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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1850 La Guerra con México. Revisada

Abiel Abbot Livermore

Los motivos por los que actúan los hombres públicos y los partidos no siempre se confiesan abiertamente. Son secretos de Estado, aunque no en igual número o extensión, en la administración republicana y en los gobiernos despóticos. Las causas que determinan el curso de la política nacional sólo pueden ser inferidas algunas veces, aunque la inferencia alcance un alto grado de probabilidad. Documentos importantes, que arrojarían sin duda clara luz sobre los asuntos internacionales, son sepultados y sellados en los archivos del gobierno, impidiéndose su publicación bajo el argumento, más o menos válido, de que sería embarazosa para el servicio público. En consecuencia, estamos a obscuras, hasta cierto punto, al razonar sobre los acontecimientos históricos, aun tratándose de los de fecha reciente; sólo podemos esperar que nuestras conclusiones alcancen una medida razonable de probabilidad moral; nunca una certidumbre matemática irresistible. Estamos dispuestos a conceder que algo cuenta el arreglo pacífico del asunto de Oregón que desvió, dentro de otro canal, el espíritu bélico; algo se debe al deseo de dar brillo a la nueva administración; otra parte, a la vasta expansión de la clientela civil y militar producida por la guerra; también cuentan el clamor interesado de los reclamantes (contra México) y de sus amigos; el mágico poder de los bonos texanos y el celo repentino por la interferencia de Europa en los asuntos de nuestro continente; pero confiamos en que decimos una verdad solemne e incontrovertible al declarar que discernimos, en la esclavitud, la fuente principal de la guerra con México. Ni un cartucho se hubiese disparado si de este negocio se hubiese excluido enteramente la idea de extender las "peculiares" instituciones del sur y el poder que de ellas se deriva. Deseamos dejar constancia de este punto, porque será justificado dentro de cincuenta años, cuando los que las proyectaron y los actores en las escenas actuales hayan desaparecido del escenario. Con el propósito de confirmar nuestras afirmaciones, nos tomaremos la libertad, sin referencia a los partidos politicos, de citar documentos auténticos ya publicados. Esto nos conducirá directamente a la conclusión antes expresada.

No es necesario repetir los detalles de la anexión de Texas a los Estados Unidos; nuestra finalidad no es la historia sino la revisión de una parte de historia reciente y bien sabida. Sin embargo, el acontecimiento, en sí mismo, fue considerado por México como un acto de guerra, y fue, a no dudarlo, una de las causas prominentes que condujeron al principio de las hostilidades, a pesar de lo que digan los contradictores; porque nuestras tropas seguramente no hubieran avanzado hacia el Nueces o el Bravo si no hubiese sido por el ostensible propósito de proteger nuestros dominios recién adquiridos. Pero el proyecto de anexión estaba ideado —como lo declaraban abiertamente sus abogados más adictos— para dar mayor seguridad a las instituciones del sur. La inferencia clara y directa es que si la esclavitud no hubiera existido en nuestro país, no hubiese habido anexión; y, no habiendo habido anexión, la pugna no habría ocurrido. ¿Quién puede disputar estas proposiciones, después de pesar, simple y sinceramente, las declaraciones que siguen, hechas por los dirigentes políticos del día? La idea de un crecimiento meridional fue esbozada desde temprano y constantemente confesada.

El señor Calhoun confesó sus opiniones, ante el senado de los Estados Unidos, en fecha temprana: el 23 de mayo de 1836: "Existen poderosas razones para que Texas formara parte de esta Unión. Los Estados del sur, poblados por esclavos, están profundamente interesados en prevenir que la nación disponga de un poder que los moleste; y los intereses marítimos y manufactureros del norte están igualmente interesados en hacer a Texas parte de la Unión".

Mientras tanto, el comercio de esclavos había crecido espantosamente en Cuba, y nuevas comisiones llegaban de Texas a La Habana, constantemente, para comprar desdichados hijos de África que habían sido arrancados de su suelo nativo por demonios en forma humana. En 1837, en su mensaje anual al congreso de la república de Texas, el presidente Houston dijo: "El asunto del comercio africano de esclavos no está desconectado de la fuerza naval de nuestro país. No puede dejar de pensarse que miles de africanos han sido importados últimamente a la isla de Cuba con el designio de transferir una gran parte a esta república". Los comisionados británicos para la supresión de la trata de esclavos, que residían en Cuba, conforme al tratado celebrado con España en 1817, informaron que veintisiete barcos con carga de esclavos llegaron a La Habana en 1833, treinta y tres en 1834, cincuenta en 1836 y que en 1835 más de quince mil negros deben haber desembarcado. Sir T. F. Buxton declaró que en 1837 y 1838 no menos de "quince mil negros han sido importados de Africa a Texas"; otras estimaciones fijan un número todavía mayor. Un tal Taylor de las Bermudas, fue convicto de mandar negros libres a los nuevos mercados, donde los vendía. El Albany Argus de 1844 menciona el caso de un individuo que remitió a Cuba diez mil dólares para la compra de seres humanos. Los emigrados a los Estados Unidos tenían un motivo palpable para denunciar este infame tráfico y buscar su extinción, pues les abarataba sus propios esclavos.

No se permitía que el proyecto de anexión durmiera; año tras año era desarrollado y aplaudido por sus celosos e infatigables simpatizadores. También se conservaba, distintamente visible, el gran objeto para el cual la anexión debía servir eventualmente.

El señor Upshur, secretario de Estado, escribió a W. S. Murphy, encargado de negocios de los Estados Unidos en Texas, una carta fechada el 8 de agosto de 1843, en la que dice lo siguiente: "El establecimiento, en el centro mismo de nuestros Estados esclavistas, de un gobierno independiente que prohibiera la existencia de la esclavitud, habitado por personas que, en su gran mayoría, nacieron entre nosotros, educadas según nuestras costumbres y vulgarizadoras de nuestro idioma, no dejaría de producir los más desventurados efectos en los dos partidos. Si Texas estuviera en tal condición, su territorio proporcionaría un fácil refugio a los esclavos fugitivos de Luisiana y de Arkansasy sería un apoyo para ellos, un estímulo para que se fugaran, lo que, posiblemente, no podría contrarrestarse por los reglamentos municipales ni por los de esos Estados.

"Decid a los del sur, que sólo están peleando para hacer territorio libre, que sólo por esto es por lo que los valientes de Carolina, Georgia y Alabama están arriesgando sus vidas, y ellos exigirán el arreglo de este asunto, desde ahora, antes de nuevos pasos en la prosecución de la guerra".

El señor Sims, de Carolina del Sur, en la cámara de diputados, el 28 de enero de 1847, expuso: "Y no dudo —expreso aquí mi opinión— de que cada pie del territorio que ocupemos permanentemente al sur de los treinta grados treinta minutos, será esclavista". Respondiendo a la pregunta del señor Burt: ¿estaría eso en consonancia con el estado de opinión pública, prevaleciente en los Estados del norte, oeste y centro, o se conformaría con la determinación, ya conocida, de la población suriana, es decir, que sus instituciones fuesen impuestas al territorio que se adquiriese?; el señor Sims contestó: "Mi opinión se funda en la conocida determinación de la gente del sur: que sus instituciones sean establecidas en tal territorio; se funda, también, en las leyes de Dios, escritas en el clima y en el suelo del país; solamente el trabajo esclavo puede cultivar, provechosamente, esa región. No tengo idea de que el norte y el oeste resistan hasta la muerte. Esta Unión no será nunca disuelta a causa de ese asunto".

El señor Roberts, de Misisipí, preguntó, en la cámara de diputados, el 4 de febrero de 1847: "¿Y vamos a decir a un Butler, o un Quitman, un Davis, un Yell, un Price, un Pillow y a toda una hueste de caballeros del sur, oficiales y tropa que valientemente se alistaron como voluntarios, y derramaron su sangre, y disiparon su fortuna, y que representan a millones de esclavistas, vamos a decirles después de que se haya adquirido el territorio a precio tan terrible que ellos, sus esposas, sus hijos, sus amigos o sus parientes no irán a ese territorio para poseerlo, poblarlo, cultivarlo y edificar allí, para su provecho y el de sus hijos? No, señor; ellos os dirán lo que os digo: el sur tendrá sus derechos, venga lo que viniere".

El señor Calhoun, en el senado, sostuvo de manera parecida el derecho de los esclavistas para transportar sus esclavos a los nuevos territorios adquiridos de México, y el de mantener allí la esclavitud: "El caso de nuestro territorio recién adquirido, de México, es, si es posible, más notable. Los acontecimientos conectados con la adquisición son bastante bien conocidos para requerir una larga narración. Fue ganado por las armas y con grandes sacrificios de hombres y dinero. En la contienda, el sur cumplió plenamente con su parte de deber militar y ganó plenamente su parte de honor militar; ha derramado con abundancia su cuota de sangre, y en los gastos ha soportado y soportará su contribución completa; ha evidenciado su participación entera de habilidad y bravura, y si yo dijera que se excedió en ambas no sobrepasaría la verdad; todo esto, sin embargo, no es de atribuirse a superioridad en tal o cual respecto, sino a circunstancias accidentales que dieron a los oficiales y a la tropa del sur oportunidades más favorables para su exhibición. Todos han cumplido noblemente con su deber; el denuedo y la valentía superiores no son sino atributos comunes a nuestro pueblo. ¿Sería recto y justo cerrar a los del sur un territorio así ganado, y dejarlo abierto exclusivamente para los del norte? ¿Merecería el nombre de suelo libre el adquirido, si una mitad de la Unión fuese excluida y la otra mitad lo monopolizara, habiendo sido ganado a expensas y por esfuerzos completos de todos? ¿Será trastornada la gran ley: que lo ganado por todos deberá ser por todos disfrutado?"

Vigorosa e incontestablemente argüía, en el senado, el señor Dix, de Nueva York, el 28 de febrero de 1849: "Al principiar la guerra con México, se nos hizo cargar con la intención de adquirir territorio para introducir esclavos. El cargo fue negado. Rechazamos la imputación por injusta para nuestros motivos. Sin embargo, precisamente en el primer intento de establecer un régimen para el territorio, se insiste sobre el derecho y se confiesa el propósito. Ignoro si el gobierno mexicano estuvo enterado de esta imputación; pero, al negociar con el señor Trist, los comisionados mexicanos deseaban que estipulásemos que no se introduciría la esclavitud en el territorio propuesto para sernos cedido.

"Estos mexicanos, a Ios que tenemos la costumbre de considerar mediocivilizados, vencidos en el campo. de la batalla, obligados a hacer la paz casi de conformidad con nuestros propios términos y forzados a ceder una porción de su territorio, nos imploran que no introduzcamos la esclavitud en el mismo; señor, pregunto: ¿cómo quedaríamos, ante el mundo, liberales e ilustrados, como somos, proclamando a la humanidad el principio de la libertad humana como uno de los inalterables derechos de nuestra raza, si, por otra parte, desatendiéramos aquellas súplicas?"

Estimamos que las francas declaraciones de Calhoun y de los otros prueban suficientemente que los surianos no se hubieran comprometido en la guerra ni la hubiesen continuado, de haber supuesto que las nuevas conquistas se convertirían en Estados y territorios libres. Como ésta es una revista y no una historia de la guerra, basta con presentar un espécimen de la enorme cantidad de evidencia documentaria existente sobre tal asunto.

En consecuencia, por más hiriente que sea la declaración y ruborizándonos por nuestra tierra natal, como lo hacemos al registrarlo, nos sentimos obligados a sentar que la causa superior y motivo de la guerra con México fue, sin duda ni controversia, el aumento territorial bajo el dominio de la esclavitud doméstica y la trata de esclavos, en el interior. Esta causa, primero defendida por unos cuantos, y después embrollando a la nación, segregó de México la provincia de Texas y la anexó a los Estados Unidos. Esta causa llevó la espada, en carrera devastadora, de Palo Alto a Buenavista y de Veracruz a México. La guerra, en las edades pretéritas, hizo esclavos de sus prisioneros; pero reservó para este periodo del mundo su principal hazaña: convertir la tierra libre que conquistó en una área de esclavitud, y esparcir, sobre nuevas latitudes, los tizones de la injusticia nacional y de la eterna desventura.

 

 

 

 

* Abiel Abbot Livermore (1811-1892), al igual que Jay, también fue pacifista y abolicionista. Su libro The War with Mexico Reviewed fue publicado en 1850 por la Sociedad Americana de Paz, para demostrar que "la guerra es un error social".