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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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[1905] Rectificaciones históricas. El egoísmo norte-americano durante la intervención francesa. Fernando Iglesias Calderón.

 

 

IX

El egoísmo norte-americano.


El egoísmo de la política norte-americana, sugerido por Seward y adoptado por Lincoln y Johnson, fué de tal modo claro y transparente que ni el Dr. Frías y Soto se ha atrevido á negarlo y hasta el Sr. Bulnes ha tenido que reconocerlo de la manera más explícita.

El silencio del Dr. Frías y Soto es tanto más significativo, cuanto que su inspirada tarea iba encaminada á desvirtuar las apreciaciones que desde un principio hiciéramos de la política de Seward. Se recordará que, con infundado atrevimiento, calificó de absurdas nuestras afirmaciones referentes á la tardanza y debilidad de la acción diplomática de los Estados Unidos; y su silencio respecto á la tercera de nuestras afirmaciones, á la del egoísmo norte-americano, equivale á una confesión plena, dada la índole vergonzante del libro del citado Doctor.

En cuanto al Sr. Bulnes, el reconocimiento explícito á que nos hemos referido, consta en las siguientes palabras suyas: «Los Estados Unidos estaban obligados por su historia, por sus intereses, por su presente, por su porvenir, por sus intereses materiales y políticos, por sus instituciones, por sus resentimientos, por todo lo que tienen de hombres, de ciudadanos, de ambiciosos, de arrogantes, de sensatos, y de justos para su propia causa, de exigir á Napoleón la desocupación de México. Napoleón había ocupado á México con el objeto real, evidente de hostilizar á los Estados Unidos, ha ata conseguir su completa ruina; (1) era pues necesario al decoro y pacificación completa y definitiva de los Estados Unidos, la salida de México del ejército francés. Aun cuando Juárez hubiera reconocido al Imperio y hubiera pedido á Maximiliano ir á Washington como Ministro para suplicará Mr. Seward que permitiera, la permanencia de las tropas francesas en México, nada habría conseguido. La presión insolente é irresistible de Seward para hacer salir á los franceses de México no fué un servicio A los mejicanos, sino un acto urgente fisiológico del pueblo americano, que completaba la reconstitución de su poder, de su prestigio, de su dignidad.»(2)

 

*
* *

Torpezas de Dn. Matías Romero, que han de haber sugerido á Seward la idea de que nuestro Representante en Washington intrigaba para hacerle caer del Ministerio y que provocaron naturalmente su malquerencia, hicieron que el estadista norte-americano, extremando su egoísmo, no pusiera al corriente á nuestro Ministro, de las negociaciones seguidas con el Gabinete de París para la retirada del Ejército expedicionario, quitándole así toda oportunidad de hacer las indicaciones convenientes á nuestra causa y que pudieran ajustarse á la política pacífica de Seward.

Tergiversando la mencionada circunstancia se expresa así el Dr. Frías y Soto:

«Un fenómeno asáz curioso se presentó durante el período álgido de la guerra de la segunda independencia, y fué que ni el gobierno constitucional de México ni los mejicanos conocían la actitud asumida por los Estados Unidos frente á la Francia imperial.

«Los hombres de Estado que permanecieron al lado del Sr. Juárez, con su alta inteligencia preveían, adivinaban casi que el gobierno de Washington, mientras estaba ocupado en dominar la sublevación del Sur, toleraba con cautela la hostilidad de Napoleón III contraía Unión y se limitaba á protestar contra la fundación de un imperio en México; pero que tan pronto como triunfara el norte, el gobierno de la Unión se pondría en pié para exigir el alejamiento del Ejército expedicionario en México.

«Aislado en la frontera el Ejecutivo, apenas tenia vagas noticias de lo que acontecía en el centro del país y en el extranjero: sólo nuestra Legación en Washington conoció lo levantado de la opinión pública en los Estados Unidos condenando la intervención y algo de la correspondencia cruzada entre el gabinete de la Gasa Blanca y el de las Tullerías.

«Pero la correspondencia íntima (!) entre Seward y el Ministro de Relaciones de Napoleón permaneció en el secreto diplomático, porque se interesaban en ello ambos gobiernos. Hasta fines de 66 la prensa americana publicó algunos extractos de dicha correspondencia comunicada por el gobierno al Congreso de los Estados Unidos: y ya vimos que el Moniteur, periódico oficial de Napoleón, negó que la nota de Seward de 23 de Noviembre había llegado á conocimiento del gobierno francés.

«Y si el Sr. Juárez y sus Ministros no estaban enterados, pormenorizadamente al menos, de la coacción que, desde la ocupación de Richmond, ejercían los Estados Unidos sobre el emperador francés, ordenándole que desocupara á México, los heroicos jefes y soldados que en todo el territorio mexicano luchaban contra el extranjero y los traidores, mucho menos podían saber lo que ocurría en la República del Norte y en Francia, cuando en aquella cruenta guerra todas las comunicaciones estaban interrumpidas y nuestros héroes, remontados en las sierras y montañas, apenas podían ocupar algunas veces poblaciones lejanas, donde no había siquiera un imperfecto servicio postal.

«Sólo cuando se desplomó el titulado imperio en un lago de sangre y se restauró la república, se publicó la correspondencia diplomática de LAS que hemos tomado las principales piezas. En ella se reveló al mundo que la constante amenaza de los Estados Unidos apresuró el fin de la intervención francesa.»(3)

Como de costumbre el Dr. Frías y Soto ha amontonado, en esas cuantas líneas que acabamos de reproducir, tan crecido número de imposturas, que con dificultad cabría una sola más.

1º El «fenómeno azás curioso,» de que habla el Dr. Frías y Soto, no ha existido jamás sino en su mente y acaso en la de su Mentor.

2º El Ejecutivo, aislado en la frontera, siempre tuvo noticia cierta y precisa, aunque retardada, de lo que pasaba en el centro del país y en el extranjero.

3º Nuestra Legación en Washington no fué la única que conoció lo levantado de la opinión pública en los Estados Unidos, ni la única que conoció algo de la correspondencia cruzada entre los Gabinetes de las Tullerías y de la Casa. Blanca, ni ese conocimiento fué nada más de algo.

4º La correspondencia de Seward ni fué íntima; ni seguida con el, sino con los Ministros de Relaciones que, uno tras de otro naturalmente, intervinieron en ella.

5º Dicha correspondencia no permaneció en el secreto diplomático; ni fué, hasta fines de 66, cuando la prensa americana publicó algunos extractos de ella.

6º Juárez y sus Ministros sí estaban enterados pormenorizadamente de la aparente coacción de los Estados Unidos.

7º Los heróicos Jefes que peleaban contra franceses y traidores, por todo el territorio mejicano, supieron también, en tiempo más ó menos tardío, en forma más ó menos detallada, la exigencia de la Unión y la promesa de Francia, referentes á la retirada del Ejército expedicionario.

8º Y, por último, la publicación de las tantas veces citada correspondencia no se hizo al desplome del Imperio y la restauración de la República, sino mucho antes.

En repetidas ocasiones, —como nuestros lectores saben ya— á veces de motu proprio, á veces en acatamiento de un acuerdo legislativo, el Presidente de la Unión envió á las Cámaras, no sólo las Notas cambiadas éntre las Cancillerías de París y Washington, sino otros muchos documentos relativos á la cuestión franco-mejicana. Los Mensajes ordinarios y extraordinarios del Presidente de los Estados Unidos, con todos sus anexos, es decir, con las notas y documentos mencionados, eran impresos y repartidos profusamente. Así pasaron al dominio público. Por su parte el emperador Napoleón enviaba también ai Cuerpo Legislativo las Notas francesas ó americanas omitidas en los Mensajes Presidenciales, y hacíalas reproducir en el Moniteur, entregándolas así al dominio público; pues lejos de que ambos Gobiernos se interesasen en el secreto diplomático —como asegura el Dr. Frías y Soto— se interesaban, por lo contrario, en dar á conocer lo que á cada uno convenía más. A su vez, Dn. Matías Romero, con extraordinaria eficacia y prolija minuciosidad —cualidades que su falsa noción de la actividad convirtiera á veces en defectos— comunicaba incesantemente á nuestro Gobierno, conforme iba conociéndola extraoficial mente, la marcha de las negociaciones seguidas para la retirada del Ejército francés; remitía los ya impresos Mensajes presidenciales é imperiales; y enviaba á nuestro país, por diversos puntos, unas Circulares en las que, extractando unas y reproduciendo otras, daba á conocer las Notas referentes á las mencionadas negociaciones. Y aunque es cierto que en las sierras y montañas, á donde se habían remontado algunos de los patriotas y valerosos jefes mejicanos, no existía «siquiera un imperfecto servicio postal,» esto no era un obstáculo que les impidiese recibir las circulares de nuestro Ministro en Washington, pues es bien sabido que, en campaña, los jefes militares tienen sus correos propios. Régules era el General en Jefe que más difícilmente podía comunicarse con nuestra Legación, y nuestros lectores han visto ya que Dn. Matías Romero transmitió á Mr. Seward una comunicación de Régules, en la que éste hacía saber que las tropas francesas no habían suspendido las hostilidades á partir del 5 de Abril de 66, como él colegia que habíanse comprometido á hacerlo, dando al convenio implícito de las Cancillerías de París y Washington, la misma errónea inteligencia que le había dado Dn. Matías Romero.

Lo que acabamos de exponer, comprueba nuestras afirmaciones 2ª, 3ª, 5ª, 6ª,7ª y 8ª y por consecuencia inmediata la primera: afirmaciones todas ellas contrapuestas á las correlativas del Dr. Frías y Soto. En cuanto á la 49, tratar de comprobarla, sería ultrajar la memoria y el criterio de núes tros lectores, quienes conocen demasiado los nombres de Drouyn de L’Huys y de Moustier, y saben perfectamente cuán disparatado es llamar intima á la correspondencia oficial de un Secretario de Estado, dirigida al Ministro de Relaciones de otro país, por conducto de los Enviados diplomáticos respectivos, y con la circunstancia especial de no haber tenido nunca entre sí, ambos estadistas, relación particular de ninguna clase.

El fenómeno asaz curioso que se observa al examinar las negociaciones seguidas para la retirada del Ejército expedicionario es el de la ocultación á las Cámaras y al país, por parte de Seward, de la Nota de 25 de Abril de 1866, en la que, á nombre de los Estados Unidos, asintió á los dilatadísimos plazos fijados por Napoleón para el llamamiento de sus tropas. El 23 de Abril, cumplimentando un acuerdo de la Cámara, remitióla el Presidente de los Estados Unidos, anexo á su Mensaje de esa fecha, las Notas cambiadas entre los Gabinetes de la Casa Blanca y de las Tullerías, respecto á los asuntos de Méjico y posteriores á las ya remitidas. Es claro que en dicho Mensaje, no podía figurar la Nota de 25 del mismo mes, puesto que era de fecha posterior; pero lo natural habría sido retardar dos días más el envío del Mensaje, para incluir la nota que cerraba aquella primera serie de comunicaciones, referentes á la repatriación del Ejército francés: ó si se quería hacer gala de una presteza galante hácia la Cámara» no retardar el supradicho Mensaje; pero sí enviar á los dos días uno nuevo, que contuviese la Nota en cuestión, para no dejar incompleto el Informe ni trunca la correspondencia que lo constituía. El 22 de Junio remitió de motu proprio Mr. Seward á la Cámara, la Nota de Bigelow de 4 del mismo mes, referente á las explicaciones pedidas al Gobierno de Francia con motivo del envío de refuerzos al Cuerpo Expedicionario de Méjico. En esa ocasión debió Mr. Seward haber enviado su Nota de 25 de Abril, ya que no lo había hecho en su debida oportunidad; pero tampoco la mandó entonces. El 3 de Diciembre envió á la Cámara el Presidente Johnson su Mensaje anual, que contenía entre sus anexos la famosa Nota de Seward de 23 de Noviembre; pero la de 25 de Abril siguió durmiendo en la Secretaría de Estado.

Ésta ocultación de la aquiescencia oficial expresamente dada á los dilatadísimos plazos fijados por la resolución napoleónica, tuvo por objeto ocultar lo ficticio de las, en apariencia, grandemente enérgicas exigencias de Seward y el inhumano egoísmo de su política.

Los hechos primeramente y después las explicaciones de Seward á Romero, dieron á conocer á nuestro Gobierno esa aquiescencia que el Ministro de Johnson había ocultado á las Cámaras y al pueblo de su país; y cuando el Gobierno francés publicó á fines de Febrero de 1867, en el Libro Amarillo y en el Moniteur, la Nota de Seward de 25 de Abril de 66, lo que se averiguó fué que había sido explícito un consentimiento que, basta entonces y desde que los hechos lo revelaron, habíase tomado por implícito.(4)

Sin embargo, aun en los mismos Estados Unidos no logró Seward, con la ocultación de su Nota de 25 de Abril, hacer que pasara completamente desapercibido el frío é inhumamo egoísmo de su política.

 

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Es uno de los más vulgares errores, entre los relacionados con la actitud de los Estados Unidos durante la Invasión francesa, el de creer que éstos, después del triunfo de la Unión, nos dieron ó facilitaron las armas y municiones de que carecíamos. Este error nació del orgullo militar francés, empeñado en atribuir el fracaso de la expedición al auxilio material de los Estados Unidos;(5) fué prohijado por los impenitentes intervencionistas mejicanos empeñados, á su vez, en ocultar que, al faltarles el apoyo extranjero, fué el patriotismo de sus contrarios la causa de su rápido vencimiento; y ha sido admitido por gentes vulgares, incapaces de discernir, que del hecho cierto de que adquirimos armas en los Estados Unidos, han sacado la deducción absurda de que las debimos á la Nación y al Gobierno de la Unión americana. Error tan vulgar ha sido últimamente adoptado por el Sr. Bulnes en «El Verdadero Juárez,» no en la absurda forma mencionada, sino bajo la falsa premisa de que el Gobierno americano nos facilitó á precios ínfimos ó nominales, equivalentes á una donación, las armas que sirvieron á los patriotas mejicanos para dominar á la Infidencia y derribar al Imperio.

Ninguno de los escritores que, más ó menos felizmente, han hecho la refutación general de «El Verdadero Juárez;» ninguno, repetimos, ha rectificado el error á que nos venimos refiriendo; y esta extraña circunstancia, y la más extraña aún de que comulgue, en dicho error, uno de ios más resueltos y eruditos, Dn. Genaro García, dan una inmerecida sanción á las erróneas afirmaciones del Sr. Bulnes y nos obligan á rectificarlas en este Capítulo; puesto que, á ser ciertas, no darían á los Estados Unidos el carácter de salvadores de la Independencia mejicana; pero sí aminorarían en mucho el egoísmo de la política de Seward.

 

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Con la falta de método que caracteriza los escritos del Sr. Bulnes y la consiguiente desordenada manera de exponer hechos y argumentaciones —falta y desorden, acaso intencionales, mafias de polemista para dificultar contestaciones y réplicas— ha enunciado S. S. el error que vamos rectificar y ha exhibido los que juzga pruebas de su equivocada afirmación. Tratando de establecer algún orden en nuestra refutación, no examinaremos lo dicho por el Sr. Bulnes, conforme lo vayamos encontrando en las páginas de su libro, sino conforme á la mejor claridad del asunto.

En la página 362, enuncia el Sr. Bulnes su tesis de la siguiente manera incidental: «Cierto es también que al solicitar los auxilios que en gran parte obtuvo del Gobierno de los Estados Unidos respecto de armas y municiones, Juárez lo hizo con derecho, pues si bien en Abril de 1866 ya estaba dispuesta (resuelta debía decir) la retirada del ejército francés, el estado de guerra entre Francia y el Gobierno republicano de México, no habla cesado y se mantuvo hasta después que se embarcó el último soldado francés.»(6)

No haremos hincapié en la circunstancia de que el Sr. Bulnes admita aquí la impostura napoleónica de que no se hacía la guerra á Méjico sino á su Gobierno; porque esto se no pasa de ser una de Las incontables contradicciones de S. S., pues en otras páginas ha reconocido que el Gobierno de Juárez defendía la causa nacional; y sólo fijaremos la tesis del Sr. Bulnes, á saber: que el Gobierno de los Estados Unidos auxilió á nuestra Patria, en aquel entonces, con armas y municiones.

Como fundamento de su tesis, relata S. S. varios hechos que presenta como ciertos, apoyándose en algunos documentos, que podrían ser tomados como comprobatorios de su relación, dada la ignorancia característica de nuestro medio social en asuntos de Historia patria.

«A. Dn. Andrés Treviño —dice el Sr. Bulnes á páginas 365— le fueron vendidas armas muy baratas en los Estados Unidos, la mayor parte á crédito. Por conducto del General Sturm fueron compradas y pagadas con bonos mexicanos, computados al 60% de su valor nominal armas para los generales Porfirio Díaz, Alejandro García, Nicolás Régules y Mariano Escobedo. Las armas que le llegaron al General Díaz, como ya lo he dicho, fueron en su mayor parte de mala calidad, y el General Régules no llegó á recibir las que se le enviaron. Por la frontera de Sonora habían introducido armas de los Estados Unidos los Generales Pesqueira y García Morales. Puede afirmarse que el número de fusiles y rifles vendidos á precio nominal ó muy bajo por el Gobierno americano por interpósita persona, y los pagados con los bonos; del empréstito Carvajal no bajaron de 40,000 con sus respectivas municiones. Dn. Matías Romero, con suma actividad envió á México tres grandes expediciones, con toda clase de armas para infantería, caballería y artillería; pertrechos de guerra, equipo y todo lo necesario para continuar la campaña. A los Generales Baranda y Escobedo les fueron entregadas arman de repetición para la Caballería que no eran conocidas en México ni del ejército francés.»

Aquí, el Sr. Bulnes restringe su tesis. Ya no sostiene en términos absolutos que el Gobierno de los Estados Unidos auxilió á nuestra Patria con armas y municiones, sino que da á ese auxilio carácter subrepticio, puesto que afirma que fué prestado por interpósita persona. Además, señala los casos concretos con que cree comprobar su tesis. E incurre, por último, en dos errores incidentales, que á su tiempo rectificaremos: el de que Dn. Matías Romero, con suma actividad, envió á Méjico tres expediciones y el de que á los Generales Baranda y Escobedo les fueron entregadas armas de repetición que no eran conocidas en Méjico —se entiende que en la fecha de aquellas expediciones— ni del ejército francés.

Para mayor claridad examinaremos uno por uno los casos concretos señalados por el Sr. Bulnes.

 

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«A Dn. Andrés, Treviño ha dicho S. S., le fueron vendidas armas muy baratas en los Estados Unidos, la mayor parte á crédito. Esta declaración dogmática —pues el Sr. Bulnes no trató siquiera de fundarla— es cierta en cuanto á que el referido señor, comprometiendo su crédito personal, recibió de otros comerciantes, armas y municiones, pagan do una parte al contado y otra á plazos; pero es falsa, completamente falsa, en cuanto á que —como lo da á entender S. S.— recibiera en esas condiciones, ni en otras cualesquiera, del Gobierno americano, armas y municiones.

En comprobación de lo que acabamos de decir, reproducimos la Nota siguiente:

«Número 417.
«Legación mexicana en los Estados Unidos de América.
«Washington, Junio 8 de 1866 «Compra de armas por el C. Andrés Treviño.

«En esta nota me propongo referir á V. lo que ha ocurrido con relación á los trabajos del C. Andrés Treviño, para comprar armas en este país, con sus fondos particulares y destinadas á la defensa nacional.

«Como recordará V.; al tratarse en junta de ministros de que se nos vendieran armas, se determinó que este Gobierno no las podía vender al nuestro sin faltar á sus deberes como neutral; pero que sí LO podría hacer Á particulares. La llegada, pues, del C. Treviño, con objeto de comprarlas, con fondos propios, y como comerciante, fué muy oportuna para poner á prueba la buena disposición de este Gobierno sobre este punto.

«El 26 de Abril último lo llevé á ver al general Grant para que por su intermedio se consiguiera la venta. Por indicación suya escribí yo en su despacho una solicitud que firmó el Sr. Treviño y de la que acompaño copia y traducción (números 1 y 2.)(7) El general Grant se encargó de arreglar la venta bajo las condiciones indicadas en dicha solicitud. En el departamento de la guerra le dijeron que la venta debería hacerce en alguno de los depósitos en que se venden las armas al público. El 30 de Abril citado, consiguió aquel general una recomendación del general Dyer, jefe de la sección de armas y municiones del departamento de guerra, para el coronel Crispin, jefe del depósito de Nueva York, en favor del C. Treviño, de la que igualmente acompaño copia y traducción (números 3 y 4.) En virtud de esta recomendación, el C. Treviño solicitó del coronel Crispin, el 10 de Mayo siguiente, la compra de las armas y municiones que se expresan en la lista de que incluyo copia y traducción (números 5 y 6) á los precios excesivamente bajos que van marcados. El coronel Crispin, de acuerdo con sus instrucciones, sometió la propuesta al ministerio de la guerra, para la determinación del Ministro. Mr. Stanton tardó mucho en acordar ésta, y fué necesario que el general Grant volviera á intervenir en el negocio para que se resolviera favorablemente. A fines de Mayo se envió al coronel Crispin una autorización para que hiciera la venta de los artículos mencionados á los precios fijados por él Sr. Treviño.

«No pudiendo disponer este ciudadano de los diez y nueve mil quinientos setenta y cinco pesos que aquellos importan, y de lo demás que sería necesario para pagar los fletes hasta la frontera (otros cinco ó seis mil pesos) propuso al Coronel Crispin dar una parte al contado y él resto en libranzas aceptadas á plazo de cuatro y ocho meses. El coronel Crispin le manifestó que no podía aceptar tal propuesta y entonces vino el C. Treviño á esta ciudad con objeto de conseguir que el ministro de guerra la aceptara. El general Grant y el general Dyer se habían ido para West Point al entierro del general Scott, el mismo día que el Sr. Treviño regresó á esta capital. El primero no ha regresado aún ni se espera sino dentro de una ó dos semanas, y el segundo volvió hasta ayer en la mañana. Al medio día lo fuimos á ver el Sr. Treviño y yo. Le hablamos de la propuesta de comprar las armas al crédito, y nos dijo que el ministro de la guerra no podría autorizar la venta de esa manera porque las leyes del Congreso previenen que todas las ventas se hagan al contado. El Sr. Treviño manifestó entonces deseo de que en vez de vendérsele las armas en el depósito de Nueva York, se le vendieran en Eaton Rouge, para ahorrar una mitad de fletes. El general Dyer fué á consultar al ministro de guerra sobre este cambio, y á poco volvió diciendo que se daría la orden parque la misma cantidad de armas se vendiera por los mismos precios en Baton Rouge, y ofreció entregar hoy un duplicado de ella al C. Treviño. (8) Enviaré á V. con esta nota copia y traducción de dicha orden (números 7 y 8) cuando la reciba.

«Ayer y hoy he estado hablando con el Sr. Treviño sobre la manera de auxiliarlo para que pueda contar con fondos suficientes para comprar el mayor número posible de ar mas. Le ofrecí mil y quinientos pesos en papel ($1,500) que es la mayor cantidad de que puedo disponer, y que él no aceptó por parecerle muy corta. Me habló en seguida de que le diera yo un certificado de que tiene autorización de ese ministerio para conseguir recursos, creyendo que de esa manera podrá tal vez obtener algunos con el objeto que se expresa en tales autorizaciones.

«Me mostró con este objeto una comunicación de ese ministerio, fechada en Matehuala el 19 de Enero de 1864 y una autorización del general Escobedo en que le delega ciertas facultades que le confirió el Supremo Gobierno el 15 de Julio de 1865, de cuyos documentos he tomado copia y la mandaré á ese ministerio, si V. lo deseare.

«Le manifesté buena disposición para darle una autorización con las restricciones que me ha recomendado el Supremo Gobierno, y otras que creí conveniente agregar, pero en seguida desistió enteramente de la idea de obtener aquella, manifestándome que supuesto que el Supremo Gobierno no puede auxiliarlo con cantidad más considerable, desea que los pocos elementos que lleve sean comprados exclusivamente CON SUS RECURSOS PERSONALES.

«Oportunamente manifestaré á V. que sea lo que el Sr. Treviño lleve á la frontera. En todo caso esto nos pondrá de manifiesto cuál es la manera de comprar elementos de guerra de este gobierno á precios moderados, del cual podremos aprovecharnos en lo futuro.

Reproduzco á V. las seguridades de mi muy distinguida consideración.

M. Romero »

«Ciudadano ministro de relaciones exteriores. — El Paso del Norte.»

Desde luego queda plenamente demostrado, por la Nota anterior, que no es cierto que el Gobierno americano le vendiera á Don Andrés Treviño armas al crédito: no ya la mayor parte, como dogmáticamente asegura el Sr. Bulnes, pero ni siquiera una sola espada ó carabina. Queda también plenamente demostrado que el Gobierno de los Estados Unidos se negaba á vender, á plazo, armas á los particulares; así como se había negado ya rotundamente á venderlas á nuestro Gobierno en cualesquiera condiciones. Y queda demostrado también que hasta el 8 de Junio —fecha de la Nota anterior— aun no había recibido Don Andrés Treviño, del Gobierno de la Unión, armas algunas, ni baratas ni caras, y que, en dicha fecha, aun era un problema, para nuestro Ministro en Washington, la manera con que podríamos comprar á precios moderados, elementos de guerra pertenecientes al Gobierno americano. Además, en esa misma fecha ofrecía el Sr. Romero comunicar posteriormente cuál fuera el resultado definitivo de las gestiones del Sr. Treviño, como lo hizo en la Nota siguiente:

«Número 478.
«Legación mexicana en los Estados Unidos de América.
«Washington, Julio 9 de 1866.

«Compra de armas hecha por el C. Andrés Treviño.

«En mi nota número 417, de 8 de Junio próximo pasado, relativamente á la compra de unas armas que debía hacer el C. Andrés Treviño, dije á V. que ya había un modo seguro de comprar armas de este Gobierno á precios módicos (9) y con relación al proyecto especial del C. Treviño, manifesté á V. que le enviaría copia y traducción de la orden que le iban á dar para que en el arsenal de Baton Rouge, Estado de Luisiana, le vendieran ciertos artículos de guerra.

«Ahora tengo que hacer algunas rectificaciones respecto de estos dos puntos.

«En primer lugar debo decir á V. que el C. Treviño me ofreció, al estar yo escribiendo mi nota citada, que luego que le dieran en el ministerio de guerra la orden referida, lo cual debía ser, como en efecto fué; en la tarde de ese mismo día, me la traería para que tomase yo copia de ella. Ocurrió en efecto por la orden citada, que le fué entregada según se le había ofrecido, pero no me la trajo en la tarde y en la mañana del día siguiente se fué para Nueva York sin haberme visto y sin mandarme copia de la orden referida. Por mi parte le envié, según le había ofrecido, un traslado de mi citada nota, núm. 417, al que me contestó con fecha 18 de Junio en los términos que verá V. en la copia que le remito de su respuesta. Esto es lo último que recibí de él. Después supe que se había ido de Nueva York, y la manera poco regular con que lo verificó, me hizo averiguar algo respecto de sus pasos, y he sabido lo siguiente: 19 Que no compró nada en el arsenal de Nueva York, y 29 Que aunque llevó un duplicado de una orden dirigido al jefe del arsenal de Eaton Rouge para que le vendiera ciertos artículos á precio fijo, el principal de esta orden lo pidió el ministro de la guerra, quien lo dejó sobre su mesa, sin ánimo de enviarlo á su destino, lo que equivale Á una revocación de la orden. Estos informes me los ha comunicado él general Dyer, jefe del departamento de Maestranza del ministerio de guerra. El mismo general me dijo que el jefe de la Maestranza de Baton Rouge no dará cumplimiento á la orden, cuyo duplicado llevó el Sr. Treviño, sino en el caso de que reciba el principal

«Habiéndose presentado el general Sullivan, ofreciéndome en venta artículos de guerra, bajo términos convenientes, le indiqué que para que los consiguiera á precios moderados, seria bueno que los comprara de éste Gobierno. Fué á ver con este objeto al general Dyer, quien lo informó de que el secretario de guerra había dado orden para que SE suspendiera TODA LA VENTA DE ARMAMENTO Y MUNICIONES. El general Sullivan le pidió una constancia de esto y el general Dyer le dió la comunicación de que acompañó copia y traducción. De esto resulta que temeroso probablemente Mr. Seward de que nosotros pudiéramos hacer algunas compras de armas de este Gobierno determinó que no se haga ninguna venta. Sé cree que el motivo de esta suspensión es el temor de que las compren los fenianos, lo cual podía también ser cierto. Esto, sin embargo, viene á manifestarnos de una manera evidente que no nos seria posible obtener ni un fusil de este gobierno, aun cuando tuviésemos los fondos necesarios para comprarlos.

«El ministro del Perú me dijo el viernes de la semana pasada, que á él le habían hecho una cosa semejante; esto es, le ofrecieron venderle cañones de grueso calibre, y cuando un comerciante norte-americano se presentó á comprarlos le dijeron que no podían venderlos.

«Esta circunstancia y la de la guerra que ha estallado en Europa, han hecho subir considerablemente el precio de las armas en el mercado de este país.

«He informado de todo esto al general Grant, quien cree que no puede hacer más de lo que ha hecho, aunque lamenta mucho lo ocurrido.

«Reproduzco á V. las seguridades de mi muy distinguida consideración.

M. Romero.

Ciudadano ministro de relaciones exteriores. — El Paso del Norte.

«Con esta nueva Nota queda demostrado que Don Andrés Treviño, no consiguió del Gobierno de los Estados Unidos una sola arma, ni barata ni cara, ni á plazo ni al contado. Queda demostrado también que el Ministro de la Guerra, no sólo impidió que Treviño adquiriese armas del Gobierno americano, sino que, tras de hacerle ir de la Ceca á la Meca, y burlándose de él —así como de Don Matías Romero y del general Grant que le apadrinaban— dióle el duplicado irrisorio de una orden que, en realidad, ni daba, ni pensaba dar. Queda demostrado, además, que, en lo de adelante, no podríamos adquirir armas del Gobierno de los Estados Unidos, aun cuando tuviésemos el dinero de que carecíamos y fuese necesario para comprarlas; y que, hasta entonces, no habíamos adquirido ni una sola arma del Gobierno de los Estados Unidos; puesto que, de haber adquirido aunque fuese una sola, Don Matías Romero, en lugar de decir: «Esto viene á manifestarnos que no nos sería posible obtener ni un fusil de este Gobierno,» habría dicho: no nos sería posible seguir obteniendo ni un fusil de este Gobierno.

La carta del Sr. Treviño á que hace alusión Don Matías Romero en la Nota que acabamos de reproducir, es la que sigue:

«Nueva York, Junio 18 de 1866.

«Oportunamente recibí en esta ciudad la respetable nota de V. de fecha 8 del actual, trascribiéndomela que aquel mismo día dirigió esa legación al Ministerio de Relaciones Exteriores y Gobernación de la República, informándole de los trabajos emprendidos para comprar algunas armas en este país, con mis fondos particulares, y destinarlas á la defensa de la Independencia nacional.

«No habiendo aceptado el auxilio de los ($1,500) un mil quinientos pesos: en papel que esa legación tuvo la bondad de ofrecerme en su nombre y el del Supremo Gobierno para los objetos expresados en dicha nota; y siendo limitada la cantidad que mis actuales circunstancias me permiten destinar á la compra de armas y municiones de guerra, regresé á esta ciudad el 9 del corriente, con el fin de llevar adelante el pensamiento que verbalmente tuve la honra de comunicar á V.

«Desde luego, y conociendo la falta que nos hacen los artículos mencionados, he comprometido ya mi crédito personal por una suma de doce á quince mil pesos más, QUE ME PROPONGO INVERTIR EN AQUELLOS.

«Como mexicano, amante de la independencia y libertad de mi patria, desearía aún hacer más á este respecto; pero me retrae la consideración de que no tengo más capital que mi reputación; la de que he invertido ya algunas pequeñas sumas en varios de los dignos jefes y oficiales prisioneros de Puebla, deportados á Francia y que últimamente están ya al servicio de nuestra República; y finalmente, la de tener comprometida mi responsabilidad (como ya lo sabe esa legación) en más de ($10,000) diez mil pesos que en municiones de guerra se le proporcionaron por mi conducto al general Don Mariano Escobedo el 14 de Noviembre del año próximo pasado, que dicho jefe sitiaba la plaza del puerto de Matamoros. Esto sin contar otras pequeñas sumas que he invertido en las fuerzas de Tamaulipas.

«No obstante, si me fuere posible obtener una suma mayor que la referida en el párrafo anterior, tendré el gusto de participarlo á V.

«Dentro de cuatro días saldré de esta ciudad. En mi regreso á la frontera del Norte de México, probablemente me detendré en algún punto del tránsito, sólo el tiempo muy indispensable PARA DEJAR ARREGLADO EL OBJETO PRINCIPAL de mi viaje, en cuyo caso, espero poder anunciárselo á V.; así como los demás particulares que puedan ocurrir, por si esa legación juzgare conveniente comunicarlo al Supremo Gobierno para su conocimiento y ulteriores disposiciones.

«Esta oportunidad me proporciona la satisfacción de ofrecer á V. las seguridades de mi singular aprecio y atención.

Andrés Treviño.»

«Sr. Don Matías Romero, Ministro Plenipotenciario de la República Mexicana. — Washington, D. C.

Nótase desde luego, por la carta anterior, cuán injustificadamente dijo Don Matías Romero al Ministro de Relaciones, que Treviño había verificado su salida de Nueva York, de «manera poco regular.» Treviño no dependía de la Legación; en vez de haber recibido los mil quinientos pesos que le ofreciera el Sr. Romero —á nombre y por cuenta del Gobierno nacional— habíalos rehusado. En consecuencia, Treviño estaba en su plena libertad para ausentarse de Nueva York cuando quisiera, sin tener obligación de participarlo á ninguna persona, y su desinteresada conducta le ponía al abrigo de toda mala sospecha, si de esa manera se hubiera ausentado. Por consideración al Representante del Gobierno, tuvo la atención de avisar su salida con cuatro días de anticipación y de avisar que esperaba poder arreglar en algún punto del tránsito el objeto principal de su viaje, es decir, la compra de armas para los defensores de la Independencia nacional. Si no dijo al Sr. Romero, de una manera terminante, que no le había servido de nada el duplicado que le dieran en el Ministerio de Guerra, lo dejó entender de manera muy clara; y su silencio á este respecto, debió estimarlo nuestro Ministro en Washington como una delicadeza de Treviño, que no quería recordarle la burla hecha por Mr. Stanton á un recomendado del Ministro de Méjico que patrióticamente trataba de coadyuvar á la defensa de su país.

Anotaremos también que de la citada carta se desprende, que Treviño había conseguido, anteriormente, municiones de guerra á crédito, puesto, que aun debía una parte de las que entregó al General Escobedo, cuando el sitio de Matamoros.

Además, la carta hace constar de manera clarísima que Treviño, comprometiendo su crédito personal, había adquirido en Nueva York cierta cantidad de numeraria, que se proponía invertir en la compra de armas y municiones, conforme al pensamiento que verbalmente había comunicado al Sr. Romero. Y consta también por la misma carta que Treviño, si le fuera posible conseguir mayor suma de numerario, la emplearía en el mismo objeto que la ya conseguida.

Don Andrés Treviño, conforme lo había ofrecido, comunicó al Sr. Romero el resultado definitivo de sus esfuerzos, en los términos que van á continuación:

«Nueva Orleans, Julio 21 de 1866.
Sr. Ministro Don M. Romero. — Washington.

«Muy querido amigo: En volandas dirijo á V. estas líneas para anunciarle que ya he terminado satisfactoriamente el objeto principal de mi viaje.

«Al fin me decidí á contratar todos los artículos especificados en la lista de que tiene V. conocimiento, considerando la falta que nos hacen por la frontera. Me prometo que oportunamente serán utilizados en la defensa nacional.

«Mi crédito queda comprometido en más de $25,000 que IMPORTAN LAS ARMAS, MUNICIONES Y OTROS PEQUEÑOS GASTOS.

Mañana temprano salgo para Brownsville (Tejas) en compañía del Sr. general Sheridan, Á QUIEN SOY DEUDOR DE MIL ATENCIONES.

«Sin tiempo para más, saludo afectuosamente á su apreciable familia, y me suscribo de V. atento amigo y seguro servidor.

Andrés Treviño.»

Al comunicar al Ministro de Relaciones la noticia contenida en la carta anterior y al remitir copia de ella, decía el Sr. Romero que Treviño participaba haber comprado todas las armas y municiones «que constan en la lista que remití á V. con mi nota núm. 417;» (10) y agregaba después: «Sin poder formar todavía opinión alguna sobre lo que haya acontecido con relación á este asunto, me limito por ahora á trasmitir á V. copia de la carta citada, renovándole las seguridades de mi muy distinguida consideración.» (11)

Probablemente, Don Matías Romero, víctima de una extraña confusión, tomó estas palabras de Treviño, «todos los artículos especificados en la lista que V. conoce,» por los mismos artículos tratados con Crispin y no por unos artículos iguales á esos. Así se explica que, en su Nota, correspondiente, dijera que Treviño había comprado las armas y municiones que constaban en la lista que había remitido; y solo así se explica que nuestro Ministro en Washington no hubiera podido formar su opinión en un asunto tan sencillo, por creer equivocadamente que las armas y municiones compradas eran de las pertenecientes al Gobierno de la Unión.

No hay frase alguna en la carta de Treviño que induzca á tan extraña confusión y á tan errónea creencia.

Al decir: «he terminado satisfactoriamente el objeto principal de mi viaje,» Treviño se refiere á que había adquirido ya las armas y municiones, cuya adquisición era el principal objeto de su viaje de regreso, pues en su carta anterior había dicho con todas sus letras «probablemente me detendré en algún punto del tránsito, solo el tiempo indispensable, para dejar arreglado el objeto principal de mi viaje.»

Al decir: «Al fin me decidí á contratar todos los artículos especificados en la lista que V. conoce,» se refiere á que al fin se decidió á comprometer su responsabilidad por mayor cantidad que la enunciada en su carta anterior; pues los doce ó quince mil pesos de que hablaba no alcanzaban para cubrir una factura semejante á la que, á precios sumamente bajos, importaba diecinueve mil pesos, según la oferta hecha al Coronel Crispin.

Al decir: «Mi crédito queda comprometido en más de veinticinco mil pesos que importan las armas y municiones y otros pequeños gastos,» dice con todas sus letras que las armas y municiones que compró —iguales en número y calidad á las que debían de haberle entregado por diecinueve mil pesos, conforme al duplicado de la orden del Ministro de Guerra— le habían costado veinticinco mil, es decir, seis mil pesos más.

Bastaba esta última circunstancia, para que Dn. Matías Romero no hubiera caído en la confusión de que fué víctima, ni en la errónea creencia de que los efectos comprados pertenecían al Gobierno de los Estados Unidos; pues aun suponiendo, lo inverosímil, que el Ministro de la Guerra hubiese enviado el principal de la orden tantas veces citada ó que el jefe del arsenal hubiera obedecido al recibir simplemente el duplicado; aun suponiendo, repetimos, lo inverosímil, bastaba fijarse en que los artículos comprendidos en la lista de referencia, sin uno solo más, costaban $25,000 en vez de 19,000, para comprender que tenían otra procedencia.

Todavía más. Si Treviño, gracias á la influencia del Gral. Sheridan, hubiera logrado que se diera cumplimiento en un arsenal de los Estados Unidos al famoso duplicado del Ministro de la Guerra, habría dicho que debía al citado General favores, ó cuando menos servicios, en vez de decir que le debía sencillamente atenciones.

Recapitulando: puede decirse, como verdad ya comprobada, respecto del caso particular de Treviño, que tan patriota ciudadano no recibió del Gobierno de los Estados Unidos, ni una sola arma, ni un solo cartucho; ni á crédito, ni al contado; ni á precio barato, ni á precio caro. Y puede decirse también, de igual manera, en tesis general, que el Gobierno de la Unión no vendía á plazo ni armas ni municiones; que el 8 de Junio de 1866 aun era un problema para nuestro Ministro en Washington, la manera de adquirir para nuestras fuerzas nacionales elementos de guerra pertenecientes al citado Gobierno; que, en consecuencia, hasta esa fecha, no habían facilitado á Méjico los Estados Unidos por medio de su Gobierno ni una sola arma; que hasta el 9 de Julio el problema mencionado permanecía sin solución; y que de esta fecha en adelante, el Gobierno americano, lejos de facilitarnos armas y municiones, impidió que adquiriéramos las que á él le sobraban, al prohibir en sus maestranzas y arsenales toda venta de artículos de guerra, valiéndose de un simple pretexto, según la opinión de nuestro Ministro en Washington.

 

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Después del inciso destinado á Dn. Andrés Treviño, dice el Sr. Bulnes: «Por conducto del General Sturm, fueron compradas y pagadas con bonos mexicanos computados al 60 por ciento de su valor nominal, armas para los generales Porfirio Díaz, Alejandro García, Nicolás Régules y Mariano Escobe do. Las armas que le llegaron al General Díaz, como ya lo he dicho, fueron en su mayor parte de mala calidad (12) y el General Régules no llegó á recibir las que se le enviaron.» (13) Y tras otro inciso referente á Pesquéira y García Morales, agrega el Sr. Bulnes: «Puede afirmarse que el número de fusiles y rifles vendidos á precio nominal ó muy bajo por el Gobierno americano por interpósita persona y los pagados con los bonos del empréstito Carbajal no bajaron de 40,000 con sus respectivas municiones.» Las armas, municiones y demás efectos de guerra adquirí dos por el General Sturm, como delegado de Dn. Matías Romero y obrando en cada caso con la autorización especial y expresa de éste, fueron comprados á comerciantes con casa abierta y conocida, es decir, á particulares y no al Gobierno de los Estados Unidos, y pagados con bonos del empréstito Carbajal-Corlies.

Gramaticalmente, ha presentado el Sr. Bulnes como cosas distintas las armas vendidas —según él— por el Gobierno americano, mediante interpósita persona y las armas compradas por el General Sturm con bonos mejicanos; per o como de lo que trata S. S., es del auxilio prestado á nuestra causa por el Gobierno de los Estados Unidos, facilitándonos armas y municiones, y como, bajo este respecto, huelga por completo hablar de armas y municiones compradas á particulares, es claro, que la idea del Sr. Bulnes es hacer creer que los artículos de guerra enviados á los Generales que menciona fueron debidos al Gobierno de la Unión, el cual, por interpósita persona, los vendió á precio nominal ó muy bajo, equivalente casi á una donación.

Basta ver en la colección de «Estados» presentada por el Gral. Sturm y reproducida por el Sr. Romero en el Tomo X de la «Correspondencia de la Legación» y en el libro titulado «Contratos hechos en los Estados Unidos.» los nombres de los vendedores y los precios de venta para convencerse de que las armas y municiones adquiridas por dicho General Sturm, ni fueron compradas á bajo precio, ni vendidas por el Gobierno americano, ocultamente, por interpósita persona.

Uno de esos Estados, el número 11, B, manifiesta quiénes fueron las personas á las que se les hicieron compras de armas, municiones, etc., con bonos mejicanos. Suprimiendo fechas y cantidades —inútiles ambas para nuestro objeto— reproducimos en seguida los nombres que constan en el mencionado documento: Walcott y Cía., Dewhurst y Emerson, David Smith, Hall y Ruckel, Smith y Rand, Duponi de Nemours, Schuyler Hartley y Graham, Whitfield, Ramsay, Campbell, Lawrie y Cía, Simmons, Taylor, Hadden, Merrit Brigeforft y Cía-, Gaylor, Ames, Mitchell, y, además, Compañía americana de armas y Compañía de armas de Massachusetts.

Es tan absurdo suponer que el Gobierno americano se sirviera de tantos y tan conocidos comerciantes, como de interpósita persona, para ocultar sus ventas al General Sturm que sería inútil agregar una sola palabra á tan sencilla demostración. Y es también tan absurdo suponer que Dn. Matías Romero autorizase las compras hechas por Sturm á varios comerciantes, cuando podía conseguir del Gobierno de los Estados Unidos, por interpósita persona, los mismos efectos de guerra, á un precio menor, muy menor, que el corriente en la plaza; es tan absurdo, repetimos» suponer tal cosa, que aquí huelga también cuanto añadiéramos á tan fácil demostración.

Otro de los «Estados» á que hemos aludido —el añadido en Méjico á 2 de Diciembre de 1867 por el General Sturm, bajo el título de «Lista»— da á conocer los precios pagados con autorización del Sr. Romero y los precios á que vendió públicamente el Gobierno de los Estados Unidos en Julio de 1867, armas semejantes á las compradas para nuestro Gobierno por el General Sturm. De dicha Lista tomamos los precios correspondientes á las armas, poniendo primero el pagado por Sturm y en seguida el fijado para su venta por el Gobierno de la Unión.

Sables para artillería

$ 6.00

6.00

Sables de caballería

4.50

8.50

Espadas para ídem

3.00

4.00

Rifles de Enfield y Springfield

16.50

16.27

Pistolas giratorias

18.00

15.50

Las carabinas Remington y las de Maynard, fueron compradas por Sturm á 35 y 30 pesos respectivamente: precio igual —según la misma «Lista»— al pagado por el Gobierno de los Estados Unidos, que no las vendía en la fecha citada. En cuanto á las carabinas que se cargaban por la recámara, tampoco las vendía el Gobierno americano y fueron compradas por Sturm á cuarenta pesos.

Comparando las cifras anteriores se ve que no hay diferencia notable entre ambos precios, sino en el de los sables de caballería que, por su poco valor en relación con las armas de fuego, no darían diferencia sensible en el precio total de las armas compradas. En consecuencia, y aun admitiendo el absurdo de que los comerciantes, mencionados ya, hubieran servido de intermediarios entre el Gobierno americano y el agente del nuestro, autorizado por Dn. Matías Romero; en consecuencia, repetimos, resultaría que, en vez de que los Estados Unidos nos facilitaran armas á precio nominal ó muy bajo, nos las habían vendido á precio común y corriente.

Ahora, si se atiende á que dichas armas fueron compradas con bonos computados al 60% de su valor nominal, resultaría, en caso de que fuera el Gobierno americano quien las hubiera vendido, que los Estados Unidos se las habían facilitado á Méjico á precio común y corriente, como ya dijimos, y con la enorme usura de un 66% en las condiciones de pago, puesto que, por cada sesenta pesos que daban en mercancías, hablan de recibir cuarenta más. Los comerciantes, que necesitan tener siempre en juego su capital, no pueden tomar bonos á cambio de sus mercancías, si no es con la intención de desprenderse de ellos en breve plazo y resolviéndose á perder ó ganar según las oscilaciones del mercado; pero el Gobierno de los Estados Unidos sí habría podido aguardar el vencimiento de las obligaciones mejicanas, que ganaban su rédito correspondiente, y hacerlas efectivas por su valor nominal. Así es que, si de la circunstancia de que las armas compradas por el General Sturm hayan sido pagadas con bonos que no se cotizaban en el mercado americano, se pretende hacer creer que fueron vendidas por el Gobierno de la Unión, entonces resultaría que los Estados Unidos, lejos de vendernos armas á precio nominal, nos las habrían vendido á precio real y exorbitante.

 

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«Por la frontera de Sonora —dice el Sr. Bulnes entre los dos incisos que conjuntamente acabamos de considerar— habían introducido armas de los Estados Unidos los Generales Pesqueira y García Morales.»

Por la frontera de Sonora y por sus puertos del Golfo de Cortés habrían podido recibir armas los Generales Pesqueira y García Morales, si el General americano Mc Dowell, Comandante superior de California, no hubiera dado una orden, prohibiendo la exportación de armas y si, en virtud de dicha orden, no hubieran sido embargadas las que el General Plácido Vega había contratado en ¡San Francisco y tratado de enviar á nuestra Patria. Más tarde fué levantada esa orden —declarada ilegal por el Procurador Mr. James Speed— y ya hemos visto que, con motivo de las armas adquiridas en Nueva York por agentes de Maximiliano, Seward declaraba á Dn. Matías Romero, que no pondría á nuestra causa en estado de inferioridad respecto á la del llamado Emperador. Desde mediados de 65, derogada ya la ilegal orden de Dowell, el General Vega, ó cualquiera otro jefe mejicano, tenían la facultad de adquirir armas en California; pero la falta absoluta de numerario volvía irrisoria la mencionada facultad. En Septiembre de 1866, el General Vega, en la errónea creencia de que se habla colocado el empréstito de treinta millones, solicitaba fondos de nuestro Ministro en Washington para rescatar parte de las armas embargadas y hacer internar algunos pertrechos, que decía hallábanse ya en territorio de Sonora. El Sr. Romero contestóle que no podía acceder á sus deseos tanto por faltarle instrucciones á este respecto, cuanto por carecer de fondos. En cuanto á los pertrechos que el Gral. Vega decía haber situado ya en territorio mejicano, bastábale indicar el punto donde habían sido ocultados para que los Generales Pesqueira y García Morales pudieran servirse de ellos, sin necesidad de recurrir al auxilio del Plenipotenciario mejicano. Acaso sean estos pertrechos, las armas que el Sr. Bulnes, sin fijar fechas ni lugares, asegura que introdujeron por la frontera los Generales Pesqueira y García Morales. Acaso los mencionados patriotas, sabedores en Septiembre ú Octubre de 66, del completo fracaso del Gral. Vega y ya sin la menor esperanza de recibir armas por conducto de dicho jefe, Gobernador de Sonora y Comisionado en los Estados Unidos, acaso, decíamos, lograron introducir las poquísimas armas que sus exiguos recursos les permitirían adquirir.

Si las armas á que el Sr. Bulnes se refiere fueron las que el General Vega decía que se hallaban ya en territorio sonorense, en tal caso, consta con toda evidencia que habían sido compradas á particulares; y si se refiere á las armas que Pesqueira y García Morales, acaso hayan introducido á partir de Octubre de 66, entonces, dichas armas también tienen que haber sido adquiridas de particulares, puesto que ya existíala orden del Ministro de la Guerra, prohibiendo terminantemente la venta de armas pertenecientes al Gobierno de los Estados Unidos.

 

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«Dn. Matías Romero —prosigue el Sr. Bulnes— con suma actividad envió á México tres grandes expediciones, con toda clase de armas para infantería, caballería y artillería; pertrechos de guerra, equipo y todo lo necesario para continuar la campada.»

Lo que el Sr. Bulnes llama «tres grandes expediciones enviadas por Dn. Matías Romero y las armas, municiones, etc., enviadas por conducto del General Sturm, y mencionadas ya por S. S. en el mismo párrafo cuyo quinto inciso examinamos ahora, no pasan de ser una misma cosa, referida por partida doble, con la mañosa intención de multiplicar el supuesto auxilio de los Estados Unidos.

Bastaría esta aclaración para demostrar que las armas y municiones expedidas por Dn. Matías Romero, no fueron facilitadas por el Gobierno americano, sino compradas á particulares; pero ya que hemos copiado las palabras de S. S., no debemos dejar pasar los dos errores en ellas acumulados al que informa la tesis del Sr. Bulnes, á saber: el referente al envío de las expediciones y el relativo á la actividad desplegada en este caso por el citado Dn. Matías.

Las tres grandes expediciones á que se refiere el Sr. Bulnes fueron la del «Everman,» la del «Vixen» y la del «Suwanee.» El primero de los buques citados condujo á Matamoros, al cuidado de un dependiente particular de Sturm, las armas destinadas para el General Carbajal; el segundo condujo á Minatitlán las armas destinadas para los Generales Porfirio Díaz y Alejandro García, llevando á bordo á Dn. Justo Benítez y á Dn. Pedro de Baranda, Comisionados, respectivamente, de los citados Generales; y el tercero, con las armas destinadas al General Pavón y á los ya citados Generales Díaz y García, naufragó en alta mar, logrando salvarse Dn. Juan José Baz, pero perdiéndose el armamento puesto á su disposición.

Todas estas expediciones fueron preparadas, embarcadas y enviadas por el Gral. Sturm, sin que en ellas tomase otra participación Dn. Matías Romero, que la de aprobar lo hecho por Sturm y girar á favor de éste, contra Corlies y Cª, por las cantidades de bonos que se iban necesitando. Y no se diga que obrando Sturm por instrucciones de nuestro Ministro en Washington y como comisionado suyo, deben considerarse las citadas expediciones como enviadas por este funcionario; pues, de admitirse tal razonamiento» es al Supremo Gobierno, por cuyas instrucciones y en cuya representación obraba Dn. Matías Romero, á quien debe considerarse como remitiendo las tres grandes expediciones, cuyo envío atribuye á Dn. Matías el Sr. Dn. Francisco Bulnes.

Respecto de la primera de esas expediciones, aun hay una circunstancia especialísima: la de que no fué enviada conforme á las instrucciones del Sr. Romero, sino conforme á las órdenes del General Carbajal, como lo comprueban los dos testimonios que presentamos á continuación.

Firmado por el General Sturm y entre los documentos presentados por él, para la mayor claridad de sus cuentas, figura uno que lleva el siguiente encabezado: «Número 6 — Estado «A» 1., que manifiesta los efectos comprados por órden del General Carvajal y mandados á Matamoros el 26 de Junio de 1866, á bordo del vapor «J. W. Everman,> consignados al mismo general. »

A su vez Dn. Matías Romero, en el «Informe sobre la liquidación del general Sturm,» rendido en Méjico á 28 de Noviembre de 1867, dice: «El envío del cargamento que trajo el «Everman,» fué enteramente irregular por haber sido dispuesto por el general Carbajal sin aprobación mía.» (14)

Ya lo ven nuestros lectores, la expedición del «Everman» no tuvo siquiera la aprobación del Sr. Romero. Y, sin embargo, el Sr. Bulnes no sólo asegura que fué enviada, sino que fué enviada con actividad suma, por nuestro, entonces, Ministro en Washington!

Nó, no fué Dn. Matías Romero, sino el General Herrman Sturm, quien desplegó suma actividad y, lo que es mejor, habilidad suma en el arreglo y envío de las tantas veces mencionadas expediciones. Mientras Dn. Matías Romero se limitaba á girar contra Corlies y Cª, á delegar sus facultades en Dn. Juan Navarro —nuestro Cónsul en Nueva York— para que diese su aprobación á los contratos celebrados por Sturm, á contestar las comunicaciones de los citados señores y al designar los puntos de desembarque para las expediciones del «Vixen» y del «Suwanee»; mientras Dn. Matías Romero, obrando cuerdamente, se limitaba á lo que acabamos de exponer, el General Sturm se dirigía á los vendedores de armas, de municiones, de vestuario, de medicinas y demás efectos indispensables para una campaña; escogía y determinaba los mencionados artículos; arreglaba los respectivos contratos de compra-venta ó de fletamiento de los vapores que habían de conducirlos; hacíalos embarcar; recababa la aprobación del Cónsul Navarro; y, con habilidad suma, haciendo ver la seguridad de nuestro triunfo tras la retirada del Ejército francés y la probabilidad —no realizada— de que el Congreso de los Estados Unidos garantizase nuestros bonos, lograba colocarlos á cambio de artículos de guerra, por cerca de dos millones de pesos, cuando los principales interesados en el Empréstito, los Sres. Corlies y Cª, no lograron vender sino nueve mil pesos de bonos que, al sesenta por ciento, produjeron tan sólo cinco mil cuatrocientos pesos.

El naufragio del «Suwanee» ocasionó la pérdida de las armas y municiones que conducía y que el Gral. Sturm había descuidado asegurar por no ser costumbre en los Estados Unidos el aseguramiento de efectos pertenecientes á un Gobierno; y toda la actividad de Dn. Matías Romero no llegó á ordenar á Sturm que, para evitar un siniestro, pagase el seguro marítimo.

 

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Cerrando ya el párrafo que hemos venido examinando, dice el Sr. Bulnes: «A los Generales Baranda y Escobedo les fueron entregadas armas de repetición para la Caballería que no eran conocidas en Méjico ni del ejército francés.»

Las carabinas Campbell y las Remington entregadas al General Baranda, formaban parte del cargamento del «Vixen,» y no eran de repetición sino simplemente de retrocarga y habían sido compradas por el Gral. Sturm. En cuanto á los rifles Enfield y demás armas de las llevadas á Matamoros en el «Everman» y que fueron entregadas al representante del Gral. Escobedo también de las compradas por Sturm. En consecuencia, ni unas ni otras fueron facilitadas por el Gobierno de la Unión sino adquiridas por compra —como ya se sabe— en el mercado de los Estados Unidos.

Con referencia al Gral. Baranda y al supuesto auxilio del Gobierno americano hay otro pasaje en «El Verdadero Juárez» donde se dice lo que sigue:

«Se llegaron á sentir los últimos desgarramientos de la desesperación y los combatientes principales SIN meterse con Juárez acudieron á los Estados Unidos, buscando la salvación en su auxilio.

«El 6 del actual (Enero de 1866) —aquí copia el Sr. Bulnes á Dn. Matías Romero— fui con el general Baranda á ver al general Grant á su casa para manifestarle la urgencia con que se necesitaban armas en la línea de Oriente, la facilidad de enviarlas de aquí de un modo seguro y la imposibilidad de procurárselas por falta de recursos. El general Grant dijo que trataría de que se nos dieran cinco mil fusiles con municiones suficientes y que vería con este objeto al Presidente y al Ministro de la Guerra.

«El día 9 volví á ver en su despacho al general Grant, quien me dijo que el Presidente tenía la mejor disposición para que nos dieran las armas; que le había dicho que si no se nos podían vender, convendría ponerlas de algún modo á nuestro alcance, para que nos apoderásemos de ellas; y que, aunque el Secretario de Guerra estuvo frío, no había manifestado oposición á que se nos dieran. Hablamos entonces de la manera con que se nos debían de entregar y el general Grant, escribió delante de mí una carta reservada al Ministro de la Guerra, en que le decía que era de opinión se mandara vender en Nueva York al General Pedro de Barandat cinco mil fusiles de Springfield y tres millones de tiros al costo, aceptando en pago libranzas de este genera. (15)

«Un mes antes D. Matías Romero había conseguido que nos vendieran armas al, precio de cero, pues escribía á Juárez: «Tengo la honra de comunicar á V. que los efectos de guerra de este gobierno que existen en Nueva Orleans que podemos conseguir que se nos vendan á un precio moderado, son los siguientes:

«10,000 fusiles rayados de Springfield, calibre de 69;
3.000 fusiles Enfield, calibre 68;
Cuantas municiones se quieran para los fusiles precedentes; 34 cañones de á 12;
24 cañones rayados de tres pulgadas;
400 sables nuevos para caballería;
1.000     de medio uso;
1,700 carabinas de caballería Bordside;
600 carabinas de repetición Shart; Algunas más de Bordside; (16)
1,100 sillas de montar nuevas y muchas más de medio uso;
Todos los arneses que se deseen para mulas de tiro;
Todo el parque y proyectiles de cañón que se necesite.

«Sabiendo que estos efectos están para trasladarse al arsenal de Baton Rouge, en donde quedarán á poca distancia de Nueva Orleans y accesibles por agua. Si tuviésemos los fondos necesarios, aunque solo fuese para trasportar estas armas á la República, CREO que podríamos disponer de ellas.» (17)

«Este gran material de guerra — aquí vuelve á hablar por cuenta propia el Sr. Bulnes — lo ofrecía Dn. Matías Romero regalado, puesto que con sólo tener el dinero para transportar las armas á la República se podía contar con ellas. No conozco el paradero de esas armas, ni sé si por falta de fondos para transportarlas no fueron aprovechadas. En la historia del Ejército del Norte, por D. Juan de Dios Arias, consta que el general Escobedo después de derrotar á Tinajero en el Paso de las Cabras, se dirigió á Brownsville para conseguir armas y municiones y continuar la organización de sus fuerzas. El mismo autor asegura que el general Escobedo volvió con las armas; pero como por lo común no se citan fechas en esa historia, no puedo decir si el material de guerra obtenido por el general Escobedo es al que se refiere Dn. Matías Romero. (18)

«Lo que sí debe aceptarse como hecho indiscutible es que cuando Mr. Seward tuvo conocimiento de que Dn. Matías Romero estaba consiguiendo (tratando de conseguir, debía decirse) armas nominalmente vendidas, se puso de acuerdo con Mr. Stampton, (sic) Secretario de Guerra, para que no continuara actos contrarios á los deberes de neutralidad, suficientes para que Francia declarara la guerra á los Estados Unidos.

«Al general Baranda .ya no le fué posible obtener los cinco mil fusiles que pedía (19) sin comprarlos en subasta pública por conducto de una persona que no fuera mexicana, para que la neutralidad quedase inmaculada.» Hoy lo volví á ver (al general Grant) para saber la final resolución del gobierno (sobre armas pedidas por Baranda) y me dijo que el Ministro de la Guerra le había dicho, que si no se nos entregaban las armas de la manera que él lo pedía se violaría la neutralidad, que los franceses podrían declarar desde luego la guerra á los Estados Unidos y le preguntó si estaba dispuesto para esa emergencia. El general Grant le contestó que estaba enteramente preparado para tal cosa. Mr. Stampton agregó que no tenía inconveniente en vendernos el número de fusiles que necesitamos; pero que deberá ser en subasta pública y pagando en efectivo el valor de los ARTICULOS que compremos, lo cual en nuestras circunstancias actuales sería de todo punto irrealizable. (20)

Diremos desde luego que no es cierto que los principales combatientes mejicanos acudieran á los Estados Unidos, es decir, á su Gobierno, buscando la salvación en su auxilio, y «sin meterse con Juárez,» como en vulgarísima frase ha dicho el Sr. Bulnes.

El Presidente Juárez, para facilitar la defensa de nuestro invadido territorio, había delegado en los Generales en Jefe, que operaban en diversas zonas, las facultades amplísimas de que disponía en Hacienda y Guerra. En virtud de esta delegación, los principales combatientes mejicanos cobraban impuestos en sus respectivas zonas de mando y levantaban fuerzas que luchasen con los invasores; y, como correlativo, de las mencionadas facultades, tenían la obligación de armar á sus tropas, en la medida de lo posible.

Carentes de recursos, los principales combatientes mejicanos, para llenar la mencionada obligación, y tratando de cumplirla, enviaron á los Estados Unidos unos comisionados que, para, proporcionarse las armas que tanto se necesitaban, acudieron á nuestro Ministro en Washington, en la errónea creencia de que el Gobierno Nacional había logrado colocar el anunciado empréstito. De modo que los principales combatientes mejicanos, al enviar á los Estados Unidos sus respectivos comisionados, lejos de desatenderse del Presidente Juárez, obraban en virtud de obligaciones impuestas por el Gobierno, se dirigían al Representante del mismo en la nación vecina y esperaban que éste les proporcionara armas á nombre y por cuenta del Gobierno nacional.

Dislocando la Nota del Sr. Romero, fechada á 15 de Enero de 66, para hacer una intercalación inoportuna; perifraseando uno de sus párrafos principales, para alterarlo indebidamente; y suprimiendo otro, para ocultar una circunstancia capital, ha logrado el Sr. Bulnes volver confuso uno de los puntos más claros de nuestra Historia, relacionado con la misión del General Baranda.

Hallándose nuestro Ministro en Washington — según refiere en la primera parte de su Nota — en imposibilidad absoluta de proveer de armas al Gral. Baranda á pesar de la facilidad de enviarlas á su destino, acudió en demanda de consejo al Gral. Grant. Este, que siempre consideró justamente que nuestra causa era también la de su patria, ofreció expontáneamente que trataría de conseguir que se nos dieran cinco mil fusiles, para lo cual vería al Presidente y al Ministro de la Guerra. Al efectuarlo, el General Grant halló muy bien dispuesto al Presidente y fríamente reservado al Ministro. Después, y en presencia de Dn. Matías Romero, escribió Grant una carta reservada al Ministro de la Guerra, manifestando su opinión de que el Gobierno americano vendiera al Gral. Baranda determinada cantidad de armas y municiones, al costo, y aceptando en pago libranzas aceptadas por dicho General.

Aquí dislocó la Nota el Sr. Bulnes para hacer la intercalación ya mencionada y disimular la mutilación del párrafo que venía copiando, el cual en la parte suprimida dice así: «que si esto (el pago en libranzas) ofrecía alguna dificultad era de opinión que convenía se le vendieran por cinco mil pesos en papel, y que si tampoco era esto posible, se le dieran de algún otro modo, pues que interesaba urgentemente Á LOS INTERESES DE LOS Estados Unidos que tales armas y municiones se pusieran en nuestras manos. Me dió á leer su carta y me dijo que él mismo cuidaría pronto de que se determinara lo que hubiera de hacerse en este asunto. El día 10 volví á ver al Gral. Grant: me informó que á poco de enviada su carta, lo mandó llamar el secretario de Guerra, para suplicarle suprimiera la última parte, esto es, la que decía, que era de urgente necesidad para los Estados Unidos el que se pusieran armas y municiones en nuestras manos, y que con esta alteración la sometería al Presidente.»

Sigue después el otro párrafo copiado también por el Sr. Bulnes y en el cual se da á conocer la resolución final del Gobierno americano rehusando acceder á la solicitado por el Gral. Grant, así como la declaración del Ministro de la Guerra de que no tendría inconveniente en vendernos armas; pero en subasta pública y con dinero efectivo.

Hay todavía otros dos párrafos, en los que se dice que el Gral. Grant ofreció volver á hablar con el Presidente y que propuso á nuestro Ministro que él también lo viera, lo que, por motivos que persuadieron á Grant, no pareció conveniente al Sr. Romero; y en el primero de cuyos párrafos se encuentran las siguientes palabras que sintetizan la opinión de nuestro Ministro: «No espero sin embargo conseguir ya nada

La simple reproducción de la Nota de 15 de Enero de 66 habría enseñado con toda claridad que, á pesar de los era pecosos esfuerzos del Gral. Grant y á pesar de la buena disposición del Presidente Johnson, el Gobierno de los Estados Unidos no nos facilitó una sola arma; pero como esta enseñanza era contraria á la tesis del Sr. Bulnes, S. S. embrolló caso tan sencillo, diciendo inexactamente, encuna intercalación inoportuna, que un mes antes, esto es, el 15 de Diciembre, el Sr. Romero ofrecía regalada una gran cantidad de armas y municiones, pues había conseguido que el Gobierno americano nos vendiera armas á precio de cero: inventando que Dn. Matías Romero «estaba consiguiendo armas nominal mente vendidas;» agregando otras varias inexactitudes, que de pasada hemos señalado ya; ocultando que la petición de Grant se fundaba en el propio interés de los Estados Unidos; y ocultó también la convicción de nuestro Ministro, quien no esperaba conseguir nada ya.

Dn. Matías Romero en 14 de Diciembre decía: «Si tuviéramos los fondos necesarios, aunque sólo fuese para trasportar estas armas (las que iban á ser enviadas á Baton Rouge) á la República, creo que podríamos disponer de ellas.» Estas ilusiones de nuestro Ministro habían sido prontamente desbaratadas por los hechos; pues el 30 del mismo mes, cuando se le presentó el General Baranda pidiéndole armas para la línea de Oriente, en vez de darle de aquellas que ofrecía regaladas, á precio de cero, unos cuantos días antes, tuvo que recurrir al Gral. Grant el 6 de Enero para ver si se conseguían fiadas, y el 15, completamente decepcionado, exclamaba: «no espero conseguir ya nuda.» Parece increíble que, ante hechos tan claros, no se haya decepcionado el Sr. Bulnes y que aun conserve la ilusión de que el Sr. Romero había conseguido esas mismas armas que el propio Dn. Matías, según dijo, no tenia ya ni la esperanza de conseguir.

El Gral. Grant estaba en lo cierto cuando fundaba su solicitud, para que se nos dieran armas y municiones, en el propio y urgente interés de los Estados Unidos. En la retahila, presentada por el Sr. Bulnes, de los motivos que obligaban á los Estados Unidos á exigir la retirada del Ejército francés invasor de nuestro suelo, se menciona clara, precisa y terminantemente el interés material y político de los mismos. A ese interés convenía, para el caso de una guerra con Francia — caso posible, aunque Seward tratara de evitarlo — que nuestras fuerzas estuviesen armadas y municionadas: ya que, luchando contra el enemigo común, vendrían á servir de auxiliares al ejército americano.

 

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Empeñado el Sr. Bulnes en probar que los principales combatientes mejicanos, sin meterse con Juárez, acudieron al Gobierno de los Estados Unidos buscando la salvación en su auxilio, dice á páginas 356:

«El General Dn. Pedro Baranda dice en el informe relativo á su comisión en los Estados Unidos:

«Acompañado del Gral. Grant, asistí á una entrevista con el Presidente, acordada para las dos de la tarde.

«Le expliqué la situación que guardaba la guerra en los Estados de Oriente, el peligro que corren de sucumbir por la falta de elementos, como ha sucedido ya con la línea de Barlovento de Veracruz, al mando del Gral. Alatorre, y otras cuatro secciones más, que se han visto en la necesidad de rendirse por la misma causa, de todo lo que tiene la Legación mexicana constancias oficiales, y por último le dije que no me quedaba otro recurso que el de ocurrir al Gobierno de esta nación para ver si de alguna manera podía facilitarme un cierto número de armas y algunas municiones que sirvieran para alentar en su gloriosa tarea á los defensores de la República, antes que la desesperación ó las ventajas con que son atacados, los hagan desaparecer, quedando todo el país en manos de los franceses y traidores.(21)

«El Presidente Johnson dijo: que podía yo persuadirme de que tenía la mayor simpatía por la causa de la República de México, que estaba en la mejor disposición de prestarle cuantos auxilios pudiera: pero que NO lo había podido hacer hasta ahora por no faltar á ciertos deberes. Dirigiéndose al General Grant, le dijo, que de la enorme existencia de fusiles y parque elaborado que es necesario enajenar se me podía vender lo que necesite. Yo manifesté que no me sería posible pagar ninguna suma al contado, y entonces dijo el General al Presidente que se me entregaran de cualquiera manera, puesto que no tenían que dar cuenta á nadie del precio á que se me vendían esos efectos. Por fin acordaron el Presidente y el General que se sacaran de los almacenes Nacionales 20 ó 25,000 fusiles con destino á Brownsville, para lo que dispusiese el Gobierno, y que de estos se me entregaran en Nueva York 5,000 con el correspondiente parque.(22)

El párrafo que antecede no termina donde se le ocurrió cortarlo á S. S., sino que aun contiene las siguientes palabras: «El Presidente me dijo que ya quedaba autorizado el General Grant para hacer el arreglo que acababa de oír, y que no tuviera yo cuidado, que todo saldría bien, porque el General era un amigo decidido de México. Yo le contesté que estaba satisfecho de esta verdad y muy reconocido al General, por las constantes pruebas de simpatía que daba diariamente á la causa de la independencia de mi país, la cual deberá también gran parte de su salvación al apoyo que LE ofrece el Presidente de los Estados Unidos.»

A pesar de que el Presidente Johnson dijera al Gral. Baranda que no tuviera cuidado, que todo saldría bien, aludiendo á que hasta entonces todo había salido mal, no obstante su buena disposición para auxiliarnos, lo cierto que en esta vez, como en las anteriores, no llegaron á realizarse los ofrecimientos presidenciales. El Sr. Bulnes, inmediatamente después de haber copiado las palabras del General Baranda, dice: «Mr. Seward se opuso desde luego á la determinación del Presidente»; pero calla, acaso por creerlo innecesario, que el Presidente no sostuvo su determinación y que, por tanto, no llegó á recibir el General Baranda las armas que le habían sido ofrecidas. Así lo demuestra la Nota siguiente:

«Número 265.
«Legación mexicana en los Estados unidos de América,
« Washington,, Abril 6 de 1866.

« Armas para el general Baranda y la frontera.

«En mi nota número 229, de 25 de Marzo próximo pasado, comuniqué á V. los detalles de una entrevista que tuvo el general Baranda con el Presidente Johnson, en presencia del general Grant, con objeto de conseguir armas de este Gobierno. Ahora me propongo comunicar á V. lo que ha ocurrido con posterioridad relativamente á este asunto.

«El 26 de Marzo fué el general Baranda con el secretario de la Legación á ver al general Grant en su despacho, quien le dijo que estaba muy ocupado y que fuera en la noche á su casa. En esta vez acompañé yo al general Baranda. El general Grant nos dijo que había hablado ya con el ministro de Guerra sobre el asunto; que se ocupaba en pensar cuál sería el mejor modo de que se nos dieran las armas y que creía que al fin se decidiría á solicitar que se entregaran á una casa de comercio de Nueva-York de nuestra confianza y que se recibiera su recibo como pago de las armas: me pidió el nombre de la casa que nosotros designáramos.

«Al día siguiente 27, le mandé una esquela diciéndole que el general Baranda designaba la casa de los Sres. Fuentes y Compañía como la más apropósito para recibir las armas:

«El 28 ocurrí al despacho del general Grant, quien me dijo que había dirigido ayer una comunicación oficial al secretario de Guerra, pidiendo que se entregaran cinco mil fusiles y algún parque á la casa referida y una carta confidencial diciéndole para qué quería esos fusiles: que el secretario de guerra le había mandado llamar y le había dicho que hablaría con el Presidente sobre este punto.

«Me dijo además el general Grant que para que hubiera algunas armas en la frontera iba á darle orden al general Sheridan que situara diez ó quince mil fusiles en Brownsville y desde luego se puso á escribir la orden relativa que me dió á leer después de haberla concluido. Le pregunté que cómo podríamos posesionarnos de esas armas y me dijo que después veríamos.

«El día 31 de Marzo me informó el general Grant, que Mr. Stanton había hablado ya con el Presidente sobre el asunto de su carta del día 27: que Mr. Johnson había manifestado deseos de que tengamos armas: pero QUE NO ENCONTRABA modo de dárnoslas sin violar las obligaciones que tienen los Estados Unidos como neutrales y que creía que el dárnoslas abiertamente sería lo mismo que mandar soldados á la República, Manifesté en respuesta al general Grant que yo había entendido que el Presidente estaba ya decidido á que se nos dieran las armas, y me dijo que esa misma era su opinión: me dijo también que procuraría ver á Mr. Johnson en el curso del día.

«Desde entonces ha tenido más empeño que antes en que vea yo al Presidente y ha hecho con este objeto lo que comunicaré á V. en nota separada.

«El resultado de todo esto es que el ministro de guerra que está influido por Mr. Seward, se opone Á que se nos den las ARMAS-

«Reproduzco á V. las seguridades de mi muy distinguida consideración.

M. Romero.»

«Ciudadano ministro de relaciones exteriores. — El Paso del Norte.»

Como pudiera creerse que, á pesar de la oposición del Ministro de la Guerra, el Presidente había cumplido su ofrecimiento hecho al General Baranda, puesto que según el Gral. Grant estaba decidido á que se nos dieran armas, vamos á reproducir un pasaje de la entrevista de nuestro Ministro con Mr. Johnson, que prueba que no sucedió tal cosa.

Después de referir el Sr. Romero, que había indicado al Presidente dos modos de que se nos proporcionaran armas: uno, entregando al General Grant las armas que pidiera sin que dijese para qué las necesitaba y otro, vendiéndolas abiertamente y aceptando en pago libranzas á largo plazo sobre nuestra tesorería, prosigue de la siguiente manera:

«El Presidente me dijo entonces un poco sorprendido, que entendía que ya se nos habían dado armas por conducto del general Grant; á lo que contesté que esto no era así, pues aunque este general había adoptado el primero de los dos medios indicados y estaba dispuesto á aceptar las responsabilidades que de tal conducta pudieran resultar, el secretario de guerra había encontrado algunas dificultades que habían impedido que el plan se realizara.

«El Presidente me dijo entonces que él deseaba positivamente que tuviéramos armas, que nos las daría si esto se podía HACER DE UNA MANERA HONROSA PARA LOS ESTADOS Unidos, y que por lo que respecta al pago de su valor, aceptaría lo que pudiéramos ofrecerle: que había armas sobrantes en abundancia y que extrañaba que no hubieran pasado ya algunas á nuestro poder.

«Le repetí que el general Grant á quien veo con frecuencia y que está bien impuesto de nuestra situación, lia tenido empeño especial en facilitarnos bajo su responsabilidad algunos fusiles; pero que hasta ahora no lo ha podido conseguir. Me preguntó entonces el Presidente, si el secretario de guerra se había opuesto á que se nos dieran, y le contesté que había hecho objeciones al plan propuesto por el general Grant, para dar algunos fusiles al general Baranda, de las que resultó QUE no SE le dieran ningunos.

En seguida me preguntó el Presidente en dónde estaba el Gral. Baranda. Le respondí que aun permanecía aquí en espera de las armas que creía poder conseguir con el general Grant; pero que habiendo perdido toda esperanza de obtenerlas, había dispuesto irse mañana á Nueva York: que estaba temiendo que si conseguía ahora las armas y las mandaba á su línea, llegarían tarde puesto que habíamos recibido noticia de que los franceses marchaban en fuerza muy considerable sobre aquella, y como se carecía allí enteramente de armas y municiones, obtendrían probablemente una victoria fácil. Me manifestó deseos de que el general Baranda se quedara por algún tiempo más en esta ciudad, ya para llevar las armas que le diera el general Grant, ó ya para comprar mayor cantidad, si se adoptaba ese otro extremo y mi carácter oficial no permitía mi intervención en el asunto. Le dije que siendo este el objeto exclusivo con que el general Baranda había venido á los Estados Unidos, permanecería en esta ciudad el tiempo que fuera necesario para el arreglo de este negocio, si es que ha de arreglarse.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

"Después de haber repetido varías veces el Presidente que deseaba que tuviéramos armas, y que no veía dificultad ninguna substancial para que el Gobierno de los Esta* dos Unidos nos las facilitara, me dijo que hoy no podía dame una respuesta definitiva haciendo mucho énfasis en esta palabra: que mañana hablaría con el general Grant y Vería lo que se podría hacer. Le dije que si deseaba verme en otra ocasión, tuviera la bondad de mandarme llamar y que yo ocurriría desde luego á su cita.» (23) El Presidente Johnson no citó de nuevo ¿nuestro Ministro para darle esa respuesta definitiva, con tanta énfasis anunciada; pero la resolución del Gobierno americano llegó por conducto del general Grant al Sr. Romero quien, con fecha 11 de Abril y refiriéndose al citado general, decía: «Anoche no vino á verme, pero hoy á las nueve de la mañana me hizo una larga visita. Me dijo que después de la entrevista que tuve antier con el Presidente, le había encargado Mr. Johnson que asistiera á la junta de ministros que tuvo lugar ayer, y en la cual se discutieron los asuntos de México; que en dicha junta se había resuelto que los Estados Unidos NO PODÍAN VENDER ARMAS Á NINGÚN BELIGERANTE, SIN FALTAR A SUS DEBERES COMO NEUTRALES, aunque SÍ podían venderlas á particulares y no debía examinarse adonde irían á parar, y los beligerantes tenían derecho de sacarlas de este país y llevarlas adonde quisieran.(24)

«El general Baranda — agregaba el Sr. Romero, al final de su Nota — se regresará esta noche para Nueva York á esperar noticias de la línea Sotavento, que normen su conducta en lo futuro. Va satisfecho de que si en el negocio de las armas que solo era un incidente insignificante de la cuestión, no hemos adelantado nada, en el punto principal se han hecho graves progresos.» Ese punto principal era el de la retirada del Ejército expedicionario francés que el Sr. Romero creía entonces que sería exigida perentoriamente por el Gobierno de la Unión.

Por lo expuesto, queda demostrado que en el caso del General Baranda no llegaron á proporcionarle una sola arma, ni los infructuosos esfuerzos del General Grant, ni los platónicos deseos del Presidente Johnson!

Pasando á otro orden de ideas, vamos á examinar el hecho cierto, y como tal innegable, de que el General Baranda, en su entrevista con el Presidente Johnson, demandara, como auxilio de los Estados Unidos, unas cuantas armas para la línea de Oriente; y á demostrar que ese hecho no prueba — como lo pretende el Sr. Bulnes — que «los combatientes principales, sin meterse con Juárez, acudieron á los Estados Unidos, buscando la salvación en su auxilio.»

Haremos, desde luego, la observación de que los combatientes principales eran los Comandantes en Jefe de Cuerpos de Ejército ó de zonas determinadas; y de que, en consecuencia, el General Baranda no puede ser considerado de por si, combatiente principa], sino tan sólo cuando obraba en calidad de comisionado del Gral. Dn. Alejandro García. En este caso, la personalidad del comisionado se pierde y solo queda la del jefe superior que lo comisionó. Ahora bien, Dn. Alejandro García — uno de los generales más leales y pundonorosos de nuestro Ejército — ni acudió al Gobierno de los Estados Unidos en busca de auxilio, ni cometió el desacato á la autoridad del Presidente Juárez, que semejante acto implicaría.

El Sr. Bulnes, al copiar el memorándum en que el General Baranda refiere su entrevista con Mr. Johnson, suprimió el párrafo inicial de la misma, que dice así: «Manifesté al Presidente el motivo de mi viaje á este país y la ninguna esperanza que tenía de conseguir el objeto que me trajo, por rl mal éxito que hasta ahora ha tenido EL empréstito mexicano.» (25) Estas palabras —suprimidas por el Sr. Bulnes— indican claramente que el objeto del Gral. Baranda al ir á los Estados Unidos, es decir, que el objeto de la comisión que le diera el General García, consistía en adquirir armas con fondos del Empréstito mejicano: lo que descarta la suposición de que el Gral. García acudiera al Gobierno americano, el cual era del todo extraño á la percepción y distribución de fondos nacionales mejicanos, como lo eran á todas luces los del empréstito mencionado.

Además, dando cuenta de la llegada á los Estados Unidos del General Baranda, decía el Sr. Romero con fecha 31 de Diciembre de 1865: «Hoy se me ha presentado el general Dn. Pedro de Baranda con una comunicación del general García, en jefe de la línea de Oriente, fechada en Tlacotálpam, el 20 de Noviembre próximo pasado, de la que acompaño copia, en que me comunica que el general Baranda viene como comisionado de la línea de Oriente para hacer presentes sus necesidades y arreglar el modo de satisfacerlas. He hablado ya con el general Baranda y hemos adoptado un plan que nos podrá dar buenos resultados, y del cual hablaré á V. en otra ocasión.»

Las palabras anteriores no dejan duda alguna respecto á que el Gral. Dn. Alejandro García, al enviar á los Estados Unidos al General Baranda, en comisión, para adquirir armas y municiones, no acudió al Gobierno americano, sino al Representante del Gobierno mejicano, quien no podía proporcionar armas ó medios de conseguirlas, sino conforme á las instrucciones de nuestro Gobierno nacional.

El Sr. Bulnes ha ocultado también que al asistir el Gral. Baranda á su entrevista con el Presidente Johnson, y al impetrar de él un auxilio en armas, no llevaba el carácter de comisionado del Gral. García, sino de comisionado de Don Matías Romero; y éste, ni era combatiente principal, ni procedía «sin meterse con Juárez.»

En Nota á la que se acompañaba, en calidad de anexo, el memorándum del Gral. Baranda, decía el Sr. Romero: «No habiendo recibido respuesta ninguna del general Díaz de León, á la carta que le dirigí hace días llamándole á esta ciudad, con el objeto y por los motivos que manifesté á V. en mi nota número 192 de 15 del actual, y creyendo por otra parte, que el general Baranda que vino á este país con el mismo objeto que el general Díaz de León, era persona, hasta cierto punto, más á propósito para desempeñar el encargo que iba á confiar a aquel, supliqué á éste viniera sin retardo á esta ciudad después de haberme puesto de acuerdo con el general Grant.

«Antier por la noche, llegó en efecto á Washington, y en la mañana de ayer fui con él y su intérprete á ver al general Grant. Nos dijo este general que iría á pedir una cita al Presidente para que hablara con el general Baranda, y que á las tres de la tarde podrían ó ir á verlo juntos ó á saber á qué hora seria la entrevista. A la hora designada volvió el general Baranda con su intérprete, y el general Grant le dijo que el Presidente lo vería hoy á las dos de la tarde y que el general pasaría á mi casa por él.»

Si es disculpable que el general Dn. Pedro de Baranda, sugestionado por la natural influencia de nuestro Ministro en Washington é impulsado por su patriótico afán de adquirir armas para combatir á los invasores, haya seguido las instrucciones del Representante del Supremo Gobierno, es imposible disculpar igualmente á Dn. Matías Romero, por haber hecho aparecer á un general de nuestro Ejército, como un insubordinado y como un ignorante; puesto que obraba sin autorización y creyendo que un simple militar, sin carácter diplomático, podía solicitar auxilio de un gobernante extranjero.

El mismo Dn. Matías Romero se ha censurado indirectamente por el encargo ó comisión que diera al general Baranda; pues, con motivo de la petición hecha por el General Cuesta al Gobierno de los Estados Unidos, por medio del Cónsul americano en Tampico, decía dicho Sr. Romero, dirigiéndose á Dn. Sebastián Lerdo: «Este es otro caso en que las autoridades locales de Tampico han pretendido usar de derechos reservados EXCLUSIVAMENTE AL GOBIERNO federal» Y dirigiéndose á Mr. Seward en igual fecha y con igual motivo, decíale: «Además, si el Gobierno mexicano creyere conveniente solicitar de alguna manera el auxilio de los Estados Unidos tendrá que hacerlo por sí mismo ó POR MEDIO DE PERSONAS ESPECIALMENTE FACULTADAS AL efecto, pues con arreglo á la Constitución de México, corresponde exclusivamente al Gobierno federal, entenderse CON LAS NACIÓN ES EXTRANJERAS.» (26)

El General Manuel M. Cuesta sí solicitó auxilio de los Estados, desentendiéndose por ignorancia, no por insubordinación, del Presidente Juárez; pero el General Cuesta no era uno de los combatientes principales, y aun suponiendo que lo fuera, es bien sabido que no hace verano, una golondrina.

 

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A más de asegurar que al General Escobedo le fueron entregadas armas de repetición, dice el Sr. Bulnes en otra de sus páginas lo siguiente con referencia al ilustre vencedor del Imperio: «Dn. Matías participaba oficialmente al general Escobedo algunos días después: «Tengo la honra de informar á V. (que ha llegado á mi noticia) (27) de una manera del todo fidedigna que esté gobierno (el de los Estados Unidos) ha mandado que se envíen á Brownsville 10 ó 15,000 fusiles con algunas municiones. Tal vez llegando dichas armas á la línea del Río Bravo se determinen las autoridades militares de los Estados Unidos á venderlas á cualquier comerciante que las quiera comprar como especulación particular. Creo que se venderán á un precio puramente nominal y si V. pudiera quedarse con ellas, estoy seguro que las conseguiría bajo términos muy ventajosos.»

«El General Escobedo contestó: «Por todo esto doy á V. las gracias, Señor Ministro, y estaré muy pendiente de que lleguen dichas armas á Brownsville para comprar las que me sea posible, no ya para el, ejército del, Norte, pues tiene las suficientes, sino para todos los demás que en el interior de la República combaten por la independencia.» (28)

Los dos pasajes copiados por el Sr. Bulnes y que á nuestra vez acabamos de reproducir no prueban, en manera alguna, que los Estados Unidos nos facilitaran armas, sino tan solo los buenos deseos del Gral. Grant para proporcionárnoslas y la buena disposición del General Escobedo para adquirirlas, no para sus tropas, sino para las que operaban en el Interior.

El empeño del Sr. Bulnes en embrollar esta cuestión de las armas se trasparenta aquí más claramente, pues no comentó como debía —ya que pretende hacer crítica histórica— las palabras del Sr. Romero, en esta ocasión tan faltas de sindéresis, y ya que, diciendo vagamente en otro lugar, que al General Escobedo le fueron entregadas armas de repetición, sugiere la idea de que éstas eran aquellas que Dn. Matías aseguraba que podían conseguirse en Brownsville á precio nominal: circunstancia, esta última, que el Sr. Bulnes repite á cada paso, como si realmente hubiera acontecido.

Vamos á examinar —ya que no lo hizo el Sr. Bulnes— la comunicación dirigida al General Escobedo por nuestro Ministro en Washington.

Empieza el Sr. Romero por afirmar que ha tenido noticia de manera fidedigna, es decir, como cosa que debe creerse por ser del todo segura, que el Gobierno americano había mandado que se remitiesen ó Brownsville quince mil fusiles con algunas municiones.

Hemos visto ya que el propio Dn. Matías comunicaba, con fecha 6 de Abril, que el Gral. Grant había escrito, delante de él, una orden el Gral. Sheridan para que situara diez ó quince mil fusiles en Brownsville y que habiéndole preguntado cómo podríamos posesionarnos de ellos, contestóle Grant que después verían. Hemos visto que, según comunicó el Sr. Romero, el 8 del mismo, habíale dicho el Presidente Johnson, al despedirse, que no podía darle una respuesta definitiva, que al día siguiente hablaría con el Gral. Grant y vería lo que se podría hacer. Y hemos visto, comunicado de igual manera, que tres días más tarde, el 11, supo nuestro Ministro por el Gral. Grant que nada debíamos esperar del Presidente Johnson, y que el mencionado General le dijo, con relación á las armas que había mandado situar en Brownsville, «que las mandaría vender en venta particular y á precios nominales.» En consecuencia, de lo que el Sr. Romero habla tenido noticia fidedigna, lo que realmente sabía, era que el Gral. Grant y no, como dijo, el Gobierno americano, había mandado que se enviasen á Brownsville los mencionados fusiles; y además el propósito del Gral. Grant de venderlos á particulares á precios nominales.

Sigue el Sr. Romero —diciendo con propiedad, puesto que se basaba en un simple propósito— que tal allegarían esos fusiles á la línea del Río Bravo, y que creía que se venderían á un precio nominal. Y en seguida, con absoluta falta de sindéresis, fundándose en un tal vez y en un creo afirma que está seguro de que el Gral. Escobedo podría conseguir las armas, tantas veces citadas, en términos ventajosos.

El Sr. Bulnes, en buena lógica, al ver que el Sr. Romero no llegó á comunicar que el Gral. Grant habla realizado su propósito, debió considerarlo como frustrado; pues dada la prolija minuciosidad de Dn. Matías es imposible que no hubiera dado cuenta de que el Gral. Grant habla llevado á cabo su proyecto de vender á particulares y á precio nominal los fusiles en cuestión. Pero aun hay otra prueba más palmaria de que el Gral. Grant no llegó á realizar su propósito y es la siguiente: «La comunicación del Sr. Romero al Oral. Escobedo tiene fecha de 11 de Abril. Ese mismo día fué cuando el Gral. Grant manifestó su propósito y esa misma noche fué cuando se volvió á Nueva York el Gral. Baranda sin «haber adelantado nada» en el asunto de las armas que trataba de adquirir. Si el Gral. Grant hubiera realizado ó tenido siquiera la seguridad de realizar su propósito, es claro que en vez de dejar que el Gral. Baranda, á quien había ayudado con tanto empeño, se volviera desesperanzado á Nueva York por no haber logrado adquirir los cinco mil fusiles, que el Presidente Johnson estaba anuente en que se le dieran, es claro, repetimos, que en vez de dejarle volver desesperanzado á Nueva York, le habría hecho ir á Brownsville á que tomase á precio nominal los cinco mil fusiles ofrecidos. Y si se creyere, que ya porque era demasiado visible la personalidad del Gral. Baranda; ya porque las armas enviadas. á Brownsville estaban destinados exclusivamente para nuestra frontera; ya por tratarse de que recibiéramos armas, oculta, furtiva, sigilosamente, fué por lo que no pudo el Gral. Grant hacer pasar á sus manos las armas consabidas; si tal cosa se creyere, entonces, ahí está el caso de Dn. Andrés Treviño, substituyendo con ventaja al del Gral. Baranda, para probar que no llevó el Gral. Grant su propósito al terreno de la práctica. Treviño era un comerciante, cuya personalidad pasaría inadvertida, y las armas que trataba de comprar deberían ser llevadas precisamente á nuestra frontera. Hallábase, por tanto, en las mejores condiciones para adquirir en Brownsville, como particular y á precio nominal, los fusiles enviados á esa ciudad con propósito de venderlos en dichas condiciones; y, sin embargo, cuando el 26 de Abril llevóle Dn. Matías Romero á ver al Gral. Grant para hacer que éste le prestara su influencia, entonces, es decir, apenas quince días después de que Dn. Matías conociera el mencionado propósito, entonces, el vencedor de Richmond hizo que Treviño solicitara del Ministro de la Guerra la venta de unas armas, en vez de enviarle á Brownsville para que recogiera los fusiles, que él mismo había pensado mandar que se vendieran á precios nominales.

Todo esto lo sabe el Sr. Bulnes y debió decirlo en su calidad de historiador crítico; pero se lo comulgó, porque de otra manera no habría podido venir repitiendo su falsa cantinela de que el Gobierno americano, por interpósita persona, facilitó armas á nuestros patriotas á precios nominales.

También dice S. S., á páginas 369, que los Estados Unidos dieron considerable apoyo al General Escobedo, cuando estableció el sitio de Matamoros. Basta saber el escrupuloso empeño puesto por Seward para no violar en contra de los franceses la neutralidad ofrecida, para desechar tan absurda conseja, propalada por Niox y por Gaulot y admitida sin examen por el Sr. Bulnes.

Nótase en «El Verdadero Juárez» cierto afán de apocar al Gral. Escobedo y al Ejército del Norte. ¡Afán inútil! Ahí están los hechos, marcando, con su muda pero incontrastable elocuencia, que el Gral. Escobedo fué el único que dotara á sus tropas de un armamento superior al del mismo Ejército francés. La victoria de Sta. Gertrudis puso en manos del General Escobedo un rico botín, que le permitió adquirir con dinero contante y sonante, esas carabinas Spencer de 8 tiros y esos rifles Winchester de 16, que fueron la admiración y el terror de sus enemigos, y que, unidos á la severa disciplina y al valor heróico de sus soldados, hicieran del Ejército del Norte el elemento de triunfo, que en el sitio de Querétaro, trocara en derrotas las efímeras primordiales victorias del impetuoso y arrojado General Miramón, y redujera á la impotencia, allí mismo, á la flor y nata del Ejército imperial!

 

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El Sr. Bulnes ha logrado envolver en las redes de su embrollo artificioso al Sr. Dn. Genaro García; pues sólo asi se explica que escritor tan erudito y que dispone de tan rica y variada información, haya caído en el error que difunden las siguientes palabras suyas: «Volviendo al Sr. Juárez forzoso es convenir que tuvo razón para no suspender sus gestiones patrióticas por las palabras poco sinceras que Mr. Seward dijo en 1866 al Sr. Romero, palabras que muy pronto vinieron á desmentir los hechos, pues á pesar de que los Estados Unidos proporcionaron al Sr. Juárez dinero, armas, municiones y vestuario, el pago no tuvo que hacerse ni con Estados ni tampoco con acres de tierra mineral. »(29)

Hemos tratado con tanto detenimiento la cuestión de las armas, municiones y vestuario, conseguidos en el mercado de los Estados Unidos, pero no proporcionados por su Gobierno, que sería del todo redundante añadir una sola palabra más. En cuanto al dinero, la insignificante suma de cinco mil cuatrocientos pesos, producto único de los bonos vendidos y no cambiados por artículos de guerra, fué también entregada por particulares que, con la esperanza de que dichos bonos fueren garantizados por los Estados Unidos, creyeron hacer un bonito negocio.

¡Nó! no nos facilitaron los Estados Unidos, para ayudarnos á vencer á la Infidencia y á la Invasión, ni un solo peso ¿i una sola arma, ni un solo combatiente. ¡Así lo dijimos desde un principio y así lo hemos comprobado plenamente después!

 

Notas:

1 Después de esta confesión y de la letanía que la precede, resultan aún más débiles de lo que las hemos juzgado, las exigencias reales de Mr. Seward.

2 El Verdadero Juárez,» pág. 830.

3 Obra citada, pág. 77.

4 La circunstancia de no hallarse la Nota de 25 de Abril entre los documentos anexos á los Mensajes Presidenciales hizo que dijéramos erróneamente, en la pág. 115, que el Gobierno americano «no creyó necesario asentir oficialmente en una nueva Nota á la determinación tomada por el Emperador de los franceses.» Al examinarlas comunicaciones publicadas á consecuencia de no haber retirado Napoleón tropa alguna en Noviembre de 66, fué cuando encontramos, entre las Notas publicadas por el Gobierno francés, la de 25 de Abril; y ella nos dió á conocer el error que aquí señalamos. En cuanto al convenio derivado de la promesa de Napoleón y de la aquiescencia del Gobierno americano, sí lo seguimos considerando como convenio implícito, puesto que no se le consignó formalmente en tratado, convención ú otro equivalente cualquiera.

5 Niox y Gaulot han dicho erróneamente, sin presentar en apoyo de su dicho, un hecho cualquiera, que los Estados Unidos nos ayudaron con hombres y con armas. Hans ha reconocido francamente que no hubo esa supuesta ayuda americana.

6 El real estado de guerra se mantuvo hasta el momento en que se embarcó, no hasta después de que se embarcara, el último soldado francés.

7 Esta solicitud de Treviño tendía á que se le vendieran armas por valor de seis mil pesos en papel y de que se le entregaran en Luisiana ó Tejas.

8 Ya veremos cuál era el valor real de esos duplicados.

9 Hemos visto que Don Matías Romero dijo en la Nota de referencia que esperaba el resultado del asunto Treviño, para saber cuál sería la manera de conseguir del Gobierno americano, ó precios cómodos, elementos de guerra. En consecuencia, ni había entonces, ni el Sr. Romero había dicho en su Nota núm. 417 que lo hubiera, ese modo seguro, de que habla ahora.

10 Esta lista era copia de la que contenía los efectos que Treviño había designado al Coronel Crispin.

11 «Correspondencia de la Legación etc.» — Tomo VIII, pág. 108.

12 El Sr. Bulnes refiriéndose á una entrevista suya con el Gral. Díaz, verificada en Marzo de 1904, dice á páginas 323: «El general Porfirio Díaz me ha referido que el vestuario que le fué entregado, procedente de los Estados Unidos, estaba podrido á fuerza de suciedad, que la mayor parte de las armas eran de muy mala clase y estaban usadas y que, en suma, para su campaña aprovechó muy poco de lo que el Gobierno de Juárez pudo remitirle.» El Sr. Bulnes ha pretendido, con estas palabras, lanzar un reproche al Gobierno de Juárez, sin ver que era á Dn. Matías Romero, que autorizó la compra de ese vestuario sucio y de esas armas de mala clase, y á Dn. Justo Benítez, Comisionado especial del Gral. Díaz en los Estados Unidos, que fué quien las recibió, quienes alcanzaba el reproche en cuestión.

13 Todas las armas enviadas por el Gral. Sturm lo fueron por el Golfo de Méjico. En consecuencia, no podían venir destinadas á Régules ningunas de ellas. Por eso no las recibió.

14 «Correspondencia de la Legación, etc.» — Tomo X, pág. 498.

15 Romero á Juárez, Enero 15 de 1866. — N. del Sr. Bulnes.

16 Estas «algunas más de Bordside» son pistolas y no carabinas; como las volvió el Sr. Bulnes, suprimiendo el renglón anterior que dice: «2,000 pistolas dragonas de Colt.» Además, no son de Bordside, sino de Burnside. En cuanto á las carabinas Sharp, volviólas de repetición S. S., agregando, sin razón, esa palabra á las del Sr. Romero. Puesta entre paréntesis, habríase indicado que era de la cosecha del Sr. Bulnes; pero tal como está, cuelga á Dn. Matías Romero, indebidamente, el disparate de llamar de repetición á las carabinas de Sharp, convertidas también en «de Shart» por S. S.

17 Romero á Juárez —Diciembre 15 de 1865— N. del Sr. Bulnes. — La fecha está equivocada. En vez del 15, es del 14 la citada Nota.

18 Realmente, uno de los defectos más notables de que adolece la «Reseña Histórica del Ejército del Norte» es la omisión habitual de fechas. Sin embargo, entre las pocas que menciona hay dos que habrían bastado á S. S. para poder decir con toda seguridad que las armas á que se refería el Sr. Romero en la Nota de 14 de Diciembre de 65, aquellas que —según el Sr. Bulnes— ofrecía casi regaladas, no podían hallarse entre el material de guerra obtenido por el Gral. Escobedo en su ida á Brownsville, efectuada después de la victoria del Paso de las Cabras y antes del sitio de Matamoros, como terminantemente se marca en la citada «Reseña.» Las dos fechas á que acabamos de referirnos son la de 16 de Agosto de 65, día en que fué derrotado Tinajero en el Paso de las Cabras, y la de 23 de Noviembre de 65, día del triunfo sobre Tinajero y Quiroga, en Guadalupe, á legua y media de Monterrey. La primera de estas fechas se halla mencionada en la página 29 y la segunda en el croquis del combate de Guadalupe, entre las páginas 44 y 45. Ahora bien, el combate de Guadalupe fué posterior al sitio de Matamoros, así es que —aun sin buscar en otra obra histórica la fecha del mencionado sitio— el Sr. Bulnes sabía á ciencia cierta que las armas traídas de Brownsville por el Gral. Escobedo habían sido conseguidas por éste, antes del 23 de Noviembre de 65; y en consecuencia, sabía también y podía decirlo con seguridad, que dichas armas no eran aquellas á que se refería el Sr. Romero, ofreciéndolas 21 dias más tarde, en 14 de Diciembre del mismo año.

19 El Gral. Grant era quien pedía los cinco mil fusiles.

20 Romero á Juárez. Enero 15 de 1866. — N. del Sr. Bulnes.

21 El Sr. Bulnes fué quien subrayó estas palabras.

22 Informe del General Baranda. Washington, Marzo 25 de 66. -Copia certificada por el Lic. Ignacio Mariscal, Secretario de la Legación. — N. del Sr. Bulnes.

El General Baranda, por encargo del Sr. Romero, escribió un memorandum de su entrevista con el Presidente. A este memorándum es al que se refiere el Sr. Bulnes, llamándolo inexactamente «Informe del General Baranda relativo á su comisión en loe Estados Unidost» cuando á lo más podía llamársele: relativo á un incidente de su comisión en los Estados Unidos.

23 «Correspondencia de la Legación, etc., — Toma VII, pág. 392.

24 Ibid. — Tomo VII pág. 406.

25 «Correspondencia de la Legación, etc.» — Tomo VIL, pág. 336.

26 «Correspondencia de la Legación, etc.» — Tomo IX, págs. 242 y 244.

27 Las palabras encerradas en el paréntesis fueron suprimidas por el Sr. Bulnes, al reproducir las palabras del Sr: Romero, de donde resulta aparentemente que si aquí informaba Dn. Matías: de manera fidedigna, en sus otros informes, que no expresan esa circunstancia, no debía ser digno de fe.

28 «Correspondencia,» 1866, pág. 715. — N. del Sr. Bulnes.

29 «Juárez — Refutación á Dn. Francisco Bulnes», pág. 145.