Home Page Image
 

Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

El contenido de la Memoria está a disposición como apoyo didáctico para los docentes de historia. Solicítelo en el siguiente enlace:

Solicitud de Descarga

Contacto:
MemoriaPoliticadeMexico@gmail.com

 

Comentarios:
MePolMex@gmail.com

 
 
 
 


1850 Los socialistas en México. El Universal.

Octubre 20 de 1850

 

I

"Una lucha grandiosa y terrible agita hoy el universo"; decía dos años ha un periódico que se publicaba en esta capital, "las tradiciones y las teorías han saltado a la arena: el porvenir del mundo está pendiente de ese combate, el más estraordinario, el de más vital importancia de los tiempos modernos.

"EI viejo hemisferio cruje al choque de encontradas opiniones: los pueblos del mundo de Colón, aguardan atentos y con muda sorpresa un hecho poderoso que decidirá de sus futuros destinos. Las carnicerías de Paris, los tumultos de Viena, las asonadas de Italia, son otras tantas escenas de un drama, a cuya representación asistimos hasta hoy a guisa de simples espectadores. Más tarde, nosotros también saldremos al escenario, y el desenlace, que duerme aun en el seno de la Providencia, a todos nos comprenderá, porque la cuestión que hoy se agita es una cuestión general."

La predicción que acabamos de copiar, parece que toca ya su cumplimiento. Desde la fecha en que se escribió hasta el día de hoy, se ha ido notando en México un malestar creciente, una agitación sorda pero continuada, los síntomas todos que siempre anuncian y preceden las conmociones grandes de los pueblos. Inútil sería enumerar ahora uno por uno los indicantes de la lucha que amenaza a nuestra sociedad; inútil llamar la atención sobre esa desorganización de todos los ramos administrativos, sobre ese menosprecio de las leyes divinas y humanas, sobre esas repetidas y flagrantes violaciones de las garantías del ciudadano, sobre esas máximas escandalosas, disolventes e impías que no buscan ya la oscuridad, sino que se levantan erguidas e impudentes, como si desafiaran el buen sentido de los mexicanos y la firmeza de sus creencias religiosas y políticas.

De entre esa multitud de hechos que todos hemos podido palpar, hay uno, el más notable por sus antecedentes y consecuencias, que es digno por lo mismo de un maduro examen. Bien conocerán nuestros lectores que aludimos a la postulación de D. Mariano Arista, al sufragio que han arrancado algunos de sus agentes a varios Estados para la presidencia, y a las pretensiones que han salido a luz tan luego como ha habido probabilidad de que el señor ministro de la guerra sea quien ocupe la magistratura suprema.

Desde el momento en que se abrió la liza electoral, brotaron del fango, a manera de setas, muchos periódicos, que sin proclamar principio alguno político, se declararon postulantes de D. Mariano Arista. Un solo punto había en que si manifestaban todos ellos una misma opinión clara, terminante y espresa, a saber, la guerra a los ministros del culto, y la afectación de cierto desprecio a las cosas sagradas y a la autoridad de la Iglesia. Así es que no solamente fueron la religión y el sacerdocio objeto de ataques más o menos solapados por parte de los postulantes del señor ministro de la guerra, sino que aun se apeló a la reproducción de escritos impíos y escomulgados en los papeles que le defendían, para mejor marcar, sin duda alguna, las esperanzas que en él tenían y los proyectos que a su sombra intentaban realizar los hombres que presentaban por su candidato a D. Mariano Arista.

La enérgica declaración contra su candidatura que hizo la prensa libre de la capital y los Estados, acto memorable al cual contribuyeron los hombres de todos los partidos, desvaneció las ilusiones y puso en completa evidencia, tanto a los postulantes como al postulado. Muchos había que hasta entonces se desengañaron de que D. Mariano Arista no era el hombre escogido por los moderados para empuñar las riendas del gobierno; otros conocieron que mucho menos le reconocían por su prohombre los partidarios del federalismo puro; otros se convencieron plenamente de que eran lo mismo que nada los ofrecimientos privados y secretas seguridades de que el hombre postulado por papeluchos como el Montecristo, y hombres como los antiguos redactores del Cangrejo, coadyuvaría a las miras patrióticas de los amigos de la conservación de las creencias religiosas, de la independencia y la nacionalidad. Apareció D. Mariano Arista, después de la protesta de la prensa de todos los partidos, aislado en medio de todos ellos, y no hubo sin duda en la nación un solo individuo interesado, aun cuando fuese remotamente, en la política, que no se hiciese a sí mismo estas preguntas: A este hombre le rechazan los puros, los santanistas, los moderados, los conservadores... ¿Quiénes son, pues, los que le proclaman?.. ¿Qué quieren para el país los que pretenden la presidencia para D. Mariano Arista? ¿Qué principios profesan? ¿Qué idea representan? ¿Cómo se llaman? Para satisfacer estas preguntas, se examinaba el personal de la facción-arista, y se encontraba que el bando consta de la escoria de todos los partidos, de hombres que en nuestras multiplicadas revueltas intestinas hemos visto constantemente adorar al sol que nace, de individuos estigmatizados algunos de ellos o con la nota de traidores y vendidos a los norteamericanos, o con la de viciosos y desmoralizados, indignos de frisar aun con la clase más abyecta de nuestra sociedad. Entre gente de tal calaña sería la pretensión más absurda buscar ideas o principios, pues que no podía tener otros que los de un interés mezquino y ruin; muy ruin; tanto más ruin, cuanto que, semejantes partidarios no pueden llevar los ojos más allá de la codicia del dinero que les facilite los medios de satisfacer sus vicios. Pocos hay entre los sectarios de D. Mariano Arista que no merezcan la triste calificación que acabamos de hacer; y esos pocos, que alucinados con la esperanza de realizar sus ideas se unieron a su bando, deploran ya su poca previsión, y están atisbando acaso la oportunidad de deshacer sus compromisos.

No se pudo ocultar ciertamente a la asquerosa facción de que vamos tratando, cuanto llevamos espuesto en contra suya, ni la necesidad urgentísima que tenía de levantar alguna bandera de aclamar algún principio. Hic labor, hoc opus. ¿Podía arrojar audazmente la careta, y declarar que trabajaba por la anexión, por la venta del resto del territorio a la República del Norte? … No, en verdad; porque es la traición un crimen tan horrendo, que hasta el traidor mismo repugna y estremece la denominación que le ha granjeado su delito. ¿Podía esa facción anunciar a México que su objeto era la rapiña, la dilapidación de los caudales públicos, el despojo de las propiedades particulares, la usurpación y derroche de los bienes de la Iglesia? Tampoco; porque el salteador nunca pregona que va a robar, antes de salir al camino real. ¿Podía manifestar con claridad que anhelaba conculcar todas las garantías, hollar la ley, violar el sagrado de las personas y de las familias, para desahogar pasiones viles y satisfacer venganzas a cual más rastrera? Mucho menos. Cierto es que ese y no otro fin se proponen los que han tomado a D. Mariano Arista por caudillo; pero también lo es que se guardarían de hacer una revelación tan explícita de sus dañadas intenciones. Buscose, pues, un símbolo que adoptar, un nombre que promulgar, un manto que echar sobre tanta podredumbre, sobre tan horrorosa conspiración contra la sociedad. ¿Mas cuál sería ese símbolo, cuál ese nombre, cuál ese manto? No el federalismo, porque su esencia es opuesta al despotismo que intenta entronizar esa facción; no el moderantismo, porque sería lo propio que proclamar a las claras la anexión; no el centralismo, porque desertarían uno que otro federalista alucinado que han podido atrapar; no la enseña conservadora, porque el oriflama del honor, del orden, de la independencia y de la religión de nuestros padres sería un sangriento sarcasmo para los traidores que pretendiesen hipócritas empuñarlo con sus manos mancilladas.

Por otra parte, las denominaciones existentes ya, y de las cuales se pudiese echar mano, estaban gastadas, y era preciso tomar en cuenta el carácter un tanto cuanto novel era de nuestros compatriotas, para sorprenderle con un nombre nuevo en México, altisonante, y cuya moda nos viniese de ultramar. Meditaron, pues, devanáronse los sesos; y dieron al cabo con una palabra que encubriera sus verdaderos proyectos. Esta palabra (¿quién la podía ni traslucir siquiera?) es El Socialismo!!!

¡El socialismo en México! ¡Y el socialismo a fines del año 1850! Y el socialismo adoptado como disfraz por los traidores que trabajan incesantemente por entregarnos a los Estados-Unidos!... Así es sin embargo, en realidad, según hemos llegado a saber; y la palabra socialista, sinónimo en Europa de loco ó visionario, lo va a ser en México de anexionista; del propio modo que anexionista es sinónimo de traidor.

Mas por absurda que sea esa denominación, y por impuro que sea el origen que reconoce, ella es, sin embargo, la que va a abrir en México una nueva lucha, la que va a realizar entre nosotros la predicción que citamos al principio. Nosotros también vamos a salir al escenario; pero las consideraciones que emanan de este hecho deben ser materia de otro artículo de fondo, que daremos a luz próximamente.

II

En nuestro anterior artículo hemos dicho que la facción que ha proclamado a D. Mariano Arista se compone de la escoria de todos los partidos, de hombres que en nuestras multiplicadas revueltas intestinas hemos visto constantemente adorar al sol que nace, de individuos estigmatizados (adjetivo que hemos de usar mal que pese a las dedicados puristas del Monitor) algunos de ellos con la nota de traidores y vendidos a las norteamericanos, o con la de viciosos y desmoralizados, indignos de frisar aun con la clase más abyecta de nuestra sociedad. Algunas vaciedades ha contestado a esto el Monitor, de las cuales hablaremos un día que estemos muy desocupados; pero lo que sí haremos hoy, es particularizar algún tanto lo que dijimos en general respecto del personal de la facción resaquista.

Si no fuera tan conocida esa banda inmoral, ilustraríamos las presentes reflexiones con gran copia de ejemplos: lo es demasiado por fortuna, así es que nos contentaremos con citar uno que otro caso. Hemos dicho que entre los sectarios del Sr. Arista se encuentran hombres que han adorado siempre al sol que nace: muchos podríamos citar, y acaso los podríamos citar a todos: nos contentaremos empero con uno solo, y ese será el gefe que habrán vista cuantos hayan asistido a las sesiones del club soi-disant socialista; el mismo que en cierta ocasión marchó a la cabeza de la pompa militar con que se publicó un célebre decreto, y tres o cuatro días después marchó a la cabeza de la pompa militar con que solemnizó la revolución que había derrocado a los autores de ese mismo decreto. Nosotros podemos concebir que un hombre modifique o varíe sus opiniones a consecuencia de un grande acontecimiento que las conmueva, o después de un maduro examen de los hombres y las cosas; pero el hombre que públicamente y a tramo tan corto se pavonea con tan clásica y palmaria contradicción, es ... dignísimo partidario de los socialistas de Palo-Alto!... Hemos dicho que en ese banda se cuentan hombres conocidos por traidores y vendidos a las norteamericanos: váyase a una sesión de la pandilla resaquista, recórranse sus filas, y en ellas se encontrarán a los que durante la ocupación de la capital por las tropas de Scott no vacilaron en hacer gala de su vergonzosa liga con los invasores de la patria. Mucho saben ya respecto de esos Iscariotes los que han sido sus víctimas; pero más se revelará, dentro de muy poco tiempo acaso, y entonces uno por uno se podrán entresacar de entre los que en México pretenden encubrir sus trabajos contra la independencia bajo el estandarte absurdo y ridículo del socialismo. Hemos dicho que la facción de Mamulique se compone en parte de hombres viciosos y desmoralizados indignos de frisar aun con la clase más abyecta de la sociedad. Sobre esta faz del bando resaquista, acaba de publicar un papel de la capital pormenores sumamente interesantes. No reproduciremos nosotros cuanto ha dicho; pero si preguntaremos a todos los hombres de conciencia: ¿qué calificación merece una facción que cuenta entre sus hombres notables a individuos con alias y altisonantes dictados? ¿Qué causa será la que tiene defensores de tal calaña? ¿Qué clase de hombre puede ser él quien tales hombres aclaman por caudillo?

Volviendo ahora a tratar del socialismo, que han invocado esos hombres, a falta de otra denominación para su pandilla, diremos que es muy digno de ellos ese nombre, símbolo en Europa de los locos, de los estúpidos o de los malvados. No será malo oír acerca del socialismo lo que dicen hombres como Lamartine, republicanos de Febrero, a los cuales no podrán echar en cara los demagogos la nota de conservadores.

En uno de los números del Conseiller du Peuple, se expresa Lamartine en los términos siguientes: "¡EI socialismo! ¡Ah! dejadme al cabo abriros mi corazón! Veinte años ha que estudio el socialismo; y lo conozco al palmo. Lo conozco, digo, y por lo mismo me ruborizo de mi siglo y de mi país. Me avergüenzo de que en un pueblo, tenido hasta ahora por ingenioso, haya jóvenes salidos de las escuelas del Estado, que hayan podido llegar a ese grado de tontera y embrutecimiento.... ¿Qué queréis que piensen de nosotros en el mundo y en el porvenir? .. ¿Con que es cierto que hay momentos de decadencia y de imbecilidad en el ingenio eclipsado de un pueblo?... ¿Con que es cierto igualmente que nosotros los franceses estamos próximos a caer en una de esas noches del espíritu en las cuales se pierde hasta el recuerdo mismo del sentido común?... ¿Con que es cierto, en fin, que DIOS cuando quiere perder a las naciones comienza por enviarles la ceguera moral más completa?… sí; Y lo que me confunde, lo que me humilla, lo que me desespera por vosotros en una doctrina falsa, no es el crimen. AI crimen se le conoce, se le combate; más se le comprende. Pero a La Tontera, quién la puede comprender?

Si interpelamos a los escritores socialistas, encontraremos en su lenguaje o bien el absurdo y la ridiculez, o bien la inmoralidad, o bien el crimen. .

Oigamos a Proudhon. En el periódico Le Peuple de Abril del año pasado, sienta esta máxima capaz de arrancar una sonrisa al hombre más serio: "La República está más allá del voto universal, porque un pueblo no tiene derecho de no querer la República!" ¡Y estos hombres proclaman la libertad y la soberanía del pueblo!. ..

Oigamos al mismo Proudhon, en el mismo periódico, de Junio del año citado, definir el socialismo: "El socialismo puede ser considerado como una potencia que obra en razón directa de su unidad, e inversa de su extensión". ¿Podía ser más oscuro el lenguaje de la trípode de Delfos o de la caverna de Trofonio?...

Oigamos al mismo Proudhon hablar de la religión en su tratado de la Creation del'ordre: "La religión no solamente es inútil para el Estado, sino que le es perniciosa!" ¡Y a estas llaman doctrinas salvadoras de la sociedad!. ..

¿Se quiere un trozo de elocuencia socialista? Léase a Georges Olivier en su folleto titulado Place au Peuple, al hablar del ministro Odilón Barrot, Falloux y compañeros. No nos atrevemos a manchar con ese pasage nuestras columnas: baste decir que se horroriza la mente de ver que hombres que propalan una idea política profieran tamañas Impurezas. Y Olivier es muy republicano, muy socialista, muy digno, en fin, por su lenguaje de burdel de ser el mentor de los socialistas nuestros...

Es penosa ciertamente, en alto grado penosa, la misión que ha cabido en suerte llenar a los escritores de la oposición en la época actual.. Por más que la prudencia corrija los deslices de la pluma, sería preciso guardar silencio, si se fuese a intentar no herir las personas al tratar de un bando corrompido, perverso antipatriótico. Cicerón al hablar de la gavilla de Catilina, no podía menos de llamar por su nombre a tanta gente perdida, de la propia manera que en nuestros tiempos escritores como Guizot, Capefigue o Klindworth deben forzosamente de lanzar sobre las cabezas de los impuros novadores de hoy en día el rayo terrible de la maldición de la sociedad entera. Duélenos de tener que salir de vez en cuando fuera de los límites de la discusión tranquila y sosegada; pero se necesitaría un esfuerzo sobrehumano para dejar de reprobar lo que es tan ricamente digno de reprobación.

Nosotros vemos que en la capital misma de esta desgraciada nación, y a la sombra de magnates en cuyas manos pondrá acaso la intriga los destinos del país, se organiza un club tenebroso en nombre del socialismo, de esa hidra inmunda que ha amenazado en estos últimos años anonadar las sociedades mejor construidas de la Europa. ¿Sería honroso, sería leal, sería patriótico, callar en tales momentos? ¿Dónde está, preguntaremos con Juvenal, el alma de hierro que se pueda contener a la vista de tanta iniquidad? ¡No, mil veces no! Conocemos cuán amarga es nuestra tarea; palpamos sus sinsabores; medimos sus peligros; pero la aceptamos tal cual no la ha deparado la Providencia, y si sucumbiéramos en la lid, nos servirá de consuelo el recuerdo de que caímos combatiendo por la causa de la propiedad, por la causa de la moralidad, por la causa de la independencia, por LA CAUSA DE DIOS!

Y no nos veremos solos en el campo de batalla. A los propietarios les recordaremos que se trata de salvar el fruto de sus afanes, codiciado no por míseros proletarios, sino por los ávidos explotadores de las preocupaciones de una turba ignorante y desacordada, y los propietarios pelearan todos a nuestro lado.

A las clases inteligentes que por sus talentos, sus estudios, o sus servicios, se han distinguido y elevado más allá de la esfera común, les diremos que esos niveladores aspiran a igualar la estupidez con el talento, la ignorancia con el saber, el ningún mérito con el mérito, y los pocos que haya que no estén con nosotros, abjurarán de teorías deslumbradoras y vendrán a defender el orden, la inteligencia y la razón.

A los ministros del culto les diremos con un escritor de primer orden de la época, que la abdicación les es vedada, que los ministros del Señor han de llenar sus deberes hasta el sacrificio, y ellos también defenderán con sus armas la sacrosanta religión del Crucificado.

Para concluir, repetiremos por última vez las palabras que ya dijimos en nuestro artículo anterior. Vamos a salir al escenario: a ello nos fuerzan las maquinaciones de una bandera traidora y perversa. ¡Adelante!

Grande, inmenso, inefable es el entusiasmo a enarbolar contra el inmundo girón que lleva inscritas las palabras anexión, socialismo, impiedad, el labarum radioso que ostenta estas otras: ¡INDEPENDENCIA, PROPIEDAD Y RELIGION!

Fuente: García Cantú Gastón. El Pensamiento de la reacción mexicana. Antología. México. Lecturas Universitarias. UNAM. 1986. 456 pp.