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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1858 Manifiesto a los mexicanos del Supremo Gobierno de Félix Zuloaga. Respuesta de Melchor Ocampo.

Enero 28 de 1858

 

Una de esas crisis terribles que Dios permite sin duda para instrucción de los pueblos y de los gobiernos, amenaza a un tiempo la unidad y la vida de la República y los principios de su civilización. Un movimiento de perturbación y violencia deja una huella de esterminio y de sangre por todas partes, y la sociedad conmovida profundamente y sin poder organizar todavía una resistencia que pueda salvarla, nos habla a todos en medio de este desorden y trastorno general. En circunstancias tan dolorosas, y obtenido un triunfo que se ha consagrado a la causa gloriosa de 1821, y que no se ha manchado con ningún esceso, ni con ningún odio, el gobierno que acaba de establecerse no debe buscar otro apoyo, ni proclamar otros nombres, que la Religión, la Unión y la Independencia.

Pocos cambios se han presenciado, y no ofrece ciertamente ninguno nuestra guerra civil, en que sea más legitimo el derecho de pedir un nuevo orden de cosas, ni más uniformes el voto y la voluntad de los pueblos. Atacada la Iglesia, desconocidas nuestras costumbres, sancionadas las máximas más disolventes, y en peligro la propiedad, la familia y todos los lazos sociales, la constitución de 1857 ha desaparecido, sin embargo, no por los enemigos que había suscitado, ni por los poderosos elementos reunidos contra ella, sino por el mismo desacuerdo y por la misma discordia entre las autoridades establecidas. Convenía a las miras de la Providencia esta vez que el edificio que se había levantado sobre cimientos tan deleznables, solo cayese por su propia inestabilidad.

Disuelto el Congreso, empeñado el que ejercía el poder ejecutivo en no adoptar ningún plan de salvación común, y en escitar contra sí mismo el partido que lo había elevado, y a la sociedad que lo conjuraba a que abrazase los buenos principios, no podía haber ni otro centro de unidad, ni otra esperanza de orden y de la garantía, que la fuerza armada y el plan a que había apelado en 17 de Diciembre del año anterior para preparar un cambio saludable y librar al país y a esta capital de una horrorosa catástrofe. No hay necesidad de referir, porque lo saben todos, cómo se fueron complicando los acontecimientos, y cuál fue la necesidad de empeñar una lucha que pudo prolongarse por muchos días y que se terminó en muy pocos, sin más desgracias que las que son inevitables. Cuando se habla de guerra entre hermanos deben economizarse todo elogio a la disciplina y al valor personal; pero no sería permitido nunca callar la decisión del ejército y la moderación con que se ha conducido, inspirando la confianza y venciendo cuantas dificultades pudieron oponérsele para no dar al triunfo que había alcanzado otro carácter del que le convenía: paz y concordia. ¡Digna imitación de los soldados de 1821! sobre estas bases se ha establecido el gobierno que dirige la palabra a la nación. Extraño a todas las cuestiones de la política y sin ningún género de responsabilidad por lo que deja atrás, se encuentra colocado en la situación más difícil y peligrosa, porque la sociedad casi está disuelta, pero con la misión más noble para dirigir los negocios y hacer posible siquiera un periodo de orden y de prosperidad.

El partido de la Constitución que ha encendido todos los odios y que favorece la dictadura más ilimitada y la anarquía más peligrosa, va a preguntar al gobierno con qué derecho se ha establecido y cuál es su representación legal. El gobierno, que no quiere presentarse ante la nación sino bajo la forma sencilla del desinterés y de la verdad, responderá desde luego que su derecho es el de la propia conservación, y que su representación será la que la República, que tiene la obligación de salvarse a sí misma, quiera darle, podrá ser una administración nacional, a solo el gobierno de algunos Departamentos. Pero mientras la República no pronuncie su fallo, mientras no se declare por alguna de las banderas que han levantado las facciones, que no son ciertamente órganos de su voluntad, el gobierno debe creer y proclamar también que el programa de las garantías es el único que quieren los pueblos, el único que puede servir de cimiento a una sabia constitución y a una acertada organización política. El gobierno opondrá a un plan que todo lo destruye otro que lo conserva todo, y preguntará a su vez si lo que se llama progreso y reforma que ha empapado a nuestro suelo en sangre y en lágrimas, debe prevalecer sobre los sentimientos que ha manifestado siempre la nación bajo el estandarte de la independencia. Si los caudillos que se sacrificaron por esta hubieran podido imaginar siquiera que se buscaría alguna vez la grandeza de México en la persecución a la Iglesia y en la discordia erigida en sistema, o habrían desistido de su noble propósito, o habrían bajado al sepulcro Ilenos de amargura y de funestos pensamientos.

Las leyes que espide el gobierno y que van a circularse con este manifiesto, esplican bien las necesidades que en lo pronto hay que satisfacer, y las medidas que deben adoptarse para tranquilizar la conciencia pública y restablecer la armonía entre las potestades civil y eclesiástica. La Iglesia ha considerado sus bienes como un patrimonio legítimo y sagrado; pero no ha vacilado un momento en perderlos todos por conservar su doctrina y la obediencia que debe al Gefe Supremo de la Religión. Ha visto atacado el fuero eclesiástico y privados a sus ministros de los medios necesarios de subsistencia. Ha sufrido una persecución que apenas parece creíble en México, y nadie puede disculparla si apela al testimonio imparcial de su conciencia y a los sentimientos puros de su corazón. ¿Qué inteligencia ilustrada, que alma generosa, que justicia pueden aprobar las leyes que se ha sancionado? Reparar estos males, calmar los ánimos y presentarse el gobierno como una administración compuesta de hijos fieles de la Iglesia católica, y deseosos de dejar a su patria y a su posteridad ejemplos dignos de sus mayores, es el deber más imperioso y el que menos puede contrariarse ni aun por los hombres que no profesen estos principios. En este naufragio en que todo se pierde, y que no debemos contemplar sino como un castigo del cielo, ¿por qué hemos de invocar su protección reparando las injusticias que se han cometido? Y si el respeto al culto de nuestros padres, si devolver a la Iglesia lo que Ie pertenece, si precaver nuevos conflictos entre las dos potestades, si restablecer la administración de justicia y organizar los ramos del gobierno, es observar una conducta de partido, lo dirá en breve tiempo la República y las naciones que nos observan. Vendrá el desengaño, y no podrán ya confundirse los sentimientos que inspira la Religión, con los intereses de un bando político.

Nadie puede dudar que las personas de que se compone el gobierno están bien penetradas de la inmensa dificultad de restablecer la paz, de la responsabilidad que desde hoy pesa sobre ellas, y de la resistencia que van a encontrar en los Departamentos cuyas autoridades no quieran adherirse al cambio que se ha efectuado en la capital. ¿Quién podría creerse capaz de construir una obra salida con las minas que se ven sembradas por todas partes, con el estravio de las ideas, y con los odios y enemistades encendidos en todos los corazones? ¿Pero será permitido a un mexicano, cuando la nación está próxima a disolverse y cuando raya una luz de esperanza, dejar de prestar su cooperación en los momentos más angustiosos para la patria? ¿Ha de quedar ésta entregada a un destino ciego y a una ruina inevitable? ¿No ha de revivir en todos sus hijos el fuego que encendió su libertador cuando proclamó que el primer bien de México era la Religión (*), que con ella viviríamos unidos, y que esta concordia sería el cimiento indestructible de la independencia? ¿habrá hombre tan parcial o tan preocupado que cuando se le muestre la enseñanza gloriosa en que están escritos los títulos de la soberanía nacional y del respeto que supo inspirar en días más felices, quiera oponerle otra que no nos anuncia sino desgracias, una división perpetua y un término horroroso? Cuando se hace callar la razón, los hechos hablan, y cuando se destruyen todos los intereses y se conculcan todos los sistemas y todos los principios, hay dos cosas que permanecen en pie y que nos juzgan a todos: la verdad y la justicia.

A ellas apela el nuevo gobierno y por ellas quiere que sean calificados sus actos. EI día que engañe o atropelle las leyes de la moral pública; el día que puedan decir los ciudadanos, esta administración oprime, es inicua, arbitraria, y no se dirige sino por las pasiones malignas y por el espíritu de partido, recaiga sobre el gobierno el anatema nacional y que tenga la suerte del último que Ie ha precedido. Pero si cumple bien el juramento que acaba de hacer de promover eficazmente la unión entre todos los mexicanos, y si en medio de los conflictos o desgracias que pueden sobrevenir, puede decir a la faz de la nación que ha hecho cuanto ha dependido de él para salvarla, y que si no ha sido feliz, si ha tenido una intención pura y un patriotismo noble, entonces es seguro que no será perdido ese ejemplo, y que habrá merecido bien de la patria, que tarde o temprano ha de hacer justicia a sus hombres públicos. Proscritos unos, desgraciados otros, prófugos los que ejercen la autoridad suprema, levantados nuevos poderes sobre los restos de otros destruidos, esta acción y reacción ofrece mil reflexiones al observador imparcial que nada encuentra de sólido ni en las constituciones, ni en los estados cuando entregamos a las pasiones el gobierno de nosotros mismos.

No hay inconveniente ninguno, y por el contrario es una obligación sagrada inculcar, que solo el sentimiento religioso puede librar a este desgraciado país de todos los horrores de la barbarie. Se ha querido abatir la influencia moral y benéfica de la Iglesia, y se levanta una dictadura de devastación y de muerte por todas partes. En este punto, pues, será tan firme el gobierno como son los principios que profesan y el respeto que debe a la religión. Por fortuna ésta se concilia con todas las formas políticas, con todo género de gobernantes y autoridades, con todas las concesiones que la prudencia o las circunstancias exijan para unir hermanos que se destrozan con encarnizamiento, y que contemplan con mayor interés y como de más importancia cuestiones frívolas, que nuestros Estados fronterizos invadidos por los bárbaros, nuestros caminos públicos cubiertos de malhechores, nuestra hacienda aniquilada enteramente, y nuestra administración reducida al simple cambio de personas y combatida por hombres que buscan en ella los medios de hacer fortuna, o de propio engrandecimiento.

EI gobierno apurara cuantas medidas sean posibles para que cese el conflicto de las armas y se asegure la unidad nacional por el patriotismo y el convencimiento. Embarazosa como es la situación en que se encuentra, y no apelando las facciones sino a la violencia o la fuerza, se empeñará en evitar nuevas desgracias, y declara desde ahora, para que lo sepa la nación toda, que las que sobrevengan no han de ser de su responsabilidad. Así lo va a manifestar a todos los gefes y autoridades que no lo reconozcan, abriendo una puerta muy ancha para que todos vuelvan la vista sobre la patria y se conjure a tiempo la ruina de que está amenazada. Los actuales ministros protestan ante Dios y ante la nación que han hecho el sacrificio más costoso al encargarse de las respectivas secretarías del despacho, y que la única recompensa a que aspiran es la unión de todos y volver a la vida privada. Y por lo que toca al general que ejerce el poder ejecutivo, debe declarar que propuso y convino con el que le precedió en el gobierno, y para precaver los desastres de la lucha empeñada dentro de la capital, que ambos se retirasen del mando de las fuerzas que cada uno tenía bajo sus órdenes, y que saliesen, si así lo exigía la salud pública, para un país estraño. EI último presidente y sus mismos comisionados pueden deponer de este hecho importantísimo. Si se ha encargado del gobierno en los momentos en que nadie puede echar sobre sus hombros tan enorme peso por su propia voluntad, solo ha sido porque las circunstancias no le permitieron resistirse a esta confianza.

Instalado el consejo de representantes, y debiéndose espedir a la posible brevedad una ley orgánica que haga posible algún orden legal, y prepare la reunión de un congreso para que constituya definitivamente el país, el gobierno procurará acreditar que desea ardientemente la unión y la paz, el respeto a todas las personas y a todas las clases, y que el pueblo sencillo, tan digno de mejor suerte, que reprende a los partidos insensatos con su conducta y con su ejemplo, cuando se Ie quiere corromper y hacer cómplice de las desgracias públicas, es el objeto más preferente de su solicitud. Acostumbrados ya a oír promesas que no se cumplen, o constituciones que no se observan, o nombres que significan lo contrario de lo que espresan, el gobierno quiere esta vez ser una honrosa escepción de estos engaños y de estos escándalos; y para que se le tome la palabra y se le juzgue por ella, manifiesta de la manera más esplicita, que conservando los principios de que ha hablado anteriormente, no tendrá ninguno de sus actos el sello de una pasión política, y que a los odios de la guerra civil opondrá siempre los sentimientos que inspira la Religión, sea vencedor ó vencido. Si el país se constituye por un congreso que lo represente legítimamente, podrá salvar su independencia; y si el partido ó partidos que combaten al gobierno triunfaren de él y buscaren su salvación, no en los recursos que puedan darles sus sentimientos y sus costumbres, sino en una nueva forma social que haga olvidar lo que ha sido, la cuestión se terminará pronto, dejando de figurar entre los pueblos independientes.

Mexicanos: ha sonado la hora que anunciaban las pasiones de la discordia interior; hora suprema en que nadie puede engañarse a sí mismo ni desconocer tampoco cuáles son sus deberes para con la patria. o la Constitución de 1857 destrozada por ella misma; los poderes que creó disueltos y un gobierno establecido en la ciudad de Guanajuato, (**) que quiere que ese código prevalezca sobre la Religión, sobre la unión y sobre todos los principios e intereses que se han sublevado contra el; ó el gobierno que os dirige la palabra, creando a consecuencia del movimiento de esta capital favorecido ya por varios Departamentos, con las promesas que os hace y con el programa político que os ha manifestado. Pesad en una balanza fiel lo que más conviene al país: deponed toda prevención contra las personas, y examinad seriamente si el progreso y la reforma, como se invocan hoy, deben triunfar de los sentimientos y de los principios que ha profesado y profesa la nación toda; si los desastres de estos dos últimos años son preferibles a un nuevo periodo de legalidad y de concordia; y sobre todo, si es posible amar sinceramente y salvar a la patria bajo un sistema de venganza y persecución. EI gobierno se resigna desde ahora a la suerte que le depare la Providencia divina, y espera en su protección bondadosa, que cuando desaparezca de la escena política no llevarán consigo las personas que lo forman ni vergüenza ni remordimientos.

Palacio nacional del gobierno en México, a 28 de Enero de 1858. - Félix Zuloaga. - Luís Gonzaga Cuevas. -José Hilario EIguero.- Manuel Larrainzar. - Juan Hierro Maldonado. - José de la Parra.

(*) Referencia al artículo primero del Plan de Iguala.
(**) Juárez salió en 11 de enero del Palacio Nacional, donde estuviera prisionero: partió de la ciudad un día después llegando a la hacienda de Chihuahuacan con Manuel Ruiz y Nicolás Pizarro Sánchez; el día 13 durmió a campo raso, cerca de la hacienda de Acolman; el 15, llegó a Querétaro en el guayín del correo; el 18, entró a Guanajuato y el 19, declaró instalados los poderes constitucionales de la República. Juárez permaneció en Guanajuato hasta el 13 de febrero.

Fuente: García Cantú Gastón. El Pensamiento de la reacción mexicana. Antología. México. Lecturas Universitarias. UNAM. 1986. 456 pp.

 

 

 

Contestación al anterior manifiesto por Melchor Ocampo.

Guanajuato, 3 de febrero de 1858.

Secretaría de Estado y del despacho de gobernación, — Exmo. Sr. — Sin pretender el Exmo. Sr. Presidente entrar en polémica con los señores que en México han publicado un manifiesto con las fórmulas que remedan á las que usan los gobiernos, dispone que dirija yo á V. E. la manifestación de las ideas que forman la parte principal del programa de su gobierno y las convicciones del mismo Sr. Presidente.

El llamado gobierno de México, aparentando creer que la capital es la República, y que le basta haber estraviado la indignación que la conciencia pública manifiesta contra los errores del ex-presidente Comonfort, haciendo refluir tal indignación contra las leyes fundamentales del país y los autores de ésta, procura persuadir que cuenta con el asentimiento de la nación.

Ni se atreve siquiera á presentarse con la fórmula del derecho divino ó del despotismo: Solo yo sé, solo yo soy hombre de bien: de consiguiente debéis obedecerme, porque ni siquiera se siente con la conciencia de sus convicciones. Turbada é insegura, mas bien que modesta, la facción que ha tomado á su cargo dirigir al Distrito federal llamándolo República Mexicana, dice que pone á esta á escoger entre una constitución escrita y una arbitrariedad desconocida; entre la ley que una inmensa mayoría reconoce como la expresión de su voluntad, y la resurrección que se pretende de todos los abusos que se encubrían bajo el nombre de fueros.

Los que creemos que todos los hombres sabemos algo, que todos tenemos un guía oculto, pero seguro, dado por Dios mismo y que se llama conciencia, buscamos, si no la infalibilidad, á lo menos las mayores probabilidades de acierto, siguiendo el ejemplo de la Iglesia, que al fundar ó depurar sus mas importantes decisiones, no tenía otra regla de sano criterio que la voluntad uniforme de la mayoría.

No comprende este gobierno cómo los señores que en la capital han hecho el costoso sacrificio de declararse por sí y ante sí gobierno, quieren que las nuevas desgracias que preveen y que pretextan querer evitar, no hayan de ser de su responsabilidad. Ni basta para eludirla declamar contra los ataques que se califican de contra la Iglesia, cuando no son sino contra los abusos que se cometen á su sombra. La Iglesia, dicen, ha sufrido una persecución que apenas parece creíble en México; pero si la Iglesia es la reunión de los fieles, tal proposición carece enteramente de verdad, porque nadie ha perseguido á los fieles, ni á los dogmas, ni á las creencias. Y si por la Iglesia se quiere entender el clero, tampoco es cierto que éste haya sido perseguido, ni que se haya perdido de repente la razón y la conciencia de los muchos que se han dolido de sus abusos y procurado ponerles término. Si ahora se quisiera decir que el clero ha sido el ministerio de paz y caridad que debiera por sus obligaciones evangélicas, y que no ha mal empleado sus bienes, es procurar nuestra mutua destrucción, se llevaría demasiado lejos el deseo de desfigurar hechos que por desgracia á todos constan. Tampoco puede aludirse por hablar de la sanción que se dice haberse hecho de las máximas mas disolventes, sin especificar cuáles sean de las sancionadas las que tengan tal carácter.

Comprende, sí, este gobierno la verdad y la sencillez (bien pudiera tener otro nombre) con que tales señores reconocen y confiesan que su derecho es el de su propia conservación; es decir, el de los fueros y privilegios, cuyos devotos y explotadores son. Pero lo mismo que ellos, espera que la mayoría elija entre la prosecución del régimen legal y de la reforma y progreso, ó la retrogradacion al evocado año de 1821 con un ejército y un clero dueños absolutos del país. Creen, sin duda, aquellos señores que la Providencia no ha permitido el crecimiento y desarrollo de aquel pupilo que se llamó Nueva-España, sino para que vuelva al estado de germen bajo la paternal protección del virreinato. Quién se engañe o quién se alucine, la nación lo decidirá.

Puede ella ver de un lado el complemento de todas las aspiraciones que ha tenido durante tres años en la adopción de una constitución que acabe de una vez con la arbitrariedad, y que cuerda y previsora, lleva entre sus preceptos el de no encadenar al pueblo, dejándole libertad de reformarla, y por el otro la promesa de una ley orgánica, y lo que es peor, la de la reunión de un congreso ofrecido por el mismo que acaba de atacar al congreso existente y que ha impedido sus comenzados trabajos.

Es ciertamente notable cómo la conciencia remuerde al partido político que aliándose primero, traicionando después, é intrigando siempre, aparenta bajar de las nubes, ser estraño á cuanto ha pasado en el país, y llama sistema de venganzas y persecuciones al tan justamente censurado por su estúpida clemencia. ¿Quiere así acaso lavarse de antemano de la mancha de sanguinario con que la historia y la conciencia pública lo tienen indeleblemente marcado, y que con un candor inesplicable aplica como reproche al mismo á cuya necia benignidad debe su conservación y creces?

Muy en buena hora, decida la nación. Sin invocar hipócritamente su benevolencia, ella lo hará como árbitra y señora que es de sí misma. Decida por una parte entre el deber que ai presidente interino imponen la ley fundamental del país, y el unánime concierto de los Estados todos federales, y por el antojo del soldado perjuro que sojuzgando aun á hombres de algún valor social, los hace representar papeles en que todos se proponen engañarse unos á otros y servirse de mutuos maniquíes.

El Exmo. Sr. Presidente no quiere, pues, imponer lo que debe creer su derecho; acepta con gusto la apelación que se hace al buen sentido de la nación, y espera con calma y dignidad que la Providencia manifieste su voluntad por su órgano legal, la soberanía del pueblo de la República Mexicana. Creyéndose representante de la verdad y la justicia, del derecho y de la conveniencia pública, antes de combatir por la soberanía nacional ultrajada, llama á todos los hombres de corazón en su auxilio, para que le ayuden á afirmar el reinado de la ley, de la justicia y de la paz. No castigará sino á los obcecados que, haciendo profesión de fomentar las revueltas públicas, agotan los recursos y la sangre de la República en motines perpetuos. La gran necesidad de México es levantarse de su inmoralidad y de su bancarrota. El gobierno del Exmo. Sr. Presidente interino dirigirá todos sus esfuerzos á obtener este doble resultado. Contando con el patriotismo y sano juicio de V. E., espero que será uno de los que mas contribuyan á estos objetos.

Acepte V. E. las seguridades de mi adhesión y aprecio.

Dios y libertad. Guanajuato, Febrero 2 de 1858. — Ocampo. — Exmo. Sr. Gobernador del Estado de...

 

 

 

 

 

 

 

"La Sociedad". Segunda época. Tomo I, núm, 42. Febrero 10 de 1858, pp. 4.