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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1861 Muerte de Melchor Ocampo. Niceto Zamacois. (1880)

 
Niceto de Zamacois

MUERTE DE MELCHOR OCAMPO

El mes de junio (de 1861) empezó con un acontecimiento que causó una profunda sensación el partido liberal. Don Melchor Ocampo, ex ministro de Relaciones Exteriores de don Benito Juárez, fue capturado en su casa de campo, por una fuerza conservadora.

Desde que don Melchor Ocampo hizo renuncia de la cartera de Relaciones se retiró a su hacienda de Pomoca, situada en el estado de Michoacán.

Separado de los negocios políticos, el ex ministro vivía entregado a la vida del campo, cuidando del mejoramiento de su propiedad. El día 1 de junio, estando sentado a la mesa, pues era la hora de comer, fue sorprendido por una fuerza conservadora mandada por don Lindoro Cajigas. La aprehensión de don Melchor Ocampo no fue motivada por orden ninguna del general en jefe conservador don Leonardo Márquez, como se ha creído, y aun se ha consignado en las páginas de algunos opúsculos, sino que fue un acto voluntario y exclusivo de don Lindoro Cajigas que le juzgaba aun como director del partido liberal. Una vez preso, el jefe de la fuerza le dijo que montase a caballo y que le siguiera. Don Melchor Ocampo, sin alterarse en lo más mínimo, obedeció, y se puso en camino, custodiado por sus aprehensores. Algunas horas después, el preso y la fuerza conservadora llegaron a Guapango, estancia de la hacienda de Arroyozarco, en donde se encontraban el general don Félix Zuloaga, reconocido por los conservadores como presidente, el general en jefe, don Leonardo Márquez y otros jefes de alta graduación.

La exaltación de las pasiones políticas había llegado en aquellos días a grado tal de efervescencia a causa del fusilamiento del general conservador Trejo en la Ciudadela y de otros oficiales del mismo partido en el Monte de las Cruces, en Querétaro y en otros puntos, que al presentarse el guerrillero Cajigas conduciendo al ex ministro de Juárez, pidieron a Zuloaga su muerte varios jefes, señalándole como uno de los que había recomendado a Juárez el rigor y, sobre todo, haciendo pesar sobre él la responsabilidad del tratado MacLane.

Don Félix Zuloaga se opuso a las exigencias de los que pedían el fusilamiento de Ocampo, diciendo que se le sujetaría a un consejo de guerra, que se nombraría el fiscal y que, según resolviesen los jueces, así sería la aplicación del castigo; pero que de ninguna manera se debía sentenciarle sin oírle, pues esto equivaldría a un repugnante asesinato.

Los que habían pedido el fusilamiento de Ocampo, tuvieron que conformarse con la determinación tornada por don Félix Zuloaga, y no se atrevieron a hacer objeciones a lo dispuesto por él.

Don Melchor Ocampo fue entonces puesto bajo la custodia del general don Antonio Taboada, que mandaba la caballería; y don Félix Zuloaga, Márquez y los demás jefes, al frente del resto de sus tropas, se dirigieron a Tepeji, sin que nada se hubiese resuelto aun sobre la suerte reservada al prisionero. Don Antonio Taboada, con sus escuadrones y el preso, se situó en la hacienda de la Cañada, a distancia de media legua de Tepeji.

Sin embargo, la situación del ex ministro de don Benito Juárez era muy comprometida. Los militares conservadores estaban indignados de las ejecuciones verificadas en sus compañeros de armas que había caído en poder de sus contrarios, y juzgaban que era preciso seguir el terrible sistema de represalias. Una carta del gobierno dirigida al general Arteaga, que fue interceptada, en la cual se le decía que se iba a abrir una campaña activa contra los conservadores, descargando el mayor rigor sobre sus caudillos, aumentó la exaltación de la oficialidad.

El día 3 de junio, á las doce del día, hallándose en la mesa Zuloaga con Márquez y los principales jefes conservadores, llegó a Tepeji la diligencia con bastantes viajeros. Tepeji no tiene más que una calle recta y larga; así es que el ruido de la diligencia fue escuchado por todos.

Los viajeros estaban muy lejos de creer que en Tepeji se encontraban fuerzas conservadores; así es que, al ver rodeado el carruaje por soldados de caballería, se sorprendieron altamente. Entre los viajeros iba un coronel liberal, llamado don León Ugalde, que había fusilado en Querétaro, hacía muy poco, a varios oficiales conservadores. El jefe de la fuerza de caballería que había cercado la diligencia y que iba fijándose en cada uno de los pasajeros y tomando informes de quienes eran, reconoció al expresado coronel Ugalde y le redujo a prisión, La muerte del aprehendido era segura; la terrible ley de las represalias pesaba sobre su cabeza.

Puesta en conocimiento del general Zuloaga la aprehensión verificada, dio orden al general don Leonardo Márquez para que identificada la persona y prestado los auxilios espirituales, fuese pasado por las armas. El general Márquez se levantó entonces de la mesa, salió uninstante, dio una orden verbal a su ayudante don Antonio Andrade para que se la comunicase al general Taboada, y poco después volvió a la mesa.

Durante esos días en que se hallaba preso Ocampo y pasaban en Tepeji los acontecimientos que acabo de narrar, digamos algo de lo que pasaba en México al saber la aprehensión del ex ministro de Juárez.

En el momento que se tuvo noticia en la capital de la prisión del primer obrero, por decirlo así, de la democracia de aquel país, se despacharon extraordinarios por su familia, con las precauciones convenientes. Al mismo tiempo que uno de esos extraordinarios llevaba una carta de don Nicanor Carrillo, dirigida a don Leonardo Márquez, de quien era amigo, pidiéndole encarecidamente que salvase la vida de Ocampo, el ministro francés Dubois de Saligny enviaba por distinto conducto otra carta al general Zuloaga, intercediendo porque se dejase en libertad al mismo personaje.

Aun no se le había sujetado a un consejo de guerra a Ocampo, como había dispuesto que se hiciera don Félix Zuloaga, y por lo mismo, a los portadores de las cartas suplicatorias les sobraba tiempo para llegar antes de que se le sujetase á un juicio al prisionero.

Cuando las circunstancias, como se ve, se disponían a favor de la vida de don Melchor Ocarnpo, entró el ayudante del general Márquez a donde éste se hallaba con don Félix Zuloaga y los principales jefes del ejército. El ayudante se acercó a Márquez, y le dijo en alta voz: "Ya está cumplida la órden del señor Presidente, y fusilado al señor Ocampo".

Estas palabras produjeron un profundo asombro en el general Zuloaga; y pasando éste a la exaltación, exclamó dirigiéndose a Márquez: "Se ha cometido una iniquidad que yo no he ordenado: diga usted quién ha dispuesto ese fusilamiento." El general Márquez contestó que allí había habido una equivocación lamentable: que se había dado la orden de que se fusilase al prisionero, como lo había dispuesto el señor Zuloaga; que este prisionero era Ugalde; pero que como no se le había indicado el nombre al ayudante, y como en poder de Taboada no había otro preso más que Ocampo, al recibir la orden verbal de que se fusilase al prisionero, la víctima de aquella equivocación fue don Melchor Ocampo.

El general Zuloaga queriendo depurar aquellos hechos y castigar al autor de ellos, en caso de que en vez de un error involuntario hubiese sido un acto preconcebido, ordenó al general Márquez que redujese inmediatamente a prisión al ayudante Andrade para que se le juzgase, mandando practicar lo mismo con el general Taboada. "Sobre éste", añadió el señor Zuloaga, "pesa el cargo de haber obedecido, en negocio tan grave, una orden verbal, cuando debió exigirla por escrito; pues a haber obrado de esta manera que era la que dictaba la razón, no hubiera habido que lamentar la irreparable y horrible equivocación sufrida".

La disposición de Zuloaga ordenando a Márquez que pusiese presos a su ayudante y al general Taboada para esclarecer los hechos, era justa; pero el general Márquez no obsequió lo mandado por Zuloaga, y Taboada siguió mandando la brigada de caballería, así como don Antonio Andrade continuó al lado de Márquez, desempeñando el empleo de ayudante, sin que, por lo mismo, se pudiera proceder a hacer averiguación ninguna. ¡Triste situación de la autoridad en épocas de conflictos políticos en que no puede hacerse obedecer y en que tiene que doblegarse a contemporizar con la fuerza armada!

Don Melchor Ocampo fue fusilado entre la hacienda de la Cañada y Llano de San Francisco, en un lugar denominado Atonguillo.

Su serenidad desde el instante en que fue capturado hasta el último de su vida, fue admirable. Cuando se le notificó que iba á ser fusilado y que se dispusiese a morir, pidió que se le permitiese escribir su testamento brevemente. Concedido el permiso y habiéndosele facilitado papel y tinta, trazó los siguientes renglones con mano firme y segura.

Próximo a ser fusilado... según se me acaba de notificar, declaró que reconozco por mis hijas naturales a Josefa, Petra, Julia y Lucila, y que, en consecuencia, las nombró herederas de mis pocos bienes.

Adopto como hija a Clara Campos, para que herede el quinto de mis bienes, a fin de recompensar de algún modo la singular fidelidad y distinguidos servicios de su padre.

Nombró por mis albaceas, a cada uno insolidum et in rectum, a don José María Manso, de Tajimaloa, a don Estanislao Martínez, a L. L. don Francisco Benítez, para que juntos arreglen mi testamentaría, y cumplan esta mi voluntad.

Me despido de todos mis buenos amigos y de todos los que me han favorecido en poco o en mucho, y muero creyendo que he hecho por el servicio de mi país cuanto he creído en conciencia que era bueno. Tepeji del Río, Junio 3 de 1861. Melchor Ocampo.

Escrito el papel, lo entregó al general Taboada, encargándole que lo enviase a la persona que le designó. Llegando al sitio en que iba a ser fusilado, se acercó a los soldados encargados de hacer fuego sobre él, y repartiendo entre ellos cuarenta duros que llevaba, les suplicó que le apuntasen bien para espirar sin sufrimientos. Como no profesaba religión ninguna, rehusó todo auxilio espiritual y murió sin haber dado la menor muestra de temor.

El fusilamiento de don Melchor Ocampo fue un hecho verdaderamente censurable. Cualesquiera que fueran sus ideas políticas, se había retirado de los negocios públicos; y si en éstos durante su permanencia en el poder había alguno que se juzgaba digno de responsabilidad, debió sujetársele a juicio como lo había dispuesto Zuloaga, y no fusilarle, sin oírle, como resultó por quien dispuso lo contrario. Que el hecho llevó el sello de la arbitrariedad y de la injusticia, se deduce de que nadie ha querido aparecer como autor de él, ni de la equivocación a que se quiso atribuir su muerte. Don Leonardo Márquez, contestando desde Tepeji, el 3 de junio, a la carta que le escribió don Nicanor Carrillo, pidiéndole que salvase al ex ministro de Juárez, le decía: "Tengo el grande pesar de manifestar a usted que su carta llegó tarde. Hoy, a las dos de la tarde, el presidente Zuloaga terminó el negocio sin que yo tuviera en esto injerencia alguna, porque él es quien manda."

En esto el general Márquez no refería lo que realmente había pasado. Pocos momentos antes atribuía el fusilamiento de Ocampo, a una equivocación lamentable, y ahora no titubeaba en asentar que la ejecución fue ordenada por quien, como ha visto el lector, se mostró altamente indignado por ella. Refiriéndose luego a un párrafo en que don Nicanor Carrillo le decía que los fusilamientos debían cesar por honra de la humanidad, y que si se llevaba a cabo el de Ocampo, podía dar por resultado que se tomasen represalias en las familias de los jefes conservadores, añadía: "Soy de la misma opinión de usted sobre que la sangre no es la más a propósito para procurar la paz; pero mientras haya asesinatos como el de nejo en la Ciudadela y los oficiales del Monte de las Cruces, no queda otro arbitrio. Será sensible que sigan las represalias entre las familias, porque entonces sabe Dios dónde iremos a parar. Esto no se ve ni entre bárbaros".

Nadie, pues, quería aparecer como autor del fusilamiento de Ocampo; y sin embargo, sobre un jefe de los conservadores han llegado a recaer las acusaciones sobre aquel lamentable suceso. En un folleto publicado algunos años después en París por el general mexicano don Manuel Ramírez de Arellano, folleto que respira malquerencia en todas sus páginas contra don Leonardo Márquez, se designa a éste como autor de la muerte de Ocampo. La lectura del expresado folleto generalizó la opinión; y el general Márquez, juzgando injusto y calumnioso aquel escrito, dio a la prensa otro folleto en La Habana, tratando de desmentir al que atacaba su reputación. "No es cierto", decía Márquez, "que yo mandase prender a don Melchor Ocampo; ésta fue una arbitrariedad del guerrillero don Lindoro Cajigas, que ejecutó de propia autoridad, sin conocimiento de nadie. Tampoco es cierto que pidiese al general Zuloaga la orden para fusilarlo.

"No es verdad que yo previniese a la guardia de Ocampo, que cuando uno de mis oficiales de órdenes fuese á dar aviso para fusilar al prisionero, se ejecutara al ministro de Juárez: Todo esto es una charla inventada por Arellano. He hablado en La Habana con el general Zuloaga sobre este asunto, y tengo en mi poder una carta suya que explica el hecho a su modo; nada dice allí, ni de palabra me dijo nada de lo que afirma Arellano, con referencia a dicho señor; y es natural, porque no podía asegurar lo que sabe bien que no es cierto."

"Lejos de mi patria, y en la imposibilidad de procurarme hoy los datos necesarios para aclarar los hechos, tengo que aplazarlo para más tarde. "Entre tanto, juro por mi honor, delante de Dios, que yo no ordené la aprehensión de Ocampo, ni le mandé fusilar, ni tuve intervención ninguna en esta desgracia; ni aun noticia de ella sino después de sucedida. El tiempo probará esta verdad, y pondrá de manifiesto al culpable. Que se me atribuya lo que otro hizo; esto no es justo. Estoy pronto a responder de mis actos en todas ocasiones; pero ni debo, ni puedo, ni quiero responder de actos ajenos."

Que Márquez ni otro ninguno de los jefes conservadores mandara aprehender a don Melchor Ocampo, consignado lo dejo ya. Este acto fue exclusivo de don Lindoro Cajigas: acto que juzgó como un deber, pues consideraba al hombre que aprehendía, como a uno de los más notables del bando contrario. El cargo que pesa sobre el general Márquez es el que no hubiese obedecido las órdenes de don Félix Zuloaga, cuando le mandó que redujese a prisión a su ayudante y al general Taboada. Márquez debió haberse apresurado a ejecutar la orden recibida, porque de la averiguación de la verdad hubiera resultado el desvanecimiento de toda sospecha hacia el que realmente fuese inocente. Pero no lo hizo así, acaso por consideración á la persona que había interpretado mal la orden; y en no haber obsequiado la disposición ha creído ver el público un dato que le perjudica y acusa.

Dice el general Márquez en su contestación a don Manuel Ramírez de Arellano, que no dio él orden ninguna para fusilar a Ocampo. Pero no debió ceñirse únicamente a negar que él diera esa orden; debió decir algo más; debió declarar sin ambages, quién fue el jefe que expidió la referida orden, porque cuando se trata de la honra propia, toda consideración hacia los demás debe desaparecer. Conveniente hubiera sido también, en mi concepto, que al referir que había tenido en La Habana algunas conversaciones sobre el hecho que nos ocupa con el general Zuloaga, y que poseía una carta de éste, donde "explica el hecho a su modo," hubiese publicado esa carta, puesto que la omisión de ella y el no ocuparse en dar a conocer el modo con que explica aquel hecho el señor Zuloaga, no podía alegarse como una prueba que echase por tierra la acusación que sobre don Leonardo Márquez arrojaba Arellano en su folleto. Márquez, tuvo, es cierto, una conversación en La Habana con Zuloaga, en que el primero, ofendido con lo que referente a Ocampo aseguraba Ramírez de Arellano, diciendo que a Zuloaga debía los datos sobre aquel hecho, pidió explicaciones sobre lo que él calificaba una calumnia del folletista. Después de esta conversación, Márquez, resuelto a contestar al folleto de Ramírez de Arellano, escribió una carta a don Félix Zuloaga, suplicándole que le dijese si era cierto que él había dado aquellos informes al folletista, y refiriese lo que sobre la muerte de Ocarnpo había pasado. La contestación del general Zuloaga, cuyo borrador se dignó éste mostrarme á instancias mías, se reduce a lo mismo que dejo referido.

Por la carta de don Leonardo Márquez así como por la respuesta dada a ella por el general don Félix Zuloaga, se ve palpablemente que éste estuvo muy lejos de ordenar que fuese ejecutado Ocampo, obrando así con la moderación que siempre le había distinguido.

La noticia del fusilamiento de don Melchor Ocampo se recibió en la capital de México, a las cinco de la mañana del día 4 de junio. La llevó el mismo extraordinario que estuvo encargado de entregar la carta de Carrillo a Márquez, y que era portador de la contestación de éste.

El partido liberal lanzó un grito de indignación, y una gran parte de él, se dispuso a vengar la muerte del ex ministro de Juárez, lanzándose sobre los presos políticos que se hallaban en diferentes prisiones.

La pintura del estado de efervescencia en que se hallaban las pasiones de la comunión progresista, se encuentra fielmente referida en las siguientes líneas de El Monitor Republicano, correspondiente al día 5 de junio, que, como todos los periódicos liberales, apareció de luto, conservándolo por nueve días.

Entre tanto, decía, en la ciudad se difundió la funesta noticia: como heridos en lo más íntimo recorrían varios grupos en todas direcciones, desasosegados, rabiosos, indagando, inquiriendo, temblando de encontrarse frente a frente con la realidad.

En las redacciones de los periódicos, en los corredores de palacio, en la casa del señor Zarco y en el correo, había reuniones que se agitaban, prontas a estallar en un momento dado.

En varios de estos puntos se forjaban proyectos, se lanzaban amenazas y gritos de alarma, se formaban exposiciones.

La cámara se reunió, acudió a las galerías en tropel el gentío, se presentaron los ministros, se leyeron las cartas y tocó en el delirio el entusiasmo y el sentimiento de dolor.

Los gritos, los aplausos, las proposiciones atropelladas se sucedieron. En medio de esta fiebre, se autorizó al ministro de hacienda con la mayor amplitud, se aplaudió la decisión de los ministros para proporcionarse recursos y perseguir a los facciosos. Forzando las puertas de la cámara, invadió el salón un grupo de gente a cuya cabeza iban don Ponciano Arriaga, don Ignacio Ramírez y don Guillermo Prieto, comisionados por la junta improvisada en el correo.

A la vez por la opuesta puerta se presentaba dentro del salón el general Degollado: tronó una tempestad de aplausos en las galerías, los diputados se pusieron en pie, el señor Degollado dijo en medio del más profundo silencio.

Yo vengo en nombre de la justicia; quiero que se me juzgue; protestoante los manes de Ocampo que no es mi deseo la venganza; no quiero el mando ni las ovaciones; deseo pelear contra los asesinos; no seré yo, exclamaba, quien declare persecución ni a las mujeres, ni a los ancianos, ni a los niños; ¿pero hemos de llorar en la inacción como las mujeres? (Aplausos) No; lucharemos; iré como el último soldado; escarmentaremos a esos malhechores; déjeseme derramar mi sangre en la batalla; yo no quiero preocupar el juicio de la cámara, permítaseme combatir con nuestros enemigos, y volveré a que se pronuncie el fallo de mi causa.

"La conmoción fue extrema, el pueblo grita que se absuelva al señor Degollado: el señor Suárez Navarro hace proposición para que se declare que este ilustre ciudadano no ha desmerecido la confianza de la nación (prolongados aplausos, agitación, varios diputados cruzan en varias direcciones el salón) el señor Suárez Navarro funda su proposición, y es ardientemente aplaudido."

"La agitación no cesa, la cámara está en sesión permanente. En los barrios se nota profunda inquietud."

"En estos instantes está reunido el cuerpo diplomático... Son las cuatro y media de la tarde..."

La excitación del partido liberal, como se ve por la pintura de la prensa, era grande en aquellos momentos, En medio de la exaltación de las pasiones, fueron reducidos a prisión por la policía, don Adolfo Cajigas, hombre honrado y laborioso que no tenía otro delito que ser hermano del guerrillero del mismo apellido que aprehendió a Ocampo, el doctor Moreno y Jove, canónigo de avanzada edad, don Benito Haro y doña María Palafox de Zuloaga, contra la cual no pesaba otra culpa que la de ser esposa del general conservador don Félix Zuloaga.

Al notar los ministros extranjeros la actitud amenazante de algunos grupos del pueblo que recorrían las calles dando mueras contra muchos de los conservadores que se hallaban presos, y que lanzaban gritos de venganza contra ellos, se dirigieron en la tarde del mismo día 4, temerosos de que en la noche se verificase algún acto de arbitrariedad popular, a ver al presidente don Benito Juárez, con el fin de pedirle garantías para los presos políticos.

Las pasiones de partido se encontraban tan exaltadas que este paso humanitario y digno de los ministros, fue duramente criticado por la prensa progresista, olvidándose que, con igual interés habían intercedido por la vida de Ocampo. "Nos parece que aquel respetable cuerpo," decía un periódico refiriéndose al diplomático, "no tiene derecho para ingerirse en los negocios que son puramente de la decisión de las autoridades del país; y como los ministros que les han precedido a la sombra de la humanidad, se mezclaron en nuestros negocios particulares, sería bueno que se abstuvieran de estas demostraciones, porque al aceptarlas puede interpretarse como ignorancia y barbarie, lo que no es sino pura cortesía de nuestro gobierno".

El presidente don Benito Juárez, apreciando debidamente la recta intención del cuerpo diplomático extranjero que había manifestado, como he dicho, igual interés por salvar a Ocampo, les ofreció que ningún acto reprobable se cometería con los presos políticos, y les manifestó que desde la mañana había ordenado que se tomasen medidas eficaces para impedir el furor popular que se deseaba cayera sobre los partidarios de Márquez y Zuloaga.

Debido a estas disposiciones, la cosa no pasó en aquel día a demostración ninguna de hecho; pero no aconteció igual cosa en el siguiente. El día 5 se condujo a la capital el cuerpo de don Melchor Ocampo para embalsamarlo y darle digna sepultura. La vista del cadáver, que fue depositado en el hospital de San Cosme, despertó la indignación de los que el día anterior gritaban venganza; y al llegar la noche, se dirigieron al Arzobispado y a la Acordada, donde estaban los presos políticos, y trataron de apoderarse de ellos por la fuerza, al grito de "!mueran los conservadores, mueran los asesinos de Ocampo!" Por fortuna la guardia de ambos puntos se había reforzado, y los presos vieron alejarse, después de largo tiempo, la terrible tempestad, sin sufrir la más leve desgracia.

No contó con fortuna igual el editor de El Pájaro Verde, periódico altamente conservador, que combatía con decisión las doctrinas del partido liberal. Hasta el título que, por ser antiliterario y sin colorido, parecía separarle de toda significación ofensiva, encontró, en los liberales, una interpretación funesta, que el autor, me consta, estuvo muy lejos de imaginar. En el inofensivo título de "El Pájaro Verde," decidió que se entrañaba el insultante anagrama de Arde Plebe Roja, y esto hacía que sus antagonistas en opiniones le mirasen con odio. Los momentos para saciar éste, se presentaron en esta noche de motín; y mientras los grupos que se habían dirigido a los puntos en que estaban los presos políticos, no conseguían su intento, otros que recorrían las calles amenazando las casa de los conservadores, se dirigieron a la calle de Capuchinas, una de las principales de México, en una de cuyas casas estaba la imprenta de El Pájaro Verde, propiedad de don Mariano Villanueva; penetraron en ella; subieron al entresuelo que era donde se hallaba el establecimiento, y poseídos de una furia indescriptible, arrojaron por los balcones a la calle, todos los útiles tipográficos, todos los objetos de imprenta, todo en fin, cuanto en él había, concluyendo la obra de destrucción con prender fuego en la calle a los objetos arrojados,fundiéndose entre las llamas la letra, y desapareciendo por completo en el fuego, la propiedad de un honrado padre de familia a quien se redujo en un instante, y sin culpa ninguna, a la más amarga miseria.

La imprenta es una industria lícita, noble, digna de respeto como todas; y cuando la ley permite la emisión de todas las ideas políticas, atacarla, destruirla, arruinar al que a fuerza de afanes la ha planteado, es un acto reprobable que las autoridades están en el sagrado deber de castigar, puesto que a ellas toca velar por las garantías de todos los ciudadanos. Las turbas que incendiaron la imprenta de El Pájaro Verde, fueron conducidas por dos o tres tribunos, cuyos nombres nadie ignoraba. Sin embargo, el gobierno ninguna providencia dictó contra ellos.

Pasadas las escenas de alboroto en la capital, se dispuso el entierro solemne del cadáver de don Melchor Ocampo. El gobierno mandó que durante tres días los pabellones estuviesen a inedia asta; que las tropas llevasen las armas a la funerala; que se disparase un cañonazo cada cuarto de hora, y que todos los funcionarios públicos vistiesen luto por espacio de nueve días.

El cadáver del ex ministro de Juárez fue conducido en la noche del 5 de junio al salón de sesiones del ayuntamiento, que estaba tapizado de luto.

El cadáver, por el estado de putrefacción en que se hallaba, fue encerrado herméticamente en una caja de cinc.

El ataúd, cubierto con un gran paño negro, fue colocado sobre un catafalco. En torno suyo ardían cuatro cirios.

Así estuvo expuesto al público todo el día 6, hasta las cinco de la tarde, en que, acompañado de un numeroso cortejo, fue conducido al panteón de San Fernando, donde fue enterrado.

La muerte de Ocampo hizo que el gobierno publicase el 4 de junio un decreto terrible contra los jefes conservadores, que debía dar por resultado lamentables represalias. El decreto a que me refiero tenía tres artículos que decían así: "Art.1. Quedan fuera de la ley y de toda garantía en sus personas y propiedades, los execrables asesinos Félix Zuloaga, Leonardo Márquez, Tomás Mejía, José María Cobos, Juan Vicario, Lindoro Cajiga y Manuel Lozada. Art. 2. El que libertare a la sociedad de cualquiera de estos monstruos, ejecutará un acto meritorio ante la humanidad, recibirá una recompensa de diez mil pesos, y en el caso de estar procesado por algún delito, será indultado de la pena que conforme a las leyes se le debiera aplicar. Art.3. En todos los casos en que el crimen de plagio se siguiere el de asesinato de las personas capturadas, el ejecutivo, tan luego como averigüe el nombre de los asesinos y la certeza del crimen, los declarará fuera de la ley, y ofrecerá por su aprehensión la suma que juzgare conveniente."

El anterior decreto tenía que dar por resultado, como por desgracia dio, el que la lucha tomase un carácter más sangriento. Los que por el referido decreto se veían fuera de la ley y a precio sus cabezas, era de esperarse que pusiesen en caso igual a los adversarios que fuesen hechos prisioneros.