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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1860 Versión estadounidense de los sucesos de Anton Lizardo.

Marzo 8 de 1860.

 

 

Navío de los Estados Unidos Saratoga, frente a Veracruz.

Al capitán J. E. Jarvis, comandante del navío de los Estados Unidos
Savannah

Señor:

En la mañana del 6 aparecieron frente a Veracruz, dos grandes vapores sin bandera que indicara su nacionalidad y el castillo disparó un cañonazo e izó la bandera mexicana, a fin de que hicieran ellos lo mismo con la suya.

Formaban evidentemente un cuerpo, puesto que suspendieron su marcha por algún tiempo en conserva el uno con el otro.

Algunas horas después y habiendo comunicado con los buques de guerra españoles, surtos en Sacrificios, que enviaron un bote, se dirigieron al fondeadero de Antón Lizardo.

Me ordenasteis inmediatamente que remolcaran mí buque dos vapores americanos que se hallaban aquí, el Ware y el Indianola, que se pusieron a nuestra disposición para perseguirlos, saber su misión, de dónde venían, a qué nación pertenecían, dónde se habían armado, qué objeto tenían y daros parte del resultado de esta investigación a la mayor brevedad posible.

Obedeciendo esta orden salí al ponerse el sol remolcado por dos vapores, a bordo de cada uno de los cuales puse destacamento de 35 hombres, inclusive la marinería, para el caso de que se encontraran con poco fondo, donde mi buque por su mucho calado no pudiera llegar ni comunicarse con ellos.

El destacamento a bordo del Ware estaba a las órdenes del subteniente Kennarth del Savannah, acompañado del piloto Wihttle del Preble; el del Indianola lo mandaba el teniente Bryson del mismo Preble acompañado del Sr. J. Miller del mismo buque, el teniente Hayes de la guardia de Marina del Savannah y el teniente Meire de la de éste.

Seguí la costa dejando a Antón Lizardo a 15 millas de distancia, donde creí encontrarlos hacía media noche.

Allí estaban ancladas dos grandes embarcaciones, me dirigí a ellas y ordené a mi piloto que anclara entre ambas. Al llegar se adelantaron los vapores que me remolcaban y volvieron asegurando que la mayor de aquellas embarcaciones tomaba la vuelta de afuera y procuraban escaparse por la salida del sur.

Amainé y previne a los vapores que se adelantaran y la abordaran si era posible, puesto que se me había mandado entrar en explicaciones con el oficial más antiguo a quien suponía yo a bordo de ese buque.

En el acto disparé un cañonazo para obligarlo a que hiciera lo mismo.

Tan luego como mis vapores se aproximaron, lo que ocurrió después de pocos momentos, me dejó admirado que se les hiciera una descarga de piezas de grueso calibre y de fusilería y al mismo tiempo recibí la noticia de que el otro vapor arrojaba ya su cable.

Inmediatamente me puse a tiro de él; como no tenía duda alguna de que estaba en combinación y bajo las órdenes del oficial del otro vapor, temí que fuera a auxiliarlo, en cuyo caso me habría sido preciso retroceder con mis barcos o presenciar su captura y desastre y como tuvo la audacia de disparar sobre mi buque sin ser provocado, me determiné a abordarlo si podía.

Izó la bandera española tan luego como disparé; durante este tiempo el mayor de los vapores se entretenía con la fuerza de los dos pequeños, poniéndose en fuga.

Viendo que no encontraba la salida cambió de dirección hacia el norte y pasó entre mi buque y la costa para lograr aquel paso, a cubierto de los fuegos de mi artillería, tenazmente perseguido por mis buques, le veía que caminaba con toda su fuerza y que les sacaba ventaja, puesto que éstos ya hacían fuego por la proa.

Disparé una pieza sobre él y le derribé su chimenea; vi después que me era imposible disparar sin ofender a mis buques, mucho más cuando ya estaban juntos.

La persecución continuaba y en medio de un fuego nutrido por ambas partes, no pude menos de admirar la bravura de aquellos mis compañeros que atacaban una fuerza superior.

Se lanzaron sobre él y lucharon, a pesar de sus esfuerzos, para vencerle.

Supuse que viendo que le era imposible salvarse, se dirigió a la playa acopado por los buques y encalló, de lo cual no tuve conocimiento en aquel momento, pues estaba a una milla de distancia.

Mi ansiedad por la salvación de los vapores era inmensa; pero no podía ir en su auxilio.

Mis tres lanchas estaban a bordo y antes de enviar los botes el negocio habría terminado; no obstante, me decidí pronto, pues casi al mismo tiempo oí tres vivas y supe que lo abordaban por la popa, lo que se veía claramente con los anteojos.

Vuelvo a referirme al vapor que estaba anclado cerca de mí.

Mientras el combate continuaba entre los otros barcos y en el momento en que éste se nos adelantaba, el primer teniente que se hallaba en la popa, me llamó para decirme que se nos hacía fuego de fusilería; mandé que se pusiera a la orden de éste una batería y entonces mandé que pasara el jefe de aquél a mi bordo, lo que no verificó luego; envié al teniente Chapman para decirle que si no lo hacía en el acto lo mandaría traer preso.

Vino a bordo y me informó que su barco era el marqués de La Habana que había sido empleado por el capitán Marín, que mandaba el otro buque, para transportar provisiones y municiones de guerra y que era español.

Al mismo tiempo envié a un oficial para que me trajera al capitán Marín a bordo: tan pronto como se halló en mi cámara lo interrogué sobre como se había atrevido a hacer fuego sobre mis buques.

Contestó sin vacilar y en presencia de testigos que cuando observó que mis buques se dirigían al fondeadero hizo saber a su tripulación que estaba seguro de que eran buques de guerra americanos y les había prohibido que hicieran fuego; pero que siendo una tripulación mixta de varias naciones que hacía poco se hallaba a bordo y que no estaba bien disciplinada, le fue imposible el contenerla; le hice notar que era un gran ultraje al cual tendría que contestar y él manifestó que lo sentía profundamente; yo sabía que todo esto era falso, porque durante la acción se le oyó claramente animar a la gente.

Sólo me falta hablar de la fuerza y armamento de estos buques en lo que me ha sido posible saber.

El vapor más grande llamado Miramón, lleva dos piezas de grueso calibre, una coliza y varias piezas pequeñas, con una tripulación de cerca de 100 hombres; no sé a punto fijo el calibre de su artillería; supongo que podrá seguirme, espero, poder dar de él una detallada relación, pero aún se halla varado.

El Marqués de La Habana tiene también una coliza y dos piezas de grueso calibre, con 70 personas poco más o menos de tripulación.

La coliza es pesada y de a 24; el capitán de este último buque arrojó al mar algunos pertrechos, de los cuales bastantes se recogieron por mis botes en sacos y cestos.

Cuando nos apoderamos de él, sus cañones estaban desmontados sobre el piso y al lado de las cureñas, lo que no dudo se hizo después de ser capturado y antes de que pudiera yo pasar a su bordo.

Pretende que no era barco armado y sus despachos no dicen nada sobre traer a su bordo piezas de artillería; no obstante, su armamento es tal como lo he mencionado y no hay duda en que el vapor se equipó en La Habana, como parte de la fuerza con que el capitán Marín debía obrar en esta costa.

Penoso es para mí, pero de mi deber, hablar de una circunstancia que me causa el más profundo sentimiento.

Cerca de dos horas después del combate vino a mi bordo un bote del Indianola con un individuo muy mal herido y vestido de paisano; pregunté yo quién era, se me dijo que era el Gral. Llave del ejército mexicano; inmediatamente lo mandé a mi cámara; parece por lo que él mismo me dijo, que cuando estaba yo al zarpar de Veracruz, se le envió al Indianola por este gobierno para informarse del motivo de mis movimientos y que, en la violencia y confusión de la salida y remolque, su bote lo dejó allí.

Los oficiales que mandaban este buque habían recibido mis estrictas instrucciones para no permitir a ningún extranjero y sólo a los americanos, permanecer a bordo.

Así es que no podía haber más que los tripulantes, maquinistas y fogoneros.

Como todos éstos eran extranjeros, el oficial que mandaba no podía distinguir si había a bordo algún extraño y no supo que aquel general estaba allí hasta que fue herido.

Tan luego como llegó lo mandé en una lancha al castillo, donde se encuentra ahora.

El teniente Bryson no tuvo culpa alguna ignorando que dicho señor venía a bordo.

Por nuestra parte me complazco en participar que nuestras pérdidas han sido insignificantes; he tenido un solo hombre herido mortalmente, quien vive todavía; otro un poco menos y varios lo han sido ligeramente.

Esto es tanto más notable, cuanto que el combate duró de media a tres cuartos de hora, y el fuego fue incesante durante ese periodo, pero se debe tener presente que fue de noche.

Por la parte contraria la pérdida fue mucho mayor: 12 hombres se trajeron a bordo heridos de gravedad, tres de los cuales han muerto ya; los demás los he enviado al hospital.

Los heridos casi todos son de bala de rifle a la minié y muy graves.

Habría permanecido más tiempo en Antón Lizardo hasta que el Miramón se hubiese desencallado, pero el médico me suplicó que trajera a los heridos.

No puedo terminar esta relación sin manifestar mi gran satisfacción por la conducta de todos los oficiales y marinos de la expedición.

Mi gente, que desgraciadamente tomó una pequeña parte en la refriega, por su actividad y violencia en obedecer y ejecutar mis órdenes, me hizo conocer toda la confianza que puedo tener en ella, si mi buque llega a encontrarse en el caso de defender el honor de su bandera.

Ya he hablado de la conducta de los oficiales y gente de la Indianola y del Ware, por su parte fue un hecho brillante.

He omitido decir que el buque del capitán Marín llamado Miramón, no izó su bandera ni antes de la refriega ni después y que siendo noche de luna, podía muy fácilmente satisfacerse de que la Saratoga no era un barco perteneciente a ninguno de los gobiernos o partidos de México.

He omitido también decir que los documentos del Marqués certifican tener una tripulación de 30 personas y se me ha dicho por los oficiales, que le tienen ahora a su cargo, que después de haber sacado 30 personas había a bordo sobre 40 o más.

Como este buque se envié inmediatamente para desencallar el Miramón no he podido puntualizar el número de personas que se hallaban a su bordo.

Cuando la captura del Miramón salió un bote que, según se dice, llevaba oficiales del ejército de Miramón.

Este parte que os dirijo con los importantes detalles de este suceso, lo confirmará cualquiera de los oficiales de la expedición.

Muy respetuosamente.

J. Turner, comandante

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente:
Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.