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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1862 Francisco Javier Miranda pide a Félix Zuloaga apoye a Juan N. Almonte.

Veracruz, marzo 8 de 1862

 

Excelentísimo señor general don Félix Zuloaga
Mi fino amigo y señor:

Sin una apreciable de usted y sin saber siquiera si ha recibido mi carta fechada en La Habana a fines de noviembre del año anterior, he tenido ocasión de agradecerle la nueva prueba de confianza que se ha servido darme confiándome la cartera de relaciones. Aunque no fuera sino por corresponder a su confianza aceptaría desde luego tan honroso encargo, si en la actualidad creyese que debíamos seguir sosteniendo el Plan de Tacubaya, como medio de hacer la felicidad de la República; mas, teniendo sobre el particular otras ideas que, con la franqueza y lealtad de mi carácter procuraré exponerle brevemente, no me considero hábil para aceptar dicho encargo, sin que por eso entienda usted jamás que dejaré de estar identificado con la causa que usted ha sostenido y a la que sólo deseo se dé otra forma para hacerla triunfar más fácilmente.

No creo que pueda usted dudar de mis sentimientos como amigo particular de usted, ni como interesado en sus glorias ni en sus triunfos, para que no tome (mis) expresiones sino como la manifestación de esos mismos intereses junto con los nacionales. En este concepto y en el de que usted no ha lucha por su propia persona, sino por la causa que ha sostenido, de lo que tengo pruebas irrefutables, no temo entrar ya en materia.

Desde que la revolución de Tacubaya perdió la capital en diciembre de 1860, creí que esa revolución había muerto en la historia de nuestras revoluciones; yo, el menos, no encontraba modo de revivirla, ni por su legalidad ni por su fuerza; no por lo primero, porque bien visto, nada entre nosotros ha sido legal; no por lo segundo, porque carecíamos de todos los elementos necesarios para hacerla efectiva. Por otra parte, los movimientos de circunstancias, como el de Tacubaya, pasan cuando aquéllas han desaparecido. Sostener lo contrario equivaldría a querer que el tiempo no corriera. No quiero decir que la justicia de los principios que formaban el fondo del Plan de Tacubaya haya dejado de existir; yo no puedo decir semejante absurdo; la justicia es una y eterna; pero sus modificaciones y formas sí pueden sufrir variaciones.

Bajo este concepto, yo creo que es llegada la vez de que, sin prescindir de la revolución de Tacubaya podamos obtener su triunfo, dándole nueva forma, según que a la antigua ni le faltan opositores entre nuestros mismos partidarios, ni tenemos poder para levantar todo lo que el tiempo ha gastado.

Yo entiendo que fijando la suerte de la revolución en manos del señor general Almonte bajo el adjunto plan que me tomo la libertad de proponerle, podemos obtener un triunfo pronto y seguro, quedándole a usted la gloria de haber contribuido a la salvación de su patria, haciendo el sacrificio de su propia abnegación.

Cónstame que este sacrificio a usted no es difícil hacerlo; de otro modo nunca se lo propondría y si lo hago no es porque vea en usted menores cualidades de las que encuentro en el señor Almonte, sino porque me consta que este señor cuenta con elementos que nosotros no tenemos, como son los que traen consigo la misma intervención europea, cuya necesidad reconocemos para que la autoridad no venga a ser un martirio y una irrisión, tal como usted mismo la ha experimentado.

Anímanme también a proponerle a usted el consabido plan, las mismas instrucciones que se sirvió remitirme para representar al gobierno de Tacubaya. En ella consta la de apelar a una junta de notables para que desarrolle el plan general de donde ha de salir la salvación de la patria. De modo que las instrucciones que constan en el memorándum y que me mandó están en perfecta armonía con la sustancia del plan que le remito, sin más variación que la relativa a la persona del señor Almonte. Usted no puede figurarse cuánto he trabajado porque los aliados tratasen y reconociesen al gobierno que usted preside y, cuando me he desengañado que esto no lo podríamos obtener, es cuando me he resuelto a que adoptásemos otro camino. En el propuesto está fijada la misma gloria de usted, el triunfo de su causa y la salvación de la patria.

Adoptado el plan deberá proclamarse del 6 al 20 del mes presente, en cuyas fechas el señor Almonte ya estará en aptitud de obrar, encontrándose en Orizaba o Tehuacán. Si usted pudiese dirigirse hacia ese rumbo con cuantas fuerzas sea posible reunir, fácilmente podríamos proporcionarles los recursos indispensables para el pronto desenlace de este negocio.

De todos modos, espero con la mayor ansiedad la contestación de usted; deseándole completa salud me repito su afectísimo amigo s. s. q. b. s. m.

(Francisco Javier Miranda)