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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1862 Carta del general Juan Prim al Duque de Tetuán.

Orizaba, 15 de Febrero de 1862

Excelentísimo señor duque de Tetuán*

Mi venerado general, señor y amigo:

El jefe a mis órdenes, conde de Cuba y mi ayudante de campo don Antonio Campos, tendrán el honor de poner en manos de usted los despachos que les entrego y esta carta, y Cuba podrá responder a cuantas preguntas tenga usted a bien hacerle, pues tiene entendimiento para ello y, por lo mismo, está enterado de cuanto por acá nos ha ocurrido desde que pisamos el suelo mexicano. Sin embargo y para prever el caso en que el conde enfermara en el largo viaje mando también a Campos.

Como lo indiqué a usted en mi última, podría llegar el caso de que las tropas españolas se retiraran de este país, si los ministros del emperador en México se obstinaban en proseguir sus desatentada marcha; así lo declararon y en su consecuencia las tropas a mis órdenes están ya en plena retirada.

El acta del día 9, que tengo el honor de remitir al señor ministro de Estado, como es un compendio la historia de lo ocurrido, le pondrá a usted en estado de formar el más completo juicio de la delicada y embarazosa situación en que me he visto por la inesperada e increíble conducta de los plenipotenciarios de Francia.

Usted verá en el acta que, no teniendo razones con qué contestar a mis razones, se salen por la tangente y declaran terminantemente que no quieren tratar más con el gobierno de Juárez y que tampoco quieren retirar la protección de sus armas a los señores Almonte y demás emigrados. ¡Y cuándo hacen semejante declaración! ¡Seis días antes de empezar las negociaciones con los ministros de la República!

Durante muchos días, he estado haciendo esfuerzos sobrehumanos cerca del almirante, para que abandonara el fatal camino que quiere andar en pos de una quimera, porque por más que se esfuerce, este país ni es monárquico ni lo será nunca y mucho menos de un príncipe austriaco.

Los comisarios ingleses han reunido sus esfuerzos a los míos al mismo objeto y todo ha sido inútil.

Le hemos hecho concesiones, les hemos ofrecido declarar desde el primer día de las negociaciones, a fin de no perder tiempo, que una de las garantías que íbamos a pedir sería el irnos a establecer con las fuerzas aliadas en la capital; ni por esas. El comodoro Dunlop, que es algo colérico, les levantó dos veces la voz y vi el momento en que la conferencia se acababa en tragedia. Yo sufrí aquel día lo que jamás he sufrido y crea usted, mi general, que necesité no perder de vista un solo instante a mi reina y a mi patria, para no hacer más que decirles “pues yo me voy con las tropas españolas”.

¡Pero qué idea tendrán estos señores de lo que son tratados internacionales, cuando así los quebrantan y desprecian! Pero ¿no ven ustedes que lo que están ustedes haciendo está abierta contradicción? A lo que se encogían de hombros como quien dice ¡qué tontería!

Me atreví a decirles que obraban contra el querer del emperador y, en prueba, les leía la pregunta del senador Boissy y la respuesta del ministro Billault: “El deber de las naciones aliadas está perfectamente definido en la convención de Londres”.

“Es posible”, me contestó el almirante.

Visto que era tiempo perdido y, que si continuábamos discutiendo podría nacer mayor conflicto, se cerró la discusión.

¿Qué debía hacer en tal situación el representante de los intereses y del decoro de España?

Lo he estado pensando uno y otro día conmigo mismo pues, en circunstancias tan extraordinarias y difíciles, ni se debe pedir consejo, ni hay consejo posible cuando éste se ha de pedir a inferiores irresponsables.

Si me quedo para seguir las huellas de los franceses, comprometo la dignidad e independencia del gobierno de la reina que tiene voluntad propia, que tiene política propia y con ella entró a ser parte integrante en la convención de Londres. A más, siguiendo a remolque de los franceses, quebrantaba como ellos el solemne tratado, aceptaba la responsabilidad de semejante infracción, imponía a mi país gastos inmensos, exponía al gobierno de la reina a las justas quejas de la otra nación signataria de la convención de Londres, lo exponía también a las protestas de los Estados Unidos y contribuía, por fin, a levantar un trono para la Casa de Austria.

Si me quedo neutral, contribuyo siempre con la presencia de las tropas de España a dar fuerza a las de Francia; porque claro está que donde yo estuviera las tropas del gobierno no habían de poder hacer trabajos de defensa, pues no había de permitir que me encerraran entre barricadas. Si llegaba el caso de que en el punto que yo estuviera fuese atacado y defendido ¿qué papel era el de los valientes soldados estando encerrados en los cuarteles, para no recibir daños tontamente? En donde yo estuviera tendría necesidad de víveres, que sería difícil adquirir, pues en el sistema de guerra de los mexicanos no estando en disposición de aceptar batallas campales, está en primer término el impedir toda comunicación, lo que hacen tan perfectamente por la pusilanimidad de los indios que, en los pueblos que bloquean, sin necesidad de acercarse y exponerse no entra absolutamente nada. El bloqueo no sería contra mí, pero yo no sufriría menos por eso.

Si sigo a los franceses en causa tan injusta, comprometo las vidas y haciendas de tantos españoles como están esparcidos por la República.

Si me retiro cumpliendo con lo ofrecido a mi llegada, los mexicanos harán justicia a nuestra lealtad y estoy seguro que nuestros conciudadanos serán respetados, salvo aquellos que imprudentemente hablan y obran en favor del partido reaccionario.

Si me retiro, el gobierno del emperador podrá ponerse de mal humor con el gobierno de la reina, pero será sin razón; pues quien se pone de acuerdo con otros amigos para hacer una expedición con tal objeto, no se puede quejar si sus amigos le abandonan en cuanto él declara que pretende hacer otra cosa que lo convenido al salir de su casa.

Si me quedo y sigo el paso de los franceses, entonces se quejará la Inglaterra a mi entender con razón y se quejarán los Estados Unidos, diciendo que la Francia y la España los engañaron, cuando se les anunció que las tres naciones aliadas iban a México a pedir satisfacción de agravios recibidos y a presentar cuentas atrasadas.

Y se quejará México y se quejará todo el continente americano, ¡ja... ja... ja...!

En tal conflicto, pues, opto porque se queje el gobierno que no tiene razón y, satisfaciendo mi deber de buen español, de hidalgo castellano y de hombre leal, me retiro con las tropas que el gobierno se dignó poner a mis órdenes, dejando a los franceses únicos y exclusivos responsables de sus actos.

Si mi proceder está conforme con los deseos de S. M. y con la política del gobierno, la más ligera demostración de su agrado llenará mis aspiraciones de la manera más cumplida; si por el contrario he tenido la desgracia de desagradar a S. M. por no haber comprendido la política de su gobierno, pronto estoy a responder a los cargos que tenga a bien hacerme, seguro, de que a mis explicaciones se modificará cualquiera mala impresión que haya podido filtrar en el ánimo del gobierno de la reina.

Pero lo que ha aumentado mi conflicto, mi general y señor, es la carta que he recibido del general Serrano, de acuerdo completamente con la política de los comisarios franceses, la cual está llena de errores, de absurdos y de cargos que, no teniendo fundamento, merecían haber sido rechazados con indignación; pues yo no he podido dar lugar a que se me diga “que mientras las tropas aliadas continúan pacíficas en sus cantones, las de Juárez ejecutan un oficial español”, refiriéndose a un oficial de 2ª que, yendo solo y de noche, fue asesinado de un machetazo en el camino de Veracruz a la Tejería.

El movimiento de tropas empezó por el parque y la artillería rodada.

Al día siguiente un convoy de 200 y tantos enfermos.

Al día siguiente la brigada Vargas.

Hoy otro convoy de enfermos.

El 18 de brigada Passaron y el 19 saldré yo con mi cuartel general.

La brigada Vargas, cuatro batallones, una compañía de ingenieros y dos de artillería, con el primer convoy de enfermos podrán embarcarse en cuanto lleguen a Veracruz 1,500 hombres a bordo de los buques ingleses y los nuestros.

La 2ª brigada, tres batallones, calculo que podrá embarcarse también en cuanto llegue, pues supongo que el general Serrano mandará los buques que tenga disponibles y los caballos y mulas se embarcarán a fuerza de viajes.

La condesa saldrá para La Habana en el primer convoy y yo me quedaré en Veracruz hasta dejar en franquía el último buque, pues si yo me fuera, cada uno se apresuraría a marchar y la retirada sería desordenada y vergonzosa, lo que destruiría la buena opinión que hemos adquirido por el orden perfecto en que nos han visto obrar.

En La Habana esperaré las órdenes del gobierno y de usted y ruego que no sean las de que me vaya a México en mi calidad de ministro plenipotenciario, como podría el gobierno creer convenir, pues mientras los franceses estén allí guerreando, no es conveniente que yo esté en el país por varias razones y, sobre todo, porque molestos como están, podrían decir que yo daba consejos militares a los mexicanos.

Queda de usted, mi general, con distinguida consideración, su afectísimo subordinado y amigo q. b. s. m.

El conde de Reus

 

*[Leopoldo O’Donnell, Jefe del gobierno español]