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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1855 Manifiesto de Martín Carrera a sus compatriotas

12 de Septiembre de 1855

EL GENERAL DE DIVISION D. MARTIN CARRERA, PRESIDENTE PROVISIONAL DE LA REPÚBLICA MEXICANA, A SUS COMPATRIOTAS.

¡Mexicanos! En la época más difícil que ha atravesado nuestra patria, he sido llamado á la cabeza del Gobierno, cuando más que nunca necesita un jefe ilustrado y experto que la encamine, sin desgracia, por en medio de las borrascas. Ni el honor, ni el deber me permiten disfrazar mis pocos tamaños, para tomar sobre mí esa responsabilidad tremenda, con que las naciones suelen exigir toda clase de sacrificios. Mi primera decisión fué no admitir un encargo tan difícil como honroso, y hubiera insistido en esta resolución, si no se me hubiera hecho palpar que mi resistencia prolongaría la agitación y la ansiedad, y daría motivo á que se hiciese luego más trabajoso el restablecimiento del orden y la consolidación de la libertad.

Los últimos acontecimientos de esta Capital han dado término á la revolución, y conozco muy bien que el grande objeto de mi nuevo Gobierno, es colocar á la Nación en la senda gloriosa que quiere recorrer, para alcanzar los grandes destinos á donde marchan los pueblos libres. Voy, pues, á prestar mis esfuerzos para una causa tan sagrada, y me propongo poner los medios que pueda yo alcanzar y que me designe la opinión pública.

Entiendo que para esto, la necesidad más imperiosa es la de la paz y del orden, la cual no será obra mía, sino de la cooperación que me prometo de toda la nación mexicana, movida por un deseo y dirigida por un solo fin: uno de los principios más importantes, es la estrecha unión del pueblo y del Ejército, de ese ejército que es una parte suya, que debe vivir en una íntima y cordial fraternidad, y ser lo que debe ser, esto es, el defensor de la independencia y el sostenedor de la libertad. El Ejército necesita reformas, por lo que claman hasta sus propios individuos; y yo que he visto de cerca su para el desarrollo de la revolución: yo nunca me he podido persuadir de ello, y persisto en que si algo ha de hacerse en beneficio común, si algo ha de trabajarse que no comprometa la independencia del país, ha de ser sobre la base de esa amalgama de pensamientos é intereses.

Como para la consecución de un fin tan importante, del único, por decirlo así, que he tenido por norte, hubiera haber. menester el consentimiento y la cooperación de los caudillos de las fuerzas pronunciadas, invité á éstos á una reunión en Dolores, ofreciendo acatar su voluntad; y con tanta lealtad cuanta se manifiesta en mis palabras pronunciadas en la invitación, allí dije: "que mi persona no se tuviera en cuenta para nada;" jamás hé ambicionado; conozco mi pequeñez y había pesado las circunstancias; alentábame sí, una intención pura, cual era la de recoger los elementos de esta sociedad, que violentamente se dispersaban, y evitar las desgracias consiguientes á un cambio, en el que una multitud creía que tenía agravios que vengar; alentábame también una voluntad firme, que habría sido eficaz, si no hubiera encontrado tanto desabrimiento en unos y una positiva resistencia en muchos: algunos Departamentos acogieron mi idea y reconocieron al Gobierno establecido en México, y otros lo hicieron á medias, complicando así la situación; y, por último, los jefes de las antiguas fuerzas pronunciadas se rehusaron á la invitación, refiriéndose á lo que dispusiera el Excelentísimo Señor General D. Juan Alvarez: ya de antemano, como debí, me había dirigido á este caudillo por medio de notas, y también enviáñdole comisionados, que en manera alguna le fueron sospechosos; después de tanto tiempo no he tenido respuesta alguna oficial, y la repulsa manifiesta que contienen sus cartas particulares dirigidas á mí y á otras personas, me dan un desengaño de que no habrá una combinación cual me propuse y cual creo que conviene á la revolución misma, si ella, como deseo, ha de dar frutos saludables y permanentes. Entretanto las necesidades de mi Gobierno crecían y se habían extinguido los arbitrios de subvenir á ellas. Más ó menos, todos alcanzan que no puede sin recursos mantenerse ni un solo día la Administración pública; el Gobierno pasado, como todos saben, dejó exhausto el Erario; mi posición, transitoria de por sí, se hacía más precaria por esto, por la contradicción que en mucha parte me atrevo á calificar de sistemática, y porque en tal estado ninguno podía facilitarme recursos:

Restábame sólo buscar dinero por medio de contratos onerosos, y por esta senda estuve siempre resuelto á no caminar. ¡ Ojalá que los que me sucedan tengan la misma convicción y eviten el abismo sin fondo que se abre á los pies del hombre que hace el primer negocio de esta clase!

Por lo que respecta á mi política, me atrevo á asegurar que ella ha ido en consonancia con la revolución. Detuve los elementos que la podrían contrariar por mucho tiempo, dando así lugar á que la reflexión y el amor patrio presidieran los consejos y la resolución que definitivamente hubiera de tomarse; hice salir de las prisiones á todos los que en ellas se hallaban por delitos políticos; restituí á sus familias á los que se hallaban fuera de sus hogares; permití la libertad más absoluta de la imprenta, con todo y que conocí bien que yo habría de ser la primera víctima; derogué la ley bárbara de conspiradores, que echaba por tierra las garantías individuales; derogué también la que con escándalos dejaba impunes á los empleados concusionarios; restituí á sus destinos á los que violentamente separó la Administración anterior; expedí la convocatoria para el llamamiento de un Congreso Constituyente, que es el pensamiento capital del plan de Ayutla; y para garantir la buena elección, en los puntos que iban reconociendo al Gobierno, fuí nombrando autoridades políticas enteramente de personas de la revolución, y cuidando, sobre todo, de separar el mando político del militar.

Sólo no he hecho aquello que podía aplazarse para mejor hacerlo, ó que evidentemente ponía á la revolución misma en pugna con sus propios intereses bien calculados y con el reposo público; al menos yo sinceramente así lo comprendí. He sido, pues, todo de la revolución en sus objetos y de la Nación en cuanto á intereses; pero se juzga al revés, que soy un obstáculo, y cumpliendo con mi promesa de retirarme tan luego como lo conociera, me separo de todo el mando.

¡¡ Mexicanos!! Al separarme de la Presidencia y de toda influencia política, creo me haréis la justicia de conocer que, como ofrecí, no he hecho derramar una sola lágrima; que lejos de poner diques á la revolución, dejo ensanchada su esfera; que no he creado tropiezos ni intereses en ninguno de los ramos de la Administración pública, que hagan al que me suceda más dificultosa la marcha; que he dejado intacto el sagrado depósito que se me confió sin haber para ello vejado ni oprimido á nadie; y que, por fin, he cumplido. mi promesa de retirarme tan luego como no me fuera posible reunir las voluntades. Hay épocas solemnes para las naciones en que las mayores capacidades son del todo inútiles, y sólo la cooperación de un pueblo entero, muy particularmente asistido por la Providencia, puede salvarlas; una de estas épocas es por la que hoy pasa la trabajada República de México.

La tranquilidad y el orden público quedan encomendados al valiente y honrado General en Jefe D. Rómulo Díaz de la Vega, Gobernador del Distrito y Comandante General. Con vuestro auxilio y el de la guarnición que creo ver unidos, se conservarán intactos; así lo espero por vuestro propio interés y honor, y porque de esta manera, si,n haceros temibles para el porvenir, podréis dedicaros unos á vuestros negocios, otros á organizar definitivamente á este desgraciado país, y todos á contribuir á su crédito, libertad y engrandecimiento.

México, 12 de Septiembre de 1855. Martín Carrera



1 Algunos autores han incluido al General Díaz de la Vega en la lista de los Gobernantes de México; pero no fué, propiamente, Presidente de la República. El General López de SantaAnna, la víspera de abandonar la Capital (8 de Agosto de 1855) expidió un decreto en que designaba, para sucederle, un triunvirato compuesto del Licenciado D. Ignacio Pavón, Presidente del Tribunal Supremo y de los Generales Salas y Carrera, nombrando como suplentes á los Generales Díaz de la Vega y Mora y Villamil. Este triunvirato, después de conservar el orden, debería convocar á la Nación para que se constituyese; pero no lllegó á funcionar. El 13 del mismo mes, reunido numeroso pueblo en la Alameda, acordó, y se levantó un acta para adoptar el Plan de Ayutla, en todas sus partes, y nombrar por su caudillo la capital de la República, al General D. Rómulo Díaz de la Vega, quien debería organizar inmediatamente la Guardia Nacional. En el salón de Cabildos del Ayuntamiente, comunicó esta resolución al citado General, una comisión compuesta de los Señores D. Francisco Montada, D. Félix María Escalante y D. Francisco Zarco, habiendo llevado éste la palabra en tal acto. El General Díaz de la Vega reunió á varios representantes de Departamentos, quienes designaron al General Carrera, el 14, como Presidente. Al renunciar el General Carrera, volvió el General Díaz de la Vega á funcionar como Jefe de la Guarnición y del Distrito de México, hasta la designación se hizo en Cuernavaca, el 4 de Octubre, en favor del General Alvarez. Se puede decir que en ese lapso, estuvo acéfala.