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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1856 La acción del Ejecutivo y la facultad revisora del Congreso. Francisco Zarco.

Junio 26 de 1856

 

 

"Es imposible gobernar, si cada acto del gobierno ha de estar sujeto al examen de una asamblea que no tiene más regla de conducta, que la salud del pueblo. Se degrada un gobierno que sufre la fiscalización de todos sus actos. La asamblea quiere con manos postizas la dictadura demagógica, pretende subyugar al gobierno a sus caprichos. Esto es insufrible, intolerable; la situación no tiene más remedio que un golpe de estado. Sucumba una vez más el sistema representativo, y retroceda también la ultima revolución, como han retrocedido las anteriores". Así vienen hablando esos días, todos los que con armas vedadas contrarían la situación actual; todos los que siguiendo el principio de dividir para reinar, anhelan las discordias del partido republicano; todos los que quieren extraviar al gobierno, y excitar su susceptibilidad a fuerza de estudiadas declamaciones. Pero en contra de estos frenos afectados, y de estas hipócritas jeremiadas, obran los hechos que están a la vista de todos, los hechos que están demostrando que la situación criada por el plan de Ayutla, no es imposible; que la asamblea constituyente no tiende a criar dificultades, ni a translimitar sus atribuciones; y que por el contrario, aunque celosa de la causa democrática, da sin cesar nuevas pruebas de cordura y de prudencia, para mantener la paz pública, para no burlar las esperanzas del pueblo, y para dejar al gobierno expedito en su marcha.

¿Ha llegado la hora de que los mismos autores del plan de Ayutla renieguen de su propia obra, de que el pueblo destroce la bandera de que se asió para salvarse? ¿Ha llegado el momento de recurrir a una contrarrevolución cobarde como todas las defecciones, pérfida como todas las inconsecuencias? No, mil veces no; el partido liberal debe tener fe en su obra, y el sistema provisorio, criado por la revolución de Ayutla, es susceptible de duración, de estabilidad, y de producir benéficos resultados, sin que un poder invada las atribuciones del otro, sin que las regiones del mando se conviertan en liza abierta a todas las aspiraciones bastardas, a todas las luchas innobles y vulgares.

La organización interina dada al poder público, mientras es posible volver al sistema constitucional, aunque revolucionaria en su esencia, entra en el sistema representativo, en el gobierno del pueblo por el pueblo, en el gobierno que toma por parte la opinión pública, y si fundándose en la más dolorosa experiencia, quiso evitar la dictadura ilimitada e irresponsable que tan siniestros recuerdos deja de sí en este país desventurado, se alejó también de los excesos de la demagogia, y no estableció como sistema la anarquía.

Que los enemigos de toda libertad, que los partidarios de la opresión ciega de un sólo hombre, y del derecho que se funda en el acaso o en la fuerza, tachen de excesivamente liberal peligroso el actual orden de cosas, no nos causa extrañeza; pero sí nos llena de asombro y de admiración, que la alarma se difunda hasta las tiendas de nuestro campo, y que uno que otro liberal califique de exageradas y crea inaplicables las prevenciones del plan de Ayutla que son más conformes con las opiniones y principios del partido progresista.

La pasajera dictadura, que como absolutamente necesaria se estableció para el corto período en que había de restaurarse el edificio social, tiene la restricción de respetar las garantías legislativas, porque esta sociedad para no perecer, para no sucumbir a los elementos de disolución que le dejaron inficionados los conservadores, necesita de medidas tan prontas como enérgicas, que sólo puede dictar un gobierno discrecional.

Pero el mismo plan de Ayutla quiso que este gobierno discrecional tuviera una norma que seguir, un indicio seguro de si caminaba con acierto, y por esto, y para evitar las decepciones y los amargos desengaños de otras épocas, sujetó todos sus actos a la revisión del congreso constituyente, compuesto de legítimos representantes del pueblo. ¿Qué puede resultar de esta revisión? Que el gobierno marche siempre de acuerdo con la opinión, que cuente con el apoyo del espíritu público, que pueda recurrir a un medio seguro para conocer lo acertado de sus disposiciones, y que por fin el poder público, dejando las tortuosas sendas de lo pasado, entre de una vez el sistema representativo, sin creerse infalible, sin disputar al pueblo sus derechos, sin extraviarse por el capricho, y sin estrellarse inadvertidamente contra las resistencias de la opinión.

¿Será imposible gobernar bajo tales condiciones? No, de ninguna manera a no ser que una pueril vanidad se sobreponga a las miras del hombre de Estado; a no ser que se reniegue del gobierno de la democracia, cosas todas que son imposibles en los hombres que hoy tienen a su cargo la dirección de tos negocios públicos.

Al gobierno le bastaría seguir el espíritu de la asamblea, que no es usurpador, ni anárquico, ni demagógico, para gobernar con la opinión, para marchar siempre con un firme y poderoso apoyo, y para consolidar la unión liberal, sin la que por grandes que sean nuestros esfuerzos, no haremos más que edificar sobre arena. Sumamente honroso seria para un ministerio no esquivar la revisión de sus actos, explicarlos con sinceridad y franqueza, y obtener día a día la aprobación del congreso que representa las justas exigencias de la opinión. Estas exigencias son fáciles de satisfacer, son el programa de la revolución: LIBERTAD Y REFORMA.

No se necesita en verdad que el gobierno se degrade, ni se humille yendo a tomar la consigna de la asamblea. No; no se necesita esto para gobernar a satisfacción de un partido cuyo credo político es tan explícito, cuyas aspiraciones son tan conocidas, cuya buena fe nadie ha puesto en duda. La única condición de la existencia del gobierno, es que el ministerio sea parlamentario, y sean efectivas las consecuencias de este modo de ser.

La asamblea por su parte necesita moderación y prudencia para ejercer su facultad revisora, sin paralizar la marcha de la administración, sin suscitar dificultades y obstáculos solo por el gusto de poner en juego sus atribuciones. Hasta ahora debemos decirlo en honor de la verdad, en el congreso no ha habido imprudencias ni ligereza, y de la multitud de leyes v disposiciones del ejecutivo sólo dos han sido llamadas a revisión: el decreto que reorganizó el Consejo de Gobierno y el Estatuto Orgánico. Todo lo demás ha pasado con una aprobación tácita; no han habido serias interpelaciones al gabinete, y en cuestiones de la mayor gravedad como la de impuestos, la de alcabalas, la de gastos públicos, no se han suscitado dificultades, reconociendo que el arreglo de la hacienda y la reforma económica no son la obra de un día. En el orden administrativo no se ha mezclado el congreso, y ha dejado pasar inadvertidos nombramientos que no han sido muy acertados, ni políticos.

No puede existir la menor queja fundada contra la asamblea, que sólo se ha alarmado, cuando ha visto que el gobierno por un error lamentable llamaba a sus consejos a sus propios enemigos y restablecía el sistema central, fuente de todos los males de la república. Nosotros estamos persuadidos de que el gobierno puede marchar de acuerdo con el congreso, y de que este no debe prescindir de su facultad revisora, puesto que ella es la mejor garantía de los principios que proclamó la revolución.

La revisión, bien se limite a aprobar o reprobar, bien se extienda a modificar, bien se exprese por medio de votos de censura o de bilis de indemnidad, debe recaer sobre los actos todos del ejecutivo, para servir a éste de segura guía en su política, para alentarlo en las reformas que emprenda, para advertirle a tiempo sus extravíos.

La revisión pues, bien comprendida por el congreso y por el gobierno, debe hacer más expedita la marcha de la administración, más seguro el acierto, más firme y estable la existencia del gobierno y establecer la más cordial unión entre los dos poderes. Así pues, no puede crear la lucha entre ellos, ni producir como normal un perpetuo antagonismo.

En nuestro concepto, nunca fue tan fácil marchar de acuerdo con la opinión, y evitar en el gobierno todo género de conflictos. Si más que estas consideraciones que son conforme con el espíritu de la revolución y con los principios del sistema representativo, han de valer exageradas declamaciones y cuestiones de vanidad y de amor propio, toda unión será imposible, se engendrarán desconfianzas, y el partido libera! dividido y débil se encontrará impotente para cumplir las promesas que ha hecho a la nación. En evitar este resultado, que sería tan ridículo como funesto, se interesan el honor y la gloria del partido republicano, la causa de la libertad y de la independencia, y también la suerte personal de todos los liberales, que ya estén hoy en el congreso o en el gobierno, serían las primeras víctimas de su imprevisión y una vez divididos, sus enemigos los volverían a unir, pero... en el cadalso, en el presidio, o en el destierro...

Nuestras palabras nacen de la más sincera convicción, del más vivo deseo de que no retroceda la gloriosa revolución de Ayutla. El gobierno y sobre todo el actual jefe del Estado, puede realizar el acuerdo que aconsejamos y ponerse al frente de la unión liberal, recordando sólo que en él tiene confianza los pueblos, y que los progresistas de las asamblea no tienen más programa que libertad y reforma, que ir siempre adelante, y que ser hoy más liberales que ayer; más mañana que hoy.

Fuente: El Siglo Diez y Nueve. México, jueves 26 de junio de 1856. Núm 2728, primera plana.