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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1862 Proclama. Juan N. Almonte

Abril 17 de 1862

Otra proclama empezó a circular con gran profusión al día siguiente, creyendo sin duda, los comisarios franceses que su lectura favorecería en gran manera los planes que se habían propuesto; pero que muy al contrario, vino a exacerbar el ánimo de los mejicanos con sólo ver la firma que la autorizaba. Era este documento debido al general D. Juan Nepomuceno Almonte, cuyo nombre no se ponía en labios de ningún mejicano, aparte de algún aristócrata y de la clase sacerdotal, sino para lanzar sobre él severas acusaciones por su conducta desleal y antipatriótica, y para pedir la pena de muerte que debe caer sobre todos los traidores.

 

«Hace algunos días, —decía en su proclama el general Almonte,— que deseaba dirigiros la palabra para instruiros del objeto de mi venida a la República; mas las circunstancias de hallarse pendiente un armisticio y la de encontrarme bajo la protección de las armas francesas, no me permitían hablar, y he debido esperar la oportunidad para verificarlo. Hoy que los representantes de la Francia, haciéndose cargo de la situación, manifiestan los verdaderos deseos de los Gobiernos aliados, me creo en el deber de romper el silencio que contra mi voluntad había guardado, y que dio lugar a que los enemigos del orden abusasen de él publicando proclamas apócrifas.

»Al volver, pues, al seno de la patria, os diré que no vengo animado de otros sentimientos, que el de contribuir a la pacificación de la República y el de cooperar al establecimiento de un Gobierno nacional, verdaderamente de moralidad y orden, que haga cesar para siempre la anarquía, y que dé suficientes garantías para las vidas y propiedades, tanto de nacionales como de extranjeros.

»Extraño a la sangrienta lucha que por tantos años ha destrozado a nuestro país, escandalizando al mundo entero hasta el punto de llamar seriamente la atención de las grandes potencias occidentales de Europa, mis esfuerzos se encaminaron siempre a procurar la reconciliación de nuestros hermanos, y hacer desaparecer de entre ellos los odios y las desavenencias.

»Por fortuna, para conseguir un objeto tan noble, no tengo que desear ninguna venganza, ni tampoco que pedir ninguna recompensa. Premiado suficientemente por la nación, por los servicios que era mi deber prestarla antes y después de su independencia, mi único anhelo hoy es el de poder ofrecer el último y más importante, antes de descender al sepulcro, y ese servicio es el de procurarle la paz de que ha carecido por tanto tiempo.

»Por otra parte, teniendo motivo para conocer, como conozco, los deseos de los Gobiernos aliados, y especialmente los de S. M. el emperador de los franceses, que no son otros que los de ver establecido en nuestro desgraciado país (y por nosotros mismos) un Gobierno firme, de orden y moralidad, para que desaparezcan el pillaje y vandalismo que hoy reinan en todos los ángulos de la República, y para que el mundo mercantil pueda sacar las inmensas ventajas con que le brinda nuestro feracísimo país por sus riquezas naturales y su situación geográfica, he debido apresurarme para venir a él, para explicaros esas sanas intenciones, que por otro lado también envuelven la filantrópica idea de asegurar para siempre la independencia, la nacionalidad y la integridad del territorio mejicano.

»Para el establecimiento, pues, de un nuevo orden de cosas, debéis confiar en la eficaz cooperación de la Francia, cuyo ilustre soberano hace siempre sentir su benéfica influencia en todas partes donde hay que hacer prevalecer una causa justa y civilizadora.

» ¡Mejicanos! Si mis honrosos antecedentes; si mis servicios prestados a la patria, tanto en la gloriosa lucha de nuestra independencia, como en la dirección de su política en las diversas épocas en que he formado parte de nuestro Gobierno y representado a la nación en el extranjero; si todo esto, repito, puede hacerme merecer vuestra con-fianza, unid vuestros esfuerzos a los míos y tened por seguro que muy pronto lograremos el establecimiento de un Gobierno tal como conviene a nuestra índole, necesidades y creencias religiosas.»

Poco después de dar este manifiesto a la nación mejicana el traidor Almonte, escribía a aquellos de sus amigos más influyentes en la República y que ejercían alguna autoridad, para que ante un número más o menos crecido de mejicanos hiciesen levantar, con el fin de favorecer sus planes, un acta concebida en los términos siguientes:

»Reunidos los señores generales, jefes y oficiales y ciudadanos que firman, convienen en que no siendo tolerable por más tiempo la actual forma de gobierno ni las autoridades que de ella han emanado, pues por su conducta inconsiderada se ha comprometido a la nación en una lucha desigual é insensata con las grandes potencias de Europa, se hace de urgente necesidad desconocer el actual orden de cosas , nombrar un jefe supremo de la nación y de las fuerzas mejicanas que en la actualidad se hallan con las armas en la mano, para que dicho jefe, siendo obedecido de ellas, pueda entenderse, a nombre de la nación, con los de las tropas aliadas; y asimismo promover el establecimiento de un Gobierno que dé garantías suficientes a las vidas é intereses de los mejicanos, no menos que a los de los extranjeros de todas las naciones que se hallan en el territorio de la República: y por tanto, sujetan a la aprobación de la junta los artículos siguientes:

1°. »Se desconoce la autoridad del actual presidente de la República.

2°. »Se reconoce al Excmo. señor general D. Juan Nepomuceno Almonte, como jefe supremo de ella y de las fuerzas que se adhieran a este plan.

3°. »Dicho Excmo. señor general queda facultado ampliamente para entrar en un avenimiento con los jefes de las fuerzas aliadas, que actualmente se hallan en el territorio de la República, y para convocar una Asamblea nacional, que tomando en consideración la deplorable situación en que se encuentra el país, declare la forma de Gobierno que sea más conveniente establecer en él, para cortar de raíz la anarquía y proporcionar a los mejicanos la paz y el orden que hace tiempo desean, a fin de reparar las pérdidas enormes que han sufrido durante la guerra civil que por tantos años ha destrozado a la República entera.

4°. »Se pondrá en conocimiento del excelentísimo señor D. Juan Nepomuceno Almonte esta acta, y se le manifestará al mismo tiempo la entera fe que abriga esta guarnición de que S. E. no negará en tan solemne ocasión sus servicios a la patria, que hoy más que nunca los ha menester con urgencia.

»Y habiendo sido aceptados por todos los señores presentes los artículos que preceden, después de haberse tomado debidamente en consideración, firmaron la presente acta en el día referido y en el orden que a continuación se expresa.»

 

 

 

 

 

 

Pruneda Pedro. Historia de la guerra de México desde 1861 a 1867... Madrid. Editores, Elizalde y Compañía. 1867. pp. 139-141.