompiendo los preliminares de la Soledad y violando el compromiso de que las tropas volvieran a Paso Ancho; el brillo de las armas francesas se eclipsó en Puebla el memorable 5 de Mayo; a esta derrota que no es denigrante (porque más fuertes que el invasor son los pueblos que defienden su independencia), se añadió un borrón indeleble sobre el pabellón francés: su unión con Márquez, con el asesino de Tacubaya, con el ladrón de la calle de Capuchinas, con el matador de médicos y heridos, con el tenaz perseguidor de los extranjeros, con el que abofeteó a una señora francesa castigando así sus sentimientos de caridad, con el bandolero que sembró la desolación en todo el país, recibiendo reproches del mismo monsieur Saligny, que entonces lo hacía responsable de todos los robos y crueldades que cometía con los franceses... Todo esto se olvida por monsieur Saligny en su ciego encono, y no se ruboriza de ofrecer a Márquez como compañero de armas, a los héroes de Crimea y de Solferino, a los soldados cuyos compañeros persiguen hoy a Chiavone, el Márquez napolitano...

Pero todo esto no era bastante. Sobre todas estas manchas había de caer otra que indignara más al pueblo francés, la del ridículo, porque es sobremaneramente ridícula la aventura de la creación del gobierno de Almonte, con su curioso ministerio y su papel moneda, y su leva cíe funcionarios públicos. De estas proezas, de estas hazañas sólo puede formarse idea el pueblo francés en sus teatros de vaudeville... Protege hoy con sus armas, con su sangre, con su dinero y a costa cíe su gloria, una farsa como la del Roi d'Ivetot.

Si todo esto es favorable a la causa cíe México, que es la de la justicia y del buen derecho, si todo ha de ilustrar la opinión del mundo, que en ambos continentes está ya alarmada y conmovida por la obra de iniquidad emprendida por Napoleón III, es menester, sin embargo, que el gobierno mexicano, el gobierno legítimo, el gobierno creado y sostenido por el pueblo, no pierda el momento en protestar de la manera más digna y más enérgica contra la existencia de la gavilla de Almonte, declarando nulos y de ningún valor todos sus actos, y haciendo responsables a los miserables aventureros de todos los daños que causen, de todas las extorsiones, de todos los robos que cometan. Verdad es que en esta responsabilidad será solidaria la Francia, pero de esto no tenemos la culpa.

Se han exigido ya préstamos forzosos a ciudadanos españoles, ha sido expulsado un agente consular de S. M. C., la propiedad y la vida de nacionales y extranjeros, están amenazadas por el jefe supremo de la nación y por sus dignos auxiliares. De estos atentados ni ahora, ni nunca, puede ni debe ser responsable la República, inicuamente invadida y agredida con violación flagrante cíe todos los principios del derecho de gentes. Pero es preciso declararlo así, por el gobierno legal, para que nunca su silencio pase por un reconocimiento tácito de actos que el país reprueba y abomina.

Debe hacerse oír la voz del gobierno legítimo; del gobierno que ocupa la capital (puesto que éste es un grande argumento para los diplomáticos de la ralea de los Gabriac y los Saligny); del gobierno reconocido por la misma Francia en los preliminares de la Soledad; del gobierno que está en negociaciones con Inglaterra y España, que está en buenas relaciones con las potencias de los dos continentes, que acaba de promulgar tratados con la Bélgica y con los Estados Unidos, tratados que son un servicio a la civilización; del gobierno, en fin, que creado y apoyado por el pueblo, es ante el mundo el único representante de la República Mexicana.

Es tan ridículo, tan inmundo, tan indigno lo que pasa en Orizaba entre los traidores que se abrigan a la sombra de las bayonetas francesas; es tan clara, tan patente, tan incontrastable la fuerza de la opinión del pueblo mexicano, que habrá quienes crean superflua la protesta que nosotros deseamos formule el gobierno de la República. Seríamos de la misma opinión, si todo lo que ha pasado en la cuestión extranjera no fuera una lección útil que engendre serias desconfianzas. Isla habido tanta mala fe, tanta perfidia en los invasores, que es preciso precaverse contra nuevas infamias.

Quién nos responde de que no brote ahora en Orizaba un tratado Saligny-Almonte, como el que brotó hace tiempo en Madrid, que establezca hasta el protectorado y la intervención, y cuyo cumplimiento se nos exija más tarde como hecho por un gobierno reconocido por la Francia? Cuando los representantes de esta potencia, no vacilan en estampar las más groseras falsedades, en desfigurar los hechos más claros y sencillos, en engañar al emperador su amo con miserables consejas, no sería remoto que lo informaran de que cumpliendo su filantrópica misión, y apoyando nuestra libre voluntad, dejan constituido un gobierno estable y regular con el digno general Almonte que este jefe de Estado ha arreglado todas las cuestiones satisfactoriamente, y que los arreglos por él concluidos, obligan a la nación.

Esto sería un escándalo inaudito, se nos dirá. Es verdad, pero ¿ tendría algo de extraordinario después de lo que hemos estado presenciando?

Arreglada así la cuestión franco-mexicana, tal vez Almonte quedaría abandonado para que por su cuenta y riesgo, y ayudado de Márquez y Taboada, conquistara el país. La Francia entonces no tendría que mezclarse en nuestras cuestiones interiores, volvería a su principio de no intervención, y se colocaría sólo en el terreno de los tratados.

Almonte y Márquez, de aliados de la Francia, pasarían a prófugos o salteadores, pero se pretendería que México quedaba obligado a cumplir pactos celebrados por el actual corifeo de los traidores, sosteniendo que había sido cuando menos un gobierno de facto tan legítimo, como el que se derivó del plan de Tacubaya.

Si se recuerda lo que ha sido en México la diplomacia europea, y particularmente la francesa; si se tiene en cuenta las relaciones y el apoyo que la Francia prestó a la facción teocrático-militar, se conocerá que no son exageradas nuestras hipótesis, que son sólo consecuencia de premisas que están a la vista del mundo.

Insistimos por tanto, en recomendar al supremo gobierno, en pedirle con instancia, que formule una protesta enérgica contra el simulacro de poder creado en Orizaba, circulándola a todo el país y comunicándola a todas las potencias extranjeras.

Francisco Zarco.

El Siglo Diez y Nueve.