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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1858 Carta a Su Majestad el Emperador Napoleón III sobre la influencia francesa en América

25 de Diciembre de 1858

La Providencia, cuya intervención en las cosas de la tierra nunca dejó de ser evidente para los espíritus sin posibilidades, se ha manifestado de nuevo colocando sobre la cabeza de Su Majestad la corona de Carlomagno, en un momento en el que los acontecimientos hacían necesarios para la salvación de la humanidad la reconfiguración de una de esas influencias imperiales que han planeado sobre el Mundo en todas las épocas decisivas, como un testimonio de salvación y resurrección.

La llegada de Su Majestad al Imperio ha estado rodeada de todas las señales que dan a un hecho carácter providencial, y que establecen entre este hecho y la Divinidad una comunión entre ideas y intereses de tal importancia y grandeza que su comprensión no está al alcance del común de los hombres. La razón humana, extraviada por el abuso de sus propias fuerzas, no previó en absoluto la elevación de Su Majestad; la lógica de los acontecimientos parecía arrastrar al Occidente europeo hacia una corriente distinta a la que hoy puede orientarla Su Majestad. El poder, la fuerza, la inteligencia relativa, la voluntad de sus árbitros, todo se oponía al pensamiento de marchar de nuevo tras el vuelo audaz y salvador de las águilas napoleónicas. Tan sólo Su Majestad poseía la convicción de sus destinos; tan sólo Su Majestad comulgaba con Dios en el secreto de sus aspiraciones. Y he aquí que la razón humana, la lógica de los acontecimientos, el poder, la fuerza y la inteligencia relativa reconocen que se han equivocado; he aquí que Su Majestad las obliga a humillarse ante la fatalidad providencial de la que hasta ayer osaban creerse independientes

Sire, la providencia ha elevado a Su Majestad a condiciones muy superiores a las de los soberanos ordinarios. Os ha coronado por el sufragio del pueblo; os ha coronado por la gracia divina que se ha manifestado abiertamente a favor del prisionero de Ham. Y por esta triple coronación, os ha puesto a la cabeza de la única nación que puede reivindicar el derecho de ejercer una influencia universal, puesto que es la única que está en condiciones de agrupar a su alrededor a la mayoría de naciones, sin verse acusada de obedecer a un pensamiento egoísta o interesado. Si un emperador de Rusia mandase a sus ejércitos a cualquier parte del globo terrestre, le sería imposible persuadirnos de que no lo ha hecho por un interés ruso; si una reina de Inglaterra desplegase la bandera británica sobre un océano; nunca podría sostener que no trabajaba para otro interés más que el de su país. Estos dos soberanos, uno que personifica el absolutismo, y otro que supuestamente representa la libertad, se encuentran tan encadenados a su exclusivo interés por la estrechez de su religión nacional que les estará siempre vedado ejercer una influencia universal. No es el caso de Su Majestad, que por el carácter eminentemente católico de su poder debe, sin verse acusado de egoísmo o de ambición, pasear por todas partes la bandera de Francia, en la que ninguna nación verá nunca la bandera de un pueblo invasor. La corona imperial que se ciñe sobre la frente de Su Majestad será saludada naturalmente por todas partes como hermana de la tiara, y Francia respetada como la hermana mayor de las razas latinas.

Esta denominación de razas latinas, dada desde hace algunos años preferentemente a todas las razas que reconocen la soberanía espiritual del Papa, merece recibir toda la atención de Su Majestad. Esta denominación es un síntoma del deseo simultáneo que sienten de aliarse entre ellas bajo una protección poderosa, a fin de resistir las invasiones interesadas y desorganizadoras que las amenazan. Esta protección, deseada ardientemente por las razas latinas, solo puede ejercerla Su Majestad, y de ella lo esperamos.

No me será difícil, Sire, hacerle comprender a Su Majestad de qué lado está la grandeza, la justicia y la verdad en la lucha que las razas latinas se ven obligadas a mantener hoy contra las otras razas. Algunas líneas me han bastado más arriba para demostrar que, de entre todos los soberanos, el de Francia es el único que puede desplegar la bandera de su país sin verse acusado de querer servir exclusivamente a sus intereses o a su ambición. Todos los soberanos susceptibles de comparársele se han visto forzados en su imperio a poner la idea a remolque de la materia; él es el único que ha subsumido la potencia material a la idea, sin sustituir a Dios. Todos los malentendidos que han sembrado gérmenes de división en el Mundo cristiano y han retrasado la marcha de la civilización en beneficio de la barbarie, proceden del olvido o de la ignorancia de esta verdad. Basta recordarla o proclamarla para que nos persuadamos enseguida de que todos los cismas, nacionalizando la religión o propagando la indiferencia, han hecho retroceder varios siglos a la civilización y han retrasado el advenimiento de la unidad, cuya única vía es el Catolicismo. Por rechazar este convencimiento, las artes y la literatura se degradan; el nivel del espíritu humano se rebaja; el desorden se impone en la familia, en la sociedad y en el Estado; y las razas, volviéndose egoístas, buscan conquistar para sí mismas el cetro de la monarquía universal. Afortunadamente el mal, a veces brillante en sus teorías, no tarda en desvelarse a través de los hechos, inspirando el horror de sus consecuencias en aquellos de quienes había abusado. Tras un instante fascinados por él, las razas latinas ven al fin el abismo hacia el cual les arrastraba; y una necesidad de creencia se hace sentir en ellas, pero una necesidad de creencia tal y como estuvieron acostumbradas a profesar en el pasado; de creencia sintética, elevándose encima de la materia y glorificando la idea en la elevación del hombre hacia Dios. Las razas latinas saben que sólo el Catolicismo glorifica así la idea; que las artes, la literatura, los grandes pensamientos y las grandes cosas no son posibles sino por él; y buscan a alguien que, defendiéndolas de sus enemigos, reasiente a su vez sobre bases sólidas sus sociedades quebrantadas. La grandeza, la justicia y la verdad, ¿no están del lado de esas razas que piden reanudar la cadena de los tiempos y retomar la civilización progresiva allí donde la dejaron los errores, las ambiciones y las malas voluntades de la pretendida Reforma?

Harían falta muchas páginas para reunir bajo los ojos de Su Majestad las numerosas pruebas que testimonian, en las razas latinas, el deseo de sumarse y unirse contra los invasores; si bien Su Majestad ha estudiado tan profundamente las causas y los resultados de la revolución operada en el universo desde hace tres siglos, que conoce mejor que yo estas pruebas, recientes al espíritu. Providencialmente esta revolución debía desembocar en su punto de partida; Francisco I llevado al Imperio en la persona de un elegido por los acontecimientos; y las promesas del siglo XVI, aplicadas tarde o temprano. Todo ha convergido hacia tal meta, y para alcanzarla la Providencia ha coronado tres veces a Su Majestad. En cuanto a la nación francesa, no ha pasado una hora de su historia que no la haya dedicado al papel que estaba llamada a representar, papel sublime entre todos, ya que consiste en defender la justicia, la verdad y la idea, sin reclamar jamás para sí más que el honor de haberlas defendido. Quisiera que el espacio me permitiese recordar aquí, uno a uno, los acontecimientos que han llevado a la Francia del Renacimiento del siglo XVI al Renacimiento del XIX, a través del periodo crítico del ochenta y nueve, y así distinguiríamos la mano de la Providencia uniendo unos acontecimientos a otros como a las anillas de una misma cadena. Pero también en este caso Su Majestad está en mejores condiciones que yo para abarcar con su mirada los tres últimos siglos, y estoy impaciente por llegar al verdadero tema de esta carta.

Más hábil que el bien para adivinar los peligros que le amenazan, el mal no pierde ocasión para prevenirlos y combatirlos de antemano en el terreno en el que han de producirse. El mal sabe muy bien, desde que intenta invadir el universo para arrojarlo a las garras de la barbarie o al caos de la excentricidad, que Francia y el soberano que regirá sus destinos son los obstáculos más serios contra los cuales forzosamente habrá de chocar. Sabe también que las razas latinas, otra vez por él respaldas, volverán pronto a ejercer la omnipotencia que habían perdido por haberle escuchado, y que una vez consolidada la alianza de las naciones católicas se desharán las esperanzas del desorden y la tiranía. Todo su esfuerzo tiende a impedir la alianza de las naciones latinas, a sembrar entre ellas todos los elementos de discordia posibles, a que se destruyan unas a otras; a debilitarlas con luchas internas, y sobre todo a reducir el papel de Francia al de una nación media y el papel de Su Majestad al de un simple soberano constitucional. La gran preocupación de los adversarios del verdadero progreso es la de hacerle olvidar a Francia su carácter católico y lograr por todos los medios que Su Majestad se ocupe de la religión tan sólo desde el mero punto de vista de nuestro país, como si un hombre, venido desde exilio al trono imperial, pudiese olvidarse de la mano que le condujo allí para el cumplimiento de designios eminentemente religiosos.

¿Se creerá que es fácil persuadir a Francia de que un Imperio, como el que ha dado a su elegido, se constituye fuera de toda síntesis, y que acepta ocupar en el Mundo una posición que no la haga llave de bóveda de la solidaridad entre las naciones de su comunión? En un momento de ceguera un poeta puede imponer momentáneamente tal opinión a Francia; pero si tiene tiempo para reflexionar, morirá del veneno con el que quería matarla. Nunca Francia llegará a ser tan incrédula como para aceptar suya la doctrina del egoísmo y como para no comprometerse a intervenir en las cosas del universo. Francia está en el Mundo para otras cosas más que para servir a los intereses de sus hijos; está para servir a los intereses de la Humanidad; nunca faltó a esta misión, y su odio actual a la república procede de lo que los republicanos de mil ochocientos cuarenta y ocho quisieron enseñarla a olvidar.

Un gobierno que diese a Francia todo el bienestar y todas las libertades deseables, pero que se olvidase de llevarla al socorro de una de sus hermanas injustamente amenazadas, no es el gobierno que necesita. Francia prefiere menos bienestar y menos libertad, pero más nobleza y generosidad. Francia, Sire, es una nación madre: no piensa en ella sino tras haber pensado en la familia. Y he aquí el porqué la Providencia, dándole a Su Majestad la jefatura, ha querido que Su Majestad se convierta en el gran árbitro de la reconstitución de las sociedades latinas.

Pues bien, Sire, los adversarios de la idea que debe salvar al género humano realizan, repito, esfuerzos inauditos para impedir que las cuestiones del momento sean planteadas sobre este amplio terreno. Esperan que al retrasar la solución, podrán desarraigar mejor del corazón de las naciones latinas la idea católica que debe servirlas de faro el día del realineamiento. Como saben que en las regiones del verdadero saber tal idea prevalecería fácilmente sobre sus detestables sofismos, hacen todo lo posible para rebajar el nivel del saber, so pretexto de divulgarlo. El trabajo que dedican a ello produce resultados funestos y rápidos. Su Majestad, Sire, es quizá el último hombre de la sociedad occidental que ha recibido una educación completa, capaz de hacerle digno de grandes cosas; y esto gracias a un milagro de solicitud maternal. Con la misma prontitud con la que los pobres alumnos de las universidades y escuelas de Francia reconocieron la superioridad del Presidente de la República que tenía fe en Dios, desecharon su nombre de la memoria: Occidente tiene quinientas mil especialistas de primer orden: dentro de algunos años, si nos descuidamos, no podrá proporcionar ni un ministro. No se crean hombres completos sin educación religiosa.

El mal aspira a retrasar la solución de las cuestiones importantes despertando ante todo en las poblaciones latinas el instinto de los intereses materiales. Pero desgraciadamente, Sire, no nos ocupamos lo suficiente de combatir la conspiración permanente de algunos capitalistas contra la sociedad occidental. Hace falta estar ciego para no ver cómo organizan por un lado y a su saldo, el ejército del desorden, mientras que por otro lado procuran desarraigar toda idea caballeresca del corazón de los franceses.

Lo dejé entrever más arriba: el mal reviste dos formas para apropiarse del universo: por un lado acude bajo la forma de la tiranía; por otro, bajo las apariencias de la libertad. Allí, se dice ejecutor del testamento de un bárbaro; aquí, se pretende encargado de la defensa de una doctrina política absurda. Pedro el Grande le encomendó absorber Europa; Monroe le dijo que Europa no tiene derecho de preocuparse por el resto del Mundo. Pese a la animadversión de los enemigos internos de la gloria de Francia y de la dinastía napoleónica, Su Majestad no dudó en dar buena cuenta del pensamiento de absorción de Europa en nombre del testamento de Pedro. Golpeó con el pie el suelo francés, y sin más interés que el de la civilización latina, Francia aportó millones y soldados; el Águila Imperial emprendió su vuelo y no paró hasta llegar a su meta. Fue entonces, Sire, cuando el mal reconoció más que nunca la necesidad de acabar con Su Majestad, con Francia desinteresada. Se organizaron conspiraciones contra el triunfador; se dio a la nación la fiebre de lucro, esperando que las bombas y la especulación dieran al fin cuenta de la Providencia y de la idea. La Providencia desvió a unos; la idea, simple porque es grande, se refugió en las masas; las bombas golpearon abajo, cuando estaban destinadas a golpear arriba; la especulación desenmascaró, corrompió, arruinó y perdió a los mismos que querían servirse de ella para arruinar a las masas. De esta suerte, el Emperador y el pueblo francés continuaron de nuevo dispuestos a presentarse allí donde la civilización reclamase su apoyo. Un largo reposo del mal sucedió a estas tentativas; pero en su derrota quedó al menos satisfecho de que las cosas no llegasen tan lejos como para permitir a Su Majestad y al Pueblo francés tomar de manera decisiva el papel que deben cumplir tarde o temprano. Cuestiones políticas de segundo orden habían sido agitadas; pero las grandes preguntas permanecían sin resolver; la catolicidad no había sido llamada a pronunciarse de tal manera que pudiese al fin decir: ¡heme aquí! Las razas no estaban clasificadas; los latinos habían salvado a los sajones de la vergüenza de una derrota; sabíamos que el Imperio era fuerte, pero con algo de ceguera todavía podíamos persuadirnos de lo contrario. Lo más hábil era la espera: el tiempo es más mortífero que las bombas.

Pero la Providencia que, después de haber preparado a las naciones, crea a los hombres para los acontecimientos, no permite que estos no se cumplan. Aunque numerosas palabras de mando se sucedan, la explosión tiene lugar en un punto cuando se la conjuraba sobre otro; y las grandes preguntas son al fin planteadas de tal manera que hay que resolverlas, pese a los nuevos esfuerzos y tentativas para retrasar otra vez la solución.

En la época en la que, bajo el pretexto del progreso, las primeras revueltas religiosas empezaron a comprometer la unidad católica, el Catolicismo completó el Mundo revelando la existencia de América; la gran Isabel proporcionaba a Cristóbal Colón los medios para cumplir la misión que él también había recibido de Dios; y el descubrimiento de un continente nuevo, desbaratando todos los cálculos de la ciencia y de la razón humana, demostraba la superioridad de la revelación sobre ellas. Las razas latinas, que habían civilizado el Mundo antiguo, civilizaron el nuevo: lo conquistaron para la fe y la unidad, tal y como habían conquistado a sus soberanos; y ganaron sobre las tierras vírgenes de América el espacio que perdían en Europa. Pero sus adversarios no tardaron en perseguirlas en este nuevo campo de batalla, y es allí donde probablemente va a emprenderse la lucha que obligará a nuestra época a resolver por fin las grandes cuestiones de raza y de unidad absoluta, planteadas a la vez por la civilización católica y por sus enemigos.

América está dividida por la naturaleza en dos grandes partes, vinculadas por un istmo cuya posesión tienta necesariamente a la que quiera a toda costa absorber a la otra. No lejos de este istmo, como un observatorio que Europa conserva en el golfo más importante del nuevo Mundo, se extiende una isla fértil donde todavía nada le ha sido arrebatado a los hijos de quienes la descubrieron y civilizaron. Si el istmo es conquistado, Europa está derrotada políticamente; si la isla es invadida, lo está su religión. El istmo se convierte en la ruta de las nuevas conquistas, tan legítimas como la del istmo mismo, y la isla sirve de arsenal para una marina cuya creación está prevista en aras de completar la derrota del Catolicismo en el continente europeo. Y que no me digan, Sire, que exagero; de la boca del Sr. Soulé se sabe de estos proyectos, que no esconde en Madrid, para cuya ejecución se puso de acuerdo con todos los enemigos declarados de la civilización latina, antes de su salida de Europa. Codiciando México y Cuba, Estados Unidos no tiene tan sólo en vista la ampliación de su territorio y la satisfacción de sus intereses, sino que obedece a un pensamiento diametralmente opuesto al que sostiene regularmente Francia. No quieren civilización más allá de la que pretenden poseer; están comprometidos con todos los hombres cuyos odios han condenado las sociedades europeas. Para la república democrática triunfante en el nuevo Mundo, todo imperio, toda realeza en el universo, se convierte en algo perjudicial para sus intereses; por consiguiente, es útil y lícito derribarlos por la fuerza o por la astucia. Estados Unidos representa la Reforma insensata que, no habiendo podido triunfar en la civilización latina con los secuaces de Coligny, ha ido a remojarse más allá de los mares para volver reforzada y luchar con más afán que nunca contra esta civilización.

Una de las grandes desgracias de nuestra época, Sire, es la incapacidad en la que se encuentran nuestros hombres de Estado, ignorando los amplios horizontes donde planeaba antaño el espíritu de sus predecesores, no elevándose por encima de simples cuestiones de intereses políticos, comerciales, industriales y financieros, y no discerniendo las ilimitadas consecuencias que puede tener para el futuro el triunfo de Estados Unidos y de la doctrina Monroe. Hace falta una inteligencia como la de Su Majestad para abarcar el conjunto de estas consecuencias y reconocer la urgencia de una rápida alianza entre las razas latinas del antiguo y nuevo Mundo. Una vez se reconozca la urgencia de esta alianza por la voluntad que dispone Francia, el horizonte se ampliará súbitamente por su vigor; sus hombres de Estado se elevarán a la altura de las circunstancias hacia un trabajo hecho necesario, y todas las cuestiones de tránsito, de transporte trasatlántico, de relaciones con tal o cual continente americano serán tratadas desde un punto de vista macroscópico, lo que devolverá de inmediato al Occidente europeo su preponderancia moral y material. Todavía ayer resultaba peligroso aconsejar a los hombres de Estado latinos situarse a esas alturas; fácilmente se les podía acusar de dejarse arrastrar por quimeras más ilusorias que espantosas; las amenazas eran sordas, las invasiones disfrazadas, los peligros todavía ausentes. Pero hoy que la duda ya no es posible, las amenazas se profieren de viva voz, se preconizan las invasiones y los peligros son reales, ya no se teme ser tratado de Casandra, profetizando el próximo ataque del que va a ser objeto la civilización.

Lo que podría aumentar el peligro, Sire, es la persuasión que se logre inspirar a Su Majestad de que las amenazas proferidas por el Presidente de Estados Unidos en su último mensaje no merecen más que desdén, bastando esbozar una sonrisa para hacerlas justicia. En nuestros tiempos de ignorancia, donde únicamente los grandes genios tienen el don de ver los peligros y las masas el de presentirlas, las clases medias, ahora escépticas, creen poder superar todo a través de la burla. No recuerdan que los romanos de la decadencia se reían de los bárbaros, alrededor de mesas cargadas de vino y viandas hasta el mismo momento en que los bárbaros invadían la sala rompiendo en sus labios la copa desbordada de orgía. En tales ocasiones, la sonrisa no es señal de fuerza, sino de cobardía; se desdeña por miedo a ser obligado a combatir. Adversarios como los filibusteros y sus patrocinadores nunca se engañan; se lanzan en sus barcas, obligando a llorar antes de que terminen las sonrisas.

Supongamos incluso, Sire, que fuese insensato invitar a nuestra época degenerada a ocuparse de otras cosas más que de intereses materiales –tan mezquinamente restringidos en tanto no están subsumidos a intereses de otra naturaleza. Aun así el mensaje de Buchanan no merecería sino incitar en Europa el deseo de contestarle enérgicamente, ya que el día en que América no tenga relaciones de solidaridad con el resto del Mundo, los intereses materiales de Europa se verán seriamente comprometidos; nuestro comercio, nuestra industria, sufrirán la ley en vez de imponerla, y el descubrimiento del nuevo Mundo producirá el resultado incomprensible de causar la muerte del antiguo. ¿Pero porque reducir el debate a tales proporciones, cuando reina Su Majestad? El que los progresos de los enemigos de nuestras creencias y de nuestra nacionalidad desinteresada hayan conducido a la mayoría de la prensa europea a no discutir más que en el terreno de la vulgaridad es tan cierto como deplorable. Pero cuando un hombre del temple de Su Majestad ha logrado devolver la llave de bóveda al edificio europeo, se puede trasladar el debate más allá de ese terreno, hablar de la solidaridad de razas que creen en un mismo Dios, y de la alianza de naciones que tienen fe en un mismo pueblo y en el mismo Emperador. Además, es la única manera de alcanzar la salvación; puesto que en el terreno de los intereses materiales no hay razón alguna para pensar que el caos no advenga inmediatamente y para que la alianza de razas latinas se reconozca inútil. Por otra parte, vea Sire, con qué rapidez ha aumentado el nivel de audacia de los adversarios de la civilización a medida que ha bajado el de nuestras convicciones. Ya hablan de la unidad en el ateismo, mientras nosotros no osamos hablar de la unidad en la fe; Buchanan habla ya del derecho de los pueblos de librarse de toda tutela, mientras nosotros no nos atrevemos a declarar la solidaridad de los pueblos con una misma creencia. Los soberanos católicos, apoyados por Dios y sus súbditos, se valen incluso de circunloquios para llevar adelante una pretensión legítima y, entretanto, el elegido de una banda indisciplinada de salteadores de banca, osa declarar ante la faz del Mundo que ha llegado la hora de los bandidos y de los salteadores para asaltar la civilización. No estemos menos convencidos de la verdad de lo que ellos parecen de la impostura; no discutamos su sistema del mal temiendo proclamar nuestro sistema del bien. Y puesto que –más habilidosos que nosotros– han sabido hacer religión del crimen, mientras nosotros parece que renunciamos a la nuestra, apresurémonos a elevar la cruz al mismo tiempo que desenfundamos la espada; apresurémonos a invitar a las razas latinas a la alianza, fuera de la cual no existe salvación alguna para la civilización.

La prueba de que esta alianza tendrá como resultado inmediato derribar todos los planes del mal, es el número infinito de esfuerzos que este hace para romper su espíritu antes de que se consolide de hecho; es la inminencia de una lucha fraticida hábilmente preparada, pérfidamente aconsejada por él. Sabe perfectamente que una vez emprendida esta lucha, su triunfo está asegurado, que el istmo y la isla se convertirán en su presa; que nadie podrá parar su marcha invasora hacia el sur, su vuelo destructor hacia Europa. No está lejana la hora, decía el Sr. Soulé en Madrid, en la que una flota americana desembarcará sobre las costas de Europa a cincuenta mil yanquis, quienes devorarán de un bocado vuestra pretendida civilización. He aquí, Sire, el porqué Su Majestad debe considerar el mensaje de Buchanan como un documento serio e impedir ante todo, por sus consejos, que el Gabinete de Madrid envíe un ejército contra México, y hacer que prevalezca en este último país la influencia francesa en beneficio del gobierno que en definitiva representa el orden y la disciplina.

España es con toda seguridad la potencia europea que tiene, tras Francia –y acaso tanto como ella–, un interés inmenso en impedir a los electores de Buchanan llevar a buen termino sus proyectos. Y sin embargo España es la que quizá asegure el triunfo de esos planes, debilitando México y obligando a sus habitantes a tirarse a los brazos del partido extremo, que tiene todas las simpatías de Buchanan.

El General Prim ha entendido que la expedición de México representaba de alguna manera una abdicación por parte de España sobre su influencia en América y una vía hacia la perdida de Cuba.

Se esperaba que la presencia de buques españoles en aguas mexicanas fuese la señal para todos los extraviados de México frente al infame mercado propuesto por Estados Unidos a esa república. “España es vuestra enemiga, le decían el presidente de México, y vosotros sois pobres. Prestarnos vuestra bandera e iremos a conquistar Cuba, comprometiéndonos a compraros cien millones de ‘piastras’ cuando la hayamos conquistado”. Se trataba entonces en México de tocar la fibra del patriotismo ofendido, al igual que desde hace dos años en Madrid. México no fue lo bastante torpe como para sucumbir a la tentación. ¿Será el general O’Donnell menos hábil, menos concienzudo, menos desinteresado que el presidente de México? En tal caso los mexicanos exaltados dejarían de dudar; tendrían el motivo que les faltaba, y como es probable que un ataque de España tenga por resultado facilitarles el camino hacia el poder, no hay duda de que firmarán a dos manos el tratado que puede entenderse como la condena a muerte de la raza latina en el nuevo Mundo.

Las consecuencias de la aparición de buques españoles frente a México podrían ser más que las que vislumbro. Y que el partido pretendidamente liberal, que desgarra hoy el corazón de esta república, reconozca como jefe a ese Vidauri que en su momento no vaciló en prestarse a un reparto de su patria para obtener la presidencia de una república de Sierra Madre, constituida con las más bellas provincias de México, bajo el protectorado de Estados Unidos. Y este general, ¿no continua de agente de Estados Unidos en su patria desolada? Podríamos decir aquí quien es el corredor audaz que por su cuenta vendió las barras de plata que provenían de la fundición de platería de templos violados por él. Podríamos mostrar al ministro de Estados Unidos en Washington recubriendo con su librea al ladrón Loperena y amenazando a México con una declaración de guerra si la justicia osa oponerse a la salida de este nuevo tipo de lacayo. Se lo pregunto a Su Majestad, ¿qué relación podemos esperar mantener con un país que lanza sobre el Mundo civilizado embajadores capaces de levantar barricadas en Madrid, mantener en Europa conciliábulos en los que se pronuncia la condena de Europa, y de convertirse en mercaderes de plata robada en un país en el que fomentan una guerra civil?

Los buques españoles en aguas mexicanas no pueden ser útiles sino a condición de que acompañen a los buques franceses para intervenir concertadamente en el centro de América, a favor de las razas latinas. La Expedición de Conchinchina es un síntoma; este síntoma debe desarrollarse hoy y producir una alianza terrible ante la cual los invasores tiemblen.

Sí, Sire, una nueva ocasión, y esta vez decisiva, se le presenta a Su Majestad para representar el papel supremo de árbitro universal, para el cual la Providencia ha coronado su frente. Su Majestad ha estado en Oriente para proteger al débil del fuerte, y el débil no era su hermano ni en religión, ni en política, ni en civilización. Y con gusto el fuerte se hubiese repartido con Francia la presa codiciada, si es que Francia pudiese aprovecharse jamás de la debilidad de una nación para absorberla. En el occidente de Europa se trata de nuevo de proteger al débil; pero esta vez el débil es hermano de Francia tanto en religión, como en política y civilización. Y el fuerte, pasando sobre su cadáver con el consentimiento tácito e imposible de Su Majestad, no aprovechará su triunfo más que contra Napoleón III.

El mensaje está abiertamente dirigido contra la fe, las ideas, los principios y los intereses de los que Su Majestad es símbolo universal; abofetea a Europa en sus dos mejillas, y afirmo que los que tratan de ridiculizarlo palidecen en sus gabinetes por ello.

El señor Buchanan y la nación que representa ya no lo esconden más. Desean hoy mismo Cuba, y el lenguaje empleado en el mensaje demuestra que no retrocederán bajo ningún concepto hasta alcanzar su meta. Primero quieren ocupar dos provincias de México, y en el caso de que el general con el que cuentan para que les venda las demás no salga victorioso, declaran que se apoderarán de una parte la república; lo que equivale a decir que tomarán Sonora, Sinaloa, Chihuahua, Durango, Zacatecas, Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila, simplemente porque las cinco primeras ofrecen incalculables riquezas metalúrgicas y las tres siguientes circundarán Texas. Proclaman abiertamente que Nicaragua, Costa Rica, Honduras, San Salvador y Guatemala son de su propiedad. Deben ser mías, dicen, y la razón es que me llamo león. Necesitan extender el famoso protectorado sobre Arizona, que según ellos es una guarida de asesinos. Antaño bombardearon Greytown, bajo el pretexto de que en esta ciudad de madera anidaban los piratas. ¡Piratas castigados por filibusteros! Por supuesto, tan sólo había piratas en los navíos que bombardearon la ciudad; esta estaba habitada por apacibles comerciantes, la mayoría extranjeros, entre los cuales se encontraba un buen número de compatriotas. Y si hasta ahora se bastan con esto es porque según ellos el Sr. Buchanan resulta, por su prudencia y moderación, un obstáculo para propósitos más grandiosos.

Animados por la indiferencia de Europa, que con razón creen tan sólo aparente y por lo tanto dictada por el miedo; enardecidos por las concesiones de Inglaterra, cuya marina insultaron en Greytown sin que se les pidiese rectificación alguna; suficientemente ricos para recubrir el Mundo de cómplices, no quieren a Buchanan sino a Soulé. Ni Cuba ni México pueden apaciguar su sed avasalladora. Les hace falta América entera y la ruina de todo lo que pueda recordar en el universo la existencia del catolicismo y la monarquía. en los demás continentes Los que aquí tiemblan al ver cómo se emprende la lucha –siendo por sus intereses cómplices del mal–, tratan de persuadirse y de persuadir a los demás de que Estados Unidos no aprueba el espíritu del mensaje de Buchanan. Es un error; este mensaje no es más que la expresión debilitada de la opinión publica de esa guarida de bandidos, destinados a castigar la Humanidad, si la Humanidad no se detiene a tiempo ante la pendiente que la conduce ya al abismo.

Ante el triunfo de Estados Unidos como señal de descomposición de la sociedad latina, es deber de Francia, a la que Dios ha encomendado la custodia de esta sociedad, amarse para defenderla; manteniendo con su influencia, ante las pretensiones de Buchanan, el gobierno que representa en México el orden, la moralidad y, sobre todo, la unidad religiosa; restableciendo las relaciones de España con este gobierno, en donde la presencia de la bandera de Isabel en el golfo de México secunde los propósitos y asegurar la estabilidad; prohibiendo a Estados Unidos pensar siquiera en la compra o la invasión de las Antillas. Una alianza franco-española a la que todas las naciones latinas vendrían a unirse, revelaría de golpe el nivel moral de la Humanidad, con la ventaja añadida de resolver al fin las cuestiones más importantes, siempre distantes por enrevesamientos repletos de tormentas. Y que Su Majestad no se extrañe de mi insistencia en subrayar el carácter religioso de los acontecimientos, que se pretende abstraer en nuestros días, con todos los esfuerzos de los que es capaz el mal a fin de conseguir su meta. El día en el que la unidad católica cese de reinar en México y Cuba, la descomposición de la sociedad latina en América será un hecho consumado, y caerán los únicos obstáculos que se oponen todavía a las invasiones de Estados Unidos. Prueba de que el mal considera el despertar de la creencia como señal de su derrota, es la incalculable serie de medidas que toma para oponerse. Una gran conspiración se ha organizado para que ni las artes, ni la literatura, ni el ejercito, ni cualesquiera fuerzas, se atreva a decir abiertamente: yo creo. Mientras Buchanan se prepara para el asalto a la civilización, sus cómplices le envilecen y enervan. Ya ve Su Majestad que el peligro es grande, y debe reconocer que su dinastía sería la primera victima.

Una intervención franco-española en América a favor del principio latino conllevaría para la civilización católica la inmensa ventaja de desviar la atención de Europa hacia América, así como revelar a la sociedad europea un campo de influencia moral y de transacciones materiales mucho más amplio que el que se ha creído que debía explotarse hasta hoy en el nuevo Mundo. Las relaciones de Europa con Norteamérica no han tenido para Europa sino resultados deplorables, lo que es fácil de entender debido al estado de conspiración permanente de Estados Unidos contra ella. Apenas han pasado algunos meses desde la crisis organizada por los electores de Buchanan para producir en el Mundo una perturbación propicia al cumplimiento de sus propósitos; Estados Unidos no ha mantenido con Europa sino relaciones orientadas a su ruina, y cada vez que se ha presentido una conmoción bajo sus pasos, al abrir la mina se ha descubierto pólvora fabricada por los anglosajones. Todas las ventajas de las relaciones comerciales establecidas entre Europa y Estados Unidos han repercutido en favor de Estados Unidos, y todas las desventajas han sido para Europa. Mientras tanto, Sire, le aseguro que podríamos adquirir ventajas de todo tipo, crear una deuda de reconocimiento que sería pagada, establecer un contrapeso suficiente a las pretensiones yanquis y asegurarnos todas las rutas de tránsito universal entre el océano y el Pacífico, si prestásemos a América Latina un cuarto de la atención que prestamos a la América anglosajona, ejerciendo nuestra influencia benefactora sobre Sudamérica y Centroamérica, fomentando en todas las repúblicas hispano-americanas el desarrollo del comercio y de la industria, en donde las riquezas proceden desde luego de otras fuentes que las de Estados Unidos.

Una alianza latina, colocando a los electores de Buchanan del lado de la civilización, obligaría al fin a Europa a reconocer que Centroamérica y Sudamérica son el teatro natural donde en lo sucesivo debe ejercer su influencia y establecer sus relaciones trasatlánticas. Casi todos aquellos hijos que se van a Estados Unidos, apenas ponen los pies en esa tierra maldita cuando un viento de ingratitud sopla sobre sus corazones y reniegan, tal como Soulé, del país que les vio nacer; todo europeo que se mezcla con los yanquis se vuelve inmediatamente un enemigo de Europa. Pero algo todavía más extraño pasa en Norteamérica y ciertamente no es el menos curioso ni interesante de los temas examinados que planteamos a la atención de Su Majestad. Los verdaderos habitantes serios de Estados Unidos, los propietarios del suelo, los descendientes de aquellos que aseguraron valerosamente la independencia de la colonia inglesa sin sospechar que abrirían un refugio a la hez de las revoluciones, no son libres para manifestar una opinión de orden y de moralidad, y se ven dominados por los nuevos reclutas que vienen de fuera a fortalecer y engordar cada día la falange de los autoproclamados demócratas. Nadie piensa que estén dispuestos a respaldar a Europa, ya que Europa, por su indiferencia o temor, les deja a merced de sus adversarios. Alejados del poder desde hace veintiocho años, se ven obligados a asistir en silencio a las orgías de los filibusteros y a ver su patria transformarse en una guarida donde desde hace tiempo se preparan todas las infamias políticas que amenazan la existencia de la civilización. Estos habitantes son respetables, podrían rehacer su país si Europa intimidase o derrocase a sus adversarios; pero es su influencia lo que se destruye. Los europeos que ponen un pie en Centroamérica y en Sudamérica, no dejan de ser hijos y amigos de Europa; si actuasen de otro modo perderían todo su prestigio, lo que por tanto marca la diferencia que existe, en cuanto a la nobleza de sentimientos, entre los yanquis y aquellos cuyo país quieren invadir. Europa tiene pues allí alguien a quien proteger; nuestros embajadores sienten latir corazones franceses y no ven en los habitantes sobre cuyo país hacen ondear nuestra bandera enemigos enardecidos de ese glorioso labarum.

Francia tiene a cuatro mil de sus hijos únicamente en México, e igualmente tiene a otros tantos en todas las capitales de las repúblicas hispano-americanas. Pues bien Sire, se trata de proteger a estos hijos de Francia, interviniendo de manera pacifica o a mano armada, y cambiar en su provecho, al nuestro y al de nuestros aliados naturales el curso de las relaciones de Europa con América. No es en Estados Unidos donde se encuentren las verdaderas fuentes de riqueza del nuevo Mundo, y es por ello por lo que Estados Unidos se ve siempre tentado a extenderse fuera de su país. Es en Centroamérica y en Sudamérica donde la influencia de Su Majestad puede hacer renacer el orden y la paz por todos lados. Los Estados latinos del nuevo Mundo, Perú y Ecuador por ejemplo, ¿estarían cerca de llegar a las manos si Europa latina se ofreciese como arbitro de sus diferencias? Pronto serían más fuertes y fecundos, y estarían unidos. Bloquee, Sire, a Estados Unidos, y el Mundo verá entonces si Estados Unidos puede encontrar en su casa lo necesario para alimentar la sed de gozos materiales que le carcome.

Como todos los hijos de las razas anglosajonas, los norteamericanos son expertos en explotar el trabajo y la fortuna de los demás, ven sus indias en Sudamérica; he aquí lo que les empuja a lanzarse rápidamente más allá del istmo de Panamá. El futuro de las relaciones de la civilización latina con América está, lo vuelvo a repetir Sire, completamente del otro lado de Estados Unidos; está en la importancia del istmo que Su Majestad ya estudio antaño desde miras tan elevadas que os hizo el primer hombre de la época; está en Sudamérica. En cuanto a Estados Unidos, su hora sonará el día en el que una alianza latina les exhorte la orden de no dar un paso más encaminado a la invasión. El cáncer que les roe, y que nutren arrojándole cada año el producto de un nuevo robo, les morderá repentinamente el corazón; su federación se romperá por la fuerza de las cosas, y entonces será cuando realmente Europa latina podrá sonreír, si es que no es tan bondadosa como para apiadarse de ellos. Estados Unidos no viven sino para invadir; parecidos a bandidos, sus habitantes no existan sino lanzándose frecuentemente fuera de sus cavernas; encerradlos y se comerán entre ellos; a grandes bocados, como salvajes: ¿No se probaron ya a sí mismos en Utah?

Sí, Sire, tal será la suerte de Estados Unidos, cuando una alianza latina les reduzca a existir por sí mismos; y no imaginamos lo fácil que sería reducirles. Este temible adversario, cuyos golpes pueden ser tan funestos, cuyo triunfo sería mortal para la civilización, no tiene más fuerzas que las de la indiferencia o el temor de aquellos a quienes amenaza. Representa para el Mundo lo que para el niño las sombras imaginarias que cree ver correr detrás de él: si continua huyendo el espanto le conducirá al abismo; si se para y mira de frente a su sombra, el fantasma desaparecerá. Nada hay en ellos más que mentira, debilidad y cobardía. Creyendo que no tiene nada que temer ni nada que perder, Estados Unidos se atreve y lo arriesga todo; son grandes por el espanto insensato que inspiran. ¿Quién no se acuerda de los resultados de la campaña que emprendieron contra México, en mil ochocientos cuarenta y seis? México, que no tenía más que ocho millones de habitantes, desgarrado por la guerra civil, sin apenas un millón en su tesoro, le costó a Estados Unidos veinte mil hombres y doscientos millones de piastras, siendo su población de veintiséis millones de hombres, y con un tesoro que excedía los veintiocho millones. ¿Qué les habría pasado, en qué se convertirían, si hubiesen tenido o si tuviesen que luchar contra una de las grandes potencias europeas, y, sobre todo, contra una alianza latina? Aun teniendo hombres a mano, les será imposible tener un general de genio; ya que una de dos, o este general es un hombre honrado que no se prestaría a sus propósitos, o es un ambicioso egoísta, y entonces sería de sus propias instituciones por lo que tendrían que preocuparse. Durante esa misma guerra contra México, ¿no estuvieron celosos de Scott, su general, no le tuvieron miedo?... Su potencia marítima ha metido mucho ruido, y ni siquiera pueden alinear una flota militar; sus buques mercantes, muy adecuados para transportar filibusteros, no aguantarían contra una fragata imperial. Están obligados a negociar con sus propios insurrectos, y no pueden montar una armada capaz de barrer a unos cuantos locos reclutados.

En realidad, Sire, el examen de sus fuerzas reales daría razón a los que les ridiculizan, si no recibiesen impunemente el apoyo de fuerzas auxiliares verdaderamente peligrosas para la civilización latina y particularmente para la dinastía de Su Majestad. Son estas fuerzas a las que es necesario y glorioso vencer, ordenando a Estados Unidos no dar un paso más; lo que hay que combatir frente a ellos es lo que la revolución tiene de amenazadora, la revolución universal de la que son símbolo, como lo es Su Majestad del orden religioso y político; y es ante todo sus modos de subvencionar a sus cómplices europeos lo que hay que extraerles, obligándoles a ofrecer otra cosa que amenazas gratuitas y provocaciones impunes.

Si Su Majestad, descendiendo una hora de su trono, pudiese deslizarse entre las bandadas de quienes conspiran de corazón y con la bolsa contra la Francia imperial, en los despachos donde papeles pretendidamente liberales reproducen el mensaje de Buchanan, en todos los lugares donde, en definitiva, se le espera como al Mesías, como una chispa que encenderá las pólvoras revolucionarias, se daría perfectamente cuenta de las fuerzas terribles que la impunidad da a Estados Unidos, y entre ellos a todos los adversarios de las razas latinas. Una manifestación de estas razas bajo la dirección de su árbitro natural bastaría para dispersar como al polvo las cuartillas del mensaje de Buchanan. Una indecisión, una torpeza de estas razas, una lucha entre ellas, un año más de indiferencia por su parte, y el mal que ha empezado a atacar los confines de nuestra civilización, las estrangularía en Europa, para entregar después su cadáver a los cómplices bárbaros que pululan alrededor del trono de Su Majestad. La funesta influencia moral ejercida por Estados Unidos sobre sus cómplices europeos; el crecimiento del número de estos últimos son, hay que admitirlo, consecuencia de la debilidad de los gobiernos respecto a las excentricidades e intenciones de los yanquis. ¿Cómo dejar de creer que los gobiernos no están sometidos a la voluntad de los electores de Buchanan, cuando cada dos por tres vemos a estos últimos situarse por encima de las leyes y de los tratados respetados y corroborados de común acuerdo por las potencias de primer orden? El Wabash, ¿no ha franqueado últimamente y con total impunidad, los Dardanelos violando las prescripciones del tratado de París, declarando que los buques de Estados Unidos no tiene porqué atenerse de este tratado? ¿No hemos visto a un simple capitán yanqui enfrentarse a Austria, prohibiéndola en el mediterráneo tocarle un solo pelo a Kosta? Los ejemplos de tales desafíos son innumerables. Los enemigos internos de la civilización también dicen: ¡Europa tiene miedo de Estados Unidos! En 1846, Europa, que también creía que las bravatas yanquis no eran dignas de atención, ha dejado que Estados Unidos hacerse con CIENTO DIEZ MIL LEGUAS CUADRADAS en México, ¡suficientes para construir tres reinos!

Sin embargo, no es siquiera necesario –este usted persuadido, Sire–, lanzar un solo cañonazo para disipar el fantasma amenazador y aniquilar las fuerzas dispuestas por sus cómplices. Estados Unidos no tiene ningún Sebastopol, como tampoco flotas y ejércitos; saben que en el terreno de la defensa no se puede esperar nada de ellos. Una simple declaración de Su Majestad bastaría para hacerles reflexionar e inspirar al fin bastante confianza a los adversarios de los demócratas para que se acerquen al poder del que están alejados desde hace veintiocho años. Tal declaración sería aplaudida por el universo como lo fue aquella de Carlos X a propósito de este otro nido de piratas que se llamaba Argelia, o como lo fue la de Su Majestad a propósito de Turquía, que se trataba de proteger. El caso es idéntico: Francia, no quiere invadir; lo que quiere es impedir que se invada; y si Estados Unidos forzados a explicarse, reconocen que la invasión es para ellos una cuestión de vida o muerte, el Mundo tendrá que decidir si quiere morir para que ellos vivan.

No hay que dudarlo un solo instante: la conducta de Estados Unidos, el lenguaje de sus presidentes, de sus agentes diplomáticos, de sus capitanes de navío, de todos aquellos ciudadanos suyos que por cualquier circunstancia se relacionan con el Mundo; tanto por sus actos como por su lenguaje, demuestran que se creen con derecho a la invasión allí donde ven ventajas a obtener. Como Cuba les sería útil, entonces tienen el derecho de poseer a Cuba; de la misma manera pronto se reconocerán los dueños legítimos de todas las colonias europeas del mismo mar. Ya no solamente España debe temer por su Antilla, Francia debe temer por las suyas; Gran Bretaña; y el resto del Mundo entero, en definitiva. Cuando Perú descubrió sus riquezas en Guano, ¿no vimos a Estados Unidos reivindicar la propiedad de las islas adyacentes? Si tiene tierras que cultivar, su abono les pertenece. Esto equivale a decir que un hombre que quiere saber la hora y no tiene reloj tiene el derecho si quiere de coger el reloj de su vecino.

Me detengo, Sire. Me es imposible desarrollar en los límites de este folleto todos mis pensamientos. Su Majestad, acostumbrado a abarcar todas las consecuencias de forma sintética sabe, una vez leídas estas líneas, a qué documentos y pruebas tiene que recurrir a fin de adquirir la certidumbre de que tengo razón. Resumo mis deseos: alianza de las razas latinas bajo la mano del Emperador de los franceses que debido a todos los elementos providenciales está llamado a encabezar; intervención latina en los asuntos de México a favor de los principios latinos; declaración enérgica estableciendo que Europa nunca permitirá a Estados Unidos comprar o invadir Cuba; renovación de la orientación de las relaciones de Europa con el Nuevo Mundo, con el ejercicio de la influencia francesa en este continente; unión intima de los intereses latinos de Europa con los intereses latinos de América y, por consiguiente, estudio y empleo de todas las medidas orientadas a anudar entre estos intereses lazos indisolubles; en definitiva, supremacía francamente proclamada de la idea católica para la solución de todas las cuestiones latinas, a fin de poder devolver a la civilización esa unidad de acción y esa amplitud de horizontes de la que está privada desde que el pensamiento religioso se concibe como algo sumido a los acontecimientos y no como su director.

Estos deseos que dirijo hacia Su Majestad no solamente en mi nombre sino en el nombre de las razas que tienen fe en ella, provocaran sin duda un profundo asombro entre las clases intermediarias de la sociedad occidental; desacostumbradas a grandes proyectos y a grandes cosas; pero estoy persuadido que encontrarán eco en el corazón del hombre que la Providencia predestinó tan claramente para su cumplimiento; estoy igualmente persuadido que no asombraran a las masas para quienes el nombre de Napoleón es sinónimo de grandeza y salvación.

Mientras los hombres de Estado occidentales, absorbidos por no se qué cuestiones de segundo orden –cuya solución es indigna de ellos–, han descuidado instruirse sobre las ventajas que la civilización latina extraería del ejercicio de la influencia europea en Centroamérica y Sudamérica, los habitantes de nuestros puertos han descubierto en la práctica tales ventajas, y empiezan a alzar la voz hacia Su Majestad para que no las deje escapar. Las cámaras de comercio de Burdeos, Nantes y el Havre, sin concebir el conjunto de estas ventajas, las entrevén, y reconocen los peligros que conllevaría para Francia alargar su indiferencia hacia América. Estas cámaras de comercio han mandado correos a Su Majestad, que atestiguan tanto la oportunidad como la justicia de mis deseos.

El carácter inminentemente católico de estos últimos corresponde a la necesidad que las masas sienten de no permanecer en las tinieblas de la duda, y de ver a la familia reconstituirse al mismo tiempo que el Estado. Todo lo encaminado a oponerse a estos deseos es un peligro tanto para la civilización como para la Francia imperial; ha llegado al fin el momento de distinguir a nuestros amigos de nuestros enemigos y dejar de nutrir a la serpiente que piensa devorarnos. La hora es propicia, y decisiva para un despertar de la catolicidad. Atacada por todas partes con rabia, la catolicidad puede alzarse por todos lados victoriosa, y con el triunfo garantizar a vuestra dinastía el Imperio que Su Majestad ha reconquistado tan noblemente a la anarquía, la irreligión y, sobre todo, la ignorancia, cuyas tinieblas cubrían ya el Mundo.

Cuando la justicia, la verdad y el orden reinan en el universo; cuando las naciones débiles no tiene nada que temer de las naciones fuertes; cuando la religión prosigue su obra regeneradora; cuando los adversarios de la civilización se arrastran, aplastados bajo la mano enérgica del derecho; cuando Francia y su soberano son respetados, y su influencia legitima se ejerce en toda su plenitud; cuando los conspiradores no se atreven a manifestarse a la luz del día y se confiesan impotentes, por su inacción; Su Majestad dijo: el Imperio es la paz. Pero cuando la justicia, la verdad y el orden son desconocidos, ultrajados, desafiados; cuando se amenaza la independencia de las naciones hermanas; cuando se expulsa a la religión, públicamente insultada, de los congresos que tendría que presidir; cuando se discute, combate y viola el derecho por los adversarios de la civilización; cuando se aparta a Francia y su soberano de las cuestiones importantes, se la hiere su influencia, y se la ataca en los principios que representa y profesa; cuando los conspiradores se exhiben, y se osa escribir el mensaje que acaba de arrojarse a la cara de Europa; el Imperio es el vengador del orden, de la verdad y de la justicia; el Imperio es el defensor de la naciones amenazadas; el Imperio es el brazo que sostiene la espada de San Pedro y reivindica la herencia de Carlomagno; el Imperio es el campeón del derecho violado; el gran dispensador de la influencia pacificadora; el Imperio es la forma del gobierno que resuelve los desafíos y condena a aquellos que los motivaron; y si para ejercer esta misión múltiple hace falta que el Imperio sea otra cosa que paz: ¡que sea guerra!

París, 25 de diciembre de 1858.

Un hombre de raza latina.