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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1862 Acta levantada por los comisarios franceses en la ciudad de Orizaba por la que desconocen el gobierno de Benito Juárez.

Abril 20 de 1862

 

El 20 de abril levantaban los comisarios franceses un acta en la ciudad de Orizaba, que merece por su importancia darla a conocer íntegra en este lugar.

 

»Reunidos,—dice el acta a que nos referimos,—en la ciudad de Orizaba los señores jefes, oficiales y vecinos que suscriben esta acta, teniendo a la vista las proclamas que se publicaron en la ciudad de Córdoba, por el excelentísimo señor general en jefe de las fuerzas francesas y benemérito general don Juan Nepomuceno Almonte, por las cuales se ve que ningún peligro corre la independencia de nuestra amada patria, como los enemigos del orden han querido hacer creer, sino que antes bien se asegura con la cooperación de las fuerzas francesas que facilitan igualmente el establecimiento de un Gobierno de orden y de moralidad, resolvieron adoptar el siguiente programa político:

1°. »Se desconoce la autoridad del titulado presidente de la República D. Benito Juárez.

2°. »Se reconoce al Excmo. señor general D. Juan N. Almonte como jefe supremo de ella y de las fuerzas que se adhieran a este plan.

3°. »Dicho Excmo. señor general, queda facultado ampliamente para entrar en un avenimiento con los jefes de las fuerzas aliadas, que actualmente se hallen en el territorio de la República, y para convocar una Asamblea nacional, que tomando en consideración la deplorable situación en que se encuentra el país, declare la forma de gobierno que sea más conveniente establecer en él, para cortar de raíz la anarquía y proporcionar a los mejicanos la paz y el orden que hace tanto tiempo desean, a fin de reparar las pérdidas enormes que han sufrido durante la guerra civil que por tantos años ha des-trozado a la República entera.

4.° »Se pondrá en conocimiento del excelentísimo señor general D. Juan N. Almonte esta acta, y se le manifestará al mismo tiempo la entera fe que abrigan los que suscriben, de que S. E. no negará en tan solemne ocasión sus servicios a la patria, que hoy más que nunca los ha menester con urgencia.

»Y habiéndose ratificado en los dichos artículos, firmaron esta acta, acordando pase una comisión nombrada del seno de esta reunión, a ponerla en conocimiento del excelentísimo señor general en jefe de las tropas francesas, conde de Lorencez.»

 

Al mismo tiempo que se levantaba esta acta en Orizaba, los agentes del general Almonte levantaban otras con el mismo objeto en Córdoba, Chiquihuite y algunos otros puntos, creyendo con esto atraer a su causa al ejército y al país.

El general mejicano D. Antonio Taboada daba igualmente un manifiesto a los cordobeses, aconsejándoles su adhesión a los planes del protegido de las armas francesas.

¡Abandonada esta ciudad, —decía el general Taboada,— por las autoridades encargadas de su custodia, y habiendo quedado expuesta a todos los contratiempos que son consiguientes a una situación peligrosa, el general en jefe del ejército conservador del orden público y de las garantías nacionales, se ha servido encargarme de los mandos político y militar de esta población.

»Revestido con este doble encargo, no es otro mi deber que sostener en general la causa de la nación, y en particular atender a los intereses de esta población para que todos sus habitantes vivan tranquilos, y en el pleno ejercicio de sus legítimos derechos. Nadie sino el verdaderamente criminal, el que tienda a perturbar el orden, tiene que temer la acción de la autoridad. Moderación y justicia para todos, serán los principios que normen mi conducta mientras tenga el honor de estar al frente de una población tan ilustrada como la cordobesa. La conducta que me veréis seguir, es la mejor garantía que os podré dar de la verdad de mis sentimientos y de mis rectas intenciones.

»Cordobeses: Entregaos a vuestras pacíficas ocupaciones, seguros que desde hoy comenzareis a disfrutar de los beneficios de una época de moralidad y de garantías sociales. No temáis por lo mismo venganza y persecuciones; no temáis el ser arrancados de vuestros hogares para ocuparos contra vuestra voluntad en el servicio de las armas; no temáis, en suma, que en mi tiempo se repitan las vejaciones y los ultrajes de que habéis sido víctimas en los desgraciados tiempos que han pasado.

»Conociendo vuestra ilustración y vuestras virtudes, yo espero de vosotros que prestareis vuestra cooperación, para consolidar la paz y el bien público, a vuestro mejor amigo.»

En iguales ó parecidos términos se expresaba en otro manifiesto que dirigía a sus compañeros de armas el general D. José María Gálvez, quien poco antes defendía el Gobierno del presidente Juárez.

«Vosotros, —decía aquel general,— conocéis mis profundos principios y convicciones, y testigos habéis sido de mis esfuerzos por sostener y hacer triunfar la causa de la sociedad, herida de muerte por los tiros de la demagogia. Luchando contra ella aparecieron las fuerzas aliadas en nuestro territorio, y creí entonces que era un deber de todo mejicano prescindir de todas nuestras disensiones domésticas, para sostener la independencia nacional que se nos hizo creer amenazada. Desengañado por el curso de los sucesos y la evidencia de los hechos, de que la independencia no corre ningún peligro, sino que antes bien adquiere robustez y dignidad por la noble cooperación de las armas francesas, fácil me ha sido volverme con vosotros a nuestra antigua bandera, para que, siguiendo las huellas del ilustre y patricio general Almonte, facilitemos el triunfo de nuestros principios y abreviemos la época de la paz y de las glorias nacionales.

»Camaradas: En el nombre del digno general que hoy proclamamos por caudillo, existe un programa en el que están inscritas las ideas de amor a la patria, justicia y moderación; sean estos vuestros sentimientos, y cuando alcancemos la victoria, seremos bendecidos de todos los pueblos.»

 

Con estas alocuciones y con estas halagüeñas y seductoras promesas, iban haciendo algunos prosélitos los pocos partidarios con que contaba en Méjico la causa de la reacción, apoyada entonces por las bayonetas de Napoleón III.

 

Pruneda Pedro. Historia de la guerra de México desde 1861 a 1867... Madrid, Editores, Elizalde y Compañía. 1867. pp. 143-144