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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1862 Instrucciones impartidas por el emperador al general Forey.

Fontainebleau, a 3 de julio de 1862.

 

(General Ellie Fréderic Forey)

Mi querido general:

Al partir usted para México investido de poderes políticos y militares, creo que será conveniente hacerle saber lo que pienso.

No está en mis costumbres recordar los acontecimientos pasados para criticar a quien no ha tenido éxito.

Si comienzo con tales alusiones, es porque el ejemplo de las faltas cometidas impedirá reincidir en lo porvenir y porque es parte de mis derechos y deberes distribuir; de acuerdo con mi convicción, la censura o el elogio.

Ignoro si el carácter privado del señor de Saligny deja algo que desear; ignoro las intemperancias de lenguaje que se le puedan reprochar; pero lo que sí sé y declaro sin ambages, es que desde el comienzo de la expedición de México, sus despachos se caracterizaron por el apego al buen sentido, al proceder y a la dignidad de Francia y no dudo que si no se hubieran seguido sus consejos ahora nuestra bandera no flotaría en México.

Se dice que ha engañado al gobierno respecto al verdadero estado de cosas que prevalece en México; por el contrario y me gusta reconocerlo, él siempre me ha dicho la verdad.

Jamás pretendió que la población mexicana fuera bastante entusiasta y bastante enérgica para marchar delante de nuestros soldados y desembarazarse ella misma del gobierno que la oprime; pero siempre sostuvo que una vez que penetráramos en el interior del país, encontraríamos allí poblaciones a las que seríamos simpáticos.

Por consiguiente, prueba de que él tenía razón es que después del resultado adverso del 5 de mayo, según veo en un informe del cónsul de Prusia en Puebla dirigido a su gobierno, la ciudad de Puebla se hallaba consternada; que al día siguiente de nuestro fracaso, triste y silenciosa, estaba lejos de participar de la alegría de las tropas mexicanas.

Yo sé por cartas escritas en la misma Puebla que más de 10 personas han sido fusiladas para intimidar a quienes, como ellas, quisieran hacer demostraciones en favor nuestro.

Por 20 cartas venidas de México y que he visto con mis propios ojos -entre las cuales se encuentran el informe del ministro de Prusia y el del ministro de Bélgica- sé que antes del 5 de mayo el gobierno se hallaba sumido en estupor y que la población nos esperaba con impaciencia como a sus libertadores.

Así, el general de Lorencez no fue engañado por los informes del señor de Saligny y del general Almonte, porque si hubiera tenido éxito en el ataque a Puebla, se habría realizado todo lo que estos señores le anunciaran.

No quiero culpar de su fracaso al general de Lorencez, todo el mundo puede equivocarse en la guerra; pero sí le reprocho que censure a quienes no lo merecen.

Si hubiera triunfado en Guadalupe, con razón se habría atribuido todo el mérito; de igual modo, en el caso contrario debe cargar con toda la responsabilidad.

Aparte de esto, yo no sabría elogiar como merece al general de Lorencez por la manera en que se ejecutó la retirada, por el cuidado que tuvo de los heridos y el orden que supo mantener en su columna embarazada por los carros.

He aquí ahora la línea de conducta que ha de seguir el general Forey:

1.- Hacer a su llegada una proclama cuyas ideas principales se le indicarán.

2.- Acoger con la benevolencia más grande al general Almonte y a todos los mexicanos que se le ofrecieren.

3.- No amparar la querella de ningún partido.

Declarar que todo es provisional en tanto que la nación mexicana no se pronuncie.

Mostrar gran deferencia hacia la religión pero, al mismo tiempo, dar seguridades a los poseedores de bienes nacionales.

4.- Abastecer a los soldados y armar, según sus modalidades, a las tropas mexicanas auxiliares; hacerlas desempeñar el papel principal en los combates.

5.- Mantener tanto entre nuestras tropas como entre las auxiliares la más severa disciplina.

Reprimir vigorosamente todo acto, toda manifestación ofensiva para los mexicanos, pues es necesario no olvidar su carácter orgulloso y para el éxito de la empresa importa, ante todo, conciliar el ánimo de las poblaciones.

Al llegar a México, es de desearse que el general Almonte y las personas notables de todos los matices que hayan abrazado nuestra causa, convoquen, de acuerdo con las leyes mexicanas, a una asamblea que decidirá sobre la forma de gobierno y los destinos de México.

El general ayudará al nuevo poder a introducir en la administración y, sobre todo en las finanzas, ese orden cuyo mejor modelo es Francia.

A este fin se enviarán al gobierno mexicano hombres capaces de secundar su nueva organización.

El objeto que se persigue no es imponer a los mexicanos una forma de gobierno que les fuera antipática, sino secundarlos en sus esfuerzos por establecer, según su voluntad, un gobierno que tenga probabilidades de estabilidad y pueda garantizar a Francia la reparación de los agravios de que se queja.

Ni hace falta decir que si los mexicanos prefieren la monarquía, Francia se interesará en apoyarlos en este sentido y, en tal caso, el general podría indicar al archiduque Maximiliano como el candidato de Francia.

No faltará gente que le pregunte a usted por qué vamos a gastar hombres y dinero para poner a un príncipe austríaco en un trono.

Dado el estado actual de la civilización del mundo, la prosperidad de América no le es indiferente a Europa, porque es ella quien alimenta nuestra industria y hace vivir nuestro comercio.

Tenemos interés en que la República de los Estados Unidos sea poderosa y próspera, pero no en que se apodere de todo el Golfo de México y a continuación domine las Antillas y la América del Sur y sea la única dispensadora de los productos del nuevo mundo.

Dueña de México y por consiguiente de América Central y del paso entre los dos mares, en América no habría más poder que el de los Estados Unidos.

Si, por el contrario, México conquista su independencia y mantiene la integridad de su territorio; si allí se constituye un gobierno por las armas de Francia, habremos puesto un dique infranqueable a los avances de los Estados Unidos; habremos mantenido la independencia de nuestras colonias de las Antillas y de las del in...(Ver Nota 1) España; habremos extendido nuestra beneficiosa influencia al centro de América y esa influencia irradiará al norte y al mediodía, abrirá cauces inmensos a nuestro comercio y proveerá de materias indispensables a nuestra industria.

En cuanto al príncipe que subiera al trono de México, siempre estaría forzado a obrar según los intereses de Francia, no por gratitud solamente, sino, sobre todo, porque los de su nuevo país estarían de acuerdo con los nuestros y no podría ni siquiera sostenerse sino mediante nuestra influencia.

Ahora, por consiguiente, nuestro honor militar comprometido, las exigencias de nuestra política, el interés de nuestra industria y nuestro comercio, todo nos impone el deber de marchar sobre México y plantar osadamente nuestra bandera y establecer ya sea una monarquía, si ésta no es incompatible con el sentimiento nacional del país, ya sea, por lo menos, un gobierno que prometa alguna estabilidad.

Tocante al aspecto militar, ni tengo que recordarle al general Forey que mientras más lejana es una expedición, más debe conducirse con una mezcla bien calculada de audacia y prudencia; es decir, que al pasar por donde no se tienen que vencer obstáculos materiales, se puede arriesgar la maniobra política y que, al contrario, donde hay fortificaciones es necesario actuar con la mayor circunspección.

Un cañonazo en México es cien veces más valioso que en Francia.

Lo que censuro absolutamente en el reciente caso de Puebla, es haber desperdiciado mil cañonazos en una posición y a una distancia en que la artillería no podía producir ningún efecto.

La gloria de un general no consiste solamente en el éxito, sino en los medios empleados para obtenerlo.

Él economizará los esfuerzos de sus soldados; rodeará los obstáculos en vez de atacarlos de frente; por medio de sus maniobras, sabrá dividir las fuerzas del enemigo y, en consecuencia, acrecentará sus probabilidades, demostrará poseer cualidades superiores y justificará la confianza puesta en él.

Le recomiendo al general Forey que no tenga más de una línea de operaciones.

Si él considera útil despejar el camino de Jalapa, en su lugar yo no lo haría sino después de haber llegado a Puebla, porque entonces, dueño de Veracruz, de Orizaba y de Puebla, permanecería en esta última ciudad y enviaría de allí una columna sobre Jalapa, lo que entonces abriría esos dos grandes caminos que conducen a Veracruz.

No obstante, si fiándose de informaciones, esta columna se arriesgara a ser detenida por el fuerte de Perote, convendría guardarse bien de hacer una expedición inútil y desentenderse del camino de Jalapa, que más tarde se abriría por sí mismo.

Yo creo que es perfectamente inútil poner sitio a Guadalupe y Loreto para apoderarse de Puebla.

Durante las guerras civiles siempre ha tenido éxito el ataque por El Carmen y un ataque por medio de barricadas será mucho menos sangriento que el sitio de dichas lomas.

Sin embargo, en este mismo tipo de ataque, probablemente no serían inútiles algunos trabajos de sitio y el empleo de fardos rellenos puede poner a las tropas, siquiera sea a las más expuestas, al abrigo de la fusilería.

Una vez que Puebla caiga en nuestro poder, esta ciudad debe convertirse en nuestro gran depósito y fuente de aprovisionamiento donde se establecerán hospitales.

Será de esencial importancia la construcción de un ferrocarril entre Veracruz y el pie de las montañas y ya me dirigí al cónsul de Francia en Nueva York para saber las condiciones en que podría construirlo un empresario americano.

El ministro de Negocios Extranjeros recibió de México, de un francés residente en esa capital, una memoria que me ha parecido tan bien hecha, tan conforme con nuestras ideas, tan llena de informaciones útiles, que la he hecho imprimir para que sirva, hasta cierto punto, de norma de conducta al general Forey.

(Napoleón) (Ver Nota 2)

Sobra decir que teniendo el general Forey todos los poderes, el señor de Saligny no debe sostener correspondencia con el ministro de Negocios Extranjeros, sino conforme a las órdenes del general.

La situación del señor de Saligny frente al general Forey, debe ser la misma que la de un ministro jefe de legación frente a un embajador en un Congreso.

Notas:
1. Ilegible en el manuscrito.
2. En el documento la palabra es ilegible, pero seguramente es el nombre de Napoleón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente:
Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.