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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1862 Discursos de Prim en el Palacio del Senado sobre la cuestión de México.

Palacio del Senado, 9 de diciembre de 1862

 

Senado.—Sesión del dia 9 de Diciembre de 1862.—Enmienda. —“Pido al Senado se digne resolver se añada al párrafo relativo á Méjico lo que sigue:

“Como se complace de que el gobierno de V. M. haya declarado que no consistió en él ni en el plenipotenciario de V. M. el que tal desacuerdo se produjera.

“Palacio del Senado, 9 de Diciembre de 1862.—El conde de Reus.”

En su apoyo dijo:

El señor conde de REUS: El Senado comprenderá que al presentar esta enmienda no ha sido mi ánimo realizar un acto de oposición al proyecto de contestación al discurso de la Corona: mi objeto ha sido buscar ocasión de empezar este debate. En efecto, señores, habiendo sido yo uno de los protagonistas de la cuestión de Méjico, y teniendo tal vez que decir cosas que todavía no se conocen, he creido conveniente hacer yo la relación histórica de lo ocurrido, á fin de que los señores senadores que tomen parte en el debate puedan referirse á lo que voy á tener el honor de esponer al Senado.

Cuantas veces he tenido la honra de hablar en este sitio, he necesitado de indulgencia, y con mas razón la necesitaré ahora, atendida la magnitud de la cuestión; razón por la cual dirijo un ferviente ruego á los señores senadores para que me oigan y juzguen con benevolencia, pues solamente así podré llenar medianamente el objeto que me propongo, cumpliendo con lo resuelto por el Senado en otra ocasión.

Que la cuestión es árdua lo comprenden todos, pues saben que en la relación histórica que tengo que hacer de los hechos ocurridos en Méjico, durante mi permanencia allí como plenipotenciario del gobierno de S. M. y como general en jefe de su ejército, y al ocuparme de tanto como se ha dicho y escrito sobre el mismo asunto, tendré necesidad de citar nombres propios de elevados personajes, nacionales y estrangeros; y esto es siempre difícil. Esa dificultad no seria tanta si á cada cual pudiera dirijir un elogio; pero como á mas de uno tendré que dirijir dardos acerados (no emponzoñados como á mí se han dirijido), la dificultad se hace mas grave, y por esto vuelvo á pedir que se me oiga y se me juzgue con benévola indulgencia.

Por fortuna mia va á tratarse de la cuestión de Méjico cuando han pasado ya algunos meses después de aquellos sucesos; y digo por fortuna, porque si se hubiera tenido que tratar de esto inmediatamente después del rompimiento de Orizava, no habría podido hacerlo sin que de mis labios salieran palabras de ira y de coraje. Pero el tiempo, que tiene el esclusivo y benéfico privilegio de dulcificar las mas negras amarguras y de cicatrizar las mas horribles heridas, tiene también el de templar los ardores de la sangre, disipando los vapores que ofuscan la razón para que esta ejerza su omnipotente imperio.

Tal me ha sucedido á mí: hace unos meses no hubiera podido tratar este asunto sin irritarme con los hombres que provocaron ciertos sucesos, y hoy, no obstante, lo haré con circunspección y templanza como de mí lo exige el profundo respeto que debo al Senado. Sin embargo, no se crea que por eso voy á estar tan reservado que aparezcan pálidos los vivos y verídicos colores propios del cuadro que me propongo esponer: yo hablaré como corresponda para que se pueda juzgar de acuerdo con las instrucciones del gobierno, según mas de una vez demostraré durante el curso de mi peroración.

Comprendo y aplaudo que los ministros hablen siempre con reserva sobre asuntos en los cuales se mezclan gobiernos y soberanos estrangeros: su misión es la de defender su política, y no seria prudente que atacaran cuando deben evitar conflictos. Pero yo, en mi calidad de senador independiente, sin pretensiones hácia el poder ni antes ni ahora, ni después ni nunca: sin pretensiones de pasar por hombre de Estado, pues solo aspiro á pasar por un leal soldado de la reina y de la patria, no he de dejar golpe sin respuesta, venga de donde viniere; con la diferencia de que en cuanto á los hombres políticos de mi país que me han atacado, mi contestación tendrá por objeto desarmarlos, sin herirlos, á fuerza de razones y de hechos que cada cual encontrará en el fondo de mi discurso: mientras que á quien allende los Pirineos me ha tirado á matar hasta con armas vedadas é indignas, como lo ha hecho el ministro imperial M. Billault, á ese yo me le iré á fondo, con el fin de que sienta el efecto de mi hoja toledana y de que aprenda á tratar con mas respeto á los generales y altos funcionarios de la reina de las Españas. [Aplausos en la tribuna pública].

El primero que me anunció el nubarrón que en Paris se formaba contra mí, fue un ilustre senador amigo mio que se halla presente: “el viento te es contrario (me dijo): adelante y ¡viva España!” No se equivocó: viento me hicieron, y viento me hacen, pero fuerte yo con la conciencia de haber cumplido como buen español, me tiene sin cuidado el viento francés.

Resuelto me ve el Senado á entrar de lleno en el debate; y sin embargo, confieso que he dudado si debia entrar en él, removiendo una cuestión que tantos males ha causado ya, y tantos otros ha de causar á la nación vecina, á nuestra amiga la Francia, porque yo no fui enemigo de ella en Méjico, ni tampoco lo soy aquí. En Méjico fui el plenipotenciario del gobierno de S. M., con la misión de reclamar el pago de cuentas atrasadas y la reparación de agravios recibidos, exigiendo garantías para el porvenir: misión que debía llenar con mis colegas de Inglaterra y Francia, entablando una política generosa, noble y patriótica respecto al desdichado país de la República Mejicana.

En el primer periodo de los trabajos de la conferencia, todo iba bien: los cinco comisarios pensábamos al parecer de la misma manera, como se ve por la unanimidad que resulta en las actas de Veracruz, sin nota ni protesta alguna; pero mas tarde los ministros del emperador de los franceses abandonaron la política aliada para hacer política francesa, y como esto no era lo pactado en la convención de Londres, y como no podia convenir á mi gobierno, hice lo menos que podía hacer: dejar ir á los franceses y volverme con mis naves, porque España, que tiene política propia, puede y debe ejecutar actos de tal política propia, sin ser instrumento de ninguna otra nación por muy poderosa que sea. ¿Habrá quien razonadamente pueda decir que fui enemigo de Francia en Méjico? Pues tampoco lo soy aquí. No, señores; ni aun soy enemigo de la Francia oficial que tan mal me ha tratado, y mucho menos del soberano que rige los destinos de aquel país, de quien tantas muestras de benevolencia he recibido. Aquí soy el senador independiente que defiende la política de su gobierno en Méjico; gobierno que sostiene lo hecho por su plenipotenciario allí, bien hecho está, y tanto, que habiendo merecido la aprobación de la reina y del país, no hay quien pueda ni se atreva á deshacerlo.

Como he dicho antes, dudé si seria ó no conveniente entrar en este debate, ó encerrarme en el silencio, que en muchas ocasiones se califica de patriótico, y que yo en este caso hubiera calificado de deferente; y para esto me bastaba la satisfacción que cabe á todo funcionario cuyos actos todos han merecido la aprobación de su gobierno. A los que me han atacado á mí, funcionario del gobierno, cuyos actos ha aprobado este, y á los que pretenden pasar por encima del gobierno, podía decirles: “no tenéis razón: el gobierno con conocimiento de causa ha aprobado mis actos; con él podéis entenderos; conmigo nada teneis que ver.”

Pero ante el deseo manifestado por distinguidos hombres políticos de oir en su dia al representante de la reina en Méjico; ante el mismo deseo manifestado por la prensa; ante las indicaciones del mismo gobierno, y sobre todo, ante la resolución del Senado adoptada en 16 de Junio á consecuencia de una proposición del señor marqués de Novaliches, preciso me era abandonar el silencio, y de aquí haber resuelto presentarme en este sitio, como me hubiera presentado tambien en la barra, si hubiera sido necesario, para dar esplicaciones á los oradores de otro augusto recinto, á la prensa y á los hombres públicos de todos los matices; porque quien no debe no teme.

Mi conducta en Méjico ha sido tan hidalga, tan noble, franca y española, y tan sujeta á las instrucciones del gobierno de S. M. la reina, que no tengo por qué callar. Con esto debiera quedar satisfecho un vehemente orador que se sublevó á la idea de que hubiese un funcionario público, por elevado que fuera, que pretendiera esquivar la residencia pública. Opino como su señoría, pues pertenezco á la escuela liberal, y repito con él que del rey abajo, ningún funcionario debe prescindir de dar esplicaciones al país cuando el caso lo requiera, á no ser que el funcionario hubiera gestionado en Roma tratando cosas de la iglesia, pues en tal caso, como había tenido la fortuna de recibir la absolución del papa, no debería esplicaciones á nadie, por mas que sus tratados no estuviesen en armonía con el espíritu liberal de la época.

Tanto es mi ánimo dar amplias esplicaciones, cuanto que me propongo ocuparme aunque ligeramente, hasta de lo que se ha dicho en voz baja, pues si bien lo que en voz baja se dice no pasa de murmuración, como esta puede filtrar en el corazón de mis conciudadanos, me conviene destruirla.

Cuando llegué á Madrid de vuelta de Méjico y me contaron lo que se ha dicho y se ha escrito sobre este asunto, consulté conmigo mismo si seria conveniente contestar artículo por artículo, folleto por folleto, dejando para la tribuna lo que se hubiera dicho, pero resolví contestar á todos desde aquí, porque así me oirían todos. Para obrar así convendrá el Senado en que he tenido que gastar una gran dosis de la paciencia que se necesita para sufrir el torniquete un dia y otro dia por espacio de siete meses, con la particularidad de que los periódicos que me han atacado son precisamente los que no estaban autorizados para ello, puesto que se llaman órganos de la unión liberal. En esto ha habido tal injusticia, que uno de ellos, habiendo estado siete meses sin dejarme vivir siquiera un dia, vio que llegaba el momento de dar mis esplicaciones, y entonces le ocurrió decir que yo no debía hablar, que no podía hacerlo, so pena de dar una prueba de mi ambición desenfrenada, añadiendo que era preciso conocer esa ambición, porque ella comprometería la situación, el país y hasta el trono de nuestra reina. Tales amenazas pudieran asustar á otro mas asustadizo que yo, y de aquí que siguiendo mi propósito, venga á dar esplicaciones á mi país, diciendo lo que tenga por conveniente.

Otro periódico ha hablado también de mí; y aunque muy lejos de la situación, no por eso ha perdido momento en dirigirme sus tiros, y hasta la excomunión mayor me hubiera lanzado, á tener autoridad eclesiástica para ello. ¿Pues no le ocurrió á ese bendito decir que nadie mejor que el conde de Reus podría esplicar los sucesos de la Rápita? ¿Qué pueden tener de común el conde de Reus y esos sucesos, ni tampoco esos sucesos con Méjico? Y señores, el conde de Reus estaba entonces haciendo la guerra contra infieles; pero ni aun eso le sirvió para que el reverendo hermano le tratara con misericordia. Pero en fin, ese periódico es órgano de la muerta inquisición, y eso de que ataque á un soldado de la reina constitucional, se comprende; tiene carta blanca, diga lo que guste: lo que no se comprende es que órganos de la unión liberal, cuyos redactores son amigos políticos del gobierno y personales de algunos ministros, hayan hecho lo que ese periódico absolutista. Yo me he preguntado: ¿por qué se me ataca por la unión liberal, perteneciendo yo á ella? ¿Es que estorbo? ¿Es que hago sombra á alguno de sus capitanes por mi origen progresista? ¿Quiéren acaso que me vaya? ¿Qué ganaría con ello la unión liberal? Yo no me iria solo: siendo uno de esos capitanes, había de llevarme por lo menos mi compañía. ¿Es que hay quien se haga ilusión que la unión liberal no necesita á los progresistas en ella? Entonces no seria unión liberal: seria otra cosa que duraría lo que Dios quisiera.

De esta digresión resulta que no entiendo por qué los amigos de la unión liberal atacan á uno de sus capitanes. Pero se me ha dado á entender que hay quien sabe eso, y si es así, me hará un gran favor en decírmelo. Y si como se indica es persona de autoridad, tal vez nos entendamos. Por lo demas, no hay que vivir receloso; cada uno tiene su puesto en el tablero de la unión; y cuando esta concluya, que será cuando concluya el duque de Tetuan (pues por mas vida que yo le desee ha de concluir, porque aquí nada hay eterno), el dia, repito, en que concluya la unión liberal, cada cual volverá á su puesto, y trabajará por la conservación del trono de la reina, por la libertad y por el bienestar de la patria.

Si no fuera prematuro, yo diria ahora mismo cómo entiendo que debería gobernar el partido progresista el dia en que la reina le llamara, como yo creo que le llamará un dia; y siendo como es conveniente que se hiciese así un ensayo en bien de la monarquía y del país. Es necesario que se conozca si el partido progresista sabe ó no gobernar: hasta ahora no puede decirse eso, pues no habiendo entrado en el poder sino por la puerta de la revolución, no le ha sido dable el ejercer el poder según sus ideas, sino como ha podido, que es como gobiernan siempre los poderes que llegan á serlo por las revoluciones. Es necesario, repito, es conveniente ver si el partido progresista sabe gobernar entrando en el poder por las puertas de la ley; pero volvamos á mi propósito, y perdone el Senado esta, acaso, importuna digresión.

Vengamos, sí, á la cuestión de Méjico, permitiéndome antes de entrar en su fondo hacer dos importantes declaraciones: primera, que cuanto yo diga relacionado con la conducta de los ministros del emperador de los franceses en Méjico, así como mis apreciaciones respecto al discurso de M. Billault, será todo de mi cuenta, sin que en ello tenga nada que ver el gobierno de S. M.; segunda, que cuantas veces diga “obré ó hice,” debe entenderse que yo no fui mas que el fiel intérprete de Ja conducta del gobierno. Verdad es que mi, pensamiento estaba de acuerdo con el suyo desde que me nombró, pues solo así pude solicitar el mando de la espedicion; no hice, pues, política propia, ni tuve que sacrificar mis opiniones.

El Senado me permitirá que lea la convención de Londres, pues si bien los señores senadores no necesitan ese acuerdo, lo necesitan algunos hombres políticos que se han ocupado de una cuestión sin haber leído siquiera la convención de que se trata. (Su señoría leyó). ¿Puede estar mas terminante que lar naciones aliadas no habían de emplearse en poner ni en quitar gobiernos, ni en deprimir la nacionalidad de Méjico obligándola á cambiar de sistema de gobierno? Esto es claro como la luz; pero aun resulta mas claro viendo las instrucciones que el gobierno de S. M. se dignó darme. (S. S. leyó). Estaban, pues, perfectamente de acuerdo las instrucciones con las bases generales del convenio de Lóndres, y conforme con ella también fueron las instrucciones verbales del señor presidente del Consejo de ministros y del señor ministro de Estado.

De un primitivo proyecto de convenio ha hablado cierto orador, sin tener en cuenta que los proyectos de convenio no tienen fuerza hasta recibir la sanción de las partes contratantes. Y por cierto que el orador á quien aludo dijo cosas, impolíticas unas, inconvenientes otras, y hasta ofensivas algunas; y á no tenerle yo por hombre de talento, al leer su discurso le hubiera creído hombre de escasas luces. En su discurso hay un calificativo contra un personaje extrangero, calificativo que no me atrevo á repetir, porque hay palabras que ofenden tanto al que las profiere por primera vez como al que las repite. Al oído se lo diré á S. S. por si puede remediarlo: no creo que haya sido su ánimo lanzar una palabra mortal.

También se ha llegado á suponer la existencia de un tratado secreto, por el cual había de cambiarse el sistema de gobierno de Méjico, indicándose hasta el príncipe que debía ceñir la corona. El gobierno de S. M. ha negado ya la existencia de semejante convenio, y yo no debo hacer mas que repetir esa negativa, declarando en alta voz que no ha habido mas tratado que la convención de Londres, No ha existido, vuelvo á decir, mas convenio; y si lo ha habido ha sido oficioso, relativamente á la candidatura del príncipe Maximiliano de Austria para el trono de Méjico. Si alguien sabe otra cosa, que lo diga.

Se ha preguntado también si el gobierno de S. M. tenia conocimiento de lo que se decia en Francia respecto á la candidatura del príncipe Maximiliano. Sí, lo sabia, y el señor ministro de Estado me dio instrucciones al efecto; ¿pero podía creer el gobierno de S. M. que los ministros del emperador de los franceses quisieran imponer la monarquía y el monarca á cañonazos? Eso no podia ocurrir á nadie. Inglaterra, Francia y España se comprometieron por un pacto solemne á realizar una política común, á no intervenir en los negocios interiores del país. Esto bastaba para marchar con confianza; pero si una de las partes se separa de lo tratado, dejarla, que en el pecado lleva la penitencia, y la llevará mas y mas cada dia.

Sentado el principio de que los aliados iban á Méjico á pedir reparación de los agravios recibidos, á no intervenir en los asuntos políticos de aquel país y á darle la mano para que concluyera la guerra civil, ¿qué es lo que debían hacer al llegar á Veracruz? Lo que hicieron: dar una alocución asegurando al país que no debia temer por su integridad, por su nacionalidad, ni por su libertad política. Esto debia calmar los ánimos, y así sucedió. Algunos opinan que nunca debió tratarse con el gobierno de Juárez; pero en ese caso no hubiera podido cumplirse lo tratado en Londres, puesto que ocasionar la caída de Juárez y la formación de otro gobierno habría sido intervenir en las cuestiones del país, contra lo pactado en dicho convenio.

Se dió, pues, una alocución al llegar á Veracruz, firmándola sir Charles Wyke, Dunlop, Jurien de la Graviére, Dubois de Saligny y el conde de Reus: y esa alocución estuvo conforme con lo pactado en Lóndres. Nadie dijo entonces cosa alguna contra ella, considerándola, por el contrario, redactada con espíritu conciliador, generoso y liberal. El 13 de Enero se reunieron ios aliados para conferenciar acerca de la nota colectiva que debia enviarse al gobierno de la República y se adoptó la que lleva la fecha del 14 y que conoce el Senado. Con esta nota debían ir los ultimatum; y estando aquella escrita y estos cerrados, surgió la idea de que seria conveniente conocer los ultimatum para saber á qué nos comprometíamos, porque ni Francia sabia lo que pedia España, ni España conocía lo que reclamaban Francia é Inglaterra. Leyéronse en efecto los de Inglaterra y España, sin que ocurriera dificultad, á pesar de reclamar Inglaterra la enorme suma de 58 millones de pesos, resultado de liquidaciones hechas y convenidas con anticipación.

El vice-almirante Jurien empezó por su parte dando lectura á su ultimátum, y al llegar á la reclamación dijeron los comisarios ingleses: “eso es inadmisible; la República no lo aceptará, dando eso por resultado la guerra, y las armas inglesas no se mezclarían nunca en esa cuestión.” Yo, que no sabia bien el objeto de la reclamación, dije á sir Wyke que me lo esplicara, y me contestó que la casa alemana Jeker, establecida hacia poco en Méjico, dió á Miramon 750,000 pesos en vestuario, víveres y otros efectos, recibiendo en pago 15 millones de duros en bonos del tesoro, suma que reclamaba el ultimatum francés. Mr. Saligny no se encontraba en la conferencia, sin duda por estar indispuesto, y no pudiendo dar esplicaciones el vice-almirante, se levantó la sesión citando para el dia siguiente. Nos reunimos; suscitóse de nuevo la cuestión, y no pudiendo ponernos de acuerdo, ni hallando solución posible, acordamos pedir instrucciones á nuestros gobiernos pava saber si habian de ser solidarios unos de otros.

Mientras tanto se convino en pasar al gobierno de la República la segunda nota colectiva que también conoce el Senado, y de la cual me permitiré leer algún párrafo. (Su señoría leyó). Como se vé por dista nota los aliados se separaron de las instrucciones de sus respectivos gobiernos, puesto que no mandaron en primer término las reclamaciones; pero el gobierno de S. M. la reina tuvo en cuenta las dificultades en que nos habíanlos encontrado, y se dignó aprobar la conducta del plenipotenciario español.

Este documento fue llevado á Méjico por tres jefes, uno de cada nación, acompañándoles sus respectivos ayudantes. Por nuestra parte fué el brigadier D. Lorenzo Milans del Bosch, el cual llevó por ayudante á D. Agustin Argüelles, siendo el primero de ideas liberales bien conocidas, y el segundo de ideas absolutistas; pero ambos eran y son españoles y adictos á su reina. Digo esto contestando á la censura que se ha hecho de la conducta del brigadier Milans en los dias que estuvo en Méjico, suponiéndose que habia brindado por la República universal, noticia que yo desmentí en carta al señor ministro de Estado, como la desmiento ahora.

En la legación de Prusia se dio un banquete al cual asistieron los aliados; y provocados por el diplomático aleman, el brigadier Milans, como jefe mas graduado, contestó asegurando la lealtad y el desinterés de las armas aliadas, y concluyó brindando por las damas mejicanas.

Yo podría contar el origen de esas hablillas, pero no la haré por respeto al nombre español.

Los jefes aliados volvieron de Méjico, donde fueron bien recibidos, trayendo la respuesta del gobierno de la República á la nota colectiva, cuya respuesta decía así: (Su señoría leyó). Ahora bien, señores, en vista de lo prescrito en el convenio de Londres respecto á que los aliados no iban á intervenir en los negocios de Méjico, y en vista así mismo de las instrucciones de los gobiernos respectivos, ¿era posible ante esa respuesta, declarar la guerra al gobierno de la República, causando y recibiendo males de imposible reparación? ¿Y cuál hubiera sido la compensación de la guerra? Escribir una nueva página de gloria militar en los anales de Europa, si gloria, señores, puede haber cuando se combate sin que la razón ni los altos intereses de Estado lo exijan. La sangre que se derrama en una guerra injusta, en vez de honra da vilipendio.

Y no se diga que el resultado todo lo ensalza, pues esa teoría que podría pasar allá en los siglos de la barbarie y de losjuicios, de Dios, cuando la razón y la justicia estaban solo de parte del que mejor manejaba un caballo ó mejor blandía una lanza, no puede admitirse en el siglo en que vivimos, en que la justicia y la razón imperan en todas partes, y en que todo se somete al fallo de la opinión pública, cuyos órganos son tanto los fuertes como los débiles, tanto los ricos como los pobres, tanto los nobles como los plebeyos.

Los ministros aliados, pues, aceptaron como buena la respuesta del gobierno de la República. Ya entonces se hadan sentir los efectos de aquel clima terrible, y era preciso pasar á un terreno mas saludable; para lo cual, al mismo tiempo que acudíamos á la Habana á fin de que se nos facilitaran trasportes, nos dirijiamos al gobierno de Méjico por medio de notas, pidiendo el paso á Orizava ó Jalapa.

Mientras esas notas llegan á su madurez, voy á rebatir algunos cargos que se han dirigido á los ministros aliados, diciendo de ellos que al mostrarse parciales del gobierno constituido, habían alejado á los conservadores, y añadiendo de mí en particular que siendo progresista, era natural que me inclinase al gobierno de Juárez. Este cargo se presentó también aquí por el marqués de Novaliches, el cual hizo indicaciones contra mi conducta militar y política en Méjico, recordando, á propósito de esta última, la enmienda al dictamen de contestación al discurso de la Corona que hace tres años presenté y apoyé desde este sitio. Prescindo del juicio crítico militar del señor marqués de Novaliches, pues no tengo gran confianza en la mayor suficiencia de su señoría: tal vez hubiera su señoría dirijido mejor nuestras tropas: pero lo dudo.

El señor marqués de NOVELICES: Como tengo pedida la palabra en contra del dictamen de la comisión, me reservo para entonces dar á su señoría una amplia contestación como merece.

El señor conde de REUS: Así lo espero; pero continuando diré que al mismo tiempo que el señor marqués de Novaliches me tranquilizaba diciendo que nada tenia que temer del Senado ni del país, hacia un cargo al gobierno por haberme nombrado para tal misión conociendo mis opiniones. Señores, al gobierno de la reina le bastaba que el conde de Reus aceptara sus instrucciones, para tener la seguridad mas completa de que á ellas arreglaría su conducta. ¿Cree el señor marqués de Novaliches que un hombre leal puede obrar de otra manera? ¿Seria capaz su señoría de conducirse de otro modo? Pues entonces, ¿por qué hizo semejante suposición? Ademas, nada tiene que ver lo que se iba á hacer en Méjico tres ó cuatro años há, con lo que se hubiera podido hacer ahora; y así creo que hice bien en oponerme á la primera espedicion, solicitando después ir mandando la segunda, pues en vista de lo ocurrido, si hubiera sido otro el general en jefe de ella, por ejemplo el señor marqués de Novaliches, tal vez y sin quererlo, habría hecho á los soldados de España instrumentos serviles de la política francesa. ¿Quiere esto el señor marqués de Novaliches? Pues yo no.

He usado de la palabra solicitar, y la he usado con intención, pues dicha palabra resonó en otro sitio pronunciada por el señor presidente del Consejo de ministros, siendo interpretada como se tuvo por conveniente. Yo debo declarar ahora que tengo en efecto ese vicio de solicitar, vicio crónico en mí, pues ya siendo soldado distinguido solicité ir á cierto punto, donde por cierto recibí un balazo que me atravesó de parte á parte y cuya herida aun la siento; y después durante mi carrera, siempre que ha habido ocasión de pelear, me han visto llegar con ese género de solicitudes todos los generales en jefe.

Contestado ya el cargo dirijido á mi persona, voy á demostrar que tampoco tiene fundamento alguno el que se hizo á los aliados respecto á haber alejado al partido conservador de Méjico. Acababa yo de llegar á la Habana, cuando fueron á verme Miramon y Miranda y otro á quien no nombro, porque se halla á estas horas en la capital de Méjico. Los tres me encomiaron el número de sus correligionarios disponiéndose á tratar con los aliados. Yo les contesté que los aliados no podían tratar sino con el gobierno constituido; pero, sin embargo, añadí (palabras textuales): ‘‘Si vdes. son tan numerosos, aprovechen la aglomeración de fuerzas que hay en Chiquihuite y Cerro Gordo para hacer frente a los aliados, y haciendo un esfuerzo marchen y apodérense de la capital, pues si vdes. están allí cuando lleguen nuestros comisionados, con vdes. trataremos.” No podía contestar de otra manera, y tanto era así, que el vicealmirante Jurien de la Graviére aprobó mi contestación como aprobó otros actos mios, pues durante los dos primeros meses estuvimos siempre de acuerdo.

A propósito del partido reaccionario ó conservador de Méjico, voy á decir algunas palabras. Señores, en Europa se cree que el partido conservador de Méjico es el partido español, así como anti-español el que llaman rojo y que yo llamo liberal; pero es un error, pues en Méjico nos han tenido constantemente poca voluntad, lo mismo los negros que los blancos y los rojos. Individualmente los españoles son bien recibidos allí, como sean hombres buenos: pero desgraciadamente no lo son todos los que allí existen.

Aquí procedemos ligeramente dando ascenso á todo lo que escriben los españoles en América, cuya conducta promueve á cada momento conflictos que si hasta ahora han podido resolver los gobiernos sin menoscabo del crédito nacional, no siempre podrán salvarse tan fácilmente; y es preciso que esto concluya y que nuestros nacionales en América no se mezclen en las cuestiones políticas del país donde residen, ó que si lo hacen pierdan su nacionalidad española. Hoy mismo he sabido que en cierto punto se han enganchado aventureros para ir á servir la causa de la Francia, habiendo desembarcado en Veracruz 160, de los cuales 80 eran españoles. No doy por ahora como cierto el hecho; pero averiguaré lo que tenga de fundado.

Tampoco es exacto que el partido reaccionario de Méjico se componga de hombres de pura raza española, y de indios el partido liberal, pues uno y otro se componen de hombres de pura raza indo-española; y sin ir mas lejos, á esa raza pertenecen los dos jefes que hoy se encuentran en lucha: Juárez y Almonte. Pero volvamos á la cuestión.

Como decia, señores, á mediados de Febrero sentimos la necesidad de llevar las tropas á un clima mas benigno, y así se lo dijimos al gobierno de la República en una nota concebida en términos resueltos, y á la cual contestó haciendo objeciones con tendencia á que no fuéramos adelante. Los aliados insistimos de una manera enérgica, pero particularmente, escribiendo con la misma fecha al ministro de hacienda lo que van á oir los señores senadores, para que acaben de convencerse de que no pedíamos por el amor de Dios. (Su señoría leyó). Creo que esto no puede ser mas resuelto.

El gobierno de la República aceptó la proposición de tener una conferencia conmigo, la cual dio por resultado los preliminares de la Soledad, tan combatidos por la oposición y tan agriamente condenados por el gobierno del emperador de los franceses, mostrando una acritud improcedente cuando menos, pues no se cuidó al hacerlo de saber la opinión de sus aliados. Los gobiernos de Inglaterra y España aprobaron terminantemente los preliminares, si bien el de España hizo las observaciones que creyó convenientes, como tenia derecho á hacerlo, observaciones que yo acepté con el respeto y subordinación que le debia y á las cuales contesté del mismo modo continuando en el desempeño de mi cargo, tranquilo con mi conciencia por haber obrado bien. En efecto, señores; los preliminares de la Soledad eran una consecuencia lógica de la pacífica alocución al pueblo mejicano y de la primera nota colectiva de los aliados; y lo mismo que estos actos, fueron á su vez una consecuencia del convenio de Lóndres.

Yo los consideré, y lo mismo mis colegas, como un paso de gigante hacia la solución pacífica que tanto nos encomendaban nuestros gobiernos y que tan bien cuadra desear al fuerte en presencia del débil, máxime cuando este se manifiesta dispuesto á dar las satisfacciones que se le piden. Pollo demas, los preliminares no comprometían á nada, pues lo único que resolvían era que los aliados podrían marchar desde luego á ocupar plazas importantes del interior, sin necesidad de los elementos de que carecían, como que podrian dejar á los enfermos en los caseríos y avanzar sin mas municiones ni raciones que las indispensables para el viaje hasta. Orizava ó Córdoba. Sí, señores: si hubiéramos tenido que marchar en son de guerra cuando salimos de Veracruz en son de paz, no hubiéramos podido avanzar: ¡no y mil veces no! Así, pues, los preliminares de la Soledad no solo fueron un acto político y conveniente, sino que sacaron á los aliados de la mala situación en que estaban en Veracruz á causa de las enfermedades. Si esos preliminares se hubieran cumplido por los franceses, otro y muy otro hubiera sido el resultado de la expedición á Méjico; porque, señores, hay que desengañarse: á cañonazos no se hacen amigos: ya vamos viendo lo que sucede á los franceses en aquella República.

Puesto que de esos preliminares se ha hablado tanto, preciso es que yo esplique la razón de cada uno de sus artículos. El 1º, ó sea el preámbulo mereció las observaciones del gobierno de S. M., y fué censurado por la oposición, diciéndose que al tratar con el gobierno de Juárez se le daba fuerza moral. Esto es verdad; pero no se tiene en cuenta que el gobierno de Juárez fué reconocido como gobierno de hecho, y para mí también hasta de derecho, desde la primera nota colectiva de los aliados, y si al tratar con él se le daba fuerza moral, no era nuestra culpa. El art. 2º disponía que las negociaciones se abrieran en Orizava, á cuya ciudad concurrirían los delegados de ambas partes. El 3º determinaba que durante esas negociaciones las fuerzas aliadas ocuparían las poblaciones de Córdoba, Orizava y Tehuacan con sus radios naturales. Y en cuanto al 4º, decia así: “Para que ni remotamente pueda creerse que los aliados han firmado esos preliminares para procurarse el paso de las posiciones fortificadas que guarnece el ejército mejicano, se estipula que en el evento desgraciado de que se rompieran las negociaciones, las fuerzas de los aliados desocuparán las poblaciones antedichas y volverán á colocarse en la línea que está delante de dichas fortificaciones en rumbo á Veracruz, designándose el de Paso Ancho en el camino de Córdoba y el Paso de Ovejas en el de Jalapa.”

Este artículo no se cumplió por los comisarios del emperador de los franceses, pero no es tiempo para anatematizar este hecho, único en los anales militares desde que el mundo es mundo. Por lo demas, este artículo se puso por el comisario español para calmar los recelos del ministro de la República, Sr. Doblado; y á los que digan que la condición de retirarse debió haberse dejado á la hidalguía de los aliados, les contestaré coa los hechos ocurridos, pues si habiéndose firmado no se cumplió, ¿qué habría sucedido si no se hubiera firmado?

Por el art. 5º se dejaban los hospitales bajo la salvaguardia de la nación mejicana, habiendo sido dicho artículo dictado por la confianza que tengo en los hombres de nuestra raza donde quiera que se encuentren, y ademas porque no se podía hacer otra cosa, pues carecíamos de trasportes para conducir los enfermos.

Por último, el art. 6º establecía que el día en que las tropas aliadas, emprendieran su marcha para ocupar los puntos señalados en el art. 3º, se enarbolara el pabellón mejicano en la ciudad de Veracruz y en el castillo de San Juan de Ulúa. Este artículo ha sido agriamente censurado, y sin embargo, es muy sencillo: si los pabellones aliados y mejicano habian de flotar unidos en Córdoba y Orizava, ¿por qué no habian de flotar del mismo modo en Veracruz?

Los preliminares de la Soledad fueron aprobados por todos los comisarios, pues todavia estábamos de acuerdo, si bien M. de Saligny había manifestado siempre y desde el primer momento sus deseos de resolver la cuestión de Méjico á cañonazos. Y ya que he nombrado á este representante del gobierno imperial, y puesto que entre los documentos presentados á las Cortes hay dos cartas del mismo, voy á referir al Senado un episodio que dará á conocer claramente al diplomático francés: episodio ocurrido en los últimos dias de nuestra permanencia en Veracruz.

Como el conde de Saligny viese que sus opiniones no tenían eco en la conferencia, adoptó el sistema de desacreditar entre sus amigos los acuerdos que en aquella se tomaban. Esta conducta llegó á noticia de sus colegas, y con ese motivo se presentaron una noche en mi habitación los comisarios de la reina Victoria, quejándose de que dicho señor conde habia dicho delante de dos jefes, uno español y otro francés, que él no habia firmado la alocución dirigida á los mejicanos. Hice entonces venir al brigadier Milans, que era el jefe español, el cual me confirmó lo manifestado por los ingleses, así también lo hizo luego el coronel Roze, comandante del vapor Magénne, que era el jefe francés, al cual rogué que procurara encontrar al señor conde de Saligny y le suplicara que viniera á mi casa, si le era posible.

Vino en efecto el conde, y después de hacerle presente lo que estaba pasando, concluí preguntándole si había ó no firmado la alocución al país. Él entonces, con asombro mió, me dijo: “No, je n’ai pas signé.” Yo no sabia lo que me pasaba, y así fue que maquinalmente fui acercándome á él, diciéndole en tono mas fuerte: ¡Cómo! ¿V. dice que no ha firmado la alocución al pueblo mejicano? ¿No lo ha hecho vd. aquí en este mismo sitio? Y todavía me contesto que no, añadiéndome: “ni vd. tampoco.” Et vos non plus. Al oír estas palabras me retiré como quien aspira un aliento fétido, comprendiendo que allí había alguna farsa. Los comisarios ingleses estaban asombrados, y yo también estuve un rato sin saber qué hacer, hasta que por fin repuse: “Señor de Saligny, mi cabeza se pierde: sírvase vd. esplicarme lo que significa todo esto;” á lo cual, con extraordinario aplomo, ¡vaya un aplomo! me contestó él: “es verdad que en la conferencia convenimos en dar la alocución al país y en que se imprimiera y publicara, autorizándola con nuestras firmas; pero el materialismo de firmar el borrador que quedó en el acta, no lo hicimos: esto es lo que he querido decir, sin decirlo.” A eso me contenté con replicar, pálido y convulso de ira: “no le contesto á vd. porque mi respuesta estando en mi casa seria demasiado dura.” ¿Habéis oído, señores? Pues ese es el diplomático á quien el gobierno del emperador ha dado crédito, y el que ha causado los males que pesan hoy sobre Méjico, y sobre el ejército francés.

Concluida la primera parte de mi relación histórica, ruego al señor presidente se sirva suspender la sesión, para continuar en la de mañana el discurso que tengo empezado.

El señor PRESIDENTE: Siendo pasadas las horas de reglamento, se suspende la discusión, la cual continuará mañana.

 

 

SESION DEL DIA 10.

El señor conde de REUS: Al pronunciar ayer ciertas palabras en catalan, las cuales querían decir: “el francés te hace aire, afírmate, y ¡viva España!’’ el senador marqués de Guad-el-Jelú, mi compañero y amigo, se dio por aludido con cierto aire que me hizo creer que la alusión le lastimaba. Por si es así, como nada está mas lejos de mi ánimo que pretender molestar á persona alguna, debo dar una breve esplicacion de por qué aludí á su señoría.

Empiezo por declarar que las palabras que pronuncié me las escribió el señor marqués de Guad-el-Jelú estando yo en Veracruz por el mes de Enero, en contestación á una carta mia, y contándome lo que allí pasaba. Esto releva á su señoría del cargo que alguno pudiera hacerle de oficioso al darme cuenta de lo que pasaba en otro país. Por lo demas, las frases citadas son para mí tan nobles y tan españolas, que ni remotamente podía presumir que su cita causase ni sombra de molestia al señor marqués de Guad-el-Jelú, y menos cuando somos amigos hace muchos años, compañeros de profesión y paisanos.

El señor marqués de GUAD-EL-JELÚ: Si el señor conde de Reus me lo permite y también el señor presidente, diré breves palabras.

El señor conde de REUS: Con mucho gusto. El señor PRESIDENTE: El señor marqués de Guad-el- Jelú tiene la palabra.

El señor marqués de GUAD-EL-JELÚ: Doy gracias á mi antiguo amigo el señor conde de Reus por la franca y espontánea manifestación que acaba de hacer; pero su alusión de ayer no podia serme desagradable en manera alguna, como no fuera en un solo concepto, el de que pudiera creérseme su corresponsal de oficio. Por lo demas, hombre político, español cual debo serlo y amigo del conde de Reus, que á la sazón desempeñaba un cargo de trascendencia, contesté á una amistosísima carta de su señoría y escribí las mismas palabras que ha citado: y por cierto que recuerdo haber coincidido aquella carta con las noticias que circulaban en España sobre fundar una dinastía en Méjico; no me sentia yo, por razones históricas, partidario del establecimiento de aquella dinastía.

Concluyo repitiendo las gracias á mi amigo el señor conde de Reus, dándoselas también al señor presidente que me ha permitido hablar, y renuncio la palabra.

El señor PRESIDENTE: El señor conde de Reus puede continuar su discurso.

El señor conde de REUS: Ayer concluí la primera parte de la relación histórica que debo presentar al Senado; y ahora daré principio á la segunda, donde va á entrar en escena el señor general Almonte, y donde se verán mas graves sus cesos, los cuales seguiré paso á paso, hasta llegar á la catástrofe de Onzava. Esta calificación es debida á un orador que no lo es de esta Cámara; y no le falta razón por cierto: catástrofe fue aquella; pero no paro nuestras armas, sino para las armas francesas. Duras, muy duras palabras dijo el orador á quien aludo, entre ellas las de que los ministros aliados en Méjico habíamos cometido actos de demencia y de la última malignidad, teniendo su señoría la poca compasión de atribuir al ministro español los mas de esos actos. Y todo ¿por qué? Porque dejamos en pié al gobierno de Juárez. ¡Actos de demencia y de la última malignidad! Hay palabras que no tienen contestación posible si no se riñe con el que las ha pronunciado; y como yo no quiero reñir con nadie, me contento con rechazar esa calificación: la rechazo, pues, así, á secas, y sobre eso no digo mas. Los que han censurado la política del gobierno en Méjico, lo han hecho así por no haber sido aquella la política que ellos querían: lo que no comprendo es que hombres liberales hayan podido censurar la política en cuestión. ¡Pues qué! ¿no ha sido liberal? Eso no puede negarse.

A últimos de Febrero llegó á Veracruz el general Almonte; ambos nos habíamos conocido en París, éramos amigos, v esto facilitó nuestra primera entrevista. Con dicho señor llegaron el padre Miranda, el padre Haro y otros emigrados pertenecientes al partido reaccionario todos ellos.

Lo primero que hizo el general Almonte fué anunciarme la llegada del conde Laurencez con un refuerzo de 4,000 hombres. “Bien venidos sean los franceses, le contesté: no me pesa que vengan.” En seguida me anunció que el general francés me traería una carta autógrafa de S. M. I., y aquello me halagó como una nueva muestra de la bondad del emperador para conmigo. Acto continuo, el general Almonte entró en materia sin rodeos. Contóme que venia de acuerdo con el gobierno imperial para derribar el gobierno de Juárez y la República y crear una monarquía, y añadiendo que como esta no existiría sin monarca, lo seria el archiduque Maximiliano de Austria. Díjome también que habia estado en Viena para ofrecer la corona al archiduque, y que este la habia aceptado, hallándose S. A. muy dispuesto á embarcarse en cuanto se le avisara. Por último, añadió el Sr. Almonte que aquello seria negocio de un par de meses, porque todos los mejicanos se levantarían al ver enarbolada la bandera monárquica.

Yo le oí sin que por mi parte hubiera la menor interrupción, y así pudo concluir su relación tranquilamente. Sin embargo, antes de decirle mi opinión sobre el particular, quise saber cómo y por qué se contaba con el auxilio de las armas aliadas, y preguntéle si los tres gobiernos estaban de acuerdo en materias tan graves. Contestóme que á su vuelta de Viena habia estado en Madrid y hablado con los señores duque de Tetuan y Calderón Collantes, los cuales vinieron á manifestarle que teniendo el conde de Reus la confianza de la reina y de su gobierno, y hallándose como se hallaba sobre el terreno, nada podían decirle hasta que el conde escribiera sobre la situación del país.—¿Y el gobierno inglés? le pregunté.—Está de acuerdo con el gobierno del emperador, me contestó.

No necesité mas para comprender que el general Almon te quería engañarme, como habia engañado á la Córte de Francia, haciéndole creer que eran tantos los partidarios de la monarquía en Méjico, que en viendo flotar las banderas aliadas en los muros de San Juan de Ulúa, á los dos meses concluiría todo. Pero á mí no podía engañarme, pues por el mismo paquete que trajo al Sr. Almonte recibí yo despachos del gobierno de S. M. y cartas particulares de los señores presidente del Consejo y ministro de Estado. Y tampoco podia engañarme, porque estando yo sobre el terreno, no veía yo, como él, partidarios de la monarquía.

Ahora pregunto yo: ¿permitía la convención de Lóndres que las armas aliadas apoyaran la bandera que el general Almonte traía de Francia? Por su puesto que dicho general decia que se consultaría la opinión del país.—¿Y cómo? le pregunté.—Por medio de una asamblea de notables, me contestó: pero antes destruyamos el gobierno de Juárez.

Los ministros ingleses, desde el momento en que conocieron los planes que traía el general Almonte, así como el refuerzo destinado á las tropas francesas, previeron sucesos agenos á la misión que llevábamos á Méjico, y rae anunciaron verbalmente que el batallón de la marina real, aprestado ya para ir á Orizava, se reembarcaría al dia siguiente, pero que ellos seguirían formando parte de la conferencia, donde quiera que se reuniese.

Hé aquí ahora los despachos y cartas que recibí por el mismo paquete que llevó al general Almonte: (su señoría leyó varios despachos y cartas, cuyo espíritu era análogo al de las bases de la convención de Londres; despachos y cartas que se insertan en el número del Diario de Sesiones del Senado correspondiente á la sesión de hoy).

Después de esto, ¿habrá quien diga que yo hice en Méjico política propia? No; hice, como debía, la política del gobierno, ciñéndome leal y exactamente á sus instrucciones. Que esta política fué noble y conveniente al esplendor del trono y á ios altos intereses del país, no cabe dudarlo, puesto que así lo han declarado la reina, el gobierno y el país; pero por eso mismo tengo empeño en que se vea que yo no fui mas que el leal ejecutor de la política del gobierno. Al César lo que es del César.

Pertrechado con tal arsenal de buenas razones, contesté al general Almonte que no comprendía cómo el gobierno del emperador podía estar de acuerdo con un plan tan contrario á la convención de Londres y á todos los compromisos de honor adquiridos por los ministros aliados en Méjico, y que por lo tanto el plan me parecía inicuo y desleal, y hasta absurdo por lo irrealizable.—La misión de los aliados, le dije, no es la de quitar y poner gobiernos, ni mucho menos crear monarquía para el archiduque de Austria ni para nadie. Si andando el tiempo quieren los mejicanos monarquía, no nos opondremos á ello, sino que al contrario, los ayudaremos; pero eso ha de ser el resultado de la libre voluntad del pueblo mejicano. Esta es la política aliada, y por lo tanto no cuente vd. para ese fin con las armas españolas ni con las inglesas, poique según se me ha dicho, mañana se embarcarán.—Pues entonces contaré con las de Francia, me replicó Almonte.—Lo dudo, repuse yo, pues no creo que los subdelegados franceses hagan tul cosa sin recibir orden de su gobierno, y el emperador tiene demasiado talento para dar semejante orden.—Y acabé pronosticándole que si seguía en su empresa, haria un completo fiasco.

La división española estaba ya en marcha hacia tres dias, y yo salí al siguiente á reunirme con ella en Paso Ancho. Aquí debo decir que las tropas españolas, en aquel caliente y abrasado clima, hicieron su marcha de una manera admirable, rompiéndola como siempre los ingenieros, los cuales remendaban el camino, y por cierto que bien lo necesitan los de aquel país. Los ingenieros, repito, rompian la marcha, mereciendo elogios por su actividad é inteligencia, mientras los artilleros se multiplicaban verdaderamente, pues no solo conducían sus trenes por aquellos malos caminos, sino que daban también ayuda á varios carros franceses rezagados. Los soldados de caballería por su parle iban á pié, para que los enfermos montaran en sus caballos; y la infantería, por último, cargada con el enorme peso de cinco raciones, y con su tienda, manta y equipo, mostraba una ven mas el vigor inherente á nuestra raza. Algunos cayeron enfermos; pero llenos de voluntad, no se rendían mientras tenían un átomo de aliento.

Con este motivo recuerdo haber encontrado dos que iban muy despacio: uno de ellos, herido en un pié, acompañaba á un calenturiento, llevándole su fusil y su morral; y habiéndoles dicho yo que subieran á mi carruage, tuve que mandarlo al ver que me contestaban que otros habria en peor estado que ellos. ¡Ah, bravos hijos de la noble España! ¡No estrañaré que un dia asombréis al mundo entero con vuestros heroicos hechos! Señores jefes, oficiales, sargentos, cabos y soldados que compusisteis la espedicion de Méjico! á todos os saludo.

Desde los primeros dias de mi llegada á Onzava entablé correspondencia con el vice-almirante la Graviére que se encontraba en Tehuacan. A esa correspondencia se refirió el Sr. Bermudez de Castro, pidiendo la presentación de dos cartas. Yo dudaba si siendo estas confidenciales y no habiéndoselas enviado al gobierno, debia presentarlas; pero un movimiento afirmativo de cabeza hecho por el señor ministro de Estado me sacó de mi situación. Ofrecí, pues, traer dichas cartas, y ayer quedaron sobre la mesa, formando parte del espediente diplomático.

Conviene leer la primera de ellas, su fecha 17 de Marzo para que se vea el poco caso que el comisario francés hacia de las reclamaciones que debían dirigirse al gobierno de Méjico. Hela aquí, señores: (Su señoría la leyó). Se vé, pues, que la primera misión de los aliados consistente en reclamar cantidades, pedir reparaciones y exigir garantías, era de muy poco valor para el señor vice-almirante: otra cosa valia mas á sus ojos, y va la encontraremos.

A la snzon recibió sir Wyke la noticia de que el gobierno de Méjico seguia exigiendo á nuestros compatriotas un 2 p§ sobre los capitales, imponiendo ademas un empréstito forzoso de 500,000 pesos á seis casas, de las cuales tres creía yo ser españolas. Estaba equivocado en esto, pues no había mas que una, y era hispano-americana: la mia. En el acto escribí al Sr. Doblado, ministro de Juárez, pidiendo esplicaciones sobre el particular: y como me contestara con el diapasón un poco alto, dije á la Graviére que debia reunirse pronto la conferencia para tratarse de aquello, pues si se habia de romper el fuego, debia hacerse en defensa de los intereses de nuestros conciudadanos, y no por causas injustificables. ¿Y que me contestó M. de la Graviére? Lo que resulta de la siguiente carta: (Su señoría la leyó).

De aquí se desprende la declaración esplícita de que M. de la Graviére pensaba obrar sim acuerdo de la conferencia, puesto que en adelante debia la espedicion ser francesa; y ademas se desprende también su idea de llevar adelante el plan de establecer una monarquía en Méjico.

Mas explícito está todavía el señor vice-almirante en otra carta confidencial que también me escribió, y de la cual puedo hacer uso, autorizado como lo estoy por su autor. Hela aquí: (Su señoría leyó otra carta, en la cual se hablaba, entre otras cosas, de la creación de una monarquía en Méjico, y de la resolución concerniente á llevar á cabo esta idea).

Tengo ademas otras cartas que no leo por no fatigar al Senado; pero sin embargo, debe oír una del mismo Jurien de la Graviére, escrita el 22 de Marzo por la mañana. (Su señoría levó otra carta en la cual decia el firmante que no podía abandonar al general Almonte, puesto que tenia toda la confianza del gobierno que representaba el mismo la Graviére, añadiendo que el gobierno francés le había puesto en el caso de no deber respetar los acuerdos de la conferenr cia), Ahora bien, yo pregunto: ¿qué significa un miembro de la conferencia, á quien su gobierno da órdenes reservadas para que en un caso dado no respete los compromisos contraídos?

Así las cosas, supe que el general Laurencez habia salido de Veracruz, acompañado del general Almonte y escoltado por un batallón de cazadores. El dia de su llegada á Onzava, salí á recibirle como cumplía al compañerismo y á la caballerosidad, y después de los primeros saludos, entré en materia, impaciente por saber cómo ó por qué el general Laurencez iba acompañado de Almonte, siendo así que esto debía crear conflictos, toda vez que las armas inglesas y españolas no estaban dispuestas á sostener la pretensión del último. El general Laurencez mandó detenerse al batallón de cazadores hasta recibir órdenes del vice almirante. Aprovechando esta situación, y deseoso de hacer todo lo imaginable para evitar la ruptura entre los aliados, de acuerdo con los comisarios ingleses, me fui á Tehuacan á hablar con el vice-almirante; y aquí entra lo bueno.

Conociendo yo que M. Jurien de la Graviére teníala manía de ir á la capital, por creer que allí encontraría grandes masas de monárquicos, los cuales no esperaban mas que su llegada para proclamar la monarquía, le dije: “Vamos, puesto que vd. lo quiere, iremos á Méjico;” y entre broma y sério, añadí: “y allí le permitiré á vd. que intrigue en favor de su archiduque.” Y en efecto: allí poco me importaba, como que hablándose el castellano en Méjico, á mí me entendía todo el mundo, mientras que á él no le entendía nadie.—Iremos pues, á Méjico, me contestó él; pero ¿cómo lo haremos?—Pidiéndolo, le repliqué, en garantía de los tratados que hagamos en la conferencia de Orizava.—¡Magnífico! esclamó entonces él.—Y tuve el honor de que me abrazara tres veces.—¿Y querrán los comisarios ingleses? añadí yo.—Sí querrán.—Pero vd. comprende que si marchamos sobre la capital de acuerdo con el gobierno mejicano, no podemos llevar en nuestra compañía al Sr. Almonte, á quien por consiguiente habremos de mandar á Veracruz.— Eso es imposible, me contestó con tono bastante fuerte.— Me parece que ha respondido vd. con alguna precipitación, le repuse: y él entonces rae repitió:—Es imposible.

No le contesté ya, pues conocí bien sus intenciones. Sin embargo, traté de convencerle durante una y otra hora; pero no lo conseguí, pues á mis argumentos mas apremiantes respondia siempre ser eso la política; y eso me hacia á mí recordar la famosa frase del pueblo de Madrid, el cual cuando se le estrecha, dice: “¡Pues ahí verá vd!” No habia, pues, medio posible de convencerle, y en consecuencia, á las pocas horas salí para Onzava, persuadido de que la ruptura de las conferencias era inevitable. En tal supuesto, pensé desde entonces el partido que debería seguir cuando llegara el momento dicisivo.

Cuatro soluciones se presentaban á mi consideración: 1ª entregarme á los franceses, yéndome con ellos: 2ª, echarme á un lado y pedir nuevas instrucciones al gobierno: 3ª, cerrar el paso á los franceses: 4a, reembarcarme con mis tropas. Ahora bien, señores, ¿cuál era la solución mas conveniente á la personalidad del general Prim? Naturalmente la primera, pues iba á pelear con seguridad de vencer, y ademas, una vez en Méjico, la reina hubiera recompensado mis servicios con el tercer entorchado, al pase que el emperador de los franceses me habria honrado con la Legión de Honor y me hubiera hecho duque de Méjico, y á mi vuelta á España nadie habria podido disputarme la embajada de Paris. Tal era el cuadro seductor que se presentaba á mi vista yéndome con los franceses; pero eso no podía hacerse sin menoscabo de la buena fé y de la lealtad debida á mi patria, y por eso no titubeé en sacrificar mi orgullo, la amistad del emperador y mis sueños de gloria en aras de mi deber y de la independencia de mi país.

Por otra parte, yo no podia perder de vista el compromiso contraído por España con Inglaterra y por las tres potencias con los Estados-Unidos, relativamente á no imponer á los mejicanos un gobierno que ellos no quisieran; y ya que do los Estados-Unidos hablo, permítaseme decir que son un gran pueblo, por mas que durante mucho tiempo se haya creído que no constituían sino una nación de comerciantes. Yo creo que Europa puede estar hoy convencida de que no es así, pues he visto de cerca uno de sus ejércitos, el ejército del Potomac, mandado por el general MacClellan, compuesto de 110,000 hombres con 500 cañones, y puedo asegurar que está al nivel de cualquier otro ejército. Y no se crea que la lucha en que hoy está envuelta esa nación la va á dejar exánime, pues aun separados los Estados del Sur de los del Norte siempre quedarán dos pueblos poderosos, tan amantes el uno como el otro de la doctrina de Monroe. Volviendo, empero, á lo que antes me ocupaba, digo que por las consideraciones espuestas, deseché la primera solución y pasé á examinar la segunda.

Echarme á un lado y pedir nuevas instrucciones á mí gobierno, parecía lo mas sencillo; pero sin embargo, en la práctica era lo peor, pues de una solución como esa podía surgir un conflicto entre los españoles y los franceses. Ademas, los mejicanos podían bloquear, ya que no tomar por la fuerza, el hospital de los franceses en Orizava, donde me hallaba yo, y esto tenia que hacer muy difícil mi situación, porque careciendo de víveres, hubiera tenido que ir á buscarlos á Veracruz, pagándolos á inmenso precio. Si los franceses eran batidos, tenia que salir á su defensa, y ya estaba comprometido; y pidiendo instrucciones al gobierno, le creaba un conflicto, el cual tenia que resolver. Si el gobierno decía “vaya vd. en auxilio á los franceses,” y la orden llegaba cuando ya estos hubieran entrado á Méjico, era aquella una cosa inútil; al paso que si eran batidos, tenia yo que restablecer la campaña con malísimas condiciones. En fin, si el gobierno mandaba reembarcar las tropas estando ya los franceses en Méjico, el reembarque era ridículo, y si por lo contrario hubieran sido rechazados, no habría yo podido dejarlos comprometidos. Era, pues, mas noble y leal conservar al gobierno su libertad de acción, para que si era preciso sacrificara en bien de la patria á su plenipotenciario en Méjico; y por lo tanto debía desechar y deseché, la segunda solución de las cuatro que á mi vista se presentaban.

El tercer camino que yo podía seguir era el de cerrar el paso á los franceses hasta recibir órdenes de los gobiernos respectivos, y es verdad que esta solucion era la mas conforme con mi carácter belicoso: pero ni yo queria batirme con los soldados franceses, á quienes estimaba y estimo, ni me era permitido crear con la guerra en Orizava la guerra tal vez en los Pirineos. Y sin embargo, señores, aquella era la ocasión redonda para realizar mis planes de ambición personal, si en efecto los hubiera abrigado; aquella era la ocasión de hacerme rey de Méjico, como también se me ha atribuido.

Esta idea que han oído mas de una vez los señores senadores, fué echada á volar por mi buen colega el Sr. de Savigny, no sin hacer algún efecto en Méjico, citándose en su apoyo el Eco de Europa, periódico cuyas tendencias no eran, sin embargo, ni mas ni menos que las de la política aliada. Verdad es que dicho periódico excitaba algunas sospechas por las alabanzas que hacia de mi persona, diciendo por ejemplo, que el conde de Reus era muy valeroso: pero ¡vaya una novedad! ¿Hay quién niegue al conde de Reus la cualidad de buen soldado? Si se le quita eso. ¿qué le queda? Decia ademas el Eco de Europa que el conde de Reus era entendido en negocios de guerra, y ademas hombre de carácter suave, y también qué era liberal; ¿pero no era verdad todo eso?

Otra idea excita mas sospechas: la de que el conde de Reus, no sé en qué edad, hubiera sido un semi-dios, y que en la edad media habria creado una dinastía de reyes: pero, señores senadores, ¿se puede eso tomar en sério? La verdad es que el conde de Reus no ha tenido jamas semejantes ambiciones. Yo recuerdo lo que en cierta ocasión me dijo un augusto soberano, á propósito de ciertas miras ambiciosas que se atribuían á un elevado personaje. ‘‘Si los que nos hemos mecido en cuna de cien reyes, me decía; apenas podemos sostenernos en los tronos, ¿qué han de hacer los que no se hallan en ese caso?”

Por lo demas, señores, si yo combatía la monarquía en Méjico por falta de monárquicos allí, ¿habia de creer que iba á encontrarlos para mí solo? ¡Ah! Yo soy español de pura raza, y no habría aceptado el trono aunque todos los mejicanos me lo hubieran ofrecido, prefiriendo á su brillo ser en mi país ingeniero general y senador del reino, y poder cual otro García del Castañar, perseguir jabalíes en ios montes de Toledo. La mejor prueba de que no abrigué la ambición que se me ha atribuido, es haber despreciado la magnífica ocasión que se me ofreció para realizarla embistiendo á los franceses y haciéndome libertador de Méjico.

Desechada la tercera solución, pensé en la cuarta y última, y pensé en ella muy detenidamente, conociendo como conocía la gravedad de mi resolución. Di conocimiento de ella al gobierno de S. M., y entretanto esperé la reunión de los comisarios para la celebración de las conferencias. El 9 de Abril tuvo lugar la primera, cuya acta sacada in extenso basta por sí sola para que el Senado haya formado juicio exacto de los sucesos; pero como muchos hombres políticos no se han tomado el trabajo de examinarla, voy á leer algunos de sus principales párrafos. [Su señoría leyó].

Véase, pues, cómo las comisarios del emperador Napoleón, fuese porque obraran en virtud de órdenes de su gobierno, fuese [como yo creo mas bien] porque lo hicieran por autoridad propia, abandonaron la política aliada, resueltos á marchar haciendo política francesa; razón por la cual hicieron los aliados muy bien en reembarcar sus tropas, dejando á los ministros franceses por únicos responsables de sus actos. Y en verdad que su responsabilidad y la del gobierno que ha aprobado su conducta, es inmensa ante Dios y ante los hombres. En Méjico se derramará mucha sangre: los mejicanos verterán la suya en favor de su independencia, y Francia la de sus hijos por una quimera, pues aunque á costa de ella y de tesoros lleguen las tropas imperiales á entrar en la capital de la República, no por eso han de crear nada sólido ni digno del pueblo que representan. Ni alzarán una monarquía, ni siquiera consolidarán un gobierne? de capricho.

La santa alianza hizo entrar en Paris á Luis XVIII, ese monarca, aunque de sangre real, reinó con trabajo. Sucedióle Cárlos X, y este, al poco tiempo, fue arrojado del sólio por sus mismos súbditos. Napoleón I coronó por su parte rey de España á su hermano José, y el trono de éste cayó derrocado á la primera campanada que anunció la ruina del primer imperio. Lo mismo pasó á Gerónimo Bonaparte en Wesfalia, y algo mas grave en Nápoles al bravo Murat, el cual murió fusilado. ¿Qué mas, señores? En Méjico mismo hubo un Iturbide, que fué estimado mientras se limitó á ser un gran ciudadano; pero ese Iturbide se hizo emperador, y acabó también en un suplicio. Tal es la historia, la triste historia de los reyes impuestos: téngalo presente el archiduque Maximiliano. Los franceses no poseerán en Méjico mas terreno que el que materialmente pisen, y al fin, mas pronto ó mas tarde, tendrán que abandonar aquel país, dejándolo mas perdido que lo estaba cuando á él llegaron.

Estoy fatigado, señor presidente; y si V. S. se sirviera suspender el debate, se lo agradeciera, pues podría mañana continuar mi discurso.

El señor PRESIDENTE: Estando para terminar las horas de reglamento, se suspende esta discusión, la cual continuará mañana.

 

 

SESION DEL DIA 11.

El señor conde de REUS: Siento, señores senadores, tener que ocuparme de una cuestión que hasta cierto punto empequeñece la principal que se debate; pero hay censuras ó murmuraciones que no pueden pasar desapercibidas. Si es verdad que una gota de veneno no puede destruir un cuerpo robusto, también lo es que esa gota debe lavarse, pues no haciéndolo así, podría traer la gangrena.

Háse dicho en voz baja si en la espedicion de Méjico se gastó mas ó menos. La intención es conocida; pero no tengo nada que ver con lo gastado en la espedicion. La administración es en ios ejércitos la que recibe los fondos y los distribuye, y la que en su dia da cuenta á quien corresponde. El general en jefe dispone de esos fondos como cree mas conveniente al servicio; la administración los distribuye, y el jefe a nadie absolutamente tiene que dar cuenta. De cien mil duros que tenia á mi disposición, no gasté mas que 4,338; con esto quedan satisfechos los que en tal pequeñez se han ocupado.

Voy ahora á emprender la no fácil tarea de contestar al discurso del ministro imperial M. Billault pronunciado en la Asamblea legislativa de Francia. Los ataques que recibí fueron tan duros como poco circunspectos, siendo así que si los hombres públicos deben siempre guardar circunspección aun deben guardarla mas cuando son consejeros de la corona. M. Billault trató sin respeto ni consideración alguna al general español plenipotenciario de la reina de España. ¿Creyó acaso que yo no le devolveria golpe por golpe, estocada por estocada? ¿Creyó que por estar á tanta altura podia disparar sobre mí los rayos que tuviese por conveniente? Se equivocó M. Billault, á quien voy á contestar ahora, no sin guardar la circunspección que él no tuvo por oportuno observar.

El ministro imperial empezó su discurso diciendo que el gobierno del emperador deseaba la ocasión de esplicar á la Asamblea y al país los asuntos de Méjico, los cuales, por error de unos, y por malquerer de otros, habían perturbado la opinión pública; pero ¿qué ha sucedido después de haber hablado M. Billault? Que como antes lo había hecho M. Jules Favre contando verdades, y diciendo cosas distintas de las que dijo M. Biilault, la Francia no sabe todavía á qué atenerse respecto á lo que ha pasado en Méjico. Cierto es que el ministro se apoyó en documentos públicos oficiales; pero también lo es que están escritos par M. de Saligny y por M. de la Graviére, y qué, al referirse á documentos relativos al representante de la reina de España, no leyó lo que no le con venia, siendo como era, lo mas importante. Con dureza podría yo calificar tal sistema; pero me contento con decir que M. Billault no hizo bien.

El resultado de eso, repito, es que la opinión pública en Francia no sabe bien lo ocurrido en Méjico. Si el gobierno imperial deseaba que la opinión pública de su país estuviese bien enterada respecto al particular, debió adoptar el único y sencillo medio que han adoptado los gobiernos de Inglaterra y España: el de presentar al Parlamento todos los documentos relativos á la cuestión; pero como esto hubiera demostrado que las cosas se habían llevado tan á la ligera que comprometían el buen nombre de la Francia en apartadas regiones, no se hizo la publicación de esos documentos y ni aun siquiera se imprimió el acta de la última conferencia de Orizava, con lo cual hubiera sido casi bastante.

M. Billault esplicó las cosas como quien habla á gentes que tienen obligación de creer; pero ni la Francia ni la Europa pueden dar ascenso á lo que su señoría dijo, porque lo hizo sin fundamento y separándose de todos los documentos públicos que relativamente al asunto debían tenerse á la vista.

El señor ministro sin cartera se esforzó en probar que las cosas habían llegado á tal punto, que era indispensable hacer uso de las armas. No me compete discurrir acerca de si la Francia tenia ó no razón para ir (á Méjico; pero sí me cumple manifestar que si las tres naciones aliadas fueron con sus armas al país mejicano, no lo hicieron con el plan de derribar al gobierno allí constituido, si este aceptaba las reclamaciones que los aliados le hicieran.

Ahora bien: como el gobierno de Juárez reconoció haber cometido faltas añadiendo que estaba pronto á repararlas, claro está que no podia declarársele la guerra, según el espíritu de la convención de Lóndres, y según las instrucciones de los gobiernos aliados. Así lo comprendió el gobierno del emperador en un principio, y aun por eso dió las instrucciones que dió á su vice-almirante la Graviére, habiendo sido conforme con ellas y con la convención espresada la razonable conducta de dicho funcionario durante los dos primeros meses de permanencia en Veracruz. Si no hubiera sido así, viendo el comisario francés el espíritu que animaba á los comisarios inglés y español, habria dicho desde el primer dia: “eso no va conmigo: mis instrucciones son estas: yo he venido ante todo á derribar al gobierno existente.'"

Pero la prueba mas evidente de que el gobierno del emperador no pensaba entonces en derribar el gobierno de Juárez, consiste en los elementos de que se componía la espedicion francesa que fué á Méjico; dos batallones de infantería de marina (compuestos de marineros, improvisados soldados) y un batallón de zuavos sin material de guerra, puesto que ni aun tiendas tenían; y tanto era así, que cuando se estableció el campamento en la Tejería tuvieron que armarlas con las velas de los buques. ¿Se quitan y ponen gobiernos y se fabrican tronos con elementos de esa naturaleza? No pensaba, pues, en un principio el gobierno imperial en derribar el existente de Méjico: lo pensó después, y en mala hora para la Francia, dando sus órdenes al efecto y sin prevenir á los gobiernos aliados.

Partiendo de un falso supuesto, el ministro sin cartera encontraba muy mal que los aliados tratáramos con el gobierno de Juarez, puesto que en su concepto debió principiarse por derribar un gobierno que no tenia medios ni autoridad para sostenerse. Los hechos han demostrado á M. Billault que anduvo muy ligero al apreciar los medios y la autoridad del gobierno de Juárez, pues á pesar de haber dicho que desaparecería al soplo de la Francia, ha visto que ha resistido, no ya á ese soplo, sino, lo que es algo mas, al empuje de los bravos soldados franceses y de sus cañones rayados, permaneciendo todavía en pié.

No será pues un gobierno tan débil y de tan poca autoridad. Pero ¡ya se ve! era preciso al orador afirmar eso; y cuando se oye decir á un ministro, con la seriedad que lo hizo M. Billault, que la espedicion fué ante todo para derribar el gobierno existente, es imposible que no esté perturbada la opinión pública en Francia.

Para justificar M. Billault los planes de monarquía nacidos en Francia, dice haber numerosos mejicanos declarado que solo esta forma de gobierno podía salvar á Méjico de los males que le aquejan; pero se equivocó su señoría, y ni aun por lo visto ha leido los últimos manifiestos publicados en la Habana por los generales reaccionarios Zulonga, y Cobos, aconsejando á sus conciudadanos dejar á un lado querellas de familia y reunirse todos para combatir á los franceses. Pues bien: si el partido liberal no es monárquico, y el partido reaccionarlo combate á los franceses que llevan la idea de la monarquía, ¿dónde están los numerosos mejicanos que, según M. Billault, quieren esa forma de gobierno?

Tan cierto es que en Méjico no hay hombres de ideas monárquicas, como que el Sr. Gutierrez Estrada, de aquel país, concibió hace años el plan de restaurar la monarquía; y conociendo las dificultades ó peligros de organizar un pronunciamiento con tal bandera organizó uno de los pronunciamientos militares que tan fáciles han sido siempre allí. Su pensamiento era reunir una Asamblea de hombres adictos á su plan, á fin de que en la Asamblea se levantara la bandera monárquica. ¿Y qué sucedió? Que no hubo un solo diputado que se atreviera á nombrar la monarquía, teniendo el Sr. Estrada que emigrar, sin que después haya podido volver á Méjico, á pesar de haber sus amigos formado el gobierno mas de una vez.

Los numerosos mejicanos á que se refiere M. Billault no son ni mas ni menos que cinco: el referido Sr. Gutiérrez Estrada, el general Almonte, el padre Miranda, el padre Haro, y uno que fué secretario de la legación mejicana en Madrid, siendo este último el que mas ha trabajado para crear la mala situación del gobierno francés respecto á Méjico. Tome, si quiere, acta de estas palabras el señor ministro sin cartera del gobierno imperial, que yo le enviaré la traducción de las mismas por si á pesar de ser tan erudito no conociere la lengua de Cervantes, como presumo que no la conoce, pues en otro caso, conocería también el carácter español, y sabría que no se nos puede hablar con altivez, porque los castellanos no permitimos nunca que se nos mire de arriba abajo, ni que se nos hable con la arrogancia que el ministro francés lo ha hecho.

Y se equivoca lastimosamente M. Billault si cree que á España se la puede tratar con menos miramiento y cortesía que á ninguna otra nación, pues si la Inglaterra, por ejemplo, tiene numerosos bajeles, también los tiene nuestro país, y bien tripulados y mandados, siquiera sepamos que no es esa la fuerza principal de nuestra nación. España es fuerte, porque cuenta numerosos y valientes batallones y una población belicosa, frenéticamente española, la cual, caso de ser amenazada por enemigos estrangeros, se levantaría como un solo hombre, no bien oyera el patriótico sonido de las campanas de Bailen y de Zaragoza.

Hubo un tiempo en que se creyó que España era solo fuerte por la defensa que sus hijos podían hacer de sus Pirineos y montañas centrales; pero las cosas han cambiado con la paz, y hay que ver las cosas de otro modo. Ha venido la riqueza pública, y merced á ella, puede el erario destinarlas sumas necesarias á fin de que el país esté prevenido para un caso de guerra. Nuestras plazas se han mejorado: las fuerzas de infantería y caballería están bien armadas y equipadas, y su disciplina es magnífica; las armas especiales conservan su buen nombre; la artillería tiene nuevo material; hay cañones rayados; hay parques en puntos convenientes, donde pueden trabajar cien mil hombres; el estado mayor está compuesto de jóvenes pundonorosos é ilustrados que no ceden á los de otras naciones; el armamento de cuerpos provinciales está depositado en las capitales de provincia, habiendo ademas muchos miles de fusiles almacenados para aumentar el ejército si fuere necesario: los cuerpos de la guardia civil y de carabineros, compuestos de veteranos sin tacha, Formarían escelentes cuerpos de ejército si fuese preciso; la administración y sanidad militar llenan su misión cumplidamente; y por fin, tenemos un estado mayor general compuesto de ilustres generales encanecidos en el servicio de la reina y de la patria, así como de generales jóvenes, los cuales ardemos todos en déseos de ganar fama, unos moderados, como mi amigo el Sr. Calonge, y otros progresistas, como mi amigo el Sr. Luxan; pero todos en la creencia de que en caso de guerra (Dios no lo permita), las tropas españolas no se ocuparían solo en defender las breñas y los desfiladeros, sino que acometerían y empeñarían batallas en los campos de Aragón y de Navarra, ó donde fuera necesario, dejando el éxito á lo que dispusiera el Dios de los ejércitos.

Porque yo hable este lenguaje respondiendo al ministro imperial, no se crea que deseo la guerra: al contrario, quiero la paz, porque solo con ella prosperan y se engrandecen las naciones cuando, como la nuestra, ocupan un lugar distinguido en Europa. Mi único objeto ha sido demostrar á los que no lo saben, que España puede hacer la guerra, y una gran guerra, porque tiene elementos para ello, y que no hay entre nosotros que temerá ninguna otra nación, por muy poderosa que sea. Por lo demas, estoy seguro que no faltará quien diga que hago la política del Dos de Mayo, que evoco las sombras de Daoiz y Velarde, que quiero excitar las masas, y no faltará tampoco quien añada que he hecho una política vulgar. ¡Ah, señores! si es vulgar defender á su país ó hacer ver los medios de defensa con que cuenta para contrarestar á los estrangeros si un dia fuese invadido, seré vulgar, muy enhorabuena. Yo acostumbro á viajar sin la preocupacion de decir que España tiene tal ó cual cosa mejor que otra nación; pero cuando se quiere herir la dignidad de mi país, no transijo con nadie; seré muy vulgar, pero estoy por el cantar de los aragoneses:

La virgen del Pilar dice
Que no quiere ser francesa.

Dijo después M. Billault en su discurso: [su señoría leyó, entre otras cosas, un trozo reducido á manifestar el ministro francés que, hecha la última intimación al gobierno de Juárez, si no satisfacía, se apelaría á las armas; y que el diplomático español parecía tener sobre Méjico ideas diferentes de las que habia espresado á su gobierno cuando se firmó el tratado de Lóndres], Aquí se nota la gran contradicción en que incurre el ministro imperial echando abajo toda su obra:

Al principio sienta de un modo absoluto que los gobiernos aliados habían resuelto la caída del gobierno de Juárez, sin condiciones, y ahora dice que habia que hacerle la última intimación. ¿En qué quedamos? ¿Se convecerá M. Billault de su contradicción? La intimación se hizo; y si no se reclamó en primer término el pago de cuentas atrasadas, culpa fué de la injusta reclamación del ultimátum francés que sublevó á los ministros ingleses: la reclamación de 15 millones de duros por 15 millones de reales.

Y todavía habia otra cosa mas gravé en el ultimátum francés, á saber: que el ministro del emperador en Méjico debía tener el derecho de intervenir en la administración de justicia, siempre y en cualquier caso que un súbdito francés, fuese parte activa ó pasiva en la querella. ¿Queréis mas? Pues aun habia otra cosa mas importante: que el gobierno de la República admitiría en sus aduanas delegados franceses, los cuales percibirían el tanto por ciento que se estipulase para satisfacer los créditos de su país, añadiendo que dichos delegados podrían rebajar los derechos de arancel según les diera la gana, lo cual equivalía á meter la Francia en Méjico. Nada menos que esas frioleras pedia el ultimatum francés.

Los hombres imparciales de todos los países dirán si una nación poderosa, como lo es Francia, debe abusar de su poder hasta ese punto. Si yo quisiera usar contra M. Billault las mismas armas con que él me ha atacado, buena ocasión me ofrecerían para ello los 15 millones de duros de la casa Jeker; pero no lo haré así, recordando, como recuerdo, que cuando aprendí el manejo de armas, me dijo el maestro de esgrima lo que ya me sabia yo: que “los hombres nobles no debían usar en ningún caso sino armas nobles tambien.”

¿Ignoraba M. Billault las injustas reclamaciones que contenía el ultimatum francés? Cosa es posible, porque no teniendo su señoría mas misión que la de hablar en nombre de sus compañeros, tal vez no conozca el fondo de los negocios hasta que le digan que hable, no teniendo por lo mismo nada de particular que cometa errores. Entre tanto, lo es, y muy grave, suponer que el comisario español tenia sobre Méjico ideas diferentes de las espresadas á su gobierno, cuando se firmó el convenio de Londres. Tan inesacto es eso, y tanto no tenia el comisario español respecto á Méjico otras ideas que las de su gobierno, que ha merecido la honra de que sus actos hayan sido completamente aprobados por el gobierno mismo.

Mas adelante se queja M. Billault en su discurso de que el gobierno constituido en Méjico haya tratado de defenderse, y mira esto como una monstruosidad, diciendo que aquel es un gobierno execrable y detestado. Imposible parece que un hombre de elevada posición se ofusque hasta ese estremo. M. Billaul ha olvidado sin duda algunos de los sangrientos episodios de la historia de su país, y voy á permitirme recordárselos.

Cuando en tiempo de la primera república invadieron los austriacos la Francia, guiados por los emigrados ingleses, el tribunal de salud pública no solo dio decretos de proscripción y esterminio, sino que resuelto á sostener un duelo á muerte con partidarios del antiguo régimen, les arrojó las cabezas de sus reyes, segadas por el hacha del verdugo, por suponer que aquellos estaban en inteligencia con los emigrados.

El primer acto de la restauración fue el fusilamiento del mejor soldado de Francia, el mariscal Ney.

Durante el reinado de Luis Felipe, hubo proscripción y muerte contra los republicanos: contra los legitimistas, la prisión de la duquesa de Berry, sin considerar el estado de su salud; y contra los partidarios de la dinastía de Napoleón, el encarcelamiento del prisionero de Bam.

Vuelve la república, y Cavaignac ametralla á los revolucionarios de Junio; y hoy mismo ¿no tiene Francia leyes de proscripción y de muerte contra los que se atrevan á atentar al régimen existente? Pues esta es la verdad, Sr. Billault, esta es la historia: y al recordársela á su señoría, solo he querido demostrar que á una nacion como la francesa, que ha pasado por un mar de sangre y de lágrimas, no le corresponde tratar con dureza y con impiedad á ese otro pueblo que marcha desolado por ese mismo mar de lágrimas y sangre.

Pero Francia, dijo también M. Billault, no puede consentir que allí se asesine á sus hijos: y al decir eso, se fundó en los horrores y las persecuciones de que daba cuenta el almirante. Todo lo que este podia citar era la destitución del general Uraga y el arresto del general Chacon.

Verdad es que el almirante hacia alusion á la muerte del general Robles Pezuela, pero no se atrevió á nombrarle, por que nadie como el almirante sabia á donde iba Robles Pezuela cuando lo prendieron cerca de Tehuacan, punto donde aquel se encontraba.

El desgraciado Robles, para evitar en otro tiempo la persecucion política, tomó sagrado en la legacion francesa; y cuando los aliados llegaban á Veracruz, él se encontraba en la capital: sus relaciones con M. Saligny eran conocidas, y el gobierno le mandó de cuartel para un punto, del cual ofreció él, bajo palabra de honor, no moverse sin su conocimiento. Un mal dia para aquel desventurado, desapareció del punto en cuestion, encontrándosele disfrazado cerca de Tehuacan, á donde fué preso. Yo hice cuanto pude por salvar á Robles, y lo mismo hicieron los comisarios ingleses; y encontrándose en Orizava los ministros de la República, conseguí una orden, en virtud de la cual se suspendía la ejecucion, caso de ser aquel sentenciado á la última pena. Yo mismo cerré y sellé la orden, dándosela á un extraordinario; pero desgraciadamente llegó dos horas despues de la ejecucion de aquel infortunado general. ¡Séale la tierra ligera! Si se esceptúa esa victima, no han existido los asesinatos que ha supuesto M. Billault: yo al menos no he tenido conocimiento de que se haya cometido uno solo, en súbdito inglés, francés ni español.

Hablando M. Billault de los preliminares de la Soledad, los censura despues acerbamente, calificando de un modo inconveniente á los comisarios inglés y español y llamando indigno el documento que lleva sus firmas. Yo rechazo esa dura calificacion, y repito lo que han dicho ya los hombres de honor de todas las naciones: ¡ministros imperiales! la dignidad no está en haber firmado esos preliminares, sino en no haberlos cumplido.

Pero lo que mas irrito á M. Billault fué que los aliados permitieran tremolar la bandera mejicana al lado de las de sus naciones. ¿Qué habrá dicho ahora ese mismo Billault al ver que el general Forey, no solo ha hecho enarbolar la bandera mejicana, sino que la ha saludado con sus cañones franceses, haciendo desfilar por delante de ella los batallones de Francia?

Ya que se califica de indigno un tratado que lleva las firmas de los representantes de Inglaterra y de España, voy á decir lo que hicieron los franceses, para que el mundo entero diga de qué parte está la iniquidad. Convenidos con los comisarios franceses que el dia 20 pasaría yo con mis tropas por Paso Ancho, y que el 21 pasarían los franceses por Chiquihuite, me dijeron el 19 por la tarde que los franceses avanzaban sobre Orizava. Yo no lo creía, porque hay cosas que no deben creerse si no se ven y se tocan; pero desgraciadamente era cierto. Entonces, al recibir la noticia de que los franceses avanzaban sobre aquella poblacion... pero, señores, no quiero seguir; me arrepiento de lo que iba á contar: es tan ofensivo, tan humillante para los soldados franceses, que no me atrevo á lanzar ese borron sobre ellos, aunque los soldados no tienen la culpa, porque siempre son mandados.

Pasando, pues, por encima de ese terrible episodio, haré saber al Senado que á las doce de la noche de aquel mismo dia recibí una comunicacion del comisario francés, trasladándome otra del general Laurencez, en la que venia á decir que en adelante ya no mandaba allí nadie mas que él, y que iba á socorrer el hospital francés de Orizava. Al amanecer del 20 salí yo de este punto con el ultimo escuadrón, y á la media legua encontré á la división francesa que marchaba en son de guerra. Cuando los generales me vieron, sus clarines tocaron alto, y el almirante Jurien de la Graviére se acercó diciéndome: “¡Y bien, general!” y contestándole yo “¡bien, almirante!” permanecimos asi por espacio de algunos minutos. Por fin, “¿qué ha pasado en nuestro hospital de Orizava?” me preguntó el general Laurencez; á lo cual en voz alta y que pudiera ser oída por toda la división, contesté: “Nada; nuestros enfermos permanecen allí con la misma seguridad que si estuvieran en un hospital de Paris.”—y haciendo un saludo militar, continué mi camino.

Ahora bien: conocidos los hechos de que me he ocupado, ¿se ha podido pensar que las tropas de España pueden volver á Méjico? Tranquilícense los señores senadores: aunque los hombres que tal piensan fueran gobierno, no volverian allí nuestros soldados, pues no podrian hacerlo sino para oprimir la nacionalidad mejicana; y eso ningún gobierno lo querrá, y mucho menos hallándose ya allí los soldados franceses. El gobierno español podrá en su dia mandar á Méjico un representante y entonces dará el de la República todas aquellas satisfacciones y reparaciones que pueda dar.—Vuelvo al discurso de M. Bilíault.

El ministro francés creyó llegado el momento de anonadarme, y lo hizo con malas armas—¿qué ha ocurrido, preguntó, desde el dia 20, en que el general Prim escribia en sentido belicoso, hasta el 23, en que dice que hacia sus preparativos para retirarse? Y su señoría añadió: “Se ha tenido una conferencia con dos ministros mejicanos, uno de ellos el Sr. Gonzalez Echeverría, tio, según creo, del señor conde de Reus.” - Aquí se vé, señores, que M. Billault quiso herir mi honra: su idea germinó al momento en la Asamblea, la cual la acojió con esclamaciones y risas, y desde allí pasó á la prensa, creyéndola muchas gentes. Yo por mi parte, desde que leí el discurso del ministro imperial, estoy buscando una fórmula de respuesta correspondiente á su ataque, y no la encuentro: si respondo á él con un dicterio, hago una cosa impropia de este sitio, y me rebajo (Bien, bien); y si dejo de contestar, se creerá que fué certero el tiro de su señoría. En casos como este no hay masque dos remedios: uno violento, terrible, mortal... Otro, encerrarse en el silencio. Señores senadores, por respeto á la Cámara, me encierro en el silencio. (Aplausos).

El señor VICEPRESIDENTE (duque de Veragua)— Orden.

El señor conde de REUS.—Voy ahora á contar lo que pasó en esos tres dias, y á demostrar que me bastaron algunos minutos para adoptar la resolución que ya conoce el Senado. En efecto: no tuve necesidad de mas tiempo que el necesario para leer otra carta del almirante la Graviére, fechada el 22 á las once de la noche, pues esa carta fue la gota de agua que no cabiendo ya en el vaso, le hizo rebar todos sus bordes. ¿Por qué no la leyó el señor ministro imperial, teniéndola como la tenia en su poder? Yo voy á hacerlo ahora; pero antes diré que lo que tuvo lugar del 20 al 23, fué una conferencia de los ministros mejicanos Terán y González Echeverría, no conmigo solo, como quiso dar á entender M. Billault, sino en presencia también de los ministros ingleses.

Estaba yo escribiendo mi carta el 23 en contestación á la anterior del señor almirante, cuando recibí la suya, fecha 22 á las once de la noche, en que me decia lo siguiente: “Mi querido general: He hecho prevenir esta noche al jefe militar y político de Tehuacan que el general Almonte, llegando escoltado por el batallon de cazadores á pié, estará aquí el 31 de Marzo; y que no permitiéndome mi lealtad prevalerme mas del convenio de la Soledad, me pondré en marcha el 1º de Abril para hacer retroceder mis tropas al otro lado del Chiquihuite. Le he invitado á llevar oficialmente esta decision á conocimiento de su gobierno.—Adios, mi querido general, etc.”

Viendo la resolución tomada por el almirante, comprendi que estabamos ya allí de mas, y continuando la carta que estaba escribiendo, le dije lo que va á oír el Senado.

“Aquí llegaba de mi carta cuando recibo la última vuestra, en la que me participais haber comunicado á la autoridad mejicana en Tehuacan vuestra determinacion de dejar esta ciudad el 1º de Abril para ir á Paso Ancho, conforme con lo que previenen los preliminares de la Soledad, lo que prueba también que, segun vuestras instrucciones, rompeis la conferencia. Mas como el ministro de Inglaterra y yo no podemos ser desatendidos sino por un acto oficial, os envio la adjunta nota, rogandoos os reunais aquí con nosotros lo antes posible á fin de hacer constar la ruptura en la última acta.

Sir Charles Wyke, á quien he dado á leer esta carta, me ruega os diga que está en un todo conforme conmigo.

Vuestras cartas para el general Laurencez, el coronel Velazco y el conde de Saligny, están ya en camino por medio de un propio, y las recibirán esta tarde.

Desde hoy empiezo á hacer mis preparativos para reembarcar mis tropas tan luego como hayamos celebrado la última conferencia.”

Ahora bien, ¿cabe duda alguna del por qué hacia yo mis preparativos para marcharme? Pues así y todo fui á Tehuacan; dirigí varias observaciones al almirante Jurien, y hasta le hice concesiones importantes, pero todo inútilmente; el almirante no estaba para escuchar razones.

También ha querido M. Billault sacar partido de la conducta del plenipotenciario español con los generales Miramon y Almonte, conducta que ha creido contradictoria, como si hubiera paridad entre ambos casos. El primero queria entrar en su país por su cuenta y riesgo, mientras Almonte penetró escoltado por los soldados franceses, para sembrar la discordia y la revuelta en contra del gobierno con quien los aliados estaban tratando.

Igualmente ha sido inesacto M. Billault al decir que el gobierno de la República pretendió arrancar á Almonte cuando estaba bajo la sombra de los pabellones estrangeros. Su señoría no ha visto eso escrito en ninguna parte, ni nadie ha podido contárselo: ¿por qué lo dice, pues? Porque quiere y nada mas. Lo que hubo únicamente fué que la autoridad mejicana de Córdoba pidió, en cumplimiento de órdenes generales, la persona del general Almonte al comandante del batallon francés que lo escoltaba, al cual anuncie yo desde luego que si era atacado, correría en su auxilio.

Pero M. Billault repite frenético que el uso de las armas era indispensable para derribar el gobierno de Juarez “porque nosotros, añade, queremos obtener todas las satisfacciones que se nos deben.” Mal aconseja á su soberano M. Billault: su indicación es impolítica é inhumana, y en verdad que si yo hubiera podido acercarme á S. M. I. cuando era tiempo, y me hubiera autorizado á dirigirla la palabra, le habría dicho: “Señor, vuestros ministros y generales en Méjico han comprometido el honor de vuestra bandera en una guerra injusta, y por eso fueron batidos en Puebla; pero ese hecho de armas no puede rebajar el merecido renombre de los soldados de Magenta y Solferino, soldados que no necesitan hacer alardes de valor en un pueblo convertido en ruinas por sus 40 años de guerra civil. Salvad vuestra política esterior comprometida en Méjico: las guerras de Oriente, Siria é Italia, han sido justas y civilizadoras; en Oriente fuisteis generoso, en Siria cristiano, en Italia liberal, y por eso vencieron vuestras legiones: detenedlas, señor, en Méjico, porque allí no sereis ni cristiano ni liberal; allí sereis opresor.” Pero el César no me pudo oír, y sus legiones marchan á oprimir al pueblo mejicano. ¡Que Dios salve á Méjico y á los franceses de los males que los amenazan!

Voy á concluir, señores. De todo lo dicho resulta que Inglaterra, Francia y España fueron á Méjico, en primer lugar, á pedir cuenta de deudas atrasadas, reparacion de agravios inferidos y garantías para el porvenir; y en segundo á entablar una política generosa, contribuyendo con sus consejos á que la guerra civil concluyera. A esto y no á otra cosa fueron los aliados. Los agravios recibidos alli por los súbditos de las tres naciones no son imputables á ningun partido determinado: todos los hombres que se agitan en las contiendas de aquel país, lo mismo Almonte que Juarez, lo mismo Miramon que Zuloaga, todos son responsables moralmente de desmanes cometidos contra los europeos. Por eso no tienen las tres naciones interes alguno en que manden rojos ó blancos, y por eso mismo dieron instrucciones á sus comisarios para entenderse, con el gobierno que encontraran constituido. Encontrándose con Juarez, á él dirigieron su intimacion, y Juarez respondió reconociendo los agravios y prometiendo satisfacciones y garantías; y como á eso iban en primer lugar los aliados, dejaron lo demas al tiempo.

Pero llega un dia en que los representantes de una de las tres naciones rompen sus compromisos y lanzan á la Francia en pos de aventuras: los representantes de Inglaterra y España hacen esfuerzos para conjurar la disidencia, y nada basta á detener á los comisarios del emperador de los franceses. ¿Qué hacer entonces? Los representantes de Inglaterra y España se retiran, tocándome á mí ser ejecutor de una política independiente, no sin tener que sacrificar para ello mis sueños de gloria militar, así como mis simpatías por la noble nacion francesa y sus valientes soldados. En esto no he hecho mas que cumplir con mi deber, y creo que cualquier otro general en mi caso hubiera hecho lo mismo, queriendo todos como queremos conservar incólume la independencia de la patria.

Concluyo haciendo una ferviente invocacion á los hombres de Estado de mi país, rogándoles que jamas hagan cuestion de partido nuestras relaciones con las repúblicas hispanoamericanas. Aquellos pueblos se separaron, y por ventura en temprana edad, de la madre patria; y habiendo esta querido hacerlos entrar en la obediencia por la fuerza, ellos se defendieron, con valor heredado de nosotros mismos, derramándose mucha sangre, hasta que la madre, dolorida de la lucha, reconoció la emancipación.

Nuestras relaciones con ellos han sido desde entonces reservadas y frias: sean en adelante las que cumplen á dos pueblos hermanos, por cuyas venas circula una misma sangre, que profesan una misma religion, que hablan la misma lengua. Lo que nosotros hemos de hacer para que la reconciliacion sea eterna, es no olvidar los males que hemos atravesado antes que España haya llegado á estar constituida, y así trataremos con indulgencia al pueblo que atraviesa los mismos males. Esa debe ser allí nuestra política, procurando también que los diplomáticos que vayan á representar en Mejico á la reina de España sean lo que somos todos, liberales.

¡Ilustres senadores! Mi conducta en Méjico, así como el discurso que acabo de pronunciar, ha sido inspirado por el mas ardiente patriotismo: si obré bien, que Dios me lo premie; y si no, que me lo demande.