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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1849 Memorias para la Historia de la Guerra de Tejas

Vicente Filisola

El día 14 de abril de 1836, mandó S. E. el presidente que se dispusiera para marchar su estado mayor, con sólo la canoa, pues los baúles de S. E. y los de cada uno de sus individuos, se los entregaron al general Ramírez y Sesma, para que los guardara en su poder allí mismo en el paso del río de los Brazos, a cuyo punto debíamos volver dentro de tres días; desde el día anterior habían estado pasando dicho río las compañías de preferencia, de Matamoros, Aldama, Guerrero, Toluca, activo de México, y me parece que también Guadalajara, con un cañón de a 6 reforzado, al mando del teniente D. Ignacio Arenal con su dotación, cincuenta caballos de Tampico y activo de Guanajuato, que componían la escolta de S. E., cuya fuerza ascendía a 600 (pasaban de 800) hombres poco más o menos.

Serían las cuatro de la tarde de dicho día, cuando emprendió la marcha S.E. con dicha división, camino de Harrisburg.

La ribera de este río se compone de un espeso y elevado bosque que se extiende por aquel rumbo más de 3 leguas al concluirlo, y para salir al llano encontramos con un pequeño arroyo que sus aguas se extienden mucho por el único paso que hay, la infantería pasó con comodidad sobre un grande árbol que al arrancarse, quiso la casualidad que cayera de modo que formaba un acomodado puente; también pasaron por allí en hombros las municiones; pero las demás cargas de equipajes, víveres y la caballería, dispuso S. E. por no demorarse, que pasaran sobre el lomo de las mulas; mas, como a poco andar del arroyo, daba el agua a las bestias arriba del tercio, había un banco de arena hondo y estrecho; con la prisa que S. E. quería que pasaran, caían indispensablemente, comenzaban a dar vueltas, se entorpecían unas con otras, y se hizo un mazacote infernal, con los oficiales, los dragones, las mulas de carga y los caballos, y en medio de los gritos, chillidos, la diversión, el mayor desorden, hubo de concluir la escena, que S. E. presenciaba lleno de risa, siendo el resultado caerse a la agua varios oficiales y dragones, haberse empapado y perdido los equipajes y ahogarse dos mulas. Tal era la precipitación de estas marchas.

Ya se había metido el sol cuando continuamos, por llanos llenos de lodo; la noche oscura, la tropa cortada la mayor parte, las mulas cansadas, el cañón atascándose a cada paso, y en tal estado, siendo como las nueve de la noche, dispuso S. E. que hiciéramos alto en un pequeño bosque a un lado del camino, donde la pasamos sin agua.

El 15 salimos a las ocho de la mañana cuando acabaron de incorporarse varios piquetes que se habían extraviado la noche anterior, sin más novedad.

Como a las doce del día encontramos al paso una habitación surtida de maíz, borregos, puercos, y harina en abundancia; a su inmediación había una famosa hacienda, con muy buena huerta y una excelente máquina de despepitar; permanecimos en aquélla mientras la tropa tomaba el rancho, y un pienso nuestros caballos.

A las tres de la tarde, después de pegarle fuego a la hacienda y máquina, nos pusimos en marcha; aquí dispuso S. E. adelantarse con su estado mayor y escolta, dejando al general Castrillón con el mando de la infantería, caminamos al gran trote lo menos 10 leguas, sin parar hasta las inmediaciones de Harrisburg; serían las once de la noche cuando hicimos alto, y S. E., con un ayudante y 15 dragones, se dirigió, pie a tierra, al citado pueblo, que distaba de allí una milla, entró en él, y se consiguió haber aprehendido a dos americanos impresores, que declararon haberse marchado para Galveston, en la mañana de ese mismo día, el Sr. Zavala y otros personajes que componían el llamado gobierno de Tejas. La infantería llegó parte de ella casi al amanecer del día siguiente.

El 16 permanecimos en Harrisburg, con el objeto de que se reunieran porción de soldados cansados y extraviados, que quedaron regados en el camino, habiendo llegado varios de ellos hasta las dos o tres de la tarde.

Al otro lado del río o bayuco que forma la laguna en este pueblo, había dos o tres habitaciones bien provistas de ropa fina de uso, la mayor parte de mujer, con preciosos muebles, un excelente piano, botes de conservas, chocolate, frutas, etc., cuyo botín fue sólo para S. E. y comparsa, y me regalaron a mí y a otros individuos, lo que ya no podía servirles; en seguida del saqueo de dichas habitaciones y de haberles pegado fuego, resultó una partida de americanos, haciendo fuego a nuestras tropas, por entre el bosque, que como estaban acuarteladas a la orilla de dicho bayuco, fue una maravilla que no nos hubieran matado alguno; sin embargo, fue herido gravemente el cuartelero de Matamoros. Esto fue, como a las cinco de la tarde: en este día y de este punto, marchó el coronel Almonte con la caballería sobre NewWashington.

El 17, como a las tres de la tarde, marchó S. E. con el resto de la división, después de haberme mandado pegar fuego a dicho pueblo, tomó la dirección de NewWashington, y sería poco menos de la oración de la noche cuando habíamos acabado de pasar en canoa el Bayuco Buffalobayón; aquí recibió S. E. un extraordinario del coronel Almonte, de resultas del cual, mandó que marchase el dicho coronel Iberri con su asistente a conducir un pliego al Excmo. Sr. General Filisola, a los Brazos; y como a las siete de la noche continuamos la marcha. El cañón se atascaba a cada momento en algunas honduras o barrancos que había en el único camino que llevábamos, siendo imposible que pudiesen pasar las mulas del tiro por un puente de madera estrecho y muy incómodo que estaba adelante, con el grandísima riesgo de la noche oscura y lluviosa; dispuso S. E. que el general Castrillón, con una sola compañía de infantería, fuese a descabezar el bayuco a más de tres leguas con el cañón, para que pudiese continuar la marcha, y entonces seguimos sin ese inconveniente.

Serían más de las diez de la noche, cuando nos empezó a llover un fuerte aguacero, y perdidos, sin saber el camino que llevábamos, mandó S. E. que sobre su puesto cada individuo sufriese el agua y pasase el resto de la noche.

El siguiente día 18 al amanecer se reunió la división lo mejor que se pudo, y seguimos nuestra marcha, quedándose cortado a grande distancia nuestra el cañón.

Llegamos a NewWashington como a las doce de la mañana, y se surtió a la tropa de harina, jabón, tabaco y de otra porción de víveres que allí se encontraron; además, me mandó S. E. que montara en uno de sus caballos y fuese con algunos dragones a conducir reses para la tropa, habiendo conseguido traer a poco tiempo más de 100 cabezas, del mucho que abunda en aquel país.

El Sr. Castrillón llegó a las cinco de la tarde con el cañón.

El día 19 mandó S. E. al capitán Barragán con una partida de dragones a que observase los movimientos de Houston y permanecimos en aquel punto sin novedad particular.

El día 20, como a las ocho de la mañana, cuando todo estaba dispuesto para la marcha, después de incendiado un magnifico almacén que estaba en el muelle, y todas las casas, se presentó a todo correr el capitán Barragán, con la noticia de que Houston se hallaba a nuestra retaguardia, muy inmediato, que sus tropas habían hecho prisioneros algunos soldados nuestros que se habían quedado atrás, les habían quitado las armas y los habían despachado.

A la entrada del NewWashington hay un espeso bosque de media legua de largo, y el camino es un callejón muy estrecho, de manera que sólo cabe en algunos pedazos una mula cargada o dos hombres a caballo, este callejón lo tenían ocupado ya la guerrilla, el cordón de mulas que estaban en movimiento y el resto de la división; S. E.: con su estado mayor se había quedado aún en el pueblo; pero lo mismo fue oír el mensaje de Barragán cuando montó a caballo y arrancó tan precipitado por el callejón dicho, que por estar lleno de tropa y mulas, no podía abrirse el paso con la violencia que deseaba; pero en fin, testereándose con éste y derribando al otro, logró vencer la dificultad, gritando desaforadamente; ¡ahí está el enemigo, ahí está el enemigo! Esta voz, tan repetida por el primer jefe, influyó tanto en acobardar a la tropa, que no había en aquel momento un hombre en su color natural, y el resultado fue que nadie podía organizarse, y más bien trataban de esconderse o de huir, que de ponerse en estado de combate. Salimos al llano, y del modo más inquieto y turbulento, con disposiciones agolpadas, y mil órdenes encontradas, se hubo de disponer la columna de ataque. En este momento me hizo S. E. el honor de encargarme exclusivamente del parque y la artillería, dándome verbalmente las órdenes convenientes, bajo la más estrecha responsabilidad; en este estado, con los Sres. jefes y oficiales pie a tierra a la cabeza de sus cuerpos y compañías, marchamos en busca del enemigo, habiéndose avanzado guerrillas a derecha e izquierda para explorar particularmente los bosques. Como las mochilas podrían estorbar la maniobra del soldado, mandó S. E. que en la misma formación en que veníamos, largase cada uno la suya en la mitad del camino; así se hizo, y dejándolas a Dios y a dicha, continuamos la marcha. Serían las dos de la tarde, cuando avistamos la avanzada de Houston, a la orilla de un gran bosque, donde ocultaba el grueso de su fuerza; nuestras guerrillas comenzaron inmediatamente a tirotearlos, ellos correspondieron, aunque siempre replegándose a dicho bosque; llegó S. E. con el resto de la fuerza, y entiendo que intentó atacarlos; pero como no desampararon el escondite, ni podía descubrirse cuál era su posición, prescindió; y sólo dispuso que la compañía de Toluca los estuviera tiroteando, a la orilla del repetido bosque. El cañón nuestro, situado sobre una lomita, les rompió el fuego, a que respondió el enemigo, habiendo sido herido gravemente el capitán Urzía, y muerto su caballo, por un metrallazo. En este momento llegó S. E. donde yo estaba con el cañón y me mandó descargara yo allí mismo el parque, y que las 20 mulas que lo conducían se las entregase al capitán Barragán, para que fuese a buscar y traer las mochilas de la tropa, que quedaron tiradas en el camino. Yo, con precaución, sólo le entregué 18, y me reservé 2 para lo que pudiera ofrecerse. De allí se marchó S. E. a reconocer el terreno para acampar, y se situó toda la fuerza a la orilla de la laguna de San Jacinto, a una milla lo menos de distancia de donde yo me quedé. Como hora después, me mandó orden con el coronel Bringas para que con el parque y artillería me incorporase inmediatamente a nuestro campo, y que llevaba la misma para que la compañía de Toluca, única fuerza que contenía al enemigo y sostenía la pieza, se retirase también. Yo le hice ver al Sr. Bringas que no podía ejecutar aquella orden con tanta violencia, porque S. E. sabía muy bien que el parque lo tenía tirado y apiñado en el suelo, sin mulas para levantarlo, y que si la compañía de Toluca se retiraba, era muy probable que el enemigo se echase sobre uno y otro, y se lo llevara todo el diablo; a esto me contestó dicho Sr. coronel, que hiciese lo que me pareciera, porque sabía muy bien que a S. E. no se le podían hacer observaciones, y que no quería entrar en contestaciones con 61, porque estaba furioso.

En esto se marchó, y se llevó por fin la compañía de Toluca; se deja entender que en cuanto el enemigo vio que no quedaba un soldado en todo contorno del campo, sino a más de mil varas de distancia, dirigió toda su atención al cañón y al parque, del mismo modo que yo lo había indicado; así es, que situó su batería perfectamente, de modo que con sus fuegos, o bien lo desmotaban, o bien protegían a los que se echaban sobre él, dirigiendo en seguida con tanto acierto, que con uno hicieron pedazos la cajuela del armón, con otro me desbarataron completamente dos cajones de parque, con el otro me mataron dos mulas preciosas del mismo tiro, y en fin, otros mil que tuvimos que sufrir por el largo período e intervalo de más de dos horas que me demoré para conducir en solo dos mulas que tenía, viajes repetidos, cuarenta y tantos cajones de parque. ¿A qué expuso el general en jefe, a toda la división? Confieso que en toda mi vida me vi más comprometido. zA qué me expuso a mí S. E., si el enemigo se hubiera apoderado del parque y la artillería, como debía haber sucedido, por lo distante que se hallaba el auxilio y que continuamente formaba pelotones su caballería con tal objeto? No me quedó otro recurso que defenderme con el mismo cañón, así es que le di orden al teniente Arenal, para que lo cargase a metralla, y que no hiciera fuego hasta que el enemigo estuviera a quema ropa, tanto para no malograr el tiro, como para imponerle. Por fin concluí la maniobra después de las cinco y media de la tarde, y cuando llegué a nuestro campo con la última carga del parque y el cañón, seguía a mí retaguardia a corta distancia, la caballería de los contrarios, lo que visto por S. E. me mandó que dijera al capitán de nuestra caballería, Aguirre, que volviera caras al enemigo, pero sin avanzar terreno; por un momento se contuvo al enemigo con esta operación; pero a poco siguió sobre nuestros dragones, hasta llegar a la arma blanca, aunque sin fruto... Entonces S. E. con el auxilio de varias compañías de infantería, en guerrilla, hizo retirar al enemigo a su campo, lo que verificó con la mayor torpeza y en desorden. Esto fue ya después de metido el sol.

El día 21 a la madrugada se ocupó S. E. en mandar formar un reducto para colocar el cañón, compuesto de los aparejos de las mulas, cargas de galleta, equipajes, etc., extendiendo por nuestro frente y derecha un débil e inservible parapeto de ramajes.

El punto que escogió S. E. para acampar fue a todas luces contra las reglas del arte; el militar menos avisado habría elegido cualquiera otro, menos en el que acampó S. E.

Al enemigo lo teníamos a tiro largo de cañón, metido en un bosque a nuestra derecha; nuestro frente, aunque llano, estaba dominado por el fuego del enemigo, que desde el bosque podía sostenerlo impunemente, quedándole por su costado derecho y por su espalda una buena retirada, pues a nuestra división no le quedaba terreno en qué maniobrar: a nuestra retaguardia quedaba un pequeño bosque que iba a morir a la orilla de la laguna, extendiéndole ésta por nuestra izquierda hasta NewWashington: ¿Qué terreno nos quedaba para emprender una retirada en el caso de sufrir un descalabro? Con dolorosa experiencia digo que ninguno.

Yo le hice varias observaciones sobre el particular al general Castrillón, algunas horas antes de la acción, sin embargo de mis escasas luces; pero su contestación fue decirme: "Amigo, ¿qué quiere usted que yo haga? Todo lo conozco; pero nada puedo remediar, porque usted sabe que aquí no obra más que el capricho, la arbitrariedad y la ignorancia de ese hombre"... Estas expresiones las dijo acalorado, y muy cerca de la tienda de S. E.

A las nueve de la mañana llegó el general Cos con cerca de 500 hombres de auxilio; su arribo fue celebrado y aplaudido con dianas y demostraciones de júbilo; esta tropa, se le hizo ver a S. E. que no había dormido la noche anterior, y mandó que se desarmara, es decir, se quitara hasta la fornitura y se acostara a dormir a pierna suelta dentro del bosque inmediato

Descuido y desastre

El día antes, habían llegado a aquel punto los prisioneros que conducía para Matamoros el capitán Don Manuel Hernández, que Filisola había mandado que volviesen, a los que les dio inmediatamente pasaporte; y deseoso de que el canje de prisioneros, que le había recomendado el gobierno, y que había estipulado el general Santa Anna, tuviese efecto, escribió a éste y al jefe de los rebeldes, Rusk, remitiéndoles una lista de los que se habían puesto en libertad, para que de la misma manera se verificase, con igual número de los nuestros. Después, esta conducta le fue afeada al general Filisola, en un manifiesto, al paso que se elogió en el mismo la conducta del jefe enemigo, por igual generosidad que tuvo con algunos de los nuestros; como si lo que es laudable en unos, pudiese ser vituperable en otros. Estas son las pasiones de los hombres.

En aquellos días, desde el general al último tambor, no se alimentaron más que con carne sin sal; hasta que regresó un cabo con cuatro soldados, que con igual número de mulas aparejadas, se había hecho ir en busca del general Andrade, para que de la que traía consigo remitiese alguna a la ligera, como lo verificó.

Las enfermedades en la oficialidad y tropa habían ido en aumento: la disentería era poco menos que general en todas las clases; el hospital ambulante del ejército, desde el Saltillo en adelante, había estado reducido a nada; sin instrumentos, sin hilas ni vendajes, sin medicinas ni utensilios de ninguna clase, y en fin, sin facultativos; durmiendo o descansando los heridos y enfermos, todas las noches, sobre el duro suelo y al sereno, era para ellos una ocasión muy favorable, aquella en que se les podía proporcionar siquiera un bosquecillo o matorral, en que se resguardasen algún tanto del sol y del rocío; y por último, el paraje o parajes en que aquellos desgraciados, lo mismo que los demás de la tropa, pasaban una noche, quedaban inhabitables para el día siguiente, por la corrupción y fetidez de que quedaban impregnados, a consecuencia de que tos miserables no desahogaban más que materia y sangre; y sin embargo, podemos asegurar, que todavía Filisola en aquel punto, no estaba decidido del todo por la retirada, y sólo deseaba auxilios y órdenes más positivas del gobierno, para poder operar y emprender de nuevo la campaña, lo que podía hacer sin falta a la buena fe del tratado, porque él mismo dejaba en libertad de cumplir o no con él, en la cláusula de que faltándose a algo de lo contratado, quedaba insubsistente; y los enemigos o rebeldes ya habían comenzado, por su parte, a no ser exactos en su cumplimiento, por la detención arbitraria del general Woll; pero todo fue en vano, pues no habiendo recibido allí en lo absoluto ningunos recursos, y perdidas todas las esperanzas para lo sucesivo, según las comunicaciones que siguen, fue preciso decidirse a la retirada.

A falta de toda clase de subsistencia, se agregaba, que habiéndose suspendido repentinamente las lluvias, la calor era extremada, y hacía temer que secándose los aguajes desde el río de las Nueces al Bravo, como frecuentemente sucede, el desierto se hacía intransitable, por falta de agua en los parajes en que comúnmente los transeúntes hacen noche; y esto se hacía ya tan palpable, como que una pequeña laguna que había a la espalda del campo, se secó, al extremo de que los peges que había en ella, que eran muchos y muy grandes, que daban a secas, y los soldados entraban en la ciénaga, a matarlos a bayonetazos; eran de tan mala calidad y desabridos que no se podían comer, como por lo común sucede con los que se crían en todas aquellas lagunas; en consecuencia, dejaron los soldados de cogerlos, y se pudrieron, obligando el mal olor que despedían a variar de campo, tanto para evitar la fetidez, como para que el ejército no se acabase de infestar; de modo, que todo contribuía a hacer la situación de las tropas más penosa, y urgente salir de aquella situación incómoda y peligrosa.

En efecto, el día 9 continuó, pues, Filisola la retirada, proponiéndose venir a acuartelar el ejército en Matamoros y las villas del Norte, para que descansando y reponiéndose los hombres, los animales y las cosas, y provisto de los necesario, volver a emprender la campaña, sí así lo disponía el gobierno supremo. Antes de marchar, remitió mil pesos al capitán D. Francisco Castañeda, para que con las compañías de Béjar y el Álamo, con que se había quedado en aquella ciudad, se retirase igualmente a la villa de Río Grande.

 

Vol. I

Vol. II