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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1859 Buchanan solicita al Congreso, abiertamente, permiso para invadir México.

Ca. diciembre de 1859.

 

Buchanan solicita al Congreso, abiertamente, permiso para invadir México.
Ca. diciembre de 1859.

 

Desde su advenimiento al poder, el Presidente norteamericano James Buchanan fijó en su mente la idea de invadir nuestro país, como parte de su programa.

Ponía como pretexto ayudar al gobierno liberal, proteger los derechos de los ciudadanos americanos, corregir errores como buenos vecinos, y otras zarandajas.

Esto, a pesar de que había reconocido al gobierno constitucional de Juárez, acreditando como ministro a mister [Mr.] Robert H. McLane, quien en su discurso de presentación oficial, dijo al Presidente que el gobierno de los Estados Unidos había llegado a comprender que la mayor parte de la nación estaba con el gobierno liberal.

El mensaje que en el otoño de 1859 dirigió al Congreso, resume admirablemente su modo de pensar sobre nuestros asuntos, En ese mensaje, (tomado de Messages and Papers of the President, vol. V, 1849-1861), pidió al Congreso que dictara una ley autorizándolo para que pudiera emplear una fuerza militar suficiente para invadir México, La parte conducente dice así:

El caso presentado no es, sin embargo, únicamente un caso de reclamaciones individuales, bien que nuestras justas reclamaciones contra México han alcanzado un valor muy grande; ni tampoco es meramente el caso de la protección a las vidas y propiedad de los pocos americanos que todavía puedan quedar en México, no obstante que la vida y la propiedad de todo ciudadano americano debe ser religiosamente protegida en cada una de las cuatro partes del mundo, sino que es una cuestión que se refiere al futuro, tanto como al presente y al pasado, y que complica, indirectamente a lo menos, todo cuanto se refiere a nuestro deber para con México como Estado vecino.

El ejercicio del poder de los Estados Unidos en aquel país para corregir los errores, y proteger los derechos de nuestros conciudadanos es lo menos que debemos desear, por razón de que la ayuda eficiente y necesaria puede, de este modo, dar por resultado al mismo tiempo el restablecimiento de la paz y del orden en México mismo.

El pueblo de los Estados Unidos debe tener un interés profundo y ardiente en la realización de este resultado.

México debe ser una república rica, próspera y poderosa.

Posee un territorio extenso, un suelo fértil y un depósito considerable de riqueza mineral.

Ocupa una posición importante entre el golfo y el océano para rutas de tránsito y para el comercio.

¿Es posible que un país como éste pueda estar entregado a la anarquía y a la ruina sin un esfuerzo por parte de alguna vecindad por libertad y seguridad? ¿Permanecerán las naciones comerciales del mundo, que tienen tantos intereses conectados con él, enteramente indiferentes a un resultado semejante?

¿Pueden especialmente los Estados Unidos, que deben participar más ampliamente de esa vida comercial, permitir a su vecino inmediato que de tal modo se destruya asimismo y los ofenda?

Además, sin el apoyo de alguna nación, es imposible comprender como pueda México recuperar su posición entre las naciones y seguir una carrera que le prometa algunos buenos resultados.

La ayuda que necesita, y que los intereses de todos los países comerciales exigen que tenga, le corresponde a este gobierno dársela no solo en virtud de nuestra vecindad con México a lo largo de cuyo territorio tenemos una frontera interrumpida de cerca de mil millas, sino también en virtud de nuestra política establecida, que es incompatible con la intervención de cualquier potencia europea en los asuntos domésticos de esa república...

Los males que hemos sufrido de México están ante el mundo y deben impresionar más hondamente a todo ciudadano americano.

Un gobierno que, por ineptitud o mala voluntad, deja de corregir tales males, no puede ocuparse en sus deberes superiores.

La dificultad consiste en seleccionar y reforzar el remedio.

Es en vano que podamos recurrir al gobierno constitucional en Veracruz, por más que esté bien dispuesto para hacernos justicia por medio de un desagravio conveniente; mientras su autoridad es reconocida en todos los puertos importantes y en todo el litoral de la república, no domina en la ciudad de México y en todos los Estados vecinos a ella en donde se han cometido casi todos los ultrajes a ciudadanos americanos.

DEBEMOS PENETRAR AL INTERIOR PARA ALCANZAR A LOS OFENSORES Y ESTO ÚNICAMENTE PUEDE HACERSE PASANDO POR EL TERRITORIO OCUPADO POR GOBIERNO EL CONSTITUCIONAL.

El modo más aceptable y menos difícil para realizar el objeto, sería obrar de concierto con ese gobierno.

Su consentimiento y su ayuda creo que podrían obtenerse; pero SI NO, NUESTRA OBLIGACIÓN PARA PROTEGER A NUESTROS CIUDADANOS EN SUS JUSTOS DERECHOS POR MEDIO DE UN TRATADO NO SERIA MENOS IMPERATIVO.

Por estas razones RECOMIENDO AL CONGRESO QUE DICTE UNA LEY AUTORIZANDO AL PRESIDENTE, BAJO LAS CONDICIONES QUE PAREZCAN MÁS CONVENIENTES, PARA QUE EMPLEE UNA FUERZA MILITAR SUFICIENTE PARA INVADIR MÉXICO CON EL PROPOSITO DE OBTENER INDEMNIZACIÓN POR LO PASADO Y SEGURIDAD PARA LO FUTURO.

Intencionalmente evito toda sugestión respecto a la composición de esta fuerza, si deberá formarse de tropas regulares o voluntarias o de ambas.

Esta cuestión debe dejarse más propiamente a la decisión del Congreso.

Yo únicamente observaría que los voluntarios deberían elegirse reclutando una fuerza, lo que sería fácil en este país, de entre los que simpatizan con los sufrimientos de nuestros infortunados conciudadanos en México y con la condición desdichada de esa república.

Un acrecentamiento semejante a las fuerzas del gobierno constitucional le permitirá llegar pronto a la ciudad de México y extender su dominio SOBRE TODA LA REPÚBLICA.

En ese caso no hay razón para dudar de que las justas quejas de nuestros conciudadanos serían satisfechas y de que se obtendría un desagravio adecuado por las ofensas recibidas.

El gobierno constitucional siempre ha manifestado un gran deseo de hacer justicia, y esto debe asegurarse por medio de un tratado preliminar.

Pudiera decirse que estas medidas, a lo menos indirectamente, son incompatibles con nuestra política prudente y firme de no intervenir en los asuntos domésticos de naciones extranjeras.

Pero ¿no constituye claramente el presente caso una excepción? Una república vecina está en un estado de anarquía y confusión de la que ha probado ser totalmente incapaz de salir por sí misma.

Está enteramente destituida de poder para mantener la paz en sus fronteras o para prevenir las incursiones de bandidos en nuestro territorio.

Tenemos el mayor interés (mucho más que cualquiera otra nación), tanto social y comercial, como político, en que, por sus destinos, por su fortuna, y por su poder, logre establecer y mantener un gobierno firme.

Es ella, ahora, un buque náufrago en el océano, arrastrado a donde quiera que es impelido por las diferentes facciones.

Como, buenos vecinos ¿no debemos tenderle una mano que le ayude a salvarse? Si no lo hacemos, no sería sorprendente que alguna otra nación emprendiese la tarea y, nos forzara a intervenir a lo último bajo circunstancias que aumentarían las dificultades para el mantenimiento de nuestra política establecida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente:
Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.