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Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 
 
2017
 


1853 La guerra con los Estados Unidos

Guillermo Prieto

En la obra intitulada Apuntes para la Guerra entre México y los Estados Unidos, de que me ocuparé a su tiempo, me tocó describir con todos sus pormenores y con cuanta imparcialidad me fue posible, no indicando sino muy someramente algunos pormenores, porque así lo exigieron las circunstancias; pero después de pasados tantos años puedo repetir, con la mano en mi conciencia, que lo que asenté fue la verdad imparcial y severa.

Independiente de la narración a que acabo de aludir, conservo impresiones horriblemente dolorosas de la saña, de la envidia, de las pasiones personales de Valencia y Santa-Anna, las hostilidades de sus círculos; las calumnias y chismes rastreros que tienen pajas encendidas, volaban a las alturas y producían desastres y ruinas. Recuerdo también las ilusiones y las esperanzas de victoria, tan sinceras, tan nobles de la generalidad, y tan dolorosamente desvanecidas. El momento en que el joven Agustín lturbide se puso al frente del batallón de Celaya gritando: "¡Conmigo, muchachos, mi padre es el padre de nuestra independencia!" me conmovió hondamente.

González Mendoza, lanzándose como un torrente sobre las cabezas enemigas, cantando con sus oficiales el Himno Nacional, ¡era magnífico!

El asalto a Padierna, la llegada allí a los yankees, el encaramarse uno a el astabandera, derribarla, desgarrarla, repisotearla orgulloso, fue horrible; yo lo veía a través de mi llanto y aullaba como una mujer... me dolía la sangre, gemía algo dentro de mí que me espantaba... la muerte hubiera sido como agua pura y fresca para mi alma sedienta.

Un instante, un solo instante, que apenas se habría podido medir, con la luz del relámpago tuvimos una alucinación de victoria.

Un oficial obscuro, de Celaya, pequeño de cuerpo, delgado, de movimientos rápidos y con estridente risa, se caló su sombrero ancho forrado de tela, empuñó su espada, dirigió unas cuantas palabras a los soldados que lo rodeaban y prom, prom, prorrom, marchó, arrostrando cuantos obstáculos se oponían a su paso hasta Padierna... Allí asaltó, mató, aniquiló cuanto se le opuso... se asió a el astabandera, se encaramó y derribó hecho trizas el pabellón americano... y restituyó a su puesto nuestra querida bandera de Iguala, que parecía resplandecer y saludarnos como un ser dotado de corazón y grandeza.

Todas las músicas prorrumpieron en dianas; todos los estandartes, guiones y banderas se agitaron en los aires, y todos vitoreamos con lágrimas varoniles aquel instante robado a la fatalidad de nuestro destino.

Chuabilla, que así se llamaba el hermoso oficial autor de la hazaña que acabamos de referir, quedó mortalmente herido... y en los últimos días que atravesó acompañado de la música, sufría aún las consecuencias de aquel arrebato que coloca su sitial y su fama en un lugar tan distinguido en nuestros fastos militares.

La muerte gloriosa de Frontera, la impasibilidad del general Salas, la herida de Blanco, todo haría detener a mi memoria, si no la embargasen los últimos momentos de esa batalla.

El declive de la loma que ocupaba el señor Valencia, que era como base de una sección de la serranía del Sur, estaba circundado de Mal País y hondísima barranca, cuyos bordes, en semicírculo, daban al norte o límite del pueblo de Coyoacán.

Los americanos habían circunvalado la loma, penetrado por el Mal País y la barranca hasta tener y como abrazar nuestro campo. Pero a las alturas de Coyoacán se había mandado como auxilio, pero sin orden de batirse, la brillante división del general don Francisco Pérez, que se situó perfectamente para coger entre dos fuegos al enemigo.

Entonces la confianza en el triunfo fue completa, llovieron felicitaciones, se expidieron despachos y se entregaron a los más increíbles delirios los hombres de aquella benemérita división.

Creo de toda justicia mencionar al jefe don Agustín Zires, que por dos veces desalojó a los americanos de Padierna con heroica bravura; al señor García, que perdió una pierna en la acción y al capitán Feliciano Rodríguez, que aunque ayudante del señor Valencia, se lanzaba con ardor a los mayores peligros, en auxilio de sus compañeros de armas. Pero cayó la noche, se suspendió toda correspondencia entre las filas del general Santa-Anna y las nuestras. En la obscuridad se sentían los avances del enemigo cabalmente del lado que nos creíamos prote gidos. El general Valencia mandó expertos exploradores del terreno, los que volvieron diciendo que todas las fuerzas del general Santa-Anna se habían retirado, dejando abandonados los puntos más importantes y quedando nuestras posiciones encerradas y sin salida a discreción del enemigo.

El general Valencia conoció lo comprometido de tal situación y nos comisionó a don Luis Arrieta y a mí para que fuésemos a San Ángel a hacer presente al señor Santa-Anna nuestra posición.

El señor Santa-Anna se encontraba en San Ángel en la casa del ge neral Mora y allí acudían en el tropel consiguiente a las circunstancias, políticos, soldados, jefes, agiotistas, arrieros. etc., atropellados por correos que entraban a caballo hasta el patio, en que se apiñaban mujeres, ordenanzas, chimoleras y gentes de la servidumbre; era el patio un laberinto de piernas, tablas, canastos y estorbos de esos que se escapan al inventario más perspicaz.

El general, rodeado de sus favoritos, daba sus órdenes junto de una mesita redonda alumbrada por un quinqué y rodeada de escribientes.

Penetramos a la estancia Arrieta y yo, y Arrieta, que era muy pulcro y bien hablado, le expuso la situación que guardaba el general Valencia.

No me diga usted, no me diga usted, ese es un ambicioso insubordinado que lo que merece es que lo fusilen... ¡Borrachón!

Señor, V. E. hará lo que crea justo; pero ese ejército no puede sacrificarse...

Usted no debe darme lecciones... ¡estamos! No empiece yo mis escarmientos por ustedes... ¡Auxilio! ¡auxilio! y exponer yo mis tropas a la lluvia, al desvelo... por un... (aquí no es posible repetir las palabras que saltaron de los labios de S. A.), mis soldados a la intemperie... ¿qué dicen ustedes? (dirigiéndose a mí).

Es que aquellos soldados no están bajo de techo... ni divirtiéndose observé yo.

¡En silencio!, lárguense ustedes de aquí... Fuera... malditos... y nos salimos llenos de rabia y de dolor...

La noche estaba obscurísima, llovía tupido, constantes relámpagos alumbraban la serranía y se reflejaban en las corrientes que descendían de las lomas.

Tuvimos que hacer un inmenso rodeo casi a la espalda de los montes de Zacatepec y la Campana.

Después de una penosísima travesía llegamos al campo... ni una avanzada, ni un rumor, parecía un desierto... la tiniebla espesísima, las fogatas apagadas, el ruido de la lluvia, percibiéndose en las hojas y ramas de los árboles que aparecían y desaparecían como fantasmas con los relámpagos.

Llegamos a la tienda del general, quien nos recibió en la puerta...

¿Qué dice Santa-Anna? le preguntó a Arrieta.

Este, en buenas palabras, le dio cuenta de nuestra comisión.

Entonces, como una explosión, desencajado, loco, perdido en tempestades de ira... gritaba Valencia: ¡Traidor, nos han vendido, nos en tregan para que nos despedacen y acaben con la Patrial... A esos gritos en la negra sombra, surgían como figuras, grupos que se sospechaban... Al relampaguear se veían soldados huyendo en varías direcciones, se oían como aullidos de mujeres... estallaban truenos de fusil y de pistola, corrían caballos sueltos desbarrancándose en la ladera... Realmente la derrota estaba consumada en aquel momento.

Al amanecer el 20 de agosto, los americanos, volteando nuestra posición por movimientos efectuados con la velocidad del relámpago, inclinaron su artillería y la nuestra sobre las fuerzas dispersas que huían por el descenso de las lomas y quedaron regueros de cadáveres; heridos que se arrastraban moribundos; carros hechos pedazos y mujeres enloquecidas de aullar, con los brazos levantados y los ojos de lobas perseguidas... Aquella avalancha rodaba, se escurría loca, espantosa, en dirección de Churubusco.

En la hondonada de una loma, tendido en el suelo, en mangas de camisa muy ensangrentada se encontraba un joven como de veinticinco años, de notable apostura. Un hombre lo atendía con diligencia cariñosa conociéndose sin esfuerzo al facultativo diestro y experimentado. Acerquéme al grupo y reconocí en el cirujano a mi ilustre amigo Antonio García Gutiérrez, autor del Trovador y honra de las letras españolas.

Antonio, ¿qué es esto?, ¿qué haces aquí?

Guillermo, ¡mi raza, mi raza...!

Y en efecto, García Gutiérrez fue un ángel de caridad en aquellas cir cunstancias, y yo cuando columbro entre sus laureles su recuerdo, le veo con gratitud, resplandeciente de bondad para con los defensores de mi patria.

Me precipitaba como todos en dirección de Churubusco, cuando me alcanzó un dragón de los que tenía el general Valencia como ordenanzas de mucha confianza. Emparejó con el mío su caballo, y me dijo que nos apartáramos de la corriente, que tenía que hablarme de parte del general.

Yo vacilé; porque sabía las órdenes terribles que había recibido el general Peña y Barragán, de fusilar a Valencia donde lo encontrase, sin más formalidad que la identificación de la persona. El soldado me mostró una contraseña para mi inequívoca, y lo seguí por senderos llenos de precipicios... Debajo de un árbol, con una manga morada y desfigurado totalmente, encontré al señor general Valencia. Estaba a su lado José Ma. Velázquez de la Cadena, llamado en el ejército el "chico"; mi compañero de colegio, oficial inteligentísimo, y con gran partido en la buena sociedad por su finura y tacto de hombre de mundo.

Nos dijo el general a dónde partía, las precauciones que teníamos que tomar para encontrarlo, el nombre de Ferrer que adoptaba y las comisiones, las de Cadena, referentes a asuntos íntimos de familia, y las mías, cerca de personas que se hallaban al lado del general Santa-Anna y con las que deseaba diligenciar garantías para su juicio o su salida del país.

Con profunda amargura nos despedimos del general, después de protestarle el cumplimiento fiel de sus encargos. El general mostraba tristeza hondísima; más que todo por no seguir peleando por la Patria.

La familia del señor Valencia estaba viviendo en Cuautitlán, y allá nos dirigimos haciendo un rodeo inmenso por las lomas del Rey, los Morales y tierras de Santa Mónica y Tizapán.

Nuestros asistentes nos acompañaban contentos, y en menos que canta un gallo cambiaron de trajes bélicos por sombreros de petate y calzoneras abiertas, sillas de arriero y adminículos campestres.

Las negras nubes que entoldaban nuestro espíritu, cedían el paso a algunos rayos de luz de esperanza y dejaban que cantaran las ilusiones a nuestro alrededor.

Este Pepe Cadena, con sus ojos verdes, su nariz de águila, su pelo rubio y sus manos tan expresivas como su lengua, era un archivo precioso de crónicas escandalosas, un almacén de chistes, una colección de genealogías subterráneas de próceres y dignidades eclesiásticas y un mosaico precioso de escritos, amores ilegítimos y falsificaciones de todo género.

De clarísimo talento, mucha lectura y principios científicos, le hacía lugar distinguido, entre soldados que de oída citaban lo mismo a Napoleón que al Moro Muza, lo propio a Voltaire que a Chateaubriand, y que se creían a la altura del propio Julio César, cuando sabían de me moria algún capítulo de la Ordenanza.

Pepe era consultado para las intrigas revolucionarias, se le escuchaba al disponerse un banquete o recepción, y hombres de cierta importancia como Basadre, Juan Requera y otros en su aprecio e intimidad.

Burla burlando caminamos algunas leguas y pardeando la tarde en tramos en Cuautitlán, dejando a Cadena fuese en busca de la familia del señor Valencia y citándolo para la salida del pueblo.

Atravesaba paso a paso la calle real, exánime de hambre y de sed, cuando en un balconcillo a raíz del piso de la calle, llamaron mi atención los ojos más lindos, más luminosos y más seductores que se pueden imaginar. Yo no me precio de combustible; pero aquello era mucho para un corazón con ciertas propensiones a lo frágil, como el mío.

Acorté el paso, compuse mi postura, y con voz llena de comedimiento pedí a aquella hermosa dama un vaso de agua.

La señora, con exquisita cortesía, dio las órdenes y me instó para que descansase, con tanta señoría como finura. Dejé los caballos a la puerta, entré en un saloncito muy limpio con sus ladrillos colorados, con sillas de tule y un gran cuadro con una Dolorosa en la cabecera de la sala.

Mucho deben haber sufrido ustedes con su derrota... me dijo la señora.

Pero ¿quién le ha dicho a usted?

¡Oh, luego se conoce!... y ustedes debieron extraviar camino... ¿vinieron a ver a la familia de Valencia?

Guardé silencio.

No quiero ser imprudente; pero parece que veo el desastre... Valencia y Santa-Anna, cada cual por su lado cometiendo desaciertos... Pérez voluntarioso, la caballería sin poder obrar con jefes... ineptísimos.

Me arrebató la cólera y puesto de pie le dije:

Señora, eso es injusto; la caballería ha sido heroica, principalmente en el encuentro de San Jerónimo.

¿Quién la mandaba?

El coronel Frontera.

Lo mismo que todos...

Señora, por Dios, no diga usted eso. Yo le he visto caer acribillado a balazos y esforzándose por avanzar bañado en sangre, vitoreando a México.

Entretanto, la señora se alzaba pálida como una muerta, avanzó, entró a la recámara, salió con sus dos hijos... como dos ángeles... los puso frente a la Virgen, y con un acento que encerraba todos los dolores, clamó, dirigiéndose a la Virgen... ¡Madre Santísima, ampara a estos niños que ya no tienen padre... y cayó al suelo como herida por un rayo.

Yo salí precipitado de aquel lugar con el corazón hecho pedazos.

Entrada la noche me reuní a Cadena y emprendimos nuestra marcha por la asperísima serranía de la Bata y Tepatlasco, camino de Toluca.

El terreno es de una desigualdad horrible, empinados cerros y profundas cañadas, ondas de lomería y quiebras erizadas de peñascos, el suelo rojo con un lodo tan resbaladizo, que a cada paso caíamos sin poder avanzar; en la serranía, había dispersos jacales, silenciosos como macizos bañados por la lluvia.

Rendidos de golpes y fatiga, pedimos posada en un jacal. Después de mil instancias, nos franquearon con suma desconfianza una cocinita; pero ni mostrando el dinero, pudimos adquirir ni una tortilla, ni un huevo, ni nada para alimentarnos.

Transidos de frío, medio atizando algunas brasas que morían entre la ceniza, Cadena comenzó a recordar algunos episodios de nuestra derrota y algunas peripecias de nuestro viaje.

La gente del pueblecito advertida de nuestra llegada, rodeó el jacal ocultándose y escuchando al través de los carrizos.

Cadena seguía hablando y yo le interrumpía completando su narración.

Aparecían algunas caras en la cocinita... La narración seguía... Una vieja puso una cazuela en la lumbre; yo di vuelo a la narración de la batalla... algunos trajeron pan y botellas... Cadena narraba como un Lucano las hazañas de nuestros héroes; algunos nos brindaban mezcal, eran nuestros amigos... cenamos opíparamente.

El señor Valencia estaba oculto en Toluca, en la casa del señor Zozaya, donde nos recibió acompañado del valiente y fiel capitán Feliciano Rodríguez. Redacté el manifiesto que dio a la Nación el general y nos dio nuevas instrucciones, con las que volvimos a México.

El 9 de agosto, en medio de la agitación y de los toques de alarma de la ciudad, mi familia dejó mi casa de México, y en carros con muebles dispuso su traslación al rumbo de San Cosme. Mi señora muy enferma, con tres niños, uno de ellos recién nacido y el resto de la familia achacosa y llena de cuitas, buscaba en vano una casa en que guarecerse y no encontraba arrimo.

Inesperadamente de una casa de rica apariencia, salió un criado a ofrecer habitación a los viajeros, diciéndoles que se arreglarían después sobre precio y condiciones del arrendamiento.

La familia accedió y ocupó un departamento cómodo y decente de aquel amplio edificio.

Cuando yo tuve lugar de ver a mi familia, supe que vivíamos en los bajos de esa casa, propiedad del señor don Lucas Alamán.

El hospedaje me fue altamente desagradable por mis hondas prevenciones políticas por el señor Alamán, contra quien había publicado todo género de dicterios y a quien me pintaba mi fantasía cromo a un Rodín, tenebroso, sanguinario y espanto del mismísimo Satarnás.

Aquella casa era como una casa encantada; reinaba constantemente en ella un silencio profundo.

Criados respetuosos, con sus chalecos negros; criadas anciarnas de armador, delantal y chiquiadores... toques en la Capilla para misa3 y rosario; a mediodía el ruido de la cadena del zaguán, mientras duraba la comida. Antes de las diez de la noche todo dormía.

La pieza que yo ocupaba comúnmente en los bajos, daba al jardín, que estaba esmeradamente cultivado, con sus calles de arena, crecido arbolado y fuentes primorosas.

El señor Alamán, a la caída de la tarde, pasaba por el frente de mi cuarto con su sombrero de paja de grandes alas, su grueso bastóun y su levita de lienzo.

Era el señor Alamán de cuerpo regular, cabeza hermosa, completamente cana, despejada frente, roma nariz, boca recogida, y como de labios forrados, con dentadura blanquísima, fina, cutis fino, y rojo el color de las mejillas. Al pasar por mi cuarto me decía:

Señor don Guillermo, ¿damos una vuelta por el jardín?...

Yo contestaba brusco y de mala manera, porque como he dicho, tenía fuertes prevenciones contra aquel señor.

Pasaron días y más días, y siempre se repetía la invitación que era perpetuamente rechazada.

La señora mi madre, mortificada por mi conducta, en una de las invitaciones, me puso mi sombrero en la mano y dijo al señor Alóamán:

Allá va, señor.

Esa tarde hablamos de cosas indiferentes y de algunos oradores españoles. Al siguiente día nos empeñamos en discusiones literarias_., a los quince días buscaba yo al señor Alamán, por el encanto de sus narraciones de viaje, su versación profunda en las literaturas latina y española, !sus te soros de la historia anecdótica de la Francia y la España. Por supuesto que no había en estas conversaciones la más leve alusión a la política.

Creía entonces, como creo ahora al señor Alamán un fanático cerrado en política, que creyó inmatura la independencia, y como una in surrección de criminales el grito de Dolores, y estaba persuadido de que eran una serie de delirios, sacrílegos y peligrosos, los principios que pro clamó como dogmas la revolución francesa.

Y estas creencias eran tan obstinadas en el señor Alamán, que aunque 61, el primero, sentencia en su historia abusos, y censura prácti cas funestas, encarece el sistema colonial, cerrando los ojos a la verdad y condenando como charla impía la propaganda de la libertad.

En lo interior de la familia del señor Alamán, todo era virtud, regularidad, decencia y orden.

Se levantaba con la luz, y se lavaba y componía. Escribía en la sala que va a la calzada de la Tlaxpana, con unos cuantos libros a la mano. Su escritorio elevado le hacía escribir de pie y su manuscrito lo asentaba en un libro como de caja, sin una mancha, ni una borrada, ni una entrerrenglonadura, ni ceniza en las hojas, porque no fumaba. Al escribir guardaba suma compostura y casi no se le veía la cara porque la visera de la cachucha que usaba le hacía sombra.

A las doce del día en punto se servía la comida a la que asistía toda la familia, haciendo los honores la señora doña Narcisa, su esposa, matrona adorable, de trato finísimo y de bondad angélica. Un sacerdote a quien llamaban tata padre, creo que hermano del señor Rodríguez Puebla, bendecía la mesa, y al concluir la comida rezaba el Pan nuestro besando el pan, y pidiendo la mano los criados a los amos.

Se dormía siesta y se dejaba campo para el chocolate y el rezo del rosario a la oración.

Yo merecí a esa familia la honra de que me admitiese en su seno, recibí distinciones del señor Alamán que me hacen grata su memoria, y ante todo, empeña mi gratitud el afecto con que siempre me trató y respetó mis opiniones, no obstante la acritud y suficiencia tonta con que a veces combatí las suyas.

Cuando terminó el armisticio que se negoció después de la batalla de Churubusco, yo me había presentado a mi Cuerpo de Hidalgo, que se encontraba de Belén a Chapultepec a las órdenes de don Félix Galindo.

En el Paseo Bucareli estaba situado el Batallón Victoria, y allí se distinguieron por su bravura heroica, Carrasco, que venía luchando desde Palo Alto, Torrín, Bensegui, Urquidi y Muñoz, diputados distinguidísimos.

En la garita de Belén se veía al venerable general Torrens, quien fue injusta y villanamente maltratado a fuetazos por el general SantaAnna, en uno de sus arrebatos brutales que deshonran a un hombre. En la Casa Colorada, llamada también de Alfaro, estaba el hospi tal militar de sangre, con el general Vanderlinden y el doctor Luis Carreón a la cabeza... Era aquello un horror...

A Santa-Anna se le veía constantemente atravesar la calzada, ya ordenando una march a, ya reconociendo lugares peligrosísimos, con valor temerario; ya riñendo a unos arrieros, ya dando gritos y emprendiendo campaña con unos carreros, ya, en fin, dando acuerdos o conferenciando, con interrupciones, con algunos jefes y empleados.

Parece que le veo con su sombrero de jipijapa y su fuete en la mano, su paletó color de haba y su pantalón de lienzo blanquísimo. Despilfarraba su actividad, desafiaba temerario el peligro, y así como no podía llamársele traidor, no podía sin injusticia considerársele como buen general, ni como hombre de Estado, ni como personaje a la altura de su situació.

Para podernos formar cabal idea de la acción del Molino del Rey, sería necesario presentar con toda fidelidad un cuadro en que se destacaran tres líneas o escalones extensísimos, corriendo de sur a norte, desde la espalda del Arzobispado, en la parte alta de Tacubaya, hasta el Rancho de Anzures a la espalda de donde está hoy el Monumento de esa batalla, y tiene por límite a la Casa Mata y el rápido descenso a la Calzada de Anzures que desemboca en la Verónica.

La primera línea en alto abrazaría el descenso de la loma. La segunda la formaría un carril amplio y recto, y la tercera la línea formada por los edificios unidos del Molino de Harinas y la Pólvora, con una hundición de terreno, y al frente del primer Molino la era extensísima, y del Molino o Fábrica una barranca con su puente. Por toda esa retaguardia corre la arquería altísima de un agotado acueducto.

Las fuerzas americanas tenían por punto de partida el Arzobispado, las nuestras ocupaban el edificio primero con el general Balderas, la parte exterior con el general León, el punto donde está hoy el Monumento, con el 3o. de infantería al mando de Echeagaray, y la Casa Mata y sus vecindades, con el general Alvarez mandando la caballería.

Al tremendo empuje de las fuerzas americanas, se empeñaron tres acciones. El arranque en la parte alta; en la línea intermedia, combate infructuoso de las infanterías, sobre los edificios; en la tercera línea y el acueducto, fuego nutridísimo. Todo envuelto en humo, truenos y gritería espantosa.

En los Apuntes para la Historia de la Guerra con los Estados Unidos se da idea bastante exacta de la batalla a que aquí ahora me refiero; pero mis impresiones personales hacen que reaparezcan en este momento a mi presencia León, Balderas, Arrivillaga, Margarito Suazo, Gelaty y Miguel Echeagaray.

León, alto de cuerpo, muy trigueño, recio de carnes, serio al extremo, se siente herido, lo disimula, y cuando cae se anima, levanta la voz y vitorea a México; le conducen en una camilla, y habla de que le hagan pronto la curación para volver al combate.

Balderas, arrastrándose con la espada en alto, alienta a sus soldados, desangrándose hasta caer en los brazos de su hijo Antonio. ¡Qué escena de dolor! Partían el alma: el padre moribundo, entero y valiente, el hijo trémulo, anegado en llanto, tratando de hacer su voz serena. Fue conducido a una choza cerca de la iglesita de Chapultepec, donde expiró.

La historia de Arrivillaga tiene para mí algo de curioso.

Arrivillaga era un relojero felicito, fofo de carnes, de ojo travieso, boca risueña; el chico más alegre, servicial y honrado que pueda imaginarse.

Tan pronto confeccionaba una chicha sabrosísima, como alistaba una caja de música, ayudaba a adornar una mesa, un salón de baile o un altar de Viernes de Dolores.

Frecuentaba una tertulia de personas apreciabilísimas, a que concurrían, entre otros, Balderas y Manuel Balbontín, modelo de caballeros y patriotas. En esa tertulia llamaban a Arrivillaga el chato, unas veces, y otras, el capitán, alusión a un noble mastín así nombrado; pero que no tenía dientes, y esto se refería a la dulzura de carácter y a lo inofensivo de Arrivillaga. Este se aficionó apasionadamente a Balderas, y cuando el general marchó para el Molino del Rey, se declaró su compañero, su asistente, sus pies y sus manos, como suele decirse.

Balderas cuidaba de no exponerlo a peligro alguno. El chato guardaba del equipaje, disponía la comida, velaba por el orden, tenía listas las armas y el caballo del jefe, y se hacía querer de todos por su generosidad y finura.

Al empeñarse la batalla del Molino, seguía ansioso al jefe; cuando fue herido estuvo a su lado al caer; arrojó las ropas y medicinas que tenía en las manos; recogió una espada de un muerto, la empuñó, e incontenible, frenético, sublime de coraje y bravura, se puso al frente de un grupo de valientes, y embistió al enemigo; tan grande, tan ardiente y tan irresistible, que restableció el orden de la batalla, y acribillado de heridas, verificó su transformación en héroe de aquella gloriosa jornada. Arrivillaga murió de relojero de Palacio, y dejó un hijo, digno heredero del nombre de su padre.

Margarito Suazo era un artesano humildísimo, que se hizo querer en su Cuerpo de Mina, por su subordinación y bondad, y así se le nombró abanderado.

El día de la acción, Margarito se excedió en el cumplimiento del deber. Atropellado por un gran número y hecho una criba a bayonetazos, quedó por muerto, asido a su bandera. Sintiendo que moría, se incorporó, se despojó de su ropa, enredó su bandera a su cuerpo que chorreaba sangre, y expiró.

Pero a más de Gelaty, de Colombris y de Norris, el héroe de aquella jornada fue Echeagaray.

¡Oh, si yo fuese pintor! Si fuera pintor presentaría aquel adalid, épico, glorioso, con su cabello rubio, flotando como un resplandor de oro, alzado en los estribos, con su espada fulgente; avanzar entre nubes de humo y metralla al retumbar de los cañones; pisando cadáveres, avanzar, dispararse, arrojar la espada, abalanzarse a los cañones que nos habían quitado los enemigos, restituirlos, soberbio, festejoso, radiante, a sus filas, obligando a la gloria a que diera a la misma derrota las gran diosas proporciones del triunfo.

Echeagaray murió pobre, olvidado, con un anatema inmerecido; duerme en un sepulcro casi ignorado. Yo le amé con toda el alma; yo le defendí con ardor. Yo acato y ensalzo su memoria, henchido de dolor por las injusticias del destino.

La víspera del bombardeo de Chapultepec, tuve motivo de recorrer los puntos ya ocupados por los enemigos, como preliminares del asalto y toma de la llamada fortaleza. En los molinos de trigo y de pólvora hormigueaban las fuerzas de Pillow, ciñendo a poca distancia la parte occidental del cerro. Al sur se destacaba formidable artillería, y se veían escalones para trepar la cerca y descender como en trampolines al interior, y mucha fuerza en la hacienda de la Condesa, al frente de un horno de tabique, defendido por soldados mexicanos.

En la puerta del Bosque, que daba a la Calzada, estaba el general Santa-Anna con su numerosa comitiva de ayudantes, jefes, oficiales y cuantos se acercaban a pedir instrucción y recibir sus órdenes.

A mi regreso de los puntos que acabo de describir, hablé con el coronel Juan Cano, uno de los que después fue heroico en aquel asalto en que perdió la vida.

Cano era un hombre de treinta o cuarenta años, su cabeza germánica, yucateco, pálido, carirredondo, de unos ojos penetrantes y alegres; una boca de chiste y risa. Estatura regular, rechoncho y listo de movimientos.

Su trato era fácil, cortés y franco; le mortificaba la farsa y la ceremonia. Aquel hombre que a primera vista hubiera pasado por un colegial alegre o un tertuliano de buen humor; aquel, afectísimo a comer al aire libre y a las bromas de buena sociedad, era reflexivo y estudiosísimo; la exactitud misma en el cumplimiento y el más respetable por lo caballeroso y decente, llamaba a sus amigos, como signo de confianza, badulaque, badulaquillo, y sólo cuando lo requería su obligación, daba a conocer sus vastos conocimientos militares y el aprovechamiento de sus brillantes estudios hechos en París.

El señor Quintana Roo, su tío, le inspiró sus excelentes estudios en literatura, y a mí me encantaba cuando en sus ratos de solaz, me traducía elegantemente a Tácito y se deleitaba con Virgilio.

Yo tuve ocasión de conocer la rara energía del carácter de Cano, por un grave disgusto que estalló entre él y los generales Tornel y Santa-Anna.

Abandonado, como se sabe, el general Bravo, víctima de la envidia y de los caprichos de Santa-Anna, dejó mal defendida la parte alta del cerro. El señor Cano le mandó pedir cañones.

Santa-Anna le mandó al general Tornel y a otro general no facultativo; pero igualmente de lengua fácil. Cano no logró hacerse comprender, y cuando se retiraron los generales, dijo en tono sarcástico; yo pedí al general, cañones, y me mandó faroles... Súpolo Santa-Anna; llamó a Cano para reconvenirle, y éste, con sumo respeto, pero con energía incontrastable, le echó en cara su conducta indigna y poco patriótica en aquellas circunstancias.

Cano murió dando ejemplo de valor sublime, alentando, sereno y grandioso, a los que quedaban defendiendo a la patria, en la parte alta del cerro. Allí murió también el general Pérez, hombre modestísimo, que ejecutaba casi desapercibido actos de valor y abnegación, que por silenciosos no ha podido encarecer la Historia.

Como he dicho, yo estaba en la puerta del Bosque cerca del general Santa-Anna; pero éste, afrontando los fuegos a pecho descubierto, y nosotros guarecidos por la casa del guardabosque, por esta razón he podido rectificar que en el llamado jardín botánico había familias de alumnos, cuyos clamores y angustia difundían el espanto; puedo asegurar que lo más reñido del combate fue donde ahora se encuentra el monumento, y que la muerte de Xicotencatl, excelso, y de sus ínclitos soldados, fue un tanto fuera de la tapia y cercano a donde está hoy el edificio con la maquinaria para la conducción del agua.

A propósito de los soldados de Xicotencatl, no olvidaré en mi vida un episodio que se impuso, trágico y sublime a mi corazón de joven.

Habían muerto, luchando como leones, Xicotencatl y sus soldados. El general Santa-Anna seguía con ansiedad las peripecias de aquel encuentro formidable. De pronto vio venir hacia la puerta a un soldado de Xicotencatl; le pareció un desertor, un cobarde; el soldado daba pasos largos y precipitados; estaba pálido, y brillaban sus ojos como llamas.

¡Bribón! ¡Cobarde! le gritó SantaAnna; fuera de sí de ira. ¿Dónde está su coronel?

El soldado hizo alto; vio a Santa- Anna; sin decir palabra, rodaron dos lágrimas de sus ojos; quitó la mano de sobre su pecho despedazado por las balas, y cayó muerto frente al general.

No asistí, ni puedo dar cuenta de lo ocurrido en los diversos puntos en que se empeñó el combate, particularmente del lado del sur y suroeste. La posición que yo ocupaba, me permitía oír los partes repetidísimos que daban al señor Santa-Anna, el retumbar de los cañones; redoblar las descargas de la infantería; los gritos de los soldados, los ayes de los heridos, el desgajarse con estruendo las ramas de los árboles y el trajín de los que acudían a diversos puntos con parque y con camillas.

Santa-Anna estaba entero y valiente, queriendo atenderlo a todo, no atinando; pero dando ejemplo de valor temerario y alentando a los soldados.

Los del sur asaltan. Los detiene Xicotencatl.

Ya avanzaron Pillow y Quillman... Las escenas (sic) se frustraron.

Vea usted, están en la azotea del Castillo.

Y aquella congoja despedazaba mi alma, al extremo de que creía que me iba a matar el dolor.

Y mi bosque, mi encanto, nido de mi infancia, mí vergel de niño, mi recreo de joven, mi templo de hombre.

Cada árbol guardaba un recuerdo mío; a cada tronco me había arrimado como al pecho de un abuelo; cada arbusto me había mecido como en Ios brazos de una nodriza. Cuando en el silencio de la noche atravesaba esos sitios, alumbrados por la luna, se me figuraba recorrer una región etérea, que se comunicaba con la eternidadon

Y así humanizado ese precioso bosque, verlo lastimado, herido, atropellado por el invasor, me atormentaba como si viera pisoteado y ultrajado el cuerpo de mi padre.

Terminado el combate, como si rodaran repentinas las penas, que contenían un torrente, nuestras tropas revueltas, hirvientes, se precipitaron por las calzadas de la Verónica y de Belén, en un tumulto, en un atropello, en una gritería y confusión tales, que es más fácil imaginar que describir.

Apenas recuerdo en ese espantoso remolino de hombres, armas, caballos, rugidos de desesperación y muertos, al capitán Traconis, con su cabeza rizada y sus ojos frenéticos el lado de Barreiro, a quien llamábamos el gachupín, por su modo de hablar, y recuerdo a Comonfort, sereno; a García Torres y a don Antonio Haro al lado de Santa-Anna, comportándose con una bizarría superior a todo elogio.

Santa-Anna pensó acudir a la garita de San Cosme; pero ese punto lo cuidaba el general Rangel.

Rangel era un hombre rubio, esforzado, de algunos conocimientos científicos. No pudiendo en la juventud seguir sus estudios, se hizo impresor en la imprenta de Palacio; allí le conoció el señor Tornel quien le expidió un despacho de oficial, lo alentó en su carrera. Dirigióse a la Ga rita de Belén Santa-Anna, le parecía abandonada por el general Terrés, y allí le ultrajó y le cruzó la cara con su fuete.

Carrasco, en la fuente de Bucareli, hizo prodigios de valor, así como Béistegui, oficial del Batallón Victoria, fue asombro de intrepidez en una batería de Belén de las Mochas, hoy Cárcel de Belén.

La tropa, la Ciudad, las familias que emigraban, los trenes de guerra y las acémilas, las camillas de ambulancia, y el oleaje inquieto de gente vagabunda, todo presentaba la imagen del caos.

Santa-Anna había renunciado a la Presidencia; le había substituido el señor Peña y Peña, quien nos dijeron que estaba en Toluca, de paso para Querétaro, y que allí se reuniría el Congreso.

Muchos diputados, y yo entre ellos, esperamos el resultado de una junta de Guerra, citada por Santa-Anna, a las oraciones de esa noche en la Ciudadela, y en cuya junta debía decidirse si se defendía o se abandonaba la Ciudad. A la junta concurrieron: como Presidente, el señor Santa-Anna, el señor don Lino Alcorta, Ministro de la Guerra, los generales Pérez, Carrera y Betancourt y el señor Olaguíbel, gobernador del Estado de México.

Ya se sabe que semejantes juntas, por regla general son comedias; se hace siempre lo que quiere el Jefe, y el Jefe quería evacuar la Ciudad, a pesar de las juiciosas y patrióticas observaciones del señor Olaguíbel.

Sin atender a consideración alguna, ni disponer nada. Santa-Anna pernoctó esa noche en Guadalupe, a donde le llevó en su coche don Ignacio Trigueros.

El resto de nuestras fuerzas tomaban el 14 el camino de Querétaro, al mando del general Herrera.

 

 

 

Fuente: Guillermo Prieto (Fidel). Memorias de mis tiempos. 1840 a 1853.
México, Librería de la Vda. de Ch. Bouret, 1906: 221-247.