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Edicion 2017

 

Selección de textos y documentos:

Doralicia Carmona Dávila

 

© Derechos Reservados
ISBN 970-95193

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1849 Impugnación al informe del Exmo. Sr. General D. Antonio López de Santa Anna y constancias en que se apoyan las ampliaciones de la acusación del Sr. D. Diputado Ramón Gamboa.

Julio 15 de 1849

 

 

Impugnación al informe del Exmo. Sr. General D. Antonio López de Santa Anna y constancias en que se apoyan las ampliaciones de la acusación del Sr. Diputado D. Ramón Gamboa. [1]

 

Agamus bonum patrem familiæ.
Faciamus meliora qua accepimus
Major ista hæreditas a me ad posteros
transeat.
Senec.

 

 

Señores de la Sección del Gran Jurado:

Me presento ante VV. SS. desnudo absolutamente de las afecciones de odio y de venganza, para las cuales ningún motivo precedente me asistiría. La fuerza de mi deber, el deseo de volver por el honor de mi patria, el justo empeño de que se purifiquen en el orden legal los acontecimientos que han labrado la desgracia pública, y finalmente, aquel anhelo patriótico que debe tener uno porque rija el imperio de la ley y que nadie absolutamente se sobreponga á ella, son los móviles que hoy me dirigen y en virtud de los cuales vengo á sostener mis asertos contra el General Santa Anna y pedir que sólo en un juicio se esclarezca la verdad.

¡Cuánto ha sufrido mi espíritu por obrar con la resolución propia de un representante, dejando á un lado las consideraciones! He tenido que reportar los ataques del insulto y la calumnia, para lo cual se han apurado las falsedades y diatribas, y he tenido también que luchar con el repugnante carácter que da una acusación. Jamás he sido acusador, y si en algo he cifrado mi delicia es en defender al desgraciado que gime en el olvido y la opresión.

Mas, señor, aquí no se trata de acusar por intereses particulares ó por acciones más ó menos ruines; la gloria y el bien de la patria es lo que se ventila, y esta consideración es la que dulcifica la justa mortificación que debo haber padecido y la que, haciéndome cerrar los ojos, me precipita impetuosamente para proseguir adelante.

Acostumbrado á ver morir en este país, en su misma cuna ó á poco anclar, las más justas responsabilidades interpuestas contra criminales funcionarios, no pensé que pudiera llegar el momento presente, en que, oyéndose mis sinceros clamores, obligara el poderoso brazo de la ley á que el responsable contestase ó, por lo menos, disculpara sus acciones. Nunca, pues, imaginé que sucediera, ya por esa costumbre que ha regido, y porque creí que iba á quedar sepultada la nacionalidad mexicana.

Puede ser que de algún lenitivo me hubiera servido estar cierto que algún día oiría el Soberano Congreso al General Santa Anna y á mí, y esto sin duda habría morigerado las afecciones que me sofocaban, ya cuando, solo y casi errante en el campo, veía retirar nuestras tropas á la vista del invasor; ya cuando, lleno de irritación, venía de Tlálpam á presentar mis quejas á vuestra soberanía, encontrando en el camino multitud de cadáveres mexicanos, insepultos, y ya, por último, cuando, entre las tinieblas de la noche, tuve que regresar por esta escena y me agobiaban la desesperación y el sentimiento.

El Sr. Gobernador del Estado de México, á quien di cuenta con la acusación que había hecho, tuvo por conveniente publicarla, y entonces se desató en injurias contra mí el Diario del Gobierno ó del General Santa Anna. [2]

Cometería una torpeza en descender á pormenorizar los apodos particulares que me hubo dispensado; pero sí no puedo prescindir de exponer que una de las cosas que asentó para desvirtuar mi querella y relajar el concepto que de mí se tuviera, fué que yo había alojado en mi casa de Tlálpam á las tropas enemigas. Esto pasaba por el 6 de septiembre, cuando todavía México no había sucumbido y flameaba en las torres la bandera nacional. Me pareció, por tanto, una obligación desenvolver los errores en que había incurrido el Sr. Santa Anna en sus operaciones militares, volver por mi persona y conjurar á S. E. á que defendiese la ciudad.

En consecuencia, escribí una contestación, que no pudo salir por haberse cerrado las imprentas; pero que sí se dio á luz pública en Toluca y después en El Monitor (Republicano) del día 1º de octubre de 1847.

Han trascurrido año y nueve meses; parece que se ha olvidado mi vindicación, puesto que se me hace el mismo reproche; e interesándome infinito, como es de suponer, trasladaré lo que concierne, que es lo subsecuente:

"Sepa igualmente el Sr. Editor que á su protector, el General Santa Anna, le debo que en mi casa hubiesen puesto alojado todo un regimiento.

"La mañana del día 17 del pasado, estuvo el Sr. Santa Anna en Tlálpam, llevando consigo bastantes fuerzas, y dijo que iba á reconocer el lugar para elegir el punto de la acción. Yo, entonces, me salí para ver si los americanos habían, por fin, atravesado el formidable tránsito de Santa Cruz de las Escobas. Al llegar á Tepepa, me encontré con la guerrilla del Sr. Falcón, compuesta de cerca de cien hombres, y me dijo que ya los enemigos habían pasado y venían muy cerca, lo cual era debido á que lo habían dejado allí solo, sin mandarle ninguna infantería y menos artillería; siéndole, por tanto, imposible hacer oposición á una fuerza de cerca de tres mil hombres. Me vuelvo, pues, entonces, y advierto que las tropas de infantería del Sr. Santa Anna estaban en la hacienda de San Juan de Dios y en el carril que conduce á Xochimilco, y la caballería, que era bastante numerosa, tendida en la calzada de Tlálpam á San Antonio. Fuí entonces á ver á las avanzadas, que eran de húsares, y allí permanecí en espera de las operaciones.

"El enemigo se presentó, por fin, descendiendo del referido Tepepa, y á este tiempo llegó un oficial á recoger á los centinelas apostados, diciéndoles que la orden era de retirarse, como de facto vi que se hizo replegándose toda la tropa á la hacienda de San Antonio.

"No me quedó otro arbitrio que asociarme á la guerrilla del valiente Teniente Gobernador del Estado de México, D. Diego Pérez Fernández, que al frente de unos treinta hombres estaba conteniendo y haciéndole fuego en el Arenal á la vanguardia. Allí le anuncié que el General Santa Anna ya se había retirado, y esto lo obligó, muy á pesar suyo, á volverse á Tlálpam; pero tan poco á poco, que cuando la avanzada americana entró á la plaza, ya no tuve otro recurso que apearme en la casa del Sr. Lic. D. Francisco Barrera, quien generosamente me abrió sus puertas, pues, de lo contrario, habría sido asesinado, como pudo haberle acontecido al Sr. Pérez Fernández, quien corrió por la calle del Calvario, siguiéndolo varios soldados, y si se salvó fué porque se hubo arrojado dentro de una milpa, y ya se entretuvieron con asegurar su caballo y seguir á dos asistentes, á los que hirieron y hubieron alcanzado.

"Cuando volví á mi casa, me la encontré ocupada por la fuerza, como le sucedió á toda la población, comenzando desde el curato y concluyendo por el último vecino. Yo, además, no tenía proporción para moverme, y me encontraba con mi familia y con la de una hermana que se hallaba actualmente en mi compañía. Mucho podría agregar á lo relatado; pero cansaría con estas difusiones, siendo, por esta parte, patente que este mismo cargo puede hacerse á todas aquellas poblaciones en que ha entrado el enemigo, por haberlas dejado indefensas ó entregadas á su miserable suerte, sin ningunos recursos y al antojo del vencedor”.

Por conclusión, le dirigí al General Santa Anna el apóstrofe que paso á asentar, porque él demuestra las esperanzas y la sinceridad que me animaban: "General Santa Anna, todavía es tiempo de que pueda V. E. confundirme, inmortalizar su nombre y volver por las glorias de la patria moribunda. Esta coyuntura favorable se presenta en la defensa heroica que se haga de la ciudad y del único puesto avanzado que nos queda, que es la colina de Chapultepec. Si V. E. venciere á los enemigos ó salvare, por lo menos, el honor nacional, yo seré el primero que, olvidando lo pasado, abjurando mis errores y sufriendo con gusto su justo resentimiento, bendiga á V. E, lo venere y públicamente le llame el Camilo mexicano y el salvador de la Nación".

Llega el 13 de septiembre, día de eterno luto para los mexicanos, y México sucumbe en menos de 15 horas, no como el cedro al violento golpe del corpulento y robusto leñador, sino como se abren las compuertas á un estanque caudaloso y se deslizan sus aguas dejándolo vacío.

En los días consecutivos, me impuse con amargo dolor de cómo habían sido nuestras pérdidas de Chapultepec y las garitas, cómo se había verificado la salida y cuál la azarosa situación en que quedó el pueblo mexicano. Todo, en vez de disipar las punzantes ideas que me habían asaltado, me confirmaban en ellas, y así es que, marchando para Querétaro, en donde tenía que reunirse el Soberano Congreso, me dirigí á amplificar mi acusación, como de facto lo hice, el 5 de noviembre.

Pasado el expediente al Sr. Santa Anna, lo ha tenido año y cinco meses y, por último ha remitido un informe voluminoso, en el que dice que refuta las especies vertidas en mi ampliación. [3]

Yo aguardaba en verdad un documento en que, concretándose á cada uno de los puntos especificados por mí, se fuera haciendo la debida explicación y se me rebatiese con solidez ó se confesara la verdad de la falta. No ha sido así, y la vindicación del Sr. Santa Anna más bien parece una burla que se le ha jugado, que una defensa producida con buena fe. Se niegan impudentemente hechos que á nadie se ocultan, se acrimina á personas que ya no existen ó cuya inocencia no puede cuestionarse y se pasan en silencio acontecimientos de los cuales la Nación es preciso que tenga una idea exacta y positiva.

Debiendo yo restringirme á los mismos puntos que acusé y á los fundamentos en que me apoyé, voy á demostrar á V V. SS. lo que he dicho, y procuraré no distraerme con ambigüedades ó sucesos incoherentes.

 

Volubilidad del Sr. Santa Anna.

 

Propuse, como preliminar de mi acusación, la natural versatilidad del Sr. Santa Anna, por la que ha incurrido en contradicciones que han llamado la atención del Universo. Cité las épocas de 1822, derrocando al inmortal (Agustín de) Iturbide; 1828, pronunciándose contra el Sr. D. Manuel Gómez Pedraza; 1832, lanzando su voz á favor del mismo Sr. Pedraza; 1833, recibiendo del partido demócrata los sufragios para la presidencia; 1835, en que derrocó al partido liberal; 1842, en que desquició el Gobierno de las Siete Leyes; 1844, en que quitó al Congreso que había puesto, y 1846, en que, vuelto á unir con los liberales, trajo la Constitución de 1824 en unión del Sr. (Valentín) Gómez Farías.

Referí también su repentina aversión para con algunos de sus amigos, como fueron los Sres. (Generales José Antonio) Mejía, (Mariano) Arista, (Pedro) Ampudia, (Anastasio) Parrodi, (José Vicente) Miñón y (Anastasio) Bustamante, y de todo asenté por principio que, siendo muy acreditada la volubilidad del Sr. Santa Anna, no era repugnante persuadirse pudiera haber variado sus ideas en cuanto á Tejas.

¿Qué es lo que dice el Sr. Santa Anna acerca de estos particulares que refiero? Nada, señor, sino palabras vagas é insignificantes, como son las de que habrá incurrido en algunos errores propios de la inexperiencia: que puede asegurar con orgullo que nunca ha dejado de ser el primero en desenvainar la espada defendiendo la Nación, cuando la ha visto amagada por enemigos extranjeros; que los pormenores que refiero ni pertenecen á la Sección del Gran Jurado, ni debe ésta ocuparse en averiguar las hablillas de tantos visionarios, y que sólo la Historia colocará á cada uno en el lugar que le corresponde.

Decir esto y responder nada, todo viene á ser una propia cosa; y otro tanto es vituperar al General D. Anastasio Bustamante, porque dice que en 1837 disminuyó el Ejército que residía en Matamoros, con la segregación de varios cuerpos que destinó á los Estados del interior, abandonando la reconquista de Tejas.

El Sr. Santa Anna alaba su Gobierno provisional desde 1841 hasta 1844, y lo presenta como un modelo de felicidad, pues asegura que aumentó la renta del tabaco en dos millones de pesos, amortizó el cobre, fomentó la industria y recobró el crédito nacional.

S. E. será tal vez el único que esté convencido de esa persuasión; muchas y valientes plumas han maldecido la época de la Séptima de Tacubaya, y por la generalidad del pueblo sensato se describe ese período con estas frases de aguda significación: Se pudo hacer el bien y no se hizo. Los empleados estuvieron en la miseria, mientras el tesoro público se gastaba en objetos extraños á la Nación, y en una palabra, los pueblos, en vez de ser felices, lloraban cual en cautiverio, y carecían los Estados de su soberana independencia.

Yo no soy el historiador del Sr. Santa Anna, y no me detendré en analizar esta materia y traer á colación todos los hechos cronológicos del caso. Voy, pues, á continuar circunscribiéndome á los objetos de mi referida acusación.

 

Campaña de Tejas, 1835.

 

Para no repetir ahora el cargo que le hice, suplico que se tenga presente lo que entonces expuse, contraído á que, por la imprudencia del Sr. Santa Anna, se perdió la acción de San Jacinto; que S. E. tuvo la debilidad de impedir al Ejército que atacase á los aventureros y que cometió el crimen de celebrar con el Presidente de Tejas dos tratados, uno público y otro secreto, comprometiéndose á reconocer la independencia de aquel Estado, á que cesaran las hostilidades por mar y tierra entre aquellas fuerzas y las de la República y á influir en México á que cesara la guerra para siempre, con cuyos hechos traicionaba á sus deberes, al sagrado objeto de su misión, á los deseos del pueblo mexicano y a la justicia que nos asistía, dejando infructuosos cuantos sacrificios y quebrantos se habían reportado por nosotros.

¿Qué es lo que ha contestado á todo esto? Nada, señor, nada absolutamente: se desentiende de ello y, lo que es peor y más admirable, comete la negra ingratitud de echarle la culpa de todo al Sr. Filisola, asentando el párrafo siguiente:

"Si el Exmo. Sr General D Vicente Filisola, con el Ejército que quedó á su mando, como Segundo en Jefe, emprendió su retirada hasta Matamoros tan luego como supo la desgracia de San Jacinto, por voluntad propia, en lugar de buscar al enemigo, que tenía muy próximo, á S. E. corresponden las consecuencias del abandono precipitado de Tejas"

¿Será creíble que esto haya dicho el General Santa Anna, ó que haya visto lo que firmó, cuando él mismo dió las órdenes al Sr Filisola para que el Ejército se retirase? Ya en mi primera exposición asenté que sus prevenciones fueron dadas en 22 de abril; mas para que de ello no pueda dudarse, pongo consecutivamente al pie de la letra las notas á que hago referencia:

(Están insertos aquí los documentos publicados con las letras G. H é I en las págs. 145 á 147 de este tomo).

En la carta que dirigió el Sr Santa Anna al General Jackson, Presidente de los Estados Unidos, con fecha 4 de julio de 1836, suplicándole le prestara su protección, le dice, entre otras cosas: "La decisión del Gabinete de Tejas y mi convencimiento produjeron los convenios de que adjunto á U. copias y las órdenes que dicté á mi segundo, el General Filisola, para que, con el resto del Ejército mexicano, se retirara desde este Río de los Brazos, en que se hallaba, hasta el otro del Río Bravo del Norte. Me parece, pues, que U. es quien puede hacer tanto bien á la humanidad, interponiendo sus altos respetos para que se lleven al cabo los citados convenios, que por mi parte serán cumplidos exactamente”.

Extiendo á continuación los convenios público y secreto que celebró el General Santa Anna con David Burnet, llamado Presidente de Tejas, en 14 de mayo de 1836. Hago esto, á pesar de que en las ampliaciones copié algunos de sus artículos, porque así se verán íntegros y evitaré á VV. SS. la molestia de ocurrir á la cita correspondiente.

(Están insertos aquí los documentos publicados con las letras O y N en las págs. 158 á 161 de este tomo).

Quien haya leído el mensaje que dió Mr. Polk, Presidente de los Estados Unidos [Monitor de 14 de enero de 1847], habrá visto que en un párrafo habla de esta manera, acerca de los convenios hechos por el General Santa Anna: "En el mes de mayo de 1836. Santa Anna, por medio de un tratado con las autoridades tejanas, reconoció en la forma más solemne la plena, entera y perfecta independencia de la República de Tejas. En consecuencia, las hostilidades se suspendieron, y el Ejército que invadió á Tejas bajo su mando, volvió sin ser inquietado á México, en espera de un arreglo".

Imposible es, bajo de estos datos, decir que el General Santa Anna no fué el que dispuso la retirada, haciéndose responsable de los futuros é irremediables males que debían sobrevenir; que no faltó á sus deberes y, por último, que no traicionó á la patria, sin embargo de haber hecho cesar la guerra, reconocer la independencia de aquella República, juramentándose no sólo de que no tomaría las armas, sino que regresaría á la República á influir á que jamás se volviesen á tomar contra el pueblo de Tejas ó una parte de él.

Esos actos, tan nulos como reprobados, son unos hechos indignos y concluyentes de la infidelidad que cometió el Sr. Santa Anna, y ellos son el fundamento de la presunta connivencia que después se le ha atribuido, corroborada con sus procedimientos sospechosos.

 

Conducta del Sr. Santa Anna en 1842 hasta 1844.

 

Yo había dicho en mi exposición que el Sr. Santa Anna, en el tiempo felice que disfrutó desde 1841 hasta 1844, inclusive, pudo haber hecho algo en favor del Ejército, que estaba abandonado en Matamoros; pero que muy poco se acordó de él y menos de mandar tropas que volviesen á molestar á los colonos. Pregunté ¿que por qué este olvido y abandono con nuestros soldados y con la cuestión pendiente del territorio usurpado? Que algunos tal vez interpretarían dimanar esto de los convenios celebrados con los tejanos para no volver á perturbarlos, y que su creencia la fundarían en que existían numerosísimas tropas en México y otras ciudades, entregadas al descanso y la molicie.

S. E. quiere defenderse sobre este punto [desde la foja 9 hasta la 13], llenando de imputaciones á la administración del 6 de diciembre, que le sucedió, á la que, en su opinión, debe echársele la culpa del armamento perdido [por haberse repartido á los pueblos para que se sublevaran], de la bancarrota del tesoro público, destrucción y venta de la escuadra, resurrección de los partidos, desenfreno, inmoralidad y desconcierto general. Mas S. E. mismo se forma su proceso, como es fácil demostrarlo.

En pocas líneas atrás, fojas 9 y 10, haciendo las más exageradas y falsas apologías de la felicidad que disfrutaba su administración, por tener tesoro, ejército respetable, escuadra, depósito de armas, maestranza, armas, municiones, etc., dice lo siguiente: "Todo lo tenía preparado: veinte mil veteranos de todas armas, listos para marchar y acantonados en Jalapa, San Luis Potosí y la frontera; cuarenta piezas de artillería con sus dotaciones; mil tiendas de campaña y un cuerpo médico militar".

¿Pues por qué no abrió la guerra ó fué avanzando paulatinamente estas tropas hasta Matamoros?

Dos respuestas da: la una, que la campaña debería comenzarse en abril de 1845. Es decir, uno ó dos meses después de que la Nación se levantó contra S. E.; la otra es "que la Nación sabe bien que inesperadas ocurrencias impidieron esta campaña”.

La primera respuesta es tan vaga, que con ella puede satisfacer cualesquiera á quien se le inculpe que ha dejado de hacer alguna cosa, pues le bastará decir que ya todo lo tenía dispuesto para practicarla.

Por lo que respecta á la segunda, sepa S. E, que si la Nación por algo se levantó, fué porque veía que no se hablaba de guerra; que el Ejército no estaba en esas fronteras, como ha asegurado, lo que se vió claramente cuando salió de México para atacar en Guadalajara al General (Mariano) Paredes, pues en menos de un mes se reunieron más de catorce mil hombres, y que, por otra parte, se estaban haciendo inmensos gastos para el sostén de esas tropas y trenes, sin que sirvieran en provecho público y en el objeto principal porque anhelaban los pueblos.

¿Qué batallón, pues, qué batería, qué trenes fueron para el Norte? ¿Qué movimientos siquiera se hicieron por orden de S. E. en ese tiempo para molestar á los colonos? Nada fué al Norte, ni tampoco algo se hizo, y ni menos se recompensó de algún modo á las cortas reliquias que aun quedaban de nuestro sufrido Ejército de la frontera.

Este es el cargo que producía siniestras presunciones en contra de S. E.

Se me debía haber contestado, no con intenciones, sino con hechos reales y exactos, que son los que pido se citen en contrario para rebatirme y que se logre el convencimiento nacional.

 

Residencia del General Santa Anna en la Habana. 1845 y 1846.

 

Hablando de este particular, dije que S. E., cuando estuvo en la Isla, siguió íntimas relaciones con el Cónsul americano y con el Comodoro Makencit (sic), hermano de Mr. Zeidel, que fué enviado de Ministro para entablar las negociaciones de paz; que el Gobierno de los Estados Unidos dio al mismo General un salvoconducto para que entrase á México, á pesar del bloqueo, y que ese documento fué el que le abrió la entrada, porque los buques bloqueadores, estando al alcance de su viaje, permitieron el arribo.

Será imposible niegue S. E. el hecho del salvo conducto, después de que lo hemos visto impreso y que en las sesiones del Congreso de Washington consta que aquella asamblea requirió al Gobierno para que informase cómo ó por qué había permitido al General Santa Anna su regreso, y que el Presidente dirigió sobre esto un mensaje á la Cámara, en el que dijo claramente "que era cierto que había permitido al General Santa Anna volver á México, y que esto lo había hecho porque así convenía á los intereses de los Estados Unidos". Para convenir á estos intereses, era necesario que fuera perjudicial á México la entrada del Sr. Santa Anna.

Pero S. E. dice [fojas 18 y 19] que con el Cónsul americano sólo estuvo una vez después que se rompió la guerra, sin que lo hubiese vuelto á ver; que no sabe si Mr. Polk expidió las órdenes para que no se pusiera tropiezo á su desembarco; que de acuerdo con los Sres. (Ignacio) Basadre, (Juan N.) Almonte y (Manuel Crescencio) Rejón, fletó el vapor mercante Arabe para que lo introdujera furtivamente en el puerto de Veracruz, por cuya causa salió de noche, previo el permiso de las autoridades, que solicitó; que lo acompañaron en la travesía los referidos Sres. y D. Antonio Haro y D. Crescencio Boves, y que estos Sres. pueden decir si no era una verdad que le daba instrucciones al Capitán del vapor para que precisamente entrase con la obscuridad de la noche, lo que no tuvo efecto por los pocos conocimientos prácticos que tenía de la costa, ó á consecuencia de la ebriedad en que estaba, de lo que resultó que al día siguiente amanecieran distantes de la tierra más de veinte millas, dándose con esto lugar á que una corbeta americana diera caza al vapor y que lo obligase á dejarse reconocer. Que cuando S. E. y los demás mexicanos deploraban su desgracia creyéndose perdidos, el Sr. Almonte les anunció, de parte del Comandante de la corbeta, que podían continuar su viaje.

Por lo respectivo á la conversación con el Cónsul americano, á cualquiera le será chocante que un diplomático con quien no tenía el General Santa Anna motivo de confianza, entrase de luego á luego diciéndole sin embozo que tenía encargo de su Gobierno de fondear su modo de pensar por lo que respecta á la guerra y el partido que tomaría si regresase á su país.

A la verdad, este desembarazo no lo tienen dos particulares á la primera entrevista en materias más triviales ó de menos jerarquía, por lo que á cualesquiera se le hará increíble. Además de esto, que declare el Sr. Santa Anna lisamente si no es verdadero que el Cónsul iba continuamente á su casa, como lo vieron públicamente en la Habana, y esto servirá para facilitar el concepto que deba uno formarse de acontecimientos defendidos con el más cauteloso sigilo y encubiertos con el misterio.

Yo no sabía bien que los americanos abordaron el vapor Arabe, donde venía el Sr. Santa Anna; pero, alumbrado por la manifestación que hace S. E., me he instruido ahora de lo ocurrido y me ha dicho un testigo ocular "que los de la corbeta americana conocieron perfectamente á S. E. y estuvieron contestando con él”. ¿Cómo es que esto no dice S. E., y sí únicamente que, metido en la cámara, deploraba la conducta del Capitán?

¿Pero, señores, cómo fué que al héroe de México, que al General más batallador de la República, al que siempre ha dispuesto de los destinos de este país variando su pública administración como le parecía oportuno, á la persona por quien se había hecho una revolución para colocarlo en la silla presidencial, y, en fin, al distinguido personaje que se pensaba poner de contraposición á los americanos, remediándose las desgracias de Palo Alto y la Resaca, se le deja entrar francamente, y con conocimiento, al territorio mexicano, y más cuando, según dice S. E., va le había manifestado al Cónsul enemigo que su ánimo era unirse con sus paisanos, sostener la lucha y pelear por su causa, á lo que respondió que esto le tocaba evitar al Gobierno del Norte, porque S. E. gozaba de mucho influjo y les haría inmenso mal? Yo no puedo explicar estas cosas por más que hago, y ni dejar de comprender que precedió alguna combinación, un plan y mutuas contestaciones. El criterio de mis conciudadanos y la sabiduría del Gran Jurado serán los únicos que descifren este arcano misterioso, disculpándoseme siempre la preocupación que pueda haber sufrido en fuerza de unas apariencias tan poderosas y violentas, que sorprendieron al Congreso de Washington y alarmaron las sospechas de los habitantes de México.

También los periódicos participaron del asombro. El Diario de la Marina, de la Habana, que se halla inserto en El Monitor de 24 de octubre de 1846, refiriéndose á La Patria, de Nueva Orleans, dice: "Por nuestra parte, no creemos que el General Santa Anna se hubiese dirigido á Veracruz sin tener seguridad de poder entrar sin el menor estorbo. El viaje reciente del Capitán de la armada Mr. Zidell Mac Kenzic (sic) á la Habana y después á Veracruz, puede tener relación con el arreglo que debe haberse celebrado para este movimiento”.

En La Patria de Nueva Orleans, según El Republicano de 26 de noviembre y Monitor de 28 del mismo, de 1846 [diez meses antes de la rendición de México], se insertó una carta dirigida por una persona fidedigna de México á un comerciante habanero, con fecha 22 de septiembre, en la que se le participa los planes maquiavélicos, que por una casualidad había descubierto, contraídos á la conducta que había de observar el Sr. Santa Anna contra los enemigos, en el año de 1847. En ella se le dice "que S. E. había obtenido un pasaporte para Veracruz, bajo condiciones y arreglos de un carácter extraordinariamente maquiavélico. Que S. E. se había comprometido con el Gobierno de Washington á manifestar públicamente que continuaba la guerra con energía; pero, al mismo tiempo, todos sus movimientos y cada una de sus operaciones, por un arreglo anterior con el Gobierno de los Estados Unidos, debían conducirse de un modo antes conocido. Que, con este objeto, el Gobierno mexicano empleara á sus oficiales y jefes de inferior calidad militar, á fin de que le sea imposible idear planes de llevar á efecto medidas que perjudiquen al Ejército invasor. Combates parciales y escaramuzas tendrían lugar en ambas partes; pero serían dirigidas por parte de México de manera que no producirían ningún resultado favorable á la causa mexicana. Que, por medio de estas operaciones, México perdería varios miles de sus soldados inferiores y muchos de sus innumerables oficiales, y de esta suerte será en parte libertada de la plaga que roe las partes vitales del país. Que el disgusto, por todo esto, del pueblo sacrificado, serviría mucho para conseguir que los que sufren se declararan en favor de la paz y en contra de la guerra, en cuyas circunstancias se presentaría un ministro [como fué aquí] con la rama de la oliva, haciendo proposiciones pacíficas. Que el pueblo se inclinaría, á causa de su impotencia y ningún ejército, á oír unos tratados de paz [como fueron los que se pretendieron iniciaren la casa de Alfaro]. Que el General Santa Anna obtendría la dictadura de la República por ocho ó diez años; las Californias se separarían desde el mismo momento, y que después de todos estos arreglos y servicios importantes, encontraría su debida recompensa”. En fin, en ese papel se traen otras muchas cosas, de las cuales se verificaron las más.

La publicación de esta carta produjo entonces la indignación, y se supuso que sería un plan del Gabinete enemigo para infundir la discordia. Pero cuando, en los momentos de rendirse la orgullosa México, se vio que los pronósticos ó revelaciones hechas con diez meses de anticipación se habían realizado paulatinamente, no pudo menos que suceder el que se unieran sucesos aislados, dando por resultado un mal juicio contra S. E., y todo provenido de su mal manejo en Tejas, en el Norte ven la Habana; de su venida expedita cuando el bloqueo, no obstante su encuentro con los buques bloqueadores, y la salvaguardia suministrada por el más enemigo de México, como era Mr. Polk.

En El Morning Chronicle, de Londres, de 11 de octubre de 1846 [Monitor de 11 de enero de 1847], proponiéndose analizar el manifiesto que dio el General Santa Anna á su regreso, y burlándose de las falsas expresiones con que dicen engañaba á la Nación, concluye así:

"Existen seguramente mayores pruebas de haberse americanado Santa Anna, antes que Paredes hubiera proyectado el restablecimiento del yugo español. Pero sólo un milagro podía salvar á aquel país, cuyos gobernantes están exorcizando duendes, cuando no debieran sino fusilar (á) salteadores y asesinos. La intervención europea es un pretexto; la agregación americana es una palpable realidad. Hemos mencionado las omisiones muy significativas del manifiesto de Santa Anna, y si á ellas se agrega su milagroso escape del bloqueo americano, se verá hasta la evidencia lo que México tiene que esperar del regreso de este político sin principios

Del propio modo, El Tiempo, periódico de Madrid [Monitor de 18 de enero de 1847], escribía en el mes de octubre de 1846:

"Parece que va de veras lo del corso, y á toda prisa están preparando las patentes; pero, á pesar de todo esto, con perdón de SS. EE., yo no creo que haya tanta decisión para hacer la guerra, y mientras no vea más claro, me mantendré en mis trece en cuanto á que hay algún principio de pastel entre Santa Anna y los Estados Unidos”.

S. E., pues, no justifica ni prueba nada, sino habla, y en consecuencia es de necesidad que ante los jueces que le ha puesto la Nación, explique y compruebe la buena fe de sus procedimientos y la certeza de su dicho.

 

Residencia del General Santa Anna en San Luis.

 

¿Para qué he de reiterar lo que dije acerca de esto en mi ampliación? Lo doy por reproducido sin que puedan desengañarme los concisas y sentenciosas aserciones del Sr. Santa Anna. Esto no lo hago por capricho; y para que S. E. vea que es así, le citaré en contestación algunos de los datos fehacientes que salieron en su contra por aquel tiempo.

Antes de verificarlo, diré que S. E., criticándome, pone á fojas 20 estas palabras textuales: "Ni conocimientos de las localidades, ni los más interesantes todavía de las circunstancias en que nos hemos hallado, ha manifestado el Sr. Gamboa al culparme del abandono en que dice dejé los pasos de la Sierra, por donde el enemigo se dirigió á la Capital de Tamaulipas; de suerte que, por sólo hacinar cargos, ha podido tocar esa materia. Debió saber, antes de criticar mi conducta militar, que nunca es prudente, diseminar un ejército en una inmensa extensión de territorio, y con más razón cuando se compone de hombres inmorales y forzados”.

Este reproche no debía ser á mí, sino dirigirse á varios jefes ó personajes principales que escribían desde el mismo teatro de la guerra.

Dos cartas de San Luis y Ciudad Victoria fueron puestas en El Monitor de 8 de enero de 1847. De ellas trasladaré los párrafos más precisos é interesantes:

 

Primera carta.

 

"San Luis Potosí, enero 2 de 1847.
"Al Sr. General Romero se le dio orden de ir á Victoria; estuvo allí un día y se le dio orden para retirarse. Ahora está aquella ciudad ocupada por 3, 400 americanos con ocho piezas. Los habitantes de aquella ciudad y sus autoridades se retiraron á Tula, donde no caben ni parados”.

 

Segunda carta.
"Ciudad Victoria, 28 de diciembre.

 

"Desde que regresé á la hacienda de La Mesa, el día 24, de donde te escribí, supe que los americanos habían llegado á Villagrán con dirección á esta ciudad, de la cual los tenemos á esta hora, que son las siete de la mañana, distantes cinco ó seis leguas de aquí.

"Como, casi al mismo tiempo que yo, entró á ésta el General Romero, que venía de Tula con mil caballos, por lo pronto esta desgraciada población concibió algunas esperanzas, viendo el entusiasmo de esas tropas y sabiendo que estaba próxima la llegada de una brigada de infantería. Romero desde luego comenzó á tomar medidas para hostilizar al enemigo en su marcha, que es muy bromosa, porque, con sus 2, 000 hombres, 115 carros y 300 mulas, ocupa un terreno de más de una legua; hizo salir á Lamberg y al impávido Agustín Iturbide con 200 hombres, y él se preparaba á salir con el resto de la caballería para comenzar sus operaciones y no dejar de hostilizar ventajosamente al enemigo; pero todo ha sido inútil, porque en menos de 24horas han venido tres extraordinarios de (l General Gabriel) Valencia con órdenes de Santa Anna para que estas fuerzas en el acto mismo regresaran á Tula, abandonando esta ciudad. Se ha perdido la más bella ocasión de concluir con esta partida de americanos: el terreno boscoso se presta para hostilizar ventajosamente al enemigo, sin perder ni un solo hombre; éste se halla aquí enteramente aislado, y con las medidas que se habían tomado, estoy seguro que en cinco días, á lo más, se habría hecho capitular. ¡Qué desgracia! Hoy, en cambio de ese lisonjero resultado, presenta esta ciudad la más triste perspectiva. Multitud de familias se estaban saliendo antes que el enemigo llegue, porque nuestras tropas han emprendido su marcha en esta madrugada.

"Ya desde antes había aquí sus sospechas de que en esta suspensión de armas hay su - - - - y ahora las corrobora, si es cierta, la siguiente especie: El jefe de estas fuerzas americanas dijo al dueño de una hacienda por donde pasó, que sabía había tropas en esta ciudad, pero que pronto les vendría orden de no hostilizarlo. ¡Esto es infame!"

Por otra carta llegada de Tula de Tamaulipas con fecha 11 de enero, é inserta en El Monitor de 21 del mismo, se produce su autor de este modo:

"Tula, enero 11 de 1847.
"Se perdió la ocasión más brillante para destruir al enemigo en un solo golpe, como ya le he dicho á U. Hoy tiene Taylor cosa de 7, 000 hombres en Ciudad Victoria, y la cosa es más formal; pero si una brigada de 5, 000 infantes y 1000 caballos bajasen á Tula á la costa y ocupasen los caminos de Victoria á Tampico y Soto la Marina, otra igual fuerza entrase por el cañón Santa Rosa y ocupase el camino de Victoria á Monterrey, y otra amagase al Saltillo, era seguro que la campaña no duraría un mes; pero esto debería hacerse antes que Taylor variase su actual posición, porque si se meten en Tampico fuerzas respetables, la cosa cambia de aspecto y será preciso obrar de otra manera, porque, ocupada por el enemigo una línea desde Tampico á Matamoros, por agua se protegerá con prontitud, la guerra durará y será preciso echar mano de la gente del país para organizar grandes masas, porque la de que hoy se compone el Ejército, acabaría con sólo el efecto del clima; y en este caso, ¿de qué sirven los muchos sacrificios que se han hecho?

"El General Santa Anna no ha querido escuchar la razón; se incomoda porque se le proponen medios y se le hacen indicaciones; quiere mandar á los Generales que están destinados á grandes distancias y cuyas deliberaciones sólo pueden sujetarse á las circunstancias del enemigo, sus movimientos, etc., como se manda al cabo de una patrulla á cien pasos de distancia de un cuerpo de guardia.

"La Nación se pierde y se sacrifican sus más caros intereses por la ambición de un solo hombre, que no quiere se haga sino lo que él mismo en persona puede hacer. Esta es la verdad; pero verdad que puede producir grandes males”.

Los periódicos igualmente se expresaban bajo de este concepto, y así lo vemos en El Defensor de Tamaulipas de 18 de enero, donde se dice:

 

A última hora.
Interesantísimo.

 

"Por extraordinario ha recibido el Exmo. Sr. Gobernador las siguientes noticias:

''Ocupada esta capital, desde el 29 del próximo pasado diciembre, por la División norteamericana al mando del General Quitman, compuesta de 2, 300, y después por la de los Generales Taylor y Patterson, que llegaron simultáneamente, ha sufrido esta ciudad la calamidad consiguiente á una invasión de más de seis mil hombres extranjeros, y sus habitantes han tenido que sobrellevar con profundo dolor la condición humillante á que los sujetara el abandono de la población por las huestes mexicanas, y la necesidad de cuidar cada uno de por sí mismo de los intereses que proveen á su subsistencia.

"Hoy ha quedado completamente evacuada la ciudad: el miércoles y jueves próximos han salido, en dos divisiones, al mando, la primera, del General Twis y, la segunda, del General Patterson, poco más de cuatro mil hombres, y hoy, á las órdenes del General en Jefe, Quitman, cerca de dos mil, llevando cinco piezas la División de vanguardia, al mando de Twis, y todas tres, cosa de mil caballos, inclusos, por supuesto, en los seis mil con dirección á Tampico, por el camino del Pastor. El General Taylor ha contramarchado en este momento para Monterrey con mil caballos, ocho piezas de batir y ciento y pico de infantes.

"No ha sido posible trascender las tendencias de estas operaciones, y únicamente se ha podido entender que ellas han tenido lugar á virtud de órdenes del General Scott, que está en Tampico y que, según dicen, manda en jefe todo el Ejército americano”.

¿Y el General Valencia, que estaba en Ciudad Victoria, cómo opinó sobre las disposiciones del General Santa Anna para impedir que los enemigos entrasen en aquella ciudad? No hay más que ver lo que dicen los periódicos y el Sr. Valencia.

Desde Tula de Tamaulipas se escribió, con fecha 18 de enero de 1847, la siguiente carta [Monitor de 3 de febrero de 1847]:

"Mi siempre amado amigo:

"De noticias, sólo diré á U. que el Sr. General Valencia se va á morir seguramente sólo de cóleras, pues ha hecho prodigios porque el Presidente y General en Jefe le dé tropa suficiente, y este señor, sordo; de que resultó que los enemigos se apoderaron de Victoria con grande facilidad, y hoy tienen establecida su línea hasta Tampico con la mayor tranquilidad; cuando que, si el 10 del pasado diciembre, le hubieran dado al Sr. General Valencia tres mil infantes y mil quinientos caballos buenos, que pidió, en lugar de 1, 200 auxiliares de caballería, la mitad de ellos sin armas de fuego, que le dieron, hoy estaríamos sin la menor duda en Matamoros, y el enemigo en fuga, pues éste tenía sus fuerzas divididas en secciones pequeñas, y muy fácilmente lo hubiéramos batido en detall”.

El Sr. Valencia, ese General desgraciado que levantó el Estado en (sic por de) Guanajuato para conducir sus huestes á San Luis; que fué nombrado por el Sr. (General Pedro María) Anaya para auxiliar en Puebla al General Santa Ana, y que éste no pudo menos que confiarle el mando de una fuerte División en los últimos momentos en que la patria peleaba por su independencia, así se expresó con respecto á la aproximación y permanencia del Ejército invasor en Ciudad Victoria:

"Ayer se ha hecho circular en esta capital un cuaderno con el título de Rápida ojeada sobre la campaña de Coahuila, en el cual, refiriéndose á todo lo ocurrido en los Estados de San Luis, Coahuila y Tamaulipas, desde el mes de noviembre de 1846 hasta marzo de 1847, entre otros hechos exactos y algunos cargos tal vez justos, se trata de la aproximación y permanencia en Victoria del Ejército invasor á las órdenes del General Taylor, cuyo movimiento, dicen sus autores, lo hizo con la mayor impunidad, de que se deduce naturalmente que el General que mandaba nuestras fuerzas en Tula ha cometido faltas y ha incurrido en una grave responsabilidad. Como yo soy este General, no puedo dispensarme de contestar, así para la aclaración de los hechos como para mi defensa, que las mencionadas fuerzas debieron ser hostilizadas y creo que derrotadas por mí en los días 25 y 29 de noviembre, así como también tomados el punto de Camargo y el de Matamoros en los días 6 y 10 de enero siguiente. Si no lo verifiqué, no fué culpa mía, sino por habérseme negado el refuerzo de 2, 500 hombres que pedí con este objeto, y por habérseme prohibido por repetidas y terminantes órdenes que diera un paso fuera de Tula, ni sacara (á) un solo soldado: órdenes tan terminantes que no me dejaban el menor arbitrio á interpretarlas, y su infracción me sujetaba a una grave responsabilidad. Si la caballería que llegó á Victoria á las órdenes del Sr. General Romero, se retiró en los momentos que el enemigo estuvo á cuatro leguas de la ciudad, fué debido á tres órdenes repetidas que recibí del Exmo. Sr. General en Jefe: yo me tome la libertad de prevenir que no se verificase el movimiento retrógrado, sino hasta la aproximación del enemigo, pues dichas órdenes prevenían que se ejecutasen en el acto de ser recibidas.

''Valencia”.

Como no me he propuesto ser el historiador de esta guerra, ni tampoco ir refutando todo lo que hizo y todo lo que dijo el Sr. Santa Anna, me retraigo de manifestar cómo formó el Ejército de San Luis y cuánto hubo ocurrido á fin de levantarlo. Pero sí es preciso que el Sr. Santa Anna se despreocupe de que no á él y sólo á él se le debe esa imponente reunión de fuerza armada, y que poco ó nada cooperó el esfuerzo nacional.

Todo lo contrario aconteció, pues á la cooperación de los Estados, á las disposiciones del Supremo Gobierno y á los trabajos aislados, pero muy recomendables, de varios Generales, fué debida la creación pronta del Ejército, y si no, mirémoslo con estas sencillas demostraciones:

Yo vi salir por la garita de Vallejo (á) una brigada de 3, 000 hombres cuando marchó en octubre el Sr. Santa Anna; son

3, 000

A pocos días salió la División del Sr. General Guzmán con cerca de 800 hombres

800

Del Ejército que regresó de Monterrey á consecuencia de la capitulación, según los estados de revista y otros papeles oficiales, pasaban de

5, 000

El Estado de Guanajuato concurrió con 5, 000 hombres, que puso á las órdenes de su digno y valiente jefe, General Valencia

5, 000

 

13, 800

El resto del Ejército, hasta 18, 000, son 4, 200 hombres, y nada extraño es que éstos se hubieran reunido de los otros Estados, cuando el mismo Sr. Santa Anna confiesa, á fojas 21, que Jalisco mandó (á) algunos cuerpos de Guardia Nacional; San Luis Potosí, (á) su cupo de hombres, y que uno que otro Estado limítrofe auxilió asimismo con sus reemplazos.

De todo esto se deduce no ser exacto ni que las fuerzas permanentes fuesen tan pocas, que no más abordaran á 6, 000, y que se deba exclusivamente al Sr. Santa Anna haberse levantado súbitamente y en tres meses el Ejército del Norte.

Reitero que no insisto en esto y tampoco en describir cómo se hizo el acopio de materiales de guerra y de vestuario, de caballos, monturas, y cuántos y de cuán diversas clases fueron los incesantes y utilísimos auxilios y donativos que suministraron heroicamente los Estados, las corporaciones y los particulares. Si yo tratase, como se ha creído, de desvirtuar cuanto se apropia al General Santa Anna, podría hacer uso de la Exposición que publicó el Sr. General D. Tomás Requena en Durango, el 2 de marzo de 1847 [Monitor de 22 de abril de 1847], y en la que, llamando manifiesto mentiroso el que el Sr. Santa Anna dió en San Luis á 26 de enero de 1847, pone, entre otras innumerables especies, este párrafo:

"Siguiendo el Sr. Santa Anna con la idea de que posee el don de milagros, dice: - - - - - Luchando sin cesar y haciendo esfuerzos que superan á todo lo que pueda decirse, he logrado reunir y formar un numeroso Ejército - - - - - Un esfuerzo superior á cuanto de él pueda decirse, no existe; de manera que, asegurando el General Santa Anna, para disponer á los lectores á su favor, que nada va á exagerar, ni á elogiarse á sí propio, es lo único que hace en todo el manifiesto. Faltaba artillería y se ha improvisado una maestranza y fundición. La maestranza que, por la ley orgánica de artillería, debió establecerse en Monterrey, dispuso la Dirección General se formase en San Luis durante la ocupación de aquella ciudad, empleando (á) los obreros procedentes de Monterrey, que llegaron con el Ejército, y otros que vinieron de México por disposición del Gobierno: ya se ve que esta maestranza nada tiene de improvisada, ni es obra del General Santa Anna. Al oír hablar de fundición, porque faltaba artillería, cualquiera cree que las piezas existentes son fundidas en San Luis; nada de eso; todas, con excepción de una ú otra de fundición provisional, las pidió al Gobierno, y éste dio las órdenes para remitírselas con sus dotaciones. En principios de noviembre no había más que unas cuantas cargas de municiones, y hoy tenemos un tren considerable. El confundir las municiones con el tren, no es más que ignorancia; pero el llamar unas cuantas cargas á seiscientas mulas, necesarias para levantar las municiones existentes el día 7 de noviembre último, y ciento treinta para llevar el armamento, es una de las muchas mentiras. Tengo en mi poder la relación de armas y municiones de ese día y puedo satisfacer á cualquiera. Esas municiones y armamento provienen de los almacenes de artillería foráneos, y otra cosa no ha necesitado para juntarlo el General Santa Anna, que pedirlo. Con los elementos de que ha podido disponer, habría otro General levantado ejércitos más numerosos, mejor provistos y más fácilmente entretenidos”.

Prosigue el propio General motejando las frases y disculpas del Sr. Santa Anna sobre que carecía de dinero y que con reclutas sin instrucción nada se podía hacer, y dice al efecto: "Los presupuestos estaban cubiertos hasta principios de diciembre, y, por tanto, pudo moverse con parte de las tropas, tomando haberes de las que se quedaban. El General Santa Anna pudo juntar (á) 12, 000 hombres de tropa, que no son reclutas, y operar con ellos entre tanto que se instruían en los depósitos. ¿Quién le ha de aprobar á S. E. que con una masa tan infórmese lance contra el enemigo, que le espera en Coahuila y Nuevo León?"

Aun no se había tirado un tiro, en concepto del Sr. Requena, quien pronostica un resultado desfavorable en la Angostura, y sin haber pasado todo lo que después ha trascurrido hasta la rendición de México, ya habla así acerca de la connivencia que se suponía al Sr. Santa Anna:

"Las sospechas de inteligencia traidoras de que se ocupa S. E. en su manifiesto, han venido de dos fuentes: los periódicos ingleses de octubre último, que lo dijeron muy claramente, y algunos hechos de S. E, que parece confirmarlas. Estos son la violación del bloqueo de Veracruz, á su favor, por el Comodoro americano, despreciando el General Santa Anna la ocasión del paquete, que tenía franca entrada, lo que prueba seguridad de su parte y, por tanto, inteligencia, en que se apoya esa seguridad. El abandono de Tampico, puerto importante, defendible y codiciado por los americanos, que le han hecho base de operaciones. No defender á Ciudad Victoria, de Tamaulipas, ni impedir de ninguna minera la pacífica posesión de los americanos. Adoptar un plan de campaña que guarda solamente á San Luis Potosí y abandona el demás territorio: este plan es poco á propósito para las subsistencias y se opone al aumento de las fuerzas. Alejar del Ejército (á) jefes de valor, inteligencia y probidad, cuyos servicios, si no se buscan, ha de haber su por qué muy grande é ignorado del público. Por último, los recientes movimientos, hechos sin cálculo ó maliciosamente, que comprometen los Estados del centro, exponen á ruma al Ejército por la manera en que se han ejecutado, y no pueden proseguirse si el enemigo se retira á Monterrey, adonde en toda probabilidad debe suponerse que puede replegarse. A tales hechos se contesta: Yo no puedo ser traidor. ¿Y por qué? Quien todo lo niega, todo lo confiesa; y puesto que el General Santa Anna niega la posibilidad, que es innegable, muy mala veo su causa. Yo he derramado, dice, mi sangre por la patria: otros traidores la han derramado igualmente. Yo he encanecido en el servicio: la vejez no exceptúa de crímenes. Los que me hacen sospechoso de traición son los traidores que infaman y desacreditan á la patria. Esto es porque el General Santa Anna ha asentado antes que su persona y la patria son una misma cosa; pero los patriotas, que todo lo temen y jamás pierden de vista á su país, han traducido sin comentario los artículos ingleses y referido los hechos, que aún están pendientes de contestación satisfactoria”.

Demos punto ya sobre este capítulo, porque lo haría interminable si, llevado de las ideas que me ocurren, prosiguiera hacinando citas y haciendo las observaciones que se ofrecen espontáneamente.

 

Acción de la Angostura.

 

Los cargos que se hicieron al Sr. Santa Anna acerca de este lance de armas, están circunscritos á éstos:

1º Que de los tres caminos que conducían desde La Encarnación al Saltillo, que eran el Principal, el del Capulín y el del Jagüey, los dos últimos tenían ventajas indubitables para el Ejército, porque no carecían de aguas ni pastos, ni escasean por ellos ganados mayor y menor, cuando al primero le falta todo y va á estrellarse en la posición casi inexpugnable del Puesto de Agua Nueva; de modo que sólo por un portento pudo haberse salvado el Ejército mexicano de una ruina casi segura, pues los americanos hubieron abandonado voluntariamente la mencionada posición.

2º Que, trabada la acción, el 23 de febrero de 1847, y habiendo quedado en sustancia por los mexicanos, pues era imposible que los americanos hubieran podido resistir al día siguiente, el Sr. Santa Anna abandonó el campo en el mismo día, de modo que á las ocho de la noche se había dejado el terreno que fué disputado á costa de arroyos de sangre.

3º Que dejó abandonados (á) multitud de heridos mexicanos, quedando á la intemperie de una noche de lluvia y nieve y á la voluntaria clemencia de los enemigos.

4º Que por este regreso precipitado, el Ejército se desbandó, viniendo á quedar reducido, de cerca de 20, 000 hombres, en menos de 8, 000.

En cuanto al primero, nada dice el Sr. Santa Anna á fojas 24, y antes, por el contrario, se acusa, pues expone "que salió precipitadamente de San Luis con la esperanza de que, con un rápido movimiento, podía sorprender al General Taylor en sus posiciones, hacerse de sus recursos, libertar á los Estados y continuar la guerra sin los auxilios ineficaces del Gobierno”.

Luego, no debía conducir al Ejército contra un punto artillado y naturalmente defendido, donde habría de contenerse y ser evidentemente derrotado; luego, no debió haber expuesto al soldado á que muriese por la falta de agua; y luego, su atención y preferente cuidado debían ser dar un golpe con seguridad, usando de precaución y cautela, aunque demorase dos días ó tres para no arriesgar el todo que esperaba y el todo con que contaba la República, por venir á quedar en nada y contarnos, para consuelo, lo que hizo y lo que dejó de lograr.

Sobre el segundo cargo, sólo se evapora el Sr. Santa Anna en vanas declamaciones, á fojas 27, diciendo "que la posteridad hará justicia, porque día ha de llegar en que con admiración se contemple esta época de ventura en que los defensores de México merecieron encomios de sus enemigos. Que, para fallar con acierto sobre esta materia, no basta que se hayan leído los hechos de los grandes capitanes; que se necesita saber por principios teóricos y prácticos la ciencia de la guerra, y que por esto es que el Sr. Gamboa y otros muchos escritores de folletos deciden, en tono magistral, que debió hacerse esto ó aquello, y tratan de inepto ó cobarde al General que ha tenido la desgracia de exponerse”. —En el parte que dió S. E., de la acción, alaba al Sr. (General José López) Uraga, y así es que su testimonio en la materia debe ser de peso y consideración. Este Sr. General mandó un remitido, que salió en El Monitor, núm. 933, de 1847; su título era: "¿Es el Ejército responsable de sus continuas derrotas?" Proponiéndose el Sr. Uraga demostrar que el Ejército siempre peleó y se portó brillantemente, dice acerca de la Angostura: "Aquí sobró Ejército y valor y no hubo General; después de meter en acción (á) las fuerzas, sin cálculo ni dirección, se cometieron faltas enormes, de que, sin estudio ni elección, demostraremos algunas: la Brigada del General Ampudia recibió orden de avanzar, arrollándolo todo y sin parar; así lo ejecutó, y tocando á Buena Vista con la caballería, no fué secundada; se le dejó cortar y acribillar á cañonazos, costándole más dejar el campo enemigo, que haberlo tomado. En la tarde, nuestras tropas volvieron á desalojar de todos los puntos á los americanos; el General Pérez estaba situado á tiro de cañón del cerco de carros, lo apoyaban los Generales Pacheco y Mejía, y en este momento, ya de un solo esfuerzo para continuar la victoria, se dió orden de retirada, y abandonamos con el campo nuestros muertos y parte de nuestros heridos, á merced del contrario. Perdimos en esta acción 4, 000 fusiles y más de 6, 000 hombres, de todas bajas; no desalojamos al enemigo, y por dos piezas que adquirimos, se proclamó victoria, engañando á la Nación. Nuestro Ejército era superior en artillería, y nuestras piezas gruesas sólo sirvieron para batir á nuestros coraceros, nulificando así esta ventaja. Concluyamos: el General Santa Anna es responsable á la Nación de su independencia, y al Ejército, de su honor y del brillo de sus armas, que le ha hecho perder”.

No conjeturo cómo ha formado mérito el Sr. Santa Anna para alegar en su defensa el parte del General Taylor, que obra bajo el núm. 6 de los documentos, de fs. 57 á 66. Dicho General instruye á su Gobierno [fs. 57]: "La posición que guardaban nuestras tropas era considerablemente fuerte. El camino en este punto es un pasadizo estrecho, y el valle á su derecha se hace casi impracticable para la artillería, por multitud de zanjas extraordinariamente hondas, mientras por la izquierda una sucesión de barrancas y precipicios se extienden mucho más allá de las montañas que cierran el valle. La desigualdad del terreno era tal, que casi debía paralizar los movimientos de la artillería y caballería enemiga(s), mientras que su infantería no podía tampoco sacar toda la ventaja que debía darle su superioridad numérica”.

Este es el punto que escogió el Sr. Santa Anna para el ataque.

Continuando el General Taylor, alega á la foja 65, "que la fuerza del Ejército mexicano ascendía á veinte mil hombres, según el misino General Santa Anna y los informes que había recibido; que el Ejército americano se formaba de 4, 759 hombres, y la pérdida nuestra llegaría de (sic por á) mil quinientos y probablemente á dos mil, entre muertos y heridos; que el campo de batalla había quedado por él, volviendo á tomar su antiguo fuerte de Agua Nueva, y que aun tuvo la intención de atacar á nuestro Ejército, al día siguiente, en sus cuarteles de La Encarnación”.

¿Qué persona de criterio habrá que, á la vista de este parte, por el que se afirma que 20, 000 hombres no pudieron vencer á 4, 700; que aquéllos se retiraron, y que los otros se encargaron de recoger (á) sus dispersos y heridos, no dirá que la perdida fué por parte de los mexicanos? listo se confirmará viendo el relato que hace el Sr. Santa Anna del desgraciado estado en que estaban nuestras tropas, su dispersión y los términos en que regresaron.

Con esto se conocerá la imprudencia del General Santa Anna, al querer poner por comprobante favorable á él la misma nota del General enemigo.

Una razón parece favorecer á S E., á fojas 28 vuelta, y es: "que durante la acción se le desertaron más de 4 000 hombres, se le fueron dispersan do con pretexto de beber agua, cargar (á) heridos yá favor de la escabrosidad”. Esto no lo justifica S E.; pero aun suponiendo que fuese cierto, obra en contra el estado de fojas 67, por el que consta que en la revista pasada en Agua Nueva, después de la batalla de la Angostura, había 93 jefes, 769 oficiales. 9, 043 de tropa, que hacen el total de 9, 812 (sic), es decir, 10, 000 hombres, suficientes para haber acabado los restos de Taylor, y más si se contaba con la caballería del General Miñón, que estaba intacta. En el mismo resumen de fuerzas se dice que el Ejército que entró en acción se componía de 121 jefes, 1, 221 oficiales, 18, 183 de tropa, que hacen un total de 19, 525, de los que se pasó revista en La Encarnación, en 19 de febrero. Es de advertirse que la acción se trabó el 23, que el recuento de tropas fué hasta el 26 en La Encarnación, y que en estos tres días fué cuando abandonaron sus banderas, porque se vió lo inútil de los sacrificios, que no se avanzó para el Saltillo, que no se apoderaron de los inmensos trenes y recursos del enemigo y que volvían á sus hogares sin botín y sin gloria y á sufrir la carencia y privaciones que la malversación ha tenido siempre preparados al militar mexicano.

Más fuerza figuran tener las opiniones de algunos Sres. Generales que cita el Sr. General Santa Anna, y cuyas exposiciones obran de fojas 49 á 55, porque en todas ellas se dice que, para volver á emprender la ofensiva, el Ejército se hallaba abatido, en estado de miseria y con las cabalgaduras muy estropeadas, los trenes maltratados, etc., etc. Mas refléjese en que esto fué dos días después de la acción; y, siendo así, no dudo que el caimiento había de ser mortal y que las consecuencias de las batallas comenzarían á sentirse; pero si el día 24 se hubiera caminado para adelante, el entusiasmo habría sido simultáneo, y un esfuerzo general coronaría de gloria nuestras armas, recompensando los padecimientos de nuestros valientes soldados.

¿No puede también creerse que estas opiniones eran estribadas en el informe que tal vez daría el General en Jefe, cuya voz precisamente debía de ser creída, siendo muy difícil y aún expuesto contrariarla en estos instantes?

Reflexiono que no sería una creencia temeraria la de que así fuera, y me fundo para decirlo en que en la junta de guerra tenida en Agua Nueva, el 25 de febrero, cuyo documento se halla de fojas 41 á 45, se refiere que S. E. dijo "que había llamado á todos los señores presentes con el objeto de conferenciar y oír sus opiniones sobre los acontecimientos de la presente situación del Ejército; que, como era de pública notoriedad para éste, á pesar de haber arrojado al enemigo de tres de sus líneas y tomándole tres piezas de artillería y dos banderas, la circunstancia de habernos sorprendido la noche al atacar su último atrincheramiento, estando la tropa fatigada con dos días de marcha y dos de combate, sin haber tomado más que carne el día anterior, y no haber ni una res, ni un grano de maíz, ó harina, para que se alimentasen, lo había obligado á mudar de posición”.

¿Y será cierta esa carencia de víveres que alega el Sr. Santa Anna, y, aun en el evento que lo fuera, quedaría disculpado en el caso? Véase cómo se profiere acerca de esto el cuaderno titulado "Rápida ojeada sobre la campaña que hizo el Sr. General Santa Anna en el mes de febrero próximo pasado. "[Suplico á los Sres. de la Comisión se sirvan verlo á la(s) foja(s) 16 y 17] Vuelvo á repetir lo que inserté en mi acusación, y es: que el Sr. General Miñón, en su manifiesto, contrayéndose á este incidente, dijo: "Es falso que no hubiera víveres ni agua; todo lo había y yo se lo proporcionaba. Al General Santa Anna repetidas veces le avisé que yo tenía á mi disposición reces, maíz, harina, y dónde estaba; le indiqué por dónde podía moverse con desembarazo para ir al Saltillo, sin escasear de agua, forraje para las bestias y provisiones para la tropa [Monitor núm. 812]; nada menos que setecientas reses tenía yo encerradas en un corral, y de todo le di parte con oportunidad. Su retirada es injustificable y mucho menos en los términos en que la hizo, emprendiéndola en medio de las tinieblas de la noche, abandonando sin necesidad (á) centenares de infelices heridos, y en trazas más bien de un prófugo que quiere ocultar al enemigo su derrota para que no le acabe de destruir, que no de un General que quiere tomar tiempo para rehacerse”.

Por los documentos oficiales tampoco consta que hubiese esa carencia tan absoluta, como voy á demostrar.

En el Diario del Gobierno de 17 de febrero de 1847 [Monitor de 19 de febrero de 1847], salió la siguiente razón: ''Los recursos que se han dado al Ejército desde el mes de enero próximo pasado hasta parte del presente, son los que siguen: —1º Un millón de raciones, que ha de satisfacer el Gobierno y que disminuyen en parte las erogaciones del Ejército. —2º Ciento doce mil pesos, valor de las barras de plata ocupadas —3º Setenta mil pesos por la parte más baja que se le ha proporcionado al Ejército, de la renta del tabaco. —4º Diez y ocho mil pesos exigidos de préstamo forzoso en el mineral de Catorce. —5º Doce mil pesos remitidos por el Estado de Michoacán en cuenta del contingente. —6º Cincuenta mil pesos que en varias letras se han remitido al Ejército en este mes de febrero. -Total en numerario, sin entrar en cuenta el millón de raciones, 272, 000 ps”.

Defendiendo el Sr. Ordóñez al Sr. General Santa Anna, dijo que el Sr. Coronel Jiménez llegó, el 24, con veinticinco carretas de víveres, y no niega que el Sr. Mora llegó, el 23, con mucho arroz y otros efectos. El Sr. General Santa Atina confiesa que en Agua Nueva se presentó D. Nicolás del Moral con galleta, café, azúcar y piloncillo [fojas 26]. ¿Pues qué no serían suficientes los recursos que ha asegurado el Gobierno de aquella época, las reses del Sr. Miñón y los artículos llevados por Jiménez, Mora y D. Nicolás del Moral, para alimentar á nuestros soldados un solo día más y asegurarles con esto una indefectible subsistencia para lo venidero?

Si todo esto es cierto, luego es justo el cargo que le hago, y no se me puede culpar de falsedad. Si en ello no hubiere exactitud, que se purifiquen los acontecimientos en juicio, y que se haga relucir la verdad, la justicia y la inocencia en favor de quien la(s) tenga. Esto es lo que he exigido y juzgo que debe pretender un representante.

Hablándose, en el enunciado cuaderno de la Rápida Ojeada, de la junta de guerra con la que yase figuraban se había de vindicar el Sr. Santa Anna, ponen estas notas: "Se ha querido disculpar el Sr. Santa Anna de los embarazos en que él mismo se metió con reunir á sus dóciles Generales y jefes subalternos en una junta de guerra, el día 25 de febrero, en Agua Nueva, para hacerles decir cosas que, según los hechos, carecen de exactitud. La opinión de esa junta no excusa la responsabilidad, porque siempre la ordenanza la hace cargar sobre el General en Jefe. A este intento, Napoleón opina tan á propósito, que parece hizo expresamente para el caso de que tratamos, las siguientes máximas: Las juntas de guerra y las discusiones dan origen á lo que ha sucedido en todos los siglos con semejante marcha: tomar el peor partido, que casi siempre en la guerra es el más cobarde ó, si se quiere, el más prudente. La verdadera discreción en un General consiste en tomar una determinación enérgica”.

El Comandante General de Artillería, D. Antonio Corona, en su Exposición, que obra á fojas 52, se expresa de esta manera: "V E. ha tenido á bien manifestar, en junta de Generales, las circunstancias difíciles que guarda el Ejército de su digno mando, por carecer del alimento preciso para la vida del soldado, por no tener numerario de qué disponer, y por habitar un país que ha sido saqueado é incendiado por el enemigo, á la vez”.

El Sr. General Portilla, á fojas 48, expresa: "Que después de hallarse enterado de que para mañana no hay provisiones de boca, ni esperanzas de conseguirlas, de que no hay forrajes ni las municiones suficientes, su voto era: que no bastando el valor, entusiasmo ni acendrado patriotismo de que se halla animado el Ejército, cuando falten municiones y víveres, debería dirigirse á donde se las proporcionaran. ''

Los más de los Sres. Generales no opinaban por la retirada del Ejército hasta San Luis.

El Sr. Terrés opinó "que se cambiara de posición sobre las vías del mineral de Catorce; el Sr. Portilla, como ya se dijo; el Sr. General D. Luis Guzmán, adonde se pudiera tener donde vivir; el Sr. Mejía se limitó á exponer que no se podía volver á la antigua base de las operaciones: el Sr. D. Francisco Pérez, que se variase de posición donde dispusiera el Sr. General en Jefe, y el Sr. Villamil, que fué el primero en hablar, aprueba simplemente la contramarcha; pero agrega que tal movimiento no era obligado por el enemigo, porque éste quedaba vencido. " El Sr. Blanco era de parecer que llevasen el campamento á las poblaciones más inmediatas; el Sr. Bananeli simplemente decía que se variase de posición; el Sr. Carrasco, que se acantonasen las tropas en El Cedral, Matehuala y Catorce; el Sr. Corona, adonde hubiese recursos para las tropas, caballería y mulada, y los Sres. Generales de Caballería, á fojas 52, disculpan la contramarcha que se ha hecho y añaden que, esto no obstante, harían, como militares subordinados, lo que se les mandara. No hubo, pues, uno que aconsejara el retorno del Ejército y que se fueran hasta San Luis.

Sobre todo, señores, si se hubiera avanzado en la noche del 23, ó en el día 24, todo habría quedado remediado, porque, siendo evidente que el Saltillo, distante dos leguas y media de la Angostura, debería haber caído en poder del Ejército mexicano, en aquella población se hallarían inmensos acopios de víveres, provisiones de todas clases, pertrechos de guerra y otros artículos que formarían un valiosísimo botín. Los carros, la mulada, armamento y artillería de los americanos, todo hubiera pasado á nuestras tropas; y más que esto, tal hubiera sido el terror que les infundiese este encuentro, que indudablemente habrían dejado libres aquellos pueblos, sin volverse á aparecer en muchos años, y los que desembarcaran en Veracruz se amedrentarían de tal suerte, que no se atreverían á internarse con la facilidad y desprecio que lo verificaron. ¡No es calculable á qué grado de honor y lustre subiría el concepto de la República en el extranjero, y las ventajas que redundarían en pro de la Nación!

Del tercer cargo, concerniente á que dejó abandonados (á) los heridos, dice [fojas 28] que es falso, falsísimo que hubiese habido ese abandono de su parte. Añade, además, S. E., que al levantar el campo de la Angostura, ordenó, y con repetición recomendó, la conducción de todos los heridos; que á su llegada á la hacienda de Agua Nueva, dispuso un hospital de sangre para aquellos que no pudiesen moverse sin riesgo de sus vidas, y la traslación de los demás se verificó al mismo tiempo que la traslación del Ejército. Que si uno que otro herido quedó abandonado en el campo de batalla, sería porque no pudo acertarse con el lugar donde se hallaba, en un terreno sumamente quebrado.

Eso está en contradicción con el parte de Taylor, que le ha servido de cita al Sr. Santa Anna, y quien escribe, como se verá á fojas 65, hablando de lo que se hizo en la noche del 23, lo que copio: "Se juntaron nuestros muertos y se les dio sepultura; y los heridos mexicanos, de los que quedaron un número considerable sobre el campo de batalla, se condujeron al Saltillo, donde se les proporcionó una asistencia tan confrontable (sic por confortable) como las circunstancias lo permitían. " A continuación agrega: "El día 1º de marzo, fué despachado un destacamento á La Encarnación, á las órdenes del Coronel Belknap; como 200 heridos y 60 soldados mexicanos fueron los únicos que allí se encontraron. Los muertos y moribundos cubrían las orillas del camino y llenaban las habitaciones de la hacienda”.

Me ha confirmado parte de esta relación el actual Sr. Senador D - - - Sánchez, Cura del Saltillo, á cuyo paternal cuidado y asistencia confiaron los americanos todos nuestros heridos. Ya yo le he pedido á la Sección del Gran Jurado se sirva recabar un informe de Su Señoría acerca de lo que supo y le conste.

Al último cargo, de que, por el regreso á San Luis, el Ejército quedó reducido á menos de 8, 000 hombres, S. E. me excusa el trabajo de probarlo, porque en el estado respectivo, de fojas 67, dice "que de los 19, 525 que tenía en La Encarnación, sólo contaba en Agua Nueva con cerca de 10, 000, y que de esta fuerza, que contramarchó para San Luis Potosí, tuvo tal baja en el camino, que fué de 3, 000 hombres. " Es, por tanto, cierto que á menos de ocho mil se redujo el Ejército mexicano en unos cuantos días.

 

Batalla de Cerro Gordo.

 

Desde un principio dije que poco conocimiento tenía acerca de esta acción, lo que consistía por los ningunos detalles oficiales que se habían remitido de ella. Indiqué en general que la voz común pregonaba que, habiéndole manifestado varias personas y, entre ellas, el Sr. D. Ciriaco Vásquez, al Sr. Santa Anna que los enemigos venían abriendo camino, siguiendo una vereda antigua, con el objeto de atravesar y flanquear el Ejército, S. E. despreció el aviso y le hizo una fuerte reconvención al Sr. Vásquez.

Este señor ya falleció; pero pueden ser examinadas algunas otras personas y, entre ellas, los Sres. Generales (Valentín) Canalizo y Uraga.

No creo inexacta esa especie, que generalmente se divulgó, y que niega S. E., á fojas 37, diciendo: "No se hicieron las indicaciones que se citan; porque después se ha repetido lo mismo, y aun el parte del Sr. Pinzón lo indica bastantemente.

En esa nota, que está de fojas 69 á 72, dice Su Señoría: "en el día 17 de abril, en que comenzó la acción, no fué atacada la línea que cubría," y añade: "pues los enemigos se ocuparon en pretender la toma de Cerro Gordo y el Telégrafo. En dicho día sentí que por el camino avanzaban piezas, y que por la lentitud con que las movían, debían de ser de grueso calibre. Di inmediatamente parte al Sr. General Santa Anna de aquel resultado, y su contestación fué de que no tuviera cuidado y que la gloria y el triunfo de aquel día había sido nuestra”.

He leído un impreso dado por el Sr. Uraga [Monitor de 1º de noviembre de 1847], [de quien habla el Sr. Santa Anna en su parte], donde pone este señor los trozos que copio:

“Hasta aquel momento era todavía privado mi juicio, respecto de la conducta del General Santa Anna en las dos acciones de la Angostura y Cerro Gordo; pero yo estaba tranquilo; descansaba en la justicia; recordaba que el Sr. Canalizo y el Sr. (General Lino José) Alcorta habían, desde antes de la acción, juzgado aquella posición fácil de envolverse, tanto, que el Sr. Alcorta continuamente vigilaba por sí el lado del cerro; recordaba que por el Sr. Canalizo se tomó el cerro del Telégrafo, aunque el Sr. Santa Anna nunca permitió tomar la Atalaya y dejó flanqueadas las lomas; que nunca quiso este señor sujetarse al croquis de los Sres. Cano y Robles; que, aunque ha dicho en su parte que el Telégrafo lo reforzó con el 1º Ligero, esto no es cierto, pues al contrario, lo desguarneció, mandando bajar este cuerpo á las diez de la noche, y nunca volvió á subir, como lo dirá su Coronel, el Sr. Gelati”.

Igualmente, en el artículo que salió en 18 de noviembre de 1847, de que ya he hecho mención arriba, titulado Es el Ejército responsable, etc., se vuelve á decir, y me parece que por el Sr. Uraga, lo que traslado: "En Cerro Gordo se dejaron abandonados los puntos tácticos del campo, que eran la Atalaya y Cerro Gordo, cubriendo débilmente al segundo, y entregando el primero al enemigo, con lo que, al empezar la acción, quedaron cortadas y sin fuegos las fuerzas de nuestra derecha; por lo que, y por no haberse sabido apreciar el punto de ataque, tuvimos cerca de 3, 000 prisioneros sin combatir y más de 3, 000 moviéndose sin dirección fija, dispersos, sin tirar un tiro, y sólo mil y tantos hombres batiéndose y batiéndose bien”.

En un impreso titulado "El Estado de Veracruz á todos los de la Federación Mexicana" [Monitor de 18 de diciembre de 1847], se refiere con minuciosidad la acción de Cerro Gordo y se ponen algunos trozos dignos de asentarse para eterna conmemoración.

Uno de ellos dice: "¿Cómo perdonará el General Santa Anna á los veracruzanos que anunciaron el resultado fatal de Cerro Gordo? ¿Cómo contestará á la desaprobación que él dio al proyecto que se puso en su conocimiento, de coger prisionero al General Scott, en una oportunidad que se presentaba? ¿Se le formará causa?"

En otro se pone: "Que en las fortificaciones de Cerro Gordo, los ingenieros estuvieron acordes sobre la necesidad de fortificar el de la Atalaya, por donde podía penetrar el enemigo y flanquear la posición; así lo manifestaron al General en Jefe, pero éste insistió en que no era necesario, fundándose en su conocimiento del terreno, lo que expresaba diciendo: ni los conejos suben por allí. Algunos Generales, por insinuación de los mismos Ingenieros, y otros, por su propio cálculo, repitieron igual súplica á Santa Anna, quien se negó de nuevo, enojándose y profiriendo estas expresiones: los cobardes en ninguna parte se consideran seguros; lo que produjo el disgusto que debía esperarse; así fué que el abandono de este cerro, y el peligro que por él se corría, no hubo quien lo ignorara en el Ejército, y todos procuraron adivinar la razón que para este proceder tendría el General Santa Anna, no hallando otras que su excesivo amor propio, que le hace creer que sabe más que todos.

"El día 17, atacaron los enemigos, mientras abrían caminos que dirigían á flanquear la izquierda y preparaban dos piezas de artillería de grueso calibre, que la noche de éste subieron al mismo cerro, que se había dejado sin defensa y que los enemigos, sin ser conejos, habían tomado.

"El General Santa Anna mandó por extraordinario partes oficiales y cartas particulares al Gobierno y al Gobernador de Perote, avisando en los primeros un triunfo y anunciando en los segundos la total derrota del Ejército enemigo, si éste daba el ataque general al siguiente día, encargando que no se celebrara este triunfo hasta que fuera el parte de haber sido por completo: advertencia prudente, pues consistió el triunfo en que los enemigos habían tomado el referido cerro, y nuestro General en Jefe parece que no lo sabía. Cuando se recibió en Perote esta noticia, que fué en la madrugada del día 18, no faltó quien pronosticara que todo se había perdido antes de las 24 horas de principiado el siguiente ataque, fundándose en cálculos de nuestros ingenieros y en informes particulares de prácticos en el terreno; y en efecto, por lo que supimos el día 19, el enemigo rompió su fuego á las cinco y media de la mañana del día 18, desde el cerro tomado el día anterior, y antes de las siete se presentó por los puntos que emprendió el ataque al cerro principal fortificado, y á las siete y media, avisado Santa Anna por el General D. Francisco Pérez, de la pérdida del cerro, del abandono de la batería baja y estar cortada la retirada, emprendió su escape con él. Esta es la causa porque el buen suceso de Cerro Gordo fué como un relámpago, sin que bastaran á contener á los soldados los buenos jefes que quedaban abajo, porque aquéllos creían que el enemigo había tomado la retaguardia por traición"

Con el núm. 793 del Monitor de 28 de abril de 1847, se dio un suplemento, cuyo rubro es: "El General Santa Anna en Cerro Gordo", y en él se dicen varias cosas que me veo en la necesidad de copiar:

"S. E., desde Puebla, creyó innecesario el envío de más fuerzas á la campaña y el que se moviesen los cuerpos de la Guardia Nacional que estaban en sus respectivos cuarteles; ya no quería ni gente, ni aún la artillería que se le mandaba de Perote, sino sólo dinero y más dinero, según leemos en El Monitor del día 13, refiriéndose al extraordinario que con fecha 11 había despachado el Sr. General en Jefe. A pesar de estos antecedentes, que parecían pronosticar un éxito brillante, tres horas de batalla fueron bastantes para arrollar nuestro Ejército en un punto que, según personas inteligentes, difícilmente podía penetrar el enemigo. Este penetró al fin, no obstante que nuestra posición era formidable; pero el General Santa Anna, que ya no quería ni gente ni artillería, que sólo pedía dinero y más dinero, porque seguramente de todo lo demás abundaba, nos dice luego en su parte que había logrado reunir en Cerro Gordo (á) tres mil infantes permanentes y activos y poco más de dos mil de la Guardia Nacional; pero que estos últimos aun no sabían bien el manejo de la arma, y añade que su inexperiencia nos fué funesta. “Al párrafo siguiente se dice: "Es táctica antigua del General Santa Anna, cuando sufre un descalabro en la guerra, el echarle siempre la culpa á los que no pueden ó no saben defenderse. Luego que fué derrotado en San Jacinto, sin andarse con escrúpulos ni pararse en pelillos, acusó de esta desgracia á dos de sus ayudantes que quedaron muertos en el campo de batalla. En la Angostura atribuye á un simple soldado que se desertó, el no haber obtenido un triunfo decisivo. Ahora, en Cerro Gordo, no sabiendo á qué carta quedarse, ni sabiendo á punto fijo á quién echarle la culpa, si no se culpaba á sí mismo, pues ni lo que pasaba sabía, pega con los infelices de la Guardia Nacional de los Estados de Puebla y Veracruz.

"No hay hoy quien ignore que el General Santa Anna tenía en su posición á más de diez mil hombres y que la mayor parte de ellos eran permanentes y activos. Cuatro mil, se nos dijo y se repitió hasta el cansancio, que componían la brigada que bajó del Potosí, y dos mil salieron de México, sin contar los que se hallaban en el Puente, ni hacer caso de los milicianos, ni enumerar, entre unos y otros, á los artilleros. Siendo esto así, como lo es en efecto, no es menos evidente que el General Santa Anna, si no tenía más, tenía por lo menos (á) siete mil hombres de línea. ¿Y es posible que la inexperiencia de dos mil milicianos, confundidos entre siete mil veteranos, haya podido sernos funesta?"

Sobre el número de fuerzas, creo que no tiene mucha discrepancia el Sr. Santa Anna, porque, á fojas 35 de su cuaderno, dice: "Las fuerzas que logré reunir y emplear en la defensa improvisada de Cerro Gordo, no pasaron de seis mil infantes y de mil quinientos caballos. No comprendo en el número total (á) los mil hombres que de la ciudad de Puebla llevó á sus órdenes el General D. Manuel Arteaga". Eran, por tanto, ocho mil quinientos combatientes por lo menos.

Los contrarios, por más que se pondere, no pudieron pasar de nueve mil, y así es que las fuerzas eran casi iguales: los nuestros en alturas, en puntos militares formidables y con algunas fortificaciones; los otros tenían que atacar é ir venciendo dificultad por dificultad para conseguir el triunfo. Es, pues, un caso contenido en la ordenanza, por el que debe procesarse al General á fin de que en tela de juicio se pesen sus disculpas y se averigüe en qué consistió y á quién ha de atribuirse pérdida tan vergonzosa.

 

Abandono de Puebla.

 

Derrotado el General Santa Anna en Cerro Gordo, y retirados sus restos á Orizaba, allí logró formar un Ejército con ellos y la Brigada del Sr. General León. Con estas fuerzas fué S. E. sobre Puebla, en cuya ciudad entró y salió como exhalación, porque dice S. E. [fojas 44] "que los cinco mil hombres que le supongo, son un sueño de tantos que se forjan para atacarlo y cargar sobre él las culpas de otras personas de quien nada se dice”.

Estamos ya en un caso en que los discursos y peroraciones son inútiles, y que sólo las pruebas, consistentes en los documentos oficiales y los públicos, sean las únicas que demuestren la realidad de los sucesos.

En 9 de mayo de 1847, mandó el Sr. Santa Anna un oficio al Ministro de la Guerra [véase El Monitor de 12 de mayo], participándole que desde su llegada á Orizaba se había dedicado á organizar guerrillas de infantería y caballería en aquella demarcación y en las de Córdoba y orillas de Veracruz; que había organizado tres batallones con mil cuatrocientos sesenta hombres, construido cuatrocientas fornituras para la infantería, algunos schacós y prendas de vestuario, de modo que por sus esfuerzos "contaba ya, para poner en movimiento, cuatro mil quinientos hombres de todas armas, siete piezas de artillería, y dice: hoy se encuentran estas fuerzas en marcha para la ciudad de Puebla, donde entrarán el día 12 de mayo. "

El día 15 escribe S. E. desde San Martín Texmelucan lo siguiente [Monitor del día 17 de mayo]: "Toda la población de esta hermosa ciudad [Puebla], se conmovió al entrar mi División, dando señales del más vivo entusiasmo. Yo tuve trabajo para caminar, porque millares de ciudadanos me rodeaban victoreando á la independencia y á la República y pronunciando palabras que explicaban el odio que profesan á nuestros invasores.

En estos momentos, diversas sensaciones tuvo mi corazón, porque veía á un pueblo animado que me pedía con empeño armas para defenderse, dando las más patentes señales de amor á la libertad de su patria. Lo que ha faltado en aquella ciudad, Exmo. Sr., son hombres que lo muevan en provecho de la causa nacional”.

Recuérdese que el Sr. Santa Anna dice, á fojas 43, "que el Sr. Furlong puso á su disposición unos piquetes que llegarían á doscientos hombres. " ¿Y qué, con los cuatro mil quinientos que en su parte dijo llevaba, estos doscientos, con los que se completaban cuatro mil setecientos, la artillería que traía y la que encontró en la ciudad, y sobre todo con ese pueblo tan entusiasmado, no podría contener al invasor y hacer que se estrellara en aquellos muros? Para esto será de necesidad que veamos cuáles eran las fuerzas enemigas que se presentaban sobre Puebla.

Por la proclama del Sr. General D Gabriel Valencia, de 14 de mayo [Monitor de 15 de mayo de 1847], que tengo delante, se nos dice: Que el Supremo Gobierno se había servido disponer marchara á socorrer con un cuerpo de Ejército á las tropas que se hallaban en Puebla para resistir al invasor, por lo que no podía menos de dirigirles la palabra y manifestarles lo que copio: "Mexicanos: un puñado de hombres, una fuerza despreciable é insignificante es la que dentro de pocos días se hará dueña de la ciudad de Puebla, con eterno oprobio de nosotros. Cinco mil hombres en dos secciones, con unas cuantas piezas de artillería, es todo el Ejército que viene contra aquella ciudad y que en seguida caminará contra ésta”.

El Nacional de Atlixco, periódico oficial, trae la noticia de la entrada de los americanos en Puebla [Monitor de 21 de mayo], y pone el relato con tanta extensión y minuciosidad, que el que quiera imponerse de ese infausto acontecimiento, allí encontrará satisfecha su curiosidad.

Refiere el mismo periódico los siguientes pormenores: "Las menudencias que forman el aspecto general del Ejército, son cuanto el mal gusto y la economía pueden producir de ridículo, sórdido y asqueroso. Ni el armamento ha parecido ser cosa extraordinaria. ¿Cuál sería, pues, mi desengaño y el del mundo entero cuando en vez de los Centauros que esperábamos, vi adelantarse una centena de hombres de facha patibularia, uniformados con pobreza, muchos de ellos en camisa, armados con sable, carabina y pistolas de clase común: y sus caballos, si bien corpulentos, lerdos y desgarbados como todos los de su raza, mal montados, y por todo jaez un albardón y una brida sin paramentos, ni especie alguna de adorno? Esto es en cuanto á los accesorios; por lo que hace á la gente, sólo diré á U. que por diez buenas tallas se podían señalar otros tantos hombres enclenques, raquíticos y hasta lisiados; añadido á esto el manifiesto y asqueroso desaseo de todos estos hombres, cate U. el conjunto de aspecto menos marcial, y que llamaría aún repugnante, á no estar sazonado por algunas caricaturas que no podían menos que arrancar la risa.

"Los pormenores numéricos los encontrará U. en la adjunta nota, que contiene el orden de la entrada:

 

Hombres

Cañones

"Un piquete de caballería

100

"Cuatro cañones ligeros

4

"El General Worth con un cuerpo de infantería con música

1320

“Dos cañones

2

"Un cuerpo de infantería con música

500

"Dos obuses

2

"Un mortero

1

"Dos cañones de á 24

2

“Un cuerpo de infantería con música

640

"Uno ídem, ídem

350

"Tres carros con gente

“Dos cañones

2

"Un cuerpo de infantería con un General

480

"Otro ídem

440

"Doscientos carros

"Infantería custodiándolos

400

"Total

4230 [4]

13

"¿Cómo, pues, han hecho lo que han hecho? ¿Cómo han derrotado sin cesar á nuestro Ejército, que les hace ventajas no sólo aparentes, porque es para mí ya fuera de cuestión, sino, á mi ver, reales y positivas?"

Expone S. E., en el referido parte del día 9, que no ascendía á 25, 000 ps. lo que había juntado para socorrer á su División en los días trascurridos de la acción del Cerro Gordo á aquella fecha, y entiendo que S. E. ha de haber padecido equivocación, porque en el manifiesto del Estado de Veracruz que he citado, se lee, por el fragmento publicado en El Monitor de 19 de diciembre de 1847, esta razón: "Desde el primer General hasta el último soldado de los que entraron á Puebla, hablaban de Santa Anna en los términos más deshonrosos, protestando los primeros que no volverían á servir bajo sus órdenes; pero sólo fueron vanas protestas, por lo que después se ha visto. Salieron las tropas para San Andrés desmoralizadas y de muy mala gana, habiendo recibido en Puebla cuarta parte de paga y llevando para Santa Anna 21, 000 ps. en plata; porque desde que hizo alto en Orizaba, no cesa de pedir dinero al Gobierno, diciéndole que diariamente se duplican las fuerzas que tenía y que muy pronto presentaría un Ejército mayor que el perdido en Cerro Gordo. Sumando todas las cantidades que le mandaron, las que recibió de Orizaba y Puebla y el producto de maíz que vendió del Obispado, en quince días había recibido, para los pocos soldados que tenía, 120, 000 ps., y esta fué la miseria con que luchó, según dijo al Congreso en el escrito que presentó, etc”.

Inútil consideró referir su salida para Amozoc con el fin, según decía, de atacar á los americanos y contenerlos. Allí sucedió lo que de costumbre: se fatigó al soldado, se le hizo hacer evoluciones inútiles, y, por último, retirársele violentamente acobardándolo y sofocando sus impulsos de moralidad y patriotismo.

Un periódico refiere de esta manera su salida [Inserción en El Monitor de 22 de Octubre de 1847]: "Sabedor Santa Anna de que el enemigo había llegado á Amozoc, se reía de los avisos que le daban, diciendo: "No hay cuidado, ya los quitaremos de en medio"; aludiendo seguramente al ataque que pensaba darles, con cuyo objeto mandó hacer requisición de caballos, y recogió en un día mil cuarenta, según nos dijeron, de los vecinos de Puebla [excepto sólo los extranjeros], de los viajeros que entraban y salían por las garitas y de los pasajeros que estaban en los mesones. A las nueve de la mañana del día 21, se presentó como á una legua del pueblo de Amozoc, por el camino de Puebla, del cual regresaron al pueblo con la noticia de haberlo encontrado los mozos que iban á la ciudad por pan; los enemigos, descuidados y sin saber nada, alarmados con el movimiento, averiguaron la causa, tocaron generala y en poco tiempo se pusieron sobre las armas y listos para el combate. El General Santa Anna pasó por la falda de los cerros de Oriente con una fuerza como de dos mil caballos, pues ocupaba más de una legua de terreno, distinguiéndose perfectamente toda su línea y la de los enemigos desde la altura del rancho de San Nicolás, donde nos hallábamos; cuando la medianía de la caballería pasaba frente al centro de la línea del enemigo, rompió éste el fuego de su artillería, á cuyo segundo tiro perdieron los nuestros la formación, y al tercero se retiraron en distintas direcciones, lo que, visto por el enemigo, puso en juego las demás piezas.

"Algunos vecinos de Amozoc, que iban huyendo, encontraron á un jefe de caballería con algunos dragones, que les preguntaron ¿cuál era el camino?; ¿el de Puebla ó el de Acajete? respondieron; por donde Dios me ayude, replicó el oficial. Con lo que hemos visto en Cerro Gordo y en Amozoc, ya no nos queda esperanza alguna; nos parece que están enseñando á huir á nuestros soldados.

"Al General Santa Anna le llevaron á Puebla un correo que se presentó con pliegos del enemigo, y el General le impuso la condición que á nadie dijera que se había presentado, sino que lo habían cogido”.

En esto habrá sus más ó menos exageraciones, pero en sustancia sí quedan vistos y demostrados el número de tropas y los elementos que tenía el General Santa Anna para defender á Puebla, y por otra parte, las fuerzas y cañones del enemigo. El respetable Jurado y el pueblo mexicano calificarán si debió haberse hecho resistencia, ó si fué prudente y justa la retirada.

 

Abandono del camino de Puebla á México y del que conduce de Ayocingo á Tlálpam.

 

Por dos ocasiones he manifestado al Sr. Santa Anna, y por la prensa, que su disposición de abandonar á los enemigos el camino de Puebla hasta Chalco es en extremo misteriosa. He dicho con este motivo que el camino presenta muchos y diversos puntos de tal defensa, que se hacen casi inexpugnables; que los montes fueron desbastados (sic por devastados) de orden del Gobierno, para que nuestra artillería pudiese obrar y la arboleda no sirviera de refugio á los americanos; pero que de todas estas eminentes ventajas, ningún provecho se sacó, y los invasores pasaron con todo espacio y comodidad, como atraviesa uno un pasadizo de su casa.

Me responde S. E., á fojas 44, á todo este cargo poderoso, "que los mismos motivos que le impidieron hacer la defensa de Puebla, influyeron para no defender el camino que conduce de aquella ciudad á Venta de Córdoba, y que sólo en Río Frío encontró derribada alguna arboleda del Pinal”.

Es una notable alucinación la que padeció el Sr. Santa Anna al figurarse por unos cuantos árboles el crecido destrozo y desbastación (sic por devastación) que se hizo en el monte. Ya yo he pedido á los Sres. de la Sección del Gran Jurado que se examine al Sr. D. Germán Landa, propietario de aquellos bosques, si no es cierto que se derrumbaron cerca de trece mil árboles para obstruir el paso al enemigo.

La influencia de los motivos que tuvo en Puebla para no resistir, nada supone, porque, prescindiendo de que aquéllos fueron ningunos, las circunstancias varían absolutamente.

Tenía el General Santa Anna tropas bastantes que tender en el camino; Scott, aturdido con su ventura y preparando el nuevo golpe sobre México, se detuvo en Puebla cerca de tres meses, tiempo infinitamente sobrado para llenar de escombros el tránsito, erizar de parapetos la montaña en sus bellísimas y sobresalientes posiciones, para ir defendiendo el terreno palmo á palmo y con poca pérdida, de manera que cuando acabasen de salir los americanos á las lomas descubiertas de Córdoba y Buenavista, quedaría disminuido su Ejército en la mitad, con lo que hubiera sido un acto de demencia descender á las llanuras y ensenadas del Valle de México y, más que todo, intentar rendir la Capital.

No es lo mismo esto que venir el Ejército íntegro, descansado, bien comido, sin ser fogueado ni interrumpido para nada, y sin que le faltara un hombre, una cabalgadura, uno solo de sus trenes, ni alguna arma ofensiva.

Manifiesta el Sr. Santa Anna que su objeto era atraerlos hacia la Capital, bajo cuyos muros juzgó que debería rendirlos. No se olvide esto para lo de adelante; mas si tal fué su proyecto, ¿entonces para qué fueron las fortificaciones del Peñón? Se me dirá desde luego que tal cosa se hizo con la mira de que no avanzaran hasta las garitas de la ciudad; y yo contestaré que por ese mismo raciocinio debió habérseles contenido y acribillado en los sitios escarpados y montuosos, y que por el propio principio debió habérseles salido al encuentro en el camino de Ayocingo á Tlálpam.

Carezco de voces para ponderar hasta donde debo la clase de camino que es el que acabo de indicar; quitado el espacio que media de la hacienda de Tetelco á la salida del pueblo de Tepeyahualco, los otros dos pedazos, que son de Ayocingo al mismo Tetelco y de San Gregorio á los planos de Olmedo, el sendero es tan angosto, que tendrá tres varas y media de ancho; por un lado cerros escabrosos y difíciles de vencer, y por el otro la laguna de Chalco, honda y pantanosa, en una extensión de muchas leguas Los dos tramos unidos pueden ser de cuatro y media leguas; ningún otro sendero ó vereda hay para carros y artillería, y en muchos parajes el acceso es impracticable aún para los hombres de á pie. Creo que en el mundo no habrá posiciones semejantes; pero si las hubiere, han de ser muy raras y contadas.

Pretende S. E. disculparse con decir que él no se propuso defender el camino [fojas 46 y 47]: que si yo hubiera previsto su plan y examinado sus elementos, habría conocido que su situación le impedía tomar la ofensiva después de los reveses sufridos; que con ningún otro ejército contaba en el evento de una desgracia.

Puedo yo también preguntarle á S. E. ¿qué descalabros se sufrieron de Puebla hasta Tlálpam? Ninguno ciertamente; y si S. E., con la mitad de la fuerza, molestando al enemigo, hubiese sido vencido, todavía le quedaban de diez á doce mil hombres con que hacerle frente.

Se da también por disculpa la conservación de la Capital, con cuyo fin se puso á tres leguas la fortificación del Peñón. Es tan absurdo este descargo, como lo sería que un particular, pretendiendo defender la avenida principal de su casa, dejase expedito y sin defensa otro sendero inmediato y paralelo que viniese á dar rectamente á un costado de la finca.

El camino del pie de la montaña, que viene á proporcionar la entrada á todos los lugares que circundan á México por el Sur y Occidente, es muy conocido al Sr. Santa Anna en razón de que por él ha pasado otras veces; que por él vinieron, según refiere la historia, los primeros conquistadores españoles, y porque en las comunicaciones cogidas al Ingeniero americano Rojers, las que salieron en el Diario del Gobierno, se indicó que tal rodeo era conveniente al Ejército enemigo para acercarse á la ciudad de México.

S. E. no podía olvidar estos particulares, y más, reflejando que era imposible se decidieran los americanos á avanzar rectamente por una lengüeta de tierra y estrellarse contra el Peñón, teniendo inundados ambos laterales.

Sin ser yo militar, así lo conocí, y por eso me avancé á suplicar al Sr. Diputado D Bernardino Alcalde se sirviera hacerle la correspondiente indicación. Es cierto que, según dijo después el Diario, nada le participó, porque no lo consideró conveniente; pero S. E., que debía estar con la vigilancia de una águila, ¿por qué no ocurrió después á remediar este mal en los días 16 y 17 de agosto, y más, cuando yo mismo escribí con lápiz un papel desde el cerro de Santa Cruz Natívitas, participando que aun no pasaban los americanos, que aun había oportunidad de contenerlos y que seguro era que con cualesquiera fuerzas se les haría imposible su prosecución adelante? ¿Qué fuerzas mandó S. E., qué parapetos ú obstáculos puso por allí, qué aprecio hizo de todo lo que se decía? Luego, su fin era dejarlos avanzar y que pasasen salvos é incólumes, sin que les fuera á suceder lo que al Cónsul Postumio y sus legiones romanas en el sitio de las Horcas Caudinas del país de los Samnitas.

No es dable prescindir de la consideración de que las divisiones americanas, aunque no vinieran como iban, por escalones, sino compacto el Ejército, debía ser por lo menos de cuatro á cinco leguas la extensión que ocupasen, porque no pueden caber en menos trecho 9, 000 y pico de hombres de infantería, 1. 200 carros con sus tiros acordonados, varios atajos que traían, los trenes de artillería y los 400 ó 600 hombres de á caballo.

Cuantas personas los vieron caminar, prácticamente decidirán en el acto si con corta resistencia ó cualquiera estorbo podían ser parados, obstruidos, cortados y mortificados incesantemente, sin concederles algún tiempo para descanso y refacción.

Fué tal la admiración de los americanos cuando, en vez de encontrar la muerte, hallaron su salvación, que por muchos días no salieron de su estupor, y así lo escribieron á Norte América, quejándose del General Scott, pues decían que deberían haber quedado en aquel estrecho como quedan los insectos dentro de un tubo ó cañón.

 

Descuido en no haber atacado á la División enemiga entre Tepepa y Tlálpam.

 

Todavía en la mañana del día 17 de agosto, había remedio. El General Worth se había adelantado con una brigada de 2, 800 hombres y cuatro ó seis piezas ligeras; pasó la hacienda de Olmedo, ocupó (á) Tepepa y bajó al llano que está antes de llegar á Tlálpam. Sólo estaba oponiéndose el Sr. Pérez Fernández, Teniente Gobernador del Estado de México, con una guerrilla de treinta á cuarenta hombres.

La tropa del General Santa Anna estaba á un lado del llano, en la hacienda de San Juan de Dios y calzada de Tlálpam; y cuando vio bajar á los americanos, se dio orden de dejar el campo, como se verificó, por aquellas muy buenas fuerzas, compuestas de armas de todas clases.

He manifestado en mi acusación estas preciosas ventajas que desechó el Sr. Santa Anna, ya por la posición del terreno; ya por el corto número de los enemigos; ya por la incapacidad que se les diera auxilio á éstos, porque el mismo camino impedía todo pronto socorro, y ya por el aliento que hubieran cobrado nuestros soldados.

Responde S. E. á este cargo lo mismo que al anterior: "Que él se propuso defender nada más la Capital", y la consecuencia fué que dejara entrar, impávidos y orgullosos, á los invasores en el referido Tlálpam. La toma de este pueblo fué para ellos como un verdadero triunfo, que les proporcionaba cuarteles, hospitales, amplias y cómodas casas, abundancia de frutas, pastos y aguas, reses y granos de las haciendas inmediatas, descanso para su gente, lugares propios para los carros, y, sobre todo, la inmediación á México, á la que flanquearían, dejando olvidados los fortines del Peñón y Mexicalcingo, que defendían el frente ó la banda oriental. No había más óbice que los parapetos de la hacienda de San Antonio, que podían ser esquivados, pasándose las tropas á ocupar los pueblos de San Ángel, Coyoacán, Mixcoac, Tacubaya, etc., y atacar á México, como luego lo hicieron, por el rumbo de Occidente.

Aquí toca volver á tratar de la especie de la carretela de que hice referencia en mi acusación, y por lo que me supone un cándido en haberme alarmado, figurándome que de intento se pusieron á hablar los que iban en ella con el jefe que venía á la vanguardia de los americanos.

Será en efecto una candidez ó nimia preocupación; pero como á los hombres no les es permitido desprenderse de las ideas que inculcan las apariencias públicas, séame lícito decir las que aquí mediaron, para que se decida si en efecto á cualesquiera otros les hubiera acontecido lo mismo que pasó por mí.

Primera circunstancia: —La de haber sido esa carretela del General Scott, es decir, del mismo que nos atacaba. Segunda. — La de haberse quedado sola en el pueblo cuando todos los carruajes se habían marchado por diferentes direcciones, huyendo de los americanos. Tercera — Haber pretendido salirles al encuentro [lo que no consiguió por estar descompuesto el camino por donde quiso ir] y haberse vuelto, en consecuencia, á esperar en la esquina de la plaza. Cuarta. — Salirles á su llegada, cuando ya venían por el costado de la parroquia, y pararse buenamente, como lo vimos, á la distancia de ciento cincuenta ó doscientas varas.

Ahora pertenece á mi vez preguntar al Sr. Santa Anna:

¿Podrá creerse buenamente lo que dice S. E., que sólo por un efecto de curiosidad y ver la entrada, se quedó únicamente aquel carruaje en la población? ¿Podrá también persuadirse uno que el tiempo que estuvieron hablando con los americanos, fué porque les preguntaban dónde vivía el Alcalde, cuando á poca distancia lo tenían, con un pequeño grupo del vecindario, al mismo que puse por testigo de aquella conversación y el tiempo que duraron? S. E. no niega la anécdota y sólo varía en las causas que la motivaron. Saber la verdad es imposible, y así cada cual calificará según la más ó menos fuerza que le den los incidentes referidos.

Yo no conozco al joven hermano político del Sr. Santa Anna, y ni sé si es poco á propósito para desempeñar una comisión delicada, como asegura S. E.; pero hay tan diferentes clases de encargos en la vida, que no es preciso poner al conocimiento de ellos á los que sean sus conductores, quienes quedarían tan inocentes como antes.

 

Batalla de Padierna.

 

Posesionado el General Scott de la ciudad de Tlálpam, no tenía más que dos arbitrios para acercarse y asediar la Capital: el uno, forzar el punto de San Antonio, lo cual no le hubiera sido muy fácil, si no era perdiendo de tres á cuatro mil hombres, ó rodear por la Peña Pobre á salir al camino de Contreras, y de allí podía muy bien, aun sin haber atacado á Churubusco y Chapultepec, cargar todas sus fuerzas, que estaban íntegras, sobre las garitas de Vallejo y albarrada de San Cosme.

El General Valencia conoció, en mi concepto, que la llave de todas estas entradas era la salida del Pedregal y paso del arroyo de La Magdalena, por los mejores senderos que allí hay, que son pertenecientes á los ranchos de Padierna y de Ansaldo.

Enfrente del primero están unas lomas altas, nombradas de Peloncoahutitlán, que dominan completamente el vado del río, y que, para tomarlas de frente, en actitud hostil, había de costar mucha sangre. Aquí fué donde se colocó el General Valencia, levantando como se pudo, en pocos instantes, un humilde y reducido parapeto, donde colocó su artillería. Más adelante, en la casa de Padierna, puso algunas de sus tropas, que se avanzaban al interior del Pedregal. El total de sus fuerzas no llegaba á cuatro mil hombres.

He referido en mi acusación cuál es la situación de Ansaldo, dónde está el pueblo de San Gerónimo y cuáles las lomas del Toro y del Olivar de los Carmelitas. También allí he dicho la posición que guardaban el campo del Sr. Valencia, el del Sr. General Santa Anna y el del enemigo; cómo intentaron pasar éstos el no y cómo se volvieron corriendo, cuando se desprendió una fuerza del Sr. Santa Anna para irlos á contener; pero que desgraciadamente no tuvo efecto, porque mandó una contraorden S. E., en cuya virtud, no habiendo obstáculo que los embarazara, se adelantaron á flanquear por San Gerónimo, encontrándose á la salida de este pueblo con una pequeña fuerza del General Frontera, que fué envuelta, muriendo con las armas en la mano este bizarro mexicano, sin que le fueran á dar auxilio alguno, sin embargo de que á corta distancia estaba el Sr. Santa Anna con su División, la cual presenció toda la refriega.

Pero á esto responde S. E. que tenía una barranca intermedia que no podía atravesar; y yo, replicándole, le diré que estoy cansando de pasarla á caballo muchas veces, y que la infantería la puede atravesar sin incomodidad alguna, sobre cuya verdad apelo á todos cuantos conocen esos sitios. Mas ni esto era necesario, porque el puente estaba de nuestra parte, y por él pudieron muy bien haber ocurrido violentamente al socorro y á apoderarse del pueblo de San Gerónimo, que debía servirles infinito á los americanos.

Dije igualmente en mis ampliaciones que S. E. se contentó con tirar unos seis tiros de cañón y marcharse á pernoctar al pueblo de San Ángel, dejando así á los invasores que llevaran adelante su intento de flanquear al Sr. Valencia, quitándole todo auxilio, y caerle con todas sus fuerzas, que no bajaban de ocho mil hombres, con lo cual sería derrotado sin duda, porque era imposible que resistiese á la fatiga y á un número muy superior de combatientes.

Pasaba esto la tarde del día 19 de agosto de 1847. Los americanos habían colocado sus inciertas baterías en el portezuelo del cerro de Zacatepec; en el llanete que está en la falda del Sur, estaba la mayor parte de la fuerza, internándose al Pedregal con dirección á Padierna, y como dos mil hombres tomaron la vereda para Ansaldo, de los que avanzaron más de mil hasta San Gerónimo. En la noche, el mayor número de tropas tomó por este mismo rumbo, siempre con el fin de cortar y arrojarse sobre el Ejército del Sr. Valencia. La División del Sr. Santa Anna podría llegar á cerca de cuatro mil hombres de infantería y como mil de caballería, con lo que es claro que las fuerzas se hubieran nivelado, sin contar con los socorros que de los puntos inmediatos hubieran volado instantáneamente.

Retiróse, como he dicho, el Sr. Santa Anna, la noche del 19, á San Ángel. A la madrugada del 20, atacan el campo nuestro por todas partes, y fué preciso sucumbir, perdiéndose la artillería. La caballería se abrió camino, y muchos pelotones de valientes dispersos se fueron retirando, haciendo fuego.

Tal desastre acontecía al alborear de la mañana, entre cuatro y media y cinco, y eran dadas las siete cuando volvió á salir el Sr. Santa Anna para ver lo que había sucedido, por lo que á poco andar se fueron encontrando los dispersos y se supo la desgracia.

Alega S. E. que se fué á San Ángel, porque estaba cerca y no quería que la lluvia imposibilitase las armas, pues los fusiles eran de chispa y los que portaban los americanos eran de pistón.

San Ángel no está tan inmediato como se figura, porque dista como legua y tres cuartos de aquel teatro; no es cierto tampoco que todos los fusiles americanos fuesen de pistón, y apelo para la prueba á todos los que vieron á los soldados enemigos, porque, exceptuando uno ó dos cuerpos que los traían, los demás eran de chispa, y casi semejantes á los nuestros. Además, este inconveniente se podía haber salvado de varios modos y particularmente con tomar á todo trance posesión del pueblo de San Gerónimo, en cuyas casas é iglesias se hubiera refugiado bien la gente, y con esto quedaría á tiro de fusil del Sr. Valencia y desesperados los americanos, porque, después de sufrir toda una noche de inclemencia, no habrían podido poner en práctica sus ya declarados pensamientos.

Prueba tanto esa razón de la diferencia de armas, que los americanos, para vencer, no más deberían haber aguardado á que lloviese, seguros de que podrían matar á su gusto, sin que nada les pudieran hacer los fusiles mexicanos.

Dirá S. E. que San Gerónimo estaba ya por los americanos; pero ésta es precisamente la falta cometida, porque cuando llegó S. E. aun no estaba ocupado, y pudo muy bien haber tomado posesión, bien yendo por la carretera principal, ó bien por los senderos conocidos, que he sabido le indicaban el Sr. Diputado D. José del Río y el Sr. D. José del Villar, Diputado por el Estado de México, los que conocen á palmos aquella tierra, por tener en ella sus propiedades.

Alega el Sr. Santa Anna en su cuaderno, fojas 50, que su ánimo era el que las divisiones de los Generales Valencia y Álvarez distrajesen al enemigo por retaguardia, cuando atacase nuestras posiciones fortificadas; y que con profunda indignación se impuso de que se había empeñado el primero en resistir y permanecer en las lomas de Contreras.

La instrucción que se dio á los Sres. Álvarez y Valencia fué en 11 de agosto, cuando se creía que Scott caminaba en derechura y atacaría el Peñón Viejo; pero sabiéndose posteriormente que se había pasado á Chalco para dirigirse á Tlálpam, debieron variarse, supuesto que al Sr. Valencia se le mandó situar en el pueblo de Coyoacán, que queda por rumbo muy diverso del de Texcoco y de la ruta que se le había designado.

Si es cierto que el Sr. Álvarez tenía orden para atacar por retaguardia y cortar la retirada, ella no aparece, pues en el citado oficio de 11 de agosto, dirigido al Sr. Valencia á Texcoco [fojas 147], simplemente se dice que ya se le habían hecho á aquel General las prevenciones convenientes. Por otra parte, en el Diario de Operaciones que dio el Sr. Álvarez con fecha 25 de agosto [fojas 174], hablando de lo que hizo el día 19, asegura que vio desde Tepepa, que está á tiro de cañón de Tlálpam, estarse batiendo en Padierna y Zacatepec, y que por tal razón dio orden á sus brigadas para que avanzasen, porque creyó que era llegado el momento de atacar á toda costa. ¿Pues por qué no se hizo, qué fué lo que sucedió? - - - - De esto nada se dice, y aquí queda concluida la razón del día - - - - -

Otra cosa, señores, hubiera sido, si de facto manda el Sr. Santa Anna exprofeso que atacasen á Tlálpam. El triunfo hubiera sido seguro y violento, porque no había fuerzas que le defendieran; los carros estaban esparcidos en diferentes parajes; su mulada y la de los trenes, desguarnecida, y los carreteros, diseminados y sin preparación. Figúrese, pues, cuál habría sido el botín, estando allí el tesoro, el acopio de víveres y géneros y todos sus medios de trasporte. La pérdida hubiera sido tan irremediable, que, aunque no dejaran con vida (á) un solo mexicano en Padierna, no podrían haber dado un paso para adelante. Si ésta no era la derrota y el fundamento de su rendición, cualesquiera imparciales calificarán lo que sea; luego, por todas estas causas es muy presumible de que ellos estaban seguros con que no se les había de molestar á su retaguardia ó su Cuartel General.

De este mismo capítulo nacen dos cuestiones, que es de necesidad tocar, aunque sea muy vagamente.

Primera. —¿Era de sostenerse el punto de Padierna?

Segunda. — ¿Desobedeció criminalmente el Sr. Valencia al Sr. Santa Anna, y era digno de que por esta causa se dejase entregado á sus propias fuerzas?

Acerca de la primera, me redime contestar mi ninguna inteligencia en el arte militar. Mas, á pesar de ello, creo que se podrán hacer aquellas reflexiones que sugiere la razón natural y que confirmó una triste experiencia cuando ya no había remedio.

Quedando libre y expedito el camino de Padierna, y el Sr. Valencia en Coyoacán, ¿quién les estorbaba venir cómodamente y por camino carretero hasta los suburbios de la ciudad, dejándose á un lado los parapetos de San Antonio, Churubusco y Mexicalcingo? No sería factible que estos dos últimos puntos tuviesen que ser abandonados, para no ser flanqueados y cogidos por la espalda?

Sucedería, pues, lo que luego se realizó en parte y presagiaba el Sr. Valencia en las cartas particulares dirigidas á los Sres. Tornel y Santa Anna, cuyos documentos obran á fojas 59 y 60 del cuaderno á que me voy refiriendo.

En la primera le dice:

"San Ángel, agosto 18 de 1847.
"Mi muy estimado amigo:
"Acabo de recibir una orden de nuestro amigo el Sr. Santa Anna, para que al amanecer abandone todos estos puntos y marche para Churubusco. Si tal hiciera, amigo mío, sin hacer las reflexiones que me dicta(n) mi patriotismo, mis escasos conocimientos militares y mi amistad al Sr. Santa Anna, incurriría en una grave falta y estaría convencido que hacía una traición á los más sagrados deberes.

"Por tales razones, no he podido menos de hacerle todas las reflexiones que me han parecido justas, haciéndole ver el mal, para que varíe su providencia, y yo espero ponga U. en acción todo su influjo para que sean escuchadas con calma y benignidad, pues al contrario, se pierde(n) la República, nuestro amigo y todos nosotros: ya me parece veo entrar las columnas enemigas en San Ángel, y que, poniéndose á la hora á una legua de retaguardia de nosotros en la Piedad, tenemos que echar á correr en un desorden espantoso para México, por la única calzada que nos queda, que es la de San Lázaro, y la cual resultará flanqueada también por la del Niño Perdido”.

La otra carta para el Sr. Santa Anna está redactada en esta forma:

"Mi apreciable amigo y compañero: ''Contra mis deseos, contra la conducta que he observado siempre con U., pero precisado por un deber de conciencia, como un amigo leal de U., como mexicano y como General en Jefe, atando ya con los ojos me parece ver la pérdida de este Ejército y de mi patria, donde abandonemos un punto y por él pueda el enemigo, saliendo de su difícil posición, atacarnos de flanco y aún envolver la nuestra, pues tal sucedería, si al amanecer encontrase descubierto el de Padierna, ha sido la causa que me ha estimulado á poner la comunicación que con esta fecha dirijo á U. por el Ministerio de la Guerra”.

Véase, pues, la importancia que se daba á Padierna y los resultados que se esperaban, si no fuese sostenido, los que se vieron casi realizados en la mañana del 20. De este sentir fueron muchos respetables Generales, á quienes he oído, y aún los periódicos de los americanos, de los que cité algunos en la respectiva ampliación.

El otro punto, relativo á su desobediencia, es más sencillo de resolver.

Había puesto el Sr. Valencia, con fecha 18 de agosto, un oficio [obra á fojas 153], en que le comunica lo que copio:

"A las once de la mañana tuve noticia se movía el enemigo con dirección al punto de San Antonio, como tuve el honor de participarlo al Exmo. Sr. Presidente; mas á poco rato mis guerrillas se comenzaron á tirotear con el expresado enemigo, quien también destinó una fuerza de 200 caballos, mil infantes y dos piezas, para hacer el reconocimiento de la posición que ocupaba este Ejército en Padierna; mas habiéndoles matado (á) un hombre y (á) un caballo á nuestra vista en el cerro de Zacatepec, la caballería se abrigó á la falda de dicho cerro y la infantería volvió á Peña Pobre. Puedo asegurar á V. E. que, después de los trabajos que han dado lugar tanto en las veredas como en el campo atrincherado que he levantado en Padierna, creo muy difícil logren su intento, etc”.

A este oficio había precedido otro, en que le decía [fojas 152]:

"General en Jefe"
"Exmo. Sr:
"Ahora que son las cinco de la tarde, he recibido la comunicación de V. E., en que se sirve prevenirme, de orden del Exmo. Sr. Presidente, emprenda la marcha, al amanecer de mañana, para Coyoacán, en donde permaneceré con este Ejército, adelantando la artillería al puente de Churubusco y á su fortificación. Desearía yo, Sr. Exmo., dar contestación á esta orden, como lo he hecho á las demás; pero, por desgracia, me es imposible, en razón de que mi conciencia militar y patriótica me hace, con presencia de los sucesos, ver la cosa de un modo que creo la causa nacional va de por medio en el abandono de estas posiciones y del camino que de San Agustín viene á salir á Padierna y á este punto. Para mí es claro como la luz del día que el enemigo emprenderá su ataque, si no es mañana, lo será pasado; pero haciéndolo á la vez por dos puntos naturales, cuales son el de San Antonio y Churubusco y el que defiende el Ejército de mi mando; que al uno dará ataque falso, mientras que al otro se hará con todo tesón; pero que si encontrara abandonado uno de ellos, al comenzar á moverse, suspendería su movimiento sobre el cubierto, hasta dar lugar á sus fuerzas á que, haciendo una marcha violenta, se pusieran en aptitud de batir por el flanco al que quedaba y envolver su posición. De tal modo creo sucederá, si se abandona esta entrada, y el Ejército mexicano se verá atacado por su flanco y su frente, á la vez que el enemigo, si no le pareciere obrar así, queda el campo libre para acercarse sobre la ciudad impunemente, marchando los que hayan venido por este pueblo, en aptitud de dirigirse en seguida para México, ya sea por el camino recto al Niño Perdido ó ya por el de Mixcoac á La Piedad ó Tacubaya. No puede creer V. E. lo sensible que me es el asentar lo expuesto; pero mi doble responsabilidad para con mi patria y para con mi Gobierno así me lo exige, y creería traicionar en ambos sentidos, si yo no lo manifestara en cumplimiento de mi deber y descargo del porvenir”.

¿Qué frase altanera, descomedida ó que incluya insubordinación se nota en alguna de estas comunicaciones? Es por el contrario: todas ellas respiran respetuosidad, aprecio al Sr. Santa Anna y puro patriotismo.

¿Y qué fué lo que hubo contestado S. E.? Se opuso acaso á la defensa de Padierna? No, señores, pues en la respuesta del mismo día [fojas 154], después de hacer un relato y ligeras observaciones sobre lo que se había comunicado, termina así el Sr. (General Lino José) Alcorta, Ministro de la Guerra: "Mas sea de esto lo que fuere, el Exmo. Sr. Presidente no puede manifestarse indiferente á las razones vertidas por V. E., porque en su patriotismo y conciencia militar no se considera inferior á los de otro mexicano; por esto, pues, conviene en que V. E permanezca en la actual posición que ocupa, supuesto que se ha encontrado con un campo atrincherado en los reconocimientos que hoy ha practicado y que tiene V. E todas las probabilidades de obrar, defenderse y cubrir los objetos de su puesto, así como S. E. el Presidente y General en Jefe lo hará por cuantos medios le fuere posible, con las fuerzas que tiene á sus inmediaciones, etc.”

Querrá disculparse el Sr. Santa Anna con que esto lo hizo por pura deferencia y contra su voluntad. ¿Mas quién no advierte lo débil del descargo? Si un juez, por meras contemplaciones, da una providencia perjudicial contra su voluntad, esto, en vez de salvarle, lo acrimina ¿Cuánta mayor es esa responsabilidad estando de por medio la libertad y la independencia de la patria?

Supóngase por un instante que fué un disparate el proyecto del Sr. Valencia. Mas ya que se había planteado y consentido en él S. E., ¿se le debería favorecer, respecto á que de otro modo sucumbiría aquella División, perdiéndose un poderoso apoyo para la común resistencia?

Entiendo que sí, aunque S. E el Sr Santa Anna, á fojas 52, afirma "que, considerada la conducta del General Valencia, bien merecía que se le abandonara á su destino, tanto para castigar su inobediencia como para no comprometer (á) otras fuerzas y la suerte de la Capital”

Por lo primero, nunca, señor; por lo segundo, convendré, siempre que se me pruebe lo desventajoso de las circunstancias, y esto sin necesidad de que se me aleguen casos de historia, que dice S. E. existen y que yo no los recuerdo. Por el contrario, no sólo se ha visto en los países civilizados que se vuela á socorrer al hermano que con sana intención, aunque con imprudencia, se ve oprimido por el enemigo, sino que hasta entre los indios llama dos bárbaros se han dado ejemplos de esta clase. Traiga á la memoria S. E. que, al hacerse la conquista de Arauco por los españoles, se dio una batalla en la que se hallaban los caciques Rengo y Tucapel, enemigos mortales y que estaban desafiados á muerte. El primero, estando cercado de los españoles, peleaba ya con tal fatiga, que tenía hincada una rodilla. Tucapel llegaba por aquella parte, advierte su abatida actitud y desfallecimiento, vuela á su socorro, destruye á sus contrarios, lo salva y, al separarse de él, le vuelve á recordar el desafío.

Retirada de San Antonio y batalla de Churubusco.

Perdióse Padierna y á las once de la mañana estaba viendo el Sr. Santa Anna por sí mismo que el vaticinio del Sr. Valencia no era una exageración de su mente acalorada: las tropas enemigas ya estaban entrando en San Ángel y torciendo para Coyoacán. ¿Por qué S. E., que quería que allí se colocara el Sr. Valencia y resistiese, no hizo lo mismo, ya no con el objeto de defender el pueblo á toda costa, sino para favorecer la retirada de San Antonio, haciéndose con el orden debido. ''

Los mandatos de retirada se dieron con tal precipitación y con tal exigencia, que todo se convirtió en desorden y confusión, sirviendo esto de ludibrio á los ojos del enemigo, que marchaba por el otro camino con dirección á Churubusco.

Se abandonó la fortificación, y en ella algunos artículos de guerra; pero más que todo, fué vituperable que se hubiesen dejado abandonados, antes de entrar á Churubusco, cerca de treinta carros con muchas mulas, cajas de parque, cañones y otras varias cosas, sin más motivo que el de haberse atascado un carro y no darse el tiempo preciso para sacarlo y que se hiciera con serenidad la entrada en la fortificación del puente.

¡Cómo se quedarían las tropas que allí estaban, al presenciar esa especie de descalabro; que los enemigos se acercaban, y que S. E., en vez de quedarse allí á sostenerlas con sus dos brigadas, que eran de lo mejor del Ejército, diese orden para que unas siguiesen á México y otras se fueran por Mexicalcingo, Ixtapalapa y Peñón, á dar vuelta por la garita de San Lázaro, donde no había nada que temer ni enemigo que aguardar!

Sin embargo, aquellos valientes no desmayaron y por diversas ocasiones resistieron los empujes de los americanos; pero después de dos horas de fuego; de que se encontraron sin parque, porque el que allí les pusieron era de diferente calibre; que los flanquearon breve y fácilmente por el río, y que S. E. no aparecía con sus batallones y caballería para ayudarlos, tuvieron que rendirse indispensablemente.

Esto es lo que refiero en mi acusación ¿Y el Sr, Santa Anna qué responde? Se refiere al detall general que tuvo que dar de orden del Gobierno en 21 de noviembre de 1847, en donde lacónicamente dice S. E. que, llamándole la atención las tropas y trenes de San Antonio y de Mexicalcingo, se apresuró á protegerlas en su retirada; que el enemigo rompió el fuego sobre la retaguardia de las tropas de San Antonio, con lo que se desordenaron y abandonaron el material que venía con ellas; que, observando el que los americanos iban á posesionarse de la hacienda de Los Portales para cortar la retirada, voló S. E. á tomar posesión de aquel edificio, en donde se estuvo hasta haber sabido que se había rendido el convento de Churubusco, lo que había producido desaliento en las tropas que defendían el puente, de manera que unas se retiraron con el General (Nicolás) Bravo por Mexicalcingo al Peñón y otras vinieron replegándose por el camino recto.

Analizada esta comunicación, se verá carece tanto de exactitud como de criterio; de modo que parece que S. E. ni vio lo que pasó y ni sabe satisfacer á lo que se le pregunta.

El desorden de las tropas de San Antonio comenzó desde la salida de la hacienda, por la violencia con que se les hizo marchar y el sobresalto que se les excitó. No es cierto que sobre su retaguardia rompiesen el fuego los americanos y que esto produjera el abandono del material Aquéllos venían por dentro del pueblo á caer sobre el convento, y las fuerzas de San Antonio se replegaban por la calzada que está en derechura del puente. S. E. no dice si estaba ó no en el mismo puente cuando se rompió el fuego ó al tiempo de la acción, y si lo dijera, yo le contestaría que se alucinaba, poniéndole por testigos á todos los soldados que hoy existen en México y especialmente á los Sres. Generales Senador D. Manuel Rincón y D. Pablo María Anaya. La Brigada del Sr. Pérez no se detuvo en el puente, ni se protege una retirada poniendo á la tropa á la cabeza de los que huyen.

Lo que categóricamente debería responder S. E. es por qué no auxilió con las fuerzas que dice tenía en Los Portales y por qué no mandó que el Sr. Bravo ocurriera también al socorro; sino que, por la inversa, previno desde mucho antes que se terminara la acción, que aquellas fuerzas se pusieran en salvo y se fuesen retirando. Estos son hechos que presenció medio México, y su aclaración está hecha en menos de dos horas

Es cierto que los de San Patricio y unos piquetes cortos fueron á situarse en la fortificación del convento; pero todos juntos no llegarían á quinientos hombres, y calcúlese si las fuerzas de Churubusco, que no llegaban á mil, podrían resistir el golpe del Ejército americano, que venía triunfante de Padierna.

Reproduzco, pues, lo que dije en mi acusación, y si no, que se haga una aclaración judicial. En compendio, Churubusco se perdió, porque no fué socorrido y porque faltó el parque á nuestras tropas, pues los cartuchos en su mayor parte eran de onza, y los fusiles, de calibre inferior.

 

Armisticio de 24 de agosto.

 

Hemos llegado, señores, á los sucesos que acontecieron á la vista de todo México hace el poco tiempo de año y nueve meses. Yo escribo en el mismo lugar donde fueron las acciones, y estoy seguro que los más de los que me escuchan han sido testigos presenciales. Sería un descaro el más punible é inaudito pretender tergiversar la verdad, dándole á los cuadros otros coloridos diversos de los que tuvieron en su origen. Sirva esto para presumir que procedo con sinceridad y que, si en algo me desviare de lo positivo, será un efecto de purísima equivocación.

Las tropas de Scott se pasaron, á continuación de la desgracia de Churubusco, á ocupar los pueblos de Mixcoac y Tacubaya, sin que nadie se los estorbase. Su Ejército, como todos mirábamos, estaba exhausto de víveres; tenía mucho trabajo para el surtimiento de las reses y granos y particularmente para el abastecimiento de más de 6, 000 mulas y caballos que por una temeridad verdadera se habían propuesto traer consigo, conduciendo tan desproporcionado número de carros, que cuando los veía uno en marcha, recordaba sin querer los ejércitos de los persas y asirios, como creo haber dicho al principio de mis ampliaciones.

Asenté en ellas también que la infamia del armisticio consistía en que el enemigo se encontraba imposibilitado para avanzar hostilmente y aún para sostenerse en su larga y tortuosa línea, que comenzaba desde la hacienda de La Condesa, en Tacubaya, y, tomando por Mixcoac y San Ángel, iba á dar hasta San Agustín, distante tres leguas; que tenía que custodiará 1, 500 prisioneros, sin trenes de artillería; 1, 100 y tanto carros y su respectiva mulada, y tenía, por otra parte, que hacerse de los artículos de subsistencia.

Su campo estaba abierto en todas direcciones; sus intermedios eran extensos y accesibles por cualesquiera parte(s); el número de sus tropas, reducido á 7, 000 y pico, y no esperaban recursos, pues sus pocos compañeros estaban hasta Puebla y no podían moverse, porque el pueblo los acabaría.

¿Qué fué lo que detuvo al Sr. Santa Anna para tomar la ofensiva y destruirlos en detall? En vez de esto, recibe con complacencia el hipócrita armisticio que el astuto Scott le presentaba y accede á él inmediatamente, estipulándose que pudiera salir á procurarse los recursos de boca á donde lo estimaran conveniente. Esto era lo que necesitaban, y descansar, arreglando con la fe americana sus ulteriores operaciones.

Por consecuencia del armisticio, tuvieron la osadía de entrar á esta ciudad muchos carros á proveerse de los artículos de primera necesidad y de los víveres del mercado principal. ¿Cómo no era posible que el pueblo no se indignara á la vista de unos hombres que detestaba, porque nos hacían la guerra con el fin de robarnos nuestros territorios, que habían talado los campos, saqueado en las poblaciones, muerto á nuestros hermanos y que, por último, venían á habilitarse de provisiones á una ciudad declarada en estado de sitio y que se proponía asediar de todos modos? Se necesitaba no sé qué paciencia para tolerarlo, y mucha fué su fortuna de que no hubiesen quedado todos tendidos en las calles y en las plazas.

En la historia se han visto casos de que en algunas plazas sitiadas se ha concedido generosamente que entren ciertos recursos á los moradores de ellas y aún á las tropas, y más cuando el valor y el sufrimiento de éstas ha admirado á los mismos sitiadores. Pero no se me dará un ejemplo de que á éstos se les permita entrar, dentro de los muros que estrecha, á sacarse por mayor los comestibles, para que á poco tiempo después hagan falta y tengan que rendirse, si no por el acero y el cañón, por la irresistible fuerza del hambre. Esto, señor, es contrario al derecho natural y tan impolítico, que nunca podrá dorar el Sr. Santa Anna, aunque mucho se esfuerce para ello.

Mas responde S. E., á fojas 61, que estábamos expuestos á que Scott nos hubiese batido completamente, porque los descalabros de Padierna y Churubusco habían introducido el mayor desaliento en nuestras filas, y al armisticio fué debido que en los días 8 y 13 de septiembre se hubiera combatido valientemente y hacer tanto destrozo al invasor, porque en ese período depusieron nuestros soldados el estupor de que estaban sobrecogidos. Que también se le debe al armisticio haberse descubierto las miras ambiciosas del Gobierno de los Estados Unidos y que nos hacían la guerra porque no se oían sus proposiciones de paz.

Señor, nuestros soldados no tenían ese espanto y sobrecogimiento que se les supone; ellos se batieron con honor, la tarde del 19, en Padierna, y la mañana del 20, en Churubusco, sin correr despavoridos al presentarse los invasores. Lo que sí podía suceder era estar fatigada una parte de ellos por tantas vueltas inútiles que les hizo dar S. E. El 14 de agosto, recorría el Sr. Valencia á Texcoco, y el 19, se estaba ya batiendo en Contreras; la Brigada del Sr. Pérez estuvo en observación toda la tarde del 19, y el 20, tuvo que ir á dar vuelta hasta por Ixtapalapa para entrar á México. La del Sr. Rangel se hizo salir de la Ciudadela y volver á ella inútilmente, entre el 19 y 20. Esto no es pelear ni desengañar al soldado de su inferioridad, y sí molestarlo y persuadirlo de que, si vencían á sus compañeros, era porque los arrollaba la superioridad numérica del adversario, é infundirles la desconfianza de que así les podía suceder á ellos en lo de adelante.

En estas circunstancias, elevé mi acusación contra el Sr. Santa Anna: todavía se conservaba la Capital; y así es que, habiéndome contestado el Diario del Gobierno, por S. E., yo le rebatí en 10 de septiembre y le dirigí el apóstrofe que atrás queda trasladado.

 

Batalla de Chapultepec.
Toma de la garita de Belén y evacuación de la Capital por el General Santa Anna.

 

Hasta el armisticio eran los cargos que hice en mi primitiva acusación. Ampliándola en Querétaro, el 5 de noviembre, cerca de dos meses después de nuestra humillación, me pareció oportuno decir algo de las acciones de Chapultepec, pérdida de México y correrías del General Santa Anna en Puebla y por Huamantla. S. E. me ha contestado refiriéndose á sus faltas, y, por tanto, me creo en el caso de hablar algo sobre estos puntos, que todos tienden á una propia idea.

Nuestro Ejército, cuando descendieron al valle de México los invasores, debería tener, con corta diferencia, estas fuerzas:

1º Unos ocho mil hombres de infantería que vimos en México iban á la plaza principal en los días festivos á oír misa, celebrándose ésta en el balcón principal de Palacio

8, 000

2º Como mil hombres que calculo se quedarían en la Ciudadela, cuarteles y guardia de plaza

1, 000

3º La División del Sr. General (Antonio) León, estacionada en Tacubaya, tenía sobre 1,500

1, 500

4º Las fuerzas de infantería que trajo del Sur el Sr. (General Juan) Alvarez, según se nos dijo y vimos, no bajaban de 2500 plazas

2, 500

5º La División del Norte, al mando del Sr. Valencia, de 3, 800 á 4, 000 hombres

4, 000

6º Toda la caballería reunida, inclusos los auxiliares de los pueblos y los surianos del Sr. Álvarez cuatro mil y quinientos

4, 500

No incluyo en esto la sección que andaba á las órdenes del Sr. Gobernador del Estado de México. El total de las fuerzas subiría por lo menos á hombres

21, 500

De éstos deben quitarse los muertos, prisioneros y dispersos de Padierna y Churubusco: 4, 500; quedaron, por consiguiente, para resistir, de diez y seis á diez y siete mil hombres.

El Ejército enemigo no metió á Tlálpam ni once mil, de armas tomar, sin incluir los carreteros, porque éstos deben suponerse cero; de manera que una persona que los había visto transitar por las estrecheces de Tezompa y San Gregorio, formó su cómputo, y por él su número era de 10, 300 y tantos, lo que estaba conforme con las cartas que habían venido de Puebla, participando la salida y movimiento.

En Padierna y acción de Churubusco habían perdido 1,069, inclusos los dispersos, por lo que no contaban más que 9,200 hombres para avanzar; pero suponiendo que se quedasen 1,700 para cuidar (á) los prisioneros, (á) sus heridos y, en suma, cuanto contenían, que era mucho, sus tres campos de Tlálpam, San Ángel y Tacubaya, sólo podían tener disponibles 7,500 hombres, para poder emprender rendirla populosa ciudad de México y su Ejército fortificado de 17,000 hombres.

Dióse la batalla en el Molino del Rey, el 8 de septiembre. La victoria estaba por nosotros, y si hubiera cargado la caballería, no queda un americano. Mas resultó lo que era de esperar del hado fatal que nos perseguía, y es que, á pesar del verdadero entusiasmo que allí tenían los soldados y oficialidad, nada se hizo, y los americanos tuvieron tiempo de recoger (á) sus heridos y muertos, retirarse á Tacubaya y volver á posesionarse del Molino.

El Sr. Santa Anna, en su parte de 12 de noviembre, se descarga con el Sr. Álvarez, pues á fojas 109 dice "que ordenó á dicho General que, cuando observara atacados los puntos inmediatos, obrara con toda aquella caballería muy decisivamente, porque el terreno era á propósito." El Sr. Álvarez, en su parte de 11 de septiembre, culpa al Sr. General D. Manuel Andrade, diciendo [fojas 129] "que por su cobarde conducta no se dio la carga combinada;" y el Sr. Andrade se disculpará de todo presentando la absolución del Consejo de Guerra, que hace pocos días se nos ha repartido y corre impresa en los periódicos.

Nosotros perdimos (á) 600 ú 800 hombres y, entre ellos, á los inmortales Generales (Lucas) Balderas y León, cuyos nombres siempre serán oídos con veneración y conmoverán la ternura de los mexicanos. El enemigo tuvo una baja de 700 á 800 hombres, y así es que 6, 700 eran los útiles para su gigantesco plan de tomar por asalto á Chapultepec y apoderarse de la Capital. Esta es la tercera ocasión en que nos atacaron en detall y se daba otra sangría á nuestro Ejército, consiguiendo los enemigos una ventaja por su parte, que abatía el espíritu de los mexicanos.

Son insignificantes los tiroteos de cañón dirigidos, el día 12 de septiembre, sobre la Candelaria y el Niño Perdido, por lo que no hay nada interesante que referir. Pasaré á hablar del terrible día 13, en que doce horas fueron bastantes para vencer al imponente Chapultepec, forzar nuestros parapetos de las garitas y poner al Ejército mexicano en incapacidad de resistir, y abandonar aquella México que, cercada por los españoles, tlaxcaltecas y aliados, en número de 200, 000, hacía trescientos años, combatió por tres meses hasta quedar convertida en ruinas y sufriendo, á la vez, los horrores de la hambre y de la peste.

Hablaré primero de la acción de Chapultepec, que fué la que se emprendió entre ocho y nueve de la mañana.

Dos partes tienen VV. SS. acerca de esta pelea: uno es del Sr. General D. Nicolás Bravo, dado al día siguiente de la lucha, 14 de septiembre, y otro del Sr. General Santa Anna, al cabo de los dos meses, 12 de noviembre de 1847 [obra á la foja 106 de su cuaderno]; ambos señores son Beneméritos de la Patria, y si el Sr. Santa Anna es encomiado por sus partidarios, ¿quién en el mundo, que tiene alguna idea del Sr. Bravo, no le tributará su respeto y admiración? Los documentos están diametralmente opuestos, y si el Gran Jurado no quiere que haya una depuración judicial, él calificará quién es el que miente ó claudica á la vez y es responsable.

El Sr. Bravo dice lo mismo que asenté en mi respectiva ampliación, lo que me es preciso volver á trasladar para evitar que se ocurra allí [Monitor de 28 de septiembre de 1847]: "que el día 12, auxilió á S. E. y que, habiéndole enviado el Batallón Activo de San Blas, en la tarde, fué mandado retirar por el Exmo. Sr. Presidente, sin previo conocimiento suyo ni del jefe á quien se había encargado el punto del bosque". Que en la noche del mismo día, volvió á insistir en la urgencia del auxilio, y S. E. le ofreció que á su tiempo lo mandaría; pero que nunca llegó á ir. Dice que sólo tenía 832 hombres con diez piezas de artillería, y que de esa tropa, 243 estaban en la fortaleza. Que en vista de tan difícil posición y conociendo que el enemigo intentaría próximamente el asalto, por la viveza con que continuaba sus fuegos, que habían vuelto á comenzar desde las cinco y media de la mañana, dirigió á S. E., una hora después, su nota en que le manifestaba la deserción de la tropa y la necesidad de que se le auxiliase con otra clase de soldados, pues de lo contrario, la defensa de la fortaleza sería imposible y su responsabilidad desde aquel momento debía considerarse á cubierto. Que el ayudante que condujo esta nota, volvió á la fortaleza manifestándole que quedaba entregada en manos de S. E. el Sr. Ministro de la Guerra, á quien encontró en la casa de Alfaro, en unión del Exmo. Sr. Presidente, que también leyó su contenido. Que el invasor cargó sus mayores fuerzas, por lo que mandó pedir socorro repetidas ocasiones, y por su falta y el repliegue de los que defendían los puntos avanzados, se sembró el desaliento en los artilleros y abandonaron las piezas. En el párrafo antepenúltimo, hablando de lo acobardados que estaban los americanos, afirma que se les vio vacilar en el asalto y añade estas palabras: "No obstante lo escaso de nuestros fuegos y las ventajas que habían adquirido, de modo que se puede asegurar que, si algún auxilio hubiese prolongado la defensa por algún tiempo más, el enemigo, rechazado, habría vuelto á su campo de Tacubaya, á verificar la retirada que pocos días antes se anunciaba estar pronto á emprender”.

Esto es tanto más extraño, cuanto que S. E. [á fojas 113] en su citada comunicación escribe "que el 13, al amanecer, concurrieron todas las tropas disponibles abajo de Chapultepec, y yo mismo estuve presente”.

Con corta variación, puse en mi exposición de noviembre lo mismo. ¿Y qué es lo que contestó S. E. á todo lo que asegura el Sr. Bravo? Dice [fojas 56] que reproduce el enunciado detall del 12 de noviembre, en cuya virtud le parece inútil repetirlo.

¿Qué es lo que informa en ese documento? Que auxilió con 400 hombres del Batallón de San Blas, el que pereció con su bravo Coronel, el Sr. Xicoténcatl. Que mandó al Tercero Ligero que reforzara al de San Blas, y en marcha tuvo que retroceder, porque en estos momentos el enemigo se apoderó del fuerte de Chapultepec.

Olvidándose de esto, instruye en el párrafo siguiente que las fuerzas de las posiciones de abajo se defendían bizarramente, rechazando al enemigo, quien no avanzaba un paso, y que poco después, observando que no hacía fuego la fortaleza alta, vio con sorpresa que descendían huyendo y abandonaban cobardemente sus parapetos, que sólo de esta manera pudiera haber ocupado el enemigo.

Da fin, por lo respectivo al Sr. Bravo, diciendo que este General, según le habían afirmado los prófugos del bosque, abandonó el punto, lo que se confirma con que posteriormente había sabido "que fué tomado en el bosque de abajo, metido en una zanja llena de agua, que lo cubría hasta el pescuezo, y que por lo blanco de la cabeza fué descubierto por los enemigos." Este es un hecho que confirmaba el dicho de aquéllos, y que merece depurarse en un juicio. Que de todas maneras, la conducta del General Bravo no ha sido honrosa y, además, el jefe de una fortaleza que debe defenderla á toda costa, aparece muerto ó prisionero”.

Denótase con tal informe que no sabe lo que suscribió S. E.; y si por una falsedad tan notoria, asentada con tanta solemnidad, se ha de dar fe á su exposición, ya puede calcularse el crédito que merece. ¿Quién duda en la República, entre personas de todas clases y aún de ambos sexos, que el Sr. Bravo se mantuvo firme y con serenidad en su puesto hasta el instante crítico en que el enemigo, asombrado de aquel valor, lo dio por prisionero y le pidió la espada, la que no entregó, sino que en la tierra hubo fijado?

Mas desea S. E. que esto se depure oficialmente, y esto es lo propio á que yo aspiro, hasta que se llegue á acreditar ante el pueblo y su digna representación nacional si Chapultepec se perdió, porque no se quiso socorrer, como dijo al Gobierno el Sr. Bravo, ó porque este señor lo abandonó y corrió á meterse en una zanja, como ha escrito el Sr. Santa Anna á la superioridad.

Antes de proseguir, es justo que instruya que, presentado en juicio el Sr. Bravo, fué procesado, resultando en la sumaría la siguiente sentencia definitiva.

"Sr. Comandante General:
"Después de purificada la conducta del Exmo. Sr. General D. Nicolás Bravo, de la cobardía que se le atribuyó, suponiendo había sido hecho prisionero oculto en una zanja, quedaba en pie lo de desobediencia, de que últimamente fué sindicado, y á cuyo punto, según mi consulta de 23 del pasado, se ha contraído últimamente la averiguación. —El resultado de ésta ha sido el que debía aguardarse: la más cumplida vindicación del Exmo. Sr. Bravo, y así lo manifiesta el Fiscal victoriosamente en su antecedente consulta, á la que me suscribo y de cuya conformidad podrá V. S. decretar si fuere servido.
"México, 22 de julio de 1848. —Zozaya.

 

"Decreto.

"México, julio 24 de 1848.
"Como parece al Sr. Auditor, con copia de la opinión fiscal, consulta del Auditor y decreto de conformidad, dése conocimiento al Supremo Gobierno, hágase en los mismos términos al Exmo. Sr. General D Nicolás Bravo para su satisfacción.
Quijano.
"Son copias. —México, julio 24 de 1848. —Por enfermedad del Sr. Secretario, Tomás de Sousa.
"Son copias. —México, junio 26 de 1849. —Manuel María de Sandoval”.

Me veo en la necesidad, porque así lo exige el orden de este discurso y no fatigar á VV. SS. haciéndoos que se ocurra á otros papeles, de repetir que el Sr. Terrés, en su comunicación del día 16 sobre la defensa de la garita de Belén, dijo que lo abandonó el Sr. Santa Anna, dejándolo no más con 180 hombres y tres piezas de á cuatro, y que en el párrafo 6º se expresa S. S de este modo: "Persuadido de que era imposible que el Exmo. Sr. Presidente dejase abandonado un punto tan importante cual era el que yo defendía [Monitor de 28 de septiembre de 1847], y que debía caer irremediablemente en poder del enemigo si no era prontamente socorrido; no cabiéndome duda que S. E. conocía perfectamente mi crítica posición, ya porque él sabía bien las cortas y disminuidas fuerzas que me acompañaban, ya porque el fuego del enemigo, cada vez más cercano y más vivo, manifestaba su decidido empeño de apoderarse del punto, confié que mandaría algún refuerzo. Abandonado por la reserva; descubierto mi flanco derecho por el movimiento del General Ramírez y en seguida por el resto de mis soldados, que, roto ya el freno de la disciplina, no obedecían mi voz, no habiendo sido auxiliado por el Exmo. Sr. Presidente, como esperaba, no tuve más recurso que tentar un último esfuerzo para reunir (á) algunos de los dispersos y exponerme con ellos al enemigo hasta el último extremo”.

Piensa el Sr. Santa Anna aniquilar al General Terrés diciendo, bajo su palabra, en su citada nota del día 12, que mientras había ido á la garita de San Cosme, porque le dieron parte que los enemigos avanzaban por allí y que las fuerzas de Santo Tomás venían en retirada, le avisaron que el Sr. Terrés había abandonado la garita y que, por tanto, la Ciudadela estaba en peligro de perderse, lo que lo obligó á correr al amparo de esta fortaleza, donde, encontrando al Sr. Terrés, le reconvino, lo ultrajó y le mandó arrancar la espada y las divisas.

S. E., á fojas 116, relata que á su regreso de Chapultepec dispuso la mejor defensa de la garita de Belén, poniendo las piezas grandes que estaban en la calzada de La Piedad y dejando de guarnición los batallones 1º y 2º Activo de México y el de Guanajuato, á los que aumentó el de Inválidos, que colocó en la calzada izquierda.

No es dable una contradicción mayor entre los dos Generales. Será verdadero lo que dice el Sr. Santa Anna ó lo que niega el Sr. Terrés, pero sí deben saber VV. SS. que el repetido Terrés se presentó á ser juzgado y que ha sido absuelto por el Consejo de Guerra, como se verá de la nota que prosigue, lo cual le da la presunción de que acreditó su inculpabilidad y las especies que envolvía su comunicación:

"Comandancia General de México "Mesa 3ª "Núm. 357
"Exmo. Sr.:
"Para el superior conocimiento del Exmo Sr. Presidente, tengo el honor de manifestar á V. E. haber sido absuelto por el Consejo de Guerra de Sres. Oficiales Generales que lo juzgó, el Sr. General graduado D. Andrés Terrés, de la acusación que se le hacía de haber abandonado la garita de Belén, el día 13 de septiembre de 1847.
"Dios y Libertad. —México, mayo 2 de 1849. — Benito Quijano.

"Exmo. Sr. Ministro de Guerra y Marina. " Las nuevas probanzas que se dieran si se le instruye un juicio al Sr. Santa Anna, dejarían satisfecha á la Nación de si sus tribunales militares han prevaricado indignamente, siendo incontestable el patriotismo del Sr. Santa Anna, ó si obraron con rectitud y son falsos esos auxilios y esfuerzos que repite S. E.

A las cinco de la tarde, recibió parte S. E. que la garita de San Cosme necesitaba refuerzo; dice que quiso ir á auxiliarla y supo que el parapeto avanzado había sido abandonado [fojas 18 del cuaderno], por lo que se contentó con ocupar la casa de la Condesa de Pérez Gálvez; y acabando esta operación, oyó toques de cornetas que indicaban retirada de la dicha garita, lo cual le hizo salir precipitado para informarse de aquel incidente; pero los grupos de tropa que venían desbandados lo atropellaron, no quedándole más recurso que replegarse con ellos á la Ciudadela. Todo era pérdidas, todo era vencernos en detall sin saber cómo sucedía, lo cual se ignora hasta ahora.

De la caballería que, como he referido antes, estaba destinada á atacar por retaguardia, no se vuelve á hablar ni se dice en qué fué empleada. Si no podían obrar por nuestras anchas calzadas cogiendo por detrás á los americanos, ¿por qué no se les mandó sobre San Ángel, Mixcoac ó Tacubaya, á libertar á los prisioneros y hacerse dueños de tan incalculable despojo, que hubiera hecho voltear caras inmediatamente á los americanos? Ellos no tenían, como he calculado antes, arriba de 1, 700 hombres, pocos é insuficientes á resistir á 4, 500 hombres de caballería nuestra.

Supongo, y con demasía, que nuestras pérdidas en Chapultepec y las garitas serían de dos á tres mil hombres, con lo cual es claro que todavía tenía México, para defenderse, de trece á catorce mil. Encerrado el Sr. Santa Anna en la Ciudadela, creyó que ya todo estaba perdido, que era indispensable evacuar la ciudad y dejarla al libre albedrío de los americanos.

A propósito, no quiero hablar sino muy brevemente de esa determinación, ni de la horrorosa noche del 13 de septiembre: hay pasajes tan fuertes, tan patentes y tan conocidos del pueblo, que es insensatez pretender uno darles coloridos y esforzar las circunstancias que los caracterizan. Con razón S. E ninguna palabra importante menciona sobre lo que referí y se lo pasa por alto, como quien huye de un incendio

Hube dicho, señores, que el General Santa Anna corría cuando tenía más de 12 000 hombres, sin sacar garantías para los habitantes, para la conservación de la riqueza pública, para la salvación de archivos y documentos interesantísimos, para la seguridad de tantas personas que quedaban encerradas dentro de los claustros y colegios, y que dispuso su salida con sigilo y cautela sin cuidar siquiera de los reos criminales que contenían las cárceles y que pasaban de 800; de modo que la ciudad quedó á merced del forajido y voluntad del vencedor.

En comprobación, cité la protesta y manifiesto del Ayuntamiento de México, datados en 13 y 15 de septiembre.

Una comisión de esa Municipalidad recomendable se acercó espontáneamente al Sr. General D. José Joaquín de Herrera, actual Presidente [Monitor de 28 de septiembre], y sabiendo por su boca que de facto estaba determinado verificarse la desocupación esa noche, pasó á la una y media de la mañana á ver al General Scott á fin de sacar garantías para las vidas y propiedades de los habitantes, como de hecho lo consiguió, según se verá en los referidos documentos.

Discúlpase el Sr. Santa Anna con que tuvo una Junta de Guerra de Generales en la Ciudadela; y que en ella se acordó la desocupación, porque se carecía de alimentos y socorros para el soldado, por la escasez de municiones para sostener un día más el combate y por temor de que destruyeran los edificios de la ciudad con los proyectiles de guerra. Indica S. E. que asistió á la Junta el Sr. Lic. D. (Francisco) Modesto Olaguíbel, Gobernador del Estado de México.

He preguntado por esta causa al Sr. Olaguíbel lo que hubo de verdad en el particular, y me ha dicho que fué cierta la Junta y que en ella le dijo á S. E. que el asunto era muy grave, pues envolvía la suerte de la Nación y de S. E. mismo, por lo que le parecía que nada se resolviera definitivamente, sino que se citara en Palacio una reunión de los Sres. Ministros, Generales y personas de notabilidad, á cuyo juicio se sujetara la cuestión. Que en la Ciudadela había mucha pólvora á granel, de modo que el Sr. General D Simeón Ramírez le dijo, en esa tarde, que temía fuesen á volar si por una casualidad caía un proyectil, y que estaba pronto á declarar, si acaso era requerido por quien convenía.

Muchas reflexiones suscita la aseveración del Sr. Santa Anna, y me limitaré, para refutarlo, á citar dos ó tres de las más obvias y naturales.

La subsistencia del soldado, diez veces más fácil le sería dentro de México que no fuera, pues no comprendo de dónde iba á coger en los pueblos para el socorro de trece á catorce mil hombres. Lo que de México no se saca en estos casos, dificultosísimo es, si no imposible, conseguirlo en otras partes.

Por una y más veces ha dicho el Sr. Santa Anna, quejándose del Sr. Valencia y contestándome por qué no atacó en el camino y en otros puntos de superior defensa, que su empeño era traer á los enemigos á los parapetos de la ciudad, porque sería invencible, fortificado dentro de una vasta extensión de gran fuerza y teniendo detrás de ella un ejército crecido y resuelto. Demuestra esto bastantemente S. E, á fojas 47, cuando pone esta contestación: "Bien pueden haberse presentado ocasiones favorables para hostilizar al invasor en todo el curso de su marcha, y mil parajes habrá en la extensión del país, donde lo verificó, en que se le pudiera haber batido; mas siendo el primer deber la conservación y defensa de la Capital, ¿sería prudente salir á cualquiera de esos puntos, porque así parecía á un individuo desde una eminencia ó desde la altura de su casa?" Cuando el Sr. Santa Anna tenía tan presente esta causal, no se acordaba de comprometer á México ni de sus bellos ornamentos; y hacía perfectamente bien, porque éstos no son preferibles al deshonor de las naciones y porque son tan posibles de reedificar, como lo fueron para levantarse.

Es increíble absolutamente la falta de parque, porque no puede uno penetrarse que en sólo doce horas se hubiese acabado todo el que había, y más cuando no se batieron ni las dos terceras partes de las fuerzas. Pero si así fuese, ¿no resultaría un doble cargo al Sr. Santa Anna de que hubiese preparado un abastecimiento tan miserable para defender la ciudad, habiendo tenido tanto tiempo desde que entraron los americanos en Puebla?

Decirse que en Padierna, Churubusco y Chapultepec se perdió mucho pertrecho, eso es una verdad; pero en todos estos puntos había su particular dotación, y la competente reserva debía estar en la ciudad de México. ¿Qué creyó el Sr. Santa Anna que sólo un medio día se había de combatir? Luego, si todas nuestras fuerzas entran en fuego, á las seis horas se dice que ya no hay parque ni municiones.

Entre once y doce de la tenebrosa noche del día 13, desfilaron nuestras tropas con dirección á Guadalupe, quedando, al amanecer, toda la ciudad entregada al amparo de la Alta Providencia. El Sr. Santa Anna, al retirarse, tampoco avisó á los cuerpos de Guardia Nacional; de manera que los Sres. capitulares anduvieron entre las tinieblas ocurriendo á darles aviso en los puntos en donde estaban, para que se fuesen á sus casas, porque el Ejército ya se había marchado.

Rebajados del Ejército los cuerpos nacionales, que serían cerca de cuatro mil hombres, debería éste contar en dicha ciudad de Guadalupe con cosa de nueve mil, de todas armas; pero como los soldados estaban desesperados por la inutilidad de sus esfuerzos, sus fatigas y la ninguna atención que se les prestaba, debió ser espantosa la deserción, y nuestras fuerzas vendrían á quedar en seis mil, de los cuales dispuso que el Sr. Herrera marchara á Querétaro con la infantería y artillería, y S. E, con la caballería y cuatro piezas ligeras, á Puebla, para rescatar esta ciudad del poder del enemigo, cortándole á la vez toda comunicación con Veracruz. En la más triste posición y caimiento, tomaron el rumbo para la ciudad de Querétaro de dos á tres mil infantes y unas cuantas piezas, que no recuerdo, pero que no llegarían á ocho, las cuales, con las cuatro que se llevó el Sr. Santa Anna, era todo el tren de batir que nos había quedado de Padierna, Churubusco, San Antonio, Chapultepec, Ciudadela y garitas, en cuyos parajes habría un total de ochenta á noventa bocas de fuego.

Perdió el enemigo, en los días 12, 13 y 14, cerca de 865 hombres; los que, deducidos de su Ejército útil y disponible, no más le quedaron 6, 600 y tantos hombres. [Véase el estado de los americanos, que se halla en El Monitor de 19 de noviembre de 1847.] Esta fué la gran masa que entró á poner la ley á la Capital de los aztecas, á cerca de doscientos mil habitantes y á un Ejército que, veintiséis días antes, excedía de veinte mil hombres y, al alejarlo de sus puestos el Sr. Santa Anna, pasaba de trece mil.

Dejóse al pueblo confinado á su propia resistencia, y sin embargo de no tener una combinación preliminar, ni un jefe, y hallarse diseminado en la vasta extensión de la ciudad, por todas partes recibieron con fuego á los americanos y se vieron singulares y memorables acciones.

S. E. ha dicho, á fojas 121, que, sabiendo en San Cristóbal esa novedad, resolvió volver en unión del Sr. Álvarez y penetró hasta las calles de la Capital, para cerciorarse de lo que acontecía; pero que, advirtiendo ser falsa la noticia, porque no observó más que algunos tiros de fusil, que disparaban en las esquinas varios individuos del pueblo, se contentó con mandar levantar una trinchera en Peralvillo y se retiró; que el día 15, destacó algunos cuerpos de caballería para que recorriesen la ciudad y protegiesen al pueblo si hacía movimientos sobre los invasores; mas que el día pasó lo mismo que el anterior, y el Sr. Álvarez, al regresar en la noche, le comunicó que solamente se había conseguido que los regimientos de caballería 5º, 9º y Guanajuato lancearan (á) algunos soldados enemigos.

Quién sabe lo que habrá en esto; pero El Monitor de 27 de septiembre escribía, á los doce días, en el primer número de su publicación, lo que copio: "Es del todo falso que hayan entrado dos columnas de nuestro Ejército, el día 14 del actual, hasta las calles de Santo Domingo y la Cerca; todos los que á la sazón estábamos en la Capital, sabemos que lo único que pasó fué que, el día 15, cerca de las diez de la mañana, unas avanzadas de caballería, compuestas de unos cuantos dragones, penetraron desordenadamente hasta cerca del convento de Santo Domingo y Estampa de San Andrés”.

Publicaba esto el periódico refutando la circular del Sr. Pacheco, del día 18 de septiembre, que participaba tal especie á los Sres. Gobernadores.

Que el fuego hecho por el pueblo de México no fué tan corto, se acredita con que en unos partes interceptados á los americanos, donde daban razón de sus pérdidas, se decía que en la sublevación de la Capital, en el día de la entrada y al siguiente, les habían matado (á) 350 hombres.

¿Cómo podían sostenerse en lo de adelante, sin una particular cooperación del Sr. Santa Anna, unos ciudadanos que no debían tener armas, pertrechos y recursos necesarios, y á los cuales se les amenazó por el General Scott con que á los tiros que dirigiesen se les correspondería saqueando y destruyendo toda la manzana de donde saliesen? Estos anuncios fueron puestos en las esquinas y yo conservo uno de ellos.

 

Escaramuzas en Puebla y final campaña en Huamantla.

 

Ha manifestado incomodarse el Sr. Santa Anna, porque le di ese nombre á sus correrías y últimas operaciones de guerra en el Estado de Puebla y Territorio de Tlaxcala; pero cualesquiera advertírá(n) que carece S. E. de razón, porque no pueden llamarse de otro modo sus últimas operaciones de guerra.

El 22 de septiembre, llegó el Sr. Santa Anna á Puebla y permaneció hasta el día 30. ¿Y qué fué lo que hizo en estos ocho ó nueve días? Sus mismos partes, de fojas 123 á 137, lo están diciendo: intimó al General enemigo evacuase la ciudad, advirtiéndole que, si no, lo asaltaría con ocho mil hombres que contaba. El otro le admite el reto; y S. E. nada hace, porque, como dice á fojas 123, reconoció muy de cerca sus atrincheramientos y juzgó difícil un asalto. Quedan las cosas en ese estado continuándose el fuego, que ocasionó alguna pérdida á los americanos y varios desertores, los que declararon la escasez de víveres en que estaban.

A los ocho días, recoge el General Santa Anna parte de sus tropas y de las de Puebla, y sale, según dice, con el fin de interceptar un convoy de los americanos que venía de Veracruz en su auxilio, dejando al Sr. Rea encargado de llevar al cabo el sitio. Dirigióse S. E. al Pinal, punto á propósito para esperar y batir, y allí ¿qué aconteció? las fatalidades de estilo, pues dice S. E. que se le desertaban cuerpos enteros de la Guardia Nacional de Puebla; que el Sr. General de Brigada D. Isidro Reyes no se le había reunido con oportunidad; que el convoy enemigo, al que acechaba emboscado, en lugar de seguir adelante, se dirigió al punto donde había dejado S. E. sus trenes, los ranchos de los cuerpos de caballería y los equipajes de jefes y oficiales, con lo que corrió á salir al encuentro; mas cuando llegó, ya estaba la vanguardia apoderada de la plaza y no fué posible desalojarlos de sus posiciones, teniendo S. E. que ir á pernoctar á una hacienda inmediata; que los invasores se entregaron á todos los excesos, saqueando y asesinando hasta las mujeres; que al día siguiente, contra-marcharon los americanos, llenos de botín, á Nopalucan, y en esta jornada se contentó S. E. con hostilizarlos por la retaguardia y los lanceros comenzaron a matar á varios soldados que se habían quedado entretenidos con el saqueo, logrando hacerles cosa de cien muertos y cuatro prisioneros.

No deja de advertir S. E. que la distracción que hizo el convoy para Huamantla, fué debida al consejo de un infame mexicano llamado Miguel Hernández, y últimamente, que de las seis piezas, nada más dos se llevaron los norteamericanos y cuatro se salvaron.

¿Pero á que no dice S. E. quién fué el que las salvó? Pues sepan VV. SS. que fué el pueblo, que, habiendo visto las dejaban abandonadas y que los americanos iban á entrar y se apoderarían de ellas, corrió á sustraerlas y las ocultó como se pudo.

Al siguiente día, confiesa S. E. [fojas 137] que ya no pudo lograr otra ventaja, por las precauciones con que caminaba el convoy, y con esto se volvió á Huamantla. El día 13 llegaron los americanos á Puebla: el sitio, por supuesto, se acabó; el Sr. Álvarez se replegó á Atlixco, según había sabido el Sr. Santa Anna, y este señor da como terminada la campaña por entonces, pues dice así al final de su parte, datado el día 13 en Huamantla: "Luego que las tropas existentes en este Cuartel General, que hoy componen el Ejército de Oriente, estén en estado de expedicionar, y la Comisaría se encuentre con algunos recursos pecuniarios, de que absolutamente carece, buscaré al enemigo y continuaré hostilizándolo de la manera que pueda, llenando así mis deseos y mis deberes. ''

Mírese en lo relatado qué motivos tuve para llamar escaramuzas los últimos movimientos del Sr. Santa Anna y postrimera campaña la que hacía S. E. en el pueblo de Huamantla [Monitor de 27 octubre]. Véanse también los provechos y servicios que resultaron á la Nación por haber partido el Sr. Santa Anna para los rumbos precitados. El parte del Sr. D. Rafael Inzunza, Gobernador de Puebla, fechado en Atlixco, el 13 de octubre, corrobora lo que he dicho, aunque no está conforme con las relaciones de S. E., pertenecientes al día 11.

 

Debilidad en que puso á la Nación el Sr. Santa Anna,

 

Esta materia no corresponde en la ocasión, sino muy accesoria y secundariamente, y por esta causa, para no difundirme, no me he arriesgado á manifestar cuántos y cuán considerables fueron los recursos que obtuvo S. E. para esta guerra, concedidos por todas las clases de la Nación. Tiempo ha de llegar en que se vea el monto total de las rentas en los años que gobernó el Sr. Santa Anna, los contratos que se hicieron, las profundas deudas que quedaron hasta el día y la injustísima inversión que se dio.

Sabido es que en la Contaduría Mayor existen más de tres mil cuentas, cuya glosa se ha hecho imposible, porque no hay manos suficientes, pues los empleados de esa oficina, desatendidos y acosados particularmente por la administración del Sr. Santa Anna, se encontraron en la mayor miseria y muchos de ellos abandonaron sus plazas, no faltando alguno que fué á morir en el rincón de un hospital.

Sin Contaduría, sin la glosa correspondiente, sin hacer caso de observaciones, distribuyéndose ad líbitum los caudales, dejo á la consideración de V V. SS. las arbitrariedades que se habrán verificado y el quebranto irreparable que debe haber sufrido la República.

Este punto puede ser que en otra vez sea tratado con la prolijidad que reclama.

 

Especies diversas.

 

Dice el Sr. Santa Anna que la voz que se ha levantado en el seno de la representación nacional, es el eco de la enemistad y el encono. Se engaña infinito S. E., pues nunca le había sido adverso. Mi aflicción ha tocado á la más acerba amargura cuando su prisión de San Jacinto y en la vez que, despidiéndose de nosotros desde Veracruz, el año de 1838, se creyó que iba á perecer. Aun cuando ha tocado en lo particular á mi fortuna la mano violenta del Sr. Santa Anna, no me he quejado de S. E., sino de su Ministro, el Sr. D. Ignacio Trigueros, como puede verse en los periódicos del año de 1842. Digo más: que puedo presentar pruebas al apoderado del Sr. Santa Anna, que justifican á primera vista la particular afección que le profesaba.

Han creído S E. y sus partidarios que, ambicionando yo una singular celebridad, he descargado el golpe y vertido ofensas. Esto es un verdadero candor, y cuando se me dijo por primera vez, el 8 de septiembre, contesté al Diario del Gobierno lo que sigue:

"Se equivoca mucho el Sr. Editor si se imagina que yo anhelo por la celebridad. Todo lo contrario me acontece, y puedo asegurarle que jamás he tenido tiempo más feliz en el curso de mi vida, que los ocho ó nueve años que viví obscuro y retirado en las labores de una hacienda. Sólo se han dado á luz mis cortas producciones cuando he estado en los puestos públicos, como ha sido el Ayuntamiento de esta ciudad, la honorable Legislatura de México y el Congreso General; pero esto era muy consecuente y natural, porque, pensando por mí mismo y deseando el adelanto de mi patria y el remedio de algunos males, he presentado diferentes proposiciones, que han salido en las sesiones y que después me ha sido preciso sostener.

"Lo que en lo particular no puede pasársele al Sr. Editor, es la especie poética, que más ha servido para provocar la risa, que ridiculizarme, y es: que yo, al proponerme el objeto referido, me he granjeado igual celebridad que la de aquel loco que quemó el templo de Diana, en Efeso, tratando de inmortalizarse. Vuelvo, pues, á repetir: ¡qué torpe venda cubre los ojos de aquéllos que no más escriben por la recompensa pecuniaria, sin saber lo que ponen, sin guardar criterio y sin contemplar el asombro que deben causar unos dislates tan exagerados!

"Al interponer esa queja ante el Congreso, no fuí impulsado por otra causa diversa, que la que me ha animado en esta lucha que infamemente ha provocado el Norte América. Por ella pedí en 1829, siendo yo demasiado joven, se le diera su pasaporte á Mr. Juel Poinsett para que saliera fuera de la República. Por ella pedí ante esta Cámara que se diera un manifiesto contestando las calumnias é imputaciones del Presidente de los Estados Unidos; que se hiciera también otra manifestación en que ese cuerpo soberano consignara los principios que tenía respecto á la guerra; que se expulsaran de la República á los norteamericanos, y finalmente, representé porque se pusiera México en estado que resistiese á la invasión y no fuese ocupada impunemente la Capital. Todo esto se ha impreso; ¿y se habrá dado á la luz pública no más porque me haga célebre? No, Sr. Editor del Diario; el amor á mi país y los sagrados deberes de mi cargo son los que me han movido; en esto nunca he transigido ni transigiré, y así ha sido como, sin mirar respetos, he acusado al General Santa Anna, porque su actual conducta y sus antecedentes han dado lugar á ello”.

Hablando francamente, señores, si el Sr. Santa Anna fuera como el inmaculado Washington y contra él mi murmuración se levantara, sería escandalosa y con toda justicia se haría célebre ó memorable; pero el Sr. Santa Anna ha tenido en política más fases que las que tiene la luna en su curso periódico. Unas veces lo han subido hasta las nubes prodigándole inciensos y rendimientos, y otras ocasiones lo han puesto fuera de la ley, lo han escarnecido y vilipendiado sumergiéndolo en el polvo. De todas partes y semanariamente se leen opúsculos y producciones contra S. E., habiendo algunas que hasta han tocado horriblemente á su vida privada, lo cual he reprobado altamente y nunca verificaré en los días que me dure la existencia. Todos esos papeles ya no causan sensación; ¿yasí es como yo podría acarrearme la celebridad? Muy cándido y necio sería si tal imaginase.

La comparación de Malatesta, por la que me llama audaz S. E., la ha querido tomar tan á pechos, que es imposible que saliera exacta, como no lo sería si la llevase hasta el extremo de querer que fuesen hijos de un mismo padre y oriundos de una propia tierra. Ella fué puesta para el exclusivo objeto de demostrar que, aun dando por cierto, lo que no me consta, que S. E. se hubiera expuesto á las balas, no siempre la exposición al riesgo es la prueba de que no existe connivencia, porque, á la verdad, en muchos y peligrosos trances se puso Malatesta y, esto no obstante, resultó al último que había estado de acuerdo con el Papa y el Emperador de Austria. Estas circunstancias son confesadas por el mismo Sr. Santa Anna.

Me echa en cara S. E. que no tomé las armas, como lo hicieron siete ú ocho Sres. Diputados. Este cargo le toca á todos los Sres. representantes que no hicieron lo mismo y casi á toda la República. La contestación es muy sencilla diciendo que nuestra profesión no era la de la milicia; pero, hablando verdad, porque en casos tales debe correrse al peligro de la patria, debo confesar que tuve dos consideraciones: la una, que sobraban hombres que se perdían de vista por su valentía y audacia, de modo que creí que mi persona era inútil, en toda la extensión de la palabra; la segunda fué que, siendo yo el único que sostiene á mi familia, y no teniendo á quién encomendarle su custodia y subsistencia, me fué imposible dejarla abandonada á su propia y á su buena ó mala suerte.

Alegan con mucha ostentación los partidarios del Sr. Santa Anna que, si él hubiera estado en combinación, habría celebrado los tratados de paz, cogiendo los millones que por ella se otorgaran. Este argumento alucina y hace retroceder á cualquiera; pero reflexiónese en una cosa muy trivial. Si al Congreso de Querétaro, que se encontró con los puertos ocupados, perdidos los principales Estados, tomada la Capital, sin Ejército, sin artillería y sin recursos, porque hizo la paz se le llamó y todavía repiten que fué traidor, y si por esta causa se suscitó la revolución de Guanajuato, ¿qué se hubiera dicho del Sr. Santa Anna, contra quien habían escrito los periódicos extranjeros y algunos nacionales, y contra quien desde muy atrás se dudaba de su buena fe y corría un susurro ó rumor general, de manera que fué necesario que el Gobierno diera una circular desmintiendo la combinación de S. E. con el enemigo? Claro es que se hubiera evidenciado S E., que se creería ser aquello el desenlace de la tragedia, y quién sabe cómo entonces le habría ido. México todavía no se perdía; existían los Sres. Generales Bravo, Bustamante, Herrera y otros, que no era difícil le hubieran negado la obediencia; se decía que el Sr. Paredes estaba en la República; y por todo esto no hubiera sido remoto que, levantándose un grito general, se combinaran las cosas de otro modo, dando por resultado el sacrificio de los americanos y el del Sr. Santa Anna y la salvación de la República.

Se alega por algunos que el General Santa Anna no ha entregado, sino que ha cometido mil culpas y necedades, que han sido el origen de nuestras penas. Pues entonces no se admiren de que se crea que ha engañado y que ha obrado con dolo, hasta que los jueces averigüen la realidad, porque está tan íntimamente conexa la nimia ó demasiada culpa con el dolo, que no hay jurista que no sepa estas dos reglas de derecho: Culpa lata dolo comparatur. L. 226 ff. de V S. La culpa lata se compara al dolo. Magna negligentia est culpa, magna culpa dolas est. L. 126, ff. de V. S. El grande descuido es culpa, y la culpa grande, dolo. Han sido tantos y tales esos descuidos y culpabilidades de S. E., que se espanta uno al considerarlos.

Asombran los dos cuadros que presenta la República en estas dos épocas: todo el año de 1846 y cuando dejó S. E. las riendas del Gobierno al Sr. Presidente de la Alta Corte de Justicia, D. Manuel Peña y Peña, que fué al año y un mes, septiembre de 1847.

En este poco tiempo transcurrido, contó la República un Ejército sobrado para defenderse: cuatro mil hombres había en Veracruz; veinte mil en la Angostura; seis mil en Cerro Gordo, quitados ya los que vinieron del Norte; catorce mil en México, pues no quiero contar los restos del Ejército de San Luis; todos ellos, y sin incluir multitud de guerrillas y otros trozos de tropa, dan una suma de cuarenta y cuatro mil hombres. Al entregar el mando el Sr. Santa Anna, no se podía disponer ciertamente ni de ocho mil.

Entre las piezas de artillería del castillo (sic), Veracruz, Perote, México y San Luis, habría cuatrocientas á quinientas; y cuando S. E. dejó el mando, no se reunirían, entre las de México, Querétaro y Puebla, ni veinticinco.

En octubre de 1846, no estaba perdido más que el puerto de Matamoros y parte de los Estados de Coahuila y Nuevo León, ni se había sufrido otra derrota que la de Palo Alto ó la Resaca; y en septiembre de 1847, estaban perdidos todos los puertos orientales, y en el continente, las Californias, Nuevo México, todos los Estados de Coahuila, Nuevo León. Tamaulipas; las Capitales del de Tabasco, Veracruz, Puebla, y en la misma Capital erguía su altiva cabeza la serpiente que nos devoraba. Por supuesto que no nos había quedado una sola fortaleza ni atrincheramiento artillado.

A fines de septiembre, en Toluca no existía más simulacro de Gobierno que el Sr. Peña y Peña con un solo Ministro y cuatro empleados, sin un peso y sin un solo cuerpo veterano

Sería yo un falso temerario si quisiera hacer autor al Sr. Santa Anna de todos los pasajes funestos que encierran esos cuadros. No señor, nada de eso; yo no quiero obrar con generalidades, y sólo me circunscribo á acusar en los puntos en que expresamente lo digo, que son los que he relatado, y en los cuales obraba S. E. como principal autor y director de ellos. He hecho esas pinturas y puesto el paralelo para que se vean los inmensos bienes y beneficios que recibimos bajo la sombra y los auspicios del Capitán que se nombra afortunado.

Queda uno aturdido con los cargos que á todos hace S. E., desde el Congreso General hasta la última persona y desde los Generales más elevados hasta el más ínfimo soldado. Sólo el Sr Santa Anna, parecido al sol luminoso que penetra sus rayos en las cloacas é inmundicias y los saca limpios y puros, resulta inocente y el único que laboriosa é infatigablemente procuraba el bien y las glorias nacionales.

La pérdida de San Jacinto, se debe á sus ayudantes que allí murieron, Batres y Castrillón. La retirada y pérdida de Tejas, al sufrido Filisola [fojas 6 de su cuaderno].

La acción de la Angostura, al Sr. General Miñón y á la deserción de los soldados [véase el parte citado],

La de Cerro Gordo, á que lo flanquearon sin saber cómo, á los Sres. Canalizo y Uraga y á la impericia de la Guardia Nacional [fojas 38 y 39 de su cuaderno].

El abandono de Puebla, á los Sres. Bravo, su Gobernador y D. Cosme Furlong.

El no defender el camino de la Venta de Córdoba, á los mismos motivos [fojas 44]

La pérdida de Padierna, al Sr. Valencia [fojas 49].

La de Churubusco, á las tropas que defendían el puente, que lo hubieron dejado [fojas 101].

La de Chapultepec, al Sr. Bravo [fojas 115].

La de la garita de Belén, al Sr. Terrés [fojas 117].

La desocupación de la Capital, á una necesidad indispensable por las razones que vierte el Sr. Santa Anna [fojas 57].

¿Cuáles son éstas? desmoralización de los soldados, que era necesario encerrarlos para que no se marcharan; ignorancia y cobardía de oficiales indignos que se habían introducido en las filas; apatía del pueblo mexicano y egoísmo de los decentes y ricos de México, que negaron su dinero en vez de prodigarlo [como lo hicieron para la revolución de febrero], y falta de caudales y parque.

Injusto es el Sr Santa Anna en figurar, como lo hace en los indicados parajes, ante el mundo civilizado, donde correrá su defensa, esa desatención de las autoridades, del pueblo y de todos, siendo así que en realidad no es cierto.

El Sr. Santa Anna no puede desconocer al Congreso General que creó la ley de manos muertas, acarreando esa odiosidad sólo por sostener al Ejército, y que se impusieron contribuciones y préstamos extraordinarios sin más objeto que ése; que los Estados y territorios contribuyeron ó hicieron cuanto podían, conforme á sus circunstancias, y que algunos se singularizaron de una manera patente é innegable. Veracruz peleó sin socorro y sin esperanza de tenerlo, porque así se le dijo oficialmente. Puebla reconcentró su Gobierno en Atlixco y permaneció en actitud hostil. El Estado de México trajo por su cuenta artillería de Acapulco, costeó las fortificaciones de Río Hondo, levantó una sección y, en unión de Puebla, formó multitud de guerrillas, que bastante lograron como padecieron. El heroico San Luis dijo que cuanto tenía lo ponía á disposición del Sr. Santa Anna para los gastos de la guerra, y de facto lo puso. Chihuahua presentó en dos acciones, la de Santa Cruz y el Sacramento, (á) sus hijos en contra del invasor. Oaxaca mandó (á) sus tropas y, con ellas, al nunca bien ponderado General León. Querétaro, Michoacán y Jalisco dieron sus contingentes de todas clases, y aun este último mandaba una sección para auxiliar la Capital, que habría llegado oportunamente, si la rendición no hubiera sido tan violenta. Zacatecas dio abundantes donativos, además de lo que le tocaba. Durango presentó al Sr. Filisola cerca de trescientos hombres armados por cuenta del Estado y además de los que dio por los cupones que le tocaron en la distribución. Guanajuato hizo otro tanto y, además, señores, presentó en los momentos del mayor conflicto (á) cinco mil hombres á las órdenes del General Valencia. Los hijos de los Estados de Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila engrosaron nuestras filas y servían al Ejército de todas maneras. El Distrito Federal hizo doble de lo que siempre, levantando sus regimientos, prestando (á) los hijos de sus pueblos para la formación de trincheras, proporcionó un mes de los arrendamientos de todas las fincas, satisfizo hasta el último medio la parte de préstamo forzoso que le tocó y dio todas sus rentas, contribuciones é impuestos que le pertenecían. En Tabasco se hizo resistencia al enemigo, y, por último, los remotos territorios de Nuevo México y Californias, sin tener soldados de línea y sin contar con armas y per trechos, pelearon varias veces hasta la desesperación.

Incurriría en la nota de pirrónico si no confesara que, á pesar de todo, eran limitadas las entradas y congojoso el sostenimiento de las tropas. Mas también son ciertos estos hechos: primero, que sólo se pagaba al Ejército, y segundo, que el Congreso General y los demás empleados de la lista civil estuvieron condenados á la mayor abstinencia, sin que se les oyera murmurar. Yo tengo el gusto de decir que fuí uno de los que no recibieron medio real de la Tesorería General por cuenta de las dietas.

Si no entraban los productos de los puertos, por estar bloqueados, también lo es que, para subvenir á esto, hubo contribuciones extraordinarias, como he indicado, y sólo el Clero, en cuatro préstamos, se desprendió de cerca de tres millones de pesos.

El Sr. Santa Anna, por los meses de julio y agosto, empeñó á la casa del Sr. Mackintosh una parte de los bonos de la deuda extranjera y recibió 600, 000 pesos, y por el mismo orden se echó mano de otros bienes, como fueron el Mayorazgo de Rivera y varias casas, que valían más de sesenta mil pesos, pertenecientes á la archicofradía del Rosario. El Clero le proporcionó sobre ciento cuarenta y seis mil pesos en cuenta de contribuciones, y recibió S. E. los productos del tabaco y demás rentas del Distrito, todo lo cual aborda á un millón de pesos en los dos meses.

Se me responderá que todo esto quedó convertido en polvo y nada, porque todo se fué en contratos de gabinete, beneficiando á los agiotistas y á determinadas personas. Esto se demostrará presentando la exacta cuenta de todas las entradas y su verdadera distribución; pero yo sí diré desde ahora que hay algunas operaciones hechas en tiempo de S. E. que llenaron de disgusto.

Estaba sonando el cañón de Churubusco y á la vez se remataban las fincas del Rosario. El precio, según la prevención, debía ser al contante; y nada de eso fué, sino que las fincas se aplicaron á personas cuyos nombres callo, dándose el valor como virtualmente recibido en la Tesorería y no habiendo entrado en ella un solo real. Yo, como Juez de Hacienda, he tenido en mis manos el expediente y me he escandalizado.

Al Sr. Loperena, según se nos ha dicho en el Senado, se le entregaron setenta y cuatro mil pesos en cuenta de fusiles que traerá buenamente cuando Dios quiera.

Se dice que en favor de otros señores privilegiados se libraron los ciento cuarenta y seis mil pesos que, en los días más angustiados y cuando perecía el soldado, suministraron los apoderados del Clero generoso.

¿Y con el ahorro de estos gastos y una prudente economía no hubiera habido para socorros en los seis días de 9 á 14 de septiembre, en que estuvieron nuestras tropas sin él, como asegura S. E. en su parte, mas peleando y en fatiga? Entiendo que sí, como también que no se le hubieran negado otros auxilios á S. E. por la patriota México, habiéndose observado una conducta franca, recta y decidida.

Defienden á S. E. y él se defiende con decir que Napoleón, Federico y otros célebres militares han perdido batallas y no se ha hecho alto. Esto es positivo, pero es porque se ha visto á toda luz la falta de responsabilidad; no sucediendo lo mismo si las circunstancias han sido favorables á los Generales vencidos, pues entonces se les ha procesado inmediatamente y castigado, de lo cual hay ejemplo en las historias. Napoleón perdió la batalla de Waterloo, y en ella su trono, sus esperanzas y su libertad, y nadie lo ha culpado, porque fué notorio el crimen del General á quien se le debe esa pérdida, y por cuya causa su nombre es execrado en la Francia y oído con horror.

Se cuenta que la derrota acaecida en estos días á Carlos Alberto, Rey de Cerdeña, en la batalla de Novara, fué debida á la traición de uno de sus Generales y que éste ha sido ya procesado en Turín, cuyo particular he visto en un periódico.

¿Pero qué diremos cuando se ha dado una serie de acciones por las órdenes de un mismo General y que todas ellas se han perdido, como aconteció aquí en los parajes de la Angostura, Cerro Gordo. Padierna, Churubusco, Chapultepec, la Capital, Puebla y el Pinal? ¿Y qué se hará, repito, si los Generales de aquellos puntos le echan la culpa al General en Jefe?

Scott, triunfante en Veracruz y en tocias las acciones, dueño de esta capital y habiendo puesto cima á los proyectos del Norte, fué mandado suspender y se le juzgó en los salones de este Palacio. Las culpas que se le atribuían eran haber expuesto al Ejército americano, en cuatro ó seis ocasiones, á ser desbaratado y disperso sin remedio, lo que no se logró, porque el General Santa Anna no lo hizo. ¿Y nosotros no hemos de pedirle cuenta de esto al Sr. Santa Anna, después que él sacrificó el honor de las armas que la Nación le encomendara y que fué preciso, según dijo el Congreso, celebrar unas paces por las que se perdió casi la mitad del territorio mexicano, cuyo valor excede de cuatrocientos cincuenta millones de pesos? ¿Cómo es que no quiere que se interprete mal su conducta y que seamos tan torpes que nos sujetemos á su explicación y su voz, como si saliera de un oráculo? Censuran algunos de imprudente el ocurso que hice ante la Cámara, porque dicen que infundiría la desconfianza en el Ejército y en los habitantes de la ciudad. Señores, esto es espantarse con la sombra de uno cuando constantemente lo ha seguido. Aun no se daba la acción de la Angostura y ya un General mexicano, el Sr. Requena, lo había acusado por los periódicos como traidor, según he manifestado antes; el día que entraron los carros de los americanos y el pueblo se amotinó, todavía no presentaba mi acusación, y entonces el grito de los ciudadanos, al arrojar un diluvio de piedras contra los carros y carreteros, era: mueran los yankees y muera el General Santa Anna por traidor. Acuérdese también que desde un año antes se había escrito en los periódicos extranjeros dando por positiva la connivencia y que, repetido esto en los papeles de la República, produjo una siniestra vociferación, de manera que hasta el Gobierno dio la circular que he citado. Mi voz no fué el trueno de un rayo que sacudía á los mexicanos y despertaba de su letargo.

Con énfasis publican los partidarios del Sr. Santa Anna que á que no se presenta un documento, y que, por tanto, faltan las pruebas de su acriminación. Pretender que sólo los papeles sean pruebas en los juicios, es trastornar los principios probatorios que trae la jurisprudencia, porque ella pone á las presunciones y conjeturas en el orden de plena justificación, y más en determinados casos, como son los delitos de amor y los de traición y generalmente todos aquellos en que el disimulo es el agente principal para la consecución de algún fin.

Los convenios hechos con los tejanos, que son documentos, prueban ya la primitiva defección, y bajo de esta base se ha de calcular si las posteriores acciones del Sr. Santa Anna eran niveladas y correspondientes al cumplimiento de esa falta. Es la mayor simpleza pretender que en casos de tal naturaleza, medien papeles, tratados, etc., por escrito; todo se deja á lo verbal y se ejecuta por medio de emisarios y bajo de seguridades totalmente independientes.

Refieren también, en honor de S. E., que fué el último que tiró un cañonazo en contra de los americanos. Dios quiera, señores, que no haya sido como dijo el cronista mexicano D. Carlos María de Bustamante, quien aseguró que, á las once de la noche y en medio del mayor silencio, mandó el Sr. Santa Anna disparar un cañonazo que retumbó en toda la ciudad, lo cual fué para advertir que ya quedaba desocupada.

Desde que Napoleón admiró al orbe con sus asombrosas hazañas, manifestó que su programa en la guerra y el secreto recurso que lo había coronado de laureles, consistía en atacar siempre con superioridad numérica respecto del puesto contra el cual se dirigía, y de esta manera sucedió que con fuerzas mucho menores derrotó en detall á ejércitos de doble pujanza. El Sr. Santa Anna aplicó aquí la regla en contra de nosotros, pues teniendo doble número de combatientes que los americanos, dejó que nos fueran venciendo en Padierna, Churubusco, Chapultepec y demás puntos; y cuando sus fuerzas atacaron de un golpe, como sucedió en la Angostura, y dejaron sin acción ni movimiento á los contrarios, no caminó adelante, y, por consiguiente, ninguna ventaja conseguimos.

Recopilando, por último, los motivos que me han inducido á una creencia adversa al Sr. Santa Anna, tal como la he propuesto en mi acusación, son los siguientes:

Su orden de retirada al General Filisola
Sus convenios público y secreto con el Presidente de Tejas, reconociendo la independencia.
La carta dirigida en 4 de julio al Presidente de los Estados Unidos.
El salvoconducto extendido por Polk para que regresase á la República, sabiendo perfectamente que debería venir á ponerse á la cabeza del Ejército.
5º La íntima y constante relación que siguió en la Habana con el Cónsul americano, como fué público en aquella Isla, donde se lo llevaron muy á mal.
6º Haberse encontrado en el mar con los buques bloqueadores, y, conociéndolo éstos, permitirle su arribo á Veracruz.
7º No haber proseguido en la Angostura la acción y dirigirse al Saltillo, que distaba dos leguas y media, sino retirarse haciendo repasar al Ejército el dilatado desierto que quedaba atrás.
8º Haberse dejado flanquear en el inexpugnable punto de Cerro Gordo.
9º No haber defendido la ciudad de Puebla contra 4, 000 invasores que la atacaban.
10º No fortificar las superiores posiciones del camino de Puebla á México y ni los desfiladeros de Tezompa, Natívitas y Santa Cruz
11º No atacar á los enemigos en estos senderos estrechísimos y pedregosos.
12º Dejar entrar en Tlálpam la División del General Worth, que no tenía tres mil hombres, cuando S. E. estaba á la vista y tenía fuerzas competentes.
13º No auxiliar al General Valencia en Padierna.
14º No mandar que en ese día entrase la caballería en Tlálpam y se apoderase de cuanto allí había.
15º No auxiliar la defensa del puente de Churubusco.
16º Conceder un armisticio que volvió la vida á los americanos.
17º No auxiliar al Sr. Bravo en Chapultepec.
18º No hacer lo mismo con el Sr. Terrés en la garita de Belén.
19º Abandonar á México en la noche del 13, sin haberlo defendido más que unas cuantas horas, y siendo así que tenía doble Ejército que el enemigo.
20º Dar por pretexto para ello la falta de parque y municiones.
21º No favorecer al pueblo de México en los días 14, 15 y 16 de septiembre
22º Dejar la artillería en Huamantla, de manera que, si el pueblo no la salva, se pierde.
23º No haber tomado eficaces providencias para que la caballería cargase alguna vez sobre la retaguardia del enemigo, particularmente cuando dejaron sus campamentos casi solos para venir á atacar á México.
24º Haberse dejado batir siempre en detall, no aprovechando nunca las coyunturas favorables.
Finalmente, los artículos estampados con un año de anticipación en periódicos extranjeros, que advierten esta colusión y pronosticaban lo que había de suceder y luego vimos realizado.

Hay otras particularidades ó adminículos que no pongo, porque no pueden ocultarse á la luminosa penetración de VV. SS., así como no se han escondido á aquella vista profunda, escudriñadora é infalible que caracteriza al pueblo generalmente. La verdadera imparcialidad quedará satisfecha de que no por aversión ni celebridad ú otro influjo indecoroso he procedido, sino por datos y causales dignos de un representante.

Sea cual fuere el fallo que llegue á pronunciarse, yo quedaré tranquilo, porque no me arrastra el capricho ni anhelo por un triunfo á toda costa. Me anima, pues, el íntimo convencimiento que tengo de que México, si dobló su cerviz al yugo y si puso sus manos y pies para recibir las cadenas del americano, esto no fué debido, como dice el General Santa Anna, á la infamia y cobardía de nuestro Ejército y á la ruindad y vileza del pueblo mexicano, sino á S. E. mismo, que estaba puesto á la cabeza y que gobernó toda la defensa.

México, julio 15 de 1849.

Ramón Gamboa.

 

 

Notas:

1.- Impresa en México, el año de 1849, en la Imprenta de Vicente García Torres, ex-convento del Espíritu Santo.

2. Dicha acusación tiene fecha 27 de agosto de 1847 y fué presentada á la Cámara el 17 del siguiente noviembre. —"Apelación al buen criterio de nacionales y extranjeros". Pág. III.

3. Tal informe aparece fechado en Kingston de Jamaica á 1º de febrero de 1849: fué presentada á la Sección del Gran Jurado, el 9 de abril del mismo año, é impreso entonces bajo el título de "Apelación al buen criterio de nacionales y extranjeros".

4. El original dice equivocadamente ó por poner números redondos: 4, 200.

 

 

[*] “…es la rarísima impugnación que el Diputado don Ramón Gamboa hizo al extenso informe que Santa Anna rindió á la Sección del Gran Jurado con motivo de las acusaciones que el propio Gamboa presentó contra aquél impulsado Gamboa, según indica (págs. 201-202), por la fuerza del deber, el deseo de vindicar el honor de su patria y el empeño de que se dilucidaran judicialmente los acontecimientos que acababan de labrar la desgracia pública, acusó á Santa Anna, el 27 de agosto de 1847, de haber traicionado á México, no sólo entonces, sino también en 1836, [1] y amplió su acusación el 15 de noviembre de 1847; [2] Santa Anna redactó en Kingston de Jamaica el informe susodicho, que tiene fecha de 1º de febrero de 1849, y lo remitió á la Sección del Gran Jurado por conducto de los señores don José de Arrillaga y don Juan Suárez Navarro, quienes lo presentaron el 9 de abril del mismo año; Gamboa se apresuró á rebatirlo con la referida impugnación, en la cual cuidó de reproducir textualmente los argumentos aducidos por Santa Anua, antes de pasar á refutarlos: á causa de esto y de dejar publicado aquí el manifiesto de 24 de marzo, hemos aplazado para más tarde la reimpresión del repetido informe.

México, 19 de abril de 1910.
Genaro García.

1 Esta acusación fué publicada por el Gobierno del Estado de México, pero hasta hoy no hemos obtenido un solo ejemplar; tampoco pudimos encontrar el original en el Archivo de la Cámara de Diputados, no obstante que lo buscamos allí detenidamente antes del irreparable incendio ocurrido el año próximo pasado.
2 Pensamos que no se publicó esa ampliación, cuyo contenido desconocemos.”

 

Genaro García. Documentos inéditos o muy raros para la historia de México. Antonio López de Santa Anna. Las guerras de México con Tejas y los Estados Unidos [*]. Tomo XXIX. México. Librería de la Vda. de Ch. Bouret. 1910. pp. 201-339.