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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1861 Cómo surgió la candidatura de Maximiliano.

Circa 2 de septiembre de 1861.

 

Por José Manuel Hidalgo (1)

La horrible situación interior de México, lo amenazada que quedaba su nacionalidad por el tratado de Juárez celebrado con los Estados Unidos en 1859 y la actitud de la Europa, me hicieron considerar aquel país como perdido para siempre y de esta triste convicción se desprendía naturalmente el propósito de no ocuparme más de los asuntos de México.

Así lo hice en efecto y culpa mía no fue si poco tiempo después, en septiembre del mismo año de 1861, hallándome en Biarritz, al mismo tiempo que los emperadores de Francia, recibí cartas de México en que se me decía la ruptura de las relaciones de los representantes de Francia y de Inglaterra con el gobierno de Juárez —en los apuntes que he publicado hace pocos meses, se encontrarán los documentos oficiales en que se explica esa ruptura y en los cuales ambos representantes pedían a sus gobiernos el envío de fuerzas para vengar la violación de los tratados y, sobre todo, para proteger a sus nacionales.

La Europa se veía ya obligada a intervenir en México; la Francia, sola o con la Inglaterra, tenía que ir allá armada; la Inglaterra se encontraba en el mismo caso; la España, la primera agraviada, lo deseaba desde hacía mucho tiempo y el Gral. Concha me había dicho, pocos meses antes en Madrid, que había dejado en La Habana seis mil hombres organizados para ir a Veracruz; los Estados Unidos se encontraban en aquella época en lo más terrible y sangriento de su guerra civil; los ministros de países neutros, como la Prusia y la Bélgica, escribían a sus gobiernos que la parte sana de la nación deseaba la intervención europea y la monarquía, como único remedio de concluir con el horroroso desorden que allá reinaba y lo mismo me escribían de México personas respetables, tanto nacionales como extranjeras; los mismos representantes ingleses —el diplomático y el marino— convenían, en los despachos a sus gobiernos, en que tal era en efecto el deseo y la necesidad de los mexicanos sensatos.

Seamos sinceros.

¿Quién, en mi situación, no habría comprendido que debían aprovecharse tan inesperadas circunstancias para realizar lo que con tanta buena fe creíamos necesario para salvar aquella nacionalidad y dar la paz y la tranquilidad?

Hasta la circunstancia providencial de haber yo recibido esas cartas momentos antes de tener la honra de sentarme a la mesa de los emperadores, parecía brindarse a renovar mis gestiones.

Pero ahora no se trataba de la intervención de la Europa que estaba resuelta y, no por darnos gusto a los monárquicos, sino de entablar la cuestión de cambio de forma de gobierno y saber si la Europa daría la mano a aquella desventurada sociedad mexicana si ella se mostraba favorable a la monarquía.

Así comprendí la cuestión y por eso, tres horas después de haber recibido mis cartas, (2) expuse respetuosamente al emperador Napoleón todo lo que acabo de escribir, lo cual fue escuchado por su majestad con suma benevolencia. (3)

El emperador me respondió:

"Aún no recibo los despachos de Mr. Thouvenel. Si la Inglaterra y la España están prontas a ir allá y los intereses de la Francia lo exigen, iré también, pero no enviaré más que la escuadra, sin tropas de desembarco y si el país dice que desea organizarse apoyándose en las potencias de Europa, le tenderemos la mano". (4)

Todo marchaba bien y aprisa para que yo tocara inmediatamente la cuestión del candidato. (5)

El emperador me dijo "que no tenía ninguno".

Es indudable que tratándose de una antigua colonia española, lo más natural habría sido dirigirse a un príncipe español; pero no había ninguno que se encontrase con las condiciones necesarias para aceptar el trono y, además, era preciso evitar la rivalidad que podría surgir entre las tres potencias interventoras. (6)

Puedo asegurar aquí que, tratándose de México, aun cuando se hubiera elegido a un príncipe de Orleáns, el emperador Napoleón no se habría opuesto a esa elección, pues ya se recordará que cuando lord Palmerston habló al duque de Aumale —que rehusó—, Napoleón no hizo objeción alguna.

En Alemania había príncipes que hubieran podido convenir por sus cualidades personales, pero unos no eran católicos y otros pertenecían a países de poca importancia política.

El Austria contaba en aquellas regiones con el recuerdo del dominio de Carlos V, cuya dinastía empezó a gobernarlas y las gobernó durante dos siglos; el águila de dos cabezas se encuentra hoy en muchos edificios de la América española.

Su poder marítimo no es tal que pueda dar celos a las tres potencias interventoras, pero su importancia política y prestigio y alianzas de la casa de Habsburgo daban mucho peso e importancia a la candidatura de un archiduque.

Además, Iturbide mismo, como hemos visto, había señalado en 1821 al archiduque Carlos como uno de los príncipes a quienes se había de ofrecer la corona de México.

Gutiérrez de Estrada, en 1846, había ido a Viena a promover la candidatura de otro archiduque que, si bien esto no se explica fácilmente, pues lo hacía al mismo tiempo que el gobierno de México —a cuyo frente se encontraba el Gral. Paredes— prestaba su apoyo a la candidatura del infante de España don Enrique, (7) y esto lo sé por uno de los altos personajes extranjeros con quien se contaba para esta combinación: mi íntimo amigo, Bermúdez de Castro, que fue ministro en México a los 27 años y murió duque de Ripalda.

Expuesto lo que antecede, era natural discurrir sobre la eventualidad de ofrecer el trono a un archiduque de Austria.

Sobre esto, Napoleón se manifestó dispuesto a dejar la elección a los mexicanos y aun hizo el elogio del archiduque Maximiliano cuando su nombre fue pronunciado después de el del archiduque Regnier —¡ojalá!—, que era el que me parecía de más fácil elección.

En efecto, el primero era el más cercano al trono de Austria, en el que podría llegar a sentarse si su hermano mayor moría sin sucesión.

No cesaré de repetir, porque así es la verdad que, en punto a candidato, Napoleón no dejó ver jamás preferencia alguna dejando la iniciativa de esto a los mexicanos, cualquiera que fuera su elección.

El archiduque Maximiliano se presentaba fácilmente a la memoria en esta coyuntura.

Durante los dos años que había estado en Milán, se había conducido de modo que todos convenían en sus ideas de progreso y aun en el don de gobernar, pues la pérdida de la Lombardía se atribuyó, con razón o sin ella, a no haber querido su hermano y su ministerio escuchar los consejos del archiduque y esto, que todos repetían, le levantó naturalmente en la opinión de la Europa.

De esta opinión surgió la idea de su elección.

El conde Wallewski, ministro de Estado, se encontraba también en Biarritz y me dijo que, si cuando era ministro de Negocios Extranjeros le había dicho repetidas veces que la intervención de la Francia no era posible, las circunstancias habían cambiado y creía fácil la realización del proyecto.

Yo no desconocía lo modesto de mi posición oficial y nunca pensé ni un minuto que me tocaría el honor de ir a proponer la corona a Maximiliano.

Pero confieso que más tarde me arrepentí que no hubiese sido el Gral. Almonte el que hubiese desempeñado esa misión.

Mientras esto pasaba en Biarritz, recibía yo una carta de Gutiérrez Estrada, del Havre, del 1º de septiembre de 1861, que, ignorando mis gestiones, se disponía a volver a Roma, donde estaba establecido y de donde vino únicamente con el objeto de asistir en París al matrimonio de su hijo.

Si fue grande la alegría de Gutiérrez Estrada al saber por mis cartas lo que acontecía, no hay para qué encarecerlo.

El 9 de septiembre me escribió a Biarritz "que su opinión era establecer de luego a luego una dictadura con el Gral. Zuloaga a la cabeza, quien veía claro y con el doctor Miranda por ministro; dictadura de transición para fundar otra, que sería la verdadera, con cetro y corona; nada de Congresos ni de triunviros, etc., nada, por Dios, de volver a las andadas; nada de lo que ya se ha ensayado una vez tras otra y siempre con mal éxito, así en orden a las cosas como a los hombres.

Los mejores entre los nuestros, pena causa decirlo, sólo como auxiliares pueden servir en la ocasión.

Desde que desapareció Santa Anna —a quien debí mis dos proscripciones— no ha vuelto a presentarse un hombre en nuestra escena política, por la sencilla razón de que no lo hay.

Como no hay enemigo chico, he tenido gusto en cerciorarme de que Miramón, a quien no he visto después de recibida la carta de usted, piensa y desea en esta materia lo mismo que nosotros.

Yo propuse a Gutiérrez Estrada que el Gral. Almonte era el hombre que naturalmente estaba indicado para ir a México a ponerse al frente de esta empresa y que el emperador Napoleón tenía mucha confianza en él.

A lo cual me respondió, en carta del 17 de septiembre, que le parecía muy bien el Gral. Almonte pero que, desgraciadamente, se encontraba en Europa y no allá, e insistía en que Zuloaga, al que llamaba honrado y desprendido, se pusiese al frente del movimiento.

Respecto al candidato, le parecía muy bien y recordaba los pasos que 20 años antes había dado con lord Aberdeen, Luis Felipe y Metternich, quien llegó a ofrecerle un archiduque austriaco, enviándome unos apuntes que entregó en aquella época a esos personajes para que yo hiciera el uso conveniente.

Temía, sin embargo, que en Austria no consintieran en la candidatura de Maximiliano, aunque debería hacerse la diligencia bien, añadía, "que no le sabría mal a otro de los archiduques, que no faltan, que se le llamara a suplir su falta".

Lamentaba, sin embargo, que no tuviera sucesión. . .

"Y vea usted, añadía, yo no sé si para México no convendría mejor el de Módena", El discurso liberal de Maximiliano pronunciado algunos meses antes en Inglaterra, no lo pudo nunca digerir Gutiérrez Estrada.

Y seguía:

Como el tiempo es precioso, urge infinito resolver la cuestión de candidato.

Pero esto ha de ser en Viena, supuesta la buena disposición del emperador con respecto a aquella dinastía.

Si ahí en Biarritz —donde me encontraba con los emperadores de Francia— se juzga conveniente, pronto estoy a ir a Viena a reanudar las negociaciones de otro tiempo.

Para que el paso no sea estéril debería yo llevar la competente autorización en orden a los medios de ejecución, punto esencial para que yo pueda recabar una respuesta categórica.

Comenzaría yo por dirigirme al archiduque Maximiliano, a lo menos para pedirle consejo sobre la elección de algún otro miembro de la familia imperial.

Ojalá que a falta suya pudiéramos contar con uno de sus primos, Alberto y Regnier.

Si ahí —en Biarritz— se quiere que yo vaya a solicitar alguno de ellos, en mi calidad de mexicano y a nombre de mis compatriotas, como en años pasados, repito que estoy pronto.

En tal caso me convendría saberlo por despacho telegráfico, sin perjuicio de lo que con más extensión se me diga por el correo.

Pasé por casa de Almonte pero no le hablé.

Mañana sin falta veremos juntos a Mon.

Un sueño me parece que las cosas hayan llegado a este punto.

Si la ocasión se presenta, sírvame usted de intérprete, etc., etc.

La entrevista con el Sr. Mon, embajador de España, a que alude el Sr. Gutiérrez (Estrada) fue promovida por mí.

Ese diplomático me honraba hacía tiempo con su amistad y confianza; tenía las mismas ideas y los mismos deseos que nosotros sobre México; convenía en que no era posible elegir un príncipe español y en el interés de España exigía la salvación de México poniendo a su frente a un príncipe que tuviera simpatías por aquella nación.

Escribí, pues, de Biarritz a los tres, a Almonte y Gutiérrez, diciéndoles que me parecía oportuno fuesen a verlo para hablar de la intervención, pero no sobre el candidato, porque de esto yo debía hablarle a mi llegada a París a fin de darle las explicaciones necesarias a la España y, al mismo tiempo, escribí al Sr. Mon pidiéndole oyese a mis amigos como si yo mismo fuese quien le hablase.

No necesito decir aquí todas las cosas amables que esos amigos me escribían por las buenas e inesperadas noticias que yo les enviaba.

El Sr. Mon les recibió al mismo tiempo y manifestó sin ceremonias su deseo de entenderse solo con Almonte, cosa que desagradó muy justamente al Sr. Gutiérrez (Estrada) quien se me quejó de ese proceder que no dejó sin respuesta, según me dijo; pero el Sr. Mon creía que el Gral. Almonte era más hombre práctico.

Yo había escrito a Gutiérrez Estrada que en Biarritz se me había dicho que era preciso someter al voto de la nación el proyecto que se había concebido y, en 18 de septiembre, me respondió que eso no podría alcanzarse sino desembarcando algunos miles de hombres que asegurasen la tranquilidad al mismo tiempo que la libertad del voto.

En esa misma carta me decía que el Gral. Almonte convenía en que Zuloaga era el hombre a propósito para ponerse en México al frente de esta empresa, con el doctor Miranda por primer ministro.

Que él —Gutiérrez Estrada— y Almonte habían tenido ya la entrevista con el Sr. Mon, embajador de España, para instruirle de la parte que correspondía a la España, según me había indicado Napoleón; esto es, que ella suministrase las fuerzas de tierra.

En 19 volvió a escribirme para anunciarme que lord Cowley, embajador inglés, había dicho al Sr. Mon que la monarquía era ya lo único que podía salvar a México; que en Londres se firmaba una exposición, con Rothschild a la cabeza, para intervenir allá y me enviaba, además, unos periódicos ingleses para que, juntamente con esas noticias, instruyese yo de todo en Biarritz a los emperadores franceses.

Volvió a escribirme precipitadamente el mismo 19, para instruirme de que la España, por sí y ante sí, enviaba sus fuerzas a Veracruz, sin esperar el acuerdo proyectado y lamentaba muy justamente esa precipitación después de la prolongada apatía de la España.

En mi carta del 15 de septiembre había yo escrito a Gutiérrez Estrada que en París se trabajara de manera que todo estuviese arreglado a la vuelta del emperador, que seguía en Biarritz.

Me incluía Gutiérrez (Estrada) el borrador de un proyecto sobre el candidato, esperando que merecería la alta aprobación, sin la cual, añadía, no quería dar paso alguno en negocio tan delicado; pidiéndome recabase yo una pronta respuesta que, en el caso de ser afirmativa, deseaba le comunicara por telegrama con un simple "approuvé, expediez". (8)

Aprovechaba la ocasión para enviarme los elogios que en 1840 le hizo el barón Ciprey, ministro de Francia en México; concluía quejándose de la frialdad de Mr. Thouvenel, ministro de Negocios Extranjeros, que decía que todo eran ilusiones de Gutiérrez Estrada, al que pedía hechos.

Mi telegrama, que le dirigí por medio del conde Wallewski — ministro de Estado, que, como he dicho, se hallaba también en Biarritz—, mi telegrama, digo llenó de gozo a Gutiérrez, quien el 21 de septiembre me escribía:

"Dios bendiga y proteja a quien lo dictó, revelando así todo lo que de él debemos esperar. . .

Ahora me faltan, añadía, los pormenores, que me traerá mañana, seguramente, la primera carta de usted, cuya genial eficacia se ha lucido en esta ocasión.

"Qué fortuna que esté usted ahí. . . voy a ponerme en viaje, etc.

Albricias y gracias, mi buen amigo" En mi telegrama le decía yo que podía ir a Viena y para facilitarle su misión, pedí al conde Wallewski escribiese a aquella corte recomendándole.

El 22 me escribía Gutiérrez (Estrada) que saldría el 26; que pedía por Dios que no hubiera nada de congresos, ni de bases orgánicas, ni estatutos, ni programas que sólo aprovechan a los enemigos.

Quería por de pronto, la dictadura justificada y civilizadora, etc., etc., fundándose en que nuestra raza, más que ninguna otra, está hecha para obedecer a una autoridad única; que los obispos mexicanos que estaban en Roma opinaban como él, que Zuloaga era el hombre de la situación y concluía presentando sus homenajes a los emperadores de Francia.

El Sr. Gutiérrez Estrada pidió una entrevista al ministro de Relaciones Mr. Thouvenel, de quien solicitó un pasaporte para ir a Viena, en lo cual no quiso consentir aquel ministro.

La impresión que en éste produjo Gutiérrez Estrada no fue buena, como no lo había sido tampoco en el Sr. Mon, según se ha visto más arriba.

Un mes después, hallándose Napoleón en Compiégne, le escribió Mr. Thouvenel que el hombre práctico que debía ir a México era el Gral. Almonte y no Gutiérrez Estrada, cuyas ideas anticuadas no harían más que mal a la empresa.

Fuente: Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.

Notas:

(1) José M. Hidalgo, indiscutible actor de primera fila en este importante hecho histórico, lo relató por primera vez en un documento aún inédito, que con el nombre de Notes secretes de Mr. Hidalgo fue localizado por Egón César Conte Corti en el Archivo Mexicano del emperador Maximiliano, que forma parte del Archivo del Estado, Viena, Austria. Lo reprodujo Conte Corti en forma fragmentaria en su obra Maximiliano y Carlota, México, Fondo de Cultura Económica, 1944.

Más tarde, Hidalgo publicó un libro titulado Apuntes para escribir la historia de los proyectos de monarquía en México desde el reinado de Carlos III hasta la instalación del emperador Maximiliano, París, 1868, en el que hizo este mismo relato en forma sucinta. Nuevamente lo repitió, con detalle, en cartas y apuntes que envió al Sr. Luis García Pimentel, recientemente publicadas. Hemos utilizado este último relato y agregamos como notas los fragmentos pertinentes de las Notes secretes de Mr. Hidalgo, tomadas de la edición mexicana de la obra de Egón César Conte Corti, ya citada.

(2) El 2 de septiembre de 1861.

(3) "Sire, dijo éste, hace mucho tiempo que había perdido las esperanzas de ver realizarse las ideas de las cuales hace ya cuatro años que tengo el honor de hablar a vuestra majestad, pero Inglaterra, del mismo modo que Francia y España, irritadas por la política de Juárez, enviarán barcos a nuestros puertos. Ahí tenemos, Majestad, la intervención inglesa que necesitábamos. Francia no procederá sola, cosa que vuestra majestad deseó siempre evitar, España hace tiempo que está dispuesta; el Gral. Concha me dijo hace poco que dejó en La Habana seis mil hombres que están preparados para desembarcar en Veracruz, pero el gobierno de Madrid prefiere actuar de acuerdo con Francia y a ser posible con Inglaterra. Se podría, pues, enviar a Veracruz la escuadra francesa, inglesa y española y desembarcar los seis mil españoles.

México, ante las tres banderas unidas, reconocería todo el poder y la superioridad de esta alianza y la inmensa mayoría del país podría apoyarse sobre las potencias intervencionistas, aniquilar a los demagogos y proclamar la monarquía, que es lo único que puede salvar a la nación. Estados Unidos están sufriendo las calamidades de una guerra, no se moverán y, por otra parte, nunca se enfrentarían a las tres potencias unidas. Que se presente la bandera aliada, Sire y yo respondo a vuestra majestad de que el país en masa se levantará y apoyará la bienhechora intervención", Hidalgo, Notes Secretes, p. 79.

(4) Según Notes Secretes, Napoleón III agregó: "Por otra parte, como usted dice muy bien, la situación de Estados Unidos es (para esto) muy favorable", p. 79.

(5) Según Notes Secretes, el planteamiento fue así: "Sire, suceda lo que quiera, se lo agradeceremos sólo a Francia; permítame vuestra majestad la pregunta de si tiene un candidato, pues los mexicanos lo aceptarían por venir de vuestra majestad como si lo hubiesen elegido ellos mismos", p. 79.

(6) Según Notes secretes, él comentó: "No podemos pensar en un príncipe español; el Sr. Mon me ha dicho siempre que es triste decirlo pero que no hay ninguna elección posible". "En realidad, intervino la emperatriz, es imposible una elección por ese lado y este es una desgracia, pues si hubiese un príncipe español sería el mas indicado", p. 80.

(7) El infante don Enrique era hermano del rey Francisco de Asís y cuñado de Isabel II. A semejanza de su primo francés Felipe Igualdad, no sólo había luchado contra el absolutismo, sino que le llegó a considerar republicano.

(8) Aprobado, expedido.