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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1861 Discurso pronunciado por Juárez en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso de la Unión

7 de Septiembre de 1861

Ciudadanos diputados:

El momento en que la representación nacional abre sus sesiones ordinarias, es oportuno para que el encargado del Ejecutivo le dé cuenta de la situación pública y de sus trabajos en estos últimos meses.

Al cerrar el Soberano Congreso el primer período de sus sesiones, el espíritu público se hallaba impresionado profundamente por el incremento que parecían tomar los restos armados de la facción reaccionaria. Después de perpetrar execrables atrocidades, la sobreexcitación que suelen producir los grandes crímenes, había reanimado a los enemigos de la paz pública, hasta el punto, si no de poner en peligro la revolución progresista, sí de venir a perturbarla hasta las puertas de la Capital en sus trabajos reorganizadores. Por medio de violencias sin ejemplo, los cabecillas rebeldes habían aumentado sus hordas hasta un número inverosímil. Algunas ventajas casuales, obtenidas sobre los defensores del orden constitucional, obrando en la imaginación pública, fácil de impresionarse, hacían flaquear la confianza en la situación política y nulificaban los principales medios de acción del Gobierno. Las vías de comunicación se encontraron algunos días completamente obstruidas; se interrumpió el servicio de la estafeta, faltó la seguridad de las personas y de las propiedades, no sólo en los caminos, sino aun en los grandes centros de población y el Gobierno, por efecto de estas circunstancias, vio reducidos sus recursos a las contribuciones ordinarias del Distrito, porque los valores de la nacionalización exigen todavía la base de la confianza pública y la requieren igualmente los otros arbitrios supletorios a que los Gobiernos ocurren, cuando no han llegado a plantear un sistema de rentas. Los medios de acción del Gobierno Federal parecían tanto más limitados en aquellos días, cuanto que algunos de los Estados ocupados en proveer a su propia seguridad y en arreglar su administración especial, parecían desentenderse de los peligros con que el centro federal se hallaba amagado. He aquí los rasgos que caracterizaban la situación pública al cerrar esta Asamblea el primer período de sus sesiones.

El patriotismo, empero y el instinto político de los representantes del pueblo, habían acudido oportunamente en ayuda del Ejecutivo y, antes de entrar en receso la representación nacional, había puesto en manos de la administración los medios de obrar, de que las circunstancias le tenían temporalmente privada, votando autorizaciones generosas y a la altura de la situación. A virtud de ese movimiento de patriotismo y de confianza, se ha logrado que desaparezcan los peligros inmediatos que esta Asamblea tenía ante los ojos, al suspender, a fines de julio, el ejercicio de su soberanía. Si bien algunas dilaciones inevitables por parte del Ejecutivo y que tuvieron lugar en la campaña que precedió a la victoria de Jalatlaco, no han permitido al Gobierno realizar su deseo de anunciar en este acto a la representación nacional el restablecimiento de la paz en toda la República, sí puede ya presentarle en una perspectiva próxima ese objeto a que se dirigen las aspiraciones de toda la Nación. La masa principal de la reacción armada ha desaparecido. Las numerosas bandas con que los facciosos Ordóñez y Gutiérrez desolaban los Estados de Tlaxcala y Puebla y aun osaron atacar la Capital de este último, han recibido dos golpes consecutivos y sus reliquias están a punto de recibir el postrero.

Los rebeldes del sur acaban también de sufrir una derrota, que puede tener una influencia decisiva en la pacificación de aquellas comarcas; la reacción, en suma, casi no cuenta en estos momentos sino con las fuerzas mezquinas y desmoralizadas, que al mando de Mejía y de los obstinados fugitivos de Jalatlaco pretenden mantener en la Sierra Gorda la chispa expirante de la reacción. Este despreciable resto de la facción rebelde tiene sobre sí fuerzas muy superiores, por el número y por la pericia de su jefe, el digno Gobernador de Guanajuato y habría sido ya destruido, si causas independientes de la voluntad del Gobierno, no hubieran retardado hasta estos últimos días el movimiento de las tropas que deben ir a obrar en combinación con las de Guanajuato y Querétaro. Los perturbadores del urden social, que en el mes de junio pudieron, desgraciadamente. jactarse de tener a sus órdenes diez o doce mil rebeldes y de poder esquilmar en sus correrías vandálicas cuatro o cinco de los más ricos Estados, se han reducido en el curso de un mes, a dos o tres mil hombres, de gente allegadiza y desmoralizada, que ocupan una comarca estrecha y pobre de recursos.

Merced a esto quedan ya expeditas las principales vías de comunicación, la estafeta comienza de nuevo su servicio regular y la policía puede velar más eficazmente sobre la seguridad de las personas y de las propiedades en los campos y en las poblaciones.

La opinión sana, representada por todos los que desean de buena fe el restablecimiento del orden y la paz, no pueden menos que reconocer la mejora palpable que en el curso de estos últimos meses se ha obrado en la situación pública, ni podrá menos que secundar los afanes del Gobierno que se propone consumar esa mejora con la pacificación completa del país. El Ejecutivo se lisonjea con la esperanza de llegar próximamente a ese resultado y siente para ello una fuerza que no le viene de sí mismo, sino de la opinión nacional y del espíritu dominante en los Estados a quienes se juzga mal cuando se les pinta en divorcio con el centro federal y, no poseídos, como lo están hoy, de un sentimiento que raya en entusiasmo por el orden legal que han reconquistado a costa de tantos sacrificios.

El avance rápido que en este último período han hecho hacia su consolidación definitiva la revolución y la Reforma, sólo puede dejar descontentos a los que buscan en las obras humanas frutos quiméricos y abortivos y esperaban que al otro día de triunfar la profunda revolución que se ha estado obrando en la República surgirían como por encanto el orden, la paz y la prosperidad, sin considerar, que el tiempo debía seguir un trabajo lento y difícil para reparar el desconcierto social, político y administrativo, consiguiente a tres años de recios sacudimientos.

En ese trabajo de orden y de reorganización, el Gobierno cree haber dado algunos pasos en estos últimos días. La formación del presupuesto general, la iniciativa para cubrir el déficit, la reorganización de las oficinas, la reforma orgánica del ejército y los trabajos muy avanzados ya para lograr la concentración en la tesorería general de todas las rentas federales, son bases bastante sólidas para levantar sobre ellas una administración regular y ordenada, con sólo que el concurso patriótico de la representación nacional secunde en esta materia los esfuerzos del Ejecutivo.

Para llegar al importante objeto de concentrar las rentas federales y arreglar su distribución metódica, el Gobierno tuvo que iniciar, a mediados de julio, una medida, cuya tendencia de orden y moralidad fue comprendida por el Soberano Congreso y dio origen al decreto de 17 del mismo mes. Pero los representantes de las Naciones, cuyo interés material resultaba pasajeramente afectado por aquel decreto, no hicieron justicia, ni a las circunstancias que lo hacían necesario, ni a las miras que entrañaba y suspendieron, a causa de esa disposición, sus relaciones con el Gobierno de la República. El Soberano Congreso tuvo conocimiento de este incidente desde antes de declararse en receso y nada ha alterado posteriormente el estado de esta cuestión. Se está tratando de arreglarla con los Gobiernos respectivos y el de México tiene razones para creer que terminará por una solución satisfactoria, no sólo porque ninguna de las potencias de Europa quiera suscitar dificultades a una Nación que, después de tantas convulsiones, está haciendo esfuerzos supremos por consolidar su organización política y su administración; sino también, porque el Gobierno de la República está apurando todos sus arbitrios, a fin de que se abrevie todo lo posible la suspensión, a que sólo por la imperiosa ley de la necesidad, está sujeta la deuda pública.

La dificultad principal con que, a juicio del Gobierno, luchan en estos momentos la Constitución y la Reforma, viene de algunos espíritus bien intencionados, pero impacientes o de poca fe, que se alarman por las ligeras fluctuaciones, que suele experimentar aún la nave de la revolución. El actual encargado del Ejecutivo, a quien cupo el honor de empuñar el timón en los días de verdadera borrasca, declara solemnemente que su fe en llevar a buen puerto la Reforma y la Constitución, no ha flaqueado ni un instante con las dificultades de la situación y que seguirá afrontándolas con ayuda de la Nación y de sus legítimos representantes.

Esta sucesión regular con que el Soberano Congreso deja y reasume a su albedrío o conforme a la Constitución, el ejercicio de su soberanía. es un síntoma de que la revolución fructifica ya en el orden político y de que comienza a adquirir solidez y consistencia las instituciones. El Ejecutivo procurará siempre que, a la sombra da ellas, conserve la representación nacional toda su majestad y todo su poder y que en nada se menoscabe la inviolabilidad del pueblo, personificada en sus representantes.