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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

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ISBN 970-95193

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1850 El Porvenir de México. La idea anexionista y la idea conservadora. El Universal.

Octubre 13 de 1850

 

I

En nuestro artículo correspondiente al 11 del actual dijimos que el porvenir de la República mexicana no podía menos de ser, ó de la idea conservadora ó de la idea anexionista. Esta es una verdad, terrible sin duda para los hombres de bien que no tienen fe en los principios, pero que no debe producir la menor alarma en los que comprendan cuanto es el prestigio de la verdad y de la justicia, luchando abiertamente contra el error y la maldad.

Fecunda nuestra historia en lecciones y desengaños, como lo son todas las que transmiten a la posteridad calamidades e infortunios, en cada una de sus páginas nos enseña una verdad saludable. Supimos primero, que el sistema federal era un germen de continuos desastres para la patria; vimos después, que tampoco era eficaz para nuestra dicha, la centralización, tal cual se adoptó; la guerra de Tejas nos hizo sospechar las miras ambiciosas de nuestros vecinos: su invasión vino a patentizarnos sus proyectos usurpadores; y todo lo que ha pasado desde el año de 24 hasta hoy, ha llegado por fin a convencernos de que enmedio de todas estas disensiones que han agitado al país, enmedio de este conflicto de pareceres y de ideas, de este choque de opiniones y doctrinas, enmedio de tantas fracciones políticas que se llaman partidos, y cuya denominación ha sido a veces imposible por sus infinitas subdivisiones, no hay en sustancias más que dos opiniones, dos partidos, dos ideas que se hacen la guerra desde el principio de nuestra emancipación, y que lucharán todavía largo tiempo en el porvenir, porque el porvenir es de una de las dos: la idea conservadora, la idea anexionista.

Allá en los primeros días de la independencia, cuando el genio de nuestras desgracias rompió la lisonjera UNION proclamada en Iguala, pudo creerse que los que abandonaban las banderas conciliadoras de la época, eran unos espíritus inocentes aunque estraviados. Duró largo tiempo esta creencia; y al partido de los desaciertos y de los trastornos podía echársele en cara su falta de reflexión y de estudio, su necio prurito de imitar a República del Norte, o de aplicar aquí las utopías quiméricas del filosofismo moderno; pero nada se le podía decir con respecto a su patriotismo, no se le podía llamar enemigo, de la nacionalidad mexicana, nadie tenía derecho para apellidarle traidor. EI tiempo ha venido a romper el velo que ocultaba la verdad; y la desastrosa guerra que acabó con el tratado de Guadalupe, así como los acontecimientos posteriores a aquella época malhadada, han puesto a la vista de todos, los intentos de unos, mientras que han hecho abrir los ojos a los demás. Se han revelado definitivamente las miras de los partidos, se han pintado en el cuadro de una manera fija los colores, se ha dividido el terreno entre dos contendientes, se ha simplificado por fin la lucha. Hoy sabemos ya positivamente, que no hay en México más que conservadores y anexionistas.

No se ofendan antes de tiempo, los que de buena fe no están filiados bajo las banderas de lo que se llama partido conservador. Tal vez no se han decidido, por hallarse preocupados con las gratuitas calificaciones que ha hecho de esta comunión política, la ignorancia y la mala fe; tal vez es dueño de sus afecciones otro bando, que por tener ocultas sus depravadas intenciones, ha seducido villanamente a los buenos que profesan amor a su patria. Mas por eso mismo queremos nosotros abrir los ojos de los engañados, diciéndoles una verdad que debe estremecerlos, asegurándoles que son ciegos instrumentos de los que quieren vender al país, de los que pretenden destruirle, agregándole a los Estados Unidos; en una palabra, de los traidores.

Ciegos adoradores de la República vecina, los que en 1824 se empeñaron en establecer el sistema federal, no obstante las juiciosas observaciones que hicieron contra él muchos hombres ilustrados, aseguraron a la codicia norteamericana el buen éxito de sus empresas con respecto a México. No diremos nosotros, que trabajaron de intento en esta obra detestable todos aquellos mexicanos mal aconsejados; pero lo cierto es que su entusiasmo y su admiración por la República modelo, hubieran quedado muy satisfechos con los gritos de júbilo que en aquella ocasión debió exhalar el gabinete de Washington. Aquellos mismos hombres y sus secuaces son los que después han sostenido con todas sus fuerzas la organización que tanto halagó a la ambición estrangera, que se allanó los caminos, que echó una mancha en el pabellón mexicano ... Ya hemos dicho que la invasión reveló que había mexicanistas, porque el entusiasmo de muchos mexicanos por las instituciones democráticas del Norte, se había convertido en el deseo de participar de su bondad, haciendo que su propio país se trocara en uno de los Estados de la Unión.

EI partido conservador, que débilmente había combatido durante veinticinco años, la idea anexionista y el sistema político que la favoreciera, saltó a la arena con más decisión, después que vio que la patria se había salvado por una gracia de los mismos invasores; y he aquí que su aparición, el modo desusado con que empezó a defender la causa nacional, y la resolución que mostrara de no permitir que la traición vendiera impunemente a la codicia la hermosa herencia de nuestros mayores, fueron el motivo de una alarma general entre los entusiastas por los Estados-Unidos. No, dijeron los más francos; no queremos ocultar por más tiempo nuestros proyectos; no queremos una independencia, que nos ha dejado la religión de los conquistadores, con todas sus consecuencias, con sus distinciones para lo que se llama mérito y virtud, con su espíritu de represión para el vicio, con sus eternos embarazos para el abuso de la libertad; queremos la libertad democrática en toda su estensión, queremos la igualdad republicana; queremos la anarquía de las conciencias; y para esto es menester que México deje de ser independiente, y que forme parte de la República de Washington ... No, dijeron los hipócritas; no queremos que nuestro país sea borrado del catálogo de las naciones; pero si nosotros no hemos de mandar, si se han de restablecer la moral y las creencias, si ha de tener la libertad las cortapisas de la religión y de la ley, si, en suma, ha de prevalecer el principio conservador, más vale que México pertenezca a los Estados Unidos; no será una nación independiente, pero será parte de una nación donde está nuestro ídolo, la democracia...

Así es como se han decidido los hombres y los partidos, unos por inclinación a la misma idea, otros por horror al orden que el partido conservador pretende restablecer por medio de la unidad religiosa y de la unidad política.

II

Para conocer que la lucha de opiniones y de partidos se ha simplificado en México de la manera que acabamos de decir, basta examinar la índole de las cosas y el carácter de los hombres que se oponen a las cosas y a los hombres del partido conservador, así como los términos en que defienden su causa los órganos de la prensa que atacan las doctrinas de este partido.

La manera en que está constituida la sociedad mexicana, no puede ser más opuesta a sus intereses y a sus necesidades, o por mejor decir, esta sociedad, aunque tiene una constitución, no está definitivamente constituida, según lo han dicho mil veces los periódicos que se ocupan en atacar nuestras doctrinas, y señaladamente uno que no hace mucho tiempo salió a luz con este objeto. Esta situación, si en todas partes es crítica y aventurada, lo es infinitamente más en México, donde la paz, el orden y hasta la independencia, tienen tantos enemigos interiores y esteriores con quienes combatir.

Menester era, ya que en el espacio de treinta años no se le ha dado a México una ley fundamental adecuada a sus circunstancias, que sus hombres públicos se hubieran afanado por establecer alguna base sólida en que algún día se apoyara la constitución definitiva; pero he aquí que la idea anexionista dominó en las discusiones que tuvieron por objeto sentar las bases de la organización política, y los hombres que tomaron parte en ellas, contribuyeron, tal vez sin saberlo, sin sentirlo, sin apercibirse siquiera de lo que hacían, a organizar el Estado de la manera más propia para dividirle, para debilitarle, para corromperle, y para sofocar en sus hijos el germen de las virtudes sociales, con el germen maléfico de las revoluciones y de los trastornos.

Hemos visto las consecuencias de esto, y no hay para que relatarlas aquí; harto presente están en la memoria de los mexicanos, que no pueden recordar sin horror, los días de amargura y de duelo que pasó la patria, oprimida bajo la planta de un puñado de invasores. La idea anexionista triunfó entonces, y su triunfo fue tan estrepitoso y tan claro, que muchos de los adictos a ella se atrevieron a descubrirse la cara, mientras que los otros, menos audaces o más hipócritas, permanecieron tapados para seguir trabajando, como han trabajado después constantemente, en su obra inicua. Recórrase la historia de los tres últimos años, desde la celebración del tratado de Guadalupe hasta hoy; véase como han cumplido los norteamericanos las estipulaciones de aquel tratado en las nuevas fronteras de la República; examínese el giro que ha dado nuestro gobierno a su relaciones con el de Washington en los nuevos convenios que ha tenido con el por diferentes motivos y para diversos objetos; tiéndase la vista por nuestra situación interior para ver nuestros conflictos financieros, nuestra falta absoluta de recursos, la desunión de nuestras provincias, nuestra impotencia para defendernos; y dígase si no ha habido por una parte, un decidido empeño de debilitarnos, y si no se han prodigado por otra, el gobierno de la república vecina, bajas adulaciones por una administración que debiera haber representado la dignidad ofendida y el decoro mancillado de su patria.

Cada nación, enmedio de otras mil necesidades, tiene una necesidad más imperiosa que todas, una necesidad primitiva, culminante, digámoslo así; necesidad que a toda costa es preciso satisfacer, porque de nada sirve que las demás atendidas, mientras aquella permanezca en descubierto. ¿Y cuál es en México esta necesidad primitiva? ¿Qué debe hacer, ante todo, este país? Libertarse de la codicia de los Estados Unidos. Esto es lo primero en que deben pensar los mexicanos, porque, escusado es negarlo, el águila del Norte nos acecha, y su garra está constantemente abierta sobre nosotros. Negar esto, es una obstinación insensata; y disimularlo, es cobardía en unos, y perfidia en otros. Los Estados Unidos del Norte piensan en el dominio universal de todas las Américas, y la primera presa de su ambición ha de ser la República Mexicana, si los hijos de ésta no toman las medidas convenientes para evitarlo.

A hora bien, todo lo que se ha hecho en el país desde la celebración del tratado de Guadalupe hasta hoy, es favorable a las miras de la República vecina, y todo lo que se haga por sostener, a despecho de la nación, el actual orden de cosas, sirve precisamente para allanar el camino a nuevas usurpaciones. Para poner en claro estas tendencias, y para denunciarlas a la faz del país con entereza y lealtad, es para lo que se levantó el partido conservador, que durante largos años había dejado el campo libre a sus enemigos, que son los enemigos de la patria.

Tendremos, pues, dos contendientes, a para espresarnos con más propiedad, ha empezado ya la lucha entre las dos ideas que van a seguir disputándose el dominio del porvenir en el suelo mexicano. De un lado la idea anexionista, favorecida por todos los que defienden el desarreglo pasado y el sistema que ha producido la actual desorganización; y decimos por todos, porque todos trabajan por la pérdida de la independencia nacional, aunque algunos en su corazón la amen; porque trabajan por un fin que sostiene los medios. Y el desconcierto de nuestra administración, los continuos trastornos del orden público, la pérdida del patriotismo, y la debilidad y abatimiento, que son las consecuencias del sistema actual ¿no son medios seguros del fin que se proponen los norteamericanos con respecto a México?

Reflexionen los hombres de bien en una cosa. Vean de qué modo hablan nuestros anexionistas solapados, cuando atacan las ideas del partido conservador, y conocerán que su objeto no es discutir filosóficamente las doctrinas en que pudieran disentir acerca de las diferentes formas de gobierno, sino que siempre acuden a la gastada cantinela de servilismo, de preocupación y de retroceso. Así es que al pensar en los proyectos ambiciosos del Norte, justifican a la República-modelo, diciendo que su intención es difundir los beneficios de la libertad por todo el continente americano, mientras que al partido conservador no le perdonan su celo por la independencia de la patria, puesto que ésta solo puede conservarse, aplicando a su administración las máximas que profesa este partido.

III

Frente a frente las dos ideas enemigas, que van a disputarse la posesión del porvenir de la patria, no les queda más recurso a los diferentes partidos políticos en que se divide, que filiarse bajo una de las dos banderas que las representan; y preciso es confesar que esta circunstancia es una de las más felices que ha ocurrido en la vida pública de la nación. Los hijos de ésta no sabían hasta ahora de que medios valerse para conocer hacia qué lado se encontraban la justicia, la razón y la verdad; ignoraban que su adhesión a uno de los bandos políticos importaba nada menos que una declaración solemne de amor o de odio a la independencia nacional; y tal vez por esto no meditaban mucho las consecuencias de un paso que, en su juicio, no hacía más que colocarlos en una comunión de doctrinas más o menos exaltadas: pensaban que solo iban a resolver una cuestión política.

Harto diferente será de aquí adelante la posición de los mexicanos que quieran tomar alguna parte en los negocios públicos de su país. No se trata ya de resolver si el gobierno de la República mexicana se ha de establecer sobre el principio democrático, o sobre el monárquico, o sobre el aristocrático; no se trata precisamente de investigar cuál de las diversas formas gubernativas es la mejor o la peor para nuestras circunstancias y necesidades; no se trata, en fin, de resolver una cuestión política; la cuestión que van a decidir los partidos, es una cuestión social, porque afecta nada menos que a la existencia de la sociedad; porque no habrá en lid más dos contendientes, el uno empeñado en hacer pedazos el ya débil cimiento que descansa la nacionalidad mexicana, para que México sea una provincia de los Estados Unidos; el otro, esforzándose por afirmar ese removido cimiento, a fin de que la patria no caiga en poder de la codicia estrangera, y para hacer que produzca la independencia los frutos que se propusieron sus autores, y que le han arrebatado la traición y la mala fe.

Muchos de los que vean así la situación, que es como debe verse, creerán que no puede durar mucho tiempo, la lucha, y que ésta no puede ser muy reñida, cuando van a disputarse la palma, por un lado todos los prestigios de la virtud y de la nobleza, apoyados en el instinto de conservación que tienen todas las sociedades, y por otro, todos los instintos villanos de la bajeza y de la perfidia, apoyados en la traición; pero nosotros que hemos visto ya las hondas mellas que ha hecho el vicio en las entrañas de la patria; nosotros que hemos presenciado los extremos de corrupción y de escándalo a que conducen los errores políticos, no podemos menos de pronosticar que la lucha será sangrienta, que los conflictos llegarán a ser alarmantes, y que tal vez desmayará la esperanza de muchos al ver los esfuerzos del mal por arrebatarnos el honor y la dicha de pertenecer a una nación independiente. Sin embargo, el éxito de la lucha no es dudoso, a juzgar son los progresos que ha hecho la idea conservadora, desde que apareció en la escena para impedir la última ruina de la patria.

Lidiarán por la idea anexionista todos los que, encontrándose indignos de figurar en puestos de importancia bajo un orden de cosas arreglado y estable, cifran sus esperanzas de mando y de poder en las revueltas y trastornos de una sociedad desquiciada; todos los que imbuidos en el filosofismo moderno, quieren el extermino de las clases donde se mantienen vivos los principios de religión, de moral y de orden; todos los vicios, que temiendo el castigo de las leyes bajo un gobierno fuerte, justo e ilustrado, desean que prevalezca el poder de las masas con todas sus consecuencias; aquellos, en fin, que en política, están por la preponderancia demagógica, y en religión, por la anarquía de las conciencias.

Los que piensan así, son muchos por desgracia. ¿Cómo lo hemos de negar, cuando hemos visto que en el espacio de treinta años, ha prevalecido casi siempre el genio del mal sobre los esfuerzos del bien, cuando hemos visto que después de la guerra con el Norte, se quitaron el embozo los malvados, cuando desde entonces se han presentado con más audacia e insolencia a predicar sus bárbaras doctrinas, cuando todo un gobierno ha consentido que los órganos de su voluntad, de sus ideas y de sus opiniones, proclamasen LA ANARQUIA como la última felicidad a que aspira la nación mexicana? Por mucho que nos duela, preciso es confesar, que bogamos en un piélago de aguas emponzorradas, que la corrupción ha invadido nuestros corazones, y que penetra ya hasta la médula de nuestros huesos. ¿Qué extraño es, pues, que siendo tan negra y tan vil la idea anexionista, y tan hermosa y noble la idea conservadora, tenga aun la primera bastantes partidarios?

No obstante, estos van a luchar en un terreno tan desventajoso, que parece imposible que el triunfo corone sus esfuerzos. Quieren la muerte de su patria; su patria los arrojará de sí; lidiarán con armas gastadas, y sus armas se romperán. ¿Tan desgraciados seremos, que esté aficionada la mayor parte de la nación para que triunfen los que desean darle una muerte llena de ignominia? ¿Tan débil será la idea conservadora, que no se hagan pedazos, al dar con ella, las armas de sus contrarios? No: hay todavía en las entrañas del país una buena porción sana y robusta, a donde no ha llegado el hálito impuro de las pasiones demagógicas, únicas que sofocan en el corazón humano el dulce amor de la patria, hay mexicanos de pecho hidalgo y alma noble, que con la fe de sus abuelos, han heredado su valor, su constancia y su patriotismo; hay patriotas, que no consentirán que se pierdan lastimosamente todas las conquistas que hicieron en el nuevo mundo el Evangelio y la civilización; hay, en fin, ciudadanos decididos y valientes, que morirán mil veces antes de consentir que la barbarie democrática del anglo-sajón venga a poner la planta sobre la cerviz de la raza española, que puebla las regiones americanas del mediodía.

¿Qué puedan decir los anexionistas en apoyo de su causa? Algunas alabanzas necias de la república de Washington, alabanzas cuyo ningún fundamento han revelado ya mil veces, los que han observado cuán pocos atractivos tiene la vida social en aquel pueblo; algunos arranques ridículos en favor de la libertad y de la igualdad democráticas que allí se disfrutan, arranques que se fundan en la más crasa ignorancia, siendo como es cierto, que en el Norte existe la esclavitud con todos sus horrores, con todas sus degradaciones y con toda su inhumanidad. ¿Y las armas de qué se valen? ¡Ah! Gastadas, enmohecidas, no servirán más que para llenar de baldón a los que las usen. Dirán que nuestro culto es una superstición, que nuestras creencias son delirios, que nuestro respeto a la moral cristiana es una servidumbre opuesta al progreso y a la libertad ... Esto dirán, pero esto dijeron ya hace cien años, los filósofos del siglo pasado, cuyos escritos produjeron los horribles desastres de la revolución francesa; y la Europa consternada y el mundo escandalizado con el objeto final de aquellas doctrinas, las ha destruido ya mil veces con las armas de la razón, de la filosofía y de la historia. Ya la generación presente sabe bien lo que significan esas palabras en boca de los que pretenden regenerar a su patria, entregándosela a sus enemigos.

¿Será preciso manifestar lo que puedan exponer en su apoyo los partidarios de la idea conservadora? ¡Ah! ¡Qué hermosa se presenta su bandera, a los ojos de la verdadera filosofía, junto al degradante perdón de sus contrarios! Conservar la Existencia de la patria, esta existencia que tan cara costó, y que ha sido hasta hoy tan azarosa y tan triste; conservar la religión, esta religión que fue la de nuestros padres, que hizo buenos y famosos a nuestros abuelos, que es hoy el consuelo de tantos desgraciados, y el único vínculo de esta sociedad que se desmorona; conservar los derechos de la propiedad, de la familia, del hombre y del ciudadano; conservar, en fin, la independencia nacional para mejorar la suerte de la patria, para explotar sabiamente sus felices elementos, para hacerle grande y poderosa, para que la respeten las demás naciones del globo ... he aquí los fines de la idea conservadora. ¿No es cierto que desde luego se presenta a la imaginación como más poderosa que su enemigo? Sin duda; y esto, considerando su poder en abstracto, y prescindiendo de la parte que tomen en la cuestión los hombres del gobierno. EI que va a ponerse a su frente dentro de poco (1), no hará más que precipitar el término de la contienda, pero no podrá influir notablemente en sus esenciales resultados. Otro día hablaremos del próximo porvenir bajo este respecto.

1. Referencia a Mariano Arista. Secretario de Guerra en el gobierno de José Joaquín Herrera y Presidente de la República desde mediados de enero de 1851.

Fuente: García Cantú Gastón. El Pensamiento de la reacción mexicana. Antología. México. Lecturas Universitarias. UNAM. 1986. 456 pp.