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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1862 Carta del obispo de Puebla Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos a José María Gutiérrez de Estrada en la que opina sobre Maximiliano.

Castillo de Miramar, enero 20 de 1862

 

Al señor José María Gutiérrez Estrada
Muy respetable y querido amigo:

Mis primeros recuerdos son para usted. Anoche, a eso de las diez, he llegado aquí a las once fui presentado al muy amable príncipe, cuya vista encanta, cuya conversación atrae e instruye, cuyas maneras dulces y graves tienen tal magia que olvida uno la fatiga del viaje, lo inoportuno de la hora, la necesidad de alimento y hasta consentiría gustosamente en renunciar, con tal de prolongar la entrevista, al mismo descanso de la noche; porque en este semblante hay siempre el sello de una modestia sin igual y de una abnegación que todo lo sacrifica a la dicha de un pueblo, que el príncipe no conoce todavía y a quien ama ya, sin embargo.

Permítame usted, amigo mío, añadir que en su elogio ha quedado usted muy abajo de la realidad. Una hora de conversación me ha descubierto un tesoro moral que nunca sabremos apreciar en todo su valor. ¿Qué falta a este príncipe? Hacíame yo esta pregunta varias veces durante las breves horas transcurridas y mi corazón y mi cabeza han respondido, nada, absolutamente nada.

Ventajas superiores personales a la idea que tratara uno de dar; una instrucción variada y secundada por la reflexión; un talento que se revela en su ancha frente; una memoria fiel hasta a las cosas más pequeñas que pueden concernirnos; infinita delicadeza en la expresión de sus simpatías hacia las personas de quienes habla o ha oído hablar; un vivísimo deseo de conocernos a todos; la solicitud del mejor amigo y del más tierno de los padres; tales son los rasgos que insuficientemente indico del monarca que la Divina Providencia nos concede para reparar tantos desastres y resucitar a nuestra sociedad.

¡Qué castigo va a ser para la Italia su alejamiento! ¡Qué pérdida para el Austria! ¡Qué desdicha para la Europa entera! De ninguna manera extraño que haya conquistádose todas las simpatías y no me sorprenderá el universal sentimiento que ha de causar su partida. Inexplicable será nuestra demencia si no sabemos apreciar el don que nos hace el cielo cuando todo parecía perdido.

“Si voy a México —me ha dicho varias veces el príncipe— me separaré de Europa para siempre y sin volver jamás a ella los ojos; terrible será esto, pero no me conviene hacer las cosas a medias; mi pensamiento no tendrá ya otro interés, ni yo obraré nunca sino como si hubiese nacido mexicano. Mi compañera ha tomado la misma resolución”.

Mas ¿por qué hablar a usted de cosas que ha visto? Por dos razones: primera, para renovar las impresiones que usted ha experimentado por sí mismo y unirnos en los mismos sentimientos; segunda, para dar gracias a Dios a una sola voz del don con que nos gratifica y que esperamos completará; porque esta obra es suya y perfecta como todo lo que emana de su divinidad.

Acabo de ser presentado a la augusta archiduquesa. Es la afabilidad personificada. Ha comenzado por hacer el elogio de la lengua española que, a causa de su acento y majestad prefiere a la italiana, sin disputar a esta última sus excelencias poéticas y su sello eminentemente musical. En seguida hablóme del proyecto que nos ocupa y disculpó al joven general Miramón de no serla favorable, si al obrar así lo hacía impulsado por un sentimiento de patriotismo.

Grande es el sacrificio que van hacer estos príncipes, pero grande será también su recompensa. ¡Vaya una pareja angelical! ¡Cuán simpáticos son entre ambos! ¡Cómo seducen cuando hablan y se sonríen!

¡Difícil sería hallar príncipes que les igualaran! ¡Dios se ha servido de juzgarnos dignos de poseerlos durante largos años!

A veces paréceme que sueño. ¡Bendito sea Dios por todos sus beneficios!

Reciba usted, etc., etc.

Pelagio Antonio de Labastida
Obispo de Puebla